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12.04.2019 13:17

Todavía no me lo creo. Veo fotos y vídeos, leo comentarios de la gente, escudriño mis recuerdos. Escucho lo que sonó aquella noche en mi casa, una y otra vez, pensando para mis adentros que no, que no es posible. Todavía no me lo creo, en serio. Hay que estar mal de la cabeza para creerse que en una sala que se llama Salseo un servidor de ustedes haya hecho el indio con el Desperation - Our Reservation delante de la cabina como si fueran los salvajes años 90. Hay que estar como una regadera para imaginar que en pleno 2019 sonase el General Noise - Rotterdam Subway en una sala abierta al público y no en mis cascos mientras camino por la calle. Zumbado perdido, vamos. De atar hay que estar para llegar a imaginarse que se haya acabado una sesión discotequera en Gerona durante este mismo mes de abril con hardcore guitarresco a las seis y media pasadas de la mañana. Pero pasó. Vaya si pasó. Y no sólo durante la residencia de David Pastilles en la Sala del Cel de 1992 a 1994, sino en reciente y ya histórico día 7 de abril de 2019. Y aunque no me lo crea todavía, yo estuve allí.

La cosa se remonta a hacer poco más de un mes. Navegando por internet, sin ton ni son, tratando de encontrar algo con un mínimo de interés en la anodina red social de turno, lo vi: un negro, sencillo y conciso cartel que anunciaba un homenaje de DJ Pastis a la Sala del Cel. “On va començar tot”, rezaba. Saltó una chispa, un resorte, un aviso. Ojo. Danger. Esto no es una fiesta cualquiera, pensé. Aquí no va a sonar el maldito New Limit - Smile ni las típicas y tópicas canciones que me aburren hasta decir basta. Esto es cosa seria de verdad. Tenía que dar la voz de alarma a todo mi núcleo duro de reputados makineros. A mis mejores amigos, a esos irredentos fiesteros de pedra picada que sin duda compartirían mi ansiedad por asistir al evento. No podíamos obviar algo así.

La primera acogida no fue demasiado efusiva. Bueno, podríamos ir, no estaría mal, me dijeron. Ya verás como al final no vamos a ir. No será para tanto, me decían otros. Yo me emperré, por supuesto. A tomar por culo la remember tal, la discoteca cual y el compromiso con no sé quién en no sé dónde, una fiesta así no la hemos visto igual en nuestra puta vida, pues en 1994 todavía íbamos en pantalones cortos y coleccionábamos cromos de Dragon Ball. La cosa quedó allí, en el aire, en el bar Cohi-Bar de Ripollet, mientras seguíamos cerveza arriba, cerveza abajo. Qué bien te va el negocio, Patxi.

Fue a la semana siguiente, creo. En el mismo sitio. Las cervezas siempre son buenas consejeras, quizás, y la idea que planté durante la semana anterior germinó con una virulencia inusitada. De hecho, fue visto y no visto: sacamos el tema, se comentó brevemente y en menos de lo que tardé en darle dos sorbos a la Mahou, ya habíamos alquilado un apartamento en el puro centro de Girona para la noche del día 7 se abril de 2019. Ya estaba hecho. No había vuelta atrás. Las cosas que pasan en la terraza de tu negocio, Patxi.

Y llegó el día. El fin de semana que nunca olvidaremos. Por supuesto, el núcleo, el hueso del aguacate, fue la fiesta en la Sala del Cel, pero el antes y el después acompañaron, maximizaron y enloquecieron un evento que ya de por sí tenía por objeto hacernos perder la poca cordura que tenemos. El viaje de Gerona ya nos dejó una imagen hermosa: un pique con un Mercedes Clase A lleno de hermosas mujeres que acabó con un adelantamiento por la izquierda a más de 150 km/h con las nalgas de un amigo asomando por la ventana derecha trasera. La imagen seguramente fue evocadora para aquellas rubias luxemburguesas que había venido a la Costa Brava a disfrutar del buen tiempo. Un culo les dio la calurosa bienvenida que merecían.

La entrada en la ciudad de Gerona fue menos evocadora. Bueno, miento, sus calles empedradas, sus bares, su gente y sobre todo su vida crepuscular nos llenó de ilusión y buenas sensaciones, pero aparcar los vehículos fue complejo y mucho más circular por el casco antiguo sin saber hacia dónde nos llevaban aquellas calles adoquinadas. Finalmente, encontramos un lugar adecuado en las afueras, aparcamos los coches, cogimos nuestros bártulos y nos dirigimos a buen paso al apartamento sito en una calle del puro centro de Gerona, a unos 150 metros del Ayuntamiento. De camino, obtuve la primera sorpresa de la noche: me encontré a usuarios del foro www.radicalresistance.com que, como yo, no tenían intención alguna de perderse aquella fiesta. De Madrid a Gerona hay pocos kilómetros si se trata de un evento de esta naturaleza. Su presencia auguraba música dañina. Hype en aumento.

Una vez personados en la puerta de entrada al apartamento, sentimos cierto pavor. ¿Dónde coño nos hemos metido? Una puerta de manera astillada, vieja y mohosa daba entrada a un lúgubre pasillo que disponía de un grifo a media altura –que, dicho sea de paso, iba a dar mucho juego posteriormente-. Las escaleras eran siniestras, empinadas, y en el segundo piso había un ventanal de vidrio antiguo con más mierda que el palo de un gallinero. Sin embargo, nuestras dudas se esfumaron al cruzar la puerta que daba directamente al apartamento, en la tercera planta: Muebles nuevos, acogedores espacios, un cuadro gigante, un cómodo sofá y una estatua de una negra con los pechos al aire que proyectaban lujuria. Ahora sí. Esto sí. Comencemos.

Paseos nocturnos, hamburguesas sabrosas, preguntas sobre el tamaño de la butifarra a una camarera negra que, en cierto modo, recordaba a la estatua mencionada en el anterior párrafo; goles de Suárez y Messi al Atlético de Madrid, canis tatuados de Gerona con pinta de robaviejas, precio razonable del garito, ganas de chupitos incipientes; ginebra catalana y ron caribeño, sifón por la ventana, bailes absurdos, vociferaciones por doquier, fotografías interminables, mucho tabaco y música, música y más música. El trance que media desde que nos instalamos en el apartamento hasta que llegamos a la puerta de la Sala del Cel fue épico, como no podía ser de otra manera. Un aperitivo en condiciones. Ni que decir tiene que el grifo del siniestro pasillo se abrió a su máxima capacidad antes de salir hacia la sala, con desastrosos y acuosos resultados. Liada parda. Cualquier atisbo de inhibición en el comportamiento se había esfumado. Había llegado el momento.

Y, entonces, casi sin darnos cuenta, click, el portero de la discoteca verificó nuestras entradas a través del código de barras y nos dirigimos al interior de la discoteca que llevábamos un mes deseando pisar. Poca broma: era mi primera vez en la mítica Sala del Cel. Sé que dejé la chaqueta en guardarropía y me di un paseo de reconocimiento por la sala, as usual, pero mi cerebro borró esa inútil información: el primer recuerdo que tengo de la sala, el más claro, el más elevado y el que perdurará en el tiempo, es escuchar y bailar sin freno el Tesox - Go Ahead London delante de cabina. Mi cabeza estalló. Las piernas se me movían solas. Una sonrisa se me dibujó en la cara. Si empezamos así, cómo acabaremos, pensaba. “¿Pero esto qué es?”, chillaba, como si no me lo creyera. Y es que todavía no me lo creo.

Aunque aspiro fútilmente a ser una especie de enciclopedia musical, desconocía más de la mitad de las canciones que sonaron aquella noche, pero no me importaba en absoluto. Al revés. Cada vez que no reconocía una canción era para convencerme a mí mismo de que necesitaba ese tema. Cada canción desconocida era un soplo de aire fresco que venía desde 1994 hasta 2019 y nos daba a entender de manera contundente y sin decirlo que tenemos electrónica de sobra en los 90 para no repetir las mismas canciones de siempre en las remembers. Se decía en los reñideros makineros: “¡Ay, si Pastis sacara su maleta oculta!”; y, al parecer, se debían referir a la que eligió aquella noche. Bendita maleta. Benditas canciones desconocidas.

En cuanto a las canciones conocidas, qué decir. La discoteca se vino abajo con el Velocity - Future, bailó como si no hubiera un mañana con el Casseopaya ‎- Overdose, quemó zapatilla con el Nando Dixkontrol - Megadixk N° 8 y se volvió loca con el himno no oficial de la Sala del Cel de David Pastilles, el espectacular Alien Factory - Beta Music (Hangover Remix). Semanas antes, un amigo y yo hablábamos de una canción que escuchamos una antigua sesión que nos hizo intercambiar miradas de complicidad cuando sonó en la fiesta: Lunatic Asylum - The Meltdown. Y, en mi caso, me faltó poco para echarme a llorar cuando sonó una de las mejores canciones de la música electrónica, según mi criterio: El Cosmic Baby - Fantasía. Me puede esta canción. Sus sonidos, su melodía, las sensaciones que transmite, que cabalgan entre la melancolía y la esperanza, su manera de evolucionar durante sus ocho minutos de duración. Bailarlo en una discoteca con un público entregado, al lado de tus mejores amigos, con nada menos que DJ Pastis en cabina, es un lujo. Un regalo que no podría agradecer suficiente en modo alguno. Elevación espiritual máxima. Estas cosas hay que vivirlas, coño.

El resto de la noche transcurrió sin que en ningún momento bajara el nivel; asunto, éste, que debe ponerse en valor, pues no es fácil en una sesión de más de seis horas. DJ Pastis estaba entregado, se le veía disfrutar, saltar, reír, chillar: era uno más de la fiesta. Y eso, queridos lectores, es una de las claves de su éxito. Quizás no tendrá millones de seguidores, pero los que lo somos, lo somos de verdad. Fieles a su estilo. Agradecidos por su esencia, por su manera de ser. Por ser una persona auténtica hasta las últimas consecuencias. Y allí le acompañamos, hasta el final, hasta que sonó la mítica mezcla del New England - Give It Up con el Maurizio Braccagni - XTC vol 1 (Rotterdam Version) y hasta que nos mató definitivamente a todos con tema guitarresco que no entraba en la cabeza. Apoteósico hasta el final.

El regreso a la realidad de las calles de Gerona tras aquél interminable orgasmo musical no fue, en absoluto, un hecho doloroso o traumático. Ni siquiera se intuía abatimiento o el típico sentimiento de vacío posterior a un momento irrepetible. En absoluto. Recuerdo acabar chupándole el culo a una estatua leonina mientras uno de mis amigos cogía una escoba y se ponía a barrer una plaza hasta que el pobre trabajador que sí que se dedicaba profesionalmente a tal menester apareció en escena con una mezcla de estupor y pavor dibujada en el rostro. Me viene a la cabeza el sol apareciendo mientras recorríamos las calles de Gerona dirección al apartamento, donde devoramos fuet con pan como si lleváramos semanas aquejados de inanición.

La música volvió a sonar en el apartamento mientras algunos compañeros de fatigas trataban de dormir sin ningún éxito. Se encontraron son sopletes hechos con desodorantes, detergente volando y vociferaciones sin sentido que impidieron ningún descanso. Al final, uno de estos bellos durmientes salió al balcón, tocándose de manera indecorosa sus partes pudendas, y llamó fascistas a gritos a unos corredores que aprovechaban aquella hermosa mañana de domingo para hacer una maratón. “¡Feixista, vostè, feixista!”, indicaba mi amigo a un corredor, que se giró sin comprender nada. No eran conscientes de que el hecho de correr con salud mientras otras personas seguían de fiesta era un acto de puro fascismo que debe ser reconocido por la Real Academia Española. Al final, incluso los más irredentos fiesteros tuvieron que deponer su actitud, cayendo sobre cualquier superficie al objeto de fallecer de extenuación.

Lo mejor vino cuando, a las 12:00h en punto, aporreó salvajemente la puerta la propietaria del apartamento para que lo desalojáramos de inmediato. Seguramente habréis visto películas o series de muertos vivientes, así que no es preciso que entremos en detalles. Sólo diré que un amigo, que había caído en un sueño profundo, fue incorporado con cariño pero con firmeza y desplazado de la cama hasta la pared en la que se le aparcó como si de un saco de patatas se tratara. Allí abrió los ojos y comprobó estupefacto la presencia de una mujer. “Però quants sou?”, dijo la propietaria, que descubría una amarga sorpresa tras otra. “No us vaig dir que no es podia fumar?”. Esto, es que, bueno, en realidad fumábamos en el balcón, señalaba el pobre colega que había arrendado el apartamento, mientras trataba de justificar sin éxito la existencia de colillas en la encimera de la cocina. Terrible.

Salimos de allí apresurados bajo las espuelas de una cabreada propietaria, que detectaba más irregularidades normativas cada minuto que pasaba en el apartamento, y nos fuimos a la plaza de la Iglesia a echarnos algo al estómago –no sin antes darle media vuelta al grifo del siniestro pasillo para rematar la trolleada-. Servidor de ustedes, que en ocasiones parece gilipollas, se comió un batido de kiwi y una naranja, elementos poco recomendables ante un estómago ya revuelto. Y ahí acabó el fin de semana, pues el siguiente evento fue ir a buscar los coches y volver a casa más muertos que vivos, pero absolutamente satisfechos.

Normalmente no suelo explicaros mi vida más allá de introducir un tema mediante un elemento personal, pero en este concreto caso me lo pedía el cuerpo. Tampoco es habitual que os muestre mi lado más gamberro y quinceañero, que atesoro aunque supere la edad de Cristo, pues normalmente soy persona algo más sensata de lo que se deduce del relato que hoy os presento; pero hay veces que para huir de la rutina de un adulto responsable cabe regresar a la irresponsabilidad adolescente. En fin, el caso es que el evento discotequero no habría alcanzado semejantes niveles de épica sin un antes y un después a la altura de las circunstancias. Y al cabo, todo relato subjetivo se fundamenta en sensaciones, en vivencias particulares, por lo que es importante contextualizar. Dicho de otro modo, la música fue muy importante, pero vivir esa fiesta con mis mejores amigos fue un elemento igualmente capital en la valoración general del fin de semana. Gracias, cabronazos, por ser como sois.

Al final, fijaos, me lo voy a tener que creer. Pasó.

Un fin de semana inolvidable.

08.03.2019 13:50

Artículo precedente: Historias de España - ¡Viva la Pepa! (1812) (II)

Por lo general, cuando os presento un artículo histórico, os invito a viajar mentalmente a épocas pretéritas más épicas, interesantes, en ocasiones brutales y siempre significativas, por mediación de algún vínculo con la anodina actualidad. No sé si lo recordaréis, pero inicié esta serie de artículos históricos vinculando a Luis Bárcenas con nada menos que el Gran Capitán, utilizando como hilo conductor entre ambos individuos el uso de la contabilidad creativa para la malversación de fondos públicos. Por supuesto, el antiguo tesorero del PP, pese a su parecido con el mafioso de Los Simpson, es un personaje mediocre e insignificante en comparación con Don Gonzalo Fernández de Córdoba, que le vaciló nada menos que a Fernando el Católico. Servía a mi propósito, pero poco más. Es una excusa para hablaros de historia, a decir verdad. Un pretexto. Y ésta es la máxima: conocer un pasado glorioso frente a un presente aburrido; frente una moderna actualidad que recoge las migas que quedan de la tierna, perfumada y sabrosa hogaza histórica.

No obstante, este 2019 ha irrumpido en la historia de España con una fuerza que, si bien era previsible en su gran parte, no acababa de vislumbrarse con la nitidez necesaria. Habrá quien se indigne, habrá quién exija cabezas cortadas en bandejas de plata; habrá quien apele a la historia, real o ficticia; habrá el que se mantenga fiel a la legalidad vigente; habrá el legitimista, el que justifica el legalicidio; habrá el que haga espectáculo; e incluso habrá el que se desdiga por cobardía. Habrá, al cabo, actuaciones tan diversas como colores -o como culos, utilizando una expresión más castiza-, interpretaciones variopintas y hablillas de muy diversa naturaleza, tanto de los actores como del público de la obra. Pero el hecho cierto es que la Causa Especial nº 20.907/2017 que se sigue ante el Tribunal Supremo contra el Govern de la Generalitat de Catalunya, en pleno, que declaró unilateralmente la independencia de Cataluña el día 27 de octubre de 2017 tras la celebración de un referéndum el día 1 de octubre de 2017 es pura historia de España.

Por supuesto, no voy a entrar a valorar ni la pertinencia del juicio, ni la bondad de los acusados, los acusadores o el propio Tribunal, ni voy a iniciar una serie interminable de disquisiciones profesionales sobre cuestiones de carácter procesal, formal, material, conceptual y epistemológico. Éste no es el objeto del artículo. Cada cual tendrá su propio criterio para valorar lo que allí se encausa, ya sea el qué, el cómo, el por qué o incluso el quién. El asunto que a mí me interesa, a los efectos pretendidos, es el objeto subyacente de este proceso penal. No es la rebelión. No es la desobediencia. No es el incumplimiento de la Ley. No es si una declaración política tiene consecuencias jurídicas. No es lo contingente de los actos de los acusados. El objeto de fondo de este procedimiento judicial es la soberanía nacional. Es lo que está en juego.

A mí, si os soy sincero, me agota esta palabreja. Me hastía. Me da pereza entrar en el gazpacho conceptual que hemos creado en este país. Hay personas que no se sacan esta palabra de la boca, pero yo no la saco más que cuando es necesario, como en el presente artículo. No obstante, me guste o no, es un asunto de radiante actualidad y cuyo debate, en torno al independentismo catalán, deberemos afrontar seriamente en España. Por supuesto, existen elementos distorsionadores que echan más leña a un fuego, como los nacionalismos excluyentes, de un bando y del otro; existen, asimismo, los habituales pescadores en río revuelto, políticos y cantamañanas que medran en el caos generado y que no tienen la más mínima voluntad de solucionar un problema que, a la postre, han creado; y existen personas absolutamente radicalizadas que abominan de cualquier argumento racional u objetivo y que aplican el principio, tan futbolero, de Viva el Betis, manque pierda; pero algún día, de alguna forma, deberá solucionarse este entuerto.

