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20.10.2018 21:07

El gran Isaac Newton, que espero que conozcáis pese a la LOGSE y al culto a la ignorancia que predomina en nuestros días, no sólo resulta útil por su manzana. Sí, cayó en su cabeza, cuenta la leyenda, y una fuerza invisible la precipitó de la rama del manzano a uno de los mejores cerebros que ha dado la historia de la humanidad. Pum. Y es que siempre hay un inicio. Para aprender a andar, tienes que ver cómo andan otros, tienes que adquirir experiencia, perder el miedo, atreverte a hacerlo. Y eso no te convierte en mejor que nadie. Al revés. Eres uno más, aunque camines mejor, o más rápido, porque no podrías haber llegado hasta donde has llegado si no te hubieran enseñado a andar. La humildad, por eso, no te la ofrece una manzana. Puedes comértela sin más, puedes pensar que cayó en ese preciso instante porque una entidad superior así lo ha querido o puedes aprovechar la ocasión para pensar en el por qué. Por qué cae la manzana. Por qué camino más rápido que los demás. Por qué los planetas, estrellas errantes en griego, no tienen una trayectoria rectilínea en el cielo. Y toda conclusión tendrá un inicio: ya sea en la naturaleza o en las conclusiones de otras personas.

Cuando Newton dijo aquello de si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes, no hacía más que reconocer que él sólo había dado un paso más, pero no había aprendido a caminar solo. Todo científico, estudioso, intelectual, artista, músico o escritor se debe al bagaje que, durante su camino, ha ido adquiriendo por parte de terceros. Beethoven no habría compuesto la maravillosa 5º sinfonía, que me acompaña mientras redacto estas líneas, sin Haydn y Mozart. Roma no hubiera alcanzado su cénit cultural y filosófico sin su helenización y sin la influencia de Sócrates, Platón y Aristóteles. Y George R.R. Martin no habría creado la mejor obra de ficción del siglo XXI, pese a que diera comienzo en los años 90 del pasado siglo, sin la influencia de John R. R. Tolkien.

Por supuesto, no podemos comparar el valyrio con el quenya, pero sí la creación de lenguas antiguas y eruditas usadas por civilizaciones luminosas, como los valyrios y los elfos. En efecto, la princesa Éowyn no es Brienne de Tarth, ni Arya Stark, pero sí una mujer que, frente a la condición que le asigna la sociedad, es capaz de empuñar una espada. Nada tienen que ver los caballeros de Rohan con los dothrakis, pero sí la construcción de culturas alrededor de la figura de un caballo. Tolkien viste de realidad la fantasía, y Martin viste de fantasía la realidad, por lo que el equilibrio entre estos planteamientos literarios es dispar; pero ambos han creado una mitología propia que tiene más o menos incidencia en la novela, pero que existe y proyecta un trasfondo lejano en sus novelas, pero todavía presente. De hecho, a grandes rasgos, podríamos comparar perfectamente los hechos que acontecen en Canción de Hielo y Fuego con el fin de la Tercera Edad que relata El Señor de los Anillos: el auspicio del hombre frente a la magia, las fuerzas de la naturaleza y los poderes antiguos. En El Señor de Los Anillos es más que evidente, pero en Canción de Hielo y Fuego, creo, porque es una novela todavía inconclusa, que los dragones y los caminantes blancos han reaparecido a modo de réquiem, sólo para desaparecer definitivamente. Hay rasgos, en definitiva, compartidos. Elementos. Paisajes. Personajes. Pero, sobre todo, la existencia de una civilización central cuya importancia llega hasta los días que relatan las novelas, pese a su pretérita extinción.

Valyria y Númenor. Una península y una isla. Hombres elevados, con características mejoradas. Una tecnología superior, ahora perdida. Una maldición. La destrucción absoluta. Espadas de acero valyrio y árboles blancos. La Roma perdida ante el Medievo en las obras de Martin y Tolkien. Las míticas civilizaciones de ambos literatos que impulsan la trama. Y que comparten, además de los pequeños apuntes que he señalado, una infinidad de rasgos comunes. Así que os invito a descubrirlas someramente, Silmarilion y El Mundo de Hielo y Fuego mediante, y a disfrutar comparando escenarios; obviando tanto las películas de Peter Jackson como la serie de Juego de Tronos. Viendo equivalencias. Subiéndonos a los hombros de estos gigantes.

Origen de Númenor

Según se narra en el Akallabêth, tras la Gran Batalla en la que Morgoth fue expulsado de Arda, los valar crearon una isla para recompensar a los hombres que habían luchado junto a ellos: “Se hizo una tierra para que los Edain vivieran en ella, y que no era parte de la Tierra Media ni de Valinor, ni tampoco estaba separada de ellas por el ancho mar; pero estaba más cerca de Valinor. Fue levantada por Ossë de las profundidades del Agua Inmensa, y fue fortalecida por Aulë y enriquecida por Yavanna; y los Eldar llevaron allí flores y fuentes de Tol Eressëa. A esa tierra los Valar llamaron Andor, la Tierra del Don; y la Estrella de Eärendil brilló en el Occidente como señal de que todo estaba pronto, y como guía en el mar; y los Hombres se maravillaron al ver la llama plateada en los caminos del Sol (…) Este fue el principio del pueblo que en la lengua de los Elfos Grises se llama Dúnedain: los Númenóreanos, Reyes entre los Hombres”.

Tras su creación, el primer Rey de Númenor fue Elros, hermano de Elrond. Vamos, el tío de Arwen, a la que seguro que tenéis más presente. ¿Cómo es posible? Me diréis. Elrond y Arwen son elfos, mientras que Elros, si fue el primero Rey de Númenor, es humano. Pues bien, la cuestión radica en que Elrond y Elros no eran ni del todo humanos, ni del todo elfos; formaban parte de una raza intermedia llamada Medio Elfos. E Ilúvatar les concedió el don de poder elegir, en ese momento de su vida, su destino. Elrond eligió permanecer como elfo, mientras que Elros eligió la mortalidad humana. No obstante, por su linaje élfico, sus rasgos eran superiores a los humanos y su vida mucho más prolongada; así se dio origen a la estirpe de los numerionanos que alcanza hasta un personaje muy conocido y querido por todos nosotros: Aragorn.  

Origen de Valyria

Según extraemos de la narración del maestre Yandel en El Mundo de Hielo y Fuego, mientras en Poniente se sucedía la Edad de los Héroes, en Essos nacía una nueva civilización. En una península que se encontraba al oeste del Imperio de Ghis, se encontraban unas montañas volcánicas conocidas como los Catorce Fuegos. Allí anidaban, nacían y crecían dragones, que empezaron a interactuar con un pueblo de pastores que allí se resguardaba de los esclavistas ghiscarios y que aprendieron a controlar a estas bestias aladas a su voluntad. Este pueblo no sólo se diferenciaba del resto por su capacidad de domar dragones, que no se sabe si fue adquirida o se debía alguna condición especial, sino que ostentaban una gran belleza: ojos color púrpura y cabello plateado. Así nació la civilización valyria.

Valyria no tuvo reyes durante su larga existencia, sino que se constituyeron como un Feudo Franco en el que todos los ciudadanos tenían voz. Se elegían arcontes entre los propios ciudadanos por periodos temporales limitados, por lo que el poder nunca lo ostentó una única familia. La civilización no tardó en prosperar e incluso aplastaron al Imperio de Ghis; sin embargo, adoptaron una de las peores costumbres del imperio caído: la esclavitud.

La caída de Númenor

Tras milenios de esplendor y gloria, la historia de Númenor iba a dar un vuelco que los iba a encaminar a la extinción a manos de un personaje bien conocido: Sauron. En aquella época, todavía conservaba su corporeidad y podía transformarse en un ser humano a placer. Como continuador de la maldad de Morgoth, construyó la Torre de Barad-dûr y fortificó Mordor, sumiendo a la Tierra Media en el caos. Desde Númeror, el Rey Ar-Pharazón decidió poner fin al reinado de Sauron y construyó una flota para desembarcar en el que posteriormente sería el reino de Gondor. Sin embargo, la batalla no se desarrolló según lo esperado: no se derramó ni una gota de sangre. Sauron salió voluntariamente de la Torre de Barad-dûr y se entregó de buen grado. Sospechoso, ¿verdad? Lo era, y más tratándose de Sauron, pero el Rey Ar-Pharazón no lo supo ver y se lo llevó como prisionero a Númenor.

Por supuesto, el objetivo de Sauron era destruir a los hombres desde la capital de su reino más poderoso mediante su lengua venenosa. Y así lo hizo. Ya durante el trayecto a Númenor, pasó de ser un mero prisionero al mejor consejero del Rey. Y aprovechó su debilidad. Los numenorianos, pese a su longevidad, habían germinado en su interior un odio visceral hacia los elfos y los valar por su inmortalidad. No entendían que, siendo los favoritos de los dioses, tuvieran que morir. Sauron utilizó esta coyuntura. Y Tolkien utilizó, en este relato, la propia cosmogonía católica para construir el desencuentro de los humanos con el don de Ilúvatar, que es la muerte. Sauron, no obstante, se diferencia de Lucifer no en el qué, sino en el cómo: si bien el ángel caído fue expulsado del cielo por pretender la inmortalidad del ser humano, Sauron pretendía, realmente, su extinción absoluta, pues su objetivo es el mismo que el de Morgoth: destruir Arda para construir un nuevo mundo según su propio criterio. Pequeños matices.

El caso es que los numenorianos pretendían la inmortalidad y Sauron les susurró un modo de conseguirla: desplazándose a las Tierras Imperecederas, cuyo acceso estaba prohibido a los hombres. De nuevo, la religión católica; y de nuevo, una manzana. Y el Rey Ar-Pharazón, que, pese a tener cientos de años estaba cerca de la muerte, mordió la fruta prohibida. Construyó cientos de barcos, miles, que según los elfos que vivían en la isla de Eressëa, cercana a Númenor, cubrían la luz del sol. Y se encaminaron a Aman.

Si bien el Rey titubeó en los últimos instantes antes del desembarco, finalmente, puso un pie en Amán, reclamando la soberanía sobre esas tierras. Y con ello, firmó la sentencia de muerte de su pueblo: “Entonces Manwë invocó a Ilúvatar, y durante ese tiempo los Valar ya no gobernaron Arda. Pero Ilúvatar mostró su poder, y cambió la forma del mundo; y un enorme abismo se abrió en el mar entre Númenor y las Tierras Inmortales, y las aguas se precipitaron por él, y el ruido y los vapores de las cataratas subieron al cielo, y el mundo se sacudió. Y todas las flotas de los Númenóreanos se hundieron en la sima, y se ahogaron, y fueron tragadas para siempre. Pero Ar-Pharazón el Rey y los guerreros mortales que habían desembarcado en la Tierra de Aman quedaron sepultados bajo un derrumbe de colinas: se dice que allí yacen, en las Cavernas de los Olvidados, y que allí estarán hasta la Última Batalla del Día del Juicio.”

Entonces, un fuego súbito irrumpió desde el Meneltarma, y sopló un viento poderoso, y hubo un tumulto en la tierra, y el cielo giró, y las colinas se deslizaron, y Númenor se hundió en el mar, junto con niños y mujeres y orgullosas señoras; y los jardines y recintos y torres, y las tumbas y los tesoros, y las joyas y telas y cosas pintadas y talladas, y la risa y la alegría y la música, y la sabiduría y la ciencia de Númenor se desvanecieron para siempre.”. La isla desapareció del mapa por completo. Númenor dejó de existir en pocas horas, así como el propio Sauron, que nunca más volvió a tener corporeidad propia y se convirtió en el espectro que Peter Jackson materializó en el ojo llameante de la Torre de Barad-dûr.

