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03.11.2020 18:15

Artículo anterior de la seriehttps://www.granollersonfire.com/news/historias-de-espana-de-pandemia-a-pandemia-1918-vii/

Miedo. Quizás más nervios que miedo, es posible, pero ambos sentimientos se entremezclaban para convertirse en, sencillamente, un nudo en el estómago. Un sencillo mensaje propició la aparición de este cóctel de sensaciones: Sergio, has tenido contacto estrecho con una persona positiva, es decir, portadora de SARS-CoV-2. De momento, esa persona es asintomática, pero hay que seguir los correspondientes protocolos. Y así lo hice: llamé a mi Centro de Atención Primaria, tomaron nota de la situación y me dijeron que me llamaría un “gestor COVID”, profesión de nuevo cuño que resulta del todo estrafalaria, pero que parecen ser la piedra angular del seguimiento del virus. Del rastreo, siguiendo su propia terminología. En poco menos de dos horas, recibo la llamada: toca hacerse el famoso test PCR. No me entusiasma la idea de que me alguien urge en mi nasofaringe, pero la prueba, en sí, no me añade nerviosismo adicional, sino que esa intranquilidad me la proporciona la remota posibilidad de que sea positivo en SARS-CoV-2. Llega el día, entro en el centro médico, buenas tardes, vengo a lo mismo que toda esta gente que está haciendo cola, entro en una sala y una doctora, simpática y empática, me dice que me baje la mascarilla y mire hacia adelante. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. En cada fosa nasal. No duele, escuece un poco y me provoca una lágrima en mi ojo izquierdo. No es para tanto, pienso, y sólo me queda esperar. Por suerte, la espera es tan corta como un giro de nuestro planeta sobre su propio eje: Soy negativo. Se deshace el nudo.

Y es que, por mucho que yo, con mis artículos, pretenda seguramente con poco éxito que no sucumbáis al pánico, no puedo pediros, como no puedo pedírmelo a mí mismo, que no estéis nerviosos, que no tengáis miedo, que no estéis expectantes, que no os afecte esta pandemia desde una perspectiva psicológica. Mi experiencia personal, al cabo, ha sido insignificante, pues la persona positiva es totalmente asintomática -de hecho, a fecha actual, ya ha dado negativo en la consecutiva PCR que le hicieron 15 días después- y todos sus contactos estrechos hemos resultado ser negativos; pero para otras personas, en otros contextos, el asunto no se ha limitado a un simple nudo en el estómago. Por ello, quiero que quede muy claro que yo en ningún caso me identifico con aquellos que niegan la pandemia, que carecen de empatía con los fallecidos y enfermos, que justifican su irresponsabilidad constante en base a su individualidad, sino que pretendo buscar un equilibrio entre el pánico absoluto, paralizante, y el pasotismo extremo, peligroso e inconsciente.

La situación de alerta subjetiva , además, se corresponde con la alerta objetiva actual, con independencia de que la sobrexposición mediática sea asfixiante y demagoga hasta decir basta y de que las medidas políticas que están adoptando sean –pues no lo parecen, lo son- erráticas, caóticas e improvisadas, tal y como puse de manifiesto en el anterior artículo. La pandemia continúa avanzando de manera imparable, sobre todo en la vieja Europa, y las perspectivas no son nada halagüeñas.  En definitiva, el amarillismo y la incompetencia no están reñidas con una realidad bien complicada. Para muestra, los siguientes datos:

- En Catalunya, mi Comunidad Autónoma, tal y como extraigo de la página web en la que se informa a la ciudadanía de la evolución de la pandemia, se han detectado durante el mes de octubre de 2020 la cantidad de 101.225 casos nuevos, lo que implica un incremento porcentual de un 301,72 % con respecto a los casos detectados en septiembre de este año (33.549).

- En España, la situación es mucho más moderada, como puede comprobarse en la página web del Ministerio de Sanidad, pero se verifica su tendencia alcista: se han detectado durante el mes de octubre de 2020 la cantidad de 434.829 casos nuevos, lo que implica un incremento porcentual de un 54,87% con respecto a los casos detectados en septiembre de este año (298.215).

