Historias de España: La irreductible Cardona (1714)

22.09.2016 18:21
El ser humano necesita creer en algo. Con el paso de los años, he ido despojándome de mis servidumbres ideológicas, he ido desprendiéndome de los prejuicios que a todos nos impiden ver más allá de nuestras propias narices, he aprendido a ver las cosas desde una barrera de sano escepticismo y me he dado cuenta que la gente necesita creer en algo, sea lo que sea, con independencia de que sea aprehensible por mí mismo. La gente necesita amarres que les ayude a soportar el sinsentido de su existencia. Y yo, en el fondo, pese a mi recalcitrante nihilismo y mi en ocasiones impostado objetivismo, también necesito creer en algo. En realidad, si me analizo a mí mismo, creo en muchas cosas que no pueden ser ponderadas, medidas o desglosadas. Creo en la empatía mamífera, por ejemplo, y aborrezco a todo aquél que desprecia al resto de animales. Creo en la inteligencia del ser humano como herramienta capaz de crear cualquier cosa que sea capaz de imaginar nuestra mente. Creo en la amistad y en que el hombre es un animal social que debe su grandeza a la capacidad de interactuar con los demás a un nivel profundo. Creo y seguiré creyendo en el poder de la música. Creo, en definitiva, que pese a todo, todavía tenemos una esperanza de redención como especie; que todavía puedo confiar, aunque sea de manera residual, en la humanidad. Seré ingenuo, en efecto, pero es lo que tienen las creencias. No se basan en certezas, sino en emociones. En tendencias que en ocasiones son inexplicables.
 
Por ese motivo, me obligo a entender a los demás. Me obligo, como digo, pues no es tarea fácil. Incluso en esta sociedad sin valores y sin ideas claras, sometida a un pernicioso relativismo que incluso huye de la realidad misma, todos acabamos fijando nuestra postura sobre cualquier circunstancia de nuestro entorno. Ya sea por haber alcanzado una conclusión tras un elaborado razonamiento interno o por haberlo escuchado en la pescadería, ciertos axiomas se fijan en nuestro cerebro y nos mueven el caleidoscopio en una posición determinada. Y si yo veo azul lo que tú ves verde, debemos hacer un esfuerzo para comprendernos. Y para minimizar este esfuerzo, deberíamos partir de la base de que no tenemos la razón. Ni el otro. Que por lo general nadie la tiene. Y eso cuesta, queridos lectores. Cuesta un huevo.
 
Imagen caleidoscopio
 
Por eso, cuando, de un tiempo a esta parte, tantas personas se han sumado a una ideología política como el independentismo catalán, me obligo a entenderlos. Entiendo la frustración idiomática al no poder vivir un día entero hablando en tu lengua materna; entiendo que los sentimientos de pertenencia no se construyen sobre una estructura objetiva, y que si te sientes catalán, y nada más, nadie puede negarte ese hecho; entiendo que, frente a determinados comportamientos discriminatorios, ofensivos y prejuiciosos, mucha gente opte por romper la baraja; entiendo también a aquella gente que considera políticamente esta opción, aunque no sea nacionalista, por entenderla mejor para sus intereses y para el de sus hijos; entiendo el valor que se le atribuye a su simbología, pues todo sistema de creencias requiere de elementos identificadores. Creedme, lo entiendo, pero mi caleidoscopio ya se ha fijado. Yo lo veo azul. Lo entiendo, pero no lo comparto.
 
No es nada personal. En absoluto. Por lo general, acostumbro a huir de toda ideología aglutinadora, sea cual sea, y erija la bandera que erija. De hecho, como ya he dicho en más de una ocasión, no quería y continúo sin querer hablar de política en este blog, pues la democracia de partidos, los nacionalismos y otras ideologías similares tienden a la homogeneización en base a cuatro ideas deslavazadas, y yo creo en la absoluta libertad individual. Por ello, pese a que esté fijando una posición con este artículo, mi intención no es intentar desvirtuar la posición contraria, o desarrollar mi punto de vista político, o empezar un debate sobre esto, lo otro, lo de más allá, sobre el y tú más y sobre el yo mejor. No se trata de eso. Se trata de explicar que de aquellos polvos vienen estos lodos. Se trata de profundizar sobre un tema de rabiosa actualidad sin más intención que el simple conocimiento. Se trata de conocer. Y por mucho que se opine, con o sin razón, que este movimiento ha sufrido un auge considerable al haber conseguido encauzar la frustración de la población ante la grave crisis económica de 2009 o que dicho movimiento esté siendo utilizado como salvavidas por políticos regionales sin escrúpulos, el hecho cierto es que esta ideología no ha surgido por ciencia infusa. La historia, cuando se mira con visión crítica, nos ofrece herramientas para comprender el presente. Y para prever el futuro.
 
Como he dicho, el ser humano necesita creer en algo. Y tener símbolos que refuercen su creencia. Y, para el independentismo catalán, pocos símbolos tienen más entidad que lo acontecido el día 11 de septiembre de 1714. Hay voces que no entienden, o incluso critican, que se rememore una derrota, pero eso únicamente denota su profunda ignorancia y el desconocimiento de lo que representa este símbolo. No se pretende celebrar una derrota. La celebración del 11 de septiembre pretende demostrar que, pese a aquella derrota, Catalunya continúa en pie. Que los ganaron, sí, pero que no se rendirán. Que la batalla continúa. Quién ganó y quién perdió y qué batalla continúa puede discutirse, por supuesto, pero la fijación de este símbolo tiene razón de ser. 
 
Pero claro, la historia es mucho más fértil que la pura simbología, que tiende a la simplificación, y estoy convencido que más allá de los cuatro lugares comunes, poca gente conoce qué pasó realmente en ese acontecimiento. Hay personas que desconocen el conflicto europeo que subyacía a la Guerra de Sucesión española o que incluso ignoran que fue Cardona, y no Barcelona, el último bastión catalán en capitular ante el Borbón; evento que tuvo lugar una semana después del famoso 11 de septiembre de 2014. Vaya, esto no lo sabíais, ¿verdad? Veamos con qué más os puedo sorprender.
 
