Manifestarse o no manifestarse, ésa es la cuestión

07.03.2018 02:17

Hace mucho tiempo que no participo en ninguna suerte de concentración, manifestación, huelga o cualquier tipo de evento o protesta que aglutine a cientos o a miles de personas en base a una consigna política o social o a cualquier tipo de objetivo común. El hecho de que yo no participe de todo ello no significa, ni mucho menos, que no pueda estar de acuerdo con determinadas consignas o con determinados objetivos; sin embargo, en conciencia, en el actual estado de cosas, no puedo  ni quiero participar en ninguna manifestación o huelga. El motivo es muy simple: considero que no sirven absolutamente para nada. Sí, me diréis, puede que tengas razón, pero es mejor hacer eso que no hacer nada. Y es ahí, precisamente, donde más discrepo con las personas que se unen a cualquier bombardeo con el objeto de tratar de cambiar alguna injusticia dentro de la sociedad: participando no sólo no haces nada, sino que incluso puedes llegar a perjudicar el objetivo pretendido. Me gustaría, mediante el presente escrito, desarrollar un poco mi manera de ver las cosas, puesto que mi postura no puede integrarse dentro de la equidistancia o del sudapollismo, hablando mal y pronto, a pesar de que lo pueda parecer. Seguramente os importará un rábano, o puede que no; porque estoy seguro de que hay mucha gente que piensa como yo.

En primer lugar, debemos definir qué entendemos por una movilización ciudadana. Según la Real Academia Española, una manifestación es, en su segunda acepción, que es la que nos interesa, “una reunión pública, generalmente al aire libre y en marcha, en la cual los asistentes a ella reclaman algo o expresan su protesta por algo”. En definitiva, se trata de una protesta realizada por una multiplicidad de ciudadanos que, mediante una marcha en la vía pública, pretende la visibilización de dicha protesta. Por tanto, tenemos tres elementos fundamentales: el quién, el cómo y el porqué; esto es, los ciudadanos, la movilización pública y la protesta. Estos tres elementos deben concurrir para que una manifestación ostente tal categoría. Una movilización pública de ciudadanos que no tenga una consigna clara perfectamente identificable o una protesta que no se visibilice ante la opinión pública y ante los poderes fácticos, políticos y económicos, no puede analizarse mediante estos parámetros. Por otro lado, el nombre que le asignemos a esta movilización ciudadana es lo de menos: da lo mismo una huelga que una manifestación. El concepto es el mismo.

En segundo lugar, una vez definido concepto de una movilización ciudadana, es preciso analizar su efectividad. A este respecto, resulta evidente que las manifestaciones públicas, durante el siglo pasado, han representado un elemento muy importante en la consecución de derechos sociales, laborales y políticos. Al cabo, las democracias occidentales se fundamentan en la opinión pública y la opinión pública se modula en función de los eventos con trascendencia que acontecen en la sociedad. Asimismo, debemos tener en cuenta que, pese a lo que se suele decir, cuanto más violenta y radical es una manifestación, más efectiva es, puesto que más intereses se ven afectados y más trascendencia pública alcanza. Esto es un hecho. Otra cosa es la opinión que tengamos en relación al objetivo pretendido y las afectaciones personales que podamos sufrir por razón de dichas manifestaciones violentas, pero el hecho cierto es que cuanto más festiva, pacífica y familiar es una manifestación, como veremos, menor es su efectividad. Sí os quitáis la mojigatería de encima y analizáis la historia, veréis que tengo razón. Y es que las cosas son como son y no como queremos que sean.

En tercer lugar, y no por ello menos importante, debemos referirnos a la necesaria dirección de dichas manifestaciones. Una manifestación caótica sin una consigna clara compuesta por diferentes grupos se diluye como un azucarillo. La protesta cae en saco roto. Esta circunstancia choca frontalmente contra muchos manifestantes de ideología anarquista, del mismo modo que el anarquismo choca frontalmente contra cualquier tipo de efectividad social derivada de sus manifestaciones deslavazadas. Nos guste o no, tiene que haber una dirección, una unidad, igual que un puño requiere que la mano esté cerrada para poder golpear, pues si lo hace con los dedos abiertos, no puede esperar otra cosa que la rotura de estos dedos.