- Francia y el Reino Unido, han superado, con creces, el millón de casos, superando a los países inicialmente más afectados por la pandemia durante la primera ola, como España o Italia. En concreto, nuestro vecino, Francia, ha pasado de 616.986 casos totales detectados a fecha 1 de octubre de 2020 a 1.458.999 casos totales detectados a fecha 1 de noviembre de 2020; lo que implica que en sólo un mes se han detectado más casos que en los seis meses anteriores sumados.

Bien es cierto, como indiqué en el anterior artículo, que la tasa de mortalidad de la COVID-19 continúa bajando, acercándose más a su mortalidad real que a la mortalidad artificialmente elevada que se dilucidó al principio de la pandemia; y todo ello pese a que el Ministerio de Sanidad, por enésima vez, haya cambiado el criterio de contabilización de los fallecidos, añadiendo al recuento total los casos sospechosos de COVID-19, pero que no han sido comprobados mediante PCR o test de antígenos. De hecho, resulta especialmente llamativo que esta circunstancia se pueda comprobar en un solo mes. Veamos, por un lado, cuál era la tasa de mortalidad en fecha 1 de octubre de 2020:

 

Y comparémosla con la tasa de mortalidad en fecha 1 de noviembre de 2020:

Como veréis, en los cálculos he añadido a Catalunya, pues es la región en la que vivo y en la que más me afectan las complicaciones sociales del SARS-CoV-2; y también podréis ver que nada tienen que ver las cifras que ofrece la Generalitat sobre Catalunya con las que ofrece el Gobierno de España sobre esta misma Comunidad Autónoma. ¿A quién nos creemos? Lo dejo a vuestro criterio. 

En cualquiera de los casos, a nivel global, ha habido una reducción de la tasa de mortalidad de la COVID-19, pese al incremento exponencial de los nuevos contagios, como podemos comprobar en este gráfico combinado en el que he recopilado los datos de contagios y fallecimientos en todo el mundo por quincenas, estableciendo una tasa de mortalidad parcial para cada uno de estos periodos temporales:

Sin embargo, pese a todo lo expuesto, se está produciendo una circunstancia ajena al incremento exponencial de los contagios, a la disminución de la tasa de mortalidad, al periodismo basura que hace carnaza de los fallecidos, a los políticos que no rastrean la enfermedad para evitar su propagación sino para llevarse un buen pellizco económico; o a mis datos, objetivos, pero fríos: la saturación hospitalaria. Ése es el asunto ciertamente preocupante en la actualidad y puede poner el jaque sanitario a nuestra sociedad si no se toman medidas, pues no sólo implica a los enfermos de COVID-19, sino a cualquier persona, con independencia de su patología, que necesita asistencia médica y que ante una falta de recursos puede verse desamparada. Para hacer frente al problema, según mi humilde opinión, disponemos de dos herramientas: la disminución del contacto social, por parte de los ciudadanos, para evitar la propagación de la enfermedad; y la dotación adicional de materiales, profesionales y centros médicos, por parte de los políticos, para poder atender a los enfermos.

En fin, fijada la situación actual, expuesto el problema, planteadas algunas herramientas de resolución que parece, al menos, lógicas, lo que cabe plantearnos es cómo están respondiendo las autoridades ante la actual coyuntura. Qué medidas, en definitiva, se están tomando al respecto. Ya comprobamos los vaivenes, los disparates y la incompetencia de la que hicieron sobrada gala durante la primera ola, como expuse en los anteriores artículos, pero quizás el Gobierno, tanto estatal como regional, ha aprendido de sus errores y está actuando como se espera de él tras la experiencia acumulada… ¿o no? Veamos.

Las medidas adoptadas por los responsables políticos ante la segunda ola de SARS-CoV-2

Durante la primera quincena de octubre de 2020, la situación que se estaba produciendo en la Comunidad de Madrid que ya apunté en el anterior artículo se fue extendiendo a prácticamente todas las Comunidades Autónomas. Sirva como ejemplo de este agravamiento de la situación epidemiológica comparar la incidencia acumulada (casos por cada 100.000 habitantes) de mi Comunidad Autónoma, Cataluña: si bien el día 1 de octubre de 2020 era de 144,80, el día 15 de octubre de 2020 alcanzó la cifra de 272,26; es decir, casi el doble, siendo el incremento exponencial; pues una semana después, es decir, el día 22 de octubre de 2020, llegaba a 429,66; y dos semanas después, es decir, el día 29 de octubre de 2020, llegaba a 680,55.

