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10.06.2019 18:44

Dos noticias. A veces, los artículos me los dan hechos, y es que la realidad está ahí, no siempre agazapada, sino casi siempre ante tus propias narices; si bien es cierto que la sobreinformación es tan enemiga del conocimiento como la ignorancia. La cuestión es saber acertar el tiro. Actuar como un francotirador, vamos. Y saber establecer los vínculos comparativos oportunos. Para ello, en esta ocasión, he recurrido a algo que normalmente me repugna, o me hastía más bien, que son los medios de comunicación generalistas, cuevas de manipulación y estupidez, pero que en el fondo nos dan las claves necesarias para entender, si no la verdad, las tendencias de nuestra disparatada civilización. No el qué, sino el cómo. Lo adjetivo, vamos; dejándonos lo sustantivo a nosotros.

Primera noticia: Henry, el primer robot sexual para mujeres, sale al mercado. En la noticia, que ha dado la vuelta al mundo, podemos observar que el robótico Enrique tiene un pene que erecta o se reduce en función de las necesidades de su poseedora, o poseedor, y que incluso te puede recitar una hermosa poesía mientras degustas su plástico pero atractivo y resultón cuerpo humanoide. Vamos, que sexo sí, pero con amor. “Oh, la boca mordida; oh, los besados miembros; oh, los hambrientos dientes; oh, los cuerpos trenzados”. Neruda redivivo en la mecánica boca de un pene a un exoesqueleto pegado. Muchos pensaréis, como yo, que para qué tanta ceremonia para pegarse una paja, pero en cosa de autosatisfacción, allá cada cual con dónde mete el miembro; o con lo que se mete dentro. Imagino que el lejano recuerdo del sonido de una chancla al correr te puede hacer gastarte 10.000,00 € en un robot polludo. No seré yo el que lo censure. Bendita evolución tecnológica, al cabo, que ha pasado del dulce sexo con frutas, ya sea plátano vaginal o coito con sandía, a usar un estafermo de falo inhiesto o un vulgar pero efectivo chocho en lata para la satisfacción del pubis.

En cualquiera de los casos, y más allá de la mera anécdota, me llamó la atención la noticia por la lucidez que entraña: al final, tanta tecnología queda sometida al instinto más animal. Años de estudio, hombros de gigantes, siglos de evolución convergen en un mismo punto, un mismo destino, un mismo puerto: el sexo. Todos los robots humanoides que hasta la fecha se han construido para otros propósitos están muy lejos de asemejarse a los robots sexuales, altamente sofisticados. Y es que quién coño quiere un nanorobot que pueda distinguir células sanas de células cancerígenas para sanar este tipo de enfermedad sin quimioterapia mientras pueda follarse a un moñeco con vaselina. Esto no es ni malo ni bueno, siempre que nos metamos la moral en un bolsillo o donde nos quepa. La reproducción es el máximo objetivo de cualquier ser vivo y el placer que proporciona es el mayor de los incentivos físicos que existen. Es un hecho, vamos. Internet, por ejemplo, es el máximo exponente en este terreno tecnosexual. Tanta vasta cultura a disposición de cualquiera que tenga acceso a un ordenador, tanta ciencia, tanta divulgación, conocimiento, posibilidades y capacidades quedan relegadas a ocupar un especio minoritario, residual, prácticamente insignificante en la red de redes frente a la pornografía. Te costará encontrar una copia en formato pdf de El Quijote, pero en una rápida búsqueda encontrarás vídeos pornográficos de enanos albinos con maduras, dilataciones anales extremas o el clásico que nunca falla: big black cock. Esto no es una queja, repito, sino un hecho.

Segunda noticia: la diputada más joven del Congreso de los diputados, una tal Andrea, que es abogada, castellanoleonesa y socialista, indica en una entrevista al periódico El Español que es abolicionista de la pornografía. Señala, asimismo, que “aquello con lo que nos excitamos también es político” y que, en cualquier caso, la pornografía tiene que estar regulada "porque allí se educan las manadas"; en referencia a aquellos orangutanes que violaron a una chica en Navarra. Lo dice sentada en una silla, con posición tranquila, controlando en todo momento su lenguaje no verbal, con buen vocabulario y un discurso trabajado. Convencida de sus ideas, vamos. Se nota que es persona inteligente, y eso me agrada, teniendo en cuenta la cantidad de necios y paparras (disculpadme la catalanada, pero la palabra garrapata me suena mejor en este idioma) que pueblan la Cámara; pero algo falla en su discurso. Suena viejo. No puede ser, pienso, que suene viejo algo que salga en la boca de una chica de 26 años. Una persona, en definitiva, que no está tan alejada de mi generación, utiliza tres conceptos que me horripilan: abolir, regular como sinónimo de prohibir, y elevar a la categoría de axioma que lo privado es público. Establece, asimismo, un vínculo entre la pornografía y unos macacos violadores cuando yo conozco a mucho aficionado a la pornografía pero a ningún violador. Casualidad, imagino. Algún cable se me suelta en la cabeza cuando la escucho, esperando que, en todo caso, el cable pelado sea el suyo y lo mío no pase del cortocircuito. Pero el cubo de Rubik se me desconfigura cuando escucho a Andrea, no puedo evitarlo. 

Esta disparidad entre imagen y sonido, continente y contenido, me llama bastante la atención. En este caso, no aprecio lucidez, sino todo lo contrario: voluntarismo moral. Soy consciente que toda ideología tiene este componente informador, pues ningún proyecto público está desprovisto de voluntad ni es ajeno a la moral; pero los tres conceptos que he señalado anteriormente parecen, cuanto menos, muy alejados del progresismo que, supuestamente, constituye la finalidad principal del partido socialista español. Su teoría. Al cabo, estos mismos socialistas que ahora utilizan estos términos, abanderaban no hace mucho el prohibido prohibir, la libertad individual, religiosa y sexual, entre otros aspectos que yo comparto; que pretendían, al cabo, que lo público constituyera una salvaguarda frente al poder, no una herramienta del poder. De hecho, debemos retrotraernos casi medio siglo para encontrar prohibiciones a la pornografía y limitaciones morales públicas a la carnalidad ciudadana. Algo falla, ¿verdad? ¿Cómo puede estar de acuerdo el partido socialista con el franquismo sobre este particular?

Los fines. Claro. Si bien se pretende utilizar los mismos medios, los fines difieren. Ahora no es la moral católica la que debemos salvaguardar, sino la lucha contra un machismo que, aunque resulte inverosímil, es más virulento en pleno 2019 que en 1975 - cabe señalar que lo del PSOE no es feminismo académico, sino feminismo de tercera ola; y me referiré a ello como feminismo 3.0, para que no haya confusiones-. Sé que me diréis, personas críticas, que mismo daño le hacían a Dios dos gays follando en 1975 que le puede hacer al feminismo 3.0 un adolescente meneándose el calvo mientras observa con lascivia una orgía en la plataforma www.xvideos.com. No existe correlación; esto es, se quiebra la conditio sin equa nom. Sin embargo, no estamos hablando de fines concretos, sino generales, etéreos, presuntos, futuribles. Predictivos. Los dos homosexuales, en la intimidad de su alcoba, no le hacían daño a nadie, pero si se extendía la homosexualidad, la moral católica podría llegar a verse dañada, según su criterio religioso. Del mismo modo que ese pajero adolescente, que no le hace daño a nadie, podría llegar a ser un machista que sólo se excita viendo una mujer eyaculada por varios negros. O, en el peor de los casos, un violador. Cosa de tendencias sociales, ¿no?

Pues no. Si hay algo que nos ha enseñado la historia es que, pese a los siglos de persecución, asesinato, tortura y prohibición, siempre ha habido, hay y habrá homosexuales. Y que siguen sin hacerle ningún daño a nadie. A mí, al menos, ninguna feromona gay me ha penetrado por la noche para quebrar mi moral, aunque de católica tenga poco. Y no hace falta ser demasiado inteligente para saber, conocer, tener la certeza que la prohibición de la pornografía ni acabará con el machismo, ni acabará con la masturbación, ni por supuesto acabará con los violadores. Quizás esta chica tan joven no lo sabe o no ha tenido tiempo de leer lo que ocurría, no hace tanto, y sigue ocurriendo, en zonas de guerra: la soldadesca viola a toda mujer que encuentra, incluidos los soldados musulmanes, que no ven pornografía; como debería saber que antes de que los hermanos Lumiere inventaran el cinematógrafo, las violaciones eran cosa hecha, como las desviaciones sexuales más depravadas. ¿Hablamos de manadas? ¿Dónde se educó está gente? 

Entonces, ¿qué es lo que ocurre? ¿Cinismo, ignorancia o ideología retroalimentada? Yo lo tengo muy claro. Algo muy sencillo de comprender, pero difícil de asimilar: la naturaleza es tozuda. La naturaleza nos lleva a Henry, nos guste o no, nos cuadre o no con nuestra ideología, que siempre pretenderá fútilmente pretender dar una respuesta total a problemáticas que no entiende. Siempre habrá homosexuales, porque es natural. Siempre habrá gente que se masturbe, mirando un vídeo, una revista o imaginándose en un harén turco. Y el feminismo es Henry, no prohibir la pornografía como pretende el feminismo 3.0. Que una mujer pueda tener el mismo acceso que un hombre a un robot sexual me parece un hecho que hace converger la ideología de la igualdad con la naturaleza del ser humano: a todos nos apetece de vez en cuando una buena paja. El sexo siempre se abrirá camino, pese a prohibiciones, pese a aboliciones, pese a que el Estado, Dios o quién cojones sea te mire desde un agujero en tu intimidad.

En definitiva, los medios no justifican los fines y mucho menos si los fines son erróneos o se fundamentan en bases anticientíficas, antihistóricas y antinaturales. Así que agradecería a Andrea que trate de no parecerse al franquismo en los medios y a las ideologías de trazo grueso en los fines. Si pudiera, le enviaría a Henry, aunque no lo necesite; pues podrá gozar de la tecnología sin pornografía, que al parecer es su máxima preocupación. Y podrá dejarnos a los demás, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, hacernos una paja o follar sin que nadie nos llame violadores en potencia o pecadores nefandos.

Dicho lo cual, si me disculpáis, voy a ver algo de pornografía. Por si acaso no puedo mañana.

17.05.2019 09:33

No recuerdo el modelo, pero sí las luces en mi cara. No sé si era un Seat o un Mazda; eso es irrelevante. El caso es que me pasé más de una hora mirando esas putas luces. Acelerar y frenar. Avanzar diez metros. Ése era mi mundo. Esas luces. Eran como un millar de luciérnagas iluminado la carrocería trasera de un coche. Y yo las miraba. Era hipnótico. Tampoco podía hacer más: el atasco era de los que no tienen escapatoria posible, no tenía tabaco y la conductora –a mayor abundamiento, mi mujer- no estaba para alegre charla. Sé que por su cabeza pasó un reproche legítimo y justificado: a ver cuándo te sacas el carnet, Sergio, y así al menos podré ir de copiloto; pero en esos momentos, el copiloto era yo y éso es lo que había. Avanzamos tres metros. Otros quince minutos de espera hasta el siguiente avance, que esta vez fue digno de ser reseñado: quince metros. Puta vida.

Quién me manda a mí meterme en estos berenjenales. Debe ser, quizás, que me entusiasman las aglomeraciones. Sí, de verdad, disfruto como gorrino en charca cada vez que me meto en una concentración de personas o coches, cada vez que me uno a interminables colas o me introduzco en tiendas que acumulan gente en espacios ultra reducidos con ánimo de consumir alguna mierda inútil; y si es ropa de mujer o zapatos, mejor todavía. Verbigracias a porrillo. Quiero una copa: oh, qué bien, otras ochenta personas han tenido esta misma idea y el camarero ni se digna a mirarme. Quiero salir de fiesta: oh, maravilloso, gracias por no prever semejante asistencia de público, organizadores del evento; nada me hace generar más endorfinas que una axila peluda y sudada en mi cara o un codazo en el esternón, sin olvidar el pegajoso cubata vertido por mi espalda o el vómito que, como una lluvia jupiterina, ha caído sobre mi cabeza. Quiero ir de concierto: bueno, se me acaban los sarcasmos, porque ahí se dan todas las jodidas situaciones endémicas de cualquier aglomeración de personas. Me cago en mi puta calavera. Toma berenjena.

¿Y todo eso para qué? Tiene que haber algo, un motivo, un por qué, un objetivo, un fin que pueda justificar esas desagradables derivadas de cualquier evento de masas. Y lo hay. Siempre lo hay. En mi caso, cada vez que cojo aire y me zambullo en magmas humanos, lo asumo como peaje: es el precio que pago por disfrutar de la música en directo. Los pensamientos genocidas nunca me abandonan, pero los mantengo a raya, equilibrados, mansos, siempre que haya música que calme la fiera. El melómano gana al misántropo. Tiene que hacerlo, no le queda otra; yo no puedo contratar a José Luis Perales a punta de pistola para que me cante quince veces la misma canción en un cortijo de mi propiedad, como hizo Pablo Escobar. Soy un random middle class y es lo que toca.

Así que mientras observaba las lucecitas del coche de en frente aquel recién estrenado día 6 de mayo de 2019, conseguí mantener a raya al oscuro personaje que se imagina acariciando su cobaya mientras aniquila civilizaciones, como si fuera el antagonista del Inspector Gadget, pensando en lo que acababa de vivir. No era cosa menor, sino cosa mayor, que diría el insigne Mariano Rajoy: un concierto de Metallica.

 

Lo curioso del asunto es que el evento guitarresco empezó como acabó: con las luces de freno de un coche frente a mí. Habíamos salido de Cerdanyola con tiempo suficiente y nuestro Opel Corsa nos plantó en Zona Franca en lo que tardé en beberme la fresca cerveza que me amenizó el trayecto, por lo que el desarrollo de los acontecimientos se avecinaba sin mayores contratiempos. Sin embargo, cuando divisaba en lontananza el peñón de Montjuic, atisbé asimismo la magnitud del concierto al que nos enfrentábamos: vías de color rojo en el GPS, luces de color rojo en los coches que frenaban en frente nuestro y sangre color rojo que se agolpaba en mis sienes. Me cago en la puta. La retahíla de vehículos que, en fila india, en ordenada caravana, se desplegaba delante de mi Corsilla blanco, se dirigían a nuestro mismo destino. Y ni siquiera habíamos iniciado el ascenso a la pequeña montaña barcelonesa que los romanos denominaban Monte de Júpiter. Quién me manda a mí meterme en estos berenjenales.

Aunque parezca extraño o incluso impropio de mí, respiré hondo y me tomé el asunto con filosofía. Me estoy haciendo viejo, quizás. Me hice un cigarrillo y me lo fumé con tranquilidad. Una icónica imagen apareció en mi mente: Keep calm and listen Metallica. A la vuelta ya me mosquearé, si procede, por los avatares de la masificación, pero ahora tengo por delante un concierto de los que quitan la respiración y no pienso amargarme. No creo en absoluto en el mindfullness ni en estas payasadas postmodernas, pero el caso es que, poco a poco, coche a coche, semáforo a semáforo, esquivando melenudos metaleros, encontramos un sitio lejano pero perfecto para estacionar el vehículo. Kilómetro y medio después, nos topamos con el recinto que iba a hacer nuestras delicias: el Estadio Olímpico Lluís Companys.

Mientras nos acercábamos a la Puerta 3 para acceder a la Grada 111, donde teníamos reservados los asientos, me fui impregnando del ambiente: venta de camisetas falsas, peña sentada en el suelo fumando petas, litronas por doquier, personajes inauditos, motos haciendo ruido, gente agolpándose en las puertas, pelo largo y chupas de cuero. Sin embargo, pese a la aglomeración que sin duda había, no sentí el habitual agobio. La gente iba muy a su rollo, sin griterío absurdo ni gente ida de la olla. Cómo se nota la relación entre el tipo de música y el tipo de gente que la escucha; no por las pintas, eso es mera chapa y pintura, sino por los modos. Os aseguro que no había fanáticas enajenadas que llevaran una semana acampadas en la puerta para tirarle las bragas a sus semidioses.

Al final, entramos en el Estadio sin hacer cola, ni sufrir ninguna suerte de aglomeración, ni agobio, ni nada que se le parezca. Llegamos a la Puerta 3 y tardamos exactamente 15 segundos en cruzar el perímetro de seguridad tras el oportuno cacheo del portero de turno. Click, verificación de entrada, subimos unas escaleras y nos encontramos en las entrañas del Estadio. En menos de otros cinco minutos, ya tenía una pinta de cerveza en la mano. En los siguientes diez minutos, ya había comprado una camiseta cojonuda de Metallica que me llevé puesta, como mandan los cánones. Mientras tanto, todavía estaban los teloneros dando caña, así que prisa ninguna. A pedir de boca, que se dice.

Pues mira, Sergio, por estas cosas te metes en estos berenjenales. Porque al final no son para tanto. Porque es una exacción adicional al precio de la entrada que finalmente asumes sin tanto problema. Porque, cerveza en mano, tras acomodarse mi mujer y su amiga en los asientos que nos correspondían, pude darme un paseo por las gradas y maravillarme con la imagen de más de 50.000 almas poblando sillas, escaleras y pista, esperando con ansias a que apareciera uno de los grupos más icónicos de música no electrónica. Historia viva. Pude embeberme del ambiente que se respiraba. Del buen rollo, de las miradas cómplices. Observé con aprobación padres con hijas de 20 años que hacían honor a su herencia musical. Grupos de viejos amigos que ya iban beodos hasta las cejas antes del concierto y que recordaban los duros años 90. Largas melenas que, en poco tiempo, iban a moverse con frenesí al ritmo de una guitarra infernal.