Pues bien, una vez analizados los elementos fundamentales que deben informar las manifestaciones públicas, que resultan evidentes desde una perspectiva puramente teórica, podemos comprobar que la gran mayoría de manifestaciones que se realizan en la actualidad, si bien cumplen con los requisitos formales señalados, adolecen de efectividad y ostentan una dirección contraria a los intereses que defienden; por tanto, nos encontramos ante carcasas vacías de contenido. Y es que de nada sirve que un coche tenga cuatro ruedas y un motor si nos conducen a un precipicio y, además, no tenemos gasolina. En esta tesitura nos hallamos.

¿Y cómo es posible que hayamos llegado a esta situación? Pues no hay una respuesta sencilla, desde luego. Quizás, la problemática se encuentra en las fallas del sistema democrático que, a través del control de la opinión pública, se acaba convirtiendo en un sistema dirigido por el mismo poder que controla las masas sin que éstas se den cuenta de que están siendo controladas. Bajo estas circunstancias, una persona cree que es libre, pero realmente no lo es, por lo que las manifestaciones en las que participa tampoco lo son. De un tiempo a esta parte, el control de la opinión pública a través de los medios de comunicación ha alcanzado niveles verdaderamente distópicos y las consecuencias las podemos ver a simple vista. No hay ni un solo medio de comunicación que no defienda uno u otro interés; no hay ni un solo periodista que se atreva a dar una opinión contraria a lo políticamente correcto. Y al final, lo políticamente correcto se convierte en un dogma indiscutible que puede equivaler perfectamente a los dictados de una religión.

Esta situación se da en todos los ámbitos de la vida. Podría dar numerosos ejemplos, pero por razón de la importancia que se le está dando últimamente, recurriré a un ejemplo que todos comprenderéis perfectamente; o no, pues hay mucha gente que está metida hasta el tuétano en este asunto. Pero el caso es que, para mí, es un ejemplo paradigmático de cómo funcionan actualmente las manifestaciones públicas y del funcionamiento de este control de la opinión pública por parte del poder económico y político. A este respecto, es preciso señalar que he evitado y continuaré evitando hablar de este tema en este blog más allá de las declaraciones que realizaré en el presente artículo, puesto que es un asunto que despierta profundas pasiones y en el que cada vez se aplica menos la lógica; por lo que yo hace mucho tiempo que estoy poniendo tierra de por medio sobre este asunto y quiero mantenerme en esta postura. El ejemplo que utilizaré es el proceso de independencia de Cataluña iniciado en el año 2012 y que continúa vigente en la actualidad.

Antes de proceder a analizar este proceso político, debo señalar mi más absoluto respeto por aquellas personas que realmente creen en la independencia de Cataluña y que ostentan esta ideología sin reservas y en conciencia. Esta ideología es lícita y no seré yo el que prohíba la libertad ideológica ni el que le diga a nadie cómo tiene que sentirse y qué tiene que creer. Cada uno se siente como quiere y tiene derecho a creer en un estado diferente de cosas sin mayor limitación que el respeto la libertad de los demás. Mi análisis en ningún caso pretende poner en entredicho esta ideología ni tratar de minusvalorar su fuerza, sino precisamente poner de relieve que los propios promotores del proceso independentista que estamos viviendo en los últimos años son los menos interesados en alcanzar el objetivo. Lo cual debería enojar a los independentistas, aunque a la vista de la actualidad, comprobemos con sorpresa que la tendencia es diametralmente opuesta. En cualquier caso, la diana de mi flecha se encuentra precisamente en los causantes de la falta de efectividad de estas manifestaciones públicas a través de la dirección dirigida por esferas de poder perfectamente reconocibles. Y no porque yo quiera que se alcance este objetivo, en absoluto, sino porque nada me ofende más que este tipo de tomaduras de pelo.

El caso es que, a pesar de que repitan en innumerables ocasiones que este proceso viene de abajo hacia arriba; esto es, de los ciudadanos hacia los políticos, fue el poder económico y político catalán el que dio el pistoletazo de salida de dicha movilización ciudadana y el que continúa haciéndolo a pesar de todo. Resulta un hecho indiscutible que el partido hegemónico en Cataluña y sus tentáculos sociales, como la Asamblea Nacional Catalana y Ómnium Cultural, inició este proceso hacia la independencia como un escudo tras el que parapetarse de las consecuencias de la crisis económica que azotó a toda la nación. No resulta ajeno a la historia el hecho de colgarse una bandera a la espalda para ocultar la mala gestión o para tapar otros problemas derivados del ejercicio del poder. De hecho, sino lo veis claro, pensar en qué se fundamenta principalmente el actual proceso independencia de Cataluña: en la economía. Durante muchos años, el déficit fiscal y el famoso expolio han sido puntas de lanza absolutas del proceso independentista. Es un tema principalmente económico, no nos engañemos. Todo lo demás, por muchos aspavientos que se hagan, es secundario; lo importante es el control de la economía y la gestión de los recursos propios. La ciudadanía catalana cayó en la cuenta de los problemas económicos, precisamente, por la crisis económica, y nada mejor que una pantalla de humo para ocultar los recortes que debían realizarse. O mejor todavía, echar la culpa a un poder externo. Blanco y botella. Causa y efecto. Por tanto, vemos como es el mismo poder es que ha dirigido desde el principio estas manifestaciones; sin perjuicio de que haya personas que, ya ostentando esta ideología, se hayan sumado a este proceso.

Cuando el poder controla estas manifestaciones públicas, las dirige a su antojo. Y si las dirige a su antojo, las utiliza para sus propios intereses, con independencia de los objetivos que encabezan dichas manifestaciones. Por supuesto, esto implica que se adopten ciertas medidas para evitar perder la dirección de la manifestación limitar sus efectos secundarios, como por ejemplo, que acabe alcanzado sus objetivos. Para ello, es necesario dotar a las manifestaciones de un elemento contrario a la efectividad de las mismas: el simbolismo extremo y la estética. La famosa cantinela de las manifestaciones festivas y pacíficas. Todo ello, otorga a la manifestación un elemento de visibilización, en efecto, pero es una visibilización huera, temporal, sin ningún tipo de afectación real, por lo que es rápidamente olvidada. Por ese motivo, el poder utiliza este simbolismo como un sedante del poder real de una manifestación pública.

Asimismo, debe ponerse de relieve el hecho de que el abuso de las manifestaciones y el uso de consignas diversas, poco claras o incluso difusas en su contenido, contribuye a la normalización de la manifestación pública y, por tanto, a que pierda ese elemento de excepcionalidad que es necesario para alcanzar un objetivo. Al final, si cada día protestas delante del gobierno y cada día por una cosa distinta, te dejarán de tomar en serio. Pero es que, además, si esta protesta es absolutamente pacífica y no provoca disrupción alguna, directamente se olvidaran de que existes.

Entonces, ¿cuál es el objetivo de estas manifestaciones? Muy sencillo, el poder pretende satisfacer el ansia de los manifestantes de alcanzar unos objetivos mediante elementos estéticos que generan una falsa sensación de complacencia a dichos manifestantes. Esta falsa sensación aplaca la voluntad del manifestante y, en consecuencia, al creer que está haciendo alguna cosa, no hace nada más. Se da por satisfecho. Para que nos entendamos, un manifestante independentista da por satisfecho su compromiso social con su objetivo de alcanzar la independencia mediante la participación en estas manifestaciones masivas o mediante el uso de prendas de color amarillo, por ejemplo. Actuaciones, éstas, que no les repercute en modo alguno a nivel personal. Es una protesta cómoda, sin peligros, que otorga al manifestante la falsa sensación de poder alcanzar su objetivo sin pagar precio alguno, sin mancharse las manos. La sedación de la voluntad mediante elementos puramente simbólicos.

Seguramente, muchos me diréis que ésto cambió el día 1 de octubre de 2017; y en parte es cierto. Mucha gente se plantó y puso en peligro su integridad física para alcanzar el objetivo del referéndum. Pero la pregunta fundamental que debemos hacernos es que, a pesar de todo ello, ¿qué se ha conseguido? Según el poder político catalán, absolutamente nada, puesto que han señalado por activa y por pasiva que dicho evento era simbólico, igual que la declaración de independencia posterior. Todo estético. Por tanto, el comportamiento de muchos ciudadanos catalanes que, dispuestos a pagar el precio, se pusieron frente a la policía para permitir que se celebrara el referéndum, no ha servido de nada. Imágenes de violencia policial y poco más. Un grano de arena en un mundo lleno de injusticias al que los catalanes le importamos una mierda. Y esto es una total vergüenza no para estas personas, que actuaron en conciencia, sino para los promotores del proceso de independencia de Cataluña. Cabe señalar, no obstante, que algunos de estos promotores están pagando el precio, es cierto, pues quien juega con fuego se acaba quemando, lo cual es todavía más ridículo, toda vez que está sufriendo las consecuencias de un teatrillo sin trascendencia. Pero eso se trata de una excepción por haberse pasado de frenada.

No obstante, en lugar de recibir todos los eventos acontecidos a finales de 2017 como una jarra de agua fría que despierta de un letargo, a fecha actual, el poder está dirigiendo de nuevo la voluntad del independentismo hacia debates estériles, cuestiones menores, irrelevancias procesales y personalismos absurdos, volviendo de nuevo a caer en la ineficacia absoluta. Y ya van más de seis años sin que se haya conseguido absolutamente nada. ¿Mayor apoyo social? Sí, es cierto, pero el electorado es muy volátil y depende de muchas circunstancias, por lo que tal y como ha venido puede irse. ¿Ruido internacional? Sí, es cierto, pero no se ha obtenido ningún apoyo de ningún estamento que tenga realmente poder. Al cabo, castillos en el aire. Humo. La nada. Por tanto, ello me hace llegar a la conclusión de que la ingeniería social interna de este proceso ha conseguido sus objetivos más allá de cualquier expectativa, puesto que ni reconociendo expresamente el engaño, como hizo hace poco el propio Artur Mas, ha conseguido que el independentismo tome conciencia de la situación real. Es deleznable.

Por desgracia, este ejemplo paradigmático puede replicarse punto por punto a otros asuntos. Los derechos laborales, verbigracia, con unos sindicatos que se dedican a partir el pan con el poder mientras hacen aspavientos que nadie se cree cada 1 de mayo; o el feminismo, que ha pasado de luchar por el derecho a la igualdad real a luchar por nimiedades sin importancia, desviando la atención hacia asuntos irrelevantes perfectamente controlados por el poder para mantener entretenidas a las feministas como el padre que le da un juguete al niño cuando llora para que se calle. En definitiva, a fecha actual, toda manifestación está dirigida por el poder, por lo que su objetivo es el mismo: movilizar para desmovilizar. Fuegos de artificio frente a la nada absoluta. Hacer que creas que caminas cuando no te mueves del sitio.

Y es por ello por lo que yo no pienso participar de estas farsas. Hace muchos años que aprendí a detectar cuándo me encuentro dentro de la caverna de Platón, viendo sombras dirigidas por pantomimos. No existiendo un contrapoder real, lo mejor que podemos hacer es ser libres en nuestras actuaciones cotidianas y convertirnos en bibliotecas andantes. Sólo así, quizás algún día, despertemos de este letargo y pongamos de verdad nerviosos a esos hijos de puta que nos controlan como marionetas.

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