Ante estas circunstancias, toda vez que el sistema sanitario empezaba a estar ciertamente tensionado, las Comunidades Autónomas, que en régimen de cogobernanza con el Estado gestionan la pandemia en la actualidad, solicitaron al Gobierno de España que se tomaran medidas. La gran pregunta era, ¿qué medidas se iban a tomar? Los medios de comunicación, estos grandes aliados del poder, fueron allanando el terreno a los responsables políticos para que nos sirvieran de cena una medida que, con independencia de si es o no adecuada, hizo que más de uno arqueáramos la ceja o, directamente, nos preguntáramos si habíamos retrocedido de siglo: el toque de queda.

Sí, lo sé, en el fondo es una medida equivalente a un confinamiento domiciliario parcial, cosa que ya hemos sufrido durante la primera ola de SARS-CoV-2, pero el término, la expresión en sí, el concepto, nos lleva necesariamente a pensar en una guerra o un conflicto militar interno; pues es en ese contexto cuando se han aplicado los toques de queda históricamente, tanto en España como en el resto del mundo. De hecho, en nuestro país, el último toque de queda que se recuerda fue el que el decretó el Teniente General Jaime Milans del Bosch durante el golpe de estado de 1981. Tanques en Valencia. Ésa es la imagen que me viene a la mente cuando hablamos de esta figura de control social.

No obstante, por un desafortunado mimetismo con otros países de Europa, el Gobierno de España llegó a la conclusión de que era la mejor medida que podía tomar para frenar la segunda ola. Y, estado de alarma mediante, en fecha 25 de octubre de 2020 aprobó la resolución legal que limitaba, de nuevo, nuestros derechos constitucionales, dejando en manos de las Comunidades Autónomas la ampliación, moderación y suspensión de estas medidas en función de sus criterios sanitarios:

- Implantación de toque de queda nocturno: Queda prohibido circular por las vías o espacios de uso público entre las 23:00 y las 6:00 horas, con excepciones.

Cierre perimetral de las Comunidades Autónomas.

- Limitación de concurrencia de más de 6 personas en espacios públicos o privados.

De nuevo en la brecha, amigos míos, otra vez”, podría deciros, recurriendo a la celebérrima cita de Shakespeare en su inmortal obra de teatro de Enrique V, pero, sinceramente, el cuerpo no me pide que cierre la cita completa, compeliéndoos a que “aprestéis los dientes, abráis las ventanas de la nariz, contengáis el aliento y concentréis el espíritu a su máxima altura”, pues empiezo a estar de esta pandemia realmente hastiado, fatigado, harto, aburrido, enfadado, nervioso, intranquilo; dicho en román paladino: estoy hasta los cojones. Y no soy el único. No obstante, asumo mi parcela de responsabilidad y acato esta norma.

Del mismo modo que acato esta norma, estoy acatando las que la Generalitat de Catalunya ha aprobado en base a la misma: se ha procedido al cierre de bares y restaurantes y, además, se ha impuesto un cierre perimetral por municipios durante el fin de semana; es decir, que no puedes salir de tu pueblo o ciudad desde las 6:00h del viernes hasta las 6:00h del lunes. Más limitaciones, más restricciones; pero oye, las asumo, por responsabilidad, pues, en efecto, como he comentado anteriormente, la reducción de la interacción social es una de las herramientas que tenemos para frenar la expansión del SARS-CoV-2.

No sólo yo, claro, sino gran parte de la ciudadanía, pese al agotamiento mental, pese a tener que vivir con miedo, restricciones y en muchos casos ruina económica, a pesar de lo que ya empiezan a llamar como fatiga pandémica, nos hemos tragado este sapo e incluso no ponemos mala cara al masticarlo. La paciencia es un bien fungible que, como el dinero de muchas cuentas bancarias, empieza a acabarse, pero nos aferramos a los últimos euros que nos quedan. Es lo que toca, ¿no?