La parcelación de la soberanía nacional es una de las soluciones. No la deseable, al menos según mi criterio, pero es un medio para resolver un conflicto frente a la aplicación implacable, automática y acrítica de la Ley, que tampoco es lo deseable El conflicto de fondo es político, no jurídico, por lo que, aunque se condene por sus actos a los líderes que hayan incumplido la Ley, el problema subsistirá, y puede que se agrave. Con ello no quiero liberar de responsabilidad a las personas que hayan antepuesto la supuesta legitimidad contra la legalidad, vigente, sino ofrecer, a nivel general, otra suerte de solución más profunda, más de fondo, más duradera que la contingencia de los hechos consumados. Por ello, el Tribunal Supremo decidirá sobre hechos, pero el fondo es lo que debería interesarnos, más allá de su resultado.

Y ese fondo viene de lejos, creedme. No obstante, este debate soberano, a finales del siglo XVIII, era muy distinto. En aquella época, el asunto de la soberanía era mucho más sencillo: la misma se ejercía de abajo a arriba o de arriba a abajo. Y ahí fue donde la población dio un fuerte puñetazo sobre la mesa en aquella revolucionaria y fascinante Cádiz de 1812 parte darle la vuelta a la tortilla soberana (me gustan las referencias gastronómicas, que le vamos a hacer). Porque la Constitución que allí se aprobó (en adelante, me referiré a ella como la CE-1812) precipitó un cambio absoluto en el concepto de soberanía de la nación española. Allí, en Cádiz, en aquella época, se bregaba algo que hoy vemos incuestionable, pero que en un momento de la historia tuvo que cuestionarse: el Rey o el Pueblo.

Posteriormente, como veremos, por razón de la infame derogación de esta Constitución y la vuelta al absolutismo, entró en juego una problemática de similar naturaleza a la actual: se produjo la independencia de la práctica totalidad de los territorios americanos. Y de ello podremos sacar algunas conclusiones o, al menos, notas a pie de página.

En cualoqui9er caso, empecemos por el principio. Con la soberanía, con el germen de todo poder público, con el primer artículo de cualquier Constitución que se precie, entramos en el análisis material de la C-1812. Que ya va tocando, ¿no?

LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1812

La soberanía nacional

Antecedentes

Sobre este particular, la Real Academia de la Lengua Española define la palabra soberanía, en su segunda acepción, que es la que nos interesa, como el “poder político supremo que corresponde a un Estado independiente”. En cuanto a qué es el poder, la misma Entidad señala, en su primera acepción, que significa “tener expedita la facultad o potencia de hacer algo”. En definitiva, la soberanía se refiere a quién ostenta el poder político y qué facultades tiene este poder. Cómo se ejerce. Hasta dónde llega. Y ahí, en el quién, es donde debemos centrar nuestro análisis.

En España, la soberanía, desde su fundación hasta finales del siglo XVIII, la ostentaba la Monarquía. Con mayor o menor acierto, eran los Reyes los que ostentaban los tres poderes de la nación: legislativo, ejecutivo y judicial. Hacían las leyes, las ejecutaban y procuraban su cumplimiento. Por supuesto, había muchos matices: los nobles tenían mucho que decir al respecto, así como los gremios de artesanos, los diferentes consejos regionales y nacionales, entro otras instituciones sociales o fuerzas vivas que contrarrestaban el poder del Rey. Lo que acontece, verbigracia, en Canción de Hielo y Fuego, no es una invención de George R.R. Martin. Así funcionaba realmente la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna; dragones aparte, claro está. El juego de tronos no implicaba sólo al Rey.

No obstante, iniciado el siglo XIX, lo que nos encontramos en España es una Monarquía muy debilitada y casi patética: Carlos IV era un perfecto imbécil que dejó su gobierno (y se dice que el pubis de su legítima) a un guardia de corps venido a más llamado Manuel Godoy, de ingrato recuerdo para todos. Su primogénito, el Príncipe de Asturias, que llegaría a ser el futuro Fernando VII, era conocido por ser una persona sin escrúpulos, traicionera, que depuso a su propio padre, que le lamió las botas a Napoleón y que, pese a los intentos del pueblo español, resultó ser un monarca absolutista nefasto que cercenó cualquier atisbo de modernidad, incluida la Constitución que ahora analizamos. El Rey Felón, como se le conocerá históricamente.

Lo único gracioso de este desgraciado era que tenía la polla absurdamente larga y gorda en la cúspide, lo cual le impedía tener relaciones sexuales satisfactorias. Y no, no penséis en el pene grande y bien formado de un negro, que, siendo grande y grueso, tiene proporciones adecuadas y aspecto formidable. En su caso, y según narran las crónicas, era estrecho en la base y se iba agrandando de manera caballuna hasta alcanzar un glande que parecía un coco. Repugnante, por supuesto, muy propio del cuerpo que tenía pegado ese abyecto pene. Lo mejor es que, tratándose de un Borbón, no poder mojar su pluma en tinta le reportó harta frustración. Que se joda. Algún día os explicaré la historia de la pobre María Josefa Amalia de Sajonia.

En fin. El caso es que, a principios del siglo XIX, la soberanía de España estaba en manos de estos anormales profundos; y tras su bajuna abdicación, la soberanía de España pasó a José Bonaparte, hermano de Napoleón, que nominalmente se convirtió en Rey de España. Y es aquí, queridos lectores, donde cobra especial importancia la C-1812. La soberanía formal podría ostentarla Pepe Botella, por supuesto, pero el pueblo español, desde Cádiz, estableció por primera vez en la historia de España que la soberanía residiría en el pueblo español.

Regulación constitucional

A decir verdad, esta sentencia no la encontramos de modo tan explícito en la CE-1812, como sí encontramos en el artículo 1.2 CE-1978 (“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”), sino que se desprendía de la lectura conjunta del artículo 1 CE-1812 (“La Nación Española es la reunión de todos los españoles de ambos Hemisferios”), del artículo 2 CE-1812 (“La Nación Española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”) y del artículo 3 CE-1812 (“La soberanía reside esencialmente en la Nación y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales ”). Por tanto, la soberanía pertenece a la Nación, que se compone de la reunión de todos los españoles. Se reconoce, en consecuencia, la soberanía popular, despatrimonializando la idea de nación; lo cual, aunque parezca menor, es muy importante, pues implica que nadie podrá irrogarse un derecho patrimonial de la soberanía. La misma se adquirirá en base al concepto de ciudadanía, que ya veremos en artículos posteriores.

 

Así que sí. Ambas constituciones, en cuanto a la soberanía nacional, dicen exactamente lo mismo. Parten de la misma base fundamental. Y ello no debemos verlo como un anacronismo de la actual, sino como un marchamo de modernidad absoluta de la de Cádiz, que pasaba de un régimen absolutista a la régimen basado en la soberanía popular. En definitiva, introducía a este país en el liberalismo político, sobre el que hemos construido una sociedad más justa hasta llegar a la actual partiendo de la misma premisa: el reconocimiento de la libertad del individuo para gobernarse a sí mismo y, a su vez, el reconocimiento de su capacidad de gobernarse colectivamente. Todo este sistema se fundamenta precisamente sobre este pilar, que es conditio sine qua nom de todo lo demás.

La España de los dos Hemisferios

Hoy en día nos llamará la atención, lógicamente, que el primer artículo de la CE-1812 se refiera a ambos Hemisferios. Mucho queda en América de España, tanto en lengua, costumbres, cultura e historia, pero el vínculo nacional se desmoronó, precisamente, durante este siglo XIX en el que se aprobó la CE-1812. En concreto, la concatenación de independencias americanas de la Corona Española fue un descalabro sin solución de continuidad durante el reinado de Fernando VII e Isabel II: desde la independencia de Argentina, en 1810, hasta la Guerra de Cuba, en 1898, se perdió absolutamente todo el territorio americano.

Por supuesto, no es momento ni lugar para analizar los motivos, la legitimidad, las influencias externas y las actuaciones de la metrópoli que llevaron indefectiblemente a la independencia de los países que hoy configuran la América Latina; baste decir, en todo caso, que, de haberse llegado a aplicar la CE-1812 de manera continuada en el tiempo, con el pertinente desarrollo legal y social, la historia podría haber cambiado notablemente a favor de mantener la unidad territorial de la España americana con la metrópoli europea. Pero ganaron los de “las cadenas”, como veremos, y toda esta metodología parlamentaria liberal se fue, utilizando una expresión americana, al guano. Los propios parlamentarios criollos que crearon esta moderna Constitución se vieron en la obligación de convertirse en líderes de la autodeterminación de sus regiones americanas, al ver como España volvía a las tinieblas.

El caso es que, durante los años en los que se preparó, redactó y aprobó la CE-1812, el sentir de los representantes americanos era reformador, unitario, fundamentado en una hermandad de siglos de convivencia común. Ello no significa que no existieran problemas de hondo calado o, cuanto menos, negras nubes que se atisbaban en la brumosa lontananza venidera, pero la voluntad constructiva existía. Y así quedó constancia. Sírvanos como ejemplo de este sentir americano el discurso que pronunció el 6 de abril de 1811 el más notable de los criollos que participó en las Cortes de Cádiz, D. José Mejía Lequerica, al que conocimos en el artículo precedente: “Si esto se logra (ganar la Guerra contra los franceses) la América tiene que esperar infinitos bienes que no ha conocido hasta ahora, que serán consecuencias precisas de esa liberal, benéfica y grandiosa constitución, que solo divisaron entre sombras nuestros mayores; pero que, aun antes de vería formada, ya la palpamos nosotros, y queda asegurada para nuestros nietos,- ¡gracias a la entereza y sabiduría de los representantes del pueblo!-. (…) Cayeron para siempre los restos de las cadenas, que oprimían a los respetables hijos de los primitivos señores del nuevo mundo. (…) En los futuros Congresos no habrá más diferencia en la representación nacional que la del número de las poblaciones, siempre proporcionado fertilidad y civilización de los pueblos. De un momento a otro espero también ver igualados ambos hemisferios en la gobernación, en el comercio y en los demás derechos y prerrogativas”.

Contrasta dicho alegato, más prospectivo y anheloso que fundamentado en las carencias del presente contingente, con el testimonio prestado por otro diputado americano al que conoceremos sucintamente en este artículo: el mexicano D. José Miguel Guridi y Alcocer. Nacido en 1786 en la ciudad de San Felipe Ixtacuixtla y doctorado en Teología por la Universidad de México D.F., llegó a presidir las Cortes de Cádiz el día 24 de mayo de 1811, demostrando ser un fiel defensor de la igualdad, de la abolición de cualquier grado de esclavitud y del liberalismo económico, muy influenciado por la doctrina de Adam Smith. Como diputado de las Cortes Extraordinarias de Cádiz, presentó no pocas proposiciones a favor de la igualdad entre españoles europeos y americanos, conocedor de los abusos existentes y de algunas dinámicas que habían precipitado, por ejemplo, la sublevación de la región que acabaría constituyéndose en la actual Argentina. Ponía sobre aviso a los diputados.

 

En concreto, conozcamos su pensamiento por mediación de un discurso parlamentario que realizó en Cádiz en fecha 9 de enero de 1811: “Todos los diputados de América estamos conformes en las proposiciones presentadas V.M. El blanco principal, el fin último a que aspiran, es el bien de la Metrópoli. Mas su prosperidad no puede conseguirse sino procurando la de las Américas. El fuego que se ha encendido en aquellas vastas regiones y que, a la manera de un torrente va abrasando provincias enteras, no puede apagarse, sino del modo que se expresa en las proposiciones. (…) Señor, las prohibiciones, las limitaciones embarazan mucho a los americanos: su terreno es feraz en la superficie, y riquísimo en sus entrañas; mas se les ha prohibido criar muchas plantas; y aun se les ha mandado muchas veces aserrar las cepas. (…). Están dotados de talento perspicaz, y de ilustración nada vulgar; y con todo es muy corto el número de americanos que están colocados respecto del de los europeos que allá ocupan puestos superiores, virreinatos, intendencias, togas, grados militares. (…) El único modo de salvar las Américas es acudir a curar esta es la sanción de las proposiciones presentadas. Estas se reducen a la igualdad de derechos en los frutos y en los destinos hasta donde alcance su industria, y permutarlos o venderlos a quien los necesite; así como igualdad en los puestos para que se premie a les que lo merezcan, sin que les sean antepuestos otros solo por ser europeos

Más beligerante era el chileno D. Manuel Gormaz Lisperguer que señalaba lo siguiente en el marco de un debate sobre la solicitud de mayor representación americana en la elaboración de la Constitución: “Los españoles pelean no como en la guerra de sucesión, cuando en lo que menos se pensó es en sus propios derechos; pelean por cortar la cabeza al despotismo y a la arbitrariedad. Lo mismo ha conocido América y justamente la España es la que abre el camino para todo lo que está haciendo. La España tomó vigor y lo mismo quiere hacer la América. España le ha dicho: Ya eres libre, ya se acabó el despotismo. Sí, Señor, se lo ha dicho, ¿pero han correspondido las obras a las palabras? Todo lo contrario: se ha pasado aquel momento en que se le halagó, y las obras están tan distantes que lejos de haber calmado el despotismo, nunca ha habido en América más injusticias que las que hay en el día. Ve el desprecio con que la tratan sus mismos hermanos: todo esto lo conoce; y ¿es extraño que sacuda este yugo? (…) ¿Y cuál puede ser el remedio a tanto mal? la igualdad en todos los derechos que gozan los españoles, las mismas gracias, la misma libertad y que tengan parte como ellos en la constitución”. No me valen los discursos paternalistas, venía a decir, ni las promesas a futuro; obras son amores y no buenas intenciones, etcétera. Lo de siempre, vamos: Dios dijo hermanos, pero no primos.

A través de estos tres fragmentos, emitidos por diferentes personalidades americanas de variado origen (Ecuador, México y Chile), podemos acercarnos al sentir americano en el momento en el que se estaba desarrollando la CE-1812. Podemos conocer, de cerca, que en América no había un problema de soberanía, sino problemáticas derivadas del bienestar de los individuos. No era un problema de quién, sino de cómo. Los americanos querían representatividad. Querían igualdad de derechos y posibilidades. Querían que las palabras se convirtieran en hechos. Querían, al cabo, ser ciudadanos españoles a todos los efectos, extirpando de la España moderna que propugnaba la CE-1812 todo rastro de colonialismo pasado.

Todo ello, con sus más y sus menos, sus discusiones parlamentarias y sus concesiones, tuvo su respaldo legal en la CE-1812; principalmente, en los artículos 1 y 3 de la misma, que reconocía su plena soberanía como parte del pueblo español -sin perjuicio de otros desarrollos normativos propios de la organización interna del Estado que veremos en otros artículos o el propio concepto de ciudadanía previsto en el artículo 4, que analizaremos de manera específica en el artículo siguiente-. Todo ello, en definitiva, se llevó a la práctica tras la aprobación y promulgación de esta Constitución; si bien, como ya imaginaréis, este periodo fue demasiado breve para sanar ninguna herida.

La vuelta al absolutismo y la disgregación de la soberanía

En abril de 1814, tras ser liberado por Napoleón, el deseado Fernando VII regresó a España para reclamar su corona, que había sido reconocida por Napoleón tras asumir su derrota tanto en Europa como en su país vecino. De manera sorprendente, no se desplazó directamente a Madrid, sino que hizo su entrada triunfal en la ciudad de Valencia el día 16 de abril de 1814, donde recibe un texto que pasará a los anales de la infamia española: El manifiesto de los persas. Este execrable documento, que había sido redactado por diputados absolutistas, sirvió de pretexto y de base al inefable Fernando para dictar el Decreto de Valencia de 4 de mayo de 1814, que se publicó en la Gaceta de Madrid el día 11 de mayo de ese mismo año, cuya parte dispositiva rezaba: “declaro que mi Real ánimo es, no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias ni de las ordinarias actualmente abiertas (...), sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, (...) como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquier clase y condición a cumplirlos y guardarlos.” Y toda esperanza liberal se desvaneció como el humo de un cigarro con esta perniciosa restauración absolutista.

Por ello, los americanos no obtendrían ni representatividad, ni igualdad, ni hechos consumados. No se atendieron sus demandas; de hecho, todo lo contrario. Y pasó lo que tenía que pasar. La parcelación y desintegración de la soberanía nacional española en América no tuvo nada que ver con nacionalismos: fue causa del desdén, arrogancia y despotismo de unos gobernantes que destruyeron esa España que pudo ser y que no fue; que acabaron con esa España que reconocía América no como una colonia, sino como parte de sí misma, bajo el paraguas del liberalismo político. Aquella soñada España liberal se apeaba forzosamente del tren de la historia para volver al medievo. A “las cadenas”.

¿Y qué pasó con los diputados que hemos mencionado? D. José Miguel Guridi y Alcocer acabó siendo el presidente de Congreso Constituyente del Imperio Mexicano en 1822, tras la independencia de este estado americano, totalmente resignado contra la metrópoli. D. Manuel Gormaz Lisperguer fue diputado en el Congreso General Constituyente de la República de Chile en 1828, tras su independencia, sacudiéndose el yugo al que hizo alusión en su intervención. España, a veces madre y siempre madrasta...

Quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Esta frase se atribuye a muchas personas, pero quiero pensar que la dijo el filósofo español George Santayana varias décadas después de los eventos de la Cádiz constitucional. Desconozco el contexto en el que esa frase sentenció con meridiana lucidez la ignorancia histórica con la repetición de errores pasados; pero es tan veraz que tanto me da. Es válida en cualquier época histórica. Y es una receta que bien podría recetarse a los dirigentes políticos actuales.