La maldición de Valyria

El auge de Valyria parecía no tener parangón. Calcinado en fuego de dragón el Imperio de Ghis, expulsados los rhoynar de sus tierras, que capitaneados por la Princesa Nymeria huyeron a Dorne, conquistada la isla de Rocadragón en Poniente y construida la mayor red de carreteras que jamás había visto Essos, la civilización valyria alcanzaba su cénit. Las espadas de acero valyrio se construían a cientos. Los dragones eran dueños del mundo. Nadie les podía hacer frente. Nadie excepto sus Catorce Fuegos.

Y luego, inesperado para todos, la Maldición cayó sobre Valyria. Hasta el día de hoy, nadie sabe con exactitud que causó la Maldición. Muchos dicen que fue un cataclismo natural – una explosión catastrófica causada por la erupción conjunta de los Catorce Fuegos. Algunos septones, menos sabios, afirman que los Valyrios trajeron el desastre sobre ellos debido a sus promiscuas creencias en cientos de dioses, y hurgaron demasiado en su sacrilegio desatando los fuegos de los Siete Infiernos sobre el Feudo.

La única cosa que se puede decir con certeza es que fue un cataclismo como el mundo no había visto nunca antes. El antiguo y poderoso Feudo Franco fue arrasado y destruido en cuestión de horas. Se dice que cada colina en quinientas millas a la redonda se rompió en pedazos llenando el aire con cenizas, humo y fuego tan caliente y voraz que incluso los dragones que los sobrevolaban fueron engullidos y consumidos. Grandes grietas se abrieron en la tierra, tragándose palacios, templos, y pueblos enteros. Los lagos hirvieron y se convirtieron en ácido, las montañas explotaron, fuentes ardientes expulsaron roca fundida a mil pies de altura, y nubes rojas llovieron vidriagón y sangre negra de demonios. Hacia el norte, el suelo se resquebrajó y colapsó sobre sí mismo, y la inundó un mar furioso de agua hirviendo.

La ciudad más orgullosa del mundo desapareció en un instante, el legendario imperio se desvaneció en un día. (…) La época de los dragones en Essos llegaba a su fin.”

En este caso, como ya he dicho antes, la realidad se impone a la fantasía. Y es que la erupción conjunta de catorce volcanes no hay civilización que la soporte. En efecto, la soberbia está presente, como en Númenor, pero la destrucción de la civilización no tuvo nada que ver con una actuación positiva de los Valyrios. O sí, porque las minas que los esclavos habían estado cavando podría haber provocado las erupciones. Pero si se trata de un castigo por la soberbia de un pueblo, no tiene origen divino, sino natural.

La esperanza de Númenor

Pese a la destrucción absoluta de la isla de Númenor, no todo el pueblo se extinguió. Unos cuantos numerionanos, proélficos, hartos de las mentiras de Sauron, huyeron a tiempo de la isla. Elendir e Isildur no acudieron a la llamada de su Rey para partir a Amán. Nueve barcos zarparon a sus órdenes en dirección contraria, dejando atrás la desolación infinita que estaba por llegar. Una vez en la Tierra Media, fundaron los reinos de Elenor y Gondor.

Seguramente, os sonará bastante el tal Isildur. No es para menos. Fue el propio Isildur, empuñando a Narsil en la Batalla de la Última Alianza, el que cortó el dedo en el que Sauron llevaba el Anillo Único, apoderándose de él. Poco le duró esta nueva propiedad, pues fue corrompido por su poder y posteriormente traicionado, pero este evento dio comienzo a la Tercera Edad. Y, por supuesto, hay un personaje que comparte la misma sangre que Isildur: Aragorn, el verdadero heredero de Númenor, pese a ser un montaraz del Norte criado en Rivendel. No en vano, Elrond le entregó Narsil a la pronta edad de 20 años, cuando le reveló que era el trigesimotercer descendiente directo de Isildur. El verdadero Rey de los hombres.

Un último apunte, el propio Isildur, antes de partir de la isla de Númenor, robó un fruto del Árbol Blanco, vástago de Celebron, que posteriormente plantó en la Tierra Media y germinó. La semilla de Númenor todavía vive en el corazón de los hombres en los hechos que narra El Señor de los Anillos, ya no sólo por Aragorn, sino por el árbol blanco que se encuentra en la Ciudadela de Minas Tirith, heredero directo de los dos árboles de Valinor.

Los Targaryen

La maldición de Valyria no pilló a todos por sorpresa. Una familia noble de Valyria, los Targaryen, huyeron años antes de que ocurriera la hecatombe a la isla de Rocadragón, en Poniente. Daenys Targaryen –que no Daenerys-, hija de Aenar Targaryen, había profetizado la maldición años antes de que ocurriera. Por supuesto, el resto de familias nobles los tomaron por locos, pero Aenar hizo caso a su hija y dejaron el Feudo Franco junto con sus dragones para instalarse en un lugar seguro. Fueron los únicos valyrios que sobrevivieron junto con unas pocas familias que les acompañaron, como los Velaryon o los Celtigar. Seis generaciones después, nació en Rocadragón Aegon Targaryen I, llamado el Conquistador, que se convertirían el Rey de los Siete Reinos junto a sus hermanas Rhaenys y Visenya.

Como Aragorn, en Canción de Hielo y Fuego también tenemos un legítimo heredero exiliado y abandonado a su suerte: Daenerys Targaryen. La decadencia de su Casa, como la decadencia de Gondor, debe ser restaurada por la madre de dragones, que ha conseguido que, tras la desaparición de todos los dragones en tiempos de Aegon III, nacieran tres especímenes. A pesar de que no es mi personaje favorito de la novela, ni mucho menos, sus estragos durante su matrimonio con Khal Drogo, su reinado en Mereen, su travesía por el Desierto Rojo y sus constantes devaneos pueden hacer de ella una gran reina frente al débil y mimado Tommen Lannist… Baratheon; igual que Aragorn, tras la Guerra del Anillo, fue un buen rey frente al decadente Denethor II de Gondor.

Valyria, así mismo, sigue estando presente en Poniente. Las pocas espadas de acero valyrio son conservadas como reliquias y parece que van a ser esenciales en la guerra contra los Otros. Los dragones han vuelto para convertirse, de nuevo, en armas de destrucción masiva. Aegon VI Targaryen, sea o no sea un Fuegoscuro, ha desembarcado en Poniente con la Compañía Dorada, fundada por Aegor Ríos, bastardo de Aegon IV. Rocadragón está repleta de vidriagón. Valyria, al cabo, será fundamental en la resolución de los hechos que narra Canción de Hielo y Fuego.

Como podéis ver, salvando las distancias y los equilibrios entre realidad y fantasía entre ambos autores, hay muchos rasgos en común entre las historias de Númenor y Valyria. Y, a su vez, hay muchos rasgos comunes entre la historia de Númenor y la cosmogonía católica. Un gigante tras un gigante tras otro gigante. Y, mientras tanto, los simples mortales, aquí estamos, extasiados, apreciando tan maravillosas obras, que no hubieran sido posibles sin la obra anterior; y así, sucesivamente, se ha ido creando la cultura humana y se seguirá construyendo.

Volvemos a la manzana. A morderla, como hizo Ar-Pharazón, haciendo caso a la serpiente llamada Sauron. A caer, como hizo Bran Stark desde una torre. Y es que las referencias que me ofrece una manzana son infinitas, tanto con Newton, como con Tolkien, Martin o incluso la religión católica. Todo comienza en un manzano y acaba en el hombro de un gigante, al cabo.

PD: Si queréis más información sobre Númenor y Valyria, no dudéis en compraros El Silmarilion y El Mundo de Hielo y Fuego. No os arrepentiréis.

13.10.2018 21:56

Sobre el 12 de octubre, como fecha señalada en el calendario, se piensan muchas cosas, se dicen muchas cosas y se hacen otras tantas. En los tres estadios del actuar humano se menoscaba o ensalza este día de octubre con una vehemencia propia de nuestros tiempos; es decir, tecleando en el ordenador de tu casa –con rabia, eso sí- o manifestándose en una gran avenida de una ciudad del primer mundo con la policía protegiéndote y con el estómago lleno. Aquí da lo mismo qué piensas, qué dices o qué haces: en los tres casos eres gilipollas, como buen ciudadano occidental actual. Pero en fin, el caso es que el llamado día de la Hispanidad, que conmemora la llegada de Cristóbal Colón al continente americano en el año 1492, me importa lo mismo que el detrito de una paloma, que suele aunar excremento y orín en un mismo fluido. Un servidor de ustedes, pese a ser agnóstico, descreído y un apóstata contumaz, suele relacionar ese día con la celebración del santo de su santa madre, valga la redundancia. María del Pilar, según el DNI. María de los Pilares, como la llamaba mi padre con cierta sorna. Pili, para el resto del mundo. Hecho nominativo, por cierto, que comparte con mi abuela materna y con la hermana de mi padre. Y con ese tres en raya hemos topado: a comer y beber toca.

Este 2018 no ha sido una excepción. Mi jefa –la de verdad, no la del curro- decidió que lo celebraríamos en mi casa, así que me ha tocado salir a comprar verduras, pescado y cocacola, así como adecentar la cueva, al objeto de preparar el evento. La jornada se ha desarrollado con normalidad: abuela, madre y hermano, arroz mar i muntanya, felicidades por aquí y por allá, chupito y café, potingues olorosos de regalo, etcétera. Yo, que suelo ser algo huraño en reuniones familiares, a la que puedo me esfumo como un villano y me echo una siesta de cojones, dejando a mi mujer a merced de familiares y sobremesas interminables. El karma, algún día, me cobrara esta factura; bueno, o Elisenda, lo que es más probable, pero las comidas familiares suelen ser absurdamente largas y necesito hacer gala de mis mejores dotes escapistas para no caer en el tedio más lacerante.

Al levantarme de la siesta, mi abuela me hizo una pregunta que provocó la ruptura de la cúpula de cristal en la que solemos vivir: “¿Dónde está mi marido?” Puede parecer una pregunta de lo más natural; y así lo sería, de no ser por el hecho de que mi abuelo lleva más de un año muerto. “¿Dónde está Carlos?”, ha vuelto a preguntar. Yo he mirado a mi madre. No sabía qué decirle. He notado una angustia creciente en mi abuela, pues empezaba a notar que algo no encajaba. No ha venido, le ha dicho mi madre. “¿Por qué no ha venido?”, ha preguntado mi abuela, ciertamente extrañada, pues siempre iban juntos a todas partes. Nos hemos vuelto a mirar. Más tarde me han comentado que, mientras yo dormía, mi abuela ha dicho a mi madre que “despertara a Alfredo para que la llevara a casa”. Tampoco ha venido, le había contestado mi madre. Pero el hecho cierto es que Alfredo, mi padre, murió hace tres años, y que se refería a mí. Cristales rotos.

No es la primera vez, claro. Esto viene de lejos. Mi abuelo Carlos nos lo decía muy a menudo y generalmente lo achacábamos a meros despistes de mi abuela. Es que se hace mayor, etcétera. Pero mi abuelo, que estaba muy jodido físicamente pero que mantuvo una lucidez espectacular hasta el día en que su corazón dijo hasta aquí hemos llegado, sabía perfectamente lo que decía. Yo había visto indicios de repetición de frases, preguntas reiterativas que había sido contestadas minutos antes, despistes de nombres, momentos de desubicación, pero hasta esa tarde no había visto en primera persona los devastadores efectos del Alzheimer. Y os aseguro que verlo en una persona tan cercana y querida como mi abuela materna me ha destrozado por dentro. Hacerse mayor es una mierda, como los achaques de la edad y el deterioro físico, pero esto es mucho peor. Es injusto. Y lo he visto en sus ojos atemorizados al no controlar absolutamente nada de lo que le rodea.