Pues parece que no. Al menos, no para todos. Y es que se dio la fabulosa circunstancia de que, mientras los simples mortales estamos sometidos a todo lo expuesto, el diario El Español, de Pedro J. Ramírez, celebró su quinto cumpleaños el día 26 de octubre de 2020 en el Casino de Madrid con 150 invitados con cena de gala, copas y todos los lujos imaginables. A esa fiesta, que por cierto se celebró de noche, asistió lo más granado de la sociedad española, como la Presidenta de Ciudadanos, Inés Arrimadas, el Presidente del Partido Popular, Pablo Casado, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, la Fiscal General del Estado, Dolores Delgado, y tres ministros del actual Gobierno de España, entre los que se encontraba Salvador Illa, que asume la cartera de Sanidad. Aquí os pongo unas imágenes de este evento que, como he indicado, son absolutamente fabulosas:

Y me diréis, ¿qué tiene esto de fabuloso? La paradoja. La paradoja que se produce al comprobar que, mientras los ciudadanos estamos pagando un alto precio social sometidos a restricciones al derecho de reunión, a un toque de queda, al cierre de negocios de restauración y a la ruina económica, la plana mayor de la política española asiste a una gala nocturna con más de cien invitados a cenar las sabrosas viandas que les prepara un chef con 2 estrellas Michellin y a beber buenos licores; estando algunos de ellos sin mascarilla, claro. Añadiéndole al asunto, para mayor escarnio, la concurrencia del Ministro de Sanidad, actuando como aquellos médicos que te pedían que dejaras de fumar con un puro en la boca y la consulta llena de humo.

Pero es que la cosa no se queda aquí. ¿Os acordáis de las dos herramientas para frenar el colapso hospitalario derivado de la expansión incontrolada del SARS-CoV-2? Mientras los ciudadanos utilizamos la única que disponemos, que es el distanciamiento social, ya sea voluntario u obligatorio, asumiendo el sacrificio que supone, la clase política, no sólo incumple esta herramienta, sino que además inutiliza la que a ellos les corresponde, que es el refuerzo del sistema sanitario: los Presupuestos Generales del Estado para 2021 rebajan en un 3,7% su inversión en salud pública (pasando de los 37,6 millones de euros en 2020 a 36,2 millones de euros en 2021) pese a la saturación hospitalaria actual. Doble infamia para el Ministro de Sanidad.

¿Indignante? Mucho. ¿Vergonzoso? Hasta el hartazgo. Y es que, si nos tenemos que sacrificar, si tenemos que asumir pérdidas, si tenemos que tomar medidas, éstas deben alcanzar a todo el mundo. El cansancio frente a la pandemia ya no alcanza únicamente al virus en sí, sino a tener que soportar que un político me exija que no vaya a cenar con mis amigos o familia mientras él asiste a galas de lujo nocturnas. Tener que aguantar que hablen de saturación hospitalaria y que su única respuesta sea el medieval confinamiento, útil pero insuficiente, en lugar de rascarse el bolsillo, recortar gastos absurdos y reforzar la salud pública. Tener que sufrir sus tórridas aventuras sexuales con medidas totalitarias que van aplicando aquí y allí como conejos sacados de una chistera que buscan más el control social que el control del virus. Tener, en definitiva, que aguantar estos desagravios además de la enfermedad y la muerte.

Psicológicamente, ya no sólo tenemos que lidiar con la propia pandemia, sino con esta gestión nefasta de la misma. Y someter a la población a semejante presión durante mucho tiempo no sé en qué puede desembocar. Eso debería darnos más miedo que la propia COVID-19.

28.09.2020 20:19

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Muerte. Cada día, al levantarme por la mañana y servirme un café mientras con torpes andares camino por la cocina, enciendo la radio y escucho muerte. También escucho otras cosas, por supuesto -conceptos, voces y siglas que se han introducido en mi vida sin previo aviso y que, ahora mismo, son tan comunes en mi vocabulario como los buenos días que le doy a mi mujer en ese tempranero momento del día-: ERTE, PCR, confinamiento, contacto estrecho, mascarilla, rastreo, contagio, asintomático, segunda ola, cuarentena, vacuna, limitación y, mi preferida: prohibición. Y cada día, al levantarme, huelo el café, tras paladearlo. Cuando su amargo aroma inunda mis fosas nasales y su intenso sabor provoca una reacción en mis papilas gustativas, respiro profundamente: sin tos, ahogo o fiebre, es el único método que tengo para comprobar en mi casa y en zapatillas que el SARS-CoV-2, de momento, no ha venido a visitarme. O, al menos, no se ha manifestado; por lo que, sin saberlo, puedo formar parte del curioso colectivo de los asintomáticos. Me encojo de hombros. Yo qué sé.