La irreductible Cardona
 
Pongámonos en antecedentes. El Imperio Español, que había regido el destino del mundo durante el último siglo, se iba desmoronando lentamente sobre sí mismo. Ya en tiempos de Felipe IV, el llamado Rey Planeta, comenzó a notarse la fatiga de España. El capitán Diego Alatriste, personaje ficticio creado por el novelista Arturo Pérez Reverte, fue testigo de esta incipiente decadencia y vio caer de rodillas a España en 1640, con la independencia de Portugal, y en 1659, ante Francia. Pero lo peor estaba por llegar. Felipe IV, que tuvo nada menos que 21 hijos, 8 de ellos bastardos, falleció en el año 1665 con un único hijo varón superviviente: el príncipe Carlos, que sería conocido como Carlos II el Hechizado. Bonito sobrenombre, ¿verdad? Cuanto menos benévolo, a la vista de este abyecto fruto de la endogamia de los Habsburgo. 
 
Estéril, encorvado, febril, con problemas graves de estómago y constantes supuraciones en los ojos, nuestro magnánimo monarca era un puro eccehomo. En palabras del nuncio del Papa Inocencio XII, Mateo Jareño de la Parra, que visitó a Carlos II en 1694, “el rey es más bien bajo que alto y feo de rostro. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia.”. A la vista de todo ello, se pone de manifiesto, bien a las claras, que de no ser quien era, lo hubieran tirado a un pozo al nacer. Pero era el Rey de medio mundo y ahí estaba, estupefacto, firmando cuanto le ponían delante. Y con la picha mustia.
 
Retrato Carlos II
 
Francia, secular enemiga de España, se frotaba las manos ante esta situación. En aquella época, moraba Luis XIV en el Palacio de Versalles, el que sería conocido como el Rey Sol, y no iba a desaprovechar la coyuntura para sacar rédito político. Al otro lado de los Alpes, el Sacro Imperio Romano Germánico, secular aliado de España, miraba esta situación con preocupación y cierto recelo. Leopoldo I de Habsburgo, Emperador de Alemania, compartía lazos de sangre con Carlos II; de hecho, eran primos hermanos. El Emperador había visto muy reducido su poder tras la Paz de Westfalia y nada le atemorizaba más que ver acrecentado el poder de Francia.
 
Quién le iba a decir a Lutero que iba a liar semejante gazpacho en Europa. Pero así era. Las guerras de religión habían modificado completamente el equilibro de poderes en Europa y tanto España como el Sacro Imperio Romano Germánico habían sangrado hasta el desmayo por la religión católica sin más contraprestación que la propia fe. Cosa diferente pasó con Francia, pues por todo el mundo es conocida la frase de París bien vale una misa. Al Rey de Francia lo mismo le daba que le daba lo mismo catolicismo que protestantismo, mientras reinara. De hecho, incluso la concepción del propio estado había sido modificada por Lutero. Si bien España y Alemania continuaban manteniendo una dualidad entre Iglesia y Estado, Inglaterra había unido Iglesia y Estado en una suerte de cesaropapismo que le costó la cabeza a Tomás Moro; y Francia, siguiendo los dictados de Jean Bodin, había adoptado el modelo absolutista, aglutinando el poder de manera centralista entorno al monarca por encima de cualquier otra institución. De hecho, nuestro amigo Luis XIV dijo una frase que quedó para la posteridad: “L'etat c'est moi”. El Estado soy yo.
 
Así que, como vemos, Europa era una olla a presión a punto de saltar por los aires. Diferentes modelos de religión y concepción de estado pugnaban por la supremacía y una de las piezas del puzzle, España, ofrecía una oportunidad para mover las fichas y ganar la partida. Desde luego, los que no ganamos fuimos nosotros.
 
Europa en 1700
 
Como he comentado anteriormente, Carlos II era estéril, pues padecía una enfermedad derivada de la endogamia conocida como síndrome de Klinefelter, que entre otras dolencias le había procurado un pene minúsculo, mal formado, con blandas erecciones, y unos testículos pequeños y atrofiados que no generaban suficiente esperma. Vamos, un bajovientre infame que dudo mucho que le diera alegría alguna a su respectiva, Doña Maria Luisa de Orleans. De hecho, en la noche de bodas, se consiguió que Carlos II tuviera una tímida eyaculación, pero según los médicos que controlaban la consumación del matrimonio, “no se consiguieron simultanear ambas efusiones”. Vamos, que el muy inútil eyaculó en el vello púbico de la Reina debido al exiguo tamaño de su pene, que no permitía horadar profundo, y por tanto no le pudo dejar el escaso e infértil grumo dentro de su real vagina, para que nos entendamos. No había nada que hacer. Había que buscar sucesor colateral.
Curiosamente, o no tanto, las hermanas de Carlos II se habían casado con Luis XVI, Rey de Francia, y con Leopoldo I, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, respectivamente. Qué casual, ¿verdad? Yo, como no creo en las casualidades, afirmo que ambos personajes, que hemos presentado anteriormente, intentaron mover sus piezas de ajedrez antes que el Rey muriera. La cosa es que sus sucesores colaterales más cercanos eran los hijos o los nietos de sus hermanas y, por ende, de Luis y Leopoldo. Por un lado, el innombrable para muchos independentistas catalanes, Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Un Borbón. Por otro lado, Carlos Francisco de Habsburgo y Neoburgo, hijo de Leopoldo I. Un Habsburgo. Pintaban bastos.
 