Tras mi habitual vuelta de reconocimiento y tras echarme un pitillo ante la escena que os narraba en el párrafo precedente, me senté al lado de Elisenda -mi mujer- y aguardé a que comenzara el concierto. La concurrencia estaba expectante y se hicieron las olas de rigor mientras cervezas andantes ofrecían refrescar el gaznate a precios prohibitivos –para el que no sepa qué demonios es esto de una cerveza andante, indicaros que son vendedores ambulantes que llevan 20 litros de cerveza en una mochila refrigerada y un surtidor para rellenar vasos, fácilmente reconocibles a distancia por llevar una luz o una banderola en lo alto-. Recuerdo con cierta hilaridad cómo una chica malagueña que se sentaba justo detrás de mí se entretenía buscando, en pista, gente que meara con guarrería y en cualquier sitio al no poder acceder a los lavabos portátiles, insuficientes para atender a tanta vejiga llena. Tenía ojo de halcón, la interfecta, pues veía chicas con las bragas bajadas en mitad de la pista donde yo no las veía; y eso que soy rápido cual guepardo en detectar carne de mujer descubierta.

Finalmente, llegó el momento. Dio comienzo el espectáculo de luz, fuego y música bajo un telón compuesto por varias pantallas led de dimensiones monstruosas que permitían acercar a los integrantes de Metallica al público que, como yo, estaba acomodado donde Cristo perdió la alpargata; sin perjuicio de emitir, además, increíbles imágenes y evocadoras escenas. Apuntaba maneras el concierto, desde luego, pero, cuando sonó el primer acorde guitarresco…

…el sonido era infame hasta decir basta. Imperdonable para una banda como Metallica. No sé qué cojones había estado haciendo el técnico de sonido mientras los teloneros amenizaban el ambiente y preparaban el terreno al plato fuerte de la noche, pero ni verificó la complicada acústica del Estadio, ni pulió y armonizó volúmenes, ecualización y paneado de instrumentos, ni hizo su puñetero trabajo, que es bien sencillo desde una perspectiva teleológica: que el concierto se escuche, simple y llanamente, bien. A toro pasado y tras revisar diversas crónicas en Internet, he sabido que primera canción que sonó –tras interpretar la fabulosa versión de "The Ecstasy Of Gold", de Ennio Morricone- era la que daba nombre a su nuevo álbum de estudio, "Hardwired", pero en aquellos momentos sólo sonaba ruido: no se oía a James Hetfield y sonaba demasiado el bajo de Robert Trujillo. La digna concurrencia, que llevaba horas borracha esperando su dosis de soma musical, se indignó.

Entonces, llegó a mis oídos, de manera difusa, por la infame ecualización, una frase que conocía bien: “Fortune fame, mirror vain, gone insane, but the memory remains”. El ligero enfado que me subía de las entrañas quedó disipado al instante. El melómano volvió a ganar la partida al misántropo. "The Memory Remains" entró en escena y mi cabeza viajó a 1997, volvió a aquél chaval de 12 años que sentía una mezcla de miedo y fascinación por esa oscura canción. Volvió a erizarse mi piel con aquella nana siniestra. “See the nowhere crowd cry the nowhere tears of honor”. En esos momentos, ya me daba lo mismo el sonido, quería más Metallica, quería música, quería recuerdos, quería miedo, odio, rabia. Comencé a cantar, a moverme inquieto, a disfrutar el concierto.

Pero algo erraba. Aquello no era natural, pensé. Te lo estás empezando a pasar muy bien, pero hay algo que falla. No tardé demasiado en caer en la cuenta: A ver, Sergio, tú no puedes estar sentado en una mierda de silla pensaba para aficionados de fútbol que comen pipas en un maldito concierto de metal. Tú no vas a soportar a este loco que tienes a la diestra que se mueve como si estuviera poseído y que tiene el mismo sentido del ritmo que un epiléptico en pleno ataque. No. La pista era demasiado, pero la silla era insuficiente. Le dije a Elisenda que me iba por ahí, no sé a dónde, pero no aquí, sentado, enclaustrado, encerrado, encadenado, aunque estuviera al aire libre. Salí de la fila, respiré y fui a por otra cerveza.

…And beer for all!, rezaba el vaso de plástico que conmemoraba el concierto. Los nueve euros que me costó la pinta me dolieron en cartera y bolsillo, pero no iba a ponerme ahora a reparar en gastos. Bastardos pensamientos, éstos, que se esfumaron cuando observé el ambientazo que había en la escalera de la Grada 111. Con las filas de sillas a cada lado y una anchura de cuatro metros, se estaba cómodo, podías bailar, saltar, respirar aire limpio; incluso podías elegir si querías ver el concierto desde arriba o casi a pie de pista. De puta madre. Y si la cosa era buena, sólo podía mejorar: empezó a sonar “The unforgiven” y el Estadio se vino abajo. Piel de gallina, pulso acelerado y miles de voces coreando. Desde esa perspectiva, desde la escalera, me sentía poderoso. Un poder que se contagió a todos los concurrentes cuando empezó a sonar, con toda su fuerza, el riff de “Sad but true”. No pude sino unirme a unos borrachos que se iban cayendo por las escaleras y empezar a darle al air guitar. Una imagen ridícula, la mía, muy seguramente, pero me importaba un rábano. Esto es lo que yo quería.

Continuamos con el “Fade To Black”, seguimos con la curiosa versión de Muerto Vivo de Peret -que al parecer no era la primera vez que interpretaban- y nos dieron un puñetazo en la cara con la maravillosa canción “One”, amenizada con unas imágenes de soldados cadavéricos desfilando entre fuego y destrucción. Yo estaba que no cabía en mí, disfrutando como nunca, saltando, chillando, alucinando con las crudas imágenes de las pantallas led, rememorando 20 años de pasión por este grupo. No obstante, y como en ocasiones lo bueno no dura, “em van aixafar la guitarra”, que se dice en mi tierra, cuando apareció sorpresivamente en la escalera un miembro del staff que nos conminó amablemente a que nos fuéramos cada uno a nuestro asiento y desalojáramos la escalera. Los borrachos a los que me he referido anteriormente se rieron en su puta cara, pero llegaron aguafiestas de refuerzo sin un ápice de la amabilidad del primero y todos tuvimos que ceder. La perspectiva de ser expulsado del evento era demasiado grave como para no deponer esta actitud desafiante.

Yo bajé las escaleras dispuesto a cumplir las órdenes de estos desgraciados –están haciendo su trabajo, lo sé, y tiene sentido desalojar las escaleras por si es preciso evacuar, pero en esos momentos los odiaba con toda mi alma-, pero justo a la altura de mi fila de asientos, justo cuando le dije a la primera persona de la fila que me dejara pasar, empezó a sonar “Master of Puppets”. Este momento no me lo arrebatáis, miembros del staff. No soy capaz de describir las sensaciones que me inundaron frente al espectáculo visual y sonoro que ofrecieron. ¡Master! ¡Master! La escalera volvió a llenarse y yo me planté en el puro centro. Caso omiso a los esos cortarollos. Qué les den por culo. “Master of puppets I'm pulling your strings. Twisting your mind and smashing your fucking dreams”.

Sin embargo, me tenían fichado. Me dieron el privilegio de vivir esa canción en las escaleras, he de reconocerles, pero cuando finalizó “Master of Puppets”, uno de los miembros del staff se dirigió directamente a mí. Personalmente. El muy cabrón se quedó a mi lado hasta que, efectivamente, crucé la fila y me senté en el asiento que me había tocado en suerte. Mi mujer me miró extrañada. Ni ella ni su amiga contaban con volver a verme hasta que acabara el concierto o hasta que les llamara desde la calle por haber sido expulsado. Son casi 10 años de relación, me conoce lo suficiente como para prever mis movimientos. Antes de contestarle, no obstante, miré hacia las escaleras: el hijo de puta del staff que me había cazado me seguía mirando. Mierda. Wasted, que salía en la pantalla del Gran Theft Auto cuando te detenía la pasma. Me encogí de hombros, impotente, y continué disfrutando del concierto sentado.

Gozar de “Creeping Death” y “Seek and Destroy” sentado en la silla me mosqueó un poco, pero dentro de mis posibilidades, que eran escasas por el limitado espacio, seguí dándolo todo, aunque el concierto ya llegaba a su fin. De hecho, finalizadas esas canciones, hicieron la clásica falsa despedida para volver a los pocos minutos y regalarnos una despedida a la altura de las circunstancias: “Enter Sandman y, por supuesto, la melancólica “Nothing Else Matters”. Buen remate. Buen concierto. Ha valido la pena, pensé, cualquier agobio derivado de la masificación. Ha valido la pena, concluí, aunque no hayan tocado mi canción favorita del grupo, a saber, el “All Nigthmare Long”; sobre el que ya hice un artículo, por cierto, por procurar el mejor videoclip de la historia.

Elisenda pisó el freno. No recuerdo el modelo, pero sí las luces en mi cara. Volvíamos a casa –o, mejor dicho, tratábamos de llegar a casa-, pero aquél coche que teníamos en frente no avanzaba. Ni el de delante. Ni el subsiguiente. Y mientras intentaba amenizar el trance con música de YouTube y nos planteábamos si pararnos en el McDonalds de la Ronda Litoral a llenar nuestros vacíos estómagos, mientras miraba las luces traseras del coche de en frente, leds rojos e hipnóticos, mientras le daba vueltas a la palabra berenjenal, un lúcido pensamiento equilibró mi homeostasis mental: ha merecido la pena, Sergio. Toma mi dinero, cobrador de peajes de masas humanas. Y quédate el cambio.

26.04.2019 08:35

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La felicidad nacional

¿Qué es la felicidad? Según la R.A.E., esta voz castellana significa, en su primera acepción, “un estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”. ¿Un bien? ¿Necesitamos estar en posesión de un bien para ser felices? Si bien es cierto que no se especifica si el bien debe ser físico o etéreo, parece que sí que se exige, según esta acepción, estar en posesión de algo, sea lo que sea. Y eso no siempre es necesario, ¿verdad? Quizás debemos enfocarnos en su segunda acepción: “Satisfacción, gusto, contento”. A mí no me gustan las descripciones que se remiten a otros términos similares, pero, en el fondo, una persona feliz no puede sino estar satisfecha, gustosa y contenta. Pero no me convence. ¿Y si buscamos la palabra feliz? “Que tiene felicidad”, reza la R.A.E., quedándose más ancha que la Castilla que da nombre a su idioma. Tócate los huevos. Desde luego, leer esto no me hace poseedor de ningún bien que me complazca ni me produce gustosidad.

Seguramente me diréis, a ver, Sergio, tampoco es necesario que nadie defina qué es la felicidad, puesto que todos la hemos sentido en un momento u otro de nuestra existencia. Sabemos lo que es, aunque no podamos describirla. Al final, es un estado de ánimo y, por tanto, subjetivo, por lo que tratar de objetivizarlo siempre acarrea problemáticas conceptuales. Seguramente, habrá quien interprete que la felicidad es una inyección constante de endorfinas, con independencia de cualquier evento exterior a su propio cuerpo; dicho de otro modo, que la felicidad es puro y simple placer. Otras personas seguramente interpretarán este concepto como la consecución de una meta especialmente deseada que les reportará una satisfacción plena; vamos, que consideran que la felicidad tiene una vocación finalista. Alcanzada dicha meta y esfumada la felicidad plena, se darán cuenta que yerran el tiro, pues la existencia no es estática y nada es definitivo -mucho menos la felicidad-, pero hasta tanto, así lo cree mucha gente. Por supuesto, habrá quien vincule su felicidad al sexo, o a la música, o al consumo excesivo de queso (yo me cuento entre estos últimos). No me cabe duda que alguien sentirá felicidad por la infelicidad ajena. O incluso por la propia: para muestra, escuchaos la canción "Qué bien tan mal" de Ojete Calor.

Ni que decirlo tendría, pero numerosos filósofos también han abordado esta cuestión, como Aristóteles (“las personas felices deben poseer tres especies de bienes: externos, del cuerpo y del alma”), Leibniz el pelucas (“la felicidad es un placer duradero, lo que no podría suceder sin un progreso continuo hacia nuevos placeres”),  Immanuel Kant (“la felicidad es una condición de un ser racional en el mundo, al cual, en el total curso de su vida, todo le resulta conforme con su deseo y voluntad”) o el cenizo Hegel (“la felicidad es el ideal de un estado o condición inalcanzable, excepto en un mundo sobrenatural y por intervención de un principio omnipotente”), al que se le debe, por cierto, otra gran frase que se atribuye de manera errónea a Karl Marx: “la religión es el opio del pueblo”.

Así que ni la Real Academia Española ni cientos de filósofos de diferentes épocas, ideas y lugares han sido capaces de dar con una definición definitiva que sea aplicable universalmente. Pueden aproximarse al concepto, determinar que es un estado de ánimo (sobre lo cual, todos estamos de acuerdo) y vincular dicho estado de ánimo a elementos más o menos objetivos, a sensaciones particulares, a movimientos químicos cerebrales; pero al final, nadie es capaz de dar una respuesta objetiva definitiva a algo que es absolutamente subjetivo. Así que la felicidad, después de toda la chapa que os he dado con filósofos, académicos o incluso canciones de subnopop, es lo que cada uno considere en base a sus propias circunstancias. Todo y nada a la vez. Una entelequia.

Sin embargo, los liberales españoles del siglo XIX tenían muy claro el concepto. Los diputados que preparaban, redactaban y aprobaban la primera Constitución española en aquella sitiada Cádiz de 1811 no estaban en condiciones de ser especialmente felices, pero tenían claro qué ése, y no otro, debía ser el máximo objeto de los trabajos que allí les habían llevado desde todos los rincones (y Hemisferios) de aquella España decadente: la felicidad nacional. En su caso, no había demasiada discusión filosófica, pues todos tenían claro qué era la felicidad a efectos políticos: el bien común aristotélico.

Antecedentes

El día 25 de agosto de 1811, tras la resolución de determinadas cuestiones previas solicitadas al Ilustre Presidente de las Cortes de Cádiz que dirigía la sesión en ese caluroso día de verano, el manchego D. Ramón Giraldo de Arquellada, se presentó ante los 150 diputados que allí se congregaron ese día el Proyecto de Constitución Política de la Monarquía Española que, 200 años después, conocemos como la Pepa. D. Ramón Giraldo, jurista y político nacido en la histórica localidad de Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real,  previamente a leer los primeros artículos de aquél moderno texto legal que pretendían regulara la vida de los españoles de ahora en adelante, dio un corto pero interesante discurso: “Hoy se empieza a discutir el proyecto formado para el arreglo y mejora de la constitución política de la nación española, y vamos a poner la primera piedra del magnífico edificio que ha de servir para salvar a nuestra afligida patria, y hacer la felicidad de la nación entera, abriéndonos un nuevo camino de gloria (…) Empecemos, pues, la grande obra, para que el mundo entero y la posteridad vean siempre que estaba reservado solo a los españoles mejorar y arreglar su constitución, hallándose las Cortes en un rincón de la península, entre el estruendo de las armas enemigas, combatiendo con el mayor de los tiranos, cuya cerviz se humillará más con este paso que con la destrucción de sus ejércitos. Espero asimismo que el público que nos oye, y de cuya felicidad y la de sus hijos se trata, guardará el más profundo silencio”. La felicidad de la nación entera. La felicidad del público que les oye. La felicidad para sus hijos. D. Ramón Giraldo, con su discurso de presentación de la CE-1812, dejó claramente expuesto cuál era el objeto último de sus trabajos constitucionales: la felicidad nacional.

Es decir, los constituyentes no interpretaban la felicidad como una entelequia, como un servidor de ustedes ha concluido tras dar varias vueltas conceptuales en círculo. No. La cosa no iba de conceptos etéreos, sino de objetivos vitales. De cuestiones nacionales, no individuales. Y es que de nada hubiera servidor otorgar la soberanía al conjunto del pueblo español si no se establecía un destino común, un objetivo, un motivo por el cual constituirse como estado soberano. La felicidad, en este caso, no era el placer físico, ni reír hasta el ahogo, ni casarse, ni tener hijos, ni comer queso (y dale con el queso): la felicidad a efectos jurídicos era dotar al pueblo de un buen gobierno. De un gobernante que encaminara toda su actuación hacia el bien común de los gobernados. Algo tan lógico como insólito, ¿verdad? Quizás un poco inocente, me diréis. Naíf, si me permitís la expresión. Un elemento que sólo podía desarrollarse de este modo en plena Ilustración. Un elemento que se introdujo, de manera literal, en el texto constitucional, aunque hoy en día ni se nos pase por la cabeza encontrarnos con algo semejante.

En concreto, esta cuestión quedó materializada en el artículo 4 del proyecto de Constitución presentado en fecha 25 de agosto de 2011, que disponía lo siguiente: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad no es otro que el bienestar de los individuos que la componen.”. La discusión sobre dicho artículo, que tuvo lugar en las Cortes durante gran parte del día 30 de agosto de 2011, en ningún caso tuvo por objeto una discusión de fondo sobre la pertinencia de introducir este concepto ajeno al Derecho en una Constitución. En absoluto. Prácticamente toda la discusión consistió en cuestiones puramente formales: D. Felip Aner, al que conocimos bien en artículos anteriores, discutía si este artículo debía ser el cuarto de la Constitución o si debía introducirse en el Título referido al Gobierno. El valenciano D. Francisco Javier Borrull y Vilanova, señalaba que no era necesaria aclaración alguna al concepto de felicidad, por lo que debía suprimirse la subordinaba que cerraba la oración. El clérigo extremeño D. Diego Muñoz-Torrero, ponente de la comisión de redacción del proyecto, nos dio una de las claves de dicho artículo, que había redactado él mismo: “Los gobernantes no siempre atienden al axioma Salus populi suprema lex est (La salvación del pueblo es ley suprema), sino que algunos, como Napoleón, dicen: Salus principi vel imperantium suprema lex est (La salvación del Imperio es ley suprema). Y por cuanto la nación es el número de familias que la componen, a los que la gobiernan se les confía este cargo, no para que miren por su bien particular, sino para el de toda la nación; y este es el objeto que ha tenido la comisión en poner el artículo del modo que está."