Por costumbre, aunque el estado de alarma haya quedado lejos, así como el confinamiento –pues, aunque diga el Presidente del Gobierno que no existió en mayo, a mí me pareció tal cosa-, reviso diariamente los reportes que tanto la Generalitat de Catalunya como el Gobierno del Estado facilita sobre el avance de la pandemia. Tenía pensado dar por finalizada mi serie de artículos sobre el SARS-CoV-2, pero si en 28 días se crea un hábito, imaginaos en más de 90. Y el caso es que, más de tres meses después de publicar el último artículo sobre la COVID-19, continúo con mis Excels: casos confirmados, fallecimientos, porcentajes, incrementos parciales, etcétera. No me lleva más de medio minuto completar los campos de manera diaria, a decir verdad, y me gusta tener cierta sensación de control, aunque sea falsa.

En fin, esto debe ser la cacareada nueva normalidad. Muertes para desayunar, estadísticas a media mañana, teletrabajo el resto del día. Yo, por mi parte, en lo que puedo, intento desterrar el nuevo epíteto de la vieja normalidad, y aunque lleve mascarilla y cumpla las medidas de seguridad e higiene que recomiendan las autoridades, intento seguir con mi vida: vacaciones en Asturias, viernes con los amigos, visitas a familiares. Incluso asistí al entierro de mi pobre abuela Pilar, que expiró por motivos que nada tienen que ver con la pandemia y que, si seguís mis artículos, ya conoceréis. He aceptado esta situación y la intento sobrellevar de la mejor manera posible, buscando el punto medio aristotélico, como siempre: ni pánico, ni pasotismo. Ni terror, ni negación. The show must go on.

Sigo pensando, como intenté dejar patente en los anteriores artículos, que la mejor manera de relativizar lo que está pasando es analizarlo con cierta frialdad. Por las mañanas, cuando escucho la radio, no me interesan las opiniones de analfabetos contertulios suscritos a la secta del lugar común ni las sentencias pretenciosas de expertos de la nada que sólo generan miedo: quiero números para trabajar. Yo ya sacaré, en su caso, mis propias conclusiones. Por eso he seguido rellenando mis tablas de cálculo. Por eso, pese a tanta sobrexposición sobre la muerte y la enfermedad, mantengo una postura de calma tensa. Por eso he decidido seguir con mis artículos, pues no sólo me ayudan a aplicar este sano relativismo frente a la pandemia, sino que, quizás, y sólo quizás, consigo que otras personas vean las cosas de otra manera frente a un catastrofismo que sólo nos llevará a la depresión; no sólo económica, sino mental. Pues el pánico sigue siendo nuestro peor enemigo.

La situación de la pandemia a principios de octubre de 2020

Desde una cuestión puramente numérica, los datos que nos ofrecen las diferentes autoridades nos muestran, de manera muy clara, que la pandemia de SARS-CoV-2 está muy lejos de darse por terminada. Como podemos comprobar en la base de datos elaborada por el CSSE de la Universidad norteamericana Johns Hopkins, que continúa siendo una absoluta referencia para controlar la evolución de la pandemia a nivel global, los nuevos casos de contagio de SARS-CoV-2 continúan creciendo en prácticamente todos los países del mundo; si bien, la progresión está lejos de ser exponencial. El caso es que la cifra de contagios detectados, a fecha de 1 de octubre de 2020, ha alcanzado la cantidad de 34.048.480; y, asimismo, se ha superado el simbólico número de 1.000.000 de fallecidos a causa del COVID-19; concretamente, la cantidad de 1.015.429. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de estas cifras, hasta esa fecha, el virus ha infectado a una población equivalente a la censada en Canadá y ha propiciado la muerte de una población equivalente a la censada en las ciudades de Sevilla y Córdoba juntas.