Los dos pretendientes
 
 
La verdad es que el cabronazo de Carlos II duró lo suyo. Nadie daba un maravedí por él, pero vivió 38 años. Poco antes de morir, no obstante, y como era lógico, se trató el asunto de la sucesión. Tras muchas discusiones entre los dos bandos que se habían formado en la Corte, a favor de uno y otro sucesor, finalmente, el Monarca redactó testamento en fecha 3 de octubre de 1700 en el que zanjó la discusión: “Reconociendo conforme a diversas consultas de ministros de Estado y Justicia que la razón en que se funda la renuncia de las señoras doña Ana y doña María Teresa, reinas de Francia, mi tía y hermana, a la sucesión de estos reinos, fue evitar el perjuicio de unirse a la Corona de Francia; y reconociendo que viniendo a cesar este motivo fundamental, subsiste este derecho de sucesión en el pariente más inmediato, conforme a las leyes de estos reinos, y que hoy se verifica este caso en el hijo segundo del Delfín de Francia; por tanto arreglándome a dichas leyes, declaro ser mi sucesor (en el caso de que Dios me lleve sin tener hijos) al duque de Anjou, hijo segundo del Delfín, y como tal a la sucesión de todos mis reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos. Y mando y ordeno a todos mis súbditos y vasallos de todos mis Reinos y señoríos que en el caso referido de que Dios me lleve sin sucesión legítima le tengan y reconozcan por su rey y señor natural, y se le dé luego, y sin la menor dilación, la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.” 
 
Fallecido Carlos II en fecha 1 de noviembre de 1700, esto es, pocas semanas después de redactar su último testamento, los movimientos europeos no se hicieron esperar. Temerosos del poder de Francia y de la evidente influencia que tendría en el devenir de la Corona española, Inglaterra, Portugal y el Sacro Imperio Romano Germánico suscribieron una alianza en La Haya en fecha 7 de septiembre de 1701, declarando de manera inmediata la guerra contra Francia y España. Este pacto fue el primero de muchos, entre los que cabe destacar el Pacto de Génova, suscrito entre Inglaterra y el Principado de Catalunya, representado por el Virrey de Catalunya Don Francisco Antonio Fernández de Velasco y Tovar, en fecha 20 de junio de 1705, cuyo tenor literal rezaba: “Se declara que la muy poderosa princesa Ana, por la gracia de Dios Reina de la Gran Bretaña,, movida por el bien común de la Europa, para librarla de la esclavitud que amenaza la desmesurada ambición de la Francia (…) por auxiliar con el todo de sus armas a la entera recuperación de toda la Monarquía de España para el archiduque de Austria Carlos III (…) plenamente informada de las opresiones y violencias que experimenta toda la nación española y en particular los comunes y particulares del Principado de Cataluña, (…) reconoce y tiene por cierto que la Francia ha ocupado el reino de España.” Se prometieron a Catalunya 8.000 soldados, 2.000 caballos y 12.000 fusiles en cumplimiento de este acuerdo, entre otras cosas; lo obtuvieron, sí, pero también obtuvimos la conquista de Gibraltar, que aún persiste a día de hoy. Perros ingleses.
 
Imagen de la Guerra de Sucesión
 
No voy a entrar en los abundantes dimes y diretes de esta guerra que duró más de una década, pues sobre la misma podéis encontrar numerosa bibliografía. Considero que es más interesante repasar sus antecedentes, que no todo el mundo conoce, y analizar el final de la contienda y las consecuencias, que sirvieron para fijar el símbolo del 11 de septiembre. Baste decir que todos los territorios que configuraban el Reino de Aragón se revelaron contra Felipe de Anjou por un motivo muy concreto: preservar sus fueros y costumbres. Como ya hemos comentado anteriormente, el absolutismo centralista francés encabezado por Luis XIV no reconocía más ley que la del Rey, por lo que, por mediación de su nieto, y por mucho que dijera el testamento de Carlos II, dicha concepción de estado acabaría instalada en España. Razón no les faltaba. 
 
Previamente a repasar el sitio de Barcelona y su caída ante las tropas borbónicas, debo realizar un pequeño apunte. Durante el transcurso de la contienda, en Catalunya comenzó a usarse un término que ha sobrevivido hasta nuestros tiempos: butifler. El origen de esta palabra, según sostienen algunos académicos, proviene de la expresión francesa “beauté fleur”, es decir, bella flor, que hace referencia a la flor de lis borbónica; y que, en este caso, se utilizaba para señalar a aquellos catalanes que eran partidarios de Felipe de Anjou. Por el otro lado, los partidarios de Carlos de Habsburgo eran referidos como imperiales. A la vista de ello, nunca dejará de sorprenderme que me llamen botifler a mí por no ser independentista catalán cuando, de haber vivido esta guerra, hubiera sido partidario del archiduque Carlos. Cosas veredes. 
 
Pero vayamos al caso. Los ingleses, pese al Pacto de Génova, y como consecuencia del devenir de la guerra, se comprometieron con Francia a abandonar Catalunya a su suerte el día 14 de marzo de 1713 a cambio de la entrega de Gibraltar y Menorca, como se puede comprobar en el Tratado de Utrecht. Dos años antes, el archiduque Carlos había abandonado Barcelona, pues había muerto su hermano mayor, Jose I, y debía asumir el cargo de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pese a estos graves hechos, que prácticamente daban al traste con las aspiraciones catalanas, se tomó la decisión de resistir. El día 23 de julio de 1713 comenzaba el sitio de Barcelona.
 
Asedio Barcelona
 
Se formaron siete exiguos regimientos para organizar la defensa de la ciudad hasta la última gota de sangre (sic): cuatro regimientos para los defensores de origen catalán, uno para los defensores de origen alemán, otro para los defensores de origen navarro y otro para los defensores de origen castellano, este último bajo el mando de Antonio de Villaroel. En el bando borbónico tampoco estaba la situación para tirar cohetes. De hecho, se estableció un bloqueo por tierra que pretendía cortar los suministros, tanto de tropas que vinieran del resto de Catalunya como de alimentos, con el objeto de tratar de debilitar las fuerzas de la ciudad a largo plazo, pues no se disponían de tropas suficientes para invadirla al asalto. Sólo hacía falta paciencia.
 