Sin embargo, el más elocuente discurso que se profirió durante la discusión parlamentaria sobre este particular fue el desarrollado por el diputado gallego D. José Ramón Becerra Llamas utilizando el método socrático:¿Qué es la nación? La reunión de todos los españoles de ambos hemisferios; y estos hombres llamados españoles ¿para qué están reunidos en sociedad? Están reunidos como todos los hombres en las demás sociedades para su conservación y felicidad; ¿y cómo vivirán seguros y felices? Siendo dueños de su voluntad; conservando siempre el derecho de establecer lo que juzguen útil y conveniente al procomunal. ¿Y pueden por ventura ceder o enajenar este derecho? No; porque entonces cederían su felicidad, negarían su existencia, mudarían su forma, lo que no es posible ni está en su mano. Este derecho, como todos, se deriva de su propia naturaleza. Ca da uno de nosotros individualmente busca su felicidad, procura su conservación, su mejor estar, es impelido a ello por su propia organización; no puede dejar de ceder a este impulso, porque cesaría de existir: así de la misma manera el conjunto de individuos reunidos en sociedad, no mudando por esto su forma física y moral, preciso es que en unión sean impelidos a buscar su felicidad, y mirar por su conservación, como lo son separadamente y en particular.”

En consecuencia, podemos comprobar que la introducción del concepto de la felicidad nacional como máximo objeto de la acción de gobierno iba estrechamente vinculado al concepto de la soberanía nacional. El fondo de la cuestión era dirigir toda actuación pública hacia el bien común de las personas que componen cualquier ente político y no en los libres caprichos, deseos o erráticas voluntades de reyes, señores feudales o ricohombres. Era necesario hablar de felicidad. Era una consecuencia lógica. Maldita sea, el bien común aristotélico al que se refiere D. José Ramón Becerra Llamas en el párrafo precedente tenía todo el sentido del mundo, por muy naif o inocente que pudiera parecer. En ese momento, fue necesario dotar de cierto componente moral al Derecho, pues en el fondo, la Revolución Francesa procuró un cambio de paradigna de muy profundo calado.

Regulación constitucional

Al final, una vez realizada la discusión de todos los artículos del proyecto constitucional, nuestro querido amigo D. Felip Aner pudo comprobar que sus comentarios no caían en oídos sordos: se trasladó el artículo 4 del proyecto de Constitución al artículo 13 CE-1812, incardinado en el Título III; manteniéndose, eso sí, la literalidad del mismo: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad no es otro que el bien estar de los individuos que la componen”.

En la actual Constitución Española (en adelante, CE-1978) no consta mención alguna a la felicidad. De hecho, si buscamos la regulación específica que se refiere al objeto del Gobierno de la Nación, o más bien a sus funciones, debemos desplazarnos hasta el Título IV; concretamente, al artículo 97 CE-1978: “El Gobierno dirige la política interior y exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado. Ejerce la función ejecutiva y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución y las leyes.”. Punto. Desarrolla sus funciones, pero no determina cuál es su objeto último.

En este caso, como podemos ver, hay una diferencia fundamental entre ambas Constituciones: la CE-1812 señala el objeto subjetivo de la acción de Gobierno; la CE-1978 sólo señala, de manera aséptica, sus funciones, y qué y el cómo, no el por qué. Y la pregunta que me viene a la cabeza es la siguiente: ¿Si fue necesario introducir este concepto en 1812, porque ya no lo fue en 1978 y no lo es en 2019? Principalmente, para extirpar cualquier atisbo de subjetividad a los Poderes Públicos. Esto es así y tiene sentido, sobre todo, a la vista de lo ocurrido en Europa durante el siglo XX. El ciudadano occidental de mediados del siglo XX no quería oír hablar de que el Estado procurase su felicidad: ellos se encargarían de ello y se conformarían con que el Estado no les procurase, al menos, infelicidad.

La interpretación. Ahí está el quid de la cuestión. Si interpretamos la felicidad nacional como el bien común aristotélico, podemos coincidir con este punto de vista todos los que nos hacemos llamar liberalistas; pero ¿qué pasa con los comunistas? Tienen otro concepto de felicidad a efectos políticos. Y ya no digamos los nacionalistas, que protegen sobre todas las cosas y frente al individuo, si es necesario, la nación. ¿Y qué pasa con el fascismo, que no deja de ser una mezcla de ambas ideologías? Pues que nos lleva al desastre. En base, todos ellos, a un mismo concepto: la felicidad nacional. Naif e inocente, decía yo párrafos atrás. Y la inocencia, como bien sabemos, se pierde, y no siempre de manera agradable.

Por ello, aunque el concepto es bonito, aunque en su momento tuvo sentido, aunque dota de una carga moral al Derecho que en ocasiones es necesaria, hoy en día no debe hacerse referencia alguna a la felicidad en ningún texto legal para evitar pretextos subjetivos que puedan ser utilizados por los gobernantes para actuar de manera arbitraria. No estamos precisamente en una sociedad lo suficientemente ilustrada para jugar a esa suerte de ruleta rusa. 

12.04.2019 13:17

Todavía no me lo creo. Veo fotos y vídeos, leo comentarios de la gente, escudriño mis recuerdos. Escucho lo que sonó aquella noche en mi casa, una y otra vez, pensando para mis adentros que no, que no es posible. Todavía no me lo creo, en serio. Hay que estar mal de la cabeza para creerse que en una sala que se llama Salseo un servidor de ustedes haya hecho el indio con el Desperation - Our Reservation delante de la cabina como si fueran los salvajes años 90. Hay que estar como una regadera para imaginar que en pleno 2019 sonase el General Noise - Rotterdam Subway en una sala abierta al público y no en mis cascos mientras camino por la calle. Zumbado perdido, vamos. De atar hay que estar para llegar a imaginarse que se haya acabado una sesión discotequera en Gerona durante este mismo mes de abril con hardcore guitarresco a las seis y media pasadas de la mañana. Pero pasó. Vaya si pasó. Y no sólo durante la residencia de David Pastilles en la Sala del Cel de 1992 a 1994, sino en reciente y ya histórico día 7 de abril de 2019. Y aunque no me lo crea todavía, yo estuve allí.

La cosa se remonta a hacer poco más de un mes. Navegando por internet, sin ton ni son, tratando de encontrar algo con un mínimo de interés en la anodina red social de turno, lo vi: un negro, sencillo y conciso cartel que anunciaba un homenaje de DJ Pastis a la Sala del Cel. “On va començar tot”, rezaba. Saltó una chispa, un resorte, un aviso. Ojo. Danger. Esto no es una fiesta cualquiera, pensé. Aquí no va a sonar el maldito New Limit - Smile ni las típicas y tópicas canciones que me aburren hasta decir basta. Esto es cosa seria de verdad. Tenía que dar la voz de alarma a todo mi núcleo duro de reputados makineros. A mis mejores amigos, a esos irredentos fiesteros de pedra picada que sin duda compartirían mi ansiedad por asistir al evento. No podíamos obviar algo así.

La primera acogida no fue demasiado efusiva. Bueno, podríamos ir, no estaría mal, me dijeron. Ya verás como al final no vamos a ir. No será para tanto, me decían otros. Yo me emperré, por supuesto. A tomar por culo la remember tal, la discoteca cual y el compromiso con no sé quién en no sé dónde, una fiesta así no la hemos visto igual en nuestra puta vida, pues en 1994 todavía íbamos en pantalones cortos y coleccionábamos cromos de Dragon Ball. La cosa quedó allí, en el aire, en el bar Cohi-Bar de Ripollet, mientras seguíamos cerveza arriba, cerveza abajo. Qué bien te va el negocio, Patxi.

Fue a la semana siguiente, creo. En el mismo sitio. Las cervezas siempre son buenas consejeras, quizás, y la idea que planté durante la semana anterior germinó con una virulencia inusitada. De hecho, fue visto y no visto: sacamos el tema, se comentó brevemente y en menos de lo que tardé en darle dos sorbos a la Mahou, ya habíamos alquilado un apartamento en el puro centro de Girona para la noche del día 7 se abril de 2019. Ya estaba hecho. No había vuelta atrás. Las cosas que pasan en la terraza de tu negocio, Patxi.

Y llegó el día. El fin de semana que nunca olvidaremos. Por supuesto, el núcleo, el hueso del aguacate, fue la fiesta en la Sala del Cel, pero el antes y el después acompañaron, maximizaron y enloquecieron un evento que ya de por sí tenía por objeto hacernos perder la poca cordura que tenemos. El viaje de Gerona ya nos dejó una imagen hermosa: un pique con un Mercedes Clase A lleno de hermosas mujeres que acabó con un adelantamiento por la izquierda a más de 150 km/h con las nalgas de un amigo asomando por la ventana derecha trasera. La imagen seguramente fue evocadora para aquellas rubias luxemburguesas que había venido a la Costa Brava a disfrutar del buen tiempo. Un culo les dio la calurosa bienvenida que merecían.

La entrada en la ciudad de Gerona fue menos evocadora. Bueno, miento, sus calles empedradas, sus bares, su gente y sobre todo su vida crepuscular nos llenó de ilusión y buenas sensaciones, pero aparcar los vehículos fue complejo y mucho más circular por el casco antiguo sin saber hacia dónde nos llevaban aquellas calles adoquinadas. Finalmente, encontramos un lugar adecuado en las afueras, aparcamos los coches, cogimos nuestros bártulos y nos dirigimos a buen paso al apartamento sito en una calle del puro centro de Gerona, a unos 150 metros del Ayuntamiento. De camino, obtuve la primera sorpresa de la noche: me encontré a usuarios del foro www.radicalresistance.com que, como yo, no tenían intención alguna de perderse aquella fiesta. De Madrid a Gerona hay pocos kilómetros si se trata de un evento de esta naturaleza. Su presencia auguraba música dañina. Hype en aumento.

Una vez personados en la puerta de entrada al apartamento, sentimos cierto pavor. ¿Dónde coño nos hemos metido? Una puerta de manera astillada, vieja y mohosa daba entrada a un lúgubre pasillo que disponía de un grifo a media altura –que, dicho sea de paso, iba a dar mucho juego posteriormente-. Las escaleras eran siniestras, empinadas, y en el segundo piso había un ventanal de vidrio antiguo con más mierda que el palo de un gallinero. Sin embargo, nuestras dudas se esfumaron al cruzar la puerta que daba directamente al apartamento, en la tercera planta: Muebles nuevos, acogedores espacios, un cuadro gigante, un cómodo sofá y una estatua de una negra con los pechos al aire que proyectaban lujuria. Ahora sí. Esto sí. Comencemos.

Paseos nocturnos, hamburguesas sabrosas, preguntas sobre el tamaño de la butifarra a una camarera negra que, en cierto modo, recordaba a la estatua mencionada en el anterior párrafo; goles de Suárez y Messi al Atlético de Madrid, canis tatuados de Gerona con pinta de robaviejas, precio razonable del garito, ganas de chupitos incipientes; ginebra catalana y ron caribeño, sifón por la ventana, bailes absurdos, vociferaciones por doquier, fotografías interminables, mucho tabaco y música, música y más música. El trance que media desde que nos instalamos en el apartamento hasta que llegamos a la puerta de la Sala del Cel fue épico, como no podía ser de otra manera. Un aperitivo en condiciones. Ni que decir tiene que el grifo del siniestro pasillo se abrió a su máxima capacidad antes de salir hacia la sala, con desastrosos y acuosos resultados. Liada parda. Cualquier atisbo de inhibición en el comportamiento se había esfumado. Había llegado el momento.

Y, entonces, casi sin darnos cuenta, click, el portero de la discoteca verificó nuestras entradas a través del código de barras y nos dirigimos al interior de la discoteca que llevábamos un mes deseando pisar. Poca broma: era mi primera vez en la mítica Sala del Cel. Sé que dejé la chaqueta en guardarropía y me di un paseo de reconocimiento por la sala, as usual, pero mi cerebro borró esa inútil información: el primer recuerdo que tengo de la sala, el más claro, el más elevado y el que perdurará en el tiempo, es escuchar y bailar sin freno el Tesox - Go Ahead London delante de cabina. Mi cabeza estalló. Las piernas se me movían solas. Una sonrisa se me dibujó en la cara. Si empezamos así, cómo acabaremos, pensaba. “¿Pero esto qué es?”, chillaba, como si no me lo creyera. Y es que todavía no me lo creo.

Aunque aspiro fútilmente a ser una especie de enciclopedia musical, desconocía más de la mitad de las canciones que sonaron aquella noche, pero no me importaba en absoluto. Al revés. Cada vez que no reconocía una canción era para convencerme a mí mismo de que necesitaba ese tema. Cada canción desconocida era un soplo de aire fresco que venía desde 1994 hasta 2019 y nos daba a entender de manera contundente y sin decirlo que tenemos electrónica de sobra en los 90 para no repetir las mismas canciones de siempre en las remembers. Se decía en los reñideros makineros: “¡Ay, si Pastis sacara su maleta oculta!”; y, al parecer, se debían referir a la que eligió aquella noche. Bendita maleta. Benditas canciones desconocidas.

En cuanto a las canciones conocidas, qué decir. La discoteca se vino abajo con el Velocity - Future, bailó como si no hubiera un mañana con el Casseopaya ‎- Overdose, quemó zapatilla con el Nando Dixkontrol - Megadixk N° 8 y se volvió loca con el himno no oficial de la Sala del Cel de David Pastilles, el espectacular Alien Factory - Beta Music (Hangover Remix). Semanas antes, un amigo y yo hablábamos de una canción que escuchamos una antigua sesión que nos hizo intercambiar miradas de complicidad cuando sonó en la fiesta: Lunatic Asylum - The Meltdown. Y, en mi caso, me faltó poco para echarme a llorar cuando sonó una de las mejores canciones de la música electrónica, según mi criterio: El Cosmic Baby - Fantasía. Me puede esta canción. Sus sonidos, su melodía, las sensaciones que transmite, que cabalgan entre la melancolía y la esperanza, su manera de evolucionar durante sus ocho minutos de duración. Bailarlo en una discoteca con un público entregado, al lado de tus mejores amigos, con nada menos que DJ Pastis en cabina, es un lujo. Un regalo que no podría agradecer suficiente en modo alguno. Elevación espiritual máxima. Estas cosas hay que vivirlas, coño.

El resto de la noche transcurrió sin que en ningún momento bajara el nivel; asunto, éste, que debe ponerse en valor, pues no es fácil en una sesión de más de seis horas. DJ Pastis estaba entregado, se le veía disfrutar, saltar, reír, chillar: era uno más de la fiesta. Y eso, queridos lectores, es una de las claves de su éxito. Quizás no tendrá millones de seguidores, pero los que lo somos, lo somos de verdad. Fieles a su estilo. Agradecidos por su esencia, por su manera de ser. Por ser una persona auténtica hasta las últimas consecuencias. Y allí le acompañamos, hasta el final, hasta que sonó la mítica mezcla del New England - Give It Up con el Maurizio Braccagni - XTC vol 1 (Rotterdam Version) y hasta que nos mató definitivamente a todos con tema guitarresco que no entraba en la cabeza. Apoteósico hasta el final.

El regreso a la realidad de las calles de Gerona tras aquél interminable orgasmo musical no fue, en absoluto, un hecho doloroso o traumático. Ni siquiera se intuía abatimiento o el típico sentimiento de vacío posterior a un momento irrepetible. En absoluto. Recuerdo acabar chupándole el culo a una estatua leonina mientras uno de mis amigos cogía una escoba y se ponía a barrer una plaza hasta que el pobre trabajador que sí que se dedicaba profesionalmente a tal menester apareció en escena con una mezcla de estupor y pavor dibujada en el rostro. Me viene a la cabeza el sol apareciendo mientras recorríamos las calles de Gerona dirección al apartamento, donde devoramos fuet con pan como si lleváramos semanas aquejados de inanición.

La música volvió a sonar en el apartamento mientras algunos compañeros de fatigas trataban de dormir sin ningún éxito. Se encontraron son sopletes hechos con desodorantes, detergente volando y vociferaciones sin sentido que impidieron ningún descanso. Al final, uno de estos bellos durmientes salió al balcón, tocándose de manera indecorosa sus partes pudendas, y llamó fascistas a gritos a unos corredores que aprovechaban aquella hermosa mañana de domingo para hacer una maratón. “¡Feixista, vostè, feixista!”, indicaba mi amigo a un corredor, que se giró sin comprender nada. No eran conscientes de que el hecho de correr con salud mientras otras personas seguían de fiesta era un acto de puro fascismo que debe ser reconocido por la Real Academia Española. Al final, incluso los más irredentos fiesteros tuvieron que deponer su actitud, cayendo sobre cualquier superficie al objeto de fallecer de extenuación.

Lo mejor vino cuando, a las 12:00h en punto, aporreó salvajemente la puerta la propietaria del apartamento para que lo desalojáramos de inmediato. Seguramente habréis visto películas o series de muertos vivientes, así que no es preciso que entremos en detalles. Sólo diré que un amigo, que había caído en un sueño profundo, fue incorporado con cariño pero con firmeza y desplazado de la cama hasta la pared en la que se le aparcó como si de un saco de patatas se tratara. Allí abrió los ojos y comprobó estupefacto la presencia de una mujer. “Però quants sou?”, dijo la propietaria, que descubría una amarga sorpresa tras otra. “No us vaig dir que no es podia fumar?”. Esto, es que, bueno, en realidad fumábamos en el balcón, señalaba el pobre colega que había arrendado el apartamento, mientras trataba de justificar sin éxito la existencia de colillas en la encimera de la cocina. Terrible.

Salimos de allí apresurados bajo las espuelas de una cabreada propietaria, que detectaba más irregularidades normativas cada minuto que pasaba en el apartamento, y nos fuimos a la plaza de la Iglesia a echarnos algo al estómago –no sin antes darle media vuelta al grifo del siniestro pasillo para rematar la trolleada-. Servidor de ustedes, que en ocasiones parece gilipollas, se comió un batido de kiwi y una naranja, elementos poco recomendables ante un estómago ya revuelto. Y ahí acabó el fin de semana, pues el siguiente evento fue ir a buscar los coches y volver a casa más muertos que vivos, pero absolutamente satisfechos.