En España, tras el mes de calma que siguió la llegada de la llamada nueva normalidad, hemos comenzado, de nuevo, una progresión diabólica que nos ha llevado de 300 contagios al día en junio de 2020 a más de 11.000 a principios de octubre de este mismo año y que nos ha catapultado, de nuevo, a la cima de los países más afectados de Europa. A fecha 1 de octubre de 2020, acumulamos 778.607 casos y 31.973 fallecidos, según datos oficiales, con  una Comunidad de Madrid absolutamente desbocada y que, a la práctica, ha sufrido la intervención del Ministerio de Sanidad, pese a la foto de las banderitas de la semana pasada. Dicho de otro modo, estamos claramente ante la famosa segunda ola. Como el sarcasmo de la miel sobre hojuelas ya me lo conocéis, recurriré a otro dulce más castizo para referirme a la situación de nuestro país: torrijas con canela en rama.

¿Y, además de este pulso político entre Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez sobre la capital, qué más han hecho las autoridades frente a la situación actual? Prohibir y obligar. Y es que quién querría otorgar más fondos a la sanidad pública, contratar más enfermeros y médicos, hacer una búsqueda más activa del virus o tratar de unificar una respuesta basada en criterios lógicos cuando es mucho más barato, sencillo y fácil de asimilar para nuestra sociedad ultramontana una buena prohibición, una obligación absoluta o una buena dosis de culpa colectiva. Primero fue la mascarilla obligatoria en la vía pública. Luego, la prohibición de fumar al aire libre. Más tarde, la limitación de reuniones; primero diez, luego seis, mañana seguramente persona y media. Y todo ello en un caos normativo causado por la derivación de funciones del Estado a las Comunidades Autónomas, que, como verdaderas taifas, han “combatido al virus” a su libre antojo, picadas entre ellas para ver quién prohíbe más o se saca el conejo más gordo de la chistera en lugar de colaborar entre ellas y con el Estado desde la cercanía institucional con el territorio. Desde luego, bien lejos de la  famosa cogobernanza que tan bonito se las prometía; siendo el ejemplo de Isabel Díaz Ayuso un paradigma de otros tantos que, al parecer, no molestan al Ejecutivo central por motivos que nada tienen que ver con la sanidad. La gestión política actual de la COVID-19 en España se parece, en definitiva, y para que os quedéis con una imagen, a una viñeta de la 13 Rúe del Percebe del gran Francisco Ibáñez, como con buen criterio señalan en este artículo del New York Times: "La incompetencia de los políticos españoles puede ser tan mortal como la COVID-19".

Espera, Sergio. Para. Quieto. Stop. Si pretendías que tus lectores huyeran del pánico provocado por la pandemia, estás siendo del todo contraproducente. Pero en este punto me gustaría deslindar la COVID-19 de la gestión política; pues sobre la primera puedo ofrecer datos estadísticos que nos ofrecen una perspectiva diferente, quizás incluso tranquilizadora, pero sobre la segunda, mi desasosiego es tan profundo como puede serlo el vuestro. En todo caso, eso es harina de otro costal. Otra guerra que sí que tenemos más que perdida.

A mí, sobre todo, me interesan los números actuales. Puros, sin tratamiento, desnudos. Sobre ello, y concretamente sobre la percepción que tiene la ciudadanía sobre la mortalidad del SARS-CoV-2, es sobre lo que pretendo profundizar. Y es que, sobre este particular, las cosas han cambiado para bien. Maldita sea, de vez en cuando, y pese a todo, no viene mal alguna buena noticia, aunque sea relativa y en perspectiva.

La tasa de mortalidad del SARS-CoV-2 a principios de octubre de 2020

Una de las primeras aristas del complejo poliedro de la pandemia de SARS-CoV-2 que analicé, precisamente, en el primer artículo que le dediqué, es la tasa de letalidad de la COVID-19. Los datos disponibles en aquel prematuro momento arrojaban unas cifras que se antojaban poco fiables y que podían distorsionar bastante la realidad de la pandemia. En concreto, en fecha 1 de abril de 2020, las cifras eran las siguientes:

La tasa de mortalidad del SARS-CoV-2, con estas cifras sobre la mesa, era estremecedora, