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11.04.2018 14:40

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, reza el dicho, y no podría ser más acertado. Todos los diestros tendemos a pensar que nuestra mano izquierda no sirve más que para acompañar a la derecha en tareas que requieren ambas manos o para hacer la clásica paja “como si te la hiciera otra persona”. Prejuicios que se acercan a la realidad, pero que no se ajustan realmente al uso que le damos a la mano izquierda. Os lo digo yo. Y es que a mediados de febrero del año corriente me pegué una hostia monumental y me rompí tres huesos de la muñeca izquierda: escafoide, piraminal y radio. Una lesión de tres pares de cojones. Un destrozo de aúpa, vamos. Operación de reconstrucción ósea, escayola, inmovilización y nada menos que cuatro clavos percutáneos para fijar el pifostio articular. Y comienza el calvario: me convierto en un inútil absoluto. Ni escribir a ordenador, ni hacer la más sencilla tarea como vestirme, secarme tras una ducha o transportar cualquier cosa. Podía limpiarme el culo, sí, pero hasta el hecho de cortar un pedazo de papel para la higiene anal resultaba un suplicio. Puta mierda. Ahora, hoy, una vez que me han quitado la escayola y los clavos, puedo comenzar a hacer algunas tareas hasta ahora imposibles, pero la movilidad de mi muñeca izquierda es equivalente a la de un palo. Una hez. De hecho, para que os hagáis una idea de lo que significa esta lesión, ahora mismo estoy redactando este artículo con un programa de reconocimiento de voz…

¿Y para qué os explico esto? Pues para poneros en situación. Para el más difícil todavía. Para que podáis imaginaros mi estado mientras preparaba y ejecutaba esta sesión primaveral que os presento con este artículo. Para que imaginéis a un manco pinchando a tres platos por primera vez con una controladora mediocre. Y para que constatemos que el hecho de tener impedimentos, problemas, dolor y pocos medios no es óbice para que plantemos cara a la vida y seamos capaces de hacer lo que nos propongamos. ¿Y qué propongo? Una sesión fiestera, saltarina, divertida y que nos ofrece más de 50 minutos de buen rollo y felicidad. La primavera siempre viene acompañamos de aires de nuevo comienzo, de florecimiento, de sol, de juventud. Y es algo que no debemos perder nunca. Con la mano, el pie o los huevos rotos.

DJ HARDBEAT - SPRING SESSION 2018

TRACKLIST

1.- Sistema - Yolanda
2.- Sistema - Largas Noches
3.- House Party's - El Lobo (Rave Latin Version)
4.- Picamix & Piedramix - Corre Enano Corre
5.- DJ Klem - Dony
6.- Jodie L - Tribute
7.- State vol 1 - Psycho Bits
8.- Ram-J & DJ Kao - Sinphonica
9.- DJ Moi - Party Moi
10. PIL-STATE.94-96 (M)
 
- State vol 3 - Surprise (Ambient Mix)
- Celtic Tracks - Autobat
- J.Y.D. - In your dreams
- Industrial Action - Industrial Action
- Paranoic Situation - Mistery
- K-O – Stream
 
11. New Limit – Scream
12.- Krma - Variation II (Remix)
13.- Stop Terrorist - To Have A Good Time
14.- PIL-DSHOP.94-97 (M)
 
- New Limit – Smile
- Tantallon vol 1 - Power Dreams
- Dance World Division - Sadness Song
- Thoma House - Thoma Bass
- Generis vol II - Dreams
- DJ Yao - Base 2
- Shadow - Legend
- DJ Peter ‎- The Power Track
- Room-T - Explosive Drums
 
15.- Generis vol II - Sentimen
1.- Gregor Le Dahl feat Allison Gray - Change
2.- DJ Dopping & DJ Dekor - Base dot com
3.- Mac & Lunatik - Good Times
4.- Jordi K-Staña vs PJ Makina - Spectral
5.- David Traya vs Cesar - Android's Base
6.- DJ Francis - Eclipse in Africa
7.- DJ Cooper - Hard base
8.- DJ Skryker presents Kontrol - I need (I don't care)
9.- Maket 03 - Hardstylez Bass
10.- Cookie - River Flows In You (Roonay3k mix)
11.- Cyanno2 - Sweet Agony
12.- DJ Fraki vol 2 - Atomic Base
13.- David Traya vs JD-Kid - Trip To Heaven
14.- DJ Meet vs DJ Paranoyd - Crown of Thorns
15.- David Traya & JD-Kid vs Albert Delay - One Day UK
16.- DJ Cril - Overglow
17.- DJ Edi - Artefacto
18.- Dougal & Gammer feat Jenna - All The Tears I've Cried
19.- DJ Francis - Ho Peto!
20.- DJ Juan-K - Endure The Element
21.- Instant Zen - Astral Community
22.- Brain 43 - Inschalah (Psycho TB 303 Mix)

 

07.03.2018 02:17

Hace mucho tiempo que no participo en ninguna suerte de concentración, manifestación, huelga o cualquier tipo de evento o protesta que aglutine a cientos o a miles de personas en base a una consigna política o social o a cualquier tipo de objetivo común. El hecho de que yo no participe de todo ello no significa, ni mucho menos, que no pueda estar de acuerdo con determinadas consignas o con determinados objetivos; sin embargo, en conciencia, en el actual estado de cosas, no puedo  ni quiero participar en ninguna manifestación o huelga. El motivo es muy simple: considero que no sirven absolutamente para nada. Sí, me diréis, puede que tengas razón, pero es mejor hacer eso que no hacer nada. Y es ahí, precisamente, donde más discrepo con las personas que se unen a cualquier bombardeo con el objeto de tratar de cambiar alguna injusticia dentro de la sociedad: participando no sólo no haces nada, sino que incluso puedes llegar a perjudicar el objetivo pretendido. Me gustaría, mediante el presente escrito, desarrollar un poco mi manera de ver las cosas, puesto que mi postura no puede integrarse dentro de la equidistancia o del sudapollismo, hablando mal y pronto, a pesar de que lo pueda parecer. Seguramente os importará un rábano, o puede que no; porque estoy seguro de que hay mucha gente que piensa como yo.

En primer lugar, debemos definir qué entendemos por una movilización ciudadana. Según la Real Academia Española, una manifestación es, en su segunda acepción, que es la que nos interesa, “una reunión pública, generalmente al aire libre y en marcha, en la cual los asistentes a ella reclaman algo o expresan su protesta por algo”. En definitiva, se trata de una protesta realizada por una multiplicidad de ciudadanos que, mediante una marcha en la vía pública, pretende la visibilización de dicha protesta. Por tanto, tenemos tres elementos fundamentales: el quién, el cómo y el porqué; esto es, los ciudadanos, la movilización pública y la protesta. Estos tres elementos deben concurrir para que una manifestación ostente tal categoría. Una movilización pública de ciudadanos que no tenga una consigna clara perfectamente identificable o una protesta que no se visibilice ante la opinión pública y ante los poderes fácticos, políticos y económicos, no puede analizarse mediante estos parámetros. Por otro lado, el nombre que le asignemos a esta movilización ciudadana es lo de menos: da lo mismo una huelga que una manifestación. El concepto es el mismo.

En segundo lugar, una vez definido concepto de una movilización ciudadana, es preciso analizar su efectividad. A este respecto, resulta evidente que las manifestaciones públicas, durante el siglo pasado, han representado un elemento muy importante en la consecución de derechos sociales, laborales y políticos. Al cabo, las democracias occidentales se fundamentan en la opinión pública y la opinión pública se modula en función de los eventos con trascendencia que acontecen en la sociedad. Asimismo, debemos tener en cuenta que, pese a lo que se suele decir, cuanto más violenta y radical es una manifestación, más efectiva es, puesto que más intereses se ven afectados y más trascendencia pública alcanza. Esto es un hecho. Otra cosa es la opinión que tengamos en relación al objetivo pretendido y las afectaciones personales que podamos sufrir por razón de dichas manifestaciones violentas, pero el hecho cierto es que cuanto más festiva, pacífica y familiar es una manifestación, como veremos, menor es su efectividad. Sí os quitáis la mojigatería de encima y analizáis la historia, veréis que tengo razón. Y es que las cosas son como son y no como queremos que sean.

En tercer lugar, y no por ello menos importante, debemos referirnos a la necesaria dirección de dichas manifestaciones. Una manifestación caótica sin una consigna clara compuesta por diferentes grupos se diluye como un azucarillo. La protesta cae en saco roto. Esta circunstancia choca frontalmente contra muchos manifestantes de ideología anarquista, del mismo modo que el anarquismo choca frontalmente contra cualquier tipo de efectividad social derivada de sus manifestaciones deslavazadas. Nos guste o no, tiene que haber una dirección, una unidad, igual que un puño requiere que la mano esté cerrada para poder golpear, pues si lo hace con los dedos abiertos, no puede esperar otra cosa que la rotura de estos dedos.

Pues bien, una vez analizados los elementos fundamentales que deben informar las manifestaciones públicas, que resultan evidentes desde una perspectiva puramente teórica, podemos comprobar que la gran mayoría de manifestaciones que se realizan en la actualidad, si bien cumplen con los requisitos formales señalados, adolecen de efectividad y ostentan una dirección contraria a los intereses que defienden; por tanto, nos encontramos ante carcasas vacías de contenido. Y es que de nada sirve que un coche tenga cuatro ruedas y un motor si nos conducen a un precipicio y, además, no tenemos gasolina. En esta tesitura nos hallamos.

¿Y cómo es posible que hayamos llegado a esta situación? Pues no hay una respuesta sencilla, desde luego. Quizás, la problemática se encuentra en las fallas del sistema democrático que, a través del control de la opinión pública, se acaba convirtiendo en un sistema dirigido por el mismo poder que controla las masas sin que éstas se den cuenta de que están siendo controladas. Bajo estas circunstancias, una persona cree que es libre, pero realmente no lo es, por lo que las manifestaciones en las que participa tampoco lo son. De un tiempo a esta parte, el control de la opinión pública a través de los medios de comunicación ha alcanzado niveles verdaderamente distópicos y las consecuencias las podemos ver a simple vista. No hay ni un solo medio de comunicación que no defienda uno u otro interés; no hay ni un solo periodista que se atreva a dar una opinión contraria a lo políticamente correcto. Y al final, lo políticamente correcto se convierte en un dogma indiscutible que puede equivaler perfectamente a los dictados de una religión.

Esta situación se da en todos los ámbitos de la vida. Podría dar numerosos ejemplos, pero por razón de la importancia que se le está dando últimamente, recurriré a un ejemplo que todos comprenderéis perfectamente; o no, pues hay mucha gente que está metida hasta el tuétano en este asunto. Pero el caso es que, para mí, es un ejemplo paradigmático de cómo funcionan actualmente las manifestaciones públicas y del funcionamiento de este control de la opinión pública por parte del poder económico y político. A este respecto, es preciso señalar que he evitado y continuaré evitando hablar de este tema en este blog más allá de las declaraciones que realizaré en el presente artículo, puesto que es un asunto que despierta profundas pasiones y en el que cada vez se aplica menos la lógica; por lo que yo hace mucho tiempo que estoy poniendo tierra de por medio sobre este asunto y quiero mantenerme en esta postura. El ejemplo que utilizaré es el proceso de independencia de Cataluña iniciado en el año 2012 y que continúa vigente en la actualidad.

Antes de proceder a analizar este proceso político, debo señalar mi más absoluto respeto por aquellas personas que realmente creen en la independencia de Cataluña y que ostentan esta ideología sin reservas y en conciencia. Esta ideología es lícita y no seré yo el que prohíba la libertad ideológica ni el que le diga a nadie cómo tiene que sentirse y qué tiene que creer. Cada uno se siente como quiere y tiene derecho a creer en un estado diferente de cosas sin mayor limitación que el respeto la libertad de los demás. Mi análisis en ningún caso pretende poner en entredicho esta ideología ni tratar de minusvalorar su fuerza, sino precisamente poner de relieve que los propios promotores del proceso independentista que estamos viviendo en los últimos años son los menos interesados en alcanzar el objetivo. Lo cual debería enojar a los independentistas, aunque a la vista de la actualidad, comprobemos con sorpresa que la tendencia es diametralmente opuesta. En cualquier caso, la diana de mi flecha se encuentra precisamente en los causantes de la falta de efectividad de estas manifestaciones públicas a través de la dirección dirigida por esferas de poder perfectamente reconocibles. Y no porque yo quiera que se alcance este objetivo, en absoluto, sino porque nada me ofende más que este tipo de tomaduras de pelo.

El caso es que, a pesar de que repitan en innumerables ocasiones que este proceso viene de abajo hacia arriba; esto es, de los ciudadanos hacia los políticos, fue el poder económico y político catalán el que dio el pistoletazo de salida de dicha movilización ciudadana y el que continúa haciéndolo a pesar de todo. Resulta un hecho indiscutible que el partido hegemónico en Cataluña y sus tentáculos sociales, como la Asamblea Nacional Catalana y Ómnium Cultural, inició este proceso hacia la independencia como un escudo tras el que parapetarse de las consecuencias de la crisis económica que azotó a toda la nación. No resulta ajeno a la historia el hecho de colgarse una bandera a la espalda para ocultar la mala gestión o para tapar otros problemas derivados del ejercicio del poder. De hecho, sino lo veis claro, pensar en qué se fundamenta principalmente el actual proceso independencia de Cataluña: en la economía. Durante muchos años, el déficit fiscal y el famoso expolio han sido puntas de lanza absolutas del proceso independentista. Es un tema principalmente económico, no nos engañemos. Todo lo demás, por muchos aspavientos que se hagan, es secundario; lo importante es el control de la economía y la gestión de los recursos propios. La ciudadanía catalana cayó en la cuenta de los problemas económicos, precisamente, por la crisis económica, y nada mejor que una pantalla de humo para ocultar los recortes que debían realizarse. O mejor todavía, echar la culpa a un poder externo. Blanco y botella. Causa y efecto. Por tanto, vemos como es el mismo poder es que ha dirigido desde el principio estas manifestaciones; sin perjuicio de que haya personas que, ya ostentando esta ideología, se hayan sumado a este proceso.

Cuando el poder controla estas manifestaciones públicas, las dirige a su antojo. Y si las dirige a su antojo, las utiliza para sus propios intereses, con independencia de los objetivos que encabezan dichas manifestaciones. Por supuesto, esto implica que se adopten ciertas medidas para evitar perder la dirección de la manifestación limitar sus efectos secundarios, como por ejemplo, que acabe alcanzado sus objetivos. Para ello, es necesario dotar a las manifestaciones de un elemento contrario a la efectividad de las mismas: el simbolismo extremo y la estética. La famosa cantinela de las manifestaciones festivas y pacíficas. Todo ello, otorga a la manifestación un elemento de visibilización, en efecto, pero es una visibilización huera, temporal, sin ningún tipo de afectación real, por lo que es rápidamente olvidada. Por ese motivo, el poder utiliza este simbolismo como un sedante del poder real de una manifestación pública.

Asimismo, debe ponerse de relieve el hecho de que el abuso de las manifestaciones y el uso de consignas diversas, poco claras o incluso difusas en su contenido, contribuye a la normalización de la manifestación pública y, por tanto, a que pierda ese elemento de excepcionalidad que es necesario para alcanzar un objetivo. Al final, si cada día protestas delante del gobierno y cada día por una cosa distinta, te dejarán de tomar en serio. Pero es que, además, si esta protesta es absolutamente pacífica y no provoca disrupción alguna, directamente se olvidaran de que existes.

Entonces, ¿cuál es el objetivo de estas manifestaciones? Muy sencillo, el poder pretende satisfacer el ansia de los manifestantes de alcanzar unos objetivos mediante elementos estéticos que generan una falsa sensación de complacencia a dichos manifestantes. Esta falsa sensación aplaca la voluntad del manifestante y, en consecuencia, al creer que está haciendo alguna cosa, no hace nada más. Se da por satisfecho. Para que nos entendamos, un manifestante independentista da por satisfecho su compromiso social con su objetivo de alcanzar la independencia mediante la participación en estas manifestaciones masivas o mediante el uso de prendas de color amarillo, por ejemplo. Actuaciones, éstas, que no les repercute en modo alguno a nivel personal. Es una protesta cómoda, sin peligros, que otorga al manifestante la falsa sensación de poder alcanzar su objetivo sin pagar precio alguno, sin mancharse las manos. La sedación de la voluntad mediante elementos puramente simbólicos.

Seguramente, muchos me diréis que ésto cambió el día 1 de octubre de 2017; y en parte es cierto. Mucha gente se plantó y puso en peligro su integridad física para alcanzar el objetivo del referéndum. Pero la pregunta fundamental que debemos hacernos es que, a pesar de todo ello, ¿qué se ha conseguido? Según el poder político catalán, absolutamente nada, puesto que han señalado por activa y por pasiva que dicho evento era simbólico, igual que la declaración de independencia posterior. Todo estético. Por tanto, el comportamiento de muchos ciudadanos catalanes que, dispuestos a pagar el precio, se pusieron frente a la policía para permitir que se celebrara el referéndum, no ha servido de nada. Imágenes de violencia policial y poco más. Un grano de arena en un mundo lleno de injusticias al que los catalanes le importamos una mierda. Y esto es una total vergüenza no para estas personas, que actuaron en conciencia, sino para los promotores del proceso de independencia de Cataluña. Cabe señalar, no obstante, que algunos de estos promotores están pagando el precio, es cierto, pues quien juega con fuego se acaba quemando, lo cual es todavía más ridículo, toda vez que está sufriendo las consecuencias de un teatrillo sin trascendencia. Pero eso se trata de una excepción por haberse pasado de frenada.

No obstante, en lugar de recibir todos los eventos acontecidos a finales de 2017 como una jarra de agua fría que despierta de un letargo, a fecha actual, el poder está dirigiendo de nuevo la voluntad del independentismo hacia debates estériles, cuestiones menores, irrelevancias procesales y personalismos absurdos, volviendo de nuevo a caer en la ineficacia absoluta. Y ya van más de seis años sin que se haya conseguido absolutamente nada. ¿Mayor apoyo social? Sí, es cierto, pero el electorado es muy volátil y depende de muchas circunstancias, por lo que tal y como ha venido puede irse. ¿Ruido internacional? Sí, es cierto, pero no se ha obtenido ningún apoyo de ningún estamento que tenga realmente poder. Al cabo, castillos en el aire. Humo. La nada. Por tanto, ello me hace llegar a la conclusión de que la ingeniería social interna de este proceso ha conseguido sus objetivos más allá de cualquier expectativa, puesto que ni reconociendo expresamente el engaño, como hizo hace poco el propio Artur Mas, ha conseguido que el independentismo tome conciencia de la situación real. Es deleznable.

Por desgracia, este ejemplo paradigmático puede replicarse punto por punto a otros asuntos. Los derechos laborales, verbigracia, con unos sindicatos que se dedican a partir el pan con el poder mientras hacen aspavientos que nadie se cree cada 1 de mayo; o el feminismo, que ha pasado de luchar por el derecho a la igualdad real a luchar por nimiedades sin importancia, desviando la atención hacia asuntos irrelevantes perfectamente controlados por el poder para mantener entretenidas a las feministas como el padre que le da un juguete al niño cuando llora para que se calle. En definitiva, a fecha actual, toda manifestación está dirigida por el poder, por lo que su objetivo es el mismo: movilizar para desmovilizar. Fuegos de artificio frente a la nada absoluta. Hacer que creas que caminas cuando no te mueves del sitio.

Y es por ello por lo que yo no pienso participar de estas farsas. Hace muchos años que aprendí a detectar cuándo me encuentro dentro de la caverna de Platón, viendo sombras dirigidas por pantomimos. No existiendo un contrapoder real, lo mejor que podemos hacer es ser libres en nuestras actuaciones cotidianas y convertirnos en bibliotecas andantes. Sólo así, quizás algún día, despertemos de este letargo y pongamos de verdad nerviosos a esos hijos de puta que nos controlan como marionetas.

16.01.2018 13:59

Con el paso de los años, me he ido dando cuenta que madurar, o mejor dicho, crecer, consiste en aprender a vivir con la pérdida. La muerte de tu padre, de tus abuelos, de un amigo; la pérdida de una amistad o de una capacidad física; la desaparición de hechos culturales que han moldeado tu personalidad; todo ello y mucho más ocurre y ocurrirá con el paso de los años. Y no, no se supera; se aprende a vivir con ello. Con ello no quiero decir que debamos renunciar a la felicidad. Todo lo contrario. Es mucho más feliz una persona que acepta la vida tal y como es, aprende a vivir con la pérdida y valora en buen grado lo que tiene al conocer que es contingente, que se marchitará y morirá, que la persona que trata de superar obstáculos cuando se presentan, muchas veces sin éxito, guardando cadáveres debajo de la alfombra con el objeto de olvidarlos. Lo primero es mucho más duro, claro, pero te permite alzarte como una persona íntegra que es capaz de afrontar cualquier cosa, sabiendo sobreponerse. Esta vida es como es y no como queremos que sea. El nomen iuris vital.

Yo he perdido mucho. Y lo que me queda, claro. Pero aquí estoy, de pie, echándole cojones a la vida y aprendiendo a aceptar la factura que te pasan de vez en cuanto. La pagas y sigues adelante. Nada de excusas. Al revés, no hay cosa que más reconforme que asumir una pérdida con una sonrisa, haciendo valer la repugnante por cursi pero cierta expresión de “no llores por haberlo perdido, sino sonríe por haberlo tenido”. A veces hay verdades en esta suerte de expresiones romanticoides de baratillo, siempre que seamos capaces de descontextualizarlas y aplicarlas correctamente. Ello choca frontalmente con esta sociedad enferma que exige derechos y omite obligaciones, que se cree que la vida es un elefante rosa de caramelo que defeca helado de vainilla; pero mi obligación es señalar, siempre que puedo, esta mentira, y apelar a la responsabilidad de ser un adulto. La aceptación, al cabo, es la última fase del duelo, y la única que queda. Quedarse en la negación es un error.

Siempre que pierdo algo pienso en mi padre, por supuesto. Demasiado pronto, demasiado rápido y demasiado cercano. Pocas cosas en la vida me han pasado peores; lo cual es bueno, por un lado, pero en ningún caso omite el dolor de la pérdida de una persona tan importante en mi vida. Pero tras pasar por la procesión del dolor, del por qué, del cagarse en la puta, de buscar culpables, de echarlo de menos, me ha quedado una sonrisa cómplice. Cada vez que lo recuerdo, trato de sonreír. Cuando vivo una situación esperpéntica, me imagino qué diría y me entra la risa. Cuando pienso en el descalabro del PSOE, me lo imagino cagándose en todo lo cagable y llamándome facha por cachondearme, e igualmente sonrío. Cuando lo echo de menos, pienso en lo que me diría y pienso en su desapego frente a lo material; me lo imagino diciéndome que aquí estamos de paso y que esto es lo que hay. Que me joda, que así es la vida. Y vuelvo a sonreír. Y esto es algo que trato de enseñar a mis familiares, aunque no siempre lo consigo. Recordar con alegría, no con tristeza. Aceptar la pérdida y disfrutar del ahora, que mañana quizás no estás aquí.

La cosa no acaba en lo personal, claro. Se pierden amistades, se pierden las ganas de fiesta, se pierde pelo, o se gana escarcha sobre la calva, hasta se pierden hechos culturales que te configuran como persona. Y no, no me refiero a hechos objetivos y notorios, en plan, hostia, ha muerto David Bowie, voy a poner una esquela en mi muro de la red social de turno para que la gente me tenga por melómano. No me refiero a esas payasadas de postureo barato. Me refiero a que a mí, el día que muera Dave Gahan, que ha estado a punto muchas veces, por cierto, se me morirá algo en el alma. O cuando pase lo mismo con David Pastis o con algún personaje del mundo de la makina que me ha hecho tocar el cielo. Me refiero, al cabo, que la muerte de Dolores O'riordan significa, al menos para mí, una pérdida insustituible.

Un ser querido te deja buenos recuerdos. La calvicie te supone el ahorro en champú y gomina. Dejar de salir de fiesta implica dinero para hacer otras actividades. Perder un juicio te deja experiencia. Perder la potencia sexual te deja… te deja… te deja muy jodido, no nos engañemos, pero quedan pirulas de colores que provocan erecciones monstruosas. Bromas parte, todo suele tener una consecuencia positiva, si sabemos encontrarla. Y Dolores siempre me dejará su voz, su música, su vitalidad, su positivismo, su locura, su absoluta autenticidad. Y siempre nos quedará Badalona.

Sólo con acordarme se me eriza la piel y se me llena los ojos de lágrimas. Mi actual mujer, Elisenda, en mayo de 2010, me regaló para mi 25 cumpleaños unas entradas para ver en directo The Cranberries. No llevábamos ni un año juntos, pero ya me conocía más de lo que mucha gente me conoce. Nervioso, me dispuse a ir a ese concierto para disfrutar como nunca en mi vida. Siempre ha sido uno de los grupos favoritos, pero nunca lo había visto en directo y mis esperanzas se esfumaron cuando el grupo se separó. Quería escuchar el Zombie en directo. Quería ver a Dolores en directo cantando el Linger, el espectacular Free to Decide, el precioso You and Me, quería cantar con ella el Promises como si no hubiera un mañana. Y así fue. Se comió el escenario con patatas. Dolores, con esa electricidad que desprendía, con esa energía, con esas extravagancias que sólo un artista de verdad puede hacer, me hizo pasar una noche mágica. Recuerdo que hubo un momento en que se sobraron los zapatos y los tiró a tomar por culo. No shoes, decía a gritos. A la mierda. Y se pasó medio concierto descalza, dándolo todo, haciéndonos emocionar a todos los presentes. Para mí y para Elisenda siempre será un momento maravilloso, en el que conectamos mucho, en el que disfrutamos juntos, en el que nos emocionamos juntos. Dolores siempre formará parte de mi matrimonio. A Elisenda le debo una factura inasumible de momentos de felicidad que no podré pagar ni en mil años, pero ese momento lo recuerdo especialmente.

De hecho, en mi boda, después de que mi suegra, de manera absurda, le pidiera al deejay que pusiera el Dos Gardenias para mí como si fuera nuestra canción, y de que estuviera a punto de abandonar mi propia boda por semejante ultraje, sonó el You and Me. Y el primer baile de casado, el de verdad, sin gardenias ni mierdas, lo hice siguiendo la voz de Dolores:

“I'm not going out tonight 'cause I don't want to go

I am staying at home tonight 'cause I don't want to know

You revealed a world to me and I would never be

Dwelling in such happiness, your gift of purity

Eh-ee-oh, eh-ee-oh, eh-ee-oh, eh-ee-oh

Aahh, you and me it will always be

You and me Forever be,

Eternally it will always be you and me”

Así que no, yo no me sumo a las condolencias generales de personas que sólo se acuerdan de un artista cuando fallece. Yo no voy a llorar, ni voy a superar la pérdida. Voy a recordarte, siempre, descalza, saltando como una niña, cantando el Just my imagination. Voy a recordarte, siempre, con una sonrisa, con alegría, con vida, pues era eso lo que nos ofrecías. Era eso lo que querías para este mundo y lo que me recibí de ti en vida. Con eso me quedo. Ninguna pérdida lo es del todo y menos cuando dejas tu música como legado.

Y si hablamos de pérdida y sobre todo de la capacidad de aceptarla, no puedo sino referiros a una de sus canciones más paradigmáticas, que habla precisamente de esto. De aceptar el paso del tiempo, aceptar la pérdida, de entender que esta vida es un viaje. Escuchadla, merece la pena. 

THE CRANBERRIES - THE JOURNEY

Hasta siempre, Dolores.

26.12.2017 23:14

Podría decir que la culpa fue de Francisco Ibáñez. Y seguramente lo es. Mi léxico para insultar tiene más que agradecerle al superintendente Vicente que a cualquier personaje, real o ficticio, que podáis imaginar. Oye, que sí, que llamar cabezabuque o papafrita a alguien tiene su puntito, como amenazarle con morderle el páncreas o apuñalarle la vida, pero llamar batracio a alguien supera cualquier límite de hilaridad. Batracio. Joder, es que tiene una sonoridad maravillosa. También podías insultar a alguien llamándolo gaznápiro o animal de bellota, todos ellos insultos mortadelescos, pero batracio es una de esas palabras que me adhirieron al cerebro reptiliano como sinónimo de carcajada instantánea. Y hasta aquí hemos llegado: diciembre de 2017. Ahí es nada.

El caso es que la cosa viene de antes, aunque Ibáñez tuviera algo que ver. Ya a principios de la suprema década de los 90, un servidor sentía una fascinación malsana por los reptiles y los anfibios. De hecho, hasta me regalaron un libro con todas las clases de anfibios y reptiles de España y Europa, que todavía conservo, y me pasaba horas leyéndolo, como si para un niño de 7 años tuviera algún tipo de sentido conocer las diferencias entre un podarcis hispanicus (una lagartija común, vamos) y un timon lepidus (un lagarto ocelado común). Pero lo sabía. Igual que te sabía señalar decenas de especies diferentes de dinosaurios. Y descubrí, para mi regocijo, que el sapo común se llama bufo bufo. Batracio y bufo bufo. Palabras que en mi boca iban a tener más recorrido que ninguna otra, os lo aseguro.

Aunque lo mejor son los caretos. En efecto, llamar batracio a alguien, o sapo, para que me entiendan los millenials y otros analfabetos funcionales, puede resultar gracioso, pero si imaginamos el rostro de un sapo mirándonos fijamente, como con enojo, como si le acabáramos de joder la vida, la hilaridad se dispara y toca techo. Benditos sapos. Alabadas sean las ranas. Los animalistas siempre se olvidan de estos seres, al no ser cuquis ni moninos, pero también son de Dios y también se los merienda la peña. Diré más: saben a pollo, como todo alimento cuyo sabor eligió Yavhé aquél famoso domingo de resaca en el que descansó y dejó que el ser humano llenara de mierda su creación.

Resulta ofensivo que esas aplicaciones infames de smartphone que te ponen orejas de perro, morro de osito feliz o lengua de mamífero, omitan a los anfibios. Lo dicho, no son bonitos, al parecer, y no merecen que hagamos el payaso con ellos; lo cual no sé si es bueno o malo, dicho sea de paso; para ellos, quiero decir. Hay una especie de desdén hacia los batracios. Son feos, son viscosos, ponen jetos carentes de cualquier tipo de emoción. No entran en nuestro canon. Contigo no, bicho.

Pero si lo pienso, ningún batracio, jamás, me ha intentado vender las bondades de las hipotecas fijas en plena enfarlopada. Desconozco si consumen cocaína, pero en hipotecas fijas van flojos y tampoco creo que sepan mucho de las variables. La charla la compran al contado, como debe ser. Tampoco me ha venido ninguna rana a casa a intentar cambiarme de compañía eléctrica ni a hablarme de ningún Dios con el objetivo de pillar pasta. De hecho, ninguno me mira mal si me masturbo o si me parecen bien los placeres sáficos; básicamente porque siempre te miran mal, hagas lo que hagas. Los sapos sudan del consumismo, de las hipotecas y de los dioses.

Pero es que también pasan completamente de política: nunca escucharéis hablar de batracios que huyen a Bruselas para vivir en un palacete e irse de ópera  y de vinos mientras habla de opresión. De hecho, tampoco había ranas en el famoso barco de Piolín. No les va el rollo de liarse a mamporro limpio con peña que sólo estaba haciendo un acto de desobediencia. Ni se lían como la pata de un romano con el alcalde, el vecino y los catalanes que hacen cosas. Pero sobre todo no te comen la olla con campañas electorales infumables que atizan pasiones desaforadas para evitar hablar de la gestión de los recursos públicos: para qué hablar de lo que realmente importa cuando puedes vender milagros a las viejas. Las ranas se buscan la vida solitas y no se esconden detrás de políticos incapaces que usan el verbo para destruir. Hay una rana (chiasmocleis ventrimaculata), de hecho, cuyo máximo exponente de la simbiosis animal es llegar a un pacto con una tarántula (xenesthis immanis): la tarántula defiende a la rana de los numerosos depredadores que pretenden comérsela y la rana defiende los huevos de la tarántula de los insectos que pretenden zampárselos; y se zampa, a su vez, a estos insectos. Simple y elegante. Un convenio entre especies. Y es que hasta un batracio es capaz de entenderse con una araña. No esperemos tal cosa de la despreciable condición humana.

Y no, por supuesto que no, claro que no: no cantan ni despacito ni rapidito. Van a su ritmo. Han pasado este 2017 sin follarse las mentes con música machacona e infame. Tampoco han sido guionistas de la penúltima temporada de Juego de Tronos, lo cual pone de manifiesto que psicodélicos sí, pero no absurdos. Los sapos tampoco tienen nada que ver con los mil setecientos catorce casos de abusos sexuales de Hollywood, sean reales o falsos: ellos copulan siempre con consentimiento. Ni se cambian de iPhone cada año, lo cual tiene su mérito, pues ahora hay emoticonos animados para hacer nuestra estupidez más entretenida. Un mes de sueldo, deben pensar los batracios, prefiero gastármelo en agua de charca.

Así que claro, cuando pienso en este 2017, me planteo si realmente llamar batracio a una persona puede considerarse realmente ofensivo o es incluso un halago. Te llamaré feo, pero al menos no has contribuido a dejar que la estulticia campe por sus respetos durante este periodo temporal. Serás viscoso, pero mejor tener la piel natural, aunque mojada, que una piel quemada por la radiación de una máquina que parece un ataúd y que, además, está cubierta por productos cuyo resultado proviene del asesinato de cientos de conejos. Serás serio, tendrás el rostro adusto y pétreo, pero mejor eso que una sonrisa falsa, una risa histérica o un alarido fanático.

La demagogia tiene unos límites aunque sean de decoro intelectual, así que no os toméis este artículo muy en serio. Sencillamente, amad a los batracios. Sed un batracio, joder. Intentad que este año 2018 sea más anfibio y menos humano; quizás de ese modo no se nos caerá la cara de vergüenza cada 31 de diciembre.

06.12.2017 16:30

De pequeño, recuerdo que siempre había un ejemplar semanal de El Jueves en el despacho de mi padre. Yo sabía que no era una revista para niños, pues alguna vez había recibido una reprimenda por ojear esa revista, u otras en las que había anuncios eróticos o chistes obscenos, pero me daba igual; siempre he tenido un problema con la autoridad y cuanto más me prohíbes algo, más lo hago, y si se trata de algo inapropiado, o sexual, me siento atraído poderosamente como un mosquito a un farolillo. Y más si, como en el caso de El Jueves, en su interior encontraba cómics y dibujos que me gustaban mucho y me hacían reír, aunque en ocasiones no entendía ni una palabra de lo que decían las viñetas. Recuerdo que me gustaban mucho las historietas de ¡Dios Mío!, con ese Dios barbudo en zapatillas y un triángulo sobre la cabeza que se dedicaba a hacer siempre lo que le venía en gana. Bueno, y qué decir del sargento Arensivia y el genial cómic de Historias de la puta mili. Qué tiempos, oigan.

Con el tiempo, mi padre dejó de comprar la revista y yo olvidé mi gusto por El Jueves y otras revistas de mayores que no debían estar a mi alcance pero que hacían mis delicias, pues encontré otro filón que era más adecuado para mi edad: Mortadelo y Filemón. Ibáñez llenó de risas los últimos estertores de mi niñez y mi temprana adolescencia. Y lo sigue haciendo, como no podría ser de otra manera. Pero entonces apareció Pedro Vera y lo cambió todo. Entraron en escena Ortega y Pacheco.

El dibujo extravagante y esperpéntico de estos personajes casposos y chabacanos haciendo el cateto en cada viñeta me provocaban una hilaridad sin precedentes. Los caretos, por favor, cómo me hacían reír. No sólo los de los propios Ortega y Pacheco, sino los del resto de personajes. La Pesteban, por ejemplo, era canela en rama. Esos ojos desorbitados, esas bocas que dejaban entrever dientes de menos o dentaduras podridas, esos rostros de verdadera subnormalidad emulando a famosos, políticos o cualquier ente rancio de nuestra sociedad. Esas historias surrealistas de simpleza pueblerina. Esa crítica social, que no faltaba. Y la prosa de Pedro Vera, que intercalaba jerga bellotera con frases de exquisita redacción. Una maravilla en estos tiempos que pretenden limitar el humor y enclaustrarlo dentro de los estrechos cánones de lo políticamente correcto.

Y para rematar la faena llegaron los Ranciofacts. La ópera prima de Pedro Vera. La recopilación más casposa e hilarante de la historia que tanto engloba situaciones absurdas de tan cotidianas con frases manidas, lugares comunes e hitos de la estupidez humana. Os lo juro, mi mujer muchas veces ha estado a punto de llamar a un frenopático a que me internaran por estar riendo como si no hubiera un mañana mirando el jeto de un personaje mientras leo la frase rancia de turno. Es un delirio constante. Sobre todo, cuando te das cuenta que en primer rancio eres tú, puesto que en el fondo la saga de Ranciofacts es una monstruosa autocrítica de la que nadie se salva. Y es que "eso es como todo", "que diría aquél".

Pero claro, todo artista tiene su musa. Su inspiración. ¿De dónde sacó Pedro Vera la inspiración para crear a los morcillescos y garbanceros Ortega y Pacheco? Podrían ser perfectamente dos personajes random, extraídos de cualquier bar con fotos de toreros o de un lupanar rural, con olor a carajillo y puros Farias; pero no lo son. O, mejor dicho, no son sólo eso, pues la apariencia y la cerrilidad congénita de Ortega y Pacheco tienen una inspiración muy clara que ha señalado el propio autor: los hermanos Izquierdo de la matanza de Puerto Hurraco. Basta con verlos para entenderlo. Son la gañanía personificada. Cenutrios que combinan botijo y unicejismo con miradas torvas y expresión necia.

Como un servidor es de naturaleza curiosa, al conocer este hecho no pude sino interesarme por el suceso de Puerto Hurraco. Me sonaba, sí, tenía algún dato en la cabeza, pero no conocía en profundidad qué había sucedido en ese pueblo pacense (os vais a hartar mucho de ranciofacts narrativos, aviso a navegantes. Joder, lo he vuelto a hacer.). Realizadas las indagaciones oportunas, pude comprobar que esta masacre forma parte de la más negra historia de España y que no tuvo lugar en tiempos pretéritos, sino a principios de los años 90 del pasado siglo XX. Me llamó poderosamente la atención y decidí investigar a fondo: qué había pasado, cómo y sobre todo por qué. Qué puede llevar a dos personas a asesinar a varias personas a sangre fría, qué motivos lo justifican, es algo que siempre me ha hecho rebanarme los sesos, pues soy incapaz de comprenderlo. Por eso es importante el contexto, la época, los antecedentes. No para entenderlo, sino para explicarlo.

La masacre de Puerto Hurraco

Previamente a iniciar el relato de los hechos, es preciso que nos ubiquemos a nivel telúrico: El suceso tuvo lugar en la pedanía de Puerto Hurraco, una aldea extremeña que se encuentra en la Provincia de Badajoz y que pertenece al municipio de Benquerencia de la Serena. Está enclavado en la zona este de la Provincia de Badajoz; para que nos entendamos, más cerca de Córdoba que de Portugal. Según el Instituto Nacional de Estadística, la población oscila entre los 75 y los 170 habitantes. Vamos, que hablamos de un enclave poblacional minúsculo a 140 kilómetros de Cáceres, con un ambiente absolutamente rural, empobrecido y sometido, por tanto, a fuerzas vivas que los habitantes de las ciudades no comprendemos; o que hemos olvidado. En ocasiones para bien; y en otras para mal.

A nivel temporal, el suceso tuvo lugar en verano de 1990, pese a que el origen de lo acontecido, según las fuentes consultadas, y tal y como veremos, es muy anterior. ¿Qué pasaba en aquélla época? Con Felipe González a la cabeza, el PSOE había ganado por tercera vez consecutiva las elecciones generales y toda la nación se preparaba para los Juegos Olímpicos que se iban a celebrar en Barcelona en el año 1992. Por lo general, España estaba abriéndose camino dentro de la Europa moderna, tras haber entrado en la Unión Europea y meterse de lleno en el auge económico que impulsaría a toda la nación durante la última década del siglo XX: el PIB del año 1990 había duplicado el PIB de 1980 e iba a duplicarse nuevamente en la siguiente década, alcanzando el medio billón de euros al año. Vamos, que las cosas, más o menos, y a nivel general, iban bien, como diría años más tardes un bigotudo de ingrato recuerdo. Servidor tenía cinco años. Quién los tuviera de nuevo.

Y, por supuesto, debemos fijar el espectro personal del suceso: qué personajes van a interpretar la macabra obra. Pues bien, como en Romeo y Julieta pero con botijo y una sola ceja, en Puerto Hurraco encontramos dos familias enfrentadas durante dos generaciones que actuarán en concepto de protagonistas: La familia Cabanillas (llamados vulgarmente como los “Amadeos") y la familia Izquierdo (llamados vulgarmente los "Patas Pelás"). Unas gentes rurales que, a la vista de sus fotos, dejan entrever visceralidad, necedad supina y odio intestino. La España profunda de la siete muelles.

Con este tablero de juego, ¿qué puede salir mal? Pues todo, por supuesto. Absolutamente todo. Empecemos por los orígenes: según el periódico El País, el enfrentamiento iracundo entre las familias Cabanillas e Izquierdo no se remonta a los años 60, como se acostumbra a decir, sino que esta tortuosa relación entre familias comenzó a dar sus primeros pasos nada menos que en 1920; esto es, 70 años antes de que tuviera lugar la masacre de Puerto Hurraco. Como vemos, hay odios tan profundos que traspasan generaciones y que pueden llegar hasta las siete décadas, que se dice pronto. El caso es que los antecedentes son de aúpa:

  • Año 1920: La chavalada de ambas familias se lía a hostia viva entre ellos y algunos de ellos amenazan con el uso de las armas para resolver el conflicto. Queda en nada, pero da el pistoletazo de salida al odio visceral entre ambas familias. Comienza el show.
  • Año 1928: Luis Cabanillas apuñala en el cuello a Alejandro García Izquierdo con una navaja por un lío de faldas con su hermana.
  • Año 1935: Daniel Izquierdo pega una paliza que casi acaba con la vida de Basilio Cabanillas. Otro lío de faldas.

Vamos, que como vemos, la cosa iba de enaguas. No por ponerlas, ni por quitarlas, claro, ni siquiera por un casto beso en la mejilla, sino por el honor quebrantado por el pacato cortejo de éste o aquél familiar. Y, por supuesto, todo ello se resolvía al modo habitual en estas lides: a mamporro limpio y, si se tercia, a albaceteña. Gañanería en estado puro. De hecho, es que me lo imagino: “A la Juanaca ni me la mires, so mierda”; “Si no la miro yo no la mira ni el cura en sagrada confesión, cabrón”. Y ya la tenemos liada. Suma y sigue.

La segunda generación de “amadeos” y “pataspelás” mantuvieron el mismo nivel de cerrazón y garrulez; igualmente con mujeres de por medio. El problema es que, a finales de la década de los 70, se produjo la primera consecuencia irreversible: el primer muerto. La cosa seguía yendo de faldas, pero en sentido inverso, ya que fue el varón el que rechazó a la mujer: Amadeo Cabanillas no quiso casarse con Luciana Izquierdo. Este rechazo generó un grave estado de resentimiento por parte de Luciana, cuyo nombre no debéis olvidar por la importancia que tendrá en el cénit del relato; resentimiento que impregnó a su hermano mayor, Jerónimo Izquierdo, que no era hombre de guardar las formas. El odio iba cogiendo forma, acrecentándose, y finalmente se materializó con un navajazo mortal asestado por Jerónimo a Amadeo en el cuello por un turbio asunto de lindes de terruño. La información sobre el móvil del asesinato no es demasiado clara según las fuentes, no se sabe si este asunto del linde del terruño fue el móvil real o sencillamente el desencadenante, pero con los antecedentes machistas y cenutrios de defensa del honor de féminas cejijuntas, a mí me parece más plausible que todo fuera motivado por el roto corazón de Luciana.

Evidentemente, Jerónimo Izquierdo fue acusado de asesinato y condenado a 14 años de cárcel, que cumpliría en un presidio sito en la localidad cercana de Monterrubio. Sus cuatro hermanos, Emilio, Antonio, Ángela y la ya mencionada Luciana Izquierdo, según relata una noticia del periódico ABC, fueron expulsados del pueblo y tuvieron que abandonar Puerto Hurraco, asentándose en la localidad de Monterrubio, en la que cumplía condena el hermano mayor, Jerónimo. La madre de todos ellos, Isabel Izquierdo, se quedó en el pueblo. Y hubo paz. Una paz relativa, tensa, derivada más de la distancia que de una resolución de los problemas existentes entre las familias. El odio seguía carcomiendo sus entrañas y tardaría más de 20 años en volver a hacer acto de presencia.

Y llegó el año 1984. Un incendio se desata en la morada de Isabel Izquierdo, que era la única miembro de la familia que todavía mantenía su vivienda en Puerto Hurraco. Según narran las fuentes consultadas, se dio más prioridad a salvar los bienes materiales que a la Sra. Izquierdo, que murió en este incendio; o al menos eso dijeron sus hijos… pues culparon de la muerte de la Sra. Izquierdo a todo Puerto Hurraco y, especialmente, como no podría ser de otra manera, a la familia Cabanillas. Y Jerónimo, que había salido de la cárcel, no se quedó ocioso: sacó de nuevo a pasear la siete muelles y apuñaló a Antonio Cabanillas, al que acusaba de haber provocado el incendio. La paz tensa estalló por los aires.

Las piezas estaban sobre el tablero. Peones, torres y caballos habían cogido posiciones. Se avecinaba el jaque mate. Las hermanas Izquierdo comenzaron a entrar en un estado de paranoia que rozaba la locura, pensando que la familia Cabanillas iba a por ellas. La tensión en el domicilio de los hermanos Izquierdo no hacía sino acrecentarse y más tras la muerte de Jerónimo en una institución mental. Décadas de odio, cuchilladas, muertes e incendios. Y llegó el día. 

Atardecía en un apacible domingo en Puerto Hurraco. Era 26 de agosto del año 1990. Nadie en el pueblo imaginaba que, en Monterrubio, Emilio y Antonio Izquierdo se habían vestido de cazadores, se habían cargado con más de 300 cartuchos, habían cogido una escopeta de postas cada uno de ellos y habían comentado a sus hermanas, como quien no quiere la cosa, que iban a cazar tórtolas. Con esa frialdad y con un único objetivo, que no era otro que disparar a quemarropa contra todo Cabanillas que se encontraran y especialmente contra Antonio Cabanillas, se desplazaron a Puerto Hurraco. Iniciaron el desacenso hacia el centro del pueblo por la Calle Carrera con las escopetas cargadas a eso de las 22:30. Sonaron los disparos.

Sobre lo sucedido hay numerosos reportes de prensa, que seguramente lo narrarán mejor que yo, e incluso podéis recurrir a la película El Séptimo día, que dramatizó los hechos con una precisión brutal; el caso es que, tras disparar a diestro y siniestro por todo el pueblo de Puerto Hurraco, asesinaron a 9 personas y dejaron heridas a otras tantas en diferentes estados de gravedad. Para que os hagáis una idea del horror que se vivió aquel fatídico día, sólo diré que estos desgraciados, pues no se les puede llamar de otro modo, iniciaron su escopetada matando a dos niñas de 13 y 14 años y dejaron a un niño de 6 años parapléjico. E iban diciendo, entre disparo y disparo, “esto vengo esperando desde hace seis años”.