Normalmente no suelo explicaros mi vida más allá de introducir un tema mediante un elemento personal, pero en este concreto caso me lo pedía el cuerpo. Tampoco es habitual que os muestre mi lado más gamberro y quinceañero, que atesoro aunque supere la edad de Cristo, pues normalmente soy persona algo más sensata de lo que se deduce del relato que hoy os presento; pero hay veces que para huir de la rutina de un adulto responsable cabe regresar a la irresponsabilidad adolescente. En fin, el caso es que el evento discotequero no habría alcanzado semejantes niveles de épica sin un antes y un después a la altura de las circunstancias. Y al cabo, todo relato subjetivo se fundamenta en sensaciones, en vivencias particulares, por lo que es importante contextualizar. Dicho de otro modo, la música fue muy importante, pero vivir esa fiesta con mis mejores amigos fue un elemento igualmente capital en la valoración general del fin de semana. Gracias, cabronazos, por ser como sois.

Al final, fijaos, me lo voy a tener que creer. Pasó.

Un fin de semana inolvidable.

08.03.2019 13:50

Artículo precedente: Historias de España - ¡Viva la Pepa! (1812) (II)

Por lo general, cuando os presento un artículo histórico, os invito a viajar mentalmente a épocas pretéritas más épicas, interesantes, en ocasiones brutales y siempre significativas, por mediación de algún vínculo con la anodina actualidad. No sé si lo recordaréis, pero inicié esta serie de artículos históricos vinculando a Luis Bárcenas con nada menos que el Gran Capitán, utilizando como hilo conductor entre ambos individuos el uso de la contabilidad creativa para la malversación de fondos públicos. Por supuesto, el antiguo tesorero del PP, pese a su parecido con el mafioso de Los Simpson, es un personaje mediocre e insignificante en comparación con Don Gonzalo Fernández de Córdoba, que le vaciló nada menos que a Fernando el Católico. Servía a mi propósito, pero poco más. Es una excusa para hablaros de historia, a decir verdad. Un pretexto. Y ésta es la máxima: conocer un pasado glorioso frente a un presente aburrido; frente una moderna actualidad que recoge las migas que quedan de la tierna, perfumada y sabrosa hogaza histórica.

No obstante, este 2019 ha irrumpido en la historia de España con una fuerza que, si bien era previsible en su gran parte, no acababa de vislumbrarse con la nitidez necesaria. Habrá quien se indigne, habrá quién exija cabezas cortadas en bandejas de plata; habrá quien apele a la historia, real o ficticia; habrá el que se mantenga fiel a la legalidad vigente; habrá el legitimista, el que justifica el legalicidio; habrá el que haga espectáculo; e incluso habrá el que se desdiga por cobardía. Habrá, al cabo, actuaciones tan diversas como colores -o como culos, utilizando una expresión más castiza-, interpretaciones variopintas y hablillas de muy diversa naturaleza, tanto de los actores como del público de la obra. Pero el hecho cierto es que la Causa Especial nº 20.907/2017 que se sigue ante el Tribunal Supremo contra el Govern de la Generalitat de Catalunya, en pleno, que declaró unilateralmente la independencia de Cataluña el día 27 de octubre de 2017 tras la celebración de un referéndum el día 1 de octubre de 2017 es pura historia de España.

Por supuesto, no voy a entrar a valorar ni la pertinencia del juicio, ni la bondad de los acusados, los acusadores o el propio Tribunal, ni voy a iniciar una serie interminable de disquisiciones profesionales sobre cuestiones de carácter procesal, formal, material, conceptual y epistemológico. Éste no es el objeto del artículo. Cada cual tendrá su propio criterio para valorar lo que allí se encausa, ya sea el qué, el cómo, el por qué o incluso el quién. El asunto que a mí me interesa, a los efectos pretendidos, es el objeto subyacente de este proceso penal. No es la rebelión. No es la desobediencia. No es el incumplimiento de la Ley. No es si una declaración política tiene consecuencias jurídicas. No es lo contingente de los actos de los acusados. El objeto de fondo de este procedimiento judicial es la soberanía nacional. Es lo que está en juego.

A mí, si os soy sincero, me agota esta palabreja. Me hastía. Me da pereza entrar en el gazpacho conceptual que hemos creado en este país. Hay personas que no se sacan esta palabra de la boca, pero yo no la saco más que cuando es necesario, como en el presente artículo. No obstante, me guste o no, es un asunto de radiante actualidad y cuyo debate, en torno al independentismo catalán, deberemos afrontar seriamente en España. Por supuesto, existen elementos distorsionadores que echan más leña a un fuego, como los nacionalismos excluyentes, de un bando y del otro; existen, asimismo, los habituales pescadores en río revuelto, políticos y cantamañanas que medran en el caos generado y que no tienen la más mínima voluntad de solucionar un problema que, a la postre, han creado; y existen personas absolutamente radicalizadas que abominan de cualquier argumento racional u objetivo y que aplican el principio, tan futbolero, de Viva el Betis, manque pierda; pero algún día, de alguna forma, deberá solucionarse este entuerto.

La parcelación de la soberanía nacional es una de las soluciones. No la deseable, al menos según mi criterio, pero es un medio para resolver un conflicto frente a la aplicación implacable, automática y acrítica de la Ley, que tampoco es lo deseable El conflicto de fondo es político, no jurídico, por lo que, aunque se condene por sus actos a los líderes que hayan incumplido la Ley, el problema subsistirá, y puede que se agrave. Con ello no quiero liberar de responsabilidad a las personas que hayan antepuesto la supuesta legitimidad contra la legalidad, vigente, sino ofrecer, a nivel general, otra suerte de solución más profunda, más de fondo, más duradera que la contingencia de los hechos consumados. Por ello, el Tribunal Supremo decidirá sobre hechos, pero el fondo es lo que debería interesarnos, más allá de su resultado.

Y ese fondo viene de lejos, creedme. No obstante, este debate soberano, a finales del siglo XVIII, era muy distinto. En aquella época, el asunto de la soberanía era mucho más sencillo: la misma se ejercía de abajo a arriba o de arriba a abajo. Y ahí fue donde la población dio un fuerte puñetazo sobre la mesa en aquella revolucionaria y fascinante Cádiz de 1812 parte darle la vuelta a la tortilla soberana (me gustan las referencias gastronómicas, que le vamos a hacer). Porque la Constitución que allí se aprobó (en adelante, me referiré a ella como la CE-1812) precipitó un cambio absoluto en el concepto de soberanía de la nación española. Allí, en Cádiz, en aquella época, se bregaba algo que hoy vemos incuestionable, pero que en un momento de la historia tuvo que cuestionarse: el Rey o el Pueblo.

Posteriormente, como veremos, por razón de la infame derogación de esta Constitución y la vuelta al absolutismo, entró en juego una problemática de similar naturaleza a la actual: se produjo la independencia de la práctica totalidad de los territorios americanos. Y de ello podremos sacar algunas conclusiones o, al menos, notas a pie de página.

En cualoqui9er caso, empecemos por el principio. Con la soberanía, con el germen de todo poder público, con el primer artículo de cualquier Constitución que se precie, entramos en el análisis material de la C-1812. Que ya va tocando, ¿no?

LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1812

La soberanía nacional

Antecedentes

Sobre este particular, la Real Academia de la Lengua Española define la palabra soberanía, en su segunda acepción, que es la que nos interesa, como el “poder político supremo que corresponde a un Estado independiente”. En cuanto a qué es el poder, la misma Entidad señala, en su primera acepción, que significa “tener expedita la facultad o potencia de hacer algo”. En definitiva, la soberanía se refiere a quién ostenta el poder político y qué facultades tiene este poder. Cómo se ejerce. Hasta dónde llega. Y ahí, en el quién, es donde debemos centrar nuestro análisis.

En España, la soberanía, desde su fundación hasta finales del siglo XVIII, la ostentaba la Monarquía. Con mayor o menor acierto, eran los Reyes los que ostentaban los tres poderes de la nación: legislativo, ejecutivo y judicial. Hacían las leyes, las ejecutaban y procuraban su cumplimiento. Por supuesto, había muchos matices: los nobles tenían mucho que decir al respecto, así como los gremios de artesanos, los diferentes consejos regionales y nacionales, entro otras instituciones sociales o fuerzas vivas que contrarrestaban el poder del Rey. Lo que acontece, verbigracia, en Canción de Hielo y Fuego, no es una invención de George R.R. Martin. Así funcionaba realmente la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna; dragones aparte, claro está. El juego de tronos no implicaba sólo al Rey.

No obstante, iniciado el siglo XIX, lo que nos encontramos en España es una Monarquía muy debilitada y casi patética: Carlos IV era un perfecto imbécil que dejó su gobierno (y se dice que el pubis de su legítima) a un guardia de corps venido a más llamado Manuel Godoy, de ingrato recuerdo para todos. Su primogénito, el Príncipe de Asturias, que llegaría a ser el futuro Fernando VII, era conocido por ser una persona sin escrúpulos, traicionera, que depuso a su propio padre, que le lamió las botas a Napoleón y que, pese a los intentos del pueblo español, resultó ser un monarca absolutista nefasto que cercenó cualquier atisbo de modernidad, incluida la Constitución que ahora analizamos. El Rey Felón, como se le conocerá históricamente.

Lo único gracioso de este desgraciado era que tenía la polla absurdamente larga y gorda en la cúspide, lo cual le impedía tener relaciones sexuales satisfactorias. Y no, no penséis en el pene grande y bien formado de un negro, que, siendo grande y grueso, tiene proporciones adecuadas y aspecto formidable. En su caso, y según narran las crónicas, era estrecho en la base y se iba agrandando de manera caballuna hasta alcanzar un glande que parecía un coco. Repugnante, por supuesto, muy propio del cuerpo que tenía pegado ese abyecto pene. Lo mejor es que, tratándose de un Borbón, no poder mojar su pluma en tinta le reportó harta frustración. Que se joda. Algún día os explicaré la historia de la pobre María Josefa Amalia de Sajonia.

En fin. El caso es que, a principios del siglo XIX, la soberanía de España estaba en manos de estos anormales profundos; y tras su bajuna abdicación, la soberanía de España pasó a José Bonaparte, hermano de Napoleón, que nominalmente se convirtió en Rey de España. Y es aquí, queridos lectores, donde cobra especial importancia la C-1812. La soberanía formal podría ostentarla Pepe Botella, por supuesto, pero el pueblo español, desde Cádiz, estableció por primera vez en la historia de España que la soberanía residiría en el pueblo español.

Regulación constitucional

A decir verdad, esta sentencia no la encontramos de modo tan explícito en la CE-1812, como sí encontramos en el artículo 1.2 CE-1978 (“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”), sino que se desprendía de la lectura conjunta del artículo 1 CE-1812 (“La Nación Española es la reunión de todos los españoles de ambos Hemisferios”), del artículo 2 CE-1812 (“La Nación Española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”) y del artículo 3 CE-1812 (“La soberanía reside esencialmente en la Nación y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales ”). Por tanto, la soberanía pertenece a la Nación, que se compone de la reunión de todos los españoles. Se reconoce, en consecuencia, la soberanía popular, despatrimonializando la idea de nación; lo cual, aunque parezca menor, es muy importante, pues implica que nadie podrá irrogarse un derecho patrimonial de la soberanía. La misma se adquirirá en base al concepto de ciudadanía, que ya veremos en artículos posteriores.

 

Así que sí. Ambas constituciones, en cuanto a la soberanía nacional, dicen exactamente lo mismo. Parten de la misma base fundamental. Y ello no debemos verlo como un anacronismo de la actual, sino como un marchamo de modernidad absoluta de la de Cádiz, que pasaba de un régimen absolutista a la régimen basado en la soberanía popular. En definitiva, introducía a este país en el liberalismo político, sobre el que hemos construido una sociedad más justa hasta llegar a la actual partiendo de la misma premisa: el reconocimiento de la libertad del individuo para gobernarse a sí mismo y, a su vez, el reconocimiento de su capacidad de gobernarse colectivamente. Todo este sistema se fundamenta precisamente sobre este pilar, que es conditio sine qua nom de todo lo demás.

La España de los dos Hemisferios

Hoy en día nos llamará la atención, lógicamente, que el primer artículo de la CE-1812 se refiera a ambos Hemisferios. Mucho queda en América de España, tanto en lengua, costumbres, cultura e historia, pero el vínculo nacional se desmoronó, precisamente, durante este siglo XIX en el que se aprobó la CE-1812. En concreto, la concatenación de independencias americanas de la Corona Española fue un descalabro sin solución de continuidad durante el reinado de Fernando VII e Isabel II: desde la independencia de Argentina, en 1810, hasta la Guerra de Cuba, en 1898, se perdió absolutamente todo el territorio americano.

Por supuesto, no es momento ni lugar para analizar los motivos, la legitimidad, las influencias externas y las actuaciones de la metrópoli que llevaron indefectiblemente a la independencia de los países que hoy configuran la América Latina; baste decir, en todo caso, que, de haberse llegado a aplicar la CE-1812 de manera continuada en el tiempo, con el pertinente desarrollo legal y social, la historia podría haber cambiado notablemente a favor de mantener la unidad territorial de la España americana con la metrópoli europea. Pero ganaron los de “las cadenas”, como veremos, y toda esta metodología parlamentaria liberal se fue, utilizando una expresión americana, al guano. Los propios parlamentarios criollos que crearon esta moderna Constitución se vieron en la obligación de convertirse en líderes de la autodeterminación de sus regiones americanas, al ver como España volvía a las tinieblas.

El caso es que, durante los años en los que se preparó, redactó y aprobó la CE-1812, el sentir de los representantes americanos era reformador, unitario, fundamentado en una hermandad de siglos de convivencia común. Ello no significa que no existieran problemas de hondo calado o, cuanto menos, negras nubes que se atisbaban en la brumosa lontananza venidera, pero la voluntad constructiva existía. Y así quedó constancia. Sírvanos como ejemplo de este sentir americano el discurso que pronunció el 6 de abril de 1811 el más notable de los criollos que participó en las Cortes de Cádiz, D. José Mejía Lequerica, al que conocimos en el artículo precedente: “Si esto se logra (ganar la Guerra contra los franceses) la América tiene que esperar infinitos bienes que no ha conocido hasta ahora, que serán consecuencias precisas de esa liberal, benéfica y grandiosa constitución, que solo divisaron entre sombras nuestros mayores; pero que, aun antes de vería formada, ya la palpamos nosotros, y queda asegurada para nuestros nietos,- ¡gracias a la entereza y sabiduría de los representantes del pueblo!-. (…) Cayeron para siempre los restos de las cadenas, que oprimían a los respetables hijos de los primitivos señores del nuevo mundo. (…) En los futuros Congresos no habrá más diferencia en la representación nacional que la del número de las poblaciones, siempre proporcionado fertilidad y civilización de los pueblos. De un momento a otro espero también ver igualados ambos hemisferios en la gobernación, en el comercio y en los demás derechos y prerrogativas”.

Contrasta dicho alegato, más prospectivo y anheloso que fundamentado en las carencias del presente contingente, con el testimonio prestado por otro diputado americano al que conoceremos sucintamente en este artículo: el mexicano D. José Miguel Guridi y Alcocer. Nacido en 1786 en la ciudad de San Felipe Ixtacuixtla y doctorado en Teología por la Universidad de México D.F., llegó a presidir las Cortes de Cádiz el día 24 de mayo de 1811, demostrando ser un fiel defensor de la igualdad, de la abolición de cualquier grado de esclavitud y del liberalismo económico, muy influenciado por la doctrina de Adam Smith. Como diputado de las Cortes Extraordinarias de Cádiz, presentó no pocas proposiciones a favor de la igualdad entre españoles europeos y americanos, conocedor de los abusos existentes y de algunas dinámicas que habían precipitado, por ejemplo, la sublevación de la región que acabaría constituyéndose en la actual Argentina. Ponía sobre aviso a los diputados.

 

En concreto, conozcamos su pensamiento por mediación de un discurso parlamentario que realizó en Cádiz en fecha 9 de enero de 1811: “Todos los diputados de América estamos conformes en las proposiciones presentadas V.M. El blanco principal, el fin último a que aspiran, es el bien de la Metrópoli. Mas su prosperidad no puede conseguirse sino procurando la de las Américas. El fuego que se ha encendido en aquellas vastas regiones y que, a la manera de un torrente va abrasando provincias enteras, no puede apagarse, sino del modo que se expresa en las proposiciones. (…) Señor, las prohibiciones, las limitaciones embarazan mucho a los americanos: su terreno es feraz en la superficie, y riquísimo en sus entrañas; mas se les ha prohibido criar muchas plantas; y aun se les ha mandado muchas veces aserrar las cepas. (…). Están dotados de talento perspicaz, y de ilustración nada vulgar; y con todo es muy corto el número de americanos que están colocados respecto del de los europeos que allá ocupan puestos superiores, virreinatos, intendencias, togas, grados militares. (…) El único modo de salvar las Américas es acudir a curar esta es la sanción de las proposiciones presentadas. Estas se reducen a la igualdad de derechos en los frutos y en los destinos hasta donde alcance su industria, y permutarlos o venderlos a quien los necesite; así como igualdad en los puestos para que se premie a les que lo merezcan, sin que les sean antepuestos otros solo por ser europeos

Más beligerante era el chileno D. Manuel Gormaz Lisperguer que señalaba lo siguiente en el marco de un debate sobre la solicitud de mayor representación americana en la elaboración de la Constitución: “Los españoles pelean no como en la guerra de sucesión, cuando en lo que menos se pensó es en sus propios derechos; pelean por cortar la cabeza al despotismo y a la arbitrariedad. Lo mismo ha conocido América y justamente la España es la que abre el camino para todo lo que está haciendo. La España tomó vigor y lo mismo quiere hacer la América. España le ha dicho: Ya eres libre, ya se acabó el despotismo. Sí, Señor, se lo ha dicho, ¿pero han correspondido las obras a las palabras? Todo lo contrario: se ha pasado aquel momento en que se le halagó, y las obras están tan distantes que lejos de haber calmado el despotismo, nunca ha habido en América más injusticias que las que hay en el día. Ve el desprecio con que la tratan sus mismos hermanos: todo esto lo conoce; y ¿es extraño que sacuda este yugo? (…) ¿Y cuál puede ser el remedio a tanto mal? la igualdad en todos los derechos que gozan los españoles, las mismas gracias, la misma libertad y que tengan parte como ellos en la constitución”. No me valen los discursos paternalistas, venía a decir, ni las promesas a futuro; obras son amores y no buenas intenciones, etcétera. Lo de siempre, vamos: Dios dijo hermanos, pero no primos.