Poco a poco, la estrategia borbónica fue dando sus frutos. Las tensiones dentro de la ciudad de Barcelona fueron en aumento. Se obtuvo alguna pequeña victoria, como la que tuvo lugar en el puerto de Barcelona contra navíos ingleses el 24 de febrero de 1714, lo cual tiene bemoles, tratándose de esos perros piratas, pero la situación era desesperada, tanto a nivel político como militar y social. La resistencia de la ciudad se cobró los ánimos de muchos ciudadanos, y no fueron pocas las conspiraciones que trataron de rendir la ciudad; pero Rafael de Casanova era férreo de voluntad. Ni siquiera cuando, pocos días antes de la capitulación de la cuidad, el mismo Antonio de Villaroel dimitió de su cargo al conocer que el Consell de Cent no tenía intención ni de firmar un pequeño armisticio para reavituallarse.
 
Llegó el día 11 de septiembre. Las tropas borbónicas iniciaron un asalto global. Parecía el fin, desde luego, pero no lo fue todavía. Realmente, no se sabe si es cierto, pues aunque haya literatura de la época, se solían realizar muchas licencias líricas, pero cuentas las crónicas que Rafael de Casanova, erguido ante sus tropas, con la bandera de Santa Eulalia en la mano, arengó a sus soldados a la defensa de la ciudad; y con tanto ímpetu se empeñaron, que consiguieron frenar a las tropas que se les venían encima como un torrente humano. Hicieron, en suma, lo que el Consell del Tres Comuns les había rogado: “donen testimoni als venidors que han executat les últimes exhortacions i esforços, protestant de tots los mals, ruïnes i desolacions que sobrevinguessen a nostra comuna i afligida pàtria, i extermini en tots en esclavitud al domini francès, se confia de tots, com vertaders fills de la Pàtria, amants de la llibertat, acudiran als llocs senyalats, a fi de derramar gloriosament sa sang i sa vida, per son Rei, per son honor, per la Pàtria i per la llibertat de tota Espanya.”.
 
Rafael de Casanova
 
Una vez estabilizado el frente, no obstante, cedió completamente la voluntad de resistir de los barceloneses. Habían sufrido más de un año de penurias, hambre, sufrimiento, enfermedades y muerte; lo habían dado todo y no tenían más que dar. Así que se iniciaron conversaciones con las tropas borbónicas y, finalmente, Barcelona se rindió de manera incondicional el día 13 de septiembre de 1714. Las tropas enemigas entraron en la ciudad. La guerra había acabado… ¿o no?
 
Pues no. No había acabado. Siguiendo la fórmula de René Goscinny y Albert Uderzo, una aldea poblada por irreductibles catalanes continuaba resistiendo al invasor francés. En el corazón de Catalunya, el pueblo de Cardona, desde su poderoso castillo elevado sobre un peñón, había repelido todo ataque que contra ellos se había dirigido, y ni siquiera al conocer la capitulación de Barcelona cejaron en su empeño. No obstante, lo que no ganaron las armas, lo ganó la empatía humana. Las tropas borbónicas amenazaron con ejecutar a toda la población de Barcelona si Cardona no se rendía. Y el día 18 de septiembre de 1714, pensando en el destino de sus compatriotas, Cardona finalmente rindió su fortaleza. Con la dignidad intacta.
 
Castillo de Cardona
 
Las consecuencias son por todos conocidas. Se acabaron las instituciones propias de Catalunya, así como sus fueros, costumbres, leyes y constituciones, quedando sometidos sus ciudadanos a una única ley estatal. Hay quien opina que los Decretos de Nueva Planta se dictaron con el único objeto de represaliar a los perdedores, pues Felipe de Anjou, que fue coronado como Felipe V, había acabado hasta los aparejos de los catalanes. Es probable. Pero, en realidad, nuevos vientos corrían por Europa en ese sangriento siglo XVIII, y quizás el sistema medieval, aunque se resistiera como gato panza arriba, estaba condenado a la extinción. A este respecto, Luis Suárez, reconocido hispanista asturiano que ostenta el cargo de académico en la Real Academia de España, opina que “la guerra de sucesión española es, sin duda, un conflicto europeo de dimensiones muy amplias; pero al mismo tiempo es una guerra civil, aunque no estuvo acompañada del alto grado de crueldad que alcanza este tipo de contiendas. (…) La Monarquía Española había nacido sobre el modelo brindado por la Corona de Aragón, que estructuraba la soberanía en dos niveles: el superior, unitario conforme a la Corona y sus funcionarios, y el inferior, que respetaba los usos y costumbres heredadas. Con la fórmula de Felipe y la fórmula reconocida en Utrecht, este modelo se abandonaba. Por eso los catalanes interpretaron las reformas, que estaban movidas por la voluntad de desarrollo, como una especie de represalia contra sus viejas costumbres defendidas”.
 
A la vista de lo expuesto, hay motivos. Hay argamasa para construir el símbolo. Y resulta absolutamente lógico y coherente que aquellos catalanes que deseen regir su propio destino se remitan a la defensa que realizaron aquellos austracistas barceloneses en 1714. Pero, como hemos visto, intervinieron muchos factores en los hechos ocurridos. Un Rey incapaz, intereses de naciones extranjeras, nuevas concepciones de estado, casualidades históricas desafortunadas, como el fallecimiento temprano de Jose I, entre otros avatares que se han quedado en mi tintero. Por lo que, como he dicho, entendiendo a los independentistas catalanes, aunque sean de nuevo cuño, no caigáis en simplificaciones. La historia es rica y, en ocasiones, los símbolos son demasiado simples.
 
De hecho, qué cojones, debería celebrarse el 18 de septiembre. Cardona nunca perdió la guerra. Ellos aguantaron hasta el final y sólo se rindieron por pura humanidad. Merecen un reconocimiento. Así que ya lo veis. Seáis o no independentistas catalanes, celebréis o no el 11 de septiembre, nunca os olvidéis de Cardona. Visitad su castillo, sentid su poder, recorred sus murallas y sentíos vencedores. 
 