A pesar de que ambos se echaron al monte con el objeto de escapar de la justicia, fueron apresados y puestos a disposición judicial. A la vista de sus intervenciones en el seno del juicio, se puso de manifiesto su cerrilidad y pocas luces. El propio Emilio Izquierdo, que se ufanaba a señalar que era una persona honrada, dijo que “yo maté en un momento que tenía la cabeza en blanco y que no sabía lo que hacía (…) Yo no he pensado nunca, nunca, por nunca, de matar. Nunca por nunca he pensado de matar (…) Pienso que estaban tapando la muerte de mi madre porque además el pueblo decía que no se aclaraba porque había sido que el juez había estado conforme (…) Yo tenía la mente en blanco y no sé ni por dónde entré y por dónde salí… me están diciendo unas cosas Ustedes que me están arrevolviendo el cuerpo”. La estupidez que transmitían con sus declaraciones y con sus rostros agañanados daban buena fe de los viscerales instintos que los habían llevado a poner un punto final sangriento a décadas de odios.

Si bien no se pudo demostrar en sede judicial, quedó patente que las instigadoras del crimen fueron las hermanas Izquierdo; tanto Luciana, a la que ya nos hemos referido anteriormente, como Ángela. Su obsesión con la familia Cabanillas era enfermiza y utilizaron a sus dos hermanos para que defendieran el honor de la familia, y el suyo propio, con un baño de sangre. Como vemos, cerramos el círculo: por líos de faldas comenzó todo y por orden de las hermanas Izquierdo acabó todo. El porqué de todo ello, que me rebanaba los sesos antes de meterme de ello en este suceso, es tan sencillo como brutal: simple y llanamente la ignorancia. Gentes sin medios intelectuales que solucionan de manera salvaje sus querellas, reales o ficticias.  

En definitiva, estos dos cenutrios, que llevaron su estupidez al máximo nivel de psicopatía, son buenos representantes del cabestro español medio del algunos que tratamos de huir desde hace décadas. Del tipo ignorante, violento, visceral y ausente de empatía y buenos sentimientos que es capaz de cualquier tropelía y que, además, se enorgullece de ello. El tipo de personajes que, con su ironía infinita, nos enseña Pedro Vera en viñetas de cómic, con el objeto de causarnos hilaridad, pero también de advertirnos de su presencia. Todos tenemos un pacheco dentro, todos somos un poco rancios; pero si nos miramos en el espejo, quizás conseguimos que sucesos como el de Puerto Hurraco nunca vuelvan a suceder.

01.11.2017 15:13

Internet no ha podido con ella. Ha liquidado, o está en proceso de liquidar, según los casos, a la televisión, que ha quedado obsoleta ya no sólo por su tendenciosidad, intencionalidad ideológica o, directamente, sus nefastos contenidos -que también, por supuesto-; sino por no ser capaces de conectar de una manera más cercana con un público al que ya no comprenden. Internet también se ha llevado por delante, y en este caso de manera absolutamente apabullante, a los medios de prensa escrita. Volveré a este tema por otros derroteros, pero baste decir que, cuando trabajaba con mi padre, repartíamos miles de periódicos en un barrio de Barcelona que se vendían casi en su totalidad. A fecha actual, se reparten cientos y se devuelven cientos. Los tienen que regalar, porque nadie los compra. El papel escrito permite la reflexión y la notica sopesada, es cierto, pero la gran mayoría de la población busca la inmediatez de Internet, pese a su falta de profundidad. La Ley del Mínimo Esfuerzo, en efecto, ha ganado a la imprenta de periódicos tradiciones, que se ha visto obligados a competir en un terreno que no acaban de comprender. Pero no. No ha podido con ella. La radio continúa formando parte inseparable de la vida de mucha gente y, frente a Internet, ha sabido reformularse mediante los podcast. Ha encontrado la fórmula o, mejor dicho, se ha reformulado a sí misma al son de los nuevos tiempos. Ha sabido renovarse sin perderse por el camino.

Los medios de comunicación, en definitiva, han cambiado. Ahora ya no compramos una revista, consumimos las mismas payasadas que habitualmente adquiríamos a tanto el precio, pero a través de plataformas online gratuitas que recurren a estrategias de marketing para llamar tu atención; y cobrarte de otros modos indirectos, claro. Todos las conocemos: el click bait, el titular tendencioso o amarillista que nada tiene que ver con el contenido, cuyo único objetivo es ganar visitas; o el vídeo corto que alquila tu atención con lugares comunes y que te cuela un anuncio de dentífrico a los 10 segundos de reproducción. El uso de tus pasiones para propiciar la fácil y rápida generación de beneficios pecuniarios, más que para la información o el entretenimiento. Tú dale clic al link, dame visitas. Mira el vídeo, trágate el anuncio, que a mí no me importa que te comas esa algarroba podrida que finalmente he puesto en tu plato frente a la promesa de caviar iraní. Televisión y prensa escrita han caído en esta trampa, lo cual les ha repercutido muy positivamente a nivel económico, pero ha realizado un craso favor a su objetivo real. Sin embargo, la radio en directo o en formato podcast, no ha caído en estas prácticas inmorales. Quizás porque no puede, pero ese es un hecho indiscutible.

La radio siempre ha tenido algo más. Un elemento adicional del que adolecían otras plataformas, pese a sus especialidades frente a la radio que pudieran darle ventaja objetiva: la intimidad. Sí, la televisión añade imagen y vídeo al sonido, pero este formato exige una serie de condicionantes que te alejan de los conductores de los programas de televisión: fanfarria, ovaciones, público, contenido promiscuo, una suerte de espectáculo circense que entretiene pero que no te cala hasta los huesos; sólo te moja la epidermis. La prensa escrita, por otro lado, gana en profundidad de análisis y en profusión de noticias. Ni voz ni sonido: letra. Mucha letra. Y la letra, a veces, es fría. Un periódico no es una novela, tampoco te llega al corazón: informa, da datos, ofrece análisis completos. Pero más allá de la tinta en las manos y del agradable olor del periódico recién impreso (esto es algo personal, que, como ya he dicho, desarrollaré posteriormente), su inmediatez es limitada y nos exige demasiada atención. La radio es diferente. Te informa, sí, pero te lo explica con voz cálida. Te entretiene, por supuesto, pero sin demasiado espectáculo; pues sólo dispone de sonido, por lo que exige más a sus productores y locutores. Te exige atención, no cabe duda, pero te permite dejarte llevar por las ondas; te permite oír, en lugar de escuchar, y saber que no estás sólo. Te acompaña. Te proporciona intimidad.

Mi relación con la radio, como todo en la vida, se inicia en mi más temprana infancia. Yo siempre había tenido un transistor en mi habitación, como buen melómano, y ya de pequeño me quedaba enganchado a la radio en cuanto tenía ocasión. En aquellos tiempos yo no buscaba ni quería que nadie me pegara el rollo, sino que quería música, música y más música. Y con mi cinta de cassete, iba grabando las canciones que más me gustaban para luego dedicarme a bailar solo en mi habitación. Nunca he sido un gran bailarín, lo reconozco, pero me daba igual, como me da igual ahora y me seguirá importando un rábano. El cuerpo me pedía seguir el ritmo de la música. Y ella siempre me alegraba los días, fueran como fueran, estuviera como estuviera. Como veréis, tampoco he cambiado mucho.

No obstante lo anterior, mi relación con la radio hablada, más que musical, y por tanto con ese elemento de intimidad, comenzó con Gemma Nierga y con su programa de Parlar per Parlar (Hablar por Hablar en catalán). Y todo fue gracias a un profesor de sexto de Primaria. No sé a cuento de qué ni el contexto concreto, pero el hecho cierto es que, en mitad de una clase de lengua, nos comenzó a explicar algo sobre un programa de radio que, de madrugada, se emitía en la Cadena Ser y que consistía, sencillamente, en personas que llamaban a la locutora y les explicaban cualquier cosa. Imagino que sería algo relacionado con los conceptos lingüísticos de receptor, emisor y mensaje. El caso es que no explicó que Gemma Nierga apenas participaba. Les dejaba hablar. Les escuchaba, por disparatado que fuera el relato del oyente que, a las tres de la mañana, llamaba a la radio. No les juzgaba. Les ayudaba, aunque sólo fuera por ofrecerles un espacio en el que desahogarse. Me llamó poderosamente la atención. Y ese mismo día, por la noche, me puse la radio. Esperé hasta la una de la mañana escuchando El Larguero de José Ramón de la Morena hasta que apareció la ya mítica sinfonía del Parlar per Parlar. Y ahí comenzó mi relación con Gemma Nierga y, posteriormente, con Fina Rodríguez. Me acurrucaba en la cama y, con un aura mística, escuchaba los relatos de los oyentes, que tanto reían como lloraban, que compartían problemas que yo, en mi tierna niñez, ni sabía que existían. Y ahí es donde descubrí la importancia de ese elemento que otorga ese plus valor a la radio: ofrecer compañía. Los oyentes tenían a Gemma Nierga y yo los tenía a ambos. Dejé de sentirme solo en las noches de insomnio.

Y todo ello alcanzó una nueva dimensión cuando, ya con 14 años, comencé a trabajar con mi padre. Os pongo en situación. Mi padre, que en paz descanse, pues paz no tuvo en vida, se levantaba cada día a las 2:00h de la mañana para que todo el mundo tuviera su periódico de prensa escrita por la mañana y se pudiera informar mientras tomaba café. Ello representaba coger una furgoneta de tamaño medio, ir a la imprenta, cargar los periódicos y proceder a su reparto de 4:00h a 6:00h de la mañana en el barcelonés barrio del Camp del Arpa. Desde La Vanguardia a El Mundo, pasando por la prensa deportiva, repartía toda la prensa a excepción de la propia del Grupo Zeta. Posteriormente, realizaba una segunda vuelta, a partir de las 7:00h en la que procedía a la recogida de la devolución; esto es, recogía los periódicos que no se habían vendido el día anterior para devolverlos a imprenta y proceder a su destrucción y reciclaje. En función del día, en esta segunda vuelta se repartían las promociones; esto es, verbigracia, la cubertería que regalaba La Vanguardia, las revistas dominicales, entre otros productos de venta en kioscos. Una jornada laboral de 12 horas, en definitiva, donde la soledad era tu única compañera y donde el frío, la lluvia, la nieve, las condiciones laborales adversas, los robos e incluso la enfermedad no remunerada aparecían como francotiradores furtivos en el momento menos pensado. Era un trabajo duro, hosco, poco agradecido; pero era lo que había. Y yo, con el objeto de ganarme un sueldo para gastarme en videojuegos, chucherías y tabaco, tomé la decisión de acompañarlo durante los meses de junio y julio de los años 1999 a 2004.

 

Mi primera experiencia laboral fue dura. Muy dura. Pero más duro fue comprobar el plato que se comía mi padre cada madrugada para que pudiéramos subsistir. Sé que él agradecía mucho mi compañía, y yo la suya, y a nivel personal la experiencia fue muy enriquecedora a nivel paternofilial, pues conecté con mi padre mucho más allá de lo que muchas personas lo llegan a hacer en su vida. Y él siempre intentaba hacerme la jornada laboral lo más fácil posible. Pero aprendí mucho. Aprendí lo que es la desesperación cuando tenías que repartir ante el diluvio universal y acababas empapado hasta los huesos. Aprendí lo que es el sueño cuando se te aferra como una fiera y no te deja ni pensar. Aprendí a valorar los pequeños detalles, como el café de cinco minutos para recuperar fuerzas o la posibilidad de tener el diario antes que nadie en las manos. Aprendí, en definitiva, y como dice el refrán, lo que vale un real. Pero también comprobé otra cosa. En la oscura soledad de la madrugada a la intemperie, mi padre siempre estaba acompañado de una voz radiofónica. Igual que hacía yo en mis noches de insomnio.

Camioneros, taxistas, transportistas. Hombres solitarios, aunque tengan familia que les espera en casa. El trabajo puede ser duro, pero lo que más mina la moral de un hombre es la soledad. Y ese hilo de voz que les acompaña durante toda la jornada laboral les hace un poco menos solitarios. Un poco más humanos en la inhumanidad de determinados trabajos. Las bromas radiofónicas, las energías de los locutores, las noticias comentadas, los relatos ocultos que nadie escucha, los testimonios que sólo emergen de noche, esa voz profunda de un varón o esa voz amable de una mujer cuyo timbre es como un bálsamo, por dura que sea la situación que estés viviendo. Todo ello ofrece una madera flotante a la que aferrarse en el basto océano. Una mano a la que cogerte. Y esas son cosas que sólo aprendes cuando las has vivido.