A través de estos tres fragmentos, emitidos por diferentes personalidades americanas de variado origen (Ecuador, México y Chile), podemos acercarnos al sentir americano en el momento en el que se estaba desarrollando la CE-1812. Podemos conocer, de cerca, que en América no había un problema de soberanía, sino problemáticas derivadas del bienestar de los individuos. No era un problema de quién, sino de cómo. Los americanos querían representatividad. Querían igualdad de derechos y posibilidades. Querían que las palabras se convirtieran en hechos. Querían, al cabo, ser ciudadanos españoles a todos los efectos, extirpando de la España moderna que propugnaba la CE-1812 todo rastro de colonialismo pasado.

Todo ello, con sus más y sus menos, sus discusiones parlamentarias y sus concesiones, tuvo su respaldo legal en la CE-1812; principalmente, en los artículos 1 y 3 de la misma, que reconocía su plena soberanía como parte del pueblo español -sin perjuicio de otros desarrollos normativos propios de la organización interna del Estado que veremos en otros artículos o el propio concepto de ciudadanía previsto en el artículo 4, que analizaremos de manera específica en el artículo siguiente-. Todo ello, en definitiva, se llevó a la práctica tras la aprobación y promulgación de esta Constitución; si bien, como ya imaginaréis, este periodo fue demasiado breve para sanar ninguna herida.

La vuelta al absolutismo y la disgregación de la soberanía

En abril de 1814, tras ser liberado por Napoleón, el deseado Fernando VII regresó a España para reclamar su corona, que había sido reconocida por Napoleón tras asumir su derrota tanto en Europa como en su país vecino. De manera sorprendente, no se desplazó directamente a Madrid, sino que hizo su entrada triunfal en la ciudad de Valencia el día 16 de abril de 1814, donde recibe un texto que pasará a los anales de la infamia española: El manifiesto de los persas. Este execrable documento, que había sido redactado por diputados absolutistas, sirvió de pretexto y de base al inefable Fernando para dictar el Decreto de Valencia de 4 de mayo de 1814, que se publicó en la Gaceta de Madrid el día 11 de mayo de ese mismo año, cuya parte dispositiva rezaba: “declaro que mi Real ánimo es, no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias ni de las ordinarias actualmente abiertas (...), sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, (...) como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquier clase y condición a cumplirlos y guardarlos.” Y toda esperanza liberal se desvaneció como el humo de un cigarro con esta perniciosa restauración absolutista.

Por ello, los americanos no obtendrían ni representatividad, ni igualdad, ni hechos consumados. No se atendieron sus demandas; de hecho, todo lo contrario. Y pasó lo que tenía que pasar. La parcelación y desintegración de la soberanía nacional española en América no tuvo nada que ver con nacionalismos: fue causa del desdén, arrogancia y despotismo de unos gobernantes que destruyeron esa España que pudo ser y que no fue; que acabaron con esa España que reconocía América no como una colonia, sino como parte de sí misma, bajo el paraguas del liberalismo político. Aquella soñada España liberal se apeaba forzosamente del tren de la historia para volver al medievo. A “las cadenas”.

¿Y qué pasó con los diputados que hemos mencionado? D. José Miguel Guridi y Alcocer acabó siendo el presidente de Congreso Constituyente del Imperio Mexicano en 1822, tras la independencia de este estado americano, totalmente resignado contra la metrópoli. D. Manuel Gormaz Lisperguer fue diputado en el Congreso General Constituyente de la República de Chile en 1828, tras su independencia, sacudiéndose el yugo al que hizo alusión en su intervención. España, a veces madre y siempre madrasta...

Quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Esta frase se atribuye a muchas personas, pero quiero pensar que la dijo el filósofo español George Santayana varias décadas después de los eventos de la Cádiz constitucional. Desconozco el contexto en el que esa frase sentenció con meridiana lucidez la ignorancia histórica con la repetición de errores pasados; pero es tan veraz que tanto me da. Es válida en cualquier época histórica. Y es una receta que bien podría recetarse a los dirigentes políticos actuales.

Por supuesto, sé que el independentismo catalán y vasco son principalmente ideológicos y se fundamentan sobre la costumbre, la lengua y las particularidades culturales más que sobre motivos objetivos. Sé que, en realidad, los orígenes de estos independentismos españoles modernos tienen más que ver con el carlismo, esencialmente conservador, que con el liberalismo. Por ello, no podemos hacer una comparación entre los procesos de independencia americanos con los independentismos que se producen en la metrópoli. No es en ellos en quien me centro. No es a ellos a los que apelo. Sino a España.

Enjuiciar y condenar los hechos que, presuntamente, han perpetrado los líderes independentistas catalanes es una actuación jurídica que, para los poderes públicos ordinarios, resulta casi una obligación. No obstante, los poderes públicos políticos, decisorios, que definen las líneas maestras del destino de la nación, no pueden quedarse aquí. Deben ir más allá. Hay un problema de fondo que merece una solución. No sé cuál, ni es mi trabajo proponerlo, pero negar el problema de fondo tapando con las manos los agujeros que van saliendo en la quilla de un barco a la deriva mientras se pretende combatir un nacionalismo fanatizado con otra suerte de nacionalismo fanatizado es una receta perfecta para el desastre. Hay que frenar el péndulo que pasa de la acción a la reacción antes de que se rompa. Y necesitamos altura de miras, lucidez, inteligencia.

Necesitamos otra Cádiz.

05.02.2019 19:18

Sería el año 1994. No recuerdo si a principios, mediados o finales. Tampoco tengo especial certeza en la determinación del año, no os vayáis a pensar, pero hay elementos circunstanciales que me permiten aproximarme lo suficiente como para, al menos, dar una cifra. Y el elemento circunstancial de esta parte de mi memoria que os traigo a colación es un coche, puesto que los eventos a los que me referiré coinciden temporalmente con un cambio de vehículo familiar: mi padre ya se había quitado de encima su mítico deportivo color amarillo (Ford Escort IV XR3i) y se había comprado una flamante berlina de color gris oscuro (Volkswagen Passat B3 2.0.). La crisis de los 35, quizás. No me queda tanto para descubrirlo, en realidad. Fuck.

Eran buenos tiempos, aquéllos. Todavía recuerdo el olor de ese nuevo coche cuando mi padre nos recogió a mi hermano, a mi madre y a mí en la Plaza de Otero Pedrayo, que todavía se encuentra en la intersección de la Calle Alcudia y el Paseo Valldaura de Barcelona. Olor a plástico nuevo, a tapicería limpia, a caucho impoluto. A coche recién comprado. Todavía había pelillos en las ruedas. Y cómo brillaba aquél peculiar gris oscuro. Montarse en ese bólido fue equivalente a subirse en una montaña rusa para aquel todavía verde y tierno Sergio, al que todo le parecía grande y majestuoso. Y a fe de que aquél coche lo era.

Del Ford Escort tengo pocos recuerdos, a decir verdad. Era demasiado pequeño y no ponía especial atención en este tipo de cosas. Pero mi relación con el Passat era harina de otro costal. Tengo recuerdos muy vívidos dentro de ese coche. Coño, si hasta tengo la absoluta convicción que de ahí viene mi manía con sentarme siempre a la derecha cuando voy en la parte trasera de cualquier vehículo: en el Passat, yo me sentaba atrás, justo detrás de mi madre, que iba de copiloto. Ése era mi sitio. No quería otro. Cuando me hacían sentarme a la izquierda siempre me sentía incómodo, con el reposabrazos y el cinturón al revés; lo cual era obvio, por una cuestión puramente topográfica, pero era y continúa siendo muy molesto para mí. En aquéllos pretéritos tiempos y en los actuales. El caso es que, desde aquel asiento trasero –derecho-, comencé a observar el mundo correr a mi alrededor, todavía sorprendido y curioso. Empecé a desarrollar mi personalidad, quizás. A pintar mi lienzo en blanco. Y todo aquello tuvo lugar en la suave tapicería de aquél fastuoso coche.

Cabe decir que, a partir de esa edad, no sólo comencé a descubrir el mundo que existía fuera de mis padres, mis abuelos, mi hermano, mis juguetes, mi habitación, en fin, fuera del pequeño mundo de un pequeño, sino también la música, que se convertiría en mi absoluta pasión. Comencé a caer en la cuenta de que la música que ponían mis padres en el coche me gustaba, me animaba, me acompañaba y me hacía tararear; en definitiva, que despertaba un algo en mi interior. El Sergio melómano se abría camino y, en aquél coche nuevo, la música se escuchaba de fenómenos. Recuerdo, cómo no, las cintas de Ana Belén y Víctor Manuel, que no podían faltar nunca en cualquier trayecto que hiciéramos con el Passat. De vez en cuando, sonaba Queen o Supertramp, y en las veces que menos, una vieja cinta del cuarto álbum de Víctor Jara que a mi padre le gustaba mucho. No obstante, entre tantos grupos, había uno que me llamaba poderosamente la atención. Tonto el que no entienda, empezaba aquella misteriosa canción. Cuenta la leyenda…

 

La voz de aquella cantante me hipnotizaba más allá de lo razonable. No sé qué extraños mecanismos internos se iniciaban en mi cabeza cuando Ana Torroja, cantante de Mecano, me explicaba una historia con su aguda pero cálida voz, pero me sumían en una especie de trance onírico muy agradable. Al principio, como he dicho, sólo me interesaban las melodías. Las armonías. Me gustaban, las tarareaba y me aprendía alguna estrofa de la canción, pero mi interés no iba más allá. A veces me inventaba las letras con expresiones que me hacían gracia. En fin, cosas de críos. Pero poco a poco, igual que me pasó con Ana Belén y Víctor Manuel, empecé a escuchar, más que oír, las letras de este extraño grupo de Mecano que tanto me perturbaba. A tratar de entenderlas. Y para qué lo hice, pardiez.

Laika, la perrita que iba al espacio, palmaba allí arriba. Preparado está ya el cohete para zarpar. Más tarde supe que ningún ruso pensó en que la pobre perra pudiera volver sana y salva. La lanzaron al espacio como el que tira una piedra a un lago, sin esperar su regreso. Desgraciados soviéticos. La canción me encantaba, pero joder, no me matéis a los perros, pensaba el pequeño Sergio y, al parecer, el mismo Nacho Cano: "Yo lo hice porque me gustó la imagen, metieron una perrita en una nave, la mandaron al espacio y fue el primer ser vivo que estuvo en el espacio. A mí se me planteó que nadie le planteó a la perra si quería volar. En el momento en que dijo "¡guau!" ya todo el mundo se olvidó de la perra porque la mandaron sólo para ver si vivía."

No obstante, la mortandad no disminuía con el paso de la cinta de cassette: en la canción de Cruz de Navajas, el pobre Mario presenciaba la infidelidad de su esposa ante el propio portal de su casa instantes antes de que fuese asesinado a navajazos por dos drogadictos. Sangres que tiñen de malva el amanecer. Pero qué escarnio es ése, pensaba –no con esa palabra, obviamente-. Sólo le faltaba al tal Mario que Laika, de seguir viva, se meara en su cadáver apuñalado. La cosa no acababa aquí, claro. Ahora sacaba a pasear una navaja nada menos que un gitano al pensar que a su legítima se la había levantado un payo, cuando en realidad, el motivo de su desazón era un Hijo de la Luna. Excusa nada convincente, al parecer, esa inseminación lunar, puesto que la mujer acabó apuñalada de muerte y, el hijo, abandonado a su suerte en pleno bosque para, a su vez, morir de frío, sed e inanición. Y si el niño llora, menguará la luna para hacerle una cuna. Tenía un toque muy siniestro, oscuro, extraño, misterioso. Pero no podía dejar de escuchar estas canciones.

El inquietante descubrimiento de lo que significaban las letras de estas canciones, que pese a ello eran mis favoritas de este grupo, me dieron una visión más compleja del mundo. Más cruda, en realidad. Los héroes podían morir, como Laika. La vida era injusta, como la de Mario. Las leyendas pueden ser terribles, como la del hijo de la Luna. La música, al final, me hablaba, me explicaba cosas más allá de la armonía que me hacía tararear. En los trayectos largos en el Passat, comencé a descubrir el mundo a través de la música. Lecciones de vida aprendidas en el asiento trasero de un coche al son de música española.

No obstante lo anterior, había una canción de este grupo que, en mi tierna infancia, no acababa de comprender. Nada tienen de especial, dos mujeres que se dan la mano, comenzaba la canción. No comprendía el alcance del problema que, metafóricamente, me presentaba la canción de Mujer contra mujer. Al final comprendí su significado, no sé si por mis propios medios o preguntando a mis padres. Entendí qué me querían decir. Algo muy bonito, en realidad, que construyó junto con otros estímulos mi planteamiento actual acerca de la que considero la más elevada de las virtudes de un ser humano: la libertad. Y lo que opinen los demás está de más.

La libertad sexual, al cabo, es uno de los mejores detectores de la existencia de una verdadera libertad individual. Esto es un hecho. Cuanto más libre es una sociedad, más libre es su sexualidad; o viceversa, pues no hablamos de elementos estancos, sino interconectados. Al cabo, somos animales, y este hecho biológico tiene una importancia capital en cómo nos relacionamos, en cómo nos vestimos, en qué consumimos, en cómo establecemos la arquitectura social y en casi todos los aspectos de nuestra vida –sin que un servidor llegue a ser absolutamente freudiano-. Y una pareja de lesbianas que puede pasear por la calle cogida de la mano es, evidentemente, mucho más libre que esa pareja, quizás ficticia, pero muy real en determinadas épocas, que se cogía la mano por debajo del mantel en la canción de Mecano. Sólo hay que comparar periodos históricos. Y los derechos no sólo de los homosexuales, sino de todos los demás. La moral, al cabo, debe establecer límites de comportamiento, pero nunca reprimir naturalezas endógenas.

La importancia de la canción de Mujer contra Mujer no estriba sólo en el qué, sino en el cuándo. Esa canción salió al mercado en 1988; esto es, hace más de 30 años, siendo una de las primeras canciones de habla hispana que trataba sobre homosexualidad. Por supuesto, esto les reportó numerosas polémicas, censura editorial e incluso amenazas de muerte, pero el grupo se mantuvo firme en defensa de su canción y, sobre todo, de lo que querían transmitir. De hecho, ya tuvieron que luchar para que saliera el mercado, puesto que la canción, escrita por Nacho Cano dos años antes de que finalmente viera la luz, generó rechazo en numerosas discográficas. Es, sin duda, una de las canciones más reivindicativas del colectivo LGTB, puesto que dicho colectivo le debe mucho al esfuerzo que hizo Mecano en la normalización de las relaciones homosexuales en un país como España, que salía de una dictadura. Y aún hoy en día, como demuestra esta foto de 2016 en la que María León, cantante mexicana, y Ana Torroja se besan en un concierto ante un público que celebraba la diversidad sexual.

 

Por eso, cuando una amiga me dijo, hace una semana, que la acompañara a ver un tributo a Mecano interpretado por el grupo maño Descanso Dominical, ni me lo pensé. Y, llegado el día, con una cerveza de precio totalmente abusivo en la mano, canté, bailé, chillé y soñé como aquel niño del asiento trasero del Passat. 

Y me desgañité cantando esta canción; no porque sea mi preferida, que no lo es; ni porque yo sea homosexual, que no lo soy; sino por reivindicar a Mecano como un grupo que, cuando luchar por los derechos de determinados colectivos era peligroso, lo hacía con firmeza, con sus medios, sin esperar nada a cambio. Por la libertad de cantar lo que se quiera, por la libertad de hacer lo que se quiera, de follar con quién te pida el cuerpo; por la libertad en sí misma que, al cabo, con esfuerzo se gana y con facilidad se pierde. En definitiva, para reivindicar a Mecano frente a, precisamente, los mismos que hoy disfrutan de lo que consiguió su generación: los millenials.

Y es que sólo en una sociedad enferma e ignorante como la que dejamos atrás en 2018 y como la que continúa durante el presente 2019 chapoteando, encantada de haberse conocido, en una piara de la infamia absoluta, puede condenar que la banda Mecano es homófoba. O, al menos, algunas de sus letras. Da lo mismo. El hecho en sí es tan disparatado que, a no ser que sufras achaques agudos de disonancia cognitiva o seas un verdadero analfabeto histórico y musical, no se comprende de ninguna de las maneras. Pero, aun y así, ha ocurrido, y fue protagonizado por dos millenialls cantarines que se presentaron a Operación Triunfo en su edición de 2018.

Al parecer, a María, la protagonista femenina del disparate, le parecía “homófobo y de mal gusto” respetar la letra de la canción Quédate en Madrid, de Mecano, que en una de sus estrofas decía lo siguiente: “siempre los cariñitos me han parecido una mariconez, y ahora hablo contigo en diminutivo, con nombres de pastel”. Junto con su compañero Miki, con el que debía cantar a dúo la referida canción, decidieron que no querían cantar la letra de esa canción si no se cambiaba la palabra “mariconez” por “estupidez” o “idiotez”. Los coachers, o profesores, o anormales con ínfulas que dirigen el cotarro, lejos de comprender que lo que realmente era una estupidez era la ocurrencia de estos dos niñatos de la generación snowflake, les dieron pábulo. Imagino que verían la polémica que se generaría y las pupilas se les convertirían en símbolos de palpitantes dólares. Que hablen de ti, aunque sea mal, etcétera.