Generalmente, los nietos siempre hemos visto a nuestros abuelos en su periodo de senectud. Por supuesto, se trata de una cuestión lógica aplastante, puesto que se producen dos saltos generaciones entre el nieto y el abuelo. Resulta curioso, pero en caso de mis abuelos maternos, la norma se cumple de manera casi matemática: mis abuelos nacieron en 1929 y 1932, respectivamente, teniendo a mi madre en 1959; por lo que prácticamente median los 30 años exactos que se tienen en cuenta a nivel generacional. Mi madre me tuvo con 24 años, lo cual implica una reducción de la cifra, pero el hecho es que, cuando un servidor salió del fuero materno, mis abuelos contaban ya con 56 y 53 primaveras. Ya peinaban canas, que se suele decir. Así que inevitablemente, y si todo seguía un cauce lógico, iban a ser los primeros familiares a los que iba a ver envejecer, sufrir enfermedades derivadas del desgaste físico y finalmente morir. Pero los números, la lógica, los saltos generacionales, los fallos en la renovación celular que conducen al envejecimiento y a la muerte, por mucho que expliquen el fenómeno desde una perspectiva racional, no nos sirven de consuelo ante la fatalidad de presenciar el destino de nuestros allegados.

Por supuesto, a estas alturas de mi vida, estas cosas no me pillan de improviso. Mi abuelo Antonio pasó por un trance físico y mental terrorífico, que no le deseo a nadie, hasta que finalmente pudo descansar. Mi abuelo Carlos pasó por una etapa de concatenación hospitalaria por razón de una retahíla de fallos físicos terminales que su corazón no pudo aguantar. Ayer mismo estuve en el hospital viendo a mi abuela Isabel, que, pese a ser la persona más fuerte y valiente que he conocido y conoceré, empieza a perder las fuerzas. Y mi padre, en fin, qué puedo decir de mi padre. Sufrió pocos minutos, pero más del que se merecía una persona como él. En su caso, no vivió una decadencia larga y pesarosa, pero tampoco vivió la senectud plácida que yo esperaba para él tras tantos años trabajando como un esclavo. Así es la vida, por mucho que intentemos ocultar la enfermedad, el dolor y la muerte. Así que no, no es nuevo para mí. Y por mucho que la repetición de situaciones nos otorgue experiencia vital, la empatía humana y nuestro vínculo con nuestros semejantes no nos reduce el sufrimiento.

Yo, como todo el mundo, recibo estos golpes y los afronto como mejor sé. No hay un modo correcto. Por eso, frente a una situación de esta naturaleza, intento siempre ponerme en la piel de las personas que lo sufren, ya sea en primera o tercera persona, por mucho que sus comportamientos me parezcan incomprensibles. En mi caso, quizás por mi manera de ser, intento acompañar a la persona que se encuentra en ese trance con alegría y humor –sin caer en la frivolidad, se entiende-, porque si morirse o encontrarse sumido en una grave enfermedad no es plato de gusto para nadie, mucho menos lo es afrontarlo con tristeza y agonía. Y si consigo una sonrisa, una mirada cómplice o que compartamos una tontería, sé que he aliviado poco, pero algo, su trance.

Y recuerdo. Me gusta recordar, aunque no lo viviera en primera persona, cuando mis abuelos eran jóvenes. Imaginarlos en su plenitud vital. Pensar en cómo serían con mi edad. Porque creedme, una persona no muere del todo hasta que la olvidan. Y si bien la muerte y el olvido es inevitable, nuestra es la voluntad de poner todo de nuestra parte para plantar cara a estas situaciones, en la medida de lo posible. Al final, es lo que nos queda. La voluntad y el recuerdo.

Mi abuela, por desgracia, está perdiendo precisamente esa facultad. Los recuerdos que a mí me sobran, a ella le faltan. Pero como hechos inmutables que son, al pertenecer al pasado, continúan existiendo, por mucho que no haya nadie que los cuente, que nuestro cerebro no los relacione o que no se hayan transmitido. Transmisión. Ésa es la clave. No sabríamos nada de Aristóteles si no hubiera dejado nada escrito. Y yo no sabría cómo se conocieron mis abuelos maternos si mi abuelo no me lo hubiera explicado. O si no hubiera pasado sus últimos años de su vida escribiendo sin cesar, dejando migas de pan en el camino para que, quien quiera, las recoja. Por eso, mi abuela no sólo nos tiene a nosotros, sus nietos, o a sus hijas; sino que su marido continúa aquí, en forma de papel escrito, para ayudarle a recordar.

Para recordarle, verbigracia, que en un tren que se desplazaba de Córdoba a Sevilla, mi abuelo Carlos le dijo una frase que siempre me ha hecho muchísima gracia, quizás porque me imagino a mí diciéndolo. Y es que hay que tenerlos muy grandes para soltarle a una chica que no conoces de nada, en mitad de un vagón, que “esto sí que es una novia y no lo que yo tengo”. Me imagino a mi abuelo, con su cachondeo andaluz, diciéndole eso a mi abuela, tan recatada, y no puedo evitar reírme. Menudo elemento estaba hecho. En fin, de casta le viene al galgo, al cabo. Y antes de que los piropos se convirtieran en algo políticamente incorrecto y nos dedicáramos a ofendernos con el vuelo de una mosca, la gente se conocía en el tren y se decía estas cosas sin que pasara absolutamente nada. Bueno, sí, tres hijas y siete nietos, pasaron. Y una foto de mis abuelos en la Plaza de España de Sevilla que aúna todos estos recuerdos.

Pero hay cosas que mejor las cuenta mi abuelo en primera persona. Hay cosas que le podremos leer a mi abuela de primera mano para que no olvide. O para que recuerde lo olvidado. Sobre todo, para que, cuando descubra por enésima vez que mi abuelo ya no está, tenga algo a lo que aferrarse. Y ya no sólo por el contenido, sino por la forma. Qué prosa tenía. Yo no dejo de ser un simple aficionado a su lado. Y nadie como él cuenta cómo se casó con mi abuela y vivieron sus primeros años en Barcelona:

Existe una magnífica Iglesia en Córdoba llamada Santa Marina de Aguas Santas, de época fernandina, situada en uno de los barrios de más solera de la ciudad, el Barrio de Los Toreros. En su interior pueden contemplarse elementos protogóticos, mudéjares y tardorománicos de gran belleza. Frente a su fachada principal se extiende la gran plaza homónima, en la cual se encuentra el monumento al torero Manolete. Precisamente en ese templo tuvimos la dicha de casarnos Pilar y yo, el día 9 de marzo de 1958; y recalco la dicha, porque en nuestro matrimonio y posterior descendencia, siempre tuvimos suerte. Jamás nos faltó salud, trabajo, alegría y amor para ir soslayando los avatares que la vida nos fue deparando.

Los dos acordamos casarnos cuanto antes aun careciendo de cosas tan esenciales como son piso, ahorros, enseres, etc. Vivíamos muy separados, residiendo uno en Córdoba y otro en Barcelona. Yo trabajaba fijo en unos almacenes de ropa de la calle de La Boquería, cerca de Las Ramblas, cerca del gran teatro del Liceo y, al menos, podríamos sufragar los gastos de alquiler de vivienda y manutención de ambos. Teníamos entonces mi esposa y yo 25 y 28 años de edad, respectivamente. No es que fuéramos muy mayores, pero tampoco podíamos estar esperando mucho más tiempo, pues llevábamos ya dos años de relaciones.

Pilar tuvo que dejar el trabajo que tenía como funcionaria en la Delegación del estado en Córdoba. Le concedieron la excedencia reglamentaria que mantuvo hasta el año 1986, en que volvió a ingresar en la Delegación Central de Hacienda de Barcelona, donde permaneció hasta su jubilación a los sesenta y cinco años.  Ella se trajo de Córdoba bastante ropa de vestir, sábanas y mantelerías, muchas de ellas confeccionadas con sus propias manos, así como varios regalos de su familia y conocidos.

Yo ya hacía aproximadamente dos años que vivía en Barcelona, a donde llegué el día 5 de julio de 1956; día de San Enrique, por cierto. De momento, vivía en pensiones diferentes y encontré trabajo sin tardar en una cafetería de la misma calle de la misma calle Boquería anteriormente citada. Uno de los clientes asiduos, Enrique, de mi edad más o menos, y que después se hizo buen amigo mío, me decía que cómo estaba de camarero con la cultura y educación que tenía. Sin decirme nada, estuvo hablado con su padre, dueño de los almacenes de ropa de aquella misma calle, para ver si podía colocarme en el negocio. El padre le dijo que quería conocerme antes y que viniera yo a entrevistarme con él. Así lo hice a los pocos días. Llegamos a un acuerdo y entré a trabajar como dependiente. Cuando nos casamos, Pilar estuvo unos meses trabajando también allí mismo de cajera, reemplazando a la titular de dicho puesto, que estaba enferma. Cuando esta señora volvió a ocupar su puesto, Pilar quedó trabajando allí para atender los arreglos que había que hacer a la máquina de coser.

De momento, nos hospedamos algún tiempo en un par de pensiones, donde verdaderamente no nos sentíamos muy a gusto, pero como para nosotros lo importante era estar juntos, todo lo restante era intrascendente y anodino.

A finales de aquel mismo año 1958, Pili, como yo siempre he llamado a mi esposa, tuvo que marchar a Córdoba para ser atendida por su madre, pues hacía varios meses que estaba embarazada y la gestación no le iba muy bien. Tuvo que abandonar su trabajo en los almacenes donde ambos trabajábamos.

El día 4 de febrero de 1959, nació en la bella capital de Córdoba nuestra primera hija, a la que pusimos de nombre María del Pilar, pues tanto mi suegra como mi mujer siempre habían tenido mucha devoción a esta virgen. Todo había ido bien y la madre se fue mejorando gradualmente hasta que a los dos o tres meses, ambas restablecidas, se vinieron a Barcelona.”

Y así narra mi abuelo su llegada a Barcelona, cómo ser buscó la vida en la ciudad, cómo se casó y cómo tuvieron a mi madre, que al parecer se llama como se llama por una virgen, efeméride que yo desconocía. Por supuesto, esto es sólo un pequeño extracto que puedo compartir sin dar nombres y datos personales que no vienen al caso, pero hay cientos de páginas escritas por mi abuelo Carlos que materializan en papel y escritura más de cincuenta años de matrimonio.  Recuerdos que se transmiten. Recuerdos que, aunque el cerebro olvide, están al alcance de la lectura propia o ajena.

Pocas cosas son peores que el olvido. El ajeno o el propio. El social o el personal. Olvidar quién eres, lo que te define como persona, es una de las peores experiencias se pueden sufrir. Y frente a ello, sólo cabe tratar de recordar. Con ayuda, en caso de mi abuela, pero recordar. Recordar quién se ha ido, recordar quién eres, recordar qué has vivido. Recordar para no morir, ni tú, ni el recordado, ni los eventos que marcan nuestra corta existencia. Y recordar con alegría, no con tristeza, angustia o pérdida, pues el que recuerda ha vivido, amado, reído, llorado y llenado su existencia de experiencias que, al cabo, es lo único que nos acaba quedando cuando lo material y físico desaparece. De eso se trata, ¿verdad? No lo olvides nunca, Pilar.

24.09.2018 12:31

Hay un dicho bastante antiguo, que incluso huele a naftalina, que reza que no te acostarás sin saber una cosa más. Parece una tontuna, realmente, una frase hecha que te suelta un familiar cuando te enseña cualquier random thing que no resulta ni útil, ni necesaria, y que en ocasiones queda en pura efeméride. Verbigracia, la escoba la inventó un español añadiendo un palo largo a un trapo. Necesitaba saber éso, os lo juro. Aprendí un cojón de pato antes de acostarme ese día. Luego están los chismorreos de vieja del visillo, que ya no son ni conocimiento, sino conjeturas. No te acostarás, etcétera. La Tierra en realidad es plana. Mariano Rajoy es gay. Las farmacéuticas tienen la cura del SIDA, pero quieren seguir vendiendo antiretrovirales y comprarse coches de oro, barcos de oro y putas de oro. Hijos de puta. En fin, que diría Pedro Vero, un ranciofact de manual. Ortodoxo que te jiñas. Puro en su puridad.