Por supuesto, sé que el independentismo catalán y vasco son principalmente ideológicos y se fundamentan sobre la costumbre, la lengua y las particularidades culturales más que sobre motivos objetivos. Sé que, en realidad, los orígenes de estos independentismos españoles modernos tienen más que ver con el carlismo, esencialmente conservador, que con el liberalismo. Por ello, no podemos hacer una comparación entre los procesos de independencia americanos con los independentismos que se producen en la metrópoli. No es en ellos en quien me centro. No es a ellos a los que apelo. Sino a España.

Enjuiciar y condenar los hechos que, presuntamente, han perpetrado los líderes independentistas catalanes es una actuación jurídica que, para los poderes públicos ordinarios, resulta casi una obligación. No obstante, los poderes públicos políticos, decisorios, que definen las líneas maestras del destino de la nación, no pueden quedarse aquí. Deben ir más allá. Hay un problema de fondo que merece una solución. No sé cuál, ni es mi trabajo proponerlo, pero negar el problema de fondo tapando con las manos los agujeros que van saliendo en la quilla de un barco a la deriva mientras se pretende combatir un nacionalismo fanatizado con otra suerte de nacionalismo fanatizado es una receta perfecta para el desastre. Hay que frenar el péndulo que pasa de la acción a la reacción antes de que se rompa. Y necesitamos altura de miras, lucidez, inteligencia.

Necesitamos otra Cádiz.

05.02.2019 19:18

Sería el año 1994. No recuerdo si a principios, mediados o finales. Tampoco tengo especial certeza en la determinación del año, no os vayáis a pensar, pero hay elementos circunstanciales que me permiten aproximarme lo suficiente como para, al menos, dar una cifra. Y el elemento circunstancial de esta parte de mi memoria que os traigo a colación es un coche, puesto que los eventos a los que me referiré coinciden temporalmente con un cambio de vehículo familiar: mi padre ya se había quitado de encima su mítico deportivo color amarillo (Ford Escort IV XR3i) y se había comprado una flamante berlina de color gris oscuro (Volkswagen Passat B3 2.0.). La crisis de los 35, quizás. No me queda tanto para descubrirlo, en realidad. Fuck.

Eran buenos tiempos, aquéllos. Todavía recuerdo el olor de ese nuevo coche cuando mi padre nos recogió a mi hermano, a mi madre y a mí en la Plaza de Otero Pedrayo, que todavía se encuentra en la intersección de la Calle Alcudia y el Paseo Valldaura de Barcelona. Olor a plástico nuevo, a tapicería limpia, a caucho impoluto. A coche recién comprado. Todavía había pelillos en las ruedas. Y cómo brillaba aquél peculiar gris oscuro. Montarse en ese bólido fue equivalente a subirse en una montaña rusa para aquel todavía verde y tierno Sergio, al que todo le parecía grande y majestuoso. Y a fe de que aquél coche lo era.

Del Ford Escort tengo pocos recuerdos, a decir verdad. Era demasiado pequeño y no ponía especial atención en este tipo de cosas. Pero mi relación con el Passat era harina de otro costal. Tengo recuerdos muy vívidos dentro de ese coche. Coño, si hasta tengo la absoluta convicción que de ahí viene mi manía con sentarme siempre a la derecha cuando voy en la parte trasera de cualquier vehículo: en el Passat, yo me sentaba atrás, justo detrás de mi madre, que iba de copiloto. Ése era mi sitio. No quería otro. Cuando me hacían sentarme a la izquierda siempre me sentía incómodo, con el reposabrazos y el cinturón al revés; lo cual era obvio, por una cuestión puramente topográfica, pero era y continúa siendo muy molesto para mí. En aquéllos pretéritos tiempos y en los actuales. El caso es que, desde aquel asiento trasero –derecho-, comencé a observar el mundo correr a mi alrededor, todavía sorprendido y curioso. Empecé a desarrollar mi personalidad, quizás. A pintar mi lienzo en blanco. Y todo aquello tuvo lugar en la suave tapicería de aquél fastuoso coche.

Cabe decir que, a partir de esa edad, no sólo comencé a descubrir el mundo que existía fuera de mis padres, mis abuelos, mi hermano, mis juguetes, mi habitación, en fin, fuera del pequeño mundo de un pequeño, sino también la música, que se convertiría en mi absoluta pasión. Comencé a caer en la cuenta de que la música que ponían mis padres en el coche me gustaba, me animaba, me acompañaba y me hacía tararear; en definitiva, que despertaba un algo en mi interior. El Sergio melómano se abría camino y, en aquél coche nuevo, la música se escuchaba de fenómenos. Recuerdo, cómo no, las cintas de Ana Belén y Víctor Manuel, que no podían faltar nunca en cualquier trayecto que hiciéramos con el Passat. De vez en cuando, sonaba Queen o Supertramp, y en las veces que menos, una vieja cinta del cuarto álbum de Víctor Jara que a mi padre le gustaba mucho. No obstante, entre tantos grupos, había uno que me llamaba poderosamente la atención. Tonto el que no entienda, empezaba aquella misteriosa canción. Cuenta la leyenda…

 

La voz de aquella cantante me hipnotizaba más allá de lo razonable. No sé qué extraños mecanismos internos se iniciaban en mi cabeza cuando Ana Torroja, cantante de Mecano, me explicaba una historia con su aguda pero cálida voz, pero me sumían en una especie de trance onírico muy agradable. Al principio, como he dicho, sólo me interesaban las melodías. Las armonías. Me gustaban, las tarareaba y me aprendía alguna estrofa de la canción, pero mi interés no iba más allá. A veces me inventaba las letras con expresiones que me hacían gracia. En fin, cosas de críos. Pero poco a poco, igual que me pasó con Ana Belén y Víctor Manuel, empecé a escuchar, más que oír, las letras de este extraño grupo de Mecano que tanto me perturbaba. A tratar de entenderlas. Y para qué lo hice, pardiez.

Laika, la perrita que iba al espacio, palmaba allí arriba. Preparado está ya el cohete para zarpar. Más tarde supe que ningún ruso pensó en que la pobre perra pudiera volver sana y salva. La lanzaron al espacio como el que tira una piedra a un lago, sin esperar su regreso. Desgraciados soviéticos. La canción me encantaba, pero joder, no me matéis a los perros, pensaba el pequeño Sergio y, al parecer, el mismo Nacho Cano: "Yo lo hice porque me gustó la imagen, metieron una perrita en una nave, la mandaron al espacio y fue el primer ser vivo que estuvo en el espacio. A mí se me planteó que nadie le planteó a la perra si quería volar. En el momento en que dijo "¡guau!" ya todo el mundo se olvidó de la perra porque la mandaron sólo para ver si vivía."

No obstante, la mortandad no disminuía con el paso de la cinta de cassette: en la canción de Cruz de Navajas, el pobre Mario presenciaba la infidelidad de su esposa ante el propio portal de su casa instantes antes de que fuese asesinado a navajazos por dos drogadictos. Sangres que tiñen de malva el amanecer. Pero qué escarnio es ése, pensaba –no con esa palabra, obviamente-. Sólo le faltaba al tal Mario que Laika, de seguir viva, se meara en su cadáver apuñalado. La cosa no acababa aquí, claro. Ahora sacaba a pasear una navaja nada menos que un gitano al pensar que a su legítima se la había levantado un payo, cuando en realidad, el motivo de su desazón era un Hijo de la Luna. Excusa nada convincente, al parecer, esa inseminación lunar, puesto que la mujer acabó apuñalada de muerte y, el hijo, abandonado a su suerte en pleno bosque para, a su vez, morir de frío, sed e inanición. Y si el niño llora, menguará la luna para hacerle una cuna. Tenía un toque muy siniestro, oscuro, extraño, misterioso. Pero no podía dejar de escuchar estas canciones.

El inquietante descubrimiento de lo que significaban las letras de estas canciones, que pese a ello eran mis favoritas de este grupo, me dieron una visión más compleja del mundo. Más cruda, en realidad. Los héroes podían morir, como Laika. La vida era injusta, como la de Mario. Las leyendas pueden ser terribles, como la del hijo de la Luna. La música, al final, me hablaba, me explicaba cosas más allá de la armonía que me hacía tararear. En los trayectos largos en el Passat, comencé a descubrir el mundo a través de la música. Lecciones de vida aprendidas en el asiento trasero de un coche al son de música española.

No obstante lo anterior, había una canción de este grupo que, en mi tierna infancia, no acababa de comprender. Nada tienen de especial, dos mujeres que se dan la mano, comenzaba la canción. No comprendía el alcance del problema que, metafóricamente, me presentaba la canción de Mujer contra mujer. Al final comprendí su significado, no sé si por mis propios medios o preguntando a mis padres. Entendí qué me querían decir. Algo muy bonito, en realidad, que construyó junto con otros estímulos mi planteamiento actual acerca de la que considero la más elevada de las virtudes de un ser humano: la libertad. Y lo que opinen los demás está de más.

La libertad sexual, al cabo, es uno de los mejores detectores de la existencia de una verdadera libertad individual. Esto es un hecho. Cuanto más libre es una sociedad, más libre es su sexualidad; o viceversa, pues no hablamos de elementos estancos, sino interconectados. Al cabo, somos animales, y este hecho biológico tiene una importancia capital en cómo nos relacionamos, en cómo nos vestimos, en qué consumimos, en cómo establecemos la arquitectura social y en casi todos los aspectos de nuestra vida –sin que un servidor llegue a ser absolutamente freudiano-. Y una pareja de lesbianas que puede pasear por la calle cogida de la mano es, evidentemente, mucho más libre que esa pareja, quizás ficticia, pero muy real en determinadas épocas, que se cogía la mano por debajo del mantel en la canción de Mecano. Sólo hay que comparar periodos históricos. Y los derechos no sólo de los homosexuales, sino de todos los demás. La moral, al cabo, debe establecer límites de comportamiento, pero nunca reprimir naturalezas endógenas.

La importancia de la canción de Mujer contra Mujer no estriba sólo en el qué, sino en el cuándo. Esa canción salió al mercado en 1988; esto es, hace más de 30 años, siendo una de las primeras canciones de habla hispana que trataba sobre homosexualidad. Por supuesto, esto les reportó numerosas polémicas, censura editorial e incluso amenazas de muerte, pero el grupo se mantuvo firme en defensa de su canción y, sobre todo, de lo que querían transmitir. De hecho, ya tuvieron que luchar para que saliera el mercado, puesto que la canción, escrita por Nacho Cano dos años antes de que finalmente viera la luz, generó rechazo en numerosas discográficas. Es, sin duda, una de las canciones más reivindicativas del colectivo LGTB, puesto que dicho colectivo le debe mucho al esfuerzo que hizo Mecano en la normalización de las relaciones homosexuales en un país como España, que salía de una dictadura. Y aún hoy en día, como demuestra esta foto de 2016 en la que María León, cantante mexicana, y Ana Torroja se besan en un concierto ante un público que celebraba la diversidad sexual.

 

Por eso, cuando una amiga me dijo, hace una semana, que la acompañara a ver un tributo a Mecano interpretado por el grupo maño Descanso Dominical, ni me lo pensé. Y, llegado el día, con una cerveza de precio totalmente abusivo en la mano, canté, bailé, chillé y soñé como aquel niño del asiento trasero del Passat. 

Y me desgañité cantando esta canción; no porque sea mi preferida, que no lo es; ni porque yo sea homosexual, que no lo soy; sino por reivindicar a Mecano como un grupo que, cuando luchar por los derechos de determinados colectivos era peligroso, lo hacía con firmeza, con sus medios, sin esperar nada a cambio. Por la libertad de cantar lo que se quiera, por la libertad de hacer lo que se quiera, de follar con quién te pida el cuerpo; por la libertad en sí misma que, al cabo, con esfuerzo se gana y con facilidad se pierde. En definitiva, para reivindicar a Mecano frente a, precisamente, los mismos que hoy disfrutan de lo que consiguió su generación: los millenials.

Y es que sólo en una sociedad enferma e ignorante como la que dejamos atrás en 2018 y como la que continúa durante el presente 2019 chapoteando, encantada de haberse conocido, en una piara de la infamia absoluta, puede condenar que la banda Mecano es homófoba. O, al menos, algunas de sus letras. Da lo mismo. El hecho en sí es tan disparatado que, a no ser que sufras achaques agudos de disonancia cognitiva o seas un verdadero analfabeto histórico y musical, no se comprende de ninguna de las maneras. Pero, aun y así, ha ocurrido, y fue protagonizado por dos millenialls cantarines que se presentaron a Operación Triunfo en su edición de 2018.

Al parecer, a María, la protagonista femenina del disparate, le parecía “homófobo y de mal gusto” respetar la letra de la canción Quédate en Madrid, de Mecano, que en una de sus estrofas decía lo siguiente: “siempre los cariñitos me han parecido una mariconez, y ahora hablo contigo en diminutivo, con nombres de pastel”. Junto con su compañero Miki, con el que debía cantar a dúo la referida canción, decidieron que no querían cantar la letra de esa canción si no se cambiaba la palabra “mariconez” por “estupidez” o “idiotez”. Los coachers, o profesores, o anormales con ínfulas que dirigen el cotarro, lejos de comprender que lo que realmente era una estupidez era la ocurrencia de estos dos niñatos de la generación snowflake, les dieron pábulo. Imagino que verían la polémica que se generaría y las pupilas se les convertirían en símbolos de palpitantes dólares. Que hablen de ti, aunque sea mal, etcétera.

Pistoletazo de salida. Operación Triunfo, como programa, preguntó a Ana Torroja si podían cambiar la palabra “mariconez” por otro término, requiriéndola con premura para que les contestara, esperando una respuesta políticamente correcta a tan grave asunto. Asunto de Estado. Alarma nacional. Ana Torroja, bastante molesta por el asunto, pero muy conciliadora, les dijo que se dirigieran a Nacho Cano, que es el compositor de la letra. 

La otra opina, que qué se le va a hacer.

Y Nacho Cano, a su vez, dijo que la letra se quedaba como estaba y punto en boca. Con la misma firmeza que defendió, en su momento, su canción de Mujer contra Mujer, ahora se mantenía firme contra otro tipo de censura. Y le cayeron palos, os lo aseguro. Hasta del Gobierno.

Una opina, que aquéllo no está bien.

Ni que decir tiene que toda esta payasada fue retransmitida, con sus bulos, sus medias verdades y sus opiniones morales, por medios de comunicación, redes sociales y ofendidos profesionales; que, al parecer, 30 años después de que esta canción saliera al mercado, cayeron en la cuenta de que era absolutamente homófoba, peyorativa y contraria al buen rollito.

Y lo que digan los demás está de más.

Ana Torroja, que había tratado de no estallar contra tanta gilipollez, estupidez, idiotez y, precisamente, mariconez, al final tuvo que hacer unas declaraciones que de tan obvias no hubieran sido necesarios en un mundo con dos dedos de frente: “Mecano, tanto como grupo como cada uno por separado, siempre ha defendido la diversidad, el amor libre, la libertad de expresión y un largo etcétera; además, tiene uno de los himnos más bellos escritos nunca defendiendo el amor homosexual: Mujer contra mujer. No confundamos insulto homófono con expresión coloquial. Cuando la canción dice ‘siempre los cariñitos me han parecido una mariconez’, quiere decir que siempre los cariñitos le habían parecido una tontería, una bobada, estupidez y hasta cursilería, y en la frase siguiente dice: ‘y ahora hablo contigo en diminutivo con hombres de pastel’, es decir, que ahora esa persa se da cuenta de que está enamorada hasta las trancas y que utiliza esas expresiones que antes le parecían una bobada. Si alguien no se siente cómodo cantando esa canción, no debería cantarla, que escoja otra, Mecano tiene muchas canciones maravillosas y la música es libre. Pido respeto en redes. Pido libertad, no censura. Y viva la diversidad.”.

Al final, los dos gilipollas que habían iniciado esta inane polémica cantaron la canción original sin modificación alguna; aunque, posteriormente, se reiteraron en su ofensa burguesa frente a la propia Ana Torroja, que, pese a que dijo unas amables palabras como respuesta, pagaba con su cara y expresión.

 

A mí se me llevaban los demonios. Un grupo que defendió a finales de los 80 y durante toda su existencia a los colectivos LGTB era considerado homófobo por dos niñatos heterosexuales que en su vida han sufrido cualquier tipo de acoso por su sexualidad. Era incoherente, absurdo, un claro ejemplo de la disonancia cognitiva que existe en los tiempos de postureo millenial. Pero lo mejor vino después. Y mis demonios se convirtieron en hienas: pasé del odio a la risa histérica.

Y es que a la tal María la visitó su novio en una de las galas de esta excrecencia televisiva. Apareció ante las cámaras un paleto de extrarradio con cara de sifilítico, al que seguramente le faltó tiempo de cocción en su seno materno, que lo primero que hizo fue nalgear a su piba y comerle la boca. Instantes después, dijo que "está buenísima" y que “al salir de allí, lo primero que iba a hacer es follar” tras afirmar que “echaba de menos su culo”. Eh, Sergio, espera: no puede ser que el novio de la chica que dijo que Mecano era homófobo diga esas cosas tan machistas. No puede ser. Algo así no se comprende de ninguna de las maneras. Pero, aun y así, ha ocurrido, y fue protagonizado por dos millenialls cantarines que se presentaron a Operación Triunfo en su edición de 2018. Parece que me repito, pero no. Hay cosas que hay que leerlas dos veces para creerlas.

El otro necio, llamado Miki, no sólo ganó Operación Triunfo 2018, sino que va a representar a España en Eurovisión. Repóker de Ases. Más madera, que se apaga la lumbre. Vamos a seguir follándole la mente a Sergio y a cualquiera que todavía conserve algo de cordura. Que sigan llevándoselo las hienas, que al menos no le provocan subidas de tensión, como los demonios.

En fin. No pude cantar en directo Quédate en Madrid, imagino que por el buen criterio del grupo Descanso Dominical, que no querría entrar en polémicas. Pero da igual. Me quedo con Mecano. Con los que, frente a la estupidez, de unos y otros, se mantienen firmes y luchan por sus ideas. Por la libertad.  

Tonto el que no entienda…

21.01.2019 20:21

Artículo precedente: Historias de España - ¡Viva la Pepa! (1812) (I)

¿Alguna vez habéis recibido un balonazo en la cabeza? Yo sí, y no pocos. Ya sea en el patio del colegio o en la misma calle, tengo una especie de imán para cualquier elemento esférico que se esté desplazando por el aire. Seguro que os ha pasado. Ya sea en un campo de fútbol o paseando por una plaza donde la clásica advertencia de “prohibido jugar a pelota” tiene el mismo efecto disuasorio que encarar una reyerta a navaja con una cucharilla de postre. Lo que seguramente no sabréis, como también desconozco yo, es que ocurre cuando una esfera de tamaño parecido a un balón, pero compuesta de acero fundido y con un peso de 12 libras (aproximadamente 5 kilos) impacta contra tu cabeza. Os podéis imaginar, por eso, el desastre. Desastre que no sólo ocurriría con la cabeza, o el cuerpo, del que recibiera ese impacto, sino con cualquier elemento arquitectónico que se encontrara en su trayectoria. Y si bien no es lo mismo que una andanada de proyectiles Hispania A-6 desprendidos de la panza de una bandada de Heinkel He 51 en plena Guerra Civil española (1936-1939), los que sufrieron el asedio de Cádiz durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1814) no estaban demasiado contentos con esos balones de acero con volea que les mandaba la Selección francesa de la época. Malditos gabachos.

Y es que, claro, cuando eres artillero de profesión y Emperador de Francia en tus tiempos libres, te gusta usar el tirachinas contra tus enemigos en cuanto se te presenta la ocasión. No creo que estuviera en sus planes, por eso, que sus obuses tuvieran que caer sobre Cádiz, teniendo en cuenta que, pocos años antes, su derrotada armada se lamió las heridas en el puerto de esa magnífica ciudad tras ser humillada por los británicos unos pocos kilómetros al sur, ante el Cabo Trafalgar, tras llevar a España a una guerra que ni le iba ni le venía. Nos tenía en el bote, que se suele decir. Al menos, a los que importaban; y principalmente, al servil Godoy. Era cosa hecha: gobernada por inútiles, débil militarmente, repleta de recursos naturales, perfecta para el control del Mediterráneo y el Atlántico… El establecimiento de un estado satélite de Francia en España era casi un imperativo para el artillero corso, que era un estratega brillante. Pero Napoleón no calibró bien las consecuencias de la invasión de España: se olvidó por completo de la feroz resistencia de la población civil. Y el obús, a la larga, le acabó estallando a él.

Acción y reacción, como señalaba en el anterior artículo. La población civil entendió que la entrega de España al hermano de Napoleón tras la rastrera abdicación del abyecto Borbón de turno que nos amargaba la existencia -que no era mal cambio, realmente; cualquier cosa menos el Rey felón- era una absoluta humillación. Vamos, que fue cosa de ego. De tocar demasiado lo que no suena y es blando, para más señas. De cojones, como se suele decir –expresión, ésta, que ha sido acuñada de manera literal por los anglosajones, pues al parecer es algo muy nuestro-. Una afrenta a nuestro honor. Una chulería, al cabo, que se llevó un navajazo en el cuello como reacción. Joder con Newton, cómo se pone a veces con sus reacciones.

Y cuando los franceses se quisieron llevar al jovencísimo infante Francisco de Paula, hermano pequeño de Fernando VII, a Bayona, se montó en Madrid una algarada de las de verdad. Un pifostio morrocotudo. Nada de cuatro niñatos con iPhone haciéndose selfies delante de un contenedor de basura quemado ni unos estudiantes mediocres tirando pintura en la sede del partido político tal o cual mientras la policía mira como si con ellos no fuera la cosa y el charlatán de turno los maneja a su antojo. Nada de eso. Tampoco hubo juegos de colores, corros de la patata, picnics reivindicativos, revoluciones con pantuflas ni airados comentarios en redes sociales. Eran otros tiempos, quizás, más salvajes, en los que la gente se jugaba el físico de verdad y dejaba las payasadas para el siglo XXI. Y es que salir a la calle con una navaja de palmo, el pecho descubierto y mucha mala leche para enfrentarse al mejor ejército del mundo no era ir precisamente a coger flores al campo. Pero eso es lo que hicieron los madrileños aquel fatídico día 2 de mayo de 1808 en el que los españoles dijimos basta al invasor francés: bronca, sucia, callejera, a baldeo limpio en el estómago y a macetazo desde el balcón, aquélla pequeña revolución madrileña, tan sangrienta y española, que duró hasta que los cañones de Monteleón quedaron silenciados para siempre, encendió una chispa que se extendió por todo el territorio nacional como un grito a la insurrección. Y los fusilamientos que tan crudamente inmortalizó Goya, que tuvieron lugar al día siguiente, no hicieron sino aumentar la sensación de agravio, que en ningún momento quedó rebajada, sino al contrario: cada acto de ensañamiento francés no era sino un nuevo y mayor acicate a la ira del español, uno de los afectos humanos que maneja con especial soltura. Que se lo digan a los pobres galos que dieron con sus huesos en la isla de Cabrera.

Pero vamos, no perdamos el hilo. Hay numerosos libros que explican mucho mejor que yo y con mucho más detalle lo que ocurrió en la Villa y Corte de Madrid el día 2 de mayo de 1808. Asimismo, os ahorraré otros detalles militares, sociales y políticos, como los dimes y diretes de las Juntas Centrales que surgieron tras el vacío de poder en España, pues si bien el contexto es importante, y por ello os he fijado un panorama general, nuestro objetivo es Cádiz.

Así que pasamos del sonido de la primera siete muelles que se abrió la mañana del 2 de mayo de 1808 al rumor del mar, el olor del puerto, el piar de las gaviotas y los comentarios de los lugareños que, en la Villa de la Real Isla de León (actual San Fernando), se acababan de enterar de que su población se había convertido, de facto, en la capital de España. Y es que el día 24 de septiembre de 1810 se produjo en el Ayuntamiento de esta localidad la primera reunión de las Cortes Generales y Extraordinarias que, desde ese momento, constituirían el Gobierno provisional de la España no ocupada y se encargarían de brindar al pueblo español, a la postre, su primera Constitución. La expectación era máxima.

El nacimiento de la España que pudo ser y no fue

¡Boom! ¡Zas! ¡Placa! Yo qué sé. Como os he dicho desde el principio, no sé cómo sonaba la artillería francesa del siglo XIX, pero seguro que haría un ruido parecido a cualquiera de las onomatopeyas que he utilizado. Y ésta era la música que oían los diputados que se dirigían cada mañana al Oratorio de San Felipe Neri, en Cádiz, lugar al que se habían trasladado las Cortes Generales y Extraordinarias por el cerco francés a la isla de León. ¡Boom! ¡Zas! ¡Placa! Pedruscos caían sobre Cádiz desde las cercanas localidades de Chiclana de la Frontera, el Puerto Real y El Puerto de Santa María. No se sabía ni dónde, ni cuándo, ni desde qué lugar, pues la ciencia balística no era tan precisa como hoy en día y los franceses bombardeaban más para causar terror o desgastar ánimos que para destruir la ciudad; pero caer, caían, sobre personas, edificios, barcos y calzadas. Te habituabas a ello, imagino. Eran gajes del oficio, pensarían los diputados. Y pese a ello, la Constitución de 1812 (en adelante, CE-1812) estaba en marcha.

 

Para que la reconstrucción de los hechos no sea tan fría e impersonal, veremos el nacimiento de la Constitución de Cádiz desde la piel del catalán D. Felip Aner d'Esteve, diputado electo de la Junta de Superior de Cataluña. Nacido en el año 1781 en la pequeña y preciosa localidad de Aubert, en el Valle de Arán, este joven abogado fue el encargado de redactar las instrucciones que la Junta Superior de Cataluña asignó a los 17 diputados catalanes que participarían en la redacción de la Constitución de Cádiz, de las cuales fue su máximo defensor, por lo que nos dará un punto de vista interesante para comprender nuestro pasado e incluso, por supuesto, nuestro presente; pues de esos polvos vienen estos lodos, que se dice. No disponemos de ningún retrato que nos permita ponerle cara, así que podemos imaginárnoslo de manera absolutamente libre. Licencias narrativas.

Caminando por las calles de Cádiz en dirección al oratorio, Felip renegaba para sus adentros. Un obús francés le había sobrevolado la cabeza esa misma mañana para acabar incrustado en su taberna preferida antes de que tomara su desayuno diario. Ahora, tosiendo y en ayunas, se dirigía a San Felipe Neri, rumiando una de las 261 intervenciones que haría ante las Cortes hasta su fallecimiento. Vuelve la tos. Maldita fiebre amarilla. Lo acabaría matando al año siguiente a la temprana edad de 31 años, pero antes de ello había muchas cosas que hacer. La redacción de las instrucciones catalanas era suya, pero tenía que ser capaz de expresarlo en esos términos: “(…) deben reconocerse las ventajas políticas que resultarían de uniformar la legislación y los derechos de toda las Provincias de la Monarquía (…) pero si no pensare así la pluralidad (…) debe Cataluña no sólo conservar sus privilegios y fueros actuales, sino también recobrar los que disfrutó en el tiempo en que ocupó el Trono Español la augusta casa de Austria; puesto que los incalculables sacrificios que en defensa de la Nación está haciendo, la constituyen bien digna de recobrar sus prerrogativas perdidas (…)”. Grave era el sacrificio que Catalunya había realizado en los últimos dos años en defensa de la soberanía española. Tortosa cayó a principios de año, Tarragona acababa de caer tras un crudo asedio y, ese día 1 de noviembre de 1811, podía decirse que toda Cataluña era francesa. Ya se hablaba de su anexión a Francia. Era terrible. Los diputados comprenderían la pertinencia de la restitución solicitada en caso de que quieran volver al federalismo austracista. Y, en ese caso, el Rey debía olvidar el Decreto de Nueva Planta que instauró su tatarabuelo en pago de la encarnizada lucha catalana en su nombre.

Cabizbajo, por el camino por el que discurre la calle Sacramento con dirección al Oratorio de San Felipe Neri, Felip se encontró con otro diputado catalán que dirigía, de un tiempo a esta parte, la Gaceta de la Regencia de España e Indias (que actualmente se conoce como Boletín Oficial del Estado): el barcelonés D. Antoni Capmany Surís. No tenían demasiado en común, más allá de sus vínculos territoriales. Antoni era liberal moderado, mientras que Felip era más bien conservador. Por otro lado, Felip era defensor de la cultura y la lengua catalana, mientras que Antoni llegó a decir, en unos de sus artículos, que “el catalán era una lengua muerta, anticuada, plebeya y desconocida hasta para los propios catalanes”. Ahí tocaba hueso, el barcelonés. Esta opinión chocaba frontalmente con una de las frases más célebres que pronunció el propio Felip en una intervención de las Cortes: “Nadie es capaz de hacer que los catalanes se olviden de que son catalanes”. Pero, guardándose para sí la opinión personal que le merecería, lo saludó de manera cortés y le invitó a continuar juntos el camino. 

En todo caso, Felip sabía que Antoni era persona ilustrada en extremo y le agradaba el concepto de España que planteó en la publicación El Centinela contra los franceses, emitida tras los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid y dedicada al Lord Henry Holland, Duque de Exeter, cabeza de la Casa Lancaster (que inspiró al personaje de Jaime Lannister en la saga de Canción de Hielo y Fuego): (…)  Nuestra preciosísima libertad está amenazada, la patria corre peligro, y pide defensores: desde hoy todos somos soldados, los unos con la espada, y los otros con la pluma. (...) Debíamos temer que el plan de despotismo que va extendiendo el astuto Bonaparte por la Europa, después de haberle probado bien Francia, vendría a planificarlo en España. A esto llama él regenerar, es decir, civilizar a su manera las naciones, hasta que pierdan su antiguo carácter y la memoria de su libertad. Igualarlo todo, uniformarlo, simplificarlo, organizarlo, son palabras muy lisonjeras para los teóricos, y aún más para los tiranos. (…) ¿Qué sería ya de los Españoles, si no hubiera habido Aragoneses, Valencianos, Murcianos, Andaluces, Asturianos, Gallegos, Extremeños, Catalanes, Castellanos, etc...? Cada uno de estos nombres inflama y envanece, y de estas pequeñas naciones se compone la masa de la gran Nación, que no conocía nuestro sabio conquistador, a pesar de tener sobre el bufete abierto el mapa de España a todas horas.” Discurso, éste, que venía, a su modo, a ratificar el suyo, y a reforzar una de las propuestas que tenía en mente: proponer la creación de Juntas provinciales que tuvieran cierto poder político, siempre sometidas a las Cortes nacionales. En cuanto a lo de la lengua… ja veurem.

Y así caminaron, los dos, girando a la derecha por la Calle de San José hasta cruzarse con la Calle de Santa Inés, donde les aguardaba el bullicio habitual. Los diputados se encontraban en las inmediaciones de San Felipe Neri, fumando, tomando un refrigerio en una taberna cercana entre agradable parla, entrando y saliendo de la sala principal del Oratorio, enfrascados en intensos debates ante la puerta, observando con poco recato a unas señoras que se asomaban a la ventana de un domicilio de la Calle de San José… Un verdadero hervidero de personas que, pese al asedio, pese a lo grueso del asunto que allí les congregaba, seguían con sus vidas. No obstante, hoy le tocaba intervenir a Felip, por razón de la naturaleza del debate parlamentario que tocaba en suerte ese día 1 de noviembre de 1811, así que no estaba para descaradas señoras ni para debates callejeros. Se despidió cortésmente de Antoni, que ya empezaba a soltar a un grupo de diputados aragoneses su discurso sobre los ociosos castellanos y los dinámicos catalanes, y se dirigió raudo al interior del Oratorio, poniendo pies en polvorosa y mente a trabajar.

 

Pocos pasos antes de cruzar el pórtico lateral que daba acceso a San Felipe Neri, Felip escuchó una explosión seca, grave, amortiguada por cientos de voces, pero perfectamente reconocible. Con ese obús ya había contado siete desde que el sol se alzó por oriente. Cuatro franceses y tres españoles. Los reconocía por el sonido. Este último habría salido del Castillo de Puntales hacia el Puerto Real, con el punto de mira en el Fuerte de San Luís de Trocadero, lugar en el que se apostaba su espejo artillero francés. Todavía estamos aquí, gabachos. Felip deseo que ese obús les hubiera estropeado el desayuno, a estos hideputas, pero no confiaba demasiado en lo que quedaba del ejército español. Hacían lo que podían, que no era poco. Resistían. Sin embargo, no había modo de compararse con el mejor ejército del mundo. No sabía cómo, pues pese a haber sido comisionado de las autoridades militares de Vich, no era ducho en la ciencia de la guerra, pero había que ganar esa guerra. Tenían que ganar esa guerra. Suspiró y entró.

La verdad es que impresionaba. No porque Felip no fuera hombre viajado ni porque no tuviera bagaje arquitectónico, sino porque la fabulosa cúpula ovalada que se contemplaba al alzar la vista revestía de mayor trascendencia, si cabe, lo que allí se bregaba. Eran luminosa, de color vivo, minimalista. Una techumbre digna. No obstante, no podía decirse lo mismo de sus retablos: si bien eran hermosos y representaban pías escenas, cosa que agradaba a Felip, devoto católico, el estilo rococó, barroco y recargado le provocaba incomodidad. Demasiados elementos. Demasiado juntos. Demasiado oro. Demasiada ostentación. Felip prefería las pequeñas pero características iglesias que se encontraban en su tierra, el Valle de Arán; y concretamente la esplendorosa San Clemente de Tahull. El románico, en definitiva. La belleza de lo simple, como la cúpula de San Felipe Neri.

Caminaba entre bancos de feligreses que, a izquierda y derecha del pasillo central, hacían las veces de escaños, cuando se encontró al Presidente de las Cortes, que se dirigía al exterior a informar a los diputados que la sesión parlamentaria iba a dar comienzo a la hora del ángelus; esto es, en escasos minutos. D. Antonio de Larrazábal y Arrivillaga, arzobispo guatemalteco de origen criollo, levantaba sospechas de independentista sudamericano, pero era hombre cabal, muy activo, y tenía tanto derecho como Felip, sin ir más lejos, de defender los intereses de la región española a la que representaba sin que ello significara ninguna suerte de traición a la patria. Bien es cierto que el arzobispo Larrazábal acabaría siendo máximo representante de la independiente República Federal de Centro América a mediados del año 1826, pero su voluntad, ese día del año 1811, nada tenía que ver con el inminente desmoronamiento de la España americana. Los sinsabores de los cinco años de prisión que le impuso Fernando VII por su participación en la CE-1812 quizás sí que tengan algo que ver; pero, en fin, eso todavía es futuro en la línea temporal en la que nos encontramos. Felip lo saludó, se hizo a un lado para que saliera a dar las instrucciones oportunas y ocupó su lugar habitual en el ala derecha del oratorio.

La hora del ángelus llegó con todos los diputados en el interior. “El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra del Espíritu Santo. Avemaría.”, comenzaron a rezar al unísono. Todos los españoles, con independencia de su origen, estatus social o manera de pensar, respetaban esta tradición católica; y cada día, a las 12 del mediodía, recitaban esta oración dedicada a la anunciación tras el repicar de las campanas. Felip entonaba sus versos pensando que, en su pequeño pueblo natal, ahora bajo dominio francés, ya no tocaban las campanas cada día. Le invadió cierta ira. Todo el Valle de Arán había sido invadido a principios de 1810 y no sabía absolutamente nada del destino que había deparado a sus familiares ni a su ancestral hogar.  “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.”