Pistoletazo de salida. Operación Triunfo, como programa, preguntó a Ana Torroja si podían cambiar la palabra “mariconez” por otro término, requiriéndola con premura para que les contestara, esperando una respuesta políticamente correcta a tan grave asunto. Asunto de Estado. Alarma nacional. Ana Torroja, bastante molesta por el asunto, pero muy conciliadora, les dijo que se dirigieran a Nacho Cano, que es el compositor de la letra. 

La otra opina, que qué se le va a hacer.

Y Nacho Cano, a su vez, dijo que la letra se quedaba como estaba y punto en boca. Con la misma firmeza que defendió, en su momento, su canción de Mujer contra Mujer, ahora se mantenía firme contra otro tipo de censura. Y le cayeron palos, os lo aseguro. Hasta del Gobierno.

Una opina, que aquéllo no está bien.

Ni que decir tiene que toda esta payasada fue retransmitida, con sus bulos, sus medias verdades y sus opiniones morales, por medios de comunicación, redes sociales y ofendidos profesionales; que, al parecer, 30 años después de que esta canción saliera al mercado, cayeron en la cuenta de que era absolutamente homófoba, peyorativa y contraria al buen rollito.

Y lo que digan los demás está de más.

Ana Torroja, que había tratado de no estallar contra tanta gilipollez, estupidez, idiotez y, precisamente, mariconez, al final tuvo que hacer unas declaraciones que de tan obvias no hubieran sido necesarios en un mundo con dos dedos de frente: “Mecano, tanto como grupo como cada uno por separado, siempre ha defendido la diversidad, el amor libre, la libertad de expresión y un largo etcétera; además, tiene uno de los himnos más bellos escritos nunca defendiendo el amor homosexual: Mujer contra mujer. No confundamos insulto homófono con expresión coloquial. Cuando la canción dice ‘siempre los cariñitos me han parecido una mariconez’, quiere decir que siempre los cariñitos le habían parecido una tontería, una bobada, estupidez y hasta cursilería, y en la frase siguiente dice: ‘y ahora hablo contigo en diminutivo con hombres de pastel’, es decir, que ahora esa persa se da cuenta de que está enamorada hasta las trancas y que utiliza esas expresiones que antes le parecían una bobada. Si alguien no se siente cómodo cantando esa canción, no debería cantarla, que escoja otra, Mecano tiene muchas canciones maravillosas y la música es libre. Pido respeto en redes. Pido libertad, no censura. Y viva la diversidad.”.

Al final, los dos gilipollas que habían iniciado esta inane polémica cantaron la canción original sin modificación alguna; aunque, posteriormente, se reiteraron en su ofensa burguesa frente a la propia Ana Torroja, que, pese a que dijo unas amables palabras como respuesta, pagaba con su cara y expresión.

 

A mí se me llevaban los demonios. Un grupo que defendió a finales de los 80 y durante toda su existencia a los colectivos LGTB era considerado homófobo por dos niñatos heterosexuales que en su vida han sufrido cualquier tipo de acoso por su sexualidad. Era incoherente, absurdo, un claro ejemplo de la disonancia cognitiva que existe en los tiempos de postureo millenial. Pero lo mejor vino después. Y mis demonios se convirtieron en hienas: pasé del odio a la risa histérica.

Y es que a la tal María la visitó su novio en una de las galas de esta excrecencia televisiva. Apareció ante las cámaras un paleto de extrarradio con cara de sifilítico, al que seguramente le faltó tiempo de cocción en su seno materno, que lo primero que hizo fue nalgear a su piba y comerle la boca. Instantes después, dijo que "está buenísima" y que “al salir de allí, lo primero que iba a hacer es follar” tras afirmar que “echaba de menos su culo”. Eh, Sergio, espera: no puede ser que el novio de la chica que dijo que Mecano era homófobo diga esas cosas tan machistas. No puede ser. Algo así no se comprende de ninguna de las maneras. Pero, aun y así, ha ocurrido, y fue protagonizado por dos millenialls cantarines que se presentaron a Operación Triunfo en su edición de 2018. Parece que me repito, pero no. Hay cosas que hay que leerlas dos veces para creerlas.

El otro necio, llamado Miki, no sólo ganó Operación Triunfo 2018, sino que va a representar a España en Eurovisión. Repóker de Ases. Más madera, que se apaga la lumbre. Vamos a seguir follándole la mente a Sergio y a cualquiera que todavía conserve algo de cordura. Que sigan llevándoselo las hienas, que al menos no le provocan subidas de tensión, como los demonios.

En fin. No pude cantar en directo Quédate en Madrid, imagino que por el buen criterio del grupo Descanso Dominical, que no querría entrar en polémicas. Pero da igual. Me quedo con Mecano. Con los que, frente a la estupidez, de unos y otros, se mantienen firmes y luchan por sus ideas. Por la libertad.  

Tonto el que no entienda…

21.01.2019 20:21

Artículo precedente: Historias de España - ¡Viva la Pepa! (1812) (I)

¿Alguna vez habéis recibido un balonazo en la cabeza? Yo sí, y no pocos. Ya sea en el patio del colegio o en la misma calle, tengo una especie de imán para cualquier elemento esférico que se esté desplazando por el aire. Seguro que os ha pasado. Ya sea en un campo de fútbol o paseando por una plaza donde la clásica advertencia de “prohibido jugar a pelota” tiene el mismo efecto disuasorio que encarar una reyerta a navaja con una cucharilla de postre. Lo que seguramente no sabréis, como también desconozco yo, es que ocurre cuando una esfera de tamaño parecido a un balón, pero compuesta de acero fundido y con un peso de 12 libras (aproximadamente 5 kilos) impacta contra tu cabeza. Os podéis imaginar, por eso, el desastre. Desastre que no sólo ocurriría con la cabeza, o el cuerpo, del que recibiera ese impacto, sino con cualquier elemento arquitectónico que se encontrara en su trayectoria. Y si bien no es lo mismo que una andanada de proyectiles Hispania A-6 desprendidos de la panza de una bandada de Heinkel He 51 en plena Guerra Civil española (1936-1939), los que sufrieron el asedio de Cádiz durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1814) no estaban demasiado contentos con esos balones de acero con volea que les mandaba la Selección francesa de la época. Malditos gabachos.

Y es que, claro, cuando eres artillero de profesión y Emperador de Francia en tus tiempos libres, te gusta usar el tirachinas contra tus enemigos en cuanto se te presenta la ocasión. No creo que estuviera en sus planes, por eso, que sus obuses tuvieran que caer sobre Cádiz, teniendo en cuenta que, pocos años antes, su derrotada armada se lamió las heridas en el puerto de esa magnífica ciudad tras ser humillada por los británicos unos pocos kilómetros al sur, ante el Cabo Trafalgar, tras llevar a España a una guerra que ni le iba ni le venía. Nos tenía en el bote, que se suele decir. Al menos, a los que importaban; y principalmente, al servil Godoy. Era cosa hecha: gobernada por inútiles, débil militarmente, repleta de recursos naturales, perfecta para el control del Mediterráneo y el Atlántico… El establecimiento de un estado satélite de Francia en España era casi un imperativo para el artillero corso, que era un estratega brillante. Pero Napoleón no calibró bien las consecuencias de la invasión de España: se olvidó por completo de la feroz resistencia de la población civil. Y el obús, a la larga, le acabó estallando a él.

Acción y reacción, como señalaba en el anterior artículo. La población civil entendió que la entrega de España al hermano de Napoleón tras la rastrera abdicación del abyecto Borbón de turno que nos amargaba la existencia -que no era mal cambio, realmente; cualquier cosa menos el Rey felón- era una absoluta humillación. Vamos, que fue cosa de ego. De tocar demasiado lo que no suena y es blando, para más señas. De cojones, como se suele decir –expresión, ésta, que ha sido acuñada de manera literal por los anglosajones, pues al parecer es algo muy nuestro-. Una afrenta a nuestro honor. Una chulería, al cabo, que se llevó un navajazo en el cuello como reacción. Joder con Newton, cómo se pone a veces con sus reacciones.

Y cuando los franceses se quisieron llevar al jovencísimo infante Francisco de Paula, hermano pequeño de Fernando VII, a Bayona, se montó en Madrid una algarada de las de verdad. Un pifostio morrocotudo. Nada de cuatro niñatos con iPhone haciéndose selfies delante de un contenedor de basura quemado ni unos estudiantes mediocres tirando pintura en la sede del partido político tal o cual mientras la policía mira como si con ellos no fuera la cosa y el charlatán de turno los maneja a su antojo. Nada de eso. Tampoco hubo juegos de colores, corros de la patata, picnics reivindicativos, revoluciones con pantuflas ni airados comentarios en redes sociales. Eran otros tiempos, quizás, más salvajes, en los que la gente se jugaba el físico de verdad y dejaba las payasadas para el siglo XXI. Y es que salir a la calle con una navaja de palmo, el pecho descubierto y mucha mala leche para enfrentarse al mejor ejército del mundo no era ir precisamente a coger flores al campo. Pero eso es lo que hicieron los madrileños aquel fatídico día 2 de mayo de 1808 en el que los españoles dijimos basta al invasor francés: bronca, sucia, callejera, a baldeo limpio en el estómago y a macetazo desde el balcón, aquélla pequeña revolución madrileña, tan sangrienta y española, que duró hasta que los cañones de Monteleón quedaron silenciados para siempre, encendió una chispa que se extendió por todo el territorio nacional como un grito a la insurrección. Y los fusilamientos que tan crudamente inmortalizó Goya, que tuvieron lugar al día siguiente, no hicieron sino aumentar la sensación de agravio, que en ningún momento quedó rebajada, sino al contrario: cada acto de ensañamiento francés no era sino un nuevo y mayor acicate a la ira del español, uno de los afectos humanos que maneja con especial soltura. Que se lo digan a los pobres galos que dieron con sus huesos en la isla de Cabrera.

Pero vamos, no perdamos el hilo. Hay numerosos libros que explican mucho mejor que yo y con mucho más detalle lo que ocurrió en la Villa y Corte de Madrid el día 2 de mayo de 1808. Asimismo, os ahorraré otros detalles militares, sociales y políticos, como los dimes y diretes de las Juntas Centrales que surgieron tras el vacío de poder en España, pues si bien el contexto es importante, y por ello os he fijado un panorama general, nuestro objetivo es Cádiz.

Así que pasamos del sonido de la primera siete muelles que se abrió la mañana del 2 de mayo de 1808 al rumor del mar, el olor del puerto, el piar de las gaviotas y los comentarios de los lugareños que, en la Villa de la Real Isla de León (actual San Fernando), se acababan de enterar de que su población se había convertido, de facto, en la capital de España. Y es que el día 24 de septiembre de 1810 se produjo en el Ayuntamiento de esta localidad la primera reunión de las Cortes Generales y Extraordinarias que, desde ese momento, constituirían el Gobierno provisional de la España no ocupada y se encargarían de brindar al pueblo español, a la postre, su primera Constitución. La expectación era máxima.

El nacimiento de la España que pudo ser y no fue

¡Boom! ¡Zas! ¡Placa! Yo qué sé. Como os he dicho desde el principio, no sé cómo sonaba la artillería francesa del siglo XIX, pero seguro que haría un ruido parecido a cualquiera de las onomatopeyas que he utilizado. Y ésta era la música que oían los diputados que se dirigían cada mañana al Oratorio de San Felipe Neri, en Cádiz, lugar al que se habían trasladado las Cortes Generales y Extraordinarias por el cerco francés a la isla de León. ¡Boom! ¡Zas! ¡Placa! Pedruscos caían sobre Cádiz desde las cercanas localidades de Chiclana de la Frontera, el Puerto Real y El Puerto de Santa María. No se sabía ni dónde, ni cuándo, ni desde qué lugar, pues la ciencia balística no era tan precisa como hoy en día y los franceses bombardeaban más para causar terror o desgastar ánimos que para destruir la ciudad; pero caer, caían, sobre personas, edificios, barcos y calzadas. Te habituabas a ello, imagino. Eran gajes del oficio, pensarían los diputados. Y pese a ello, la Constitución de 1812 (en adelante, CE-1812) estaba en marcha.

 

Para que la reconstrucción de los hechos no sea tan fría e impersonal, veremos el nacimiento de la Constitución de Cádiz desde la piel del catalán D. Felip Aner d'Esteve, diputado electo de la Junta de Superior de Cataluña. Nacido en el año 1781 en la pequeña y preciosa localidad de Aubert, en el Valle de Arán, este joven abogado fue el encargado de redactar las instrucciones que la Junta Superior de Cataluña asignó a los 17 diputados catalanes que participarían en la redacción de la Constitución de Cádiz, de las cuales fue su máximo defensor, por lo que nos dará un punto de vista interesante para comprender nuestro pasado e incluso, por supuesto, nuestro presente; pues de esos polvos vienen estos lodos, que se dice. No disponemos de ningún retrato que nos permita ponerle cara, así que podemos imaginárnoslo de manera absolutamente libre. Licencias narrativas.

Caminando por las calles de Cádiz en dirección al oratorio, Felip renegaba para sus adentros. Un obús francés le había sobrevolado la cabeza esa misma mañana para acabar incrustado en su taberna preferida antes de que tomara su desayuno diario. Ahora, tosiendo y en ayunas, se dirigía a San Felipe Neri, rumiando una de las 261 intervenciones que haría ante las Cortes hasta su fallecimiento. Vuelve la tos. Maldita fiebre amarilla. Lo acabaría matando al año siguiente a la temprana edad de 31 años, pero antes de ello había muchas cosas que hacer. La redacción de las instrucciones catalanas era suya, pero tenía que ser capaz de expresarlo en esos términos: “(…) deben reconocerse las ventajas políticas que resultarían de uniformar la legislación y los derechos de toda las Provincias de la Monarquía (…) pero si no pensare así la pluralidad (…) debe Cataluña no sólo conservar sus privilegios y fueros actuales, sino también recobrar los que disfrutó en el tiempo en que ocupó el Trono Español la augusta casa de Austria; puesto que los incalculables sacrificios que en defensa de la Nación está haciendo, la constituyen bien digna de recobrar sus prerrogativas perdidas (…)”. Grave era el sacrificio que Catalunya había realizado en los últimos dos años en defensa de la soberanía española. Tortosa cayó a principios de año, Tarragona acababa de caer tras un crudo asedio y, ese día 1 de noviembre de 1811, podía decirse que toda Cataluña era francesa. Ya se hablaba de su anexión a Francia. Era terrible. Los diputados comprenderían la pertinencia de la restitución solicitada en caso de que quieran volver al federalismo austracista. Y, en ese caso, el Rey debía olvidar el Decreto de Nueva Planta que instauró su tatarabuelo en pago de la encarnizada lucha catalana en su nombre.

Cabizbajo, por el camino por el que discurre la calle Sacramento con dirección al Oratorio de San Felipe Neri, Felip se encontró con otro diputado catalán que dirigía, de un tiempo a esta parte, la Gaceta de la Regencia de España e Indias (que actualmente se conoce como Boletín Oficial del Estado): el barcelonés D. Antoni Capmany Surís. No tenían demasiado en común, más allá de sus vínculos territoriales. Antoni era liberal moderado, mientras que Felip era más bien conservador. Por otro lado, Felip era defensor de la cultura y la lengua catalana, mientras que Antoni llegó a decir, en unos de sus artículos, que “el catalán era una lengua muerta, anticuada, plebeya y desconocida hasta para los propios catalanes”. Ahí tocaba hueso, el barcelonés. Esta opinión chocaba frontalmente con una de las frases más célebres que pronunció el propio Felip en una intervención de las Cortes: “Nadie es capaz de hacer que los catalanes se olviden de que son catalanes”. Pero, guardándose para sí la opinión personal que le merecería, lo saludó de manera cortés y le invitó a continuar juntos el camino. 

En todo caso, Felip sabía que Antoni era persona ilustrada en extremo y le agradaba el concepto de España que planteó en la publicación El Centinela contra los franceses, emitida tras los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid y dedicada al Lord Henry Holland, Duque de Exeter, cabeza de la Casa Lancaster (que inspiró al personaje de Jaime Lannister en la saga de Canción de Hielo y Fuego): (…)  Nuestra preciosísima libertad está amenazada, la patria corre peligro, y pide defensores: desde hoy todos somos soldados, los unos con la espada, y los otros con la pluma. (...) Debíamos temer que el plan de despotismo que va extendiendo el astuto Bonaparte por la Europa, después de haberle probado bien Francia, vendría a planificarlo en España. A esto llama él regenerar, es decir, civilizar a su manera las naciones, hasta que pierdan su antiguo carácter y la memoria de su libertad. Igualarlo todo, uniformarlo, simplificarlo, organizarlo, son palabras muy lisonjeras para los teóricos, y aún más para los tiranos. (…) ¿Qué sería ya de los Españoles, si no hubiera habido Aragoneses, Valencianos, Murcianos, Andaluces, Asturianos, Gallegos, Extremeños, Catalanes, Castellanos, etc...? Cada uno de estos nombres inflama y envanece, y de estas pequeñas naciones se compone la masa de la gran Nación, que no conocía nuestro sabio conquistador, a pesar de tener sobre el bufete abierto el mapa de España a todas horas.” Discurso, éste, que venía, a su modo, a ratificar el suyo, y a reforzar una de las propuestas que tenía en mente: proponer la creación de Juntas provinciales que tuvieran cierto poder político, siempre sometidas a las Cortes nacionales. En cuanto a lo de la lengua… ja veurem.