PD: Todos los entrecomillados que se han adjuntado al presente artículo han sido transcritos de manera literal de fuentes fidedignas que son de dominio público y a las que podéis tener acceso libre en Internet. Los avatares históricos y los hechos reseñados han sido debidamente contrastados de diversas fuentes e, igualmente, pueden ser comprobados en cualquier libro de historia que trate este periodo histórico.
El ser humano necesita creer en algo. Con el paso de los años, he ido despojándome de mis servidumbres ideológicas, he ido desprendiéndome de los prejuicios que a todos nos impiden ver más allá de nuestras propias narices, he aprendido a ver las cosas desde una barrera de sano escepticismo y me he dado cuenta que la gente necesita creer en algo, sea lo que sea, con independencia de que sea aprehensible por mí mismo. La gente necesita amarres que les ayude a soportar el sinsentido de su existencia. Y yo, en el fondo, pese a mi recalcitrante nihilismo y mi en ocasiones impostado objetivismo, también necesito creer en algo. En realidad, si me analizo a mí mismo, creo en muchas cosas que no pueden ser ponderadas, medidas o desglosadas. Creo en la empatía mamífera, por ejemplo, y aborrezco a todo aquél que desprecia al resto de animales. Creo en la inteligencia del ser humano como herramienta capaz de crear cualquier cosa que sea capaz de imaginar nuestra mente. Creo en la amistad y en que el hombre es un animal social que debe su grandeza a la capacidad de interactuar con los demás a un nivel profundo. Creo y seguiré creyendo en el poder de la música. Creo, en definitiva, que pese a todo, todavía tenemos una esperanza de redención como especie; que todavía puedo confiar, aunque sea de manera residual, en la humanidad. Seré ingenuo, en efecto, pero es lo que tienen las creencias. No se basan en certezas, sino en emociones. En tendencias que en ocasiones son inexplicables.
 
Por ese motivo, me obligo a entender a los demás. Me obligo, como digo, pues no es tarea fácil. Incluso en esta sociedad sin valores y sin ideas claras, sometida a un pernicioso relativismo que incluso huye de la realidad misma, todos acabamos fijando nuestra postura sobre cualquier circunstancia de nuestro entorno. Ya sea por haber alcanzado una conclusión tras un elaborado razonamiento interno o por haberlo escuchado en la pescadería, ciertos axiomas se fijan en nuestro cerebro y nos mueven el caleidoscopio en una posición determinada. Y si yo veo azul lo que tú ves verde, debemos hacer un esfuerzo para comprendernos. Y para minimizar este esfuerzo, deberíamos partir de la base de que no tenemos la razón. Ni el otro. Que por lo general nadie la tiene. Y eso cuesta, queridos lectores. Cuesta un huevo.
Por eso, cuando, de un tiempo a esta parte, tantas personas se han sumado a una ideología política como el independentismo catalán, me obligo a entenderlos. Entiendo la frustración idiomática al no poder vivir un día entero hablando en tu lengua materna; entiendo que los sentimientos de pertenencia no se construyen sobre una estructura objetiva, y que si te sientes catalán, y nada más, nadie puede negarte ese hecho; entiendo que, frente a determinados comportamientos discriminatorios, ofensivos y prejuiciosos, mucha gente opte por romper la baraja; entiendo también a aquella gente que considera políticamente esta opción, aunque no sea nacionalista, por entenderla mejor para sus intereses y para el de sus hijos; entiendo el valor que se le atribuye a su simbología, pues todo sistema de creencias requiere de elementos identificadores. Creedme, lo entiendo, pero mi caleidoscopio ya se ha fijado. Yo lo veo azul. Lo entiendo, pero no lo comparto.
 
No es nada personal. En absoluto. Por lo general, acostumbro a huir de toda ideología aglutinadora, sea cual sea, y erija la bandera que erija. De hecho, como ya he dicho en más de una ocasión, no quería y continúo sin querer hablar de política en este blog, pues la democracia de partidos, los nacionalismos y otras ideologías similares tienden a la homogeneización en base a cuatro ideas deslavazadas, y yo creo en la absoluta libertad individual. Por ello, pese a que esté fijando una posición con este artículo, mi intención no es intentar desvirtuar la posición contraria, o desarrollar mi punto de vista político, o empezar un debate sobre esto, lo otro, lo de más allá, sobre el y tú más y sobre el yo mejor. No se trata de eso. Se trata de explicar que de aquellos polvos vienen estos lodos. Se trata de profundizar sobre un tema de rabiosa actualidad sin más intención que el simple conocimiento. Se trata de conocer. Y por mucho que se opine, con o sin razón, que este movimiento ha sufrido un auge considerable al haber conseguido encauzar la frustración de la población ante la grave crisis económica de 2009 o que dicho movimiento esté siendo utilizado como salvavidas por políticos regionales sin escrúpulos, el hecho cierto es que esta ideología no ha surgido por ciencia infusa. La historia, cuando se mira con visión crítica, nos ofrece herramientas para comprender el presente. Y para prever el futuro.
 
Como he dicho, el ser humano necesita creer en algo. Y tener símbolos que refuercen su creencia. Y, para el independentismo catalán, pocos símbolos tienen más entidad que lo acontecido el día 11 de septiembre de 1714. Hay voces que no entienden, o incluso critican, que se rememore una derrota, pero eso únicamente denota su profunda ignorancia y el desconocimiento de lo que representa este símbolo. No se pretende celebrar una derrota. La celebración del 11 de septiembre pretende demostrar que, pese a aquella derrota, Catalunya continúa en pie. Que los ganaron, sí, pero que no se rendirán. Que la batalla continúa. Quién ganó y quién perdió y qué batalla continúa puede discutirse, por supuesto, pero la fijación de este símbolo tiene razón de ser. 
Pero claro, la historia es mucho más fértil que la pura simbología, que tiende a la simplificación, y estoy convencido que más allá de los cuatro lugares comunes, poca gente conoce qué pasó realmente en ese acontecimiento. Hay personas que desconocen el conflicto europeo que subyacía a la Guerra de Sucesión española o que incluso ignoran que fue Cardona, y no Barcelona, el último bastión catalán en capitular ante el Borbón; evento que tuvo lugar una semana después del famoso 11 de septiembre de 2014. Vaya, esto no lo sabíais, ¿verdad? Veamos con qué más os puedo sorprender.
 
La irreductible Cardona
 
Pongámonos en antecedentes. El Imperio Español, que había regido el destino del mundo durante el último siglo, se iba desmoronando lentamente sobre sí mismo. Ya en tiempos de Felipe IV, el llamado Rey Planeta, comenzó a notarse la fatiga de España. El capitán Diego Alatriste, personaje ficticio creado por el novelista Arturo Pérez Reverte, fue testigo de esta incipiente decadencia y vio caer de rodillas a España en 1640, con la independencia de Portugal, y en 1659, ante Francia. Pero lo peor estaba por llegar. Felipe IV, que tuvo nada menos que 21 hijos, 8 de ellos bastardos, falleció en el año 1665 con un único hijo varón superviviente: el príncipe Carlos, que sería conocido como Carlos II el Hechizado. Bonito sobrenombre, ¿verdad? Cuanto menos benévolo, a la vista de este abyecto fruto de la endogamia de los Habsburgo. 
 
Estéril, encorvado, febril, con problemas graves de estómago y constantes supuraciones en los ojos, nuestro magnánimo monarca era un puro eccehomo. En palabras del nuncio del Papa Inocencio XII, Mateo Jareño de la Parra, que visitó a Carlos II en 1694, “el rey es más bien bajo que alto y feo de rostro. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia.”. A la vista de todo ello, se pone de manifiesto, bien a las claras, que de no ser quien era, lo hubieran tirado a un pozo al nacer. Pero era el Rey de medio mundo y ahí estaba, estupefacto, firmando cuanto le ponían delante. Y con la picha mustia.
Francia, secular enemiga de España, se frotaba las manos ante esta situación. En aquella época, moraba Luis XIV en el Palacio de Versalles, el que sería conocido como el Rey Sol, y no iba a desaprovechar la coyuntura para sacar rédito político. Al otro lado de los Alpes, el Sacro Imperio Romano Germánico, secular aliado de España, miraba esta situación con preocupación y cierto recelo. Leopoldo I de Habsburgo, Emperador de Alemania, compartía lazos de sangre con Carlos II; de hecho, eran primos hermanos. El Emperador había visto muy reducido su poder tras la Paz de Westfalia y nada le atemorizaba más que ver acrecentado el poder de Francia.
 
Quién le iba a decir a Lutero que iba a liar semejante gazpacho en Europa. Pero así era. Las guerras de religión habían modificado completamente el equilibro de poderes en Europa y tanto España como el Sacro Imperio Romano Germánico habían sangrado hasta el desmayo por la religión católica sin más contraprestación que la propia fe. Cosa diferente pasó con Francia, pues por todo el mundo es conocida la frase de París bien vale una misa. Al Rey de Francia lo mismo le daba que le daba lo mismo catolicismo que protestantismo, mientras reinara. De hecho, incluso la concepción del propio estado había sido modificada por Lutero. Si bien España y Alemania continuaban manteniendo una dualidad entre Iglesia y Estado, Inglaterra había unido Iglesia y Estado en una suerte de cesaropapismo que le costó la cabeza a Tomás Moro; y Francia, siguiendo los dictados de Jean Bodin, había adoptado el modelo absolutista, aglutinando el poder de manera centralista entorno al monarca por encima de cualquier otra institución. De hecho, nuestro amigo Luis XIV dijo una frase que quedó para la posteridad: “L'etat c'est moi”. El Estado soy yo.
 
Así que, como vemos, Europa era una olla a presión a punto de saltar por los aires. Diferentes modelos de religión y concepción de estado pugnaban por la supremacía y una de las piezas del puzzle, España, ofrecía una oportunidad para mover las fichas y ganar la partida. Desde luego, los que no ganamos fuimos nosotros.
Como he comentado anteriormente, Carlos II era estéril, pues padecía una enfermedad derivada de la endogamia conocida como síndrome de Klinefelter, que entre otras dolencias le había procurado un pene minúsculo, mal formado, con blandas erecciones, y unos testículos pequeños y atrofiados que no generaban suficiente esperma. Vamos, un bajovientre infame que dudo mucho que le diera alegría alguna a su respectiva, Doña Maria Luisa de Orleans. De hecho, en la noche de bodas, se consiguió que Carlos II tuviera una tímida eyaculación, pero según los médicos que controlaban la consumación del matrimonio, “no se consiguieron simultanear ambas efusiones”. Vamos, que el muy inútil eyaculó en el vello púbico de la Reina debido al exiguo tamaño de su pene, que no permitía horadar profundo, y por tanto no le pudo dejar el escaso e infértil grumo dentro de su real vagina, para que nos entendamos. No había nada que hacer. Había que buscar sucesor colateral.
 
Curiosamente, o no tanto, las hermanas de Carlos II se habían casado con Luis XVI, Rey de Francia, y con Leopoldo I, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, respectivamente. Qué casual, ¿verdad? Yo, como no creo en las casualidades, afirmo que ambos personajes, que hemos presentado anteriormente, intentaron mover sus piezas de ajedrez antes que el Rey muriera. La cosa es que sus sucesores colaterales más cercanos eran los hijos o los nietos de sus hermanas y, por ende, de Luis y Leopoldo. Por un lado, el innombrable para muchos independentistas catalanes, Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Un Borbón. Por otro lado, Carlos Francisco de Habsburgo y Neoburgo, hijo de Leopoldo I. Un Habsburgo. Pintaban bastos.
 
