A vueltas con el 33

17.06.2018 12:04

Es un clásico. Un tópico, vamos. Un ranciofact, que diría el gran Pedro Vera. Y es que, a rancio, a caspa, a naftalina, le ganan pocas frases hechas. El pasado mayo, un servidor de Ustedes alcanzó la edad de Cristo. 33 primaveras han visto tus ojos. Y que yo vea otras 33. Etcétera. Diarrea cerebral. En cualquier caso, lo que la gente omite, ya sea por ignorancia histórica o religiosa, ya sea por evitarte el mal trago, es que ésa no fue cualquier edad de Cristo: fue la edad en la que le dieron matarile. Azotes, crucifixión y lanzada en el pecho. Qué buen rollo. Es una manera como otra cualquiera de decirte que hasta aquí has llegado, colega. A partir de ahora, todo el tiempo de más que transites por este valle de lágrimas, que decía Camilo José Cela, que es la vida, es tiempo de descuento. De más. Si Cristo ya tuvo suficiente tiempo para resucitar, salvar a la Humanidad y ocupar un lugar destacado en la cosmogonía católica, tú ya vas tarde en todo. Ni agua en vino, ni pescados fotocopiados al infinito, ni curaciones milagrosas, ni refundación de religiones. Te has dedicado a la fiesta, al tequila, a trabajar en mierda para consumir otra mierda, a follar como un conejo, en el mejor de los casos; o a cascártela como un bonobo, en el peor. Por no hablar de los petas, que te han dejado frita la cabeza. La edad de Cristo, dicen. Un clásico.

Y digo yo, ¿no sería mejor buscar otra analogía? A mí eso de morir por los pecados de los demás no me va. Y paso mucho de ir a Jerusalén de copas, que allí te clavan. Tampoco quiero reflexionar sobre el tiempo fugado ni compararme con los éxitos o fracasos de los demás, sean personajes reales o, ejem, ficticios. No sé. ¿Y si nos fijamos no en el concepto, que es transcurso de 33 vueltas de la Tierra alrededor del sol, sino en la formología del signo utilizado? Un 3 puede ser un culo. O unas tetas sin pezón. Así que un 33 pueden ser dos culos, cuatro tetas o algo todavía mejor: un culo y dos tetas. Eso sí genera pasión, joder. Que te digan que tienes cuatro tetas, siempre y cuando no se refieran a las lorzas de tu barriga, tiene su puntito. Mola. Yo prefiero el sexo a la religión, así que hacedme un favor: culos y tetas, sin pecado ni cruces. Cuerpo, y no alma; que ya tendremos tiempo de lo segundo cuando nuestras cavidades cavernosas no alcancen el medio quilo de fuerza necesaria para penetrar cualquier agujero que nos apetezca.

De todos modos, todo lo expuesto en los dos párrafos precedentes es absolutamente pueril. Comentarios, frases hechas, segundos de tu tiempo perdidos en la nada. Lo importante de cumplir 33 años; o, mejor dicho, lo necesario al cumplir 33 años, es darte cuenta de que sigues siendo tú mismo. Eso es lo que quería a los 25, lo que quiero a los 33 y lo que querré, si llego, a los 70. El problema de cumplir años en una sociedad como la nuestra es la implementación de una suerte de presión de grupo frente al cumplimiento de ciertas expectativas tanto sociales, como económicas, como familiares, como laborales. A los 20 años se te permiten ciertas licencias, porque eres joven, inexperto, un muchacho con toda la vida por delante. A partir de los 30, ya estás jodido. Verbigracia: Catelyn Tully tenía ya cuatro críos y un bastardo con esa edad. Eddard Stark era señor de Invernalia, Guardián del Norte y amigo personal del Rey Robert Baratheon. Tú, en cambio, eres Dontos Hollard, un caballero gordo venido a menos que acaba convertido en bufón y que tiene una malsana afición al zumo de uva. Un pringao, vamos.

Precisamente por esa presión social, por esa comparativa constante, por esas putas exigencias, lo que te diferenciará de ese rebaño y, por tanto, te hará ser feliz de una forma genuina con independencia de la edad que tengas, es continuar siendo tú mismo. Así que yo, cumplida la edad de los dos culos, pienso seguir esforzándome en conseguir ser feliz a mi manera. A pesar de las servidumbres que tienes que soportar, a pesar de vivir sometido al trabajo y al pago de interminables facturas, a pesar de que tengas que comenzar a aguantar con pesar conversaciones sobre pañales, sobre el ahorro para la jubilación, sobre jardinería o bricolaje de domingo tarde, o incluso el peso de la rutina intente convertir tu color preferido –el azul, en mi caso- en un gris turbio, tienes que mantenerte firme. En pie contra toda esa mierda. Y es complicado de cojón de toro, os lo aseguro.