Mi padre siempre intercalaba la Cadena Ser con Cadena 100. Durante aquellos veranos agotadores que viví junto a él en la Mercedes Splinter repartiendo prensa, nunca nos abandonaron. Iñaki Gabilondo en el Hoy por Hoy de Cadena Ser, por las mañanas, nos ofrecía noticias, comentarios y tertulias que nos hacían discutir habitualmente, pues en política pocas veces estábamos de acuerdo, pero el tiempo volaba y el trabajo se hacía mucho más llevadero. Previamente, de madrugada, también en la Cadena Ser, habíamos escuchado historias de terror y relatos radiofónicos tras escuchar, por supuesto, el programa de Hablar por Hablar, que en aquella época ya era dirigido por Fina Rodríguez. En ocasiones, cuando queríamos un contenido algo más desenfadado, escuchábamos a La Jungla de Alfonso Arús en Cadena 100. Y así nos pasaban las largas mañanas de trabajo enganchados a la radio. Cuando parábamos en un punto de reparto para hacer la entrega de la prensa, a veces iba corriendo con los paquetes que se me caían para no perder el hilo de la conversación radiofónica. O aparcábamos y nos quedábamos escuchando unos interesantes testimonios totalmente callados, pendientes de la radio, sin que importara nada más. O reíamos hasta las lágrimas por alguna broma, ya fuera una llamada telefónica o un chiste del propio locutor. Daría cualquier cosa por volver a aquellos tiempos, por duros que fueran.

Posteriormente, mi amor por la radio no hizo sino aumentar. Mis noches de insomnio, que en mi etapa adolescente eran muy frecuentes, como lo fueron en mi infancia, nunca me hicieron desfallecer o volverme loco. Al revés. Era la excusa perfecta para ponerme la radio y dejar que volara mi imaginación. Recuerdo estar acurrucado entre las sábanas con una radio de bolsillo y unos cascos, sabiéndome acompañado. Y acababa dormido. Que digo dormido, absolutamente frito. Era como si me contaran un cuento. Pese a la montaña rusa pasional de mi adolescencia; es decir, pese a los sinsabores, desatinos o alegrías, con motivo o sin él, siempre tenía un puerto en el que amarrar mi perdida barcaza.

Con el paso del tiempo, descubrí programas que me fascinaban, todos nocturnos, pero que no podía escuchar completos porque, de lo contrario, al día siguiente no era capaz de levantarme de la cama. Internet me dio la solución: programas de radio grabados en mp3. Ya no dependería de horarios, sino que podría escuchar lo que quisiera cuando quisiera. Me introduje en el concepto de los podcast antes de que se hicieran tan habituales como hoy en día, vamos. Así comencé a bajarme los programas del programa radiofónico Sexta Dimensión de Radio Nacional de España y a pasar miedo con tertulias sobre psicofonías, fantasmas, espectros y experiencias paranormales bajo la dirección de Santiago Vázquez. Y, a mediados del año 2006, descubrí el programa de radio supremo: La Rosa de los Vientos de Onda Cero, dirigido y presentado por Juan Antonio Cebrián. Historia, actualidad, cultura, diversión, gracias a Juan Antonio descubrí el que pasó a ser mi programa de cabecera durante muchos años, incluso después de la trágica muerte de Juan Antonio.

Desde entonces, pasé muchos años escuchando al menos media hora de radio antes de dormir. Me ponía un programa de radio en el mp3, me enchufaba un casco, pues siempre duermo de lado, ponía el temporizador y me dormía escuchando las más fascinantes historias. Incluso llegué a pasar a mp3 entrevistas de televisión para escuchar mientras caminaba por la calle o estaba en el autobús. Entretenimiento y conocimiento en su estado puro en cualquier momento de aburrimiento, insomnio o cansino transporte hacia el colegio, universidad o trabajo.

A fecha actual, mi relación con la radio continúa teniendo una salud de hierro. Soy persona de costumbres e igual que sigo siendo makinero en pleno año 2017, la radio siempre formará parte de mi vida. Hoy en día, disfruto como un bellaco con el Podcast de Hielo y Fuego, dedicado al maravilloso mundo creado por George R.R. Martin y a la serie de televisión de Juego de Tronos. En cuanto a cine, sigo La Órbita de Endor, otro reducto freak dedicado a series, películas y, por supuesto, a todo el mundo que rodea el fenómeno fan que se genera sobre dichos productos. Y, cualquiera lo diría por razón de nuestro antagonismo político, pero por las mañanas, siempre que puedo, escucho a Jordi Basté en su programa matinal de El Mon a RAC1; y es que, aunque no estemos de acuerdo en muchas cosas, Jordi Basté está tan enamorado de la radio como yo, y eso se nota. Por último, por supuesto, continúo escuchando a Juan Antonio, siempre, con sus Historias de la Historia, con sus Monográficos Zona Cero y sus Pasajes del Terror en mp3.

En definitiva, he estado y continúo estando en compañía de las ondas. Como parte activa, mediante mis podcast musicales y mis nuevos podcast dedicados a reflexiones; y como parte pasiva, como oyente y escuchante, como acompañado y no como acompañante, como fiel radioaficionado. Continúo estando en esta posición, como he dicho; posición que se remonta a mi tierna infancia y que, si los oídos me lo permiten, o mejor dicho, hasta que lo permitan mis oídos, continuaré manteniendo hasta que mi corazón deje de latir. Y pase lo que pase, llueva o nieve en este pedregoso camino que es la vida, sabré que no estoy solo mientras un hilo de voz me acompañe. Mientras la radio siga siendo mi fiel compañera.

17.09.2017 10:40

Ya tocaba. El calor empieza a dejarnos dormir por las noches tapados aunque sea con una fina sábana. Se acabaron las cervecitas, la playita, las terracitas y toda esa retahila de payasadas a las que se les añade el diminutivo por alguna suerte de sesudo motiv; yo no alcanzo a comprender a qué intrincado mecanismo mental responde, pero seguro que existe e informa todos los comentarios propios del veranito. No me cabe duda. El caso es que se acabó. Si bien es cierto que, a fecha actual, el equinoccio otoñal todavía no ha llegado, ya se percibe en el ambiente. Empieza mi época del año preferida. Sólo echaré de menos la ausencia de tela que cubre los hermosos cuerpos femeninos en verano; los tops, los pantalones que muestran media nalga, el top-less furtivo. En fin, no se puede tener todo en esta vida.

El caso es que, igual que os propuse una sesión veraniega para este 2017, ahora os presento una sesión otoñal para este mismo año. Me ha gustado el concepto estacional para proponer hasta cuaro sesiones de temporada cada año y, de este modo, ofrecer un nuevo proyecto dentro de Granollers on Fire. Proyecto que, si todo va según lo previsto, y el tiempo me lo permite, continuará con independencia que de arregle mis problemas informáticos que me impiden la grabación de podcast. Seguro que hay personas que agradecen no tener que escuchar mi voz. Va por Ustedes, que diría aquél.

Así que, sin más, os presento la Autumn Session 2017. He intentado hacer una sesión dinámica, algo comercial, que sea capaz de insuflar energía y buen rollo incluso en esos días otoñales lluviosos, grises y melancólicos. La música, al cabo, es como una cataplasma en una herida, como una pócima que puede cambiar nuestro estado de ánimo; un remedio sonoro a cualquier eventualidad. Y la vuelta al trabajo suele ser amarga. Os lo digo yo.

DJ HARDBEAT - AUTUMN SESSION 2017

Tracklist

1.- DJ Memonik - Down On Me

2.- DJ Fires - From ZGZ (Original mix)

3.- T-TY & Kullere - Oberhausen

4.- DJ Abraham K-Ostias - Ob-sex-ion

5.- DJ Hino - Mad Voices

6.- DJ Peyes & DJ Puertas - Hell In The Sky

7.- 3 Axis vol 2 - This is my song

8.- DJ Ruboy - Wild Base

9.- Javi Tracker - Move your body (Original Mix)

10.- DJ Ben & Suko - Mi vida sin ti

11.- Xavi BCN, Ruboy & Oscar Elemento - Paranoid Base

12.- Danger Level - Dreaming a history

13.- DJ Ray & DJ Suli - Pussy Base

14.- JD-Kid vol 1 - Tomorrow

15.- Buenri & Cesar - Acid Groove

16.- Javiolo & Flkey - Glath Death

17.- Kaimo K - Mayhem (Paul Denton remix)

18.- Pastis vs David Traya - Cosmic Nrg

19.- Chasis - Pussy Pussy

20.- Dougal & Gammer with Lyck - Make It If We Try

26.08.2017 22:07

No soy una persona a la que agrade el periodo estival para remojarse en agua salada o para simular a un lagarto bajo el sol. O simular a una tostada, mejor dicho. Todo depende del tiempo de exposición, del tipo de piel y de la falta de sentido común; remitiéndome, sobre el último particular, al apotegma de Descartes. No, no me gusta. De hecho, ir a playa me desagrada. Quizás una playa paradisíaca sin nadie a mi alrededor, agua cristalina y acogedora sombra natural, bajo un árbol o un saliente de roca, podría hacer mis delicias, pero normalmente me veo abocado a compartir estercoleros con gente inmunda. Aguas putrefactas, niños chillones, viejas abyectas con cuerpos infames, sol abrasador, arena en el bañador y chiringuitos que te venden cerveza cual si nos halláramos en el Chicago de los años 20, cual si la Ley Seca estadounidense siguiera vigente y pudieran cobrarte unos centilitros de alcohol a precio de roca lunar. En fin. El caso es que a veces toca. Tengo que hacerlo. Por aburrimiento, a petición de un amigo o por cuestiones conyugales. Y ese fatídico día 17 de agosto de 2017 allí me encontraba, en la playa de la Mar Bella, Barcelona, en remojo, cuando me enteré de los atentados que habían tenido lugar en esta misma ciudad. 

Un borracho, pensé al principio. No se daba demasiada información: un tipo en una furgoneta se había colado en mitad de las Ramblas y había provocado múltiples atropellos. Habrán sido los frenos, quizás. O las copas de Soberano, que son traicioneras después de comer. Las Ramblas están a pie de calle, así que era una explicación plausible, o al menos a mí me lo pareció. Total, que dejé a un amigo en la arena para que fuera informando y me metí en el agua. Esquivé algas putrefactas, me adentré varios metros y dejé atrás a todos esos guiris que abarrotaban la orilla como chinches. Me quedé haciendo el muerto, acunado por las olas, imaginándome muy lejos. No tardé demasiado en regresar, para mi desgracia, para encontrarme con una realidad espantosa: el atropello de las Ramblas no lo había perpetrado un borracho, sino un terrorista que se había llevado por delante a decenas de personas desde la entrada de las Ramblas del FNAC hasta el monumento de Miró. Me enganché al teléfono móvil. La información continuaba siendo confusa y quería saber qué cojones había pasado.

No voy a entrar en los dimes y diretes del atentado, pues son conocidos sobradamente o pueden conocerse a través de otros medios más fidedignos, extensos y completos que un artículo de mi blog. El hecho es que este atentado ha dejado 16 muertos y más de medio centenar de heridos. Mismo modus operandi que en otras ciudades europeas como Niza. Mismo motivo que en Londres, Berlín o París, que hasta la fecha continúa ostentando el triste hito de acumular mayores víctimas por terrorismo islámico. Nada nuevo, en definitiva. Ni extraño. Más de lo mismo que venimos acumulando en los últimos años, con la única particularidad de que había sido perpetrado en la ciudad que me vio nacer, en la ciudad en la que he vivido muchos años, en la que trabajo. Aquí y ahora, no allí y ayer. Pero el problema de fondo no tiene nada de nuevo.

¿Y ahora qué? Nos ha tocado a nosotros. Es muy fácil ponerse un avatar con la bandera de Francia, compartir un dibujo de Charlie Hebdo o hacer un comentario sentido desde la distancia. Ahora es aquí. En tu ciudad. En tu casa. No es nada nuevo, como he señalado en el párrafo precedente, pero la nariz que sangra, ahora, es la tuya y la mía. El puñetazo ha sido en nuestra cara. Sé que la solución no es generalizar, ni culpabilizar a todos los musulmanes. Ni hay que favorecer el racismo. No, la cosa no va por ahí. Pero hay que hacer algo… ¿o no?