Y así caminaron, los dos, girando a la derecha por la Calle de San José hasta cruzarse con la Calle de Santa Inés, donde les aguardaba el bullicio habitual. Los diputados se encontraban en las inmediaciones de San Felipe Neri, fumando, tomando un refrigerio en una taberna cercana entre agradable parla, entrando y saliendo de la sala principal del Oratorio, enfrascados en intensos debates ante la puerta, observando con poco recato a unas señoras que se asomaban a la ventana de un domicilio de la Calle de San José… Un verdadero hervidero de personas que, pese al asedio, pese a lo grueso del asunto que allí les congregaba, seguían con sus vidas. No obstante, hoy le tocaba intervenir a Felip, por razón de la naturaleza del debate parlamentario que tocaba en suerte ese día 1 de noviembre de 1811, así que no estaba para descaradas señoras ni para debates callejeros. Se despidió cortésmente de Antoni, que ya empezaba a soltar a un grupo de diputados aragoneses su discurso sobre los ociosos castellanos y los dinámicos catalanes, y se dirigió raudo al interior del Oratorio, poniendo pies en polvorosa y mente a trabajar.

 

Pocos pasos antes de cruzar el pórtico lateral que daba acceso a San Felipe Neri, Felip escuchó una explosión seca, grave, amortiguada por cientos de voces, pero perfectamente reconocible. Con ese obús ya había contado siete desde que el sol se alzó por oriente. Cuatro franceses y tres españoles. Los reconocía por el sonido. Este último habría salido del Castillo de Puntales hacia el Puerto Real, con el punto de mira en el Fuerte de San Luís de Trocadero, lugar en el que se apostaba su espejo artillero francés. Todavía estamos aquí, gabachos. Felip deseo que ese obús les hubiera estropeado el desayuno, a estos hideputas, pero no confiaba demasiado en lo que quedaba del ejército español. Hacían lo que podían, que no era poco. Resistían. Sin embargo, no había modo de compararse con el mejor ejército del mundo. No sabía cómo, pues pese a haber sido comisionado de las autoridades militares de Vich, no era ducho en la ciencia de la guerra, pero había que ganar esa guerra. Tenían que ganar esa guerra. Suspiró y entró.

La verdad es que impresionaba. No porque Felip no fuera hombre viajado ni porque no tuviera bagaje arquitectónico, sino porque la fabulosa cúpula ovalada que se contemplaba al alzar la vista revestía de mayor trascendencia, si cabe, lo que allí se bregaba. Eran luminosa, de color vivo, minimalista. Una techumbre digna. No obstante, no podía decirse lo mismo de sus retablos: si bien eran hermosos y representaban pías escenas, cosa que agradaba a Felip, devoto católico, el estilo rococó, barroco y recargado le provocaba incomodidad. Demasiados elementos. Demasiado juntos. Demasiado oro. Demasiada ostentación. Felip prefería las pequeñas pero características iglesias que se encontraban en su tierra, el Valle de Arán; y concretamente la esplendorosa San Clemente de Tahull. El románico, en definitiva. La belleza de lo simple, como la cúpula de San Felipe Neri.

Caminaba entre bancos de feligreses que, a izquierda y derecha del pasillo central, hacían las veces de escaños, cuando se encontró al Presidente de las Cortes, que se dirigía al exterior a informar a los diputados que la sesión parlamentaria iba a dar comienzo a la hora del ángelus; esto es, en escasos minutos. D. Antonio de Larrazábal y Arrivillaga, arzobispo guatemalteco de origen criollo, levantaba sospechas de independentista sudamericano, pero era hombre cabal, muy activo, y tenía tanto derecho como Felip, sin ir más lejos, de defender los intereses de la región española a la que representaba sin que ello significara ninguna suerte de traición a la patria. Bien es cierto que el arzobispo Larrazábal acabaría siendo máximo representante de la independiente República Federal de Centro América a mediados del año 1826, pero su voluntad, ese día del año 1811, nada tenía que ver con el inminente desmoronamiento de la España americana. Los sinsabores de los cinco años de prisión que le impuso Fernando VII por su participación en la CE-1812 quizás sí que tengan algo que ver; pero, en fin, eso todavía es futuro en la línea temporal en la que nos encontramos. Felip lo saludó, se hizo a un lado para que saliera a dar las instrucciones oportunas y ocupó su lugar habitual en el ala derecha del oratorio.

La hora del ángelus llegó con todos los diputados en el interior. “El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra del Espíritu Santo. Avemaría.”, comenzaron a rezar al unísono. Todos los españoles, con independencia de su origen, estatus social o manera de pensar, respetaban esta tradición católica; y cada día, a las 12 del mediodía, recitaban esta oración dedicada a la anunciación tras el repicar de las campanas. Felip entonaba sus versos pensando que, en su pequeño pueblo natal, ahora bajo dominio francés, ya no tocaban las campanas cada día. Le invadió cierta ira. Todo el Valle de Arán había sido invadido a principios de 1810 y no sabía absolutamente nada del destino que había deparado a sus familiares ni a su ancestral hogar.  “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.”

Dio comienzo la sesión. Felip estaba algo agitado. No era la primera vez, pero siempre sentía nervios antes de intervenir. No por miedo a hablar ante cientos de prohombres de toda la Nación, ni por una falta de convicción en su discurso, ni siquiera por el hecho de ser consciente de la trascendencia del momento, sino que sentía nervios por no olvidar ningún aspecto fundamental en su discurso. Al cabo, una cosa era equivocarse para con uno mismo y otra muy diferente errar en detrimento de sus representados. La guerra era la clave y tenía que insistir en ello. O se gana o nada de lo que se está haciendo servirá para nada. Más recursos, más hombres. Hay que romper el cerco de la ciudad de Cádiz. Es una absoluta prioridad. Y, por supuesto, las instrucciones de la Junta... Escuchó su nombre. Con aire solemne, se levantó. Y comenzó a hablar.

Y eso es lo que hicieron. Hablar. Debatir. Sesión tras sesión, parlamento tras parlamento, fue cogiendo forma el texto legal que tenía vocación de regular la vida de los 32 millones de almas que poblaban la España de ambos hemisferios (12 millones en Europa y 20 millones en América). ¡Boom! ¡Zas! ¡Placa! La artillería francesa no había cejado en su empeño, pero por cada obús que recibían Cádiz o San Fernando, los valientes defensores del Castillo de Puntales les devolvían la estopa con menos medios pero con la altivez adecuada a los personajes que lo poblaban; y, conociendo el ademán español, no me extrañaría que les compusieran una chirigota a esos franceses que, lejos de su patria, veían impotentes cómo Cádiz creaba, bajo su yugo, “invención más incendiaria del espíritu jacobino”, como diría el propio Karl Marx en un artículo del New York Daily Tribune de 1854, que también añadía: “Examinando, pues, más de cerca la Constitución de 1812, llegamos a la conclusión de que, lejos de ser una copia servil de la Constitución francesa de 1791, era un producto original de la vida intelectual española que resucitaba las antiguas instituciones nacionales, introducía las reformas reclamadas abiertamente por los escritores y estadistas más eminentes del siglo XVIII y hacia inevitables concesiones a los prejuicios del pueblo.”

18 de marzo de 1812. Felip estaba hecho un despojo. Hacía gala, con demasiada frecuencia, de una tos seca horrible y le costaba conciliar el sueño. La plaga de fiebre amarilla asolaba Cádiz. El cuerpo le pedía salir de allí cuanto antes, pero tenía que rematar la faena. Aquél día era de júbilo. Observó a Antoni Capmany, dentro del Oratorio, visiblemente agotado: había sido uno de los pocos diputados que pidieron enérgicamente la abolición de la Santa Inquisición hasta el último momento, sin haber alcanzado el éxito. Pese a ello, se le venía satisfecho, profiriendo infamias sobre Napoleón, al que llamaba aborto de un islote infame, refiriéndose a Córcega. Antonio de Larrazábal y Arrivillaga paseaba absorto en sus pensamientos, habiendo cedido la Presidencia de las Cortes meses atrás. A lo lejos, vio a José Mejía Lequerica, con el que había trabado notoria amistad: hombre luminoso, viajado, representante de Ecuador, celebérrimo orador y persona culta donde las hubiera. Célebre había sido su discurso en defensa de la igualdad entre todos los españoles, que empezaba del siguiente modo: “Todos los españoles de ambos hemisferios componemos un solo cuerpo, formando una misma nación; (…) Por lo que a mí toca, creo que el mejor modo de manifestarse españolas nuestras provincias ultramarinas, es permanecer unidas con la libre patria común, que, a manera de un árbol frondoso, extendió sus ramas por esas dilatadas regiones. Y, a decir verdad, la nación española no es más que una gran familia, que, viniéndole estrecho el antiguo mundo, se dilató por los inmensos espacios del nuevo”. Se acercó a él. Quería compartir ese momento.

 

Todos y cada uno de los diputados firman la C-1812 con toda solemnidad. Lo han hecho. Ahora vendría lo más complicado: enviársela a Fernando VII para que la encontrara de su agrado. Empresa, ésta, que daban por hecha, ignorantes en su inocencia de lo que les deparaba ese repugnante monarca que no merecía no ya tan buenos vasallos, como dice el Cantar del Mío Cid, sino siquiera el aire que respiraba. Pero ya tendremos tiempo para la indignación. Con la firma de Joaquín Díaz Caneja, diputado leones, quedó la última mácula de la voluntad soberana sobre el texto original de la Constitución. Y se dictó públicamente el Decreto nº 138:

 

 “La Regencia del Reino se ha servido dirigirme el Decreto que sigue:

                Don Fernando VII, por la gracia de Dios y por la Constitución de la Monarquía Española, Rey de las Españas, y en su ausencia y cautividad la Regencia del Reino, nombrada por las Cortes Generales y Extraordinarias, a todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed: Que las Cortes han decretado lo siguiente: (…)

                Que se pase a la Regencia del Reino un original de la citada Constitución, firmada por todos los Diputados de Cortes que se hallan presentes; Que disponga inmediatamente se imprima, publique y circule (…).

Y aquí acaba nuestra historia. Bueno, mejor dicho, aquí nos topamos con un punto y aparte. Nuestros ojos en esta narración se cerraron definitivamente en junio de ese mismo año en las costas de Portugal. Lo mismo le ocurrió a Mejía Lequerica en octubre de 1813. Otros diputados tardarían más en morir y tendrían que comprobar cómo su trabajo quedo ninguneado por el "deseado" Monarca. Algunos sufrieron prisión. Otros fueron ejecutados. Pero a ellos le debemos el germen del liberalismo español. A ellos, a su audacia, a su valentía. A aquella Cádiz intelectual, progresista y luminosa que procuró la creación de la Constitución más moderna de su tiempo.

Fijado contexto actual y antecedentes históricos, necesarios para comprender adecuadamente nuestro análisis y tener una viva imagen de territorio, personajes y legislaciones, procederé, ahora sí, al entrar en el contenido de la CE-1812. Pero será en el siguiente capítulo.

20.12.2018 20:56

Winter is comming”, decía Ned Stark durante quizás demasiadas ocasiones en el primer tomo de Canción de Hielo y Fuego. No lo dice más allá de este primer tomo por motivos obvios, pero es un mantra, una sentencia, una frase palmaria, que siempre resulta aplicable; menos en invierno, claro. No llegará lo que ya ha llegado, pues el tiempo verbal futuro es incompatible con el pretérito perfecto compuesto, y en cuestión de tiempos verbales no hay Schrödinger que valga. El caso es que, a diferencia de lo que ocurre en la Invernalia de los Stark, el invierno siempre llega, puntualmente, en un periodo de 72 horas de cada año, siempre y cuando se mantengan los valores de rotación, distancia al Sol y curvatura del eje de la Tierra. Concretamente, en el Hemisferio Norte, nos encontramos en la máxima distancia de la Tierra al Sol entre el 20 y el 23 de diciembre; en el Hemisferio Sur, al contrario, este evento ac ontece entre los días 20 y 23 de junio. Y quién estuviera en Argentina ahora, ¿eh?

El caso es que el ser humano necesita referentes claros, así que se ha decidido que, en el Hemisferio Norte, el periodo invernal da comienzo el día 21 de diciembre. De hecho, el año pasado, entramos en el solsticio de invierno el día 21 de diciembre a las 16:28; y este año, se prevé que entraremos en el solsticio de invierno a las 22.23; por lo que, en realidad, estaremos siendo verdaderamente exactos. Pero eso no es lo importante. De hecho, son datos que quizás sólo me interesan a mí. Lo que importa es la puta Navidad, los regalitos consumistas, la felicidad impostada, las luces que provocan fotofobia a cualquiera que tenga ojos en la cara, el gordo cabrón de la Cocacola y el nacimiento de Ra, Jesucristo, Isaac Newton o Armin Van Buuren.

Un momento, ¿Armin Van Buuren? Pues sí, el bueno de Armin Jozef Jacobus Daniël nació el 25 de diciembre de 1976 en Leiden, Holanda. Y a mí como que me apetece más celebrar su 42 cumpleaños que todo este rollo de la Navidad. Al final, me ha dado muchas alegrías su música. Su maravilloso trance que me ha transportado a ciudades futuristas con leds, pantallas gigantes y coches voladores. Me apetece más celebrar el estilo musical de gente como Paul van Dyk, que este noviembre de 2018 nos ha sorprendido con un nuevo disco espectacular, con la de Rosalías que están cayendo. Celebrar algunos nuevos productores, como el italiano Giuseppe Ottaviani, que lo está petando más que una pizza un domingo de resaca. En fin, dedicar este frío invierno a esos temas que me han hecho volar este mes de diciembre, mientras me empapaba de trance de 2016, 2017 y 2018, como redescubriendo el estilo. Encontrándome con el trancero que llevo dentro.

Et, violà: Habemus novum sessionem. En francés y latín, para que no se diga. Así que os presento mi primera sesión de temporada trancera, fresca, moderna y muy agradable al oído. Y, asimismo, os invito a que digáis, alto y claro, ¡Feliz cumpleaños, Armin! Y que le jodan a lo demás.

DJ HARDBEAT - WINTER SESION 2018

Tracklist

1.- Armin van Buuren - This is a test (Arkham Knights Extended Remix) 
2.- John O'Callaghan feat Josie - Out Of Nowhere (Giuseppe Ottaviani Extended Remix) 
3.- Radion6 and Davey Asprey - Spin-Off (Extended Mix)
4.- Omnia and Audrey Gallagher - I Believe
5.- Everlight - Dopamine (Original Mix)
6.- Stefano Brigati - Recall (Ellez Ria Remix)
7.- Ferry Tayle - Twin Souls (Extended Mix)
8.- Photographer and Susana - Find a way
9.- Paul van Dyk & Steve Allen - Fairytales
10.- Giuseppe Ottaviani - Carbon Paper
11.- David Forbes & Trevor Reilly - Acid Therapy (Original Mix)
12.- Dan Stone - Argento (Extended Mix)
13.- Paul Denton - Invader (Extended Mix)
14.- Tucandeo and Esmee Bor Stotijn - Northern Lights (Matt Bukovski remix)
15.- Giuseppe Ottaviani & Paul van Dyk feat Sue McLaren - Miracle (OnAir Extended Mix)
16.12.2018 19:42

Que la realidad supera la ficción es un lugar común que, de tan común, se convierte en axioma. Y a todos aquellos que redactamos artículos intentando que tengan una conexión con la actualidad, no sólo como enganche, sino como elemento que otorga un marchamo de contemporaneidad necesario para interpretar correctamente el contenido del mismo, nos explota la realidad en la puta cara. Tú puedes tener una idea, madurarla y plasmarla en un guión, con ciertos elementos programados, pero cualquier ficción futura que pudieras prever como modulador final del artículo siempre es superada por una realidad imperiosa. Tú puedes prever que el día en que la Constitución cumpla 40 años habrá lo habitual: exabruptos, quemas de copias de la Carta Magna, gentes con encefalograma plano que la critica o la ensalza sin haber leído ni una palabra de la misma o incluso manifestaciones públicas en ambas direcciones. Ha pasado. Puedes prever, a nivel de ficción, o de previsión, que este año podría haber más movida de la habitual o incluso que ocurriría algún incidente o escenificación que dé una vuelta de tuerca al maniqueísmo constitucionalista tan propio de este pueblo cainita y traicionero. Lo que yo, y parece que nadie, preveía, es que VOX sacara 12 escaños en Andalucía un día antes de que la Constitución cumpliera la redonda cifra de cuatro décadas. Qué cabrona es la realidad. Y a pesar de que ha transcurrido más de una semana, nadie sale de su asombro; todo lo contrario, aprovechan el Pisuerga, que, al parecer, dicen, pasa por Valladolid, para dar más caña al molino.

En fin, sé que puede parecer que incumplo mi promesa de no hablar de política en este blog, pero en el fondo, no estoy hablando de política. Bueno, sí, hablo y he hablado de política, pero no de políticas o posiciones concretas, ni ejerciendo de analista de la actualidad contingente; sino que en este tipo de artículos he tratado de ver los toros no ya desde la barrera, sino desde la calle contigua al ruedo –ruego perdonen la referencia taurina- a fin de buscar grandes trazos, tendencias o referencias metapolíticas. Vamos, que es más sociología que política. No me pienso posicionar, a pesar de que la equidistancia siempre se observa con recelo, pues se acostumbra a colocar, por parte del fanático de turno, en el bando contrario. Flechas por ambos bandos. Nada nuevo bajo el sol para este este humilde narrador.

El caso es que el partido político VOX ha entrado en el Parlamento andaluz nada menos que con 12 escaños. Sin entrar a valorar ni sus concretas propuestas políticas ni su posicionamiento en el espectro ideológico, en cuyo detalle hay profusión de opiniones, sorprende al respetable la contundencia de su irrupción. Y no es para menos. La pregunta que más deberíamos hacernos, con independencia de que rechacemos o apoyemos a este partido, es el por qué. La respuesta, a mi entender, es evidente, vista desde cierta perspectiva. La tercera Ley de Newton: toda acción tiene una reacción inversamente proporcional a su fuerza y movimiento.

 

¿NEWTON Y POLÍTICA?

 

Pues sí, Newton y política. Veréis. La acción se inició, como ocurre con una masa en estado de reposo uniforme, mediante la aplicación de una fuerza externa que varió la uniformidad del estado de la misma: pasó de esta en reposo a estar en movimiento. Primera Ley de Newton. La crisis económica de 2009 (fuerza) provocó que la sociedad (masa) se moviera. La gravedad de la situación provocó un movimiento acelerado proporcional a las consecuencias económicas de esta crisis, que todavía sufrimos, por otro lado. Segunda Ley de Newton. Y esta situación (acción) provocó el surgimiento de ciertos elementos políticos que aprovecharon esta fuerza motriz para generar una fuerza inversamente proporcional (reacción). Tercera Ley de Newton. La reacción social fue el 15M, movimiento que protestaba contra el Gobierno del Estado, que no había sabido, o podido, frenar la fuerza de la crisis. Tampoco es que se pudiera haber hecho ningún milagro, desde luego, pero la respuesta del Gobierno fue titubeante, demagógica y, sobre todo tramposa: no dijeron la verdad. La reacción nacional fue el resurgimiento del independentismo catalán, que hasta tanto había estado latente, esperando un buen momento para explotar. Por supuesto, el movimiento estaba presente, pero todo el rollo del Estatuto de Autonomía y demás no habría quedado más que en una anécdota si la economía hubiera acompañado. Y se lo pusieron en bandeja.

Y aquí es cuando las Leyes de Newton dejan de tener validez, porque ni la sociedad es una masa uniforme, ni las fuerzas tienen siempre la misma intensidad. La reacción política que indicamos en el párrafo precedente creció con independencia y por encima de la fuerza iniciar derivada de la crisis. Han dejado de ser una reacción para ser una nueva acción. Del 15M surgió Podemos, que comenzó a ganar poder, entró en Parlamentos autonómicos, en alcaldías tan importantes como Madrid, Barcelona y la propia Cádiz –cuya importancia veremos posteriormente-, así como en el propio Parlamento nacional. De hecho, han acabado hasta derrumbando al Gobierno del PP de Mariano Rajoy (que ha sido Presidente del Gobierno de España de 2011 a mediados de 2018). El independentismo catalán ha aglutinado personas sin importar clase social o ideología económica y ha sido capaz de montar dos referéndums, sin que importe realmente su validez jurídica, varias manifestaciones multitudinarias y hasta un intento de secesión. También han conseguido derrumbar a Mariano Rajoy. Menuda acción, diréis. Ríete tú de la crisis.

Estos movimientos, claramente reaccionarios, en lugar de buscar el equilibrio quebrado por la crisis, han implementado, en mayor o menor grado, sus propias medidas ideológicas. En cierto modo, se ha aplicado cierta radicalidad que no siempre ha tenido una buena acogida. Para que nos entendamos, han cometido el mismo error que la II República Española en 1931: pretender cambiar por completo una sociedad en pocos años de un modo bastante torpe, olvidando y subestimando a una parte muy importante del país.

Y aquí regresa nuestro amigo Isaac para recordarnos, de nuevo, su tercera Ley. Esta nueva acción, que fue reacción en su momento, está teniendo su propia reacción. Frente al comunismo, reacciona el capitalismo. Frente a la separación de España, reaccionan los que creen en su unidad. Frente a las medidas morales radicales, reaccionan los conservadores. Así que VOX, si bien nadie podría esperar su alcance, era una reacción lógica, prácticamente científica. Y la cosa no va a ir a menos, sino a más, siendo Andalucía la punta de lanza de esta reacción. De nuevo, la II República Española y el surgimiento de la CEDA impulsada por el partido radical Acción Popular en 1933. Si es que no aprendemos, joder. Ni unos, ni otros. Hasta tenemos a nuestro Lerroux moderno (pongan aquí a su candidato).

Así veo yo la actualidad. Vamos, que no augura nada bueno, y mucho menos teniendo en cuenta que, si establecemos similitudes con la II República española, las siguientes reacciones acabaron con 300.000 muertos, miles de exiliados y 40 años de dictadura. Y en lugar de sentarnos a buscar consensos, continuamos estirando la cuerda entre las dos Españas, a ver si se rompe de nuevo. Me da lástima, pero tenemos lo que nos merecemos.

Pero regresemos a Andalucía. Y es que ella quería hablaros realmente. De que pese a que, en democracia, haya sido abandonada al clientelismo, al funcionariado y a la nulidad económica; pese a que, durante el franquismo, fuera saqueada y ninguneada; pese a que, durante la II República, fuera puesta literalmente patas arriba; pese a que, desde finales del siglo XIX, se convirtió en una región residual de la ya residual España, tuvo una importancia capital en el constitucionalismo español. Fue la primera. Como lo ha sido ahora con su reacción. Y si bien no voy a valorar, ni para bien ni para mal, la reacción actual, pues me he limitado sencillamente a analizar su origen sociológico de una manera gruesa, pero a mi entender efectiva, sí que vamos a entrar a valorar y a conocer el surgimiento de la primera Constitución española, ahora que la actual ha cumplido nada menos que 40 años.

EL CONSTITUCIONALISMO ESPAÑOL

Mucho ha llovido en el periodo constitucional español comprendido entre los 1812 y el actual año 2018. Hay Borbones desde entonces, me diréis. Y estáis en lo cierto. De hecho, si conocierais la historia del abyecto Fernando VII, del que hablaremos posteriormente, hasta tendríais en gracia a Felipe VI, creedme; e incluso se pone en duda que compartan misma sangre; pero en todo caso, eso es materia de otro artículo. El caso es que, en ese periodo de más de 200 años, hemos tenido 7 constituciones diferentes (considerando el Estatuto de Bayona una imposición francesa). Su duración ha sido muy dispar, por razones de la tormentosa historia de España durante los siglos XIX y XX, con alzamientos, repúblicas fallidas y dictaduras militares:

En cuanto a su contenido, nos encontramos con la Constitución más progresista de su tiempo, no sólo de España, sino de toda Europa, que fue la de 1812; y con varias constituciones que se iban alterando entre conservadoras y progresistas hasta llegar a la actual, que jurídicamente es la más neutra que hasta la fecha se ha promulgado en España, pese a todo lo que se opina sobre ella. Desde un régimen monárquico limitado hasta la monarquía parlamentaria actual, pasando por dos constituciones republicanas, se fueron consagrando, jurídicamente, las actuales instituciones, los actuales derechos fundamentales y la soberanía nacional, que fueron reconstituidas definitivamente, o eso espero, tras la dictadura militar del General Franco.

¿Elementos de conflicto? Siempre han sido los mismos: La confesionalidad del estado, el poder del Parlamento frente al Rey, el establecimiento de un régimen unitario o federal y el resguardo de determinadas fuerzas vivas sociales. Las dos Españas de siempre, sí. Sobre el surgimiento de esta diatriba maniquea española y su manutención en el tiempo tendría mucho que decir, pero tampoco es materia de este artículo. El hecho cierto es que los elementos de conflicto siempre han sido, y siguen siendo, los mismos. De hecho, imaginad cómo reaccionarían Podemos y los independentistas catalanes frente a una constitución conservadora como la de 1876, con un estado confesional, sin sufragio femenino y con fuerte potestad regia. Y ahora, imaginad cómo reaccionaría VOX con la constitución progresista de 1931, aconfesional, que se consolidaba como una república de trabajadores y que tenía trazos federales. Ay, la historia.

Al final, el problema siempre ha sido el mismo: se legislaba a favor de una parte de la sociedad y la reacción de la otra parte siempre llegaba, tarde o temprano, con la promulgación de otra constitución mediante un golpe de estado civil, mediante un acto democrático o directamente con un alzamiento militar. En 1978 se intentó hacer algo diferente. ¿Salió bien o salió mal? Ésa es la cuestión, me diréis. Pero el hecho cierto es que se trató de huír del odio que impregna las dos Españas que tan bien representó Goya en este cuadro:

Mi opinión es que se hizo meridianamente bien, teniendo en cuenta el ruido de sables, el comunismo, el miedo de la sociedad e incluso los estertores del antiguo régimen dictatorial. Pero no se remató la faena. La Constitución que ahora cumple 40 años fundó unas bases neutras, moderadas, que permitían crecer a este país cainita sin que nos matáramos entre nosotros; pero es incompleta. Tiene fallos. Y no hablo de cuestiones puramente jurídicas, que las hay, como el nulo papel del Senado como Cámara territorial o la configuración del estado autonómico. Hablo de algo más. De una necesaria vuelta de tuerca. De apuntalar el edificio que había comenzado a construirse sobre cimientos sólidos, pero que corre el riesgo de derrumbarse. De rematar el consenso.

Hoy en día, a decir verdad, me muestro muy poco optimista al respecto. Estamos más cerca de una nueva guerra civil, como ya he señalado, de un nuevo alzamiento militar o de un golpe de estado, que de construir el segundo piso sobre el principal que se construyó con la Constitución de 1978. Y esta vez la culpa no la tendrá el papel. Os lo dice un jurista.

 

¡VIVA LA PEPA!

Antecedentes históricos

 

Pero volvamos de nuevo a Andalucía. Volvamos, porque creo que la introducción se me ha ido un poco de las manos. Pero es que, joder, el contexto es importante. Saber qué ha pasado con el constitucionalismo español. Saber cómo estamos ahora, qué ha pasado recientemente. Fijarnos en Andalucía. Buscar claves. Y todo ello para que podamos entender la importancia que tuvo esa hermosa ciudad atlántica, la ciudad más antigua de Europa occidental, con más de 3.100 años de historia; la antiquísima Gadir fenicia, la posterior Gades romana. La actual Cádiz.

Yo tengo sangre jienense y sevillana, pese a que mi madre nació en Córdoba, por lo que mi vínculo con la vieja Andalucía va más allá de una cuestión nacional, patriótica o cultural; pero políticamente, siempre lo he dicho, soy heredero de Cádiz. Heredero del liberalismo político, al cabo; término actualmente muy denostado, pues de manera que no acabo de comprender se ha vinculado al capitalismo salvaje cuando, en realidad, se basa en la libertad individual como máximo exponente. Y esa libertad se puede ejercer en muy diversos sistemas políticos y económicos; siendo uno de ellos el liberalismo económico, pero no el único. Pero bueno, no pienso disertar sobre el disparate que representa vincular el liberalismo a la derecha económica y social. El caso es que dicho término se acuñó no sólo en España, sino en el resto de mundo, gracias a los inicios del constitucionalismo español. Aquellos valientes, que en pleno asedio francés trataban de construir una España nueva, fueron los verdaderos liberales, los verdaderos revolucionarios que trataron de romper las cadenas, que trataron de crear un estado de libertades, igualdad de derechos y modernidad a principios de aquel convulso siglo XIX. Aquellos que recogieron el guante de Voltaire tras la fallida –sí, fallida- Revolución Francesa.

Chas. O plas. O pum. No sé muy bien cómo suena y qué onomatopeya es la más adecuada. Nunca he visto una decapitación y mucho menos he escuchado cómo sonaba una guillotina. Pero ese ruido, sea el que sea, marcó el inicio de una nueva era en Occidente. Luís XVI de Francia perdió la cabeza el mismo día que, a mi parecer, y sin denostar la toma de la Bastilla, dio inicio la Edad Contemporánea, en la actualmente nos encontramos -aunque se debate si, desde la caída del Muro de Berlín, se ha entrado en otra era-. No ahondaré al respecto, pues hay muchos libros, novelas, películas, documentales y tratados que tratarán la Revolución francesa mucho mejor que yo, pero el inicial conflicto civil se convirtió en terror con Robespierre y en el surgimiento de un débil estado francés que no fue capaz de frenar el infinito empuje y la superlativa ambición de un nacionalista corso que acabó coronado como emperador de Francia: Napoleón Bonaparte.

En cierto modo, las ideas de la Ilustración francesa corrieron por toda Europa gracias a sus conquistas, pero Francia no fue Roma, pese a que fuera el objetivo del Napoleón (y fue posteriormente el de Hitler). En lugar de aplicar un sistema de invasión militar que impregnaba el territorio de ideas nuevas, frescas, que los lugareños abrazaban con menor o mayor agrado porque le otorgaba un sistema civilizatorio superior al propio, los franceses asolaban todo a su paso y luego construían de nuevo en base a sus propios intereses. La invasión militar antecedía saqueos, imposiciones, dádivas más o menos legítimas a amigos, familiares o personajes afines y el establecimiento de un régimen completamente disruptivo que, si no se explicaba, generaba rechazo. Y es que, a ver, no me malinterpretéis, yo prefiero cien mil veces a José Bonaparte –Pepe Botella, para sus enemigos- y la carta otorgada de 1808 que al orondo hijo de puta de Carlos IV y al rey más nefasto que ha visto esta perra tierra, su hijo Fernando VII, con su absolutismo de tercera regional y su traición a España. A mí el disparate del ¡vivan las cadenas! me repugna tanto como al que más. Pero si la invasión francesa de España hubiera estado inspirada por las ideas y no por la geopolítica pura de Francia; si José Bonaparte hubiera sabido incluir a los españoles en su gobierno; si no hubiera habido 2 de mayo de 1808; si las cosas se hubieran sabido hacer mejor, quizás hubiéramos sido la Hispania romana. Quizás hubiéramos abrazado estas ideas. Pero el fin no justifica los medios y ése fue un error que cometieron demasiados personajes ligados a la Revolución francesa, empezando por la Vendée y acabando en Waterloo.

Y entre los afrancesados españoles, que lamían la bota de Napoleón, y los absolutistas españoles, que agradaban la España de la sotana y el feudalismo más rancio, surgió un grupo de personas que querían algo más. Algo propio, moderado, moderno, que, partiendo de las ideas de la Revolución francesa, pero mezclándola con la idiosincrasia española, pretendieron dejarnos estos liberales a los tataranietos de sus tataranietos. Un país del que se podía uno sentir orgulloso. La España que pudo ser y no fue. La España de Cádiz de 1812.

Y aquí, en la Cádiz de principios del siglo XIX, nos despedimos hasta la próxima, que el artículo se me está alargando mucho más de lo que esperaba. Ya tenemos la vinculación entre el contexto actual y el contexto antiguo, tenemos fijada fecha, lugar y naturaleza de los personajes que jugar un papel en esta historia. Tenemos los ingredientes necesarios para ejecutar esta receta de la que deberíamos ser herederos. Tenemos, al cabo, los elementos de esta memoria colectiva que, al conocerla y amarla, nos permitirá entender lo que pasa. Falta el remate, que tendréis en el siguiente artículo. Remate que nos permitirá, con independencia de ideologías, respetar el constitucionalismo español. Darle cierto crédito. Y tener algo de fe, coño.

17.11.2018 15:36

Quizás no lo pensé bien. Cuando tomé la decisión de hacer sesiones de temporada, opté por establecer un régimen de cuatro sesiones anuales en base a los equinoccios trimestrales que separan las habituales estaciones. Tiene una lógica desde una perspectiva temporal, pues me da tiempo a preparar y hacer las sesiones, y también debería seguir una lógica climatológica, toda vez que modulan nuestro estado de ánimo por muy diversos factores. Sin embargo, sin entrar a valorar posibles causas, el clima ha dicho que hasta aquí hemos llegado. Que la primavera y el otoño, siendo periodos temporales templados frente a los extremos verano e invierno, desaparecen de manera definitiva. De calor a frío y viceversa. Y es una puta mierda, porque el otoño y la primavera son mis estaciones favoritas, puesto que solían ser aquellos periodos en los que no sudabas como pollo asado empalado ni te congelabas como pingüino en Groenlandia.

El caso es que yo pienso seguir con esta nomenclatura. Me gusta y así debería seguir. A veces la realidad nos juega malas pasadas, pero me da igual. Total, lo mismo daría, a efectos prácticos, que las numerara por volúmenes, que siguiera un listado de Papas de Roma o de planetas, satélites o concejales corruptos. Al final, como siempre, lo importante es la música, y me lo paso de fenómenos preparando estas sesiones. Y me ahorro el discurso climatológico, dicho sea de paso.

La sesión que os presento es bastante comercial, a decir verdad. Normalmente, suelo configurar mis sesiones con un 80-20, en cuanto a porcentajes de melodías-cantadas; sin embargo, en esta sesión de otoño de 2018, he invertido dichos porcentajes. También he añadido canciones que no son tan modernas, pero llega un punto en el que la gallina actual no da más huevos. Vamos, que si ya daba pocos, se me han ido acabando en la nevera. Y para hacer media tortilla, prefiero tirar de otros productos igualmente válidos.

En fin, que hable la música. Espero que os guste tanto como a mí.

DJ HARDBEAT - AUTUMN SESION 2018

Tracklist

1.- DMB - I Turn To You
2.- K-Rlos DJ - High Tech
3.- Dj Rikar & Rk2 Presents Meska vol 2 - Get Better
4.- Anonim vol 5 feat Paola - Moskito 7 (The Bayer Rmx)
5.- DJ Ruboy vs Tanki & Osram - Liquid Silence (Remix 2015)
6.- Shox - Acid Maniac
7.- DJ Nau & DJ Metix presents KHA2 ‎- Leaves
8.- DJ Nau - Pitched Fucked Bass
9.- Darren Styles - Save Me
10.- Tec-Coco - Tec-Coco vol 3 (Numero uno mix)
11.- Shox vs Beston - Sweet Nightmares
12.- Gerard Requena - Back to 98 (Melodic Version)
13.- Melomaniacs - Out Of This World (Acapella)
14.- DJ Metix - Breaking with the Base
15.- Xque vol 11 - It's A Dream
16.- Reverendo & Pitu - Lost
17.- Ales - So Freaky
18.- DJ Sergi feat Jonathan Varela - Our Love  
19.- Xavi Metralla - Vibrations
20.- DJ Ray & DJ Suly - Dial Information
21.- DMB - Tabula Rasa
22.- Eufex - Syntheica (Original mix)
23.- DJ K-Rrion - K-Rrriator
24.- Seduction & Gammer - Bright Star
25.- Nitroman - Techno Galaxy (Galaxy Of Moon)
 
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