De todos modos, en ocasiones esta expresión merece que le demos una segunda lectura. Y es que es muy común que realicemos descubrimientos de cualquier naturaleza a través de medios que no les son propios o que nada tienen que ver con el objeto del descubrimiento. Se le puede llamar serendipia, pero no entraría dentro de la ortodoxia del término. La casualidad, como concepto, se adecúa mucho más al hecho descrito. Y es que acabar soñando con bravos partisanos luchando contra el fascismo por culpa de Úrsula Corberó tiene delito. Con agravante de alevosía. Y de disfraz; nunca mejor dicho. Pues de Dalí va la cosa.

La verdad es que la serie de La casa de papel me llamó la atención desde el principio. Una de las protagonistas principales es una de mis musas de cabecera, de esas artistas que te gustan no sólo por su físico, sino por la forma de ser que al menos representan en público, pues nunca puedes saber si se trata de pura impostura. Pero esta chica siempre me ha parecido que está mal de la cabeza y que hace exactamente lo que le sale del parrús, lo cual implica que, en este mundo de apariencias, reciba mi aquiescencia. El caso es que el argumento de la serie y, por supuesto, l a chica del bucle que se quemaba por dentro , me hicieron darle una oportunidad a esa serie. Y no me defraudó.

Pero no vengo aquí a hablaros de esta serie, sino de una canción. Paco Tous, uno de los mejores actores que hay en este país, interpreta a un asturiano experto en robos que, realmente, tiene muy mala suerte. Y, mientras preparan el robo del siglo a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, sueñan con el destino que le darán a la billetada recién horneada que sacarán directamente del horno oficial. Islas, coches, en fin, todo muy predecible, como no podría ser de otra manera. Lo importante, en caso de Paco Tous, que no es el señor rosa, aunque bien podría serlo, sino Moscú de apelativo delictivo, quiere sacar un disco de boleros. Y sin venir a cuento, se pone a cantar una canción italiana que me llamó poderosamente la atención. O partisani, comenzaba. Bella ciao, contenía el estribillo. Ciao, ciao, ciao.

Por supuesto, soy persona de naturaleza curiosa, así que esa canción se quedó revoloteando mi cerebro mientras acababa el capítulo, como una mosca que vuelve a la miel, aunque la eches constantemente a manotazos. Y así, sin solución de continuidad, me vi en la obligación de indagar. Siempre he sentido atracción hacia los partisanos, los grandes olvidados de la Segunda Guerra Mundial por culpa de americanos con medallas, británicos altivos y franceses heroicos. Lo de siempre, vamos: Hollywood manda. Pero de la bella Italia todos se olvidan. Bueno, miento, se conoce perfectamente que los aliados invadieron Palermo y cruzaron el estrecho de Messina tras aplastar a las fuerzas de Mussolini, pero lo único que realmente importaba en aquella campaña de Sicilia era descubrir si Patton la tenía más larga que Montgomery. Al cabo, los partisanos eran gente sencilla que se echaban al monte con un fusil y un mendrugo de pan. ¿Dónde está la gloria en eso?

Piero Calamandrei, jurista florentino que se considera uno de los padres de la Constitución italiana de 1948, actualmente vigente, señaló en un discurso a los jóvenes italianos realizado en 1955 con el objeto de conmemorar el ascenso de la democracia contra el fascismo, que “si queréis ir en peregrinación al lugar donde nació vuestra Constitución, id a las montañas donde cayeron los partisanos, a las cárceles donde fueron presos, a los campos donde les ahorcaron. Allá donde ha muerto un italiano para recuperar la libertad y la dignidad, id, oh jóvenes, con el pensamiento, porque allí nació nuestra Constitución”. Desde luego, morir en una montaña o recluso en una cárcel fascista no es la quintaesencia de la gloria militar. Ese particular queda reservado a grandes generales, a personajes que se llevan los laureles romanos gracias a la sangre de jóvenes desconocidos, anónimos, que murieron en el barro sin la más mínima consideración. Al combatiente que, en un ejercicio de justicia, rememoran los monumentos al soldado anónimo. Y es que, sin ellos, nada hubiera sido posible. Sin el desgaste partisano, la campaña de Italia no hubiera sido un paseo militar para americanos e ingleses, a pesar de que las fuerzas de Mussolini estaban muy lejos de parecerse a las alemanas.

En España lo hemos vivido con los maquis. Gentes sencillas que huían al campo, que conocían bien, para seguir combatiendo sin esperanza alguna. Huían del garrote o del vecino que los acusaba de rojos. Huían de Franco sin más atavío que un botijo, una escopeta vieja, una navaja y ajada ropa que les hacía parecer salvajes. Podemos discutirles muchas cosas, desde luego, pero no que fueran hombres valientes. Y yo siempre tengo en muy alta estima al que está dispuesto a pagar el precio.  

La diferencia entre maquis y partisanos, básicamente, es el contexto y el resultado final. Los primeros se generaron tras la derrota total del ejército republicano, que en su momento no tuvo refuerzo internacional alguno. De hecho, cuando un francés se enorgullezca de la resistencia al fascismo, recordadles los Pirineos en 1936. Recordadles el cierre de fronteras para evitar el refuerzo de los republicanos españoles. Recordadles el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Recordadles como miraron hacia otro lado, cobardes, mientras España sangraba por sus ideales. Y la República perdió. Una derrota amarga, cruda y cainita. Muy española, vamos. Los partisanos, en ese sentido, tuvieron más suerte. Durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, sufrieron lo indecible, por supuesto, pero a principios de 1945, bajo la égida de Patton y Montgomery, y tras años de hostigar, desgastar y resistir, pudieron alzarse contra el fascio, colgaron a Mussolini e invadieron todo el Norte de Italia. Ganaron.

O bella, ciao, dice la canción. Te dejo, amada, para luchar por la libertad. O Partigiano, portami via. Vamos juntos. Luchemos hombro con hombro. E se io moio da partigiano, tu mi devi seppellir. E seppellire lassù in montagna, sotto l'ombra di un bel fior. Damos por hecho nuestro destino, que es la muerte anónima, pero la representamos con una flor en la montaña como una brizna de esperanza. Esperanza que culminó, como he señalado en el párrafo precedente, pero que cuando los obreros de Bolonia, Módena, Parma, Verona o Rímini subieron a los bajos Alpes para generar la resistencia italiana, nada de eso estaba claro. Y el sufrimiento se hacía patente en esta canción, que nació en esa zona de Italia, pero que fue transmitiéndose hacia toda la resistencia italiana.

Por ello, aunque todo el mundo conozca al general Wellington, nada de lo que hizo hubiera sido posible sin aquellos españoles que, en carreteras y caminos, usaban su siete muelles contra el ejército regular francés, impidiendo que pudieran dormir con los dos ojos cerrados. Por ello, aunque Patton se cubriera de gloria y boato, encontró un territorio ya preparado para su marcha por los partisanos que habían ido desgastando sin pausa a Mussolini y que, dicho sea de paso, hicieron el trabajo sucio que era necesario para cerrar esa etapa de la historia. Por ello, nuestros pensamientos de orgullo deben dirigirse a estas gentes, pobres, mal alimentadas y vestidas, sin medios, que echaron las agallas suficientes para plantar cara a la más obstinada y perfecta máquina de matar que ha existido en la historia. 

Por ello, hoy, partisanos, me acuerdo de vosotros.

  

Letra en italiano

Una mattina mi son svegliato,

o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!

Una mattina mi son svegliato,

e ho trovato l'invasor.

O partigiano, portami via,

o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!

O partigiano, portami via,

ché mi sento di morir.

E se io muoio da partigiano,

o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!

E se io moio da partigiano,

tu mi devi seppellir.

E seppellire lassù in montagna,

o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!

E seppellire lassù in montagna,

sotto l'ombra di un bel fior.

Tutte le genti che passeranno,

o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!

e le genti che passeranno,

Mi diranno «Che bel fior!»

«E questo è il fiore del partigiano»,

o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!

«E questo è il fiore del partigiano,

morto per la libertà!»

«E questo è il fiore del partigiano»,

morto per la libertà!» (bis)

Versión en castellano

Una mañana, me he levantado,

O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.

Una Mañana, me he levantado,

y he descubierto al invasor.

¡Oh! Partisano, me voy contigo,

O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.

¡Oh! Partisano, me voy contigo,

porque me siento Aquí morir.

si yo muero como Partisano,

O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.

si yo muero como Partisano,

tu me debes sepultar.

cava una fosa en la montaña,

O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.

cava una fosa en la montaña,

bajo la sombra de una bella flor.

Así la gente, cuando la vea,

O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.

Así la gente, cuando pase,

me dirán "!Oh que bella flor!"

Esta es la flor, del Partisano,

O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.

Esta es la flor del Partisano,

muerto por la libertad.

...Será la flor de un Partisano,

muerto por la libertad. (bis)


 

12.08.2018 13:05

Volvemos con los números. Las cifras redondas; o no tanto. La importancia del quantum. Desde luego, no se trata de un indicador de calidad de contenido. En absoluto, de hecho. En la época del consumo rápido y baladí, de la rapidez del mensaje, de la ausencia de profundidad y la sencillez frente cualquier otra característica, el número, por lo general, suele ser consecuencia de lo contrario. Por eso, aunque me cueste, pues en el fondo siempre se busca reconocimiento, aunque sea escueto, al trabajo realizado, intento estar por encima de las cifras. Los podcasts y los artículos de mi blog tienen un objetivo que no depende su difusión efectiva, sino del calado que pueda llegar a tener en personas que realmente estén interesadas en los temas que trato. De nada le afecta personalmente a un servidor que un necio click al enlace de turno. Nada le agrada a este tipo que os habla recurrir a argucias infames del estilo del “me puse a grabar y pasó esto”. Los números, en definitiva, me importan un rábano si mi contenido no tiene un marchamo de trabajo, calidad y savoire faire.

En cualquier caso, las cifras, si bien no son importantes o esenciales, sí que son reseñables. Sí que son una efeméride que me permite conocer mi nivel de influencia, que como sé de buen grado, es limitado. De todos modos, no quiero presentarme como un adalid de la falsa molestia; en absoluto. Siento cierta satisfacción y orgullo, que diría Campechano I, comisionista principal del Reino, al haber alcanzado esta meta ofreciendo exactamente lo que quiero ofrecer. Siendo yo mismo. Ciscándome en el marketing, la viralidad y el spam. Sin engañar. A cara descubierta. Y eso, en un país propenso al qué dirán, cainita por naturaleza, envidioso y acomplejado, más preocupado de la fama que del motivo de la misma, tiene su puntito.

Así las cosas, sí, son cifras que pueden resultar moderadas, por no decir prácticamente residuales en una red de redes en la que cada vez se le da más importancia al número de seguidores, likes, reacciones ajenas y mamadas propias. Es cierto. Pero como he señalado, no me importa; al revés, me sirven más que de sobras a los efectos pretendidos, que no son otros que el limitado pero fiel grupo de seguidores que son capaces de leerse mis ladrillos, escuchar mis programas y hacerme ver que las horas y horas de trabajo no remunerado han servido de algo. No a mí, personalmente, ya que el mero hecho de crear este contenido ya me llena, sino que he podido ofrecer datos interesantes, música, diversión o incluso momentos de reflexión a personas ajenas a mí. Al final, ésas cifras son las que cuentan. Las que sirven de algo.