Dio comienzo la sesión. Felip estaba algo agitado. No era la primera vez, pero siempre sentía nervios antes de intervenir. No por miedo a hablar ante cientos de prohombres de toda la Nación, ni por una falta de convicción en su discurso, ni siquiera por el hecho de ser consciente de la trascendencia del momento, sino que sentía nervios por no olvidar ningún aspecto fundamental en su discurso. Al cabo, una cosa era equivocarse para con uno mismo y otra muy diferente errar en detrimento de sus representados. La guerra era la clave y tenía que insistir en ello. O se gana o nada de lo que se está haciendo servirá para nada. Más recursos, más hombres. Hay que romper el cerco de la ciudad de Cádiz. Es una absoluta prioridad. Y, por supuesto, las instrucciones de la Junta... Escuchó su nombre. Con aire solemne, se levantó. Y comenzó a hablar.

Y eso es lo que hicieron. Hablar. Debatir. Sesión tras sesión, parlamento tras parlamento, fue cogiendo forma el texto legal que tenía vocación de regular la vida de los 32 millones de almas que poblaban la España de ambos hemisferios (12 millones en Europa y 20 millones en América). ¡Boom! ¡Zas! ¡Placa! La artillería francesa no había cejado en su empeño, pero por cada obús que recibían Cádiz o San Fernando, los valientes defensores del Castillo de Puntales les devolvían la estopa con menos medios pero con la altivez adecuada a los personajes que lo poblaban; y, conociendo el ademán español, no me extrañaría que les compusieran una chirigota a esos franceses que, lejos de su patria, veían impotentes cómo Cádiz creaba, bajo su yugo, “invención más incendiaria del espíritu jacobino”, como diría el propio Karl Marx en un artículo del New York Daily Tribune de 1854, que también añadía: “Examinando, pues, más de cerca la Constitución de 1812, llegamos a la conclusión de que, lejos de ser una copia servil de la Constitución francesa de 1791, era un producto original de la vida intelectual española que resucitaba las antiguas instituciones nacionales, introducía las reformas reclamadas abiertamente por los escritores y estadistas más eminentes del siglo XVIII y hacia inevitables concesiones a los prejuicios del pueblo.”

18 de marzo de 1812. Felip estaba hecho un despojo. Hacía gala, con demasiada frecuencia, de una tos seca horrible y le costaba conciliar el sueño. La plaga de fiebre amarilla asolaba Cádiz. El cuerpo le pedía salir de allí cuanto antes, pero tenía que rematar la faena. Aquél día era de júbilo. Observó a Antoni Capmany, dentro del Oratorio, visiblemente agotado: había sido uno de los pocos diputados que pidieron enérgicamente la abolición de la Santa Inquisición hasta el último momento, sin haber alcanzado el éxito. Pese a ello, se le venía satisfecho, profiriendo infamias sobre Napoleón, al que llamaba aborto de un islote infame, refiriéndose a Córcega. Antonio de Larrazábal y Arrivillaga paseaba absorto en sus pensamientos, habiendo cedido la Presidencia de las Cortes meses atrás. A lo lejos, vio a José Mejía Lequerica, con el que había trabado notoria amistad: hombre luminoso, viajado, representante de Ecuador, celebérrimo orador y persona culta donde las hubiera. Célebre había sido su discurso en defensa de la igualdad entre todos los españoles, que empezaba del siguiente modo: “Todos los españoles de ambos hemisferios componemos un solo cuerpo, formando una misma nación; (…) Por lo que a mí toca, creo que el mejor modo de manifestarse españolas nuestras provincias ultramarinas, es permanecer unidas con la libre patria común, que, a manera de un árbol frondoso, extendió sus ramas por esas dilatadas regiones. Y, a decir verdad, la nación española no es más que una gran familia, que, viniéndole estrecho el antiguo mundo, se dilató por los inmensos espacios del nuevo”. Se acercó a él. Quería compartir ese momento.

 

Todos y cada uno de los diputados firman la C-1812 con toda solemnidad. Lo han hecho. Ahora vendría lo más complicado: enviársela a Fernando VII para que la encontrara de su agrado. Empresa, ésta, que daban por hecha, ignorantes en su inocencia de lo que les deparaba ese repugnante monarca que no merecía no ya tan buenos vasallos, como dice el Cantar del Mío Cid, sino siquiera el aire que respiraba. Pero ya tendremos tiempo para la indignación. Con la firma de Joaquín Díaz Caneja, diputado leones, quedó la última mácula de la voluntad soberana sobre el texto original de la Constitución. Y se dictó públicamente el Decreto nº 138:

 

 “La Regencia del Reino se ha servido dirigirme el Decreto que sigue:

                Don Fernando VII, por la gracia de Dios y por la Constitución de la Monarquía Española, Rey de las Españas, y en su ausencia y cautividad la Regencia del Reino, nombrada por las Cortes Generales y Extraordinarias, a todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed: Que las Cortes han decretado lo siguiente: (…)

                Que se pase a la Regencia del Reino un original de la citada Constitución, firmada por todos los Diputados de Cortes que se hallan presentes; Que disponga inmediatamente se imprima, publique y circule (…).

Y aquí acaba nuestra historia. Bueno, mejor dicho, aquí nos topamos con un punto y aparte. Nuestros ojos en esta narración se cerraron definitivamente en junio de ese mismo año en las costas de Portugal. Lo mismo le ocurrió a Mejía Lequerica en octubre de 1813. Otros diputados tardarían más en morir y tendrían que comprobar cómo su trabajo quedo ninguneado por el "deseado" Monarca. Algunos sufrieron prisión. Otros fueron ejecutados. Pero a ellos le debemos el germen del liberalismo español. A ellos, a su audacia, a su valentía. A aquella Cádiz intelectual, progresista y luminosa que procuró la creación de la Constitución más moderna de su tiempo.

Fijado contexto actual y antecedentes históricos, necesarios para comprender adecuadamente nuestro análisis y tener una viva imagen de territorio, personajes y legislaciones, procederé, ahora sí, al entrar en el contenido de la CE-1812. Pero será en el siguiente capítulo.

20.12.2018 20:56

Winter is comming”, decía Ned Stark durante quizás demasiadas ocasiones en el primer tomo de Canción de Hielo y Fuego. No lo dice más allá de este primer tomo por motivos obvios, pero es un mantra, una sentencia, una frase palmaria, que siempre resulta aplicable; menos en invierno, claro. No llegará lo que ya ha llegado, pues el tiempo verbal futuro es incompatible con el pretérito perfecto compuesto, y en cuestión de tiempos verbales no hay Schrödinger que valga. El caso es que, a diferencia de lo que ocurre en la Invernalia de los Stark, el invierno siempre llega, puntualmente, en un periodo de 72 horas de cada año, siempre y cuando se mantengan los valores de rotación, distancia al Sol y curvatura del eje de la Tierra. Concretamente, en el Hemisferio Norte, nos encontramos en la máxima distancia de la Tierra al Sol entre el 20 y el 23 de diciembre; en el Hemisferio Sur, al contrario, este evento ac ontece entre los días 20 y 23 de junio. Y quién estuviera en Argentina ahora, ¿eh?

El caso es que el ser humano necesita referentes claros, así que se ha decidido que, en el Hemisferio Norte, el periodo invernal da comienzo el día 21 de diciembre. De hecho, el año pasado, entramos en el solsticio de invierno el día 21 de diciembre a las 16:28; y este año, se prevé que entraremos en el solsticio de invierno a las 22.23; por lo que, en realidad, estaremos siendo verdaderamente exactos. Pero eso no es lo importante. De hecho, son datos que quizás sólo me interesan a mí. Lo que importa es la puta Navidad, los regalitos consumistas, la felicidad impostada, las luces que provocan fotofobia a cualquiera que tenga ojos en la cara, el gordo cabrón de la Cocacola y el nacimiento de Ra, Jesucristo, Isaac Newton o Armin Van Buuren.

Un momento, ¿Armin Van Buuren? Pues sí, el bueno de Armin Jozef Jacobus Daniël nació el 25 de diciembre de 1976 en Leiden, Holanda. Y a mí como que me apetece más celebrar su 42 cumpleaños que todo este rollo de la Navidad. Al final, me ha dado muchas alegrías su música. Su maravilloso trance que me ha transportado a ciudades futuristas con leds, pantallas gigantes y coches voladores. Me apetece más celebrar el estilo musical de gente como Paul van Dyk, que este noviembre de 2018 nos ha sorprendido con un nuevo disco espectacular, con la de Rosalías que están cayendo. Celebrar algunos nuevos productores, como el italiano Giuseppe Ottaviani, que lo está petando más que una pizza un domingo de resaca. En fin, dedicar este frío invierno a esos temas que me han hecho volar este mes de diciembre, mientras me empapaba de trance de 2016, 2017 y 2018, como redescubriendo el estilo. Encontrándome con el trancero que llevo dentro.

Et, violà: Habemus novum sessionem. En francés y latín, para que no se diga. Así que os presento mi primera sesión de temporada trancera, fresca, moderna y muy agradable al oído. Y, asimismo, os invito a que digáis, alto y claro, ¡Feliz cumpleaños, Armin! Y que le jodan a lo demás.

DJ HARDBEAT - WINTER SESION 2018

Tracklist

1.- Armin van Buuren - This is a test (Arkham Knights Extended Remix) 
2.- John O'Callaghan feat Josie - Out Of Nowhere (Giuseppe Ottaviani Extended Remix) 
3.- Radion6 and Davey Asprey - Spin-Off (Extended Mix)
4.- Omnia and Audrey Gallagher - I Believe
5.- Everlight - Dopamine (Original Mix)
6.- Stefano Brigati - Recall (Ellez Ria Remix)
7.- Ferry Tayle - Twin Souls (Extended Mix)
8.- Photographer and Susana - Find a way
9.- Paul van Dyk & Steve Allen - Fairytales
10.- Giuseppe Ottaviani - Carbon Paper
11.- David Forbes & Trevor Reilly - Acid Therapy (Original Mix)
12.- Dan Stone - Argento (Extended Mix)
13.- Paul Denton - Invader (Extended Mix)
14.- Tucandeo and Esmee Bor Stotijn - Northern Lights (Matt Bukovski remix)
15.- Giuseppe Ottaviani & Paul van Dyk feat Sue McLaren - Miracle (OnAir Extended Mix)
16.12.2018 19:42

Que la realidad supera la ficción es un lugar común que, de tan común, se convierte en axioma. Y a todos aquellos que redactamos artículos intentando que tengan una conexión con la actualidad, no sólo como enganche, sino como elemento que otorga un marchamo de contemporaneidad necesario para interpretar correctamente el contenido del mismo, nos explota la realidad en la puta cara. Tú puedes tener una idea, madurarla y plasmarla en un guión, con ciertos elementos programados, pero cualquier ficción futura que pudieras prever como modulador final del artículo siempre es superada por una realidad imperiosa. Tú puedes prever que el día en que la Constitución cumpla 40 años habrá lo habitual: exabruptos, quemas de copias de la Carta Magna, gentes con encefalograma plano que la critica o la ensalza sin haber leído ni una palabra de la misma o incluso manifestaciones públicas en ambas direcciones. Ha pasado. Puedes prever, a nivel de ficción, o de previsión, que este año podría haber más movida de la habitual o incluso que ocurriría algún incidente o escenificación que dé una vuelta de tuerca al maniqueísmo constitucionalista tan propio de este pueblo cainita y traicionero. Lo que yo, y parece que nadie, preveía, es que VOX sacara 12 escaños en Andalucía un día antes de que la Constitución cumpliera la redonda cifra de cuatro décadas. Qué cabrona es la realidad. Y a pesar de que ha transcurrido más de una semana, nadie sale de su asombro; todo lo contrario, aprovechan el Pisuerga, que, al parecer, dicen, pasa por Valladolid, para dar más caña al molino.

En fin, sé que puede parecer que incumplo mi promesa de no hablar de política en este blog, pero en el fondo, no estoy hablando de política. Bueno, sí, hablo y he hablado de política, pero no de políticas o posiciones concretas, ni ejerciendo de analista de la actualidad contingente; sino que en este tipo de artículos he tratado de ver los toros no ya desde la barrera, sino desde la calle contigua al ruedo –ruego perdonen la referencia taurina- a fin de buscar grandes trazos, tendencias o referencias metapolíticas. Vamos, que es más sociología que política. No me pienso posicionar, a pesar de que la equidistancia siempre se observa con recelo, pues se acostumbra a colocar, por parte del fanático de turno, en el bando contrario. Flechas por ambos bandos. Nada nuevo bajo el sol para este este humilde narrador.

El caso es que el partido político VOX ha entrado en el Parlamento andaluz nada menos que con 12 escaños. Sin entrar a valorar ni sus concretas propuestas políticas ni su posicionamiento en el espectro ideológico, en cuyo detalle hay profusión de opiniones, sorprende al respetable la contundencia de su irrupción. Y no es para menos. La pregunta que más deberíamos hacernos, con independencia de que rechacemos o apoyemos a este partido, es el por qué. La respuesta, a mi entender, es evidente, vista desde cierta perspectiva. La tercera Ley de Newton: toda acción tiene una reacción inversamente proporcional a su fuerza y movimiento.

 

¿NEWTON Y POLÍTICA?

 

Pues sí, Newton y política. Veréis. La acción se inició, como ocurre con una masa en estado de reposo uniforme, mediante la aplicación de una fuerza externa que varió la uniformidad del estado de la misma: pasó de esta en reposo a estar en movimiento. Primera Ley de Newton. La crisis económica de 2009 (fuerza) provocó que la sociedad (masa) se moviera. La gravedad de la situación provocó un movimiento acelerado proporcional a las consecuencias económicas de esta crisis, que todavía sufrimos, por otro lado. Segunda Ley de Newton. Y esta situación (acción) provocó el surgimiento de ciertos elementos políticos que aprovecharon esta fuerza motriz para generar una fuerza inversamente proporcional (reacción). Tercera Ley de Newton. La reacción social fue el 15M, movimiento que protestaba contra el Gobierno del Estado, que no había sabido, o podido, frenar la fuerza de la crisis. Tampoco es que se pudiera haber hecho ningún milagro, desde luego, pero la respuesta del Gobierno fue titubeante, demagógica y, sobre todo tramposa: no dijeron la verdad. La reacción nacional fue el resurgimiento del independentismo catalán, que hasta tanto había estado latente, esperando un buen momento para explotar. Por supuesto, el movimiento estaba presente, pero todo el rollo del Estatuto de Autonomía y demás no habría quedado más que en una anécdota si la economía hubiera acompañado. Y se lo pusieron en bandeja.

Y aquí es cuando las Leyes de Newton dejan de tener validez, porque ni la sociedad es una masa uniforme, ni las fuerzas tienen siempre la misma intensidad. La reacción política que indicamos en el párrafo precedente creció con independencia y por encima de la fuerza iniciar derivada de la crisis. Han dejado de ser una reacción para ser una nueva acción. Del 15M surgió Podemos, que comenzó a ganar poder, entró en Parlamentos autonómicos, en alcaldías tan importantes como Madrid, Barcelona y la propia Cádiz –cuya importancia veremos posteriormente-, así como en el propio Parlamento nacional. De hecho, han acabado hasta derrumbando al Gobierno del PP de Mariano Rajoy (que ha sido Presidente del Gobierno de España de 2011 a mediados de 2018). El independentismo catalán ha aglutinado personas sin importar clase social o ideología económica y ha sido capaz de montar dos referéndums, sin que importe realmente su validez jurídica, varias manifestaciones multitudinarias y hasta un intento de secesión. También han conseguido derrumbar a Mariano Rajoy. Menuda acción, diréis. Ríete tú de la crisis.

Estos movimientos, claramente reaccionarios, en lugar de buscar el equilibrio quebrado por la crisis, han implementado, en mayor o menor grado, sus propias medidas ideológicas. En cierto modo, se ha aplicado cierta radicalidad que no siempre ha tenido una buena acogida. Para que nos entendamos, han cometido el mismo error que la II República Española en 1931: pretender cambiar por completo una sociedad en pocos años de un modo bastante torpe, olvidando y subestimando a una parte muy importante del país.

Y aquí regresa nuestro amigo Isaac para recordarnos, de nuevo, su tercera Ley. Esta nueva acción, que fue reacción en su momento, está teniendo su propia reacción. Frente al comunismo, reacciona el capitalismo. Frente a la separación de España, reaccionan los que creen en su unidad. Frente a las medidas morales radicales, reaccionan los conservadores. Así que VOX, si bien nadie podría esperar su alcance, era una reacción lógica, prácticamente científica. Y la cosa no va a ir a menos, sino a más, siendo Andalucía la punta de lanza de esta reacción. De nuevo, la II República Española y el surgimiento de la CEDA impulsada por el partido radical Acción Popular en 1933. Si es que no aprendemos, joder. Ni unos, ni otros. Hasta tenemos a nuestro Lerroux moderno (pongan aquí a su candidato).

Así veo yo la actualidad. Vamos, que no augura nada bueno, y mucho menos teniendo en cuenta que, si establecemos similitudes con la II República española, las siguientes reacciones acabaron con 300.000 muertos, miles de exiliados y 40 años de dictadura. Y en lugar de sentarnos a buscar consensos, continuamos estirando la cuerda entre las dos Españas, a ver si se rompe de nuevo. Me da lástima, pero tenemos lo que nos merecemos.

Pero regresemos a Andalucía. Y es que ella quería hablaros realmente. De que pese a que, en democracia, haya sido abandonada al clientelismo, al funcionariado y a la nulidad económica; pese a que, durante el franquismo, fuera saqueada y ninguneada; pese a que, durante la II República, fuera puesta literalmente patas arriba; pese a que, desde finales del siglo XIX, se convirtió en una región residual de la ya residual España, tuvo una importancia capital en el constitucionalismo español. Fue la primera. Como lo ha sido ahora con su reacción. Y si bien no voy a valorar, ni para bien ni para mal, la reacción actual, pues me he limitado sencillamente a analizar su origen sociológico de una manera gruesa, pero a mi entender efectiva, sí que vamos a entrar a valorar y a conocer el surgimiento de la primera Constitución española, ahora que la actual ha cumplido nada menos que 40 años.