Pues no. Lo que tenemos, hasta la fecha, es un debate intenso sobre los bolardos. Que si son necesarios, que se hubieran evitado el atentado, que si los ponemos con una maceta en su interior con hermosas flores, que si puede ser extraíble o retráctil, que si se avisó a la alcaldía de la ciudad, que si todos somos expertos en esa puta mierda de mobiliario urbano. Al parecer, olvidamos, en nuestra suma inteligencia, que estos asesinos tenían pensado atentar también con bombas caseras. Y por todo el mundo es sabido que, eh, si llevas una bomba lapa en tu pecho con metralla a espuertas y una copia del Corán en el bolsillo de la chaqueta, ni se te ocurra enfrentarte a un bolardo. Con su maceta retráctil, un bolardo reduce al terrorista en un santiamén, desactiva la bomba y así mismo lo convierte en un ciudadano modelo que hasta repercute el I.V.A. en sus operaciones comerciales. Cómo no se nos ha ocurrido antes.

Lo que tenemos, además de los bolardos, son tertulianos. Sí, esa gente maravillosa, esos adalides de sabiduría que impregnan con sus disertaciones las tertulias televisivas y radiofónicas. Comenzaron con los bolardos, pero no se detuvieron allí. Continuaron dando juiciosos consejos a la policía sobre cómo deben realizar su labor o criticando, a toro pasado, su falta de criterio, colaboración entre cuerpos y traslado de información. Algunos, aunque me cueste reconocerlo, pueden tener algo de razón, pero cuando estos comentarios son proferidos por personas sin ningún tipo de especialización, ni conocimiento científico, ni policial, ni de ningún tipo, de nada sirve que una flecha dé en el centro de la diana, pues se confunde con todas las demás flechas, que lo circundan. Qué harían los medios de comunicación sin la bocachanclez contumaz de los tertulianos. O sin su analfabetismo crónico. Quizás periodismo serio. Sólo quizás.

Y bueno, cómo no, también tenemos a los periodistas. Un contertulio es un mero peón, un soldado, pero todo Ejército tiene sus generales, aunque sea el de Pancho Villa. Ésos que, durante el minuto de silencio multitudinario realizado en el lugar de los hechos al día siguiente del atentado, se dedicaron a comentar, en voz baja, eso sí, lo bonitas que eran las flores. Ésos que se dedican a hurgar en la vida de los terroristas para que conozcamos su lado más humano. Eran unos chavales cojonudos, al parecer. Siembre saludaban. Ésos que inventan noticias, señalando que el mosso d’escuadra que abatió a los terroristas en Cambrils era legionario o que el atentado ha sido perpetrado por el C.N.I. contra el pueblo catalán. Ésos que aprovechan para hacer carnaza. Buitres que aprovechan la carne de las víctimas para llenar sus barrigas.

Pero eh, no se preocupen, que tenemos a los políticos. Y aquí la cosa va en serio. Pues, cómo no, es más importante el idioma en el que se expresan los cuerpos policiales que la información que éstos ofrecen. Bueno, y cómo vamos a desaprovechar la ocasión para ponernos al frente de una manifestación con rostro compungido, aunque nos importe una mierda lo que ha pasado y hagamos negocios con Arabia Saudita. Y, bueno, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, no vamos a perder la ocasión para hacer proselitismo nacionalista. Venga, sacad las banderas, desempolvad el discurso, lucid vuestra superioridad moral al viento como si no hubiera un mañana; saquemos buena tajada de todo esto. Los periodistas se han llevado lo más sabroso de la carne de las víctimas, pero los políticos todavía podemos sacar algo del hígado o de alguna víscera. Los huesos deben quedar mondos y lirondos. Hay gusanos que se dedican a limpiarlos hasta dejarlos convertidos en relucientes esqueletos. Seamos gusanos.

Y si por ello fuera poco, que no lo es, la población civil también ha hecho de las suyas. Efectivamente, tenemos avatar de Facebook con un fondo de la ciudad de Barcelona. Mark Zuckerberg tardó menos de dos horas en prepararlo. Un fenómeno. Y tenemos arte gráfico comprometido que sin duda devolverá la vida a las víctimas. O, mejor aún, tenemos en primicia al padre de un menor de edad asesinado en el atentado diciendo a los cuatro vientos, ante la prensa, que necesitaba abrazar a un islamista. Todo un ejemplo. Como aquellos que cuelgan en Twitter el mismo mensaje repetido hasta la extenuación sobre un taxista magrebí que recogió a una desvalida anciana con problemas de corazón el mismo día de los atentados y no le cobró el servicio, porque no todos los moros son iguales. Pero vamos, nada es más efectivo que asistir a una manifestación para olvidarnos de todo al día siguiente. ¿Qué más se puede pedir?

Pues nada. Todo se ha reconducido a un espectáculo mediático en el que los diversos actores ocupan su papel para la función. Mañana habrá otra obra de teatro, y pasado otra, como la semana que viene. Así que no se puede pedir nada más. El miedo pasará, las lágrimas de cocodrilo se secarán, los avatares se cambiarán por un selfie o una foto de los pies en la playa. Esta piedrecita del zapato desaparecerá... hasta que a alguien le interese volver a ponerla.  Y venderemos nuestra libertad por mayor seguridad. Porque ése, y no otro, es el verdadero objetivo del atentado: el terror. Y el terror, en nuestra querida sociedad occidental, siempre se traduce en pérdida de libertad. No hay nada más seguro que una jaula.

Así que, ¿ahora qué? Ahora nada. La función ha empezado, se ha interpretado y está cerca de concluir. Saldremos a seguir con nuestras vidas, ajenos a la realidad. Ajenos a que hay gente dispuesta a morir por una religión. Ajenos a que la vida siempre es un lugar terrible, inseguro y lleno de injusticias. Ajenos al problema social que ya tenemos en la actualidad y que sólo va a ir a peor. Ajenos al hecho de que la paz que tenemos camina sobre terreno frágil y que sólo con tesón, fuerza y decisión la podremos mantener. Ajenos a nuestra propia cobardía maquillada por fuegos de artificio.

Así que no te preocupes, Yassin, hijo de Tomasa, Al-Andalus caerá en tus manos como una fruta madura y podrás comprarte una afeitadora cojonuda para arreglarte esa barba chunga que me llevas. Tampoco te preocupes tú, querido político, cuando justifiques tu enésimo recorte a las libertades o cuando la población acepte que pinches sus teléfonos y leas sus e-mails, podrás ahorrar costes de campaña que podrás ocupar en otros menesteres más agradecidos, como putas o farlopa. Que nadie se preocupe. Aquí no ha pasado nada.

08.08.2017 14:34

Shit happens, que diría aquél. Expresiones en inglés que definen precisamente lo que quiero poneros de manifiesto. No es que sea yo persona muy dada al uso de neologismos o expresiones en otros idiomas, pero ésta, en concreto, tiene mucha fuerza: la mierda ocurre, según traducción literal. Una especie de vulgar “c’est la vie”. Un así es la vida con componente escatológico. Pero superemos las consideraciones terminológicas y vayamos al fondo del asunto. Periodo vacacional, agosto de 2017. Tiempo libre, podcast preparados pendientes de grabación. Micrófono en condiciones. Voz más o menos decente, teniendo en cuenta los malditos resfriados causados por los aires acondicionados. Todo preparado para continuar con la buena racha de podcast que he tenido que interrumpir por el trabajo. Pero entonces, shit happens. El jodido ordenador hace un ruido infernal, seguramente por un fallo de ventilación. Cada frase que grabo viene acompañada de un ruido de fondo similar al de un reactor de un Boeing 747. Y mi gozo acaba sumido en el más profundo de los pozos.

Y así estamos. No puedo hacer podcast hasta nuevo aviso. Hasta que pueda coger esta chatarra desde la que os escribo y tirarla por la ventana. Vivo en un sexto piso, así que su destrucción está garantizada, así como mi placer al ver desparramarse por el suelo los componentes informáticos que tanto me están tocando la moral, por no decir una parte del cuerpo muy concreta y colgandera. Pero para poder cumplir con mi sueño, previamente debo adquirir un nuevo equipo y no dispongo del numerario suficiente. Así que a joderse tocan. Al menos, de momento.

Ante estas circunstancias, y para mantener cierto nivel de actualización de la página web, pensé en ofrecer sucedáneos. Al cabo, un podcast musical no deja de ser una grabación compuesta por una interrelación de música con la voz de un locutor, todo ello con cierto orden interno. Si no puedo grabar mi voz ni explicar nada sobre la música que compone el podcast, ni por supuesto hacer mis comentarios innecesarios que seguramente os ponen de los nervios, nos queda, sin más, la música en puridad. Y si voy a poneros sólo música, al menos que sea mezclada, por supuesto. Ya tengo la solución.

Pues sí, soy así, lo siento. En lugar de compartir con vosotros una sesión sin más tengo que pegaros la chapa con excusas innecesarias, explicaciones que no os interesan y prolegómenos. Deformación profesional, imagino. O sencillamente la vana creencia de que a alguien le interesa lo más mínimo mi vida. Pero en fin, el hecho cierto es que este fin de semana he preparado una sesión veraniega que espero que disfrutéis, pese al calor, pese a los ordenadores infames, pese a la arena en el bañador. La sesión no repasa una época concreta, ni un estilo concreto, ni tiene más objetivo que el mero entretenimiento musical. De vez en cuando me apetece quitarme de encima tanta formalidad y, sencillamente, pinchar lo que me apetece. Y el resultado, al menos para mí, cumple las expectativas.

DJ HARDBEAT - SUMMER SESSION 2017

Tracklist

1.- Pont Aeri vol 8 - Sweet Revenge (Original Version)

3.- DJ Jordi K-Staña - Pole Base

4.- Suspicius - Black Time

5.- Endymion and Art Of Fighters - Let’s get in on

6.- Ruboy vs Tampo & K-Rlos - La Niña mecánica

7.- DJ Memonik & Ivan Bass - Warning Bass

8.- Nomada and Leño - Shengaya

9.- DJ Vic - Absurd Words

10.- The Partymakers - Synchronize

11.- Thorax feat MC Tha Watcher - A decade of syndicate

12.- Ruboy Alone - Yo soy la makina

13.- Javiolo presents Dinamik Recods vol 1 - Black Clouds

14.- DJ Baruk & Dan - With Or Without You

15.- Double Fantasy - Metaforas (Hardbase)

16.- DJ Newton & DJ Traka - Honorating To The Falen

17.- Diverse & Gammer - The Spirit

18.- Maket 03 - Hardstylez Bass

16.07.2017 20:52

Pocas imágenes hay más evocadoras que un lobo solitario aullando con voz profunda en lo más oscuro en la noche con la única compañía de la luna. Es una imagen que puede aterrar, pues nos despierta un miedo atávico: el de los lobos en la noche acechando a su presa desprotegida. En este acomodado siglo XXI, esto parece un cuento de viejas, pues si hay lobos, si alguno queda, están a cientos de kilómetros, tratando de no extinguirse ante la desaparición de los bosques. Pero nuestra mente colectiva recuerda. Todavía se le hiela la sangre ante ese aullido. Teme por su ganado, por su vida, por la de sus hijos. Pero esa imagen va más allá del propio lobo, de sus carnívoras intenciones y del sonido de su profundo aullido; pues la luna, al cabo, es la que ilumina la escena. La misma luna a la que aúlla el lobo. La misma luna que nos permitía ver a esos lobos acercarse, pues era el único atisbo de luz en la oscura noche. La misma luna que nos hacía, hace y hará mirar hacia el cielo. La misma luna que un día pisamos.