La verdad es que el cabronazo de Carlos II duró lo suyo. Nadie daba un maravedí por él, pero vivió 38 años. Poco antes de morir, no obstante, y como era lógico, se trató el asunto de la sucesión. Tras muchas discusiones entre los dos bandos que se habían formado en la Corte, a favor de uno y otro sucesor, finalmente, el Monarca redactó testamento en fecha 3 de octubre de 1700 en el que zanjó la discusión: “Reconociendo conforme a diversas consultas de ministros de Estado y Justicia que la razón en que se funda la renuncia de las señoras doña Ana y doña María Teresa, reinas de Francia, mi tía y hermana, a la sucesión de estos reinos, fue evitar el perjuicio de unirse a la Corona de Francia; y reconociendo que viniendo a cesar este motivo fundamental, subsiste este derecho de sucesión en el pariente más inmediato, conforme a las leyes de estos reinos, y que hoy se verifica este caso en el hijo segundo del Delfín de Francia; por tanto arreglándome a dichas leyes, declaro ser mi sucesor (en el caso de que Dios me lleve sin tener hijos) al duque de Anjou, hijo segundo del Delfín, y como tal a la sucesión de todos mis reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos. Y mando y ordeno a todos mis súbditos y vasallos de todos mis Reinos y señoríos que en el caso referido de que Dios me lleve sin sucesión legítima le tengan y reconozcan por su rey y señor natural, y se le dé luego, y sin la menor dilación, la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.” 
 
Fallecido Carlos II en fecha 1 de noviembre de 1700, esto es, pocas semanas después de redactar su último testamento, los movimientos europeos no se hicieron esperar. Temerosos del poder de Francia y de la evidente influencia que tendría en el devenir de la Corona española, Inglaterra, Portugal y el Sacro Imperio Romano Germánico suscribieron una alianza en La Haya en fecha 7 de septiembre de 1701, declarando de manera inmediata la guerra contra Francia y España. Este pacto fue el primero de muchos, entre los que cabe destacar el Pacto de Génova, suscrito entre Inglaterra y el Principado de Catalunya, representado por el Virrey de Catalunya Don Francisco Antonio Fernández de Velasco y Tovar, en fecha 20 de junio de 1705, cuyo tenor literal rezaba: “Se declara que la muy poderosa princesa Ana, por la gracia de Dios Reina de la Gran Bretaña,, movida por el bien común de la Europa, para librarla de la esclavitud que amenaza la desmesurada ambición de la Francia (…) por auxiliar con el todo de sus armas a la entera recuperación de toda la Monarquía de España para el archiduque de Austria Carlos III (…) plenamente informada de las opresiones y violencias que experimenta toda la nación española y en particular los comunes y particulares del Principado de Cataluña, (…) reconoce y tiene por cierto que la Francia ha ocupado el reino de España.” Se prometieron a Catalunya 8.000 soldados, 2.000 caballos y 12.000 fusiles en cumplimiento de este acuerdo, entre otras cosas; lo obtuvieron, sí, pero también obtuvimos la conquista de Gibraltar, que aún persiste a día de hoy. Perros ingleses.
No voy a entrar en los abundantes dimes y diretes de esta guerra que duró más de una década, pues sobre la misma podéis encontrar numerosa bibliografía. Considero que es más interesante repasar sus antecedentes, que no todo el mundo conoce, y analizar el final de la contienda y las consecuencias, que sirvieron para fijar el símbolo del 11 de septiembre. Baste decir que todos los territorios que configuraban el Reino de Aragón se revelaron contra Felipe de Anjou por un motivo muy concreto: preservar sus fueros y costumbres. Como ya hemos comentado anteriormente, el absolutismo centralista francés encabezado por Luis XIV no reconocía más ley que la del Rey, por lo que, por mediación de su nieto, y por mucho que dijera el testamento de Carlos II, dicha concepción de estado acabaría instalada en España. Razón no les faltaba. 
 
Previamente a repasar el sitio de Barcelona y su caída ante las tropas borbónicas, debo realizar un pequeño apunte. Durante el transcurso de la contienda, en Catalunya comenzó a usarse un término que ha sobrevivido hasta nuestros tiempos: botifler. El origen de esta palabra, según sostienen algunos académicos, proviene de la expresión francesa “beauté fleur”, es decir, bella flor, que hace referencia a la flor de lis borbónica; y que, en este caso, se utilizaba para señalar a aquellos catalanes que eran partidarios de Felipe de Anjou. Por el otro lado, los partidarios de Carlos de Habsburgo eran referidos como imperiales. A la vista de ello, nunca dejará de sorprenderme que me llamen botifler a mí por no ser independentista catalán cuando, de haber vivido esta guerra, hubiera sido partidario del archiduque Carlos. Cosas veredes. 
 
Pero vayamos al caso. Los ingleses, pese al Pacto de Génova, y como consecuencia del devenir de la guerra, se comprometieron con Francia a abandonar Catalunya a su suerte el día 14 de marzo de 1713 a cambio de la entrega de Gibraltar y Menorca, como se puede comprobar en el Tratado de Utrecht. Dos años antes, el archiduque Carlos había abandonado Barcelona, pues había muerto su hermano mayor, Jose I, y debía asumir el cargo de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pese a estos graves hechos, que prácticamente daban al traste con las aspiraciones catalanas, se tomó la decisión de resistir. El día 23 de julio de 1713 comenzaba el sitio de Barcelona.
Se formaron siete exiguos regimientos para organizar la defensa de la ciudad hasta la última gota de sangre (sic): cuatro regimientos para los defensores de origen catalán, uno para los defensores de origen alemán, otro para los defensores de origen navarro y otro para los defensores de origen castellano, este último bajo el mando de Antonio de Villaroel. En el bando borbónico tampoco estaba la situación para tirar cohetes. De hecho, se estableció un bloqueo por tierra que pretendía cortar los suministros, tanto de tropas que vinieran del resto de Catalunya como de alimentos, con el objeto de tratar de debilitar las fuerzas de la ciudad a largo plazo, pues no se disponían de tropas suficientes para invadirla al asalto. Sólo hacía falta paciencia.
 