EL CONSTITUCIONALISMO ESPAÑOL

Mucho ha llovido en el periodo constitucional español comprendido entre los 1812 y el actual año 2018. Hay Borbones desde entonces, me diréis. Y estáis en lo cierto. De hecho, si conocierais la historia del abyecto Fernando VII, del que hablaremos posteriormente, hasta tendríais en gracia a Felipe VI, creedme; e incluso se pone en duda que compartan misma sangre; pero en todo caso, eso es materia de otro artículo. El caso es que, en ese periodo de más de 200 años, hemos tenido 7 constituciones diferentes (considerando el Estatuto de Bayona una imposición francesa). Su duración ha sido muy dispar, por razones de la tormentosa historia de España durante los siglos XIX y XX, con alzamientos, repúblicas fallidas y dictaduras militares:

En cuanto a su contenido, nos encontramos con la Constitución más progresista de su tiempo, no sólo de España, sino de toda Europa, que fue la de 1812; y con varias constituciones que se iban alterando entre conservadoras y progresistas hasta llegar a la actual, que jurídicamente es la más neutra que hasta la fecha se ha promulgado en España, pese a todo lo que se opina sobre ella. Desde un régimen monárquico limitado hasta la monarquía parlamentaria actual, pasando por dos constituciones republicanas, se fueron consagrando, jurídicamente, las actuales instituciones, los actuales derechos fundamentales y la soberanía nacional, que fueron reconstituidas definitivamente, o eso espero, tras la dictadura militar del General Franco.

¿Elementos de conflicto? Siempre han sido los mismos: La confesionalidad del estado, el poder del Parlamento frente al Rey, el establecimiento de un régimen unitario o federal y el resguardo de determinadas fuerzas vivas sociales. Las dos Españas de siempre, sí. Sobre el surgimiento de esta diatriba maniquea española y su manutención en el tiempo tendría mucho que decir, pero tampoco es materia de este artículo. El hecho cierto es que los elementos de conflicto siempre han sido, y siguen siendo, los mismos. De hecho, imaginad cómo reaccionarían Podemos y los independentistas catalanes frente a una constitución conservadora como la de 1876, con un estado confesional, sin sufragio femenino y con fuerte potestad regia. Y ahora, imaginad cómo reaccionaría VOX con la constitución progresista de 1931, aconfesional, que se consolidaba como una república de trabajadores y que tenía trazos federales. Ay, la historia.

Al final, el problema siempre ha sido el mismo: se legislaba a favor de una parte de la sociedad y la reacción de la otra parte siempre llegaba, tarde o temprano, con la promulgación de otra constitución mediante un golpe de estado civil, mediante un acto democrático o directamente con un alzamiento militar. En 1978 se intentó hacer algo diferente. ¿Salió bien o salió mal? Ésa es la cuestión, me diréis. Pero el hecho cierto es que se trató de huír del odio que impregna las dos Españas que tan bien representó Goya en este cuadro:

Mi opinión es que se hizo meridianamente bien, teniendo en cuenta el ruido de sables, el comunismo, el miedo de la sociedad e incluso los estertores del antiguo régimen dictatorial. Pero no se remató la faena. La Constitución que ahora cumple 40 años fundó unas bases neutras, moderadas, que permitían crecer a este país cainita sin que nos matáramos entre nosotros; pero es incompleta. Tiene fallos. Y no hablo de cuestiones puramente jurídicas, que las hay, como el nulo papel del Senado como Cámara territorial o la configuración del estado autonómico. Hablo de algo más. De una necesaria vuelta de tuerca. De apuntalar el edificio que había comenzado a construirse sobre cimientos sólidos, pero que corre el riesgo de derrumbarse. De rematar el consenso.

Hoy en día, a decir verdad, me muestro muy poco optimista al respecto. Estamos más cerca de una nueva guerra civil, como ya he señalado, de un nuevo alzamiento militar o de un golpe de estado, que de construir el segundo piso sobre el principal que se construyó con la Constitución de 1978. Y esta vez la culpa no la tendrá el papel. Os lo dice un jurista.

 

¡VIVA LA PEPA!

Antecedentes históricos

 

Pero volvamos de nuevo a Andalucía. Volvamos, porque creo que la introducción se me ha ido un poco de las manos. Pero es que, joder, el contexto es importante. Saber qué ha pasado con el constitucionalismo español. Saber cómo estamos ahora, qué ha pasado recientemente. Fijarnos en Andalucía. Buscar claves. Y todo ello para que podamos entender la importancia que tuvo esa hermosa ciudad atlántica, la ciudad más antigua de Europa occidental, con más de 3.100 años de historia; la antiquísima Gadir fenicia, la posterior Gades romana. La actual Cádiz.

Yo tengo sangre jienense y sevillana, pese a que mi madre nació en Córdoba, por lo que mi vínculo con la vieja Andalucía va más allá de una cuestión nacional, patriótica o cultural; pero políticamente, siempre lo he dicho, soy heredero de Cádiz. Heredero del liberalismo político, al cabo; término actualmente muy denostado, pues de manera que no acabo de comprender se ha vinculado al capitalismo salvaje cuando, en realidad, se basa en la libertad individual como máximo exponente. Y esa libertad se puede ejercer en muy diversos sistemas políticos y económicos; siendo uno de ellos el liberalismo económico, pero no el único. Pero bueno, no pienso disertar sobre el disparate que representa vincular el liberalismo a la derecha económica y social. El caso es que dicho término se acuñó no sólo en España, sino en el resto de mundo, gracias a los inicios del constitucionalismo español. Aquellos valientes, que en pleno asedio francés trataban de construir una España nueva, fueron los verdaderos liberales, los verdaderos revolucionarios que trataron de romper las cadenas, que trataron de crear un estado de libertades, igualdad de derechos y modernidad a principios de aquel convulso siglo XIX. Aquellos que recogieron el guante de Voltaire tras la fallida –sí, fallida- Revolución Francesa.

Chas. O plas. O pum. No sé muy bien cómo suena y qué onomatopeya es la más adecuada. Nunca he visto una decapitación y mucho menos he escuchado cómo sonaba una guillotina. Pero ese ruido, sea el que sea, marcó el inicio de una nueva era en Occidente. Luís XVI de Francia perdió la cabeza el mismo día que, a mi parecer, y sin denostar la toma de la Bastilla, dio inicio la Edad Contemporánea, en la actualmente nos encontramos -aunque se debate si, desde la caída del Muro de Berlín, se ha entrado en otra era-. No ahondaré al respecto, pues hay muchos libros, novelas, películas, documentales y tratados que tratarán la Revolución francesa mucho mejor que yo, pero el inicial conflicto civil se convirtió en terror con Robespierre y en el surgimiento de un débil estado francés que no fue capaz de frenar el infinito empuje y la superlativa ambición de un nacionalista corso que acabó coronado como emperador de Francia: Napoleón Bonaparte.

En cierto modo, las ideas de la Ilustración francesa corrieron por toda Europa gracias a sus conquistas, pero Francia no fue Roma, pese a que fuera el objetivo del Napoleón (y fue posteriormente el de Hitler). En lugar de aplicar un sistema de invasión militar que impregnaba el territorio de ideas nuevas, frescas, que los lugareños abrazaban con menor o mayor agrado porque le otorgaba un sistema civilizatorio superior al propio, los franceses asolaban todo a su paso y luego construían de nuevo en base a sus propios intereses. La invasión militar antecedía saqueos, imposiciones, dádivas más o menos legítimas a amigos, familiares o personajes afines y el establecimiento de un régimen completamente disruptivo que, si no se explicaba, generaba rechazo. Y es que, a ver, no me malinterpretéis, yo prefiero cien mil veces a José Bonaparte –Pepe Botella, para sus enemigos- y la carta otorgada de 1808 que al orondo hijo de puta de Carlos IV y al rey más nefasto que ha visto esta perra tierra, su hijo Fernando VII, con su absolutismo de tercera regional y su traición a España. A mí el disparate del ¡vivan las cadenas! me repugna tanto como al que más. Pero si la invasión francesa de España hubiera estado inspirada por las ideas y no por la geopolítica pura de Francia; si José Bonaparte hubiera sabido incluir a los españoles en su gobierno; si no hubiera habido 2 de mayo de 1808; si las cosas se hubieran sabido hacer mejor, quizás hubiéramos sido la Hispania romana. Quizás hubiéramos abrazado estas ideas. Pero el fin no justifica los medios y ése fue un error que cometieron demasiados personajes ligados a la Revolución francesa, empezando por la Vendée y acabando en Waterloo.

Y entre los afrancesados españoles, que lamían la bota de Napoleón, y los absolutistas españoles, que agradaban la España de la sotana y el feudalismo más rancio, surgió un grupo de personas que querían algo más. Algo propio, moderado, moderno, que, partiendo de las ideas de la Revolución francesa, pero mezclándola con la idiosincrasia española, pretendieron dejarnos estos liberales a los tataranietos de sus tataranietos. Un país del que se podía uno sentir orgulloso. La España que pudo ser y no fue. La España de Cádiz de 1812.

Y aquí, en la Cádiz de principios del siglo XIX, nos despedimos hasta la próxima, que el artículo se me está alargando mucho más de lo que esperaba. Ya tenemos la vinculación entre el contexto actual y el contexto antiguo, tenemos fijada fecha, lugar y naturaleza de los personajes que jugar un papel en esta historia. Tenemos los ingredientes necesarios para ejecutar esta receta de la que deberíamos ser herederos. Tenemos, al cabo, los elementos de esta memoria colectiva que, al conocerla y amarla, nos permitirá entender lo que pasa. Falta el remate, que tendréis en el siguiente artículo. Remate que nos permitirá, con independencia de ideologías, respetar el constitucionalismo español. Darle cierto crédito. Y tener algo de fe, coño.

17.11.2018 15:36

Quizás no lo pensé bien. Cuando tomé la decisión de hacer sesiones de temporada, opté por establecer un régimen de cuatro sesiones anuales en base a los equinoccios trimestrales que separan las habituales estaciones. Tiene una lógica desde una perspectiva temporal, pues me da tiempo a preparar y hacer las sesiones, y también debería seguir una lógica climatológica, toda vez que modulan nuestro estado de ánimo por muy diversos factores. Sin embargo, sin entrar a valorar posibles causas, el clima ha dicho que hasta aquí hemos llegado. Que la primavera y el otoño, siendo periodos temporales templados frente a los extremos verano e invierno, desaparecen de manera definitiva. De calor a frío y viceversa. Y es una puta mierda, porque el otoño y la primavera son mis estaciones favoritas, puesto que solían ser aquellos periodos en los que no sudabas como pollo asado empalado ni te congelabas como pingüino en Groenlandia.

El caso es que yo pienso seguir con esta nomenclatura. Me gusta y así debería seguir. A veces la realidad nos juega malas pasadas, pero me da igual. Total, lo mismo daría, a efectos prácticos, que las numerara por volúmenes, que siguiera un listado de Papas de Roma o de planetas, satélites o concejales corruptos. Al final, como siempre, lo importante es la música, y me lo paso de fenómenos preparando estas sesiones. Y me ahorro el discurso climatológico, dicho sea de paso.

La sesión que os presento es bastante comercial, a decir verdad. Normalmente, suelo configurar mis sesiones con un 80-20, en cuanto a porcentajes de melodías-cantadas; sin embargo, en esta sesión de otoño de 2018, he invertido dichos porcentajes. También he añadido canciones que no son tan modernas, pero llega un punto en el que la gallina actual no da más huevos. Vamos, que si ya daba pocos, se me han ido acabando en la nevera. Y para hacer media tortilla, prefiero tirar de otros productos igualmente válidos.

En fin, que hable la música. Espero que os guste tanto como a mí.

DJ HARDBEAT - AUTUMN SESION 2018

Tracklist

1.- DMB - I Turn To You
2.- K-Rlos DJ - High Tech
3.- Dj Rikar & Rk2 Presents Meska vol 2 - Get Better
4.- Anonim vol 5 feat Paola - Moskito 7 (The Bayer Rmx)
5.- DJ Ruboy vs Tanki & Osram - Liquid Silence (Remix 2015)
6.- Shox - Acid Maniac
7.- DJ Nau & DJ Metix presents KHA2 ‎- Leaves
8.- DJ Nau - Pitched Fucked Bass
9.- Darren Styles - Save Me
10.- Tec-Coco - Tec-Coco vol 3 (Numero uno mix)
11.- Shox vs Beston - Sweet Nightmares
12.- Gerard Requena - Back to 98 (Melodic Version)
13.- Melomaniacs - Out Of This World (Acapella)
14.- DJ Metix - Breaking with the Base
15.- Xque vol 11 - It's A Dream
16.- Reverendo & Pitu - Lost
17.- Ales - So Freaky
18.- DJ Sergi feat Jonathan Varela - Our Love  
19.- Xavi Metralla - Vibrations
20.- DJ Ray & DJ Suly - Dial Information
21.- DMB - Tabula Rasa
22.- Eufex - Syntheica (Original mix)
23.- DJ K-Rrion - K-Rrriator
24.- Seduction & Gammer - Bright Star
25.- Nitroman - Techno Galaxy (Galaxy Of Moon)
 
10.11.2018 14:57

El sábado pasado recibí un fogonazo. Un flash, que se dice en guiri. Si bien es cierto que, en el pódium de una discoteca, recibir un flash, un haz en luz en toda la cara o directamente un láser en el ojo, no es algo anecdótico, sino más bien un hecho recurrente. Pero no me refiero a algo físico, lumínico. No me refiero a un flash en mi retina, sino a algo más profundo. Algo mental. La piel se me erizó, la tensión me subió, el corazón aumentó su ritmo y el baile salió como algo natural, atávico, reptiliano. La música, me diréis, causa estos fenómenos en nosotros, sobre todo para contumaces melómanos como un servidor. Pero es algo más. Es nostalgia. Es recuerdo. Es pasión. Es algo muy difícil de narrar, os lo aseguro. Al cabo, la capacidad de procesar emociones y transcribirlas no es asunto baladí, pero en mi caso fue algo que tenía cierta tangibilidad. Que estaba en mi cerebro.

Recordé vívidamente algo tan simple, tan ordinario, tan poco anecdótico y prosaico como el trayecto que mediaba de mi casa a mi primer empleo oficial, a mediados del año 2000. Recuerdo mi walkman con pilas, que todavía conservo, que, en aquella época, ya pretérita, era una suerte de asidero al que aferrarme ante el cruel mundo que ante mí se desplegaba. Recuerdo subir el volumen al máximo, hasta que el mecanismo de rueda que controlaba este elemento encontraba el tope, el fin, el techo que no quería encontrar. Recuerdo subirme al autobús a temprana hora para reponer mierda en un supermercado de Sant Cugat del Vallès a la estratosférica cifra de 400 pesetas la hora (unos 2,5 €). Las latas de Coca Cola debían colocarse de tal modo que el cliente pudiera leer la marca en todas y cada una de ellas. Sí, es cierto, el efecto de cientos de latas colocadas de un determinado modo daba un aspecto impresionante, aunque lo que te vendan sea azúcar concentrado que es capaz de deshacer metal tras un día de sumersión. Pero para mí era tedioso. Un trabajo de puta mierda. Y recuerdo las sensaciones maravillosas que me provocaba salir de aquel infierno, firmar en un papel mi hora de salida, que rara vez coincidía con la hora real, pues el hecho que fuera manuscrito y que no tuviera supervisión permitía el fraude, y volver al autobús. Cascos, walkman, volumen. Play. Y tras el sonido analógico de presionado del botón correspondiente, clack, sin pantallas táctiles ni sutilezas, sonaba la música. La segunda sesión de la segunda cinta del recopilatorio Las Catedrales Del Techno volumen 1. Sonaba la sesión de DJ Frank, DJ Ricardo y Javi Aznar. Sonaba Zaragoza en mis oídos. Coliseum

Y no se trataba sólo de una sesión, claro. Se trataba del primer recopilatorio que me compré ese mismo verano del año 2000 con mi propio dinero. Podría haberme gastado mi primer sueldo en un videojuego de la Play Station, en la camiseta de Alessandro Del Piero de la Juventus o en unas bambas Nike con cámara de aire, bienes todos ellos codiciados para mi persona en aquella época, pero decidí gastármelo en mi mayor pasión. Me lo gasté en música. Me lo gasté en cuatro cintas de cassete que ahora no tengo modo de reproducir. Me lo gasté en aquella música electrónica que se me había grabado a fuego desde el año 1995.

La verdad es que fue todo un avance musical, aquél. Anteriormente, no tenía más opción que rogar que me compraran cintas vírgenes, o tapar el agujero en la parte inferior de las cintas de mis padres que ya no usaban para grabar música de la radio. Estar esperando como un idiota con el dedo sobre el botón de REC, esperando a que se callara el puto locutor de turno, para grabar el máximo tiempo de una canción. Y cómo las pisaban, los hijos de puta. Pero eso se había acabado. Tenía cuatro sesiones de una hora completas, con el tracklist, sin locutores, sin que el regrabado de la cinta hiciera perder calidad de sonido. Tenía cuatro discotecas míticas en mi mano, oídos e imaginación, que todavía se antojaban lejanas a mis 15 años de edad. Y todavía recuerdo la cuña de radio: ¡Las Catedrales del Techno! ¡Bachatta! ¡Central! ¡Coliseum! ¡Xque! ¡El evangelio del sonido!

Por eso, cuando el pasado sábado pinchó Javi Aznar en la fiesta que organizaron en la increíble discoteca Millennium de Sils llamada Spirit of the 90’s, no podía parar de bailar. No podía bajarme del pódium. No podía parar de sonreír, de saltar, de chillar, de decir en voz demasiado baja para que le llegara al deejay pero suficientemente alta para desgañitarme la garganta, que ¡Viva Zaragoza! Por eso se me entelaron los ojos cuando caí en la cuenta de que estaba sonando el Mu-V Express, de Jaccot. Y tuve ese flash. Por eso perdí la razón absolutamente cuando sonó el Killer Sampler. Y recordé. Por cosas como éstas, no sé si por el recuerdo, por su calidad musical, por su fiesta, por el alcohol, por la melancolía, porque me hago mayor y no me gusta una mierda o porque la electrónica es mi vida, fui feliz como hacía tiempo que no lo era.