¿Y qué cifras son objeto de reseña en el presente artículo? Pues las siguientes, queridos lectores y oyentes:

Número total de visitantes:                                  100.905

Media de visitantes mensuales:                            2.424

Número total de páginas visitadas:                      395.697

Media de páginas visitadas mensuales:                9.421

Países desde los que se ha visitado la página:      40

País no originario con más visitas:                        Estados Unidos de América

Página de referencia acceso secundario:               www.facebook.com

Número de artículos (sin contar el presente):       67

Artículo más leído:                                                El alma de la Santa Casa (4.487)

Número de podcasts:                                            57

Duración total podcast:                                         61 horas 30 minutos 32 segundos

Podcast más visitado:                                   Granollers On Fire (#023) - Om namah shivaya (Metis) (1713)

Podcast más descargado:                                   Requiem Makinero (#002) - The Quality of Madrid! (349)

04.08.2018 13:06

Queridos amigos, os envío esta misiva desde lo más profundo de ese hermoso astro que da y quita la vida, desde esa central nuclear inmisericorde que transforma hidrógeno en helio por razón de su propia gravedad, generando una energía cinética atómica extrema que derrite cualquier material que podáis imaginar. Sí, lo sé, darse un garbeo por el núcleo del Sol es toda una experiencia, pero a ver quién es el guapo que soporta 16.000.000 de grados de temperatura sin que se le achicharren hasta las ideas. A ver quién es el imbécil que les hace una foto a sus pies con el comentario sarcástico de: “Aquí, sufriendo”; porque aquí el sarcasmo se convierte en una hirviente realidad. De hecho, a tus pies les pasa lo mismo que al bueno de Arnold cuando desciende hacia una cuba de metal fundido en Terminator 2. “Ahora sé por qué lloráis”, decía ese Terminator Serie 800 Modelo 101 de Cyberdyne Systems, tras comprender el dolor humano. Y así estoy yo, llorando, pero de puro calor.

Por supuesto, no, no estoy en el núcleo del Sol. Pero os aseguro que la hipérbole no se aleja demasiado de la realidad. Este verano está acabando con mis reservas de paciencia con respecto a la temperatura. Puta Barcelona, puto agosto, puta humedad, puto calor. Vamos, que me estoy planteando seriamente irme a Noruega, pero no a Oslo, sino a Longyearbyen, el pueblo más cercano al Polo Norte que existe. Me da igual dejar mi profesión de abogado y postularme como minero o como adorador de pingüinos. Os aseguro que es desesperante.

En fin, tras este desahogo necesario, mediante el presente artículo no sólo quiero quejarme amargamente del calor, sino presentaros una sesión para que las insolaciones, las picadas de los mosquitos, los testículos gigantescos de los viejos que hacen nudismo en las playas, la arena en la entrenalga, los condones usados flotando en agua marina y las cervezas a precio de riñón de mercado negro se os hagan un poco más soportables. Una sesión a 150 bpm’s, tranquila, con alto porcentaje de cantadas, melodías viajeras y bases bastante cañeras, pese a su velocidad, que espero que os proporcionen una experiencia diferente a la que os tengo acostumbrados. Aunque os parezca mentira, todas las canciones están a su velocidad real, con una aceleración mínima, pero que se acostumbran a pinchar a velocidades de infarto. Espero que os guste.

DJ HARDBEAT - SUMMER SESSION 2018

Tracklist

1.- Infinity - Dirty love (Directory Mix)                                       
2.- Black Money - Drum Track (Remix)
3.- Peter Gast - Music's Always Got Me Crazy (Euro Edit)    
4.- DJ Peque - Here we go again
5.- Fast Forward - Anonymous Piano
6.- Da Blitz - Stay With Me (Classic Mix)
7.- Phenomenia - Who Is Elvis (Mellow Trax Remix)
8.- PG2 - This is a seagull
9.- Televission - Techno Vision
10.- Robin - Juliet (Factory Team Remix)
11.- Noi's - Wake up
12.- Jodie L - Paint it Black
13.- Interactive - Dildo (Interdrive mix)
14.- Synapsys - Moonriver
15.- DJ Augusto - Future Music Story
16.- Status - Break the Silence (Piano Version) 
17.- Maurizio Braccagni - Megamix Maranza
18.- Dream Squad - Flow With The Fantasy (Extended)
19.- Skanner - Skanner (Base Mix)
20.- MC Hair - Chariots Of Fire (Main Theme)
21.- Brain 19 - I loose my mind (Pulsating 303 mix)
22.- Pablo Gargano - Everyone's future
17.06.2018 12:04

Es un clásico. Un tópico, vamos. Un ranciofact, que diría el gran Pedro Vera. Y es que, a rancio, a caspa, a naftalina, le ganan pocas frases hechas. El pasado mayo, un servidor de Ustedes alcanzó la edad de Cristo. 33 primaveras han visto tus ojos. Y que yo vea otras 33. Etcétera. Diarrea cerebral. En cualquier caso, lo que la gente omite, ya sea por ignorancia histórica o religiosa, ya sea por evitarte el mal trago, es que ésa no fue cualquier edad de Cristo: fue la edad en la que le dieron matarile. Azotes, crucifixión y lanzada en el pecho. Qué buen rollo. Es una manera como otra cualquiera de decirte que hasta aquí has llegado, colega. A partir de ahora, todo el tiempo de más que transites por este valle de lágrimas, que decía Camilo José Cela, que es la vida, es tiempo de descuento. De más. Si Cristo ya tuvo suficiente tiempo para resucitar, salvar a la Humanidad y ocupar un lugar destacado en la cosmogonía católica, tú ya vas tarde en todo. Ni agua en vino, ni pescados fotocopiados al infinito, ni curaciones milagrosas, ni refundación de religiones. Te has dedicado a la fiesta, al tequila, a trabajar en mierda para consumir otra mierda, a follar como un conejo, en el mejor de los casos; o a cascártela como un bonobo, en el peor. Por no hablar de los petas, que te han dejado frita la cabeza. La edad de Cristo, dicen. Un clásico.

Y digo yo, ¿no sería mejor buscar otra analogía? A mí eso de morir por los pecados de los demás no me va. Y paso mucho de ir a Jerusalén de copas, que allí te clavan. Tampoco quiero reflexionar sobre el tiempo fugado ni compararme con los éxitos o fracasos de los demás, sean personajes reales o, ejem, ficticios. No sé. ¿Y si nos fijamos no en el concepto, que es transcurso de 33 vueltas de la Tierra alrededor del sol, sino en la formología del signo utilizado? Un 3 puede ser un culo. O unas tetas sin pezón. Así que un 33 pueden ser dos culos, cuatro tetas o algo todavía mejor: un culo y dos tetas. Eso sí genera pasión, joder. Que te digan que tienes cuatro tetas, siempre y cuando no se refieran a las lorzas de tu barriga, tiene su puntito. Mola. Yo prefiero el sexo a la religión, así que hacedme un favor: culos y tetas, sin pecado ni cruces. Cuerpo, y no alma; que ya tendremos tiempo de lo segundo cuando nuestras cavidades cavernosas no alcancen el medio quilo de fuerza necesaria para penetrar cualquier agujero que nos apetezca.

De todos modos, todo lo expuesto en los dos párrafos precedentes es absolutamente pueril. Comentarios, frases hechas, segundos de tu tiempo perdidos en la nada. Lo importante de cumplir 33 años; o, mejor dicho, lo necesario al cumplir 33 años, es darte cuenta de que sigues siendo tú mismo. Eso es lo que quería a los 25, lo que quiero a los 33 y lo que querré, si llego, a los 70. El problema de cumplir años en una sociedad como la nuestra es la implementación de una suerte de presión de grupo frente al cumplimiento de ciertas expectativas tanto sociales, como económicas, como familiares, como laborales. A los 20 años se te permiten ciertas licencias, porque eres joven, inexperto, un muchacho con toda la vida por delante. A partir de los 30, ya estás jodido. Verbigracia: Catelyn Tully tenía ya cuatro críos y un bastardo con esa edad. Eddard Stark era señor de Invernalia, Guardián del Norte y amigo personal del Rey Robert Baratheon. Tú, en cambio, eres Dontos Hollard, un caballero gordo venido a menos que acaba convertido en bufón y que tiene una malsana afición al zumo de uva. Un pringao, vamos.

Precisamente por esa presión social, por esa comparativa constante, por esas putas exigencias, lo que te diferenciará de ese rebaño y, por tanto, te hará ser feliz de una forma genuina con independencia de la edad que tengas, es continuar siendo tú mismo. Así que yo, cumplida la edad de los dos culos, pienso seguir esforzándome en conseguir ser feliz a mi manera. A pesar de las servidumbres que tienes que soportar, a pesar de vivir sometido al trabajo y al pago de interminables facturas, a pesar de que tengas que comenzar a aguantar con pesar conversaciones sobre pañales, sobre el ahorro para la jubilación, sobre jardinería o bricolaje de domingo tarde, o incluso el peso de la rutina intente convertir tu color preferido –el azul, en mi caso- en un gris turbio, tienes que mantenerte firme. En pie contra toda esa mierda. Y es complicado de cojón de toro, os lo aseguro.

A ver, todo es posible. Puede que yo tenga complejo de Peter Pan. De adolescente perpetuo. Puedo ser un tipo cínico que hace siempre lo que me viene en gana con un objeto muy claro: poder decir, cinco minutos antes de estirar la pata, que me lo he pasado de puta madre mientras ha durado mi cuerda. Poder decir que me he reído, he follado y he hecho el imbécil tantas veces que palmarla no me importa. No quiero arrepentirme de lo que no he hecho por miedo, por presión, por cuestiones morales o sociales. Quiero arrepentirme de lo que he hecho, en todo caso, por haberme pasado de frenada o haber liado un buen pifostio.

Os pondré un ejemplo: hace escasos cinco meses, me destrocé la muñeca izquierda. Dicho así, parece una putada. Y lo es. Pero eso no es lo importante. Os pongo en situación. Carnaval, ginebra a mansalva, mascara de Darth Vader. Me dirigí a una discoteca infame de Granollers –cómo no- con el objetivo de petarlo muy fuerte. Dicho y hecho. Podium, bailes guarracos con un hombre disfrazado de puta al ritmo de Raise Against The Machine, ligoteos cutres con dos teenagers que me besaron en la máscara, chupitos de tequila, paseos bailongos por toda la sala… me lo estaba pasando de fenómenos. De hecho, creo que hasta bailé reaggeton con escarnio propio junto a dos chicas que iban disfrazadas de mapache.

Total, en pleno auge, a un servidor de Ustedes le dio por subirse en una puta caja de color rojo que brillaba y que tenía toda la pinta del ser el único pódium en el que no me había subido todavía; pero resultó no serlo. Fuera lo que fuera esa mierda, no estaba asida al suelo, así que, tras un par de movimientos desenfrenados, la caja se fue a la puta y yo volé. Me pegué una hostia monumental. En cuestión de milésimas de segundo, pasé de estar arriba a estar abajo, con un dolor extremo en la mano. Me levanté y observé que tenía un bulto nada hermoso en la muñeca. El deejay, el muy hijo de puta, en lugar de ayudarme, me empezó a decir que qué coño hacía con mi vida. Yo sudé de su cara y me fui directo a hablar con mi mujer: “Elisenda, vamos al Hospital”. Y eso hice. De borrachera y de urgencias. Y yo todavía partiéndome el culo… hasta que me dijeron que me había destrozado dos huesos de la muñeca (escafoides y piramidal) y me había quebrado el radio. Operación, mes y medio de escayola con pollas dibujadas, recuperación, cicatriz del copón. En fin.