A ver, todo es posible. Puede que yo tenga complejo de Peter Pan. De adolescente perpetuo. Puedo ser un tipo cínico que hace siempre lo que me viene en gana con un objeto muy claro: poder decir, cinco minutos antes de estirar la pata, que me lo he pasado de puta madre mientras ha durado mi cuerda. Poder decir que me he reído, he follado y he hecho el imbécil tantas veces que palmarla no me importa. No quiero arrepentirme de lo que no he hecho por miedo, por presión, por cuestiones morales o sociales. Quiero arrepentirme de lo que he hecho, en todo caso, por haberme pasado de frenada o haber liado un buen pifostio.

Os pondré un ejemplo: hace escasos cinco meses, me destrocé la muñeca izquierda. Dicho así, parece una putada. Y lo es. Pero eso no es lo importante. Os pongo en situación. Carnaval, ginebra a mansalva, mascara de Darth Vader. Me dirigí a una discoteca infame de Granollers –cómo no- con el objetivo de petarlo muy fuerte. Dicho y hecho. Podium, bailes guarracos con un hombre disfrazado de puta al ritmo de Raise Against The Machine, ligoteos cutres con dos teenagers que me besaron en la máscara, chupitos de tequila, paseos bailongos por toda la sala… me lo estaba pasando de fenómenos. De hecho, creo que hasta bailé reaggeton con escarnio propio junto a dos chicas que iban disfrazadas de mapache.

Total, en pleno auge, a un servidor de Ustedes le dio por subirse en una puta caja de color rojo que brillaba y que tenía toda la pinta del ser el único pódium en el que no me había subido todavía; pero resultó no serlo. Fuera lo que fuera esa mierda, no estaba asida al suelo, así que, tras un par de movimientos desenfrenados, la caja se fue a la puta y yo volé. Me pegué una hostia monumental. En cuestión de milésimas de segundo, pasé de estar arriba a estar abajo, con un dolor extremo en la mano. Me levanté y observé que tenía un bulto nada hermoso en la muñeca. El deejay, el muy hijo de puta, en lugar de ayudarme, me empezó a decir que qué coño hacía con mi vida. Yo sudé de su cara y me fui directo a hablar con mi mujer: “Elisenda, vamos al Hospital”. Y eso hice. De borrachera y de urgencias. Y yo todavía partiéndome el culo… hasta que me dijeron que me había destrozado dos huesos de la muñeca (escafoides y piramidal) y me había quebrado el radio. Operación, mes y medio de escayola con pollas dibujadas, recuperación, cicatriz del copón. En fin.

Pero lo curioso de todo no es el hecho en sí. Cosas del morado, etcétera. Mala suerte, mala cabeza y mala ejecución de baile. En fin, una anécdota más con unas consecuencias limitadas, toda vez que no he perdido movilidad y la fuerza la recuperaré con el tiempo. Lo que más me llamó la atención fue que la gente repetía, como un mantra, un comentario referido a mi edad: “ya no tienes edad para eso”, “¿qué hacías subido a un pódium?” o “a esa hora deberías estar en casa”. Es decir, lo ocurrido no fue, sencillamente, un lance fruto de la mala suerte, es que estaba haciendo algo que ya no toca a estas “alturas de la vida”. Y me indigné, os lo juro. Ojo, no porque quisiera palmadas en la espalda, ni gente cariacontecida, porque claro que fue culpa mía, sino porque el problema no era el hecho en sí, sino mi edad. Que soy un viejuno ya. Eso era lo que le follaba la mente a la gente. Y, de paso, me la follaba a mí, pues yo hago las cosas que me pide el cuerpo, no las que se supone que debo hacer en base a putas reglas sociales.

Así que, frente a ello, frente a la edad de Cristo, frente a los que me dicen lo que debo o no debo hacer, recurriré a una frase de Fernando Fernán Gómez: “Hágame el favor de dejarme en paz, váyase Usted a la mierda. ¡A la mierda!”. Os lo dicen cuatro tetas de experiencia.

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