Ver a Sensity World en directo estuvo muy bien también, ojo. O la sesión de Xavi Metralla. Y qué decir de la sesión de Javi Tracker y Al-Fredo. No me duelen los pies, los gemelos y la espalda de estar sentado en una esquina de la sala, os lo aseguro. Pero lo que recordaré siempre será aquel momento, subido al pódium junto con dos amigos, con esa melodía increíble rodando en el plato del deejay y creando una atmósfera épica, sublime, onírica. Haciéndome recordar y entender por qué la música es tan importante en mi vida. Haciéndome sentirme orgulloso de ser lo que soy, makinero, bakala, lo que coño queráis llamarme. Esa música me define y nunca hay que renunciar a ser uno mismo.

Así que hoy, una semana después de ese gran momento, comparto con vosotros esta reflexión y esas míticas sesiones que me hicieron volar, ya sea en el año 2000, con las hormonas desbocadas; ya sea en el año 2018, con canas en la barba.

Sessión Xque?

Sesión Bachatta

Sesión Central

Sesión Coliseum

20.10.2018 21:07

El gran Isaac Newton, que espero que conozcáis pese a la LOGSE y al culto a la ignorancia que predomina en nuestros días, no sólo resulta útil por su manzana. Sí, cayó en su cabeza, cuenta la leyenda, y una fuerza invisible la precipitó de la rama del manzano a uno de los mejores cerebros que ha dado la historia de la humanidad. Pum. Y es que siempre hay un inicio. Para aprender a andar, tienes que ver cómo andan otros, tienes que adquirir experiencia, perder el miedo, atreverte a hacerlo. Y eso no te convierte en mejor que nadie. Al revés. Eres uno más, aunque camines mejor, o más rápido, porque no podrías haber llegado hasta donde has llegado si no te hubieran enseñado a andar. La humildad, por eso, no te la ofrece una manzana. Puedes comértela sin más, puedes pensar que cayó en ese preciso instante porque una entidad superior así lo ha querido o puedes aprovechar la ocasión para pensar en el por qué. Por qué cae la manzana. Por qué camino más rápido que los demás. Por qué los planetas, estrellas errantes en griego, no tienen una trayectoria rectilínea en el cielo. Y toda conclusión tendrá un inicio: ya sea en la naturaleza o en las conclusiones de otras personas.

Cuando Newton dijo aquello de si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes, no hacía más que reconocer que él sólo había dado un paso más, pero no había aprendido a caminar solo. Todo científico, estudioso, intelectual, artista, músico o escritor se debe al bagaje que, durante su camino, ha ido adquiriendo por parte de terceros. Beethoven no habría compuesto la maravillosa 5º sinfonía, que me acompaña mientras redacto estas líneas, sin Haydn y Mozart. Roma no hubiera alcanzado su cénit cultural y filosófico sin su helenización y sin la influencia de Sócrates, Platón y Aristóteles. Y George R.R. Martin no habría creado la mejor obra de ficción del siglo XXI, pese a que diera comienzo en los años 90 del pasado siglo, sin la influencia de John R. R. Tolkien.

Por supuesto, no podemos comparar el valyrio con el quenya, pero sí la creación de lenguas antiguas y eruditas usadas por civilizaciones luminosas, como los valyrios y los elfos. En efecto, la princesa Éowyn no es Brienne de Tarth, ni Arya Stark, pero sí una mujer que, frente a la condición que le asigna la sociedad, es capaz de empuñar una espada. Nada tienen que ver los caballeros de Rohan con los dothrakis, pero sí la construcción de culturas alrededor de la figura de un caballo. Tolkien viste de realidad la fantasía, y Martin viste de fantasía la realidad, por lo que el equilibrio entre estos planteamientos literarios es dispar; pero ambos han creado una mitología propia que tiene más o menos incidencia en la novela, pero que existe y proyecta un trasfondo lejano en sus novelas, pero todavía presente. De hecho, a grandes rasgos, podríamos comparar perfectamente los hechos que acontecen en Canción de Hielo y Fuego con el fin de la Tercera Edad que relata El Señor de los Anillos: el auspicio del hombre frente a la magia, las fuerzas de la naturaleza y los poderes antiguos. En El Señor de Los Anillos es más que evidente, pero en Canción de Hielo y Fuego, creo, porque es una novela todavía inconclusa, que los dragones y los caminantes blancos han reaparecido a modo de réquiem, sólo para desaparecer definitivamente. Hay rasgos, en definitiva, compartidos. Elementos. Paisajes. Personajes. Pero, sobre todo, la existencia de una civilización central cuya importancia llega hasta los días que relatan las novelas, pese a su pretérita extinción.

Valyria y Númenor. Una península y una isla. Hombres elevados, con características mejoradas. Una tecnología superior, ahora perdida. Una maldición. La destrucción absoluta. Espadas de acero valyrio y árboles blancos. La Roma perdida ante el Medievo en las obras de Martin y Tolkien. Las míticas civilizaciones de ambos literatos que impulsan la trama. Y que comparten, además de los pequeños apuntes que he señalado, una infinidad de rasgos comunes. Así que os invito a descubrirlas someramente, Silmarilion y El Mundo de Hielo y Fuego mediante, y a disfrutar comparando escenarios; obviando tanto las películas de Peter Jackson como la serie de Juego de Tronos. Viendo equivalencias. Subiéndonos a los hombros de estos gigantes.

Origen de Númenor

Según se narra en el Akallabêth, tras la Gran Batalla en la que Morgoth fue expulsado de Arda, los valar crearon una isla para recompensar a los hombres que habían luchado junto a ellos: “Se hizo una tierra para que los Edain vivieran en ella, y que no era parte de la Tierra Media ni de Valinor, ni tampoco estaba separada de ellas por el ancho mar; pero estaba más cerca de Valinor. Fue levantada por Ossë de las profundidades del Agua Inmensa, y fue fortalecida por Aulë y enriquecida por Yavanna; y los Eldar llevaron allí flores y fuentes de Tol Eressëa. A esa tierra los Valar llamaron Andor, la Tierra del Don; y la Estrella de Eärendil brilló en el Occidente como señal de que todo estaba pronto, y como guía en el mar; y los Hombres se maravillaron al ver la llama plateada en los caminos del Sol (…) Este fue el principio del pueblo que en la lengua de los Elfos Grises se llama Dúnedain: los Númenóreanos, Reyes entre los Hombres”.

Tras su creación, el primer Rey de Númenor fue Elros, hermano de Elrond. Vamos, el tío de Arwen, a la que seguro que tenéis más presente. ¿Cómo es posible? Me diréis. Elrond y Arwen son elfos; mientras que Elros, si fue el primer Rey de Númenor, es humano. Pues bien, la cuestión radica en que Elrond y Elros no eran ni del todo humanos, ni del todo elfos; formaban parte de una raza intermedia llamada Medio Elfos. E Ilúvatar les concedió el don de poder elegir, en ese momento de su vida, su destino. Elrond eligió permanecer como elfo, mientras que Elros eligió la mortalidad humana. No obstante, por su linaje élfico, sus rasgos eran superiores a los humanos y su vida mucho más prolongada; así se dio origen a la estirpe de los numerionanos que alcanza hasta un personaje muy conocido y querido por todos nosotros: Aragorn.  

Origen de Valyria

Según extraemos de la narración del maestre Yandel en El Mundo de Hielo y Fuego, mientras en Poniente se sucedía la Edad de los Héroes, en Essos nacía una nueva civilización. En una península que se encontraba al oeste del Imperio de Ghis, se encontraban unas montañas volcánicas conocidas como los Catorce Fuegos. Allí anidaban, nacían y crecían dragones, que empezaron a interactuar con un pueblo de pastores que allí se resguardaba de los esclavistas ghiscarios y que aprendieron a controlar a estas bestias aladas a su voluntad. Este pueblo no sólo se diferenciaba del resto por su capacidad de domar dragones, que no se sabe si fue adquirida o se debía alguna condición especial, sino que ostentaban una gran belleza: ojos color púrpura y cabello plateado. Así nació la civilización valyria.

Valyria no tuvo reyes durante su larga existencia, sino que se constituyeron como un Feudo Franco en el que todos los ciudadanos tenían voz. Se elegían arcontes entre los propios ciudadanos por periodos temporales limitados, por lo que el poder nunca lo ostentó una única familia. La civilización no tardó en prosperar e incluso aplastaron al Imperio de Ghis; sin embargo, adoptaron una de las peores costumbres del imperio caído: la esclavitud.

La caída de Númenor

Tras milenios de esplendor y gloria, la historia de Númenor iba a dar un vuelco que los iba a encaminar a la extinción a manos de un personaje bien conocido: Sauron. En aquella época, todavía conservaba su corporeidad y podía transformarse en un ser humano a placer. Como continuador de la maldad de Morgoth, construyó la Torre de Barad-dûr y fortificó Mordor, sumiendo a la Tierra Media en el caos. Desde Númeror, el Rey Ar-Pharazón decidió poner fin al reinado de Sauron y construyó una flota para desembarcar en el que posteriormente sería el reino de Gondor. Sin embargo, la batalla no se desarrolló según lo esperado: no se derramó ni una gota de sangre. Sauron salió voluntariamente de la Torre de Barad-dûr y se entregó de buen grado. Sospechoso, ¿verdad? Lo era, y más tratándose de Sauron, pero el Rey Ar-Pharazón no lo supo ver y se lo llevó como prisionero a Númenor.

Por supuesto, el objetivo de Sauron era destruir a los hombres desde la capital de su reino más poderoso mediante su lengua venenosa. Y así lo hizo. Ya durante el trayecto a Númenor, pasó de ser un mero prisionero al mejor consejero del Rey. Y aprovechó su debilidad. Los numenorianos, pese a su longevidad, habían germinado en su interior un odio visceral hacia los elfos y los valar por su inmortalidad. No entendían que, siendo los favoritos de los dioses, tuvieran que morir. Sauron utilizó esta coyuntura. Y Tolkien utilizó, en este relato, la propia cosmogonía católica para construir el desencuentro de los humanos con el don de Ilúvatar, que es la muerte. Sauron, no obstante, se diferencia de Lucifer no en el qué, sino en el cómo: si bien el ángel caído fue expulsado del cielo por pretender la inmortalidad del ser humano, Sauron pretendía, realmente, su extinción absoluta, pues su objetivo es el mismo que el de Morgoth: destruir Arda para construir un nuevo mundo según su propio criterio. Pequeños matices.

El caso es que los numenorianos pretendían la inmortalidad y Sauron les susurró un modo de conseguirla: desplazándose a las Tierras Imperecederas, cuyo acceso estaba prohibido a los hombres. De nuevo, la religión católica; y de nuevo, una manzana. Y el Rey Ar-Pharazón, que, pese a tener cientos de años estaba cerca de la muerte, mordió la fruta prohibida. Construyó cientos de barcos, miles, que según los elfos que vivían en la isla de Eressëa, cercana a Númenor, cubrían la luz del sol. Y se encaminaron a Aman.

Si bien el Rey titubeó en los últimos instantes antes del desembarco, finalmente, puso un pie en Amán, reclamando la soberanía sobre esas tierras. Y con ello, firmó la sentencia de muerte de su pueblo: “Entonces Manwë invocó a Ilúvatar, y durante ese tiempo los Valar ya no gobernaron Arda. Pero Ilúvatar mostró su poder, y cambió la forma del mundo; y un enorme abismo se abrió en el mar entre Númenor y las Tierras Inmortales, y las aguas se precipitaron por él, y el ruido y los vapores de las cataratas subieron al cielo, y el mundo se sacudió. Y todas las flotas de los Númenóreanos se hundieron en la sima, y se ahogaron, y fueron tragadas para siempre. Pero Ar-Pharazón el Rey y los guerreros mortales que habían desembarcado en la Tierra de Aman quedaron sepultados bajo un derrumbe de colinas: se dice que allí yacen, en las Cavernas de los Olvidados, y que allí estarán hasta la Última Batalla del Día del Juicio.”

Entonces, un fuego súbito irrumpió desde el Meneltarma, y sopló un viento poderoso, y hubo un tumulto en la tierra, y el cielo giró, y las colinas se deslizaron, y Númenor se hundió en el mar, junto con niños y mujeres y orgullosas señoras; y los jardines y recintos y torres, y las tumbas y los tesoros, y las joyas y telas y cosas pintadas y talladas, y la risa y la alegría y la música, y la sabiduría y la ciencia de Númenor se desvanecieron para siempre.”. La isla desapareció del mapa por completo. Númenor dejó de existir en pocas horas, así como el propio Sauron, que nunca más volvió a tener corporeidad propia y se convirtió en el espectro que Peter Jackson materializó en el ojo llameante de la Torre de Barad-dûr.

La maldición de Valyria

El auge de Valyria parecía no tener parangón. Calcinado en fuego de dragón el Imperio de Ghis, expulsados los rhoynar de sus tierras, que capitaneados por la Princesa Nymeria huyeron a Dorne, conquistada la isla de Rocadragón en Poniente y construida la mayor red de carreteras que jamás había visto Essos, la civilización valyria alcanzaba su cénit. Las espadas de acero valyrio se construían a cientos. Los dragones eran dueños del mundo. Nadie les podía hacer frente. Nadie excepto sus Catorce Fuegos.

Y luego, inesperado para todos, la Maldición cayó sobre Valyria. Hasta el día de hoy, nadie sabe con exactitud que causó la Maldición. Muchos dicen que fue un cataclismo natural – una explosión catastrófica causada por la erupción conjunta de los Catorce Fuegos. Algunos septones, menos sabios, afirman que los Valyrios trajeron el desastre sobre ellos debido a sus promiscuas creencias en cientos de dioses, y hurgaron demasiado en su sacrilegio desatando los fuegos de los Siete Infiernos sobre el Feudo.

La única cosa que se puede decir con certeza es que fue un cataclismo como el mundo no había visto nunca antes. El antiguo y poderoso Feudo Franco fue arrasado y destruido en cuestión de horas. Se dice que cada colina en quinientas millas a la redonda se rompió en pedazos llenando el aire con cenizas, humo y fuego tan caliente y voraz que incluso los dragones que los sobrevolaban fueron engullidos y consumidos. Grandes grietas se abrieron en la tierra, tragándose palacios, templos, y pueblos enteros. Los lagos hirvieron y se convirtieron en ácido, las montañas explotaron, fuentes ardientes expulsaron roca fundida a mil pies de altura, y nubes rojas llovieron vidriagón y sangre negra de demonios. Hacia el norte, el suelo se resquebrajó y colapsó sobre sí mismo, y la inundó un mar furioso de agua hirviendo.

La ciudad más orgullosa del mundo desapareció en un instante, el legendario imperio se desvaneció en un día. (…) La época de los dragones en Essos llegaba a su fin.”

En este caso, como ya he dicho antes, la realidad se impone a la fantasía. Y es que la erupción conjunta de catorce volcanes no hay civilización que la soporte. En efecto, la soberbia está presente, como en Númenor, pero la destrucción de la civilización no tuvo nada que ver con una actuación positiva de los Valyrios. O sí, porque las minas que los esclavos habían estado cavando podría haber provocado las erupciones. Pero si se trata de un castigo por la soberbia de un pueblo, no tiene origen divino, sino natural.

La esperanza de Númenor

Pese a la destrucción absoluta de la isla de Númenor, no todo el pueblo se extinguió. Unos cuantos numerionanos, proélficos, hartos de las mentiras de Sauron, huyeron a tiempo de la isla. Elendir e Isildur no acudieron a la llamada de su Rey para partir a Amán. Nueve barcos zarparon a sus órdenes en dirección contraria, dejando atrás la desolación infinita que estaba por llegar. Una vez en la Tierra Media, fundaron los reinos de Elenor y Gondor.

Seguramente, os sonará bastante el tal Isildur. No es para menos. Fue el propio Isildur, empuñando a Narsil en la Batalla de la Última Alianza, el que cortó el dedo en el que Sauron llevaba el Anillo Único, apoderándose de él. Poco le duró esta nueva propiedad, pues fue corrompido por su poder y posteriormente traicionado, pero este evento dio comienzo a la Tercera Edad. Y, por supuesto, hay un personaje que comparte la misma sangre que Isildur: Aragorn, el verdadero heredero de Númenor, pese a ser un montaraz del Norte criado en Rivendel. No en vano, Elrond le entregó Narsil a la pronta edad de 20 años, cuando le reveló que era el trigesimotercer descendiente directo de Isildur. El verdadero Rey de los hombres.

Un último apunte, el propio Isildur, antes de partir de la isla de Númenor, robó un fruto del Árbol Blanco, vástago de Celebron, que posteriormente plantó en la Tierra Media y germinó. La semilla de Númenor todavía vive en el corazón de los hombres en los hechos que narra El Señor de los Anillos, ya no sólo por Aragorn, sino por el árbol blanco que se encuentra en la Ciudadela de Minas Tirith, heredero directo de los dos árboles de Valinor.

Los Targaryen

La maldición de Valyria no pilló a todos por sorpresa. Una familia noble de Valyria, los Targaryen, huyeron años antes de que ocurriera la hecatombe a la isla de Rocadragón, en Poniente. Daenys Targaryen –que no Daenerys-, hija de Aenar Targaryen, había profetizado la maldición años antes de que ocurriera. Por supuesto, el resto de familias nobles los tomaron por locos, pero Aenar hizo caso a su hija y dejaron el Feudo Franco junto con sus dragones para instalarse en un lugar seguro. Fueron los únicos valyrios que sobrevivieron junto con unas pocas familias que les acompañaron, como los Velaryon o los Celtigar. Seis generaciones después, nació en Rocadragón Aegon Targaryen I, llamado el Conquistador, que se convertirían el Rey de los Siete Reinos junto a sus hermanas Rhaenys y Visenya.