Pero lo curioso de todo no es el hecho en sí. Cosas del morado, etcétera. Mala suerte, mala cabeza y mala ejecución de baile. En fin, una anécdota más con unas consecuencias limitadas, toda vez que no he perdido movilidad y la fuerza la recuperaré con el tiempo. Lo que más me llamó la atención fue que la gente repetía, como un mantra, un comentario referido a mi edad: “ya no tienes edad para eso”, “¿qué hacías subido a un pódium?” o “a esa hora deberías estar en casa”. Es decir, lo ocurrido no fue, sencillamente, un lance fruto de la mala suerte, es que estaba haciendo algo que ya no toca a estas “alturas de la vida”. Y me indigné, os lo juro. Ojo, no porque quisiera palmadas en la espalda, ni gente cariacontecida, porque claro que fue culpa mía, sino porque el problema no era el hecho en sí, sino mi edad. Que soy un viejuno ya. Eso era lo que le follaba la mente a la gente. Y, de paso, me la follaba a mí, pues yo hago las cosas que me pide el cuerpo, no las que se supone que debo hacer en base a putas reglas sociales.

Así que, frente a ello, frente a la edad de Cristo, frente a los que me dicen lo que debo o no debo hacer, recurriré a una frase de Fernando Fernán Gómez: “Hágame el favor de dejarme en paz, váyase Usted a la mierda. ¡A la mierda!”. Os lo dicen cuatro tetas de experiencia.

11.04.2018 14:40

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, reza el dicho, y no podría ser más acertado. Todos los diestros tendemos a pensar que nuestra mano izquierda no sirve más que para acompañar a la derecha en tareas que requieren ambas manos o para hacer la clásica paja “como si te la hiciera otra persona”. Prejuicios que se acercan a la realidad, pero que no se ajustan realmente al uso que le damos a la mano izquierda. Os lo digo yo. Y es que a mediados de febrero del año corriente me pegué una hostia monumental y me rompí tres huesos de la muñeca izquierda: escafoide, piraminal y radio. Una lesión de tres pares de cojones. Un destrozo de aúpa, vamos. Operación de reconstrucción ósea, escayola, inmovilización y nada menos que cuatro clavos percutáneos para fijar el pifostio articular. Y comienza el calvario: me convierto en un inútil absoluto. Ni escribir a ordenador, ni hacer la más sencilla tarea como vestirme, secarme tras una ducha o transportar cualquier cosa. Podía limpiarme el culo, sí, pero hasta el hecho de cortar un pedazo de papel para la higiene anal resultaba un suplicio. Puta mierda. Ahora, hoy, una vez que me han quitado la escayola y los clavos, puedo comenzar a hacer algunas tareas hasta ahora imposibles, pero la movilidad de mi muñeca izquierda es equivalente a la de un palo. Una hez. De hecho, para que os hagáis una idea de lo que significa esta lesión, ahora mismo estoy redactando este artículo con un programa de reconocimiento de voz…

¿Y para qué os explico esto? Pues para poneros en situación. Para el más difícil todavía. Para que podáis imaginaros mi estado mientras preparaba y ejecutaba esta sesión primaveral que os presento con este artículo. Para que imaginéis a un manco pinchando a tres platos por primera vez con una controladora mediocre. Y para que constatemos que el hecho de tener impedimentos, problemas, dolor y pocos medios no es óbice para que plantemos cara a la vida y seamos capaces de hacer lo que nos propongamos. ¿Y qué propongo? Una sesión fiestera, saltarina, divertida y que nos ofrece más de 50 minutos de buen rollo y felicidad. La primavera siempre viene acompañamos de aires de nuevo comienzo, de florecimiento, de sol, de juventud. Y es algo que no debemos perder nunca. Con la mano, el pie o los huevos rotos.

DJ HARDBEAT - SPRING SESSION 2018

TRACKLIST

1.- Sistema - Yolanda
2.- Sistema - Largas Noches
3.- House Party's - El Lobo (Rave Latin Version)
4.- Picamix & Piedramix - Corre Enano Corre
5.- DJ Klem - Dony
6.- Jodie L - Tribute
7.- State vol 1 - Psycho Bits
8.- Ram-J & DJ Kao - Sinphonica
9.- DJ Moi - Party Moi
10. PIL-STATE.94-96 (M)
 
- State vol 3 - Surprise (Ambient Mix)
- Celtic Tracks - Autobat
- J.Y.D. - In your dreams
- Industrial Action - Industrial Action
- Paranoic Situation - Mistery
- K-O – Stream
 
11. New Limit – Scream
12.- Krma - Variation II (Remix)
13.- Stop Terrorist - To Have A Good Time
14.- PIL-DSHOP.94-97 (M)
 
- New Limit – Smile
- Tantallon vol 1 - Power Dreams
- Dance World Division - Sadness Song
- Thoma House - Thoma Bass
- Generis vol II - Dreams
- DJ Yao - Base 2
- Shadow - Legend
- DJ Peter ‎- The Power Track
- Room-T - Explosive Drums
 
15.- Generis vol II - Sentimen
1.- Gregor Le Dahl feat Allison Gray - Change
2.- DJ Dopping & DJ Dekor - Base dot com
3.- Mac & Lunatik - Good Times
4.- Jordi K-Staña vs PJ Makina - Spectral
5.- David Traya vs Cesar - Android's Base
6.- DJ Francis - Eclipse in Africa
7.- DJ Cooper - Hard base
8.- DJ Skryker presents Kontrol - I need (I don't care)
9.- Maket 03 - Hardstylez Bass
10.- Cookie - River Flows In You (Roonay3k mix)
11.- Cyanno2 - Sweet Agony
12.- DJ Fraki vol 2 - Atomic Base
13.- David Traya vs JD-Kid - Trip To Heaven
14.- DJ Meet vs DJ Paranoyd - Crown of Thorns
15.- David Traya & JD-Kid vs Albert Delay - One Day UK
16.- DJ Cril - Overglow
17.- DJ Edi - Artefacto
18.- Dougal & Gammer feat Jenna - All The Tears I've Cried
19.- DJ Francis - Ho Peto!
20.- DJ Juan-K - Endure The Element
21.- Instant Zen - Astral Community
22.- Brain 43 - Inschalah (Psycho TB 303 Mix)

 

07.03.2018 02:17

Hace mucho tiempo que no participo en ninguna suerte de concentración, manifestación, huelga o cualquier tipo de evento o protesta que aglutine a cientos o a miles de personas en base a una consigna política o social o a cualquier tipo de objetivo común. El hecho de que yo no participe de todo ello no significa, ni mucho menos, que no pueda estar de acuerdo con determinadas consignas o con determinados objetivos; sin embargo, en conciencia, en el actual estado de cosas, no puedo  ni quiero participar en ninguna manifestación o huelga. El motivo es muy simple: considero que no sirven absolutamente para nada. Sí, me diréis, puede que tengas razón, pero es mejor hacer eso que no hacer nada. Y es ahí, precisamente, donde más discrepo con las personas que se unen a cualquier bombardeo con el objeto de tratar de cambiar alguna injusticia dentro de la sociedad: participando no sólo no haces nada, sino que incluso puedes llegar a perjudicar el objetivo pretendido. Me gustaría, mediante el presente escrito, desarrollar un poco mi manera de ver las cosas, puesto que mi postura no puede integrarse dentro de la equidistancia o del sudapollismo, hablando mal y pronto, a pesar de que lo pueda parecer. Seguramente os importará un rábano, o puede que no; porque estoy seguro de que hay mucha gente que piensa como yo.

En primer lugar, debemos definir qué entendemos por una movilización ciudadana. Según la Real Academia Española, una manifestación es, en su segunda acepción, que es la que nos interesa, “una reunión pública, generalmente al aire libre y en marcha, en la cual los asistentes a ella reclaman algo o expresan su protesta por algo”. En definitiva, se trata de una protesta realizada por una multiplicidad de ciudadanos que, mediante una marcha en la vía pública, pretende la visibilización de dicha protesta. Por tanto, tenemos tres elementos fundamentales: el quién, el cómo y el porqué; esto es, los ciudadanos, la movilización pública y la protesta. Estos tres elementos deben concurrir para que una manifestación ostente tal categoría. Una movilización pública de ciudadanos que no tenga una consigna clara perfectamente identificable o una protesta que no se visibilice ante la opinión pública y ante los poderes fácticos, políticos y económicos, no puede analizarse mediante estos parámetros. Por otro lado, el nombre que le asignemos a esta movilización ciudadana es lo de menos: da lo mismo una huelga que una manifestación. El concepto es el mismo.

En segundo lugar, una vez definido concepto de una movilización ciudadana, es preciso analizar su efectividad. A este respecto, resulta evidente que las manifestaciones públicas, durante el siglo pasado, han representado un elemento muy importante en la consecución de derechos sociales, laborales y políticos. Al cabo, las democracias occidentales se fundamentan en la opinión pública y la opinión pública se modula en función de los eventos con trascendencia que acontecen en la sociedad. Asimismo, debemos tener en cuenta que, pese a lo que se suele decir, cuanto más violenta y radical es una manifestación, más efectiva es, puesto que más intereses se ven afectados y más trascendencia pública alcanza. Esto es un hecho. Otra cosa es la opinión que tengamos en relación al objetivo pretendido y las afectaciones personales que podamos sufrir por razón de dichas manifestaciones violentas, pero el hecho cierto es que cuanto más festiva, pacífica y familiar es una manifestación, como veremos, menor es su efectividad. Sí os quitáis la mojigatería de encima y analizáis la historia, veréis que tengo razón. Y es que las cosas son como son y no como queremos que sean.

En tercer lugar, y no por ello menos importante, debemos referirnos a la necesaria dirección de dichas manifestaciones. Una manifestación caótica sin una consigna clara compuesta por diferentes grupos se diluye como un azucarillo. La protesta cae en saco roto. Esta circunstancia choca frontalmente contra muchos manifestantes de ideología anarquista, del mismo modo que el anarquismo choca frontalmente contra cualquier tipo de efectividad social derivada de sus manifestaciones deslavazadas. Nos guste o no, tiene que haber una dirección, una unidad, igual que un puño requiere que la mano esté cerrada para poder golpear, pues si lo hace con los dedos abiertos, no puede esperar otra cosa que la rotura de estos dedos.

Pues bien, una vez analizados los elementos fundamentales que deben informar las manifestaciones públicas, que resultan evidentes desde una perspectiva puramente teórica, podemos comprobar que la gran mayoría de manifestaciones que se realizan en la actualidad, si bien cumplen con los requisitos formales señalados, adolecen de efectividad y ostentan una dirección contraria a los intereses que defienden; por tanto, nos encontramos ante carcasas vacías de contenido. Y es que de nada sirve que un coche tenga cuatro ruedas y un motor si nos conducen a un precipicio y, además, no tenemos gasolina. En esta tesitura nos hallamos.

¿Y cómo es posible que hayamos llegado a esta situación? Pues no hay una respuesta sencilla, desde luego. Quizás, la problemática se encuentra en las fallas del sistema democrático que, a través del control de la opinión pública, se acaba convirtiendo en un sistema dirigido por el mismo poder que controla las masas sin que éstas se den cuenta de que están siendo controladas. Bajo estas circunstancias, una persona cree que es libre, pero realmente no lo es, por lo que las manifestaciones en las que participa tampoco lo son. De un tiempo a esta parte, el control de la opinión pública a través de los medios de comunicación ha alcanzado niveles verdaderamente distópicos y las consecuencias las podemos ver a simple vista. No hay ni un solo medio de comunicación que no defienda uno u otro interés; no hay ni un solo periodista que se atreva a dar una opinión contraria a lo políticamente correcto. Y al final, lo políticamente correcto se convierte en un dogma indiscutible que puede equivaler perfectamente a los dictados de una religión.

Esta situación se da en todos los ámbitos de la vida. Podría dar numerosos ejemplos, pero por razón de la importancia que se le está dando últimamente, recurriré a un ejemplo que todos comprenderéis perfectamente; o no, pues hay mucha gente que está metida hasta el tuétano en este asunto. Pero el caso es que, para mí, es un ejemplo paradigmático de cómo funcionan actualmente las manifestaciones públicas y del funcionamiento de este control de la opinión pública por parte del poder económico y político. A este respecto, es preciso señalar que he evitado y continuaré evitando hablar de este tema en este blog más allá de las declaraciones que realizaré en el presente artículo, puesto que es un asunto que despierta profundas pasiones y en el que cada vez se aplica menos la lógica; por lo que yo hace mucho tiempo que estoy poniendo tierra de por medio sobre este asunto y quiero mantenerme en esta postura. El ejemplo que utilizaré es el proceso de independencia de Cataluña iniciado en el año 2012 y que continúa vigente en la actualidad.