Poco a poco, la estrategia borbónica fue dando sus frutos. Las tensiones dentro de la ciudad de Barcelona fueron en aumento. Se obtuvo alguna pequeña victoria, como la que tuvo lugar en el puerto de Barcelona contra navíos ingleses el 24 de febrero de 1714, lo cual tiene bemoles, tratándose de esos perros piratas, pero la situación era desesperada, tanto a nivel político como militar y social. La resistencia de la ciudad se cobró los ánimos de muchos ciudadanos, y no fueron pocas las conspiraciones que trataron de rendir la ciudad; pero Rafael de Casanova era férreo de voluntad. Ni siquiera cuando, pocos días antes de la capitulación de la cuidad, el mismo Antonio de Villaroel dimitió de su cargo al conocer que el Consell de Cent no tenía intención ni de firmar un pequeño armisticio para reavituallarse.
 
Llegó el día 11 de septiembre de 1714. Las tropas borbónicas iniciaron un asalto global. Parecía el fin, desde luego, pero no lo fue todavía. Realmente, no se sabe si es cierto, pues aunque haya literatura de la época, se solían realizar muchas licencias líricas, pero cuentas las crónicas que Rafael de Casanova, erguido ante sus tropas, con la bandera de Santa Eulalia en la mano, arengó a sus soldados a la defensa de la ciudad; y con tanto ímpetu se empeñaron, que consiguieron frenar a las tropas que se les venían encima como un torrente humano. Hicieron, en suma, lo que el Consell del Tres Comuns les había rogado: “donen testimoni als venidors que han executat les últimes exhortacions i esforços, protestant de tots los mals, ruïnes i desolacions que sobrevinguessen a nostra comuna i afligida pàtria, i extermini en tots en esclavitud al domini francès, se confia de tots, com vertaders fills de la Pàtria, amants de la llibertat, acudiran als llocs senyalats, a fi de derramar gloriosament sa sang i sa vida, per son Rei, per son honor, per la Pàtria i per la llibertat de tota Espanya.”.
Una vez estabilizado el frente, no obstante, cedió completamente la voluntad de resistir de los barceloneses. Habían sufrido más de un año de penurias, hambre, sufrimiento, enfermedades y muerte; lo habían dado todo y no tenían más que dar. Así que se iniciaron conversaciones con las tropas borbónicas y, finalmente, Barcelona se rindió de manera incondicional el día 13 de septiembre de 1714. Las tropas enemigas entraron en la ciudad. La guerra había acabado… ¿o no?
 
Pues no. No había acabado. Siguiendo la fórmula de René Goscinny y Albert Uderzo, una aldea poblada por irreductibles catalanes continuaba resistiendo al invasor francés. En el corazón de Catalunya, el pueblo de Cardona, desde su poderoso castillo elevado sobre un peñón, había repelido todo ataque que contra ellos se había dirigido, y ni siquiera al conocer la capitulación de Barcelona cejaron en su empeño. No obstante, lo que no ganaron las armas, lo ganó la empatía humana. Las tropas borbónicas amenazaron con ejecutar a toda la población de Barcelona si Cardona no se rendía. Y el día 18 de septiembre de 1714, pensando en el destino de sus compatriotas, Cardona finalmente rindió su fortaleza. Con la dignidad intacta.
Las consecuencias son por todos conocidas. Se acabaron las instituciones propias de Catalunya, así como sus fueros, costumbres, leyes y constituciones, quedando sometidos sus ciudadanos a una única ley estatal. Hay quien opina que los Decretos de Nueva Planta se dictaron con el único objeto de represaliar a los perdedores, pues Felipe de Anjou, que fue coronado como Felipe V, había acabado hasta los aparejos de los catalanes. Es probable. Pero, en realidad, nuevos vientos corrían por Europa en ese sangriento siglo XVIII, y quizás el sistema medieval, aunque se resistiera como gato panza arriba, estaba condenado a la extinción. A este respecto, Luis Suárez, reconocido hispanista asturiano que ostenta el cargo de académico en la Real Academia de España, opina que “la guerra de sucesión española es, sin duda, un conflicto europeo de dimensiones muy amplias; pero al mismo tiempo es una guerra civil, aunque no estuvo acompañada del alto grado de crueldad que alcanza este tipo de contiendas. (…) La Monarquía Española había nacido sobre el modelo brindado por la Corona de Aragón, que estructuraba la soberanía en dos niveles: el superior, unitario conforme a la Corona y sus funcionarios, y el inferior, que respetaba los usos y costumbres heredadas. Con la fórmula de Felipe y la fórmula reconocida en Utrecht, este modelo se abandonaba. Por eso los catalanes interpretaron las reformas, que estaban movidas por la voluntad de desarrollo, como una especie de represalia contra sus viejas costumbres defendidas”.
 
A la vista de lo expuesto, hay motivos. Hay argamasa para construir el símbolo. Y resulta absolutamente lógico y coherente que aquellos catalanes que deseen regir su propio destino se remitan a la defensa que realizaron aquellos austracistas barceloneses en 1714. Pero, como hemos visto, intervinieron muchos factores en los hechos ocurridos. Un Rey incapaz, intereses de naciones extranjeras, nuevas concepciones de estado, casualidades históricas desafortunadas, como el fallecimiento temprano de Jose I, entre otros avatares que se han quedado en mi tintero. Por lo que, como he dicho, entendiendo a los independentistas catalanes, aunque sean de nuevo cuño, no caigáis en simplificaciones. La historia es rica y, en ocasiones, los símbolos son demasiado simples.
 
De hecho, qué cojones, debería celebrarse el 18 de septiembre. Cardona nunca perdió la guerra. Ellos aguantaron hasta el final y sólo se rindieron por pura humanidad. Merecen un reconocimiento. Así que ya lo veis. Seáis o no independentistas catalanes, celebréis o no el 11 de septiembre, nunca os olvidéis de Cardona. Visitad su castillo, sentid su poder, recorred sus murallas y sentíos vencedores. 
 
PD: Todos los entrecomillados que se han adjuntado al presente artículo han sido transcritos de manera literal de fuentes fidedignas que son de dominio público y a las que podéis tener acceso libre en Internet. Los avatares históricos y los hechos reseñados han sido debidamente contrastados de diversas fuentes e, igualmente, pueden ser comprobados en cualquier libro de historia que trate este periodo histórico.

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