Como Aragorn, en Canción de Hielo y Fuego también tenemos un legítimo heredero exiliado y abandonado a su suerte: Daenerys Targaryen. La decadencia de su Casa, como la decadencia de Gondor, debe ser restaurada por la madre de dragones, que ha conseguido que, tras la desaparición de todos los dragones en tiempos de Aegon III, nacieran tres especímenes. A pesar de que no es mi personaje favorito de la novela, ni mucho menos, sus estragos durante su matrimonio con Khal Drogo, su reinado en Mereen, su travesía por el Desierto Rojo y sus constantes devaneos pueden hacer de ella una gran reina frente al débil y mimado Tommen Lannist… Baratheon; igual que Aragorn, tras la Guerra del Anillo, fue un buen rey frente al decadente Denethor II de Gondor.

Valyria, así mismo, sigue estando presente en Poniente. Las pocas espadas de acero valyrio son conservadas como reliquias y parece que van a ser esenciales en la guerra contra los Otros. Los dragones han vuelto para convertirse, de nuevo, en armas de destrucción masiva. Aegon VI Targaryen, sea o no sea un Fuegoscuro, ha desembarcado en Poniente con la Compañía Dorada, fundada por Aegor Ríos, bastardo de Aegon IV. Rocadragón está repleta de vidriagón. Valyria, al cabo, será fundamental en la resolución de los hechos que narra Canción de Hielo y Fuego.

Como podéis ver, salvando las distancias y los equilibrios entre realidad y fantasía entre ambos autores, hay muchos rasgos en común entre las historias de Númenor y Valyria. Y, a su vez, hay muchos rasgos comunes entre la historia de Númenor y la cosmogonía católica. Un gigante tras un gigante tras otro gigante. Y, mientras tanto, los simples mortales, aquí estamos, extasiados, apreciando tan maravillosas obras, que no hubieran sido posibles sin la obra anterior; y así, sucesivamente, se ha ido creando la cultura humana y se seguirá construyendo.

Volvemos a la manzana. A morderla, como hizo Ar-Pharazón, haciendo caso a la serpiente llamada Sauron. A caer, como hizo Bran Stark desde una torre. Y es que las referencias que me ofrece una manzana son infinitas, tanto con Newton, como con Tolkien, Martin o incluso la religión católica. Todo comienza en un manzano y acaba en el hombro de un gigante, al cabo.

PD: Si queréis más información sobre Númenor y Valyria, no dudéis en compraros El Silmarilion y El Mundo de Hielo y Fuego. No os arrepentiréis.

13.10.2018 21:56

Sobre el 12 de octubre, como fecha señalada en el calendario, se piensan muchas cosas, se dicen muchas cosas y se hacen otras tantas. En los tres estadios del actuar humano se menoscaba o ensalza este día de octubre con una vehemencia propia de nuestros tiempos; es decir, tecleando en el ordenador de tu casa –con rabia, eso sí- o manifestándose en una gran avenida de una ciudad del primer mundo con la policía protegiéndote y con el estómago lleno. Aquí da lo mismo qué piensas, qué dices o qué haces: en los tres casos eres gilipollas, como buen ciudadano occidental actual. Pero en fin, el caso es que el llamado día de la Hispanidad, que conmemora la llegada de Cristóbal Colón al continente americano en el año 1492, me importa lo mismo que el detrito de una paloma, que suele aunar excremento y orín en un mismo fluido. Un servidor de ustedes, pese a ser agnóstico, descreído y un apóstata contumaz, suele relacionar ese día con la celebración del santo de su santa madre, valga la redundancia. María del Pilar, según el DNI. María de los Pilares, como la llamaba mi padre con cierta sorna. Pili, para el resto del mundo. Hecho nominativo, por cierto, que comparte con mi abuela materna y con la hermana de mi padre. Y con ese tres en raya hemos topado: a comer y beber toca.

Este 2018 no ha sido una excepción. Mi jefa –la de verdad, no la del curro- decidió que lo celebraríamos en mi casa, así que me ha tocado salir a comprar verduras, pescado y cocacola, así como adecentar la cueva, al objeto de preparar el evento. La jornada se ha desarrollado con normalidad: abuela, madre y hermano, arroz mar i muntanya, felicidades por aquí y por allá, chupito y café, potingues olorosos de regalo, etcétera. Yo, que suelo ser algo huraño en reuniones familiares, a la que puedo me esfumo como un villano y me echo una siesta de cojones, dejando a mi mujer a merced de familiares y sobremesas interminables. El karma, algún día, me cobrara esta factura; bueno, o Elisenda, lo que es más probable, pero las comidas familiares suelen ser absurdamente largas y necesito hacer gala de mis mejores dotes escapistas para no caer en el tedio más lacerante.

Al levantarme de la siesta, mi abuela me hizo una pregunta que provocó la ruptura de la cúpula de cristal en la que solemos vivir: “¿Dónde está mi marido?” Puede parecer una pregunta de lo más natural; y así lo sería, de no ser por el hecho de que mi abuelo lleva más de un año muerto. “¿Dónde está Carlos?”, ha vuelto a preguntar. Yo he mirado a mi madre. No sabía qué decirle. He notado una angustia creciente en mi abuela, pues empezaba a notar que algo no encajaba. No ha venido, le ha dicho mi madre. “¿Por qué no ha venido?”, ha preguntado mi abuela, ciertamente extrañada, pues siempre iban juntos a todas partes. Nos hemos vuelto a mirar. Más tarde me han comentado que, mientras yo dormía, mi abuela ha dicho a mi madre que “despertara a Alfredo para que la llevara a casa”. Tampoco ha venido, le había contestado mi madre. Pero el hecho cierto es que Alfredo, mi padre, murió hace tres años, y que se refería a mí. Cristales rotos.

No es la primera vez, claro. Esto viene de lejos. Mi abuelo Carlos nos lo decía muy a menudo y generalmente lo achacábamos a meros despistes de mi abuela. Es que se hace mayor, etcétera. Pero mi abuelo, que estaba muy jodido físicamente pero que mantuvo una lucidez espectacular hasta el día en que su corazón dijo hasta aquí hemos llegado, sabía perfectamente lo que decía. Yo había visto indicios de repetición de frases, preguntas reiterativas que había sido contestadas minutos antes, despistes de nombres, momentos de desubicación, pero hasta esa tarde no había visto en primera persona los devastadores efectos del Alzheimer. Y os aseguro que verlo en una persona tan cercana y querida como mi abuela materna me ha destrozado por dentro. Hacerse mayor es una mierda, como los achaques de la edad y el deterioro físico, pero esto es mucho peor. Es injusto. Y lo he visto en sus ojos atemorizados al no controlar absolutamente nada de lo que le rodea.

Generalmente, los nietos siempre hemos visto a nuestros abuelos en su periodo de senectud. Por supuesto, se trata de una cuestión lógica aplastante, puesto que se producen dos saltos generaciones entre el nieto y el abuelo. Resulta curioso, pero en caso de mis abuelos maternos, la norma se cumple de manera casi matemática: mis abuelos nacieron en 1929 y 1932, respectivamente, teniendo a mi madre en 1959; por lo que prácticamente median los 30 años exactos que se tienen en cuenta a nivel generacional. Mi madre me tuvo con 24 años, lo cual implica una reducción de la cifra, pero el hecho es que, cuando un servidor salió del fuero materno, mis abuelos contaban ya con 56 y 53 primaveras. Ya peinaban canas, que se suele decir. Así que inevitablemente, y si todo seguía un cauce lógico, iban a ser los primeros familiares a los que iba a ver envejecer, sufrir enfermedades derivadas del desgaste físico y finalmente morir. Pero los números, la lógica, los saltos generacionales, los fallos en la renovación celular que conducen al envejecimiento y a la muerte, por mucho que expliquen el fenómeno desde una perspectiva racional, no nos sirven de consuelo ante la fatalidad de presenciar el destino de nuestros allegados.

Por supuesto, a estas alturas de mi vida, estas cosas no me pillan de improviso. Mi abuelo Antonio pasó por un trance físico y mental terrorífico, que no le deseo a nadie, hasta que finalmente pudo descansar. Mi abuelo Carlos pasó por una etapa de concatenación hospitalaria por razón de una retahíla de fallos físicos terminales que su corazón no pudo aguantar. Ayer mismo estuve en el hospital viendo a mi abuela Isabel, que, pese a ser la persona más fuerte y valiente que he conocido y conoceré, empieza a perder las fuerzas. Y mi padre, en fin, qué puedo decir de mi padre. Sufrió pocos minutos, pero más del que se merecía una persona como él. En su caso, no vivió una decadencia larga y pesarosa, pero tampoco vivió la senectud plácida que yo esperaba para él tras tantos años trabajando como un esclavo. Así es la vida, por mucho que intentemos ocultar la enfermedad, el dolor y la muerte. Así que no, no es nuevo para mí. Y por mucho que la repetición de situaciones nos otorgue experiencia vital, la empatía humana y nuestro vínculo con nuestros semejantes no nos reduce el sufrimiento.

Yo, como todo el mundo, recibo estos golpes y los afronto como mejor sé. No hay un modo correcto. Por eso, frente a una situación de esta naturaleza, intento siempre ponerme en la piel de las personas que lo sufren, ya sea en primera o tercera persona, por mucho que sus comportamientos me parezcan incomprensibles. En mi caso, quizás por mi manera de ser, intento acompañar a la persona que se encuentra en ese trance con alegría y humor –sin caer en la frivolidad, se entiende-, porque si morirse o encontrarse sumido en una grave enfermedad no es plato de gusto para nadie, mucho menos lo es afrontarlo con tristeza y agonía. Y si consigo una sonrisa, una mirada cómplice o que compartamos una tontería, sé que he aliviado poco, pero algo, su trance.

Y recuerdo. Me gusta recordar, aunque no lo viviera en primera persona, cuando mis abuelos eran jóvenes. Imaginarlos en su plenitud vital. Pensar en cómo serían con mi edad. Porque creedme, una persona no muere del todo hasta que la olvidan. Y si bien la muerte y el olvido es inevitable, nuestra es la voluntad de poner todo de nuestra parte para plantar cara a estas situaciones, en la medida de lo posible. Al final, es lo que nos queda. La voluntad y el recuerdo.

Mi abuela, por desgracia, está perdiendo precisamente esa facultad. Los recuerdos que a mí me sobran, a ella le faltan. Pero como hechos inmutables que son, al pertenecer al pasado, continúan existiendo, por mucho que no haya nadie que los cuente, que nuestro cerebro no los relacione o que no se hayan transmitido. Transmisión. Ésa es la clave. No sabríamos nada de Aristóteles si no hubiera dejado nada escrito. Y yo no sabría cómo se conocieron mis abuelos maternos si mi abuelo no me lo hubiera explicado. O si no hubiera pasado sus últimos años de su vida escribiendo sin cesar, dejando migas de pan en el camino para que, quien quiera, las recoja. Por eso, mi abuela no sólo nos tiene a nosotros, sus nietos, o a sus hijas; sino que su marido continúa aquí, en forma de papel escrito, para ayudarle a recordar.

Para recordarle, verbigracia, que en un tren que se desplazaba de Córdoba a Sevilla, mi abuelo Carlos le dijo una frase que siempre me ha hecho muchísima gracia, quizás porque me imagino a mí diciéndolo. Y es que hay que tenerlos muy grandes para soltarle a una chica que no conoces de nada, en mitad de un vagón, que “esto sí que es una novia y no lo que yo tengo”. Me imagino a mi abuelo, con su cachondeo andaluz, diciéndole eso a mi abuela, tan recatada, y no puedo evitar reírme. Menudo elemento estaba hecho. En fin, de casta le viene al galgo, al cabo. Y antes de que los piropos se convirtieran en algo políticamente incorrecto y nos dedicáramos a ofendernos con el vuelo de una mosca, la gente se conocía en el tren y se decía estas cosas sin que pasara absolutamente nada. Bueno, sí, tres hijas y siete nietos, pasaron. Y una foto de mis abuelos en la Plaza de España de Sevilla que aúna todos estos recuerdos.

Pero hay cosas que mejor las cuenta mi abuelo en primera persona. Hay cosas que le podremos leer a mi abuela de primera mano para que no olvide. O para que recuerde lo olvidado. Sobre todo, para que, cuando descubra por enésima vez que mi abuelo ya no está, tenga algo a lo que aferrarse. Y ya no sólo por el contenido, sino por la forma. Qué prosa tenía. Yo no dejo de ser un simple aficionado a su lado. Y nadie como él cuenta cómo se casó con mi abuela y vivieron sus primeros años en Barcelona:

Existe una magnífica Iglesia en Córdoba llamada Santa Marina de Aguas Santas, de época fernandina, situada en uno de los barrios de más solera de la ciudad, el Barrio de Los Toreros. En su interior pueden contemplarse elementos protogóticos, mudéjares y tardorománicos de gran belleza. Frente a su fachada principal se extiende la gran plaza homónima, en la cual se encuentra el monumento al torero Manolete. Precisamente en ese templo tuvimos la dicha de casarnos Pilar y yo, el día 9 de marzo de 1958; y recalco la dicha, porque en nuestro matrimonio y posterior descendencia, siempre tuvimos suerte. Jamás nos faltó salud, trabajo, alegría y amor para ir soslayando los avatares que la vida nos fue deparando.

Los dos acordamos casarnos cuanto antes aun careciendo de cosas tan esenciales como son piso, ahorros, enseres, etc. Vivíamos muy separados, residiendo uno en Córdoba y otro en Barcelona. Yo trabajaba fijo en unos almacenes de ropa de la calle de La Boquería, cerca de Las Ramblas, cerca del gran teatro del Liceo y, al menos, podríamos sufragar los gastos de alquiler de vivienda y manutención de ambos. Teníamos entonces mi esposa y yo 25 y 28 años de edad, respectivamente. No es que fuéramos muy mayores, pero tampoco podíamos estar esperando mucho más tiempo, pues llevábamos ya dos años de relaciones.

Pilar tuvo que dejar el trabajo que tenía como funcionaria en la Delegación del estado en Córdoba. Le concedieron la excedencia reglamentaria que mantuvo hasta el año 1986, en que volvió a ingresar en la Delegación Central de Hacienda de Barcelona, donde permaneció hasta su jubilación a los sesenta y cinco años.  Ella se trajo de Córdoba bastante ropa de vestir, sábanas y mantelerías, muchas de ellas confeccionadas con sus propias manos, así como varios regalos de su familia y conocidos.

Yo ya hacía aproximadamente dos años que vivía en Barcelona, a donde llegué el día 5 de julio de 1956; día de San Enrique, por cierto. De momento, vivía en pensiones diferentes y encontré trabajo sin tardar en una cafetería de la misma calle de la misma calle Boquería anteriormente citada. Uno de los clientes asiduos, Enrique, de mi edad más o menos, y que después se hizo buen amigo mío, me decía que cómo estaba de camarero con la cultura y educación que tenía. Sin decirme nada, estuvo hablado con su padre, dueño de los almacenes de ropa de aquella misma calle, para ver si podía colocarme en el negocio. El padre le dijo que quería conocerme antes y que viniera yo a entrevistarme con él. Así lo hice a los pocos días. Llegamos a un acuerdo y entré a trabajar como dependiente. Cuando nos casamos, Pilar estuvo unos meses trabajando también allí mismo de cajera, reemplazando a la titular de dicho puesto, que estaba enferma. Cuando esta señora volvió a ocupar su puesto, Pilar quedó trabajando allí para atender los arreglos que había que hacer a la máquina de coser.

De momento, nos hospedamos algún tiempo en un par de pensiones, donde verdaderamente no nos sentíamos muy a gusto, pero como para nosotros lo importante era estar juntos, todo lo restante era intrascendente y anodino.

A finales de aquel mismo año 1958, Pili, como yo siempre he llamado a mi esposa, tuvo que marchar a Córdoba para ser atendida por su madre, pues hacía varios meses que estaba embarazada y la gestación no le iba muy bien. Tuvo que abandonar su trabajo en los almacenes donde ambos trabajábamos.

El día 4 de febrero de 1959, nació en la bella capital de Córdoba nuestra primera hija, a la que pusimos de nombre María del Pilar, pues tanto mi suegra como mi mujer siempre habían tenido mucha devoción a esta virgen. Todo había ido bien y la madre se fue mejorando gradualmente hasta que a los dos o tres meses, ambas restablecidas, se vinieron a Barcelona.”

Y así narra mi abuelo su llegada a Barcelona, cómo ser buscó la vida en la ciudad, cómo se casó y cómo tuvieron a mi madre, que al parecer se llama como se llama por una virgen, efeméride que yo desconocía. Por supuesto, esto es sólo un pequeño extracto que puedo compartir sin dar nombres y datos personales que no vienen al caso, pero hay cientos de páginas escritas por mi abuelo Carlos que materializan en papel y escritura más de cincuenta años de matrimonio.  Recuerdos que se transmiten. Recuerdos que, aunque el cerebro olvide, están al alcance de la lectura propia o ajena.

Pocas cosas son peores que el olvido. El ajeno o el propio. El social o el personal. Olvidar quién eres, lo que te define como persona, es una de las peores experiencias se pueden sufrir. Y frente a ello, sólo cabe tratar de recordar. Con ayuda, en caso de mi abuela, pero recordar. Recordar quién se ha ido, recordar quién eres, recordar qué has vivido. Recordar para no morir, ni tú, ni el recordado, ni los eventos que marcan nuestra corta existencia. Y recordar con alegría, no con tristeza, angustia o pérdida, pues el que recuerda ha vivido, amado, reído, llorado y llenado su existencia de experiencias que, al cabo, es lo único que nos acaba quedando cuando lo material y físico desaparece. De eso se trata, ¿verdad? No lo olvides nunca, Pilar.

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