Antes de proceder a analizar este proceso político, debo señalar mi más absoluto respeto por aquellas personas que realmente creen en la independencia de Cataluña y que ostentan esta ideología sin reservas y en conciencia. Esta ideología es lícita y no seré yo el que prohíba la libertad ideológica ni el que le diga a nadie cómo tiene que sentirse y qué tiene que creer. Cada uno se siente como quiere y tiene derecho a creer en un estado diferente de cosas sin mayor limitación que el respeto la libertad de los demás. Mi análisis en ningún caso pretende poner en entredicho esta ideología ni tratar de minusvalorar su fuerza, sino precisamente poner de relieve que los propios promotores del proceso independentista que estamos viviendo en los últimos años son los menos interesados en alcanzar el objetivo. Lo cual debería enojar a los independentistas, aunque a la vista de la actualidad, comprobemos con sorpresa que la tendencia es diametralmente opuesta. En cualquier caso, la diana de mi flecha se encuentra precisamente en los causantes de la falta de efectividad de estas manifestaciones públicas a través de la dirección dirigida por esferas de poder perfectamente reconocibles. Y no porque yo quiera que se alcance este objetivo, en absoluto, sino porque nada me ofende más que este tipo de tomaduras de pelo.

El caso es que, a pesar de que repitan en innumerables ocasiones que este proceso viene de abajo hacia arriba; esto es, de los ciudadanos hacia los políticos, fue el poder económico y político catalán el que dio el pistoletazo de salida de dicha movilización ciudadana y el que continúa haciéndolo a pesar de todo. Resulta un hecho indiscutible que el partido hegemónico en Cataluña y sus tentáculos sociales, como la Asamblea Nacional Catalana y Ómnium Cultural, inició este proceso hacia la independencia como un escudo tras el que parapetarse de las consecuencias de la crisis económica que azotó a toda la nación. No resulta ajeno a la historia el hecho de colgarse una bandera a la espalda para ocultar la mala gestión o para tapar otros problemas derivados del ejercicio del poder. De hecho, sino lo veis claro, pensar en qué se fundamenta principalmente el actual proceso independencia de Cataluña: en la economía. Durante muchos años, el déficit fiscal y el famoso expolio han sido puntas de lanza absolutas del proceso independentista. Es un tema principalmente económico, no nos engañemos. Todo lo demás, por muchos aspavientos que se hagan, es secundario; lo importante es el control de la economía y la gestión de los recursos propios. La ciudadanía catalana cayó en la cuenta de los problemas económicos, precisamente, por la crisis económica, y nada mejor que una pantalla de humo para ocultar los recortes que debían realizarse. O mejor todavía, echar la culpa a un poder externo. Blanco y botella. Causa y efecto. Por tanto, vemos como es el mismo poder es que ha dirigido desde el principio estas manifestaciones; sin perjuicio de que haya personas que, ya ostentando esta ideología, se hayan sumado a este proceso.

Cuando el poder controla estas manifestaciones públicas, las dirige a su antojo. Y si las dirige a su antojo, las utiliza para sus propios intereses, con independencia de los objetivos que encabezan dichas manifestaciones. Por supuesto, esto implica que se adopten ciertas medidas para evitar perder la dirección de la manifestación limitar sus efectos secundarios, como por ejemplo, que acabe alcanzado sus objetivos. Para ello, es necesario dotar a las manifestaciones de un elemento contrario a la efectividad de las mismas: el simbolismo extremo y la estética. La famosa cantinela de las manifestaciones festivas y pacíficas. Todo ello, otorga a la manifestación un elemento de visibilización, en efecto, pero es una visibilización huera, temporal, sin ningún tipo de afectación real, por lo que es rápidamente olvidada. Por ese motivo, el poder utiliza este simbolismo como un sedante del poder real de una manifestación pública.

Asimismo, debe ponerse de relieve el hecho de que el abuso de las manifestaciones y el uso de consignas diversas, poco claras o incluso difusas en su contenido, contribuye a la normalización de la manifestación pública y, por tanto, a que pierda ese elemento de excepcionalidad que es necesario para alcanzar un objetivo. Al final, si cada día protestas delante del gobierno y cada día por una cosa distinta, te dejarán de tomar en serio. Pero es que, además, si esta protesta es absolutamente pacífica y no provoca disrupción alguna, directamente se olvidaran de que existes.

Entonces, ¿cuál es el objetivo de estas manifestaciones? Muy sencillo, el poder pretende satisfacer el ansia de los manifestantes de alcanzar unos objetivos mediante elementos estéticos que generan una falsa sensación de complacencia a dichos manifestantes. Esta falsa sensación aplaca la voluntad del manifestante y, en consecuencia, al creer que está haciendo alguna cosa, no hace nada más. Se da por satisfecho. Para que nos entendamos, un manifestante independentista da por satisfecho su compromiso social con su objetivo de alcanzar la independencia mediante la participación en estas manifestaciones masivas o mediante el uso de prendas de color amarillo, por ejemplo. Actuaciones, éstas, que no les repercute en modo alguno a nivel personal. Es una protesta cómoda, sin peligros, que otorga al manifestante la falsa sensación de poder alcanzar su objetivo sin pagar precio alguno, sin mancharse las manos. La sedación de la voluntad mediante elementos puramente simbólicos.

Seguramente, muchos me diréis que ésto cambió el día 1 de octubre de 2017; y en parte es cierto. Mucha gente se plantó y puso en peligro su integridad física para alcanzar el objetivo del referéndum. Pero la pregunta fundamental que debemos hacernos es que, a pesar de todo ello, ¿qué se ha conseguido? Según el poder político catalán, absolutamente nada, puesto que han señalado por activa y por pasiva que dicho evento era simbólico, igual que la declaración de independencia posterior. Todo estético. Por tanto, el comportamiento de muchos ciudadanos catalanes que, dispuestos a pagar el precio, se pusieron frente a la policía para permitir que se celebrara el referéndum, no ha servido de nada. Imágenes de violencia policial y poco más. Un grano de arena en un mundo lleno de injusticias al que los catalanes le importamos una mierda. Y esto es una total vergüenza no para estas personas, que actuaron en conciencia, sino para los promotores del proceso de independencia de Cataluña. Cabe señalar, no obstante, que algunos de estos promotores están pagando el precio, es cierto, pues quien juega con fuego se acaba quemando, lo cual es todavía más ridículo, toda vez que está sufriendo las consecuencias de un teatrillo sin trascendencia. Pero eso se trata de una excepción por haberse pasado de frenada.

No obstante, en lugar de recibir todos los eventos acontecidos a finales de 2017 como una jarra de agua fría que despierta de un letargo, a fecha actual, el poder está dirigiendo de nuevo la voluntad del independentismo hacia debates estériles, cuestiones menores, irrelevancias procesales y personalismos absurdos, volviendo de nuevo a caer en la ineficacia absoluta. Y ya van más de seis años sin que se haya conseguido absolutamente nada. ¿Mayor apoyo social? Sí, es cierto, pero el electorado es muy volátil y depende de muchas circunstancias, por lo que tal y como ha venido puede irse. ¿Ruido internacional? Sí, es cierto, pero no se ha obtenido ningún apoyo de ningún estamento que tenga realmente poder. Al cabo, castillos en el aire. Humo. La nada. Por tanto, ello me hace llegar a la conclusión de que la ingeniería social interna de este proceso ha conseguido sus objetivos más allá de cualquier expectativa, puesto que ni reconociendo expresamente el engaño, como hizo hace poco el propio Artur Mas, ha conseguido que el independentismo tome conciencia de la situación real. Es deleznable.

Por desgracia, este ejemplo paradigmático puede replicarse punto por punto a otros asuntos. Los derechos laborales, verbigracia, con unos sindicatos que se dedican a partir el pan con el poder mientras hacen aspavientos que nadie se cree cada 1 de mayo; o el feminismo, que ha pasado de luchar por el derecho a la igualdad real a luchar por nimiedades sin importancia, desviando la atención hacia asuntos irrelevantes perfectamente controlados por el poder para mantener entretenidas a las feministas como el padre que le da un juguete al niño cuando llora para que se calle. En definitiva, a fecha actual, toda manifestación está dirigida por el poder, por lo que su objetivo es el mismo: movilizar para desmovilizar. Fuegos de artificio frente a la nada absoluta. Hacer que creas que caminas cuando no te mueves del sitio.

Y es por ello por lo que yo no pienso participar de estas farsas. Hace muchos años que aprendí a detectar cuándo me encuentro dentro de la caverna de Platón, viendo sombras dirigidas por pantomimos. No existiendo un contrapoder real, lo mejor que podemos hacer es ser libres en nuestras actuaciones cotidianas y convertirnos en bibliotecas andantes. Sólo así, quizás algún día, despertemos de este letargo y pongamos de verdad nerviosos a esos hijos de puta que nos controlan como marionetas.

16.01.2018 13:59

Con el paso de los años, me he ido dando cuenta que madurar, o mejor dicho, crecer, consiste en aprender a vivir con la pérdida. La muerte de tu padre, de tus abuelos, de un amigo; la pérdida de una amistad o de una capacidad física; la desaparición de hechos culturales que han moldeado tu personalidad; todo ello y mucho más ocurre y ocurrirá con el paso de los años. Y no, no se supera; se aprende a vivir con ello. Con ello no quiero decir que debamos renunciar a la felicidad. Todo lo contrario. Es mucho más feliz una persona que acepta la vida tal y como es, aprende a vivir con la pérdida y valora en buen grado lo que tiene al conocer que es contingente, que se marchitará y morirá, que la persona que trata de superar obstáculos cuando se presentan, muchas veces sin éxito, guardando cadáveres debajo de la alfombra con el objeto de olvidarlos. Lo primero es mucho más duro, claro, pero te permite alzarte como una persona íntegra que es capaz de afrontar cualquier cosa, sabiendo sobreponerse. Esta vida es como es y no como queremos que sea. El nomen iuris vital.

Yo he perdido mucho. Y lo que me queda, claro. Pero aquí estoy, de pie, echándole cojones a la vida y aprendiendo a aceptar la factura que te pasan de vez en cuanto. La pagas y sigues adelante. Nada de excusas. Al revés, no hay cosa que más reconforme que asumir una pérdida con una sonrisa, haciendo valer la repugnante por cursi pero cierta expresión de “no llores por haberlo perdido, sino sonríe por haberlo tenido”. A veces hay verdades en esta suerte de expresiones romanticoides de baratillo, siempre que seamos capaces de descontextualizarlas y aplicarlas correctamente. Ello choca frontalmente con esta sociedad enferma que exige derechos y omite obligaciones, que se cree que la vida es un elefante rosa de caramelo que defeca helado de vainilla; pero mi obligación es señalar, siempre que puedo, esta mentira, y apelar a la responsabilidad de ser un adulto. La aceptación, al cabo, es la última fase del duelo, y la única que queda. Quedarse en la negación es un error.

Siempre que pierdo algo pienso en mi padre, por supuesto. Demasiado pronto, demasiado rápido y demasiado cercano. Pocas cosas en la vida me han pasado peores; lo cual es bueno, por un lado, pero en ningún caso omite el dolor de la pérdida de una persona tan importante en mi vida. Pero tras pasar por la procesión del dolor, del por qué, del cagarse en la puta, de buscar culpables, de echarlo de menos, me ha quedado una sonrisa cómplice. Cada vez que lo recuerdo, trato de sonreír. Cuando vivo una situación esperpéntica, me imagino qué diría y me entra la risa. Cuando pienso en el descalabro del PSOE, me lo imagino cagándose en todo lo cagable y llamándome facha por cachondearme, e igualmente sonrío. Cuando lo echo de menos, pienso en lo que me diría y pienso en su desapego frente a lo material; me lo imagino diciéndome que aquí estamos de paso y que esto es lo que hay. Que me joda, que así es la vida. Y vuelvo a sonreír. Y esto es algo que trato de enseñar a mis familiares, aunque no siempre lo consigo. Recordar con alegría, no con tristeza. Aceptar la pérdida y disfrutar del ahora, que mañana quizás no estás aquí.

La cosa no acaba en lo personal, claro. Se pierden amistades, se pierden las ganas de fiesta, se pierde pelo, o se gana escarcha sobre la calva, hasta se pierden hechos culturales que te configuran como persona. Y no, no me refiero a hechos objetivos y notorios, en plan, hostia, ha muerto David Bowie, voy a poner una esquela en mi muro de la red social de turno para que la gente me tenga por melómano. No me refiero a esas payasadas de postureo barato. Me refiero a que a mí, el día que muera Dave Gahan, que ha estado a punto muchas veces, por cierto, se me morirá algo en el alma. O cuando pase lo mismo con David Pastis o con algún personaje del mundo de la makina que me ha hecho tocar el cielo. Me refiero, al cabo, que la muerte de Dolores O'riordan significa, al menos para mí, una pérdida insustituible.

Un ser querido te deja buenos recuerdos. La calvicie te supone el ahorro en champú y gomina. Dejar de salir de fiesta implica dinero para hacer otras actividades. Perder un juicio te deja experiencia. Perder la potencia sexual te deja… te deja… te deja muy jodido, no nos engañemos, pero quedan pirulas de colores que provocan erecciones monstruosas. Bromas parte, todo suele tener una consecuencia positiva, si sabemos encontrarla. Y Dolores siempre me dejará su voz, su música, su vitalidad, su positivismo, su locura, su absoluta autenticidad. Y siempre nos quedará Badalona.

Sólo con acordarme se me eriza la piel y se me llena los ojos de lágrimas. Mi actual mujer, Elisenda, en mayo de 2010, me regaló para mi 25 cumpleaños unas entradas para ver en directo The Cranberries. No llevábamos ni un año juntos, pero ya me conocía más de lo que mucha gente me conoce. Nervioso, me dispuse a ir a ese concierto para disfrutar como nunca en mi vida. Siempre ha sido uno de los grupos favoritos, pero nunca lo había visto en directo y mis esperanzas se esfumaron cuando el grupo se separó. Quería escuchar el Zombie en directo. Quería ver a Dolores en directo cantando el Linger, el espectacular Free to Decide, el precioso You and Me, quería cantar con ella el Promises como si no hubiera un mañana. Y así fue. Se comió el escenario con patatas. Dolores, con esa electricidad que desprendía, con esa energía, con esas extravagancias que sólo un artista de verdad puede hacer, me hizo pasar una noche mágica. Recuerdo que hubo un momento en que se sobraron los zapatos y los tiró a tomar por culo. No shoes, decía a gritos. A la mierda. Y se pasó medio concierto descalza, dándolo todo, haciéndonos emocionar a todos los presentes. Para mí y para Elisenda siempre será un momento maravilloso, en el que conectamos mucho, en el que disfrutamos juntos, en el que nos emocionamos juntos. Dolores siempre formará parte de mi matrimonio. A Elisenda le debo una factura inasumible de momentos de felicidad que no podré pagar ni en mil años, pero ese momento lo recuerdo especialmente.

De hecho, en mi boda, después de que mi suegra, de manera absurda, le pidiera al deejay que pusiera el Dos Gardenias para mí como si fuera nuestra canción, y de que estuviera a punto de abandonar mi propia boda por semejante ultraje, sonó el You and Me. Y el primer baile de casado, el de verdad, sin gardenias ni mierdas, lo hice siguiendo la voz de Dolores:

“I'm not going out tonight 'cause I don't want to go

I am staying at home tonight 'cause I don't want to know

You revealed a world to me and I would never be

Dwelling in such happiness, your gift of purity

Eh-ee-oh, eh-ee-oh, eh-ee-oh, eh-ee-oh

Aahh, you and me it will always be

You and me Forever be,

Eternally it will always be you and me”

Así que no, yo no me sumo a las condolencias generales de personas que sólo se acuerdan de un artista cuando fallece. Yo no voy a llorar, ni voy a superar la pérdida. Voy a recordarte, siempre, descalza, saltando como una niña, cantando el Just my imagination. Voy a recordarte, siempre, con una sonrisa, con alegría, con vida, pues era eso lo que nos ofrecías. Era eso lo que querías para este mundo y lo que me recibí de ti en vida. Con eso me quedo. Ninguna pérdida lo es del todo y menos cuando dejas tu música como legado.

Y si hablamos de pérdida y sobre todo de la capacidad de aceptarla, no puedo sino referiros a una de sus canciones más paradigmáticas, que habla precisamente de esto. De aceptar el paso del tiempo, aceptar la pérdida, de entender que esta vida es un viaje. Escuchadla, merece la pena. 

THE CRANBERRIES - THE JOURNEY

Hasta siempre, Dolores.

26.12.2017 23:14

Podría decir que la culpa fue de Francisco Ibáñez. Y seguramente lo es. Mi léxico para insultar tiene más que agradecerle al superintendente Vicente que a cualquier personaje, real o ficticio, que podáis imaginar. Oye, que sí, que llamar cabezabuque o papafrita a alguien tiene su puntito, como amenazarle con morderle el páncreas o apuñalarle la vida, pero llamar batracio a alguien supera cualquier límite de hilaridad. Batracio. Joder, es que tiene una sonoridad maravillosa. También podías insultar a alguien llamándolo gaznápiro o animal de bellota, todos ellos insultos mortadelescos, pero batracio es una de esas palabras que me adhirieron al cerebro reptiliano como sinónimo de carcajada instantánea. Y hasta aquí hemos llegado: diciembre de 2017. Ahí es nada.

El caso es que la cosa viene de antes, aunque Ibáñez tuviera algo que ver. Ya a principios de la suprema década de los 90, un servidor sentía una fascinación malsana por los reptiles y los anfibios. De hecho, hasta me regalaron un libro con todas las clases de anfibios y reptiles de España y Europa, que todavía conservo, y me pasaba horas leyéndolo, como si para un niño de 7 años tuviera algún tipo de sentido conocer las diferencias entre un podarcis hispanicus (una lagartija común, vamos) y un timon lepidus (un lagarto ocelado común). Pero lo sabía. Igual que te sabía señalar decenas de especies diferentes de dinosaurios. Y descubrí, para mi regocijo, que el sapo común se llama bufo bufo. Batracio y bufo bufo. Palabras que en mi boca iban a tener más recorrido que ninguna otra, os lo aseguro.

Aunque lo mejor son los caretos. En efecto, llamar batracio a alguien, o sapo, para que me entiendan los millenials y otros analfabetos funcionales, puede resultar gracioso, pero si imaginamos el rostro de un sapo mirándonos fijamente, como con enojo, como si le acabáramos de joder la vida, la hilaridad se dispara y toca techo. Benditos sapos. Alabadas sean las ranas. Los animalistas siempre se olvidan de estos seres, al no ser cuquis ni moninos, pero también son de Dios y también se los merienda la peña. Diré más: saben a pollo, como todo alimento cuyo sabor eligió Yavhé aquél famoso domingo de resaca en el que descansó y dejó que el ser humano llenara de mierda su creación.

Resulta ofensivo que esas aplicaciones infames de smartphone que te ponen orejas de perro, morro de osito feliz o lengua de mamífero, omitan a los anfibios. Lo dicho, no son bonitos, al parecer, y no merecen que hagamos el payaso con ellos; lo cual no sé si es bueno o malo, dicho sea de paso; para ellos, quiero decir. Hay una especie de desdén hacia los batracios. Son feos, son viscosos, ponen jetos carentes de cualquier tipo de emoción. No entran en nuestro canon. Contigo no, bicho.

Pero si lo pienso, ningún batracio, jamás, me ha intentado vender las bondades de las hipotecas fijas en plena enfarlopada. Desconozco si consumen cocaína, pero en hipotecas fijas van flojos y tampoco creo que sepan mucho de las variables. La charla la compran al contado, como debe ser. Tampoco me ha venido ninguna rana a casa a intentar cambiarme de compañía eléctrica ni a hablarme de ningún Dios con el objetivo de pillar pasta. De hecho, ninguno me mira mal si me masturbo o si me parecen bien los placeres sáficos; básicamente porque siempre te miran mal, hagas lo que hagas. Los sapos sudan del consumismo, de las hipotecas y de los dioses.

Pero es que también pasan completamente de política: nunca escucharéis hablar de batracios que huyen a Bruselas para vivir en un palacete e irse de ópera  y de vinos mientras habla de opresión. De hecho, tampoco había ranas en el famoso barco de Piolín. No les va el rollo de liarse a mamporro limpio con peña que sólo estaba haciendo un acto de desobediencia. Ni se lían como la pata de un romano con el alcalde, el vecino y los catalanes que hacen cosas. Pero sobre todo no te comen la olla con campañas electorales infumables que atizan pasiones desaforadas para evitar hablar de la gestión de los recursos públicos: para qué hablar de lo que realmente importa cuando puedes vender milagros a las viejas. Las ranas se buscan la vida solitas y no se esconden detrás de políticos incapaces que usan el verbo para destruir. Hay una rana (chiasmocleis ventrimaculata), de hecho, cuyo máximo exponente de la simbiosis animal es llegar a un pacto con una tarántula (xenesthis immanis): la tarántula defiende a la rana de los numerosos depredadores que pretenden comérsela y la rana defiende los huevos de la tarántula de los insectos que pretenden zampárselos; y se zampa, a su vez, a estos insectos. Simple y elegante. Un convenio entre especies. Y es que hasta un batracio es capaz de entenderse con una araña. No esperemos tal cosa de la despreciable condición humana.

Y no, por supuesto que no, claro que no: no cantan ni despacito ni rapidito. Van a su ritmo. Han pasado este 2017 sin follarse las mentes con música machacona e infame. Tampoco han sido guionistas de la penúltima temporada de Juego de Tronos, lo cual pone de manifiesto que psicodélicos sí, pero no absurdos. Los sapos tampoco tienen nada que ver con los mil setecientos catorce casos de abusos sexuales de Hollywood, sean reales o falsos: ellos copulan siempre con consentimiento. Ni se cambian de iPhone cada año, lo cual tiene su mérito, pues ahora hay emoticonos animados para hacer nuestra estupidez más entretenida. Un mes de sueldo, deben pensar los batracios, prefiero gastármelo en agua de charca.

Así que claro, cuando pienso en este 2017, me planteo si realmente llamar batracio a una persona puede considerarse realmente ofensivo o es incluso un halago. Te llamaré feo, pero al menos no has contribuido a dejar que la estulticia campe por sus respetos durante este periodo temporal. Serás viscoso, pero mejor tener la piel natural, aunque mojada, que una piel quemada por la radiación de una máquina que parece un ataúd y que, además, está cubierta por productos cuyo resultado proviene del asesinato de cientos de conejos. Serás serio, tendrás el rostro adusto y pétreo, pero mejor eso que una sonrisa falsa, una risa histérica o un alarido fanático.

La demagogia tiene unos límites aunque sean de decoro intelectual, así que no os toméis este artículo muy en serio. Sencillamente, amad a los batracios. Sed un batracio, joder. Intentad que este año 2018 sea más anfibio y menos humano; quizás de ese modo no se nos caerá la cara de vergüenza cada 31 de diciembre.

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