Nunca me ha quedado claro si el conocimiento es todavía más maravilloso y sorprendente que las leyendas que creamos ante el desconocimiento. Y es que adorar a la luna como una deidad y vanagloriarse de su luz nocturna tiene algo de mágico, de místico; pero saber que se trata de un satélite natural que se encuentra a 300.000 kilómetros de distancia, que tiene el tamaño del continente europeo, que surgió del impacto de un cuerpo celeste contra la prototierra, que se mantiene en órbita a nuestro alrededor gracias a la invisible fuerza de la gravedad, que controla las mareas y los reflujos electromagnéticos de la Tierra, que mantiene la inclinación de la Tierra,  que permite la existencia de las estaciones y que, en suma, complementa desde su lejana distancia el frágil equilibrio que permite la vida en la Tierra, no puede mostrarnos más que la realidad siempre supera la ficción. Y que la luna es todavía más alucinante de lo que pensamos.

Esta semana se cumplen 48 años desde que Neil Armstrong, junto con su compatriota Buzz Aldrin, pusieran un pie en la superficie de la luna. Hace casi cinco décadas que la experiencia se añadió al conocimiento. Que un hombre pudo ver, tocar, sentir, más allá de imaginar o de hacer cálculos. Que tuvo ocasión de vivir la ciencia. Tras una década de esfuerzo, los Estados Unidos de América hicieron posible la gesta, arrebatándole a la Unión Soviética la escalada de hitos espaciales que habían iniciado con el Sputnik o con Yuri Gagarin. Fueron momentos de euforia en Occidente. Puede que uno de nuestros mejores momentos.

Dicho lo cual, no nos engañemos. La carrera espacial nunca tuvo por objeto el conocimiento, la exploración y la fascinación hacia la luna y el espacio. Todo ello no fue más que un excelso efecto secundario, un efecto colateral necesario, el fruto inesperado de un árbol que sólo pretendía mostrar su poder. Un pulso entre dos grandes potencias. Esta situación se pone de manifiesto a la vista de que el interés hacia el espacio exterior ha venido decreciendo paulatinamente y sin freno desde hace más de cinco décadas, pese a los avances, pese a la tecnología, pese a las posibilidades existentes. El exiguo atisbo de exploración especial actual se desarrolla ante la asfixia financiera, la falta de recursos, el descrédito público y la apatía social. Poco queda de aquellos sueños, a pesar de que, habiéndolos alcanzado, eran todavía más maravillosos de lo que pensábamos.

Pero si hay algo que no nos pueden arrebatar ni los actuales gobiernos y ni estupidez occidental actual que nos llevará a la irrelevancia más absoluta, son los hitos alcanzados. Aquello se hizo, se logró, se alcanzó, y su recuerdo puebla nuestra mente con el objeto de que creamos en lo que el ser humano, cuando se lo propone, es capaz de hacer. Que el pequeño paso de un hombre fuera capaz de mantener a miles de millones de personas en vilo. Que una simple huella fuera el símbolo de una proeza mayúscula, impensable para nuestros ancestros. Y que la clave de todo ello fue la colaboración: Neil Amstrong sólo era un hombre, pero miles de manos lo auparon, millones de personas le apoyaron. Muchos países intervinieron. Incluso la pobre España.

Los latidos de la luna

Nervios. No era para menos. Miedo. Atrás quedaba no sólo la zona segura que tanto abunda hoy en día, sino la propia atmósfera terrestre. Valor. Nada se ha conseguido nunca sin riesgo. Orgullo. Toda una nación contenía el aliento, expectante, mirando hacia aquella nave espacial que apuntaba hacia el cielo. Historia. Sí, Historia, en mayúscula. Aquello estaba sucediendo. La cuenta atrás había comenzado. Y llegaron los últimos segundos. “Twelve. Eleven. Ten. Nine. Inginition secuence start. Six. Five. Four. Three. Two. One. Zero. All engines running. Liftoff! We have a liftoff! 32 minutes past the hour, liftoff on Apollo 11. Tower clear.” A una velocidad de impulso de casi 10.000 km/h, el poderoso cohete Saturno V impulsó la nave Apolo 11 hasta los 62 kilómetros de altura antes de desprenderse. Posteriormente, la segunda etapa de combustible entró en juego, manteniendo la velocidad de escape hasta alcanzar la altura de 190 kilómetros, muy por encima de la mesosfera, desprendiéndose igualmente y quedando totalmente desintegrada al impactar contra la atmósfera. En poco más de 10 minutos, la Tierra había quedado atrás. El reloj marcaba las 15:42 del día 16 de julio de 1969.

La monitorización de la misión quedó en todo momento centralizada en el Lyndon B. Johnson Space Center sito en Houston, Texas, E.U.A. Desde dichas instalaciones oficiales de la N.A.S.A., se controlaba hasta el más mínimo detalle de la misión. No obstante, esa monitorización centralizada hubiera resultado totalmente imposible si no hubiera contado con otros receptores y emisores de información adicionales al localizado en la propia Houston, pues la esfericidad de la Tierra y de la propia Luna, así como la rotación de dichos cuerpos celestes, requerían necesarias triangulaciones a fin de no quedar completamente cortada la comunicación durante determinados momentos del trayecto; algunos de ellos muy importantes, como el propio alunizaje. Para ello, era preciso contar con tres localizaciones separadas entre sí 120 grados en relación al centro de la Tierra para que, durante la misión, cada una de estas localizaciones pudiera transmitir y recibir información en un periodo temporal de 8 horas diarias, completando las 24 horas del día con una rotación completa de la Tierra. Sencillo y elegante, realmente. Física pura. La comunicación entre estas tres localizaciones se realizaría por cable submarino, ya que Internet no era mucho más que un proyecto en desarrollo en aquella época (precisamente, en diciembre de ese año, se inauguraba la ARPANET, predecesora de la actual Internet).

A la vista de estas circunstancias, la N.A.S.A estableció una estación espacial en Camberra, Australia, para controlar el tercio de la Tierra que correspondía al este de Asia y la mitad oeste Pacífico, y pensó en España para instalar la tercera estación espacial, a fin de que se controlaran, desde dicha ubicación, el tercio de la Tierra que correspondía a Europa, África y el oeste de Asia. Las relaciones entre ambos países estaban en buena forma, pues España había cedido a Estados Unidos cuatro bases militares en 1953 en el contexto de la Guerra Fría, con buenos resultados, por lo que no sería complicado alcanzar un acuerdo. Y así fue. El Gobierno Federal de Estados Unidos, menos de un año después del asesinato de J.F.K., alcanzó un acuerdo con el Gobierno de España para instalar una instalación espacial en Fresnedillas de la Oliva, Madrid, en fecha 17 de febrero de 1964.

Con poco más de 1.500 habitantes, esta pequeña población madrileña entró en la historia de la Humanidad. Hasta que, en fecha 4 de julio de 1967, se inauguró la Estación Apolo, este pueblo era conocido por los fresnos y por las olivas, que daban nombre al municipio; pero aquel 15 de julio de 1969, las transmisiones de la mayor expedición realizada por la Humanidad dependían de la antena parabólica Cassegrain de 26 metros de diámetro instalada en la humilde instalación espacial sita en Fresnedillas de la Oliva.

Como explica en una entrevista D. Carlos González, director de operaciones de la N.A.S.A en Madrid en aquella época, la participación de Fresnedillas en la misión Apolo XI era capital, puesto que les pertocaría a ellos, precisamente, controlar las transmisiones en el momento más peligroso de la misión: el alunizaje. Hubo problemas, como es sabido, pues no pudieron aterrizar en la zona que tenían prevista, por lo que Neil Armstrong tuvo que improvisar y buscar un emplazamiento sin rocas para hacer descender el módulo lunar. Finalmente, con los nervios a flor de piel y a falta de 17 segundos de quedarse sin batería, tocaron tierra. O, mejor dicho, tocaron Luna.

Según narra el propio D. Carlos González, desde Houston enviaron una transmisión a los astronautas pidiéndoles que se echaran una siesta, pues querían retransmitir en directo desde E.U.A. el momento mágico de un hombre pisando la superficie de la Luna y para ello debían esperar unas horas. Evidentemente, los astronautas les dijeron que si estaban locos, que cómo iban a dormir en una situación semejante. Se pusieron los trajes y esperaron pacientemente hasta que llegó el momento. Yo, en esta coyuntura, ya me habría mordido las uñas hasta el codo, pero ellos aguantaron estoicamente. Les dieron la orden. Y entonces… “That’s one small step for man, one giant leap for mankind”.

D. Santiago Vázquez, periodista de Televisión Española encargado de la retransmisión del evento, se encontraba en la Estación Espacial de Fresnedillas en el momento en el que Neil Armstrong y Buzz Aldrin culminaron la gesta. Entre las numerosas pantallas y dispositivos que monitorizaban la misión y que estaban conectadas tanto con Houston como con el Apolo XI, se fijó en una de ellas: la que controlaba las pulsaciones de los tres astronautas. Raudo, conocedor de la importancia del momento, llamó al Director de Informativos de RTVE, apremiante, a fin de que le diera conexión inmediatamente para dar una noticia histórica. Toda España, y posteriormente todo el mundo, escuchó estas palabras desde Fresnedillas de la Oliva, Madrid: “Señoras y señores, desde la Estación Espacial de Fresnedillas, de nuevo con ustedes, pues tenemos una noticia de alcance mundial en relación con el Apolo XI. En estos momentos, en sus televisores, y en los monitores de la Estación de Fresnedillas, podemos ver el latido cardiográfico y el trazado electrocardiográfico de los tres astronautas. El corazón del hombre en la luna por primera vez en la historia. ¡Es un momento único, que sólo transmite la Estación española de Fresnedillas para todo el mundo! Y ahí tenemos los latidos del corazón del comandante de la nave, Neil Armstrong, el más nervioso de todos, 150 pulsaciones por minuto. Y antes de posarse tenía 110 latidos. Y Aldrin, qué podemos decir de Aldrin. Pues como pueden ver, es el más sereno de todos, únicamente tiene 70 pulsaciones por minuto. ¡Increíble para la trascendencia de esta hazaña! Y en cuanto a Collins, arriba en el Columbia, que lleva este nombre en honor a Cristóbal Colón, 120 latidos por minuto. Collins está solo pero sabe aguantar su corazón. ¡Es la primera vez que el corazón del hombre late, y lo estamos viendo en estos instantes, en la Luna! (…) ¡Un día, se lo podremos contar a nuestros hijos, y a nuestros nietos! ¡Es el triunfo del hombre sobre la máquina! ¡Es el triunfo de toda la Humanidad! (…)”.

La epicidad del momento era insólita, sublime, y todo el mundo era partícipe. Pero en el punto más álgido de la montaña rusa, sólo queda el descenso. La exploración lunar se mantuvo unos años, pero acabó por dejarse de lado. Los fondos empezaron a escasear. Y el día 1 de marzo de 1985, se clausuró de manera definitiva la histórica Estación Espacial de Fresnedillas. España, como el resto de Occidente, ha desechado la exploración espacial de sus prioridades nacionales. Si bien es cierto que las misiones no tripuladas continúan, tanto a la Luna como a Marte y otros planetas, y que la Estación Espacial Internacional todavía sobrevuela por encima de la Tierra, ya poco queda de aquella magia, de aquella voluntad, de aquel ánimo de superación. No obstante, nadie nos podrá quitar ese momento. Ni Fresnedillas olvidará nunca el día en el que, junto con Armstrong y Aldrin, tuvo ocasión de pisar la luna.

Pero claro, como esto es España, y no podía faltar la anécdota bizarra para acabar este artículo, es preciso referirse a un episodio verdaderamente singular que tuvo lugar tras la popularidad que ganó la Estación Espacial de Fresnedillas una vez finalizada la misión Apolo XI. Según explica el director de la Estación Espacial de Fresnedillas, D. Luis Ruiz de Gopegui, el alcalde del pueblo vecino de Navalagamella se le presentó un día en su despacho, algo atribulado, a fin de peticionarle que, a partir de ahora, la Estación se llamara de Fresnedillas-Navalagamella, pues de lo contrario los vecinos del pueblo lo iban a correr a gorrazos, ya que, como la Estación ocupaba un poco de terreno de Navalagamella, ellos también querían compartir la gloria de Fresnedillas. El Sr. Ruiz de Gopegui les dijo que a él le daba igual, que hablaran con la N.A.S.A. Al final todo quedó en nada, pero no hay información sobre si el alcalde acabó en un pozo tras este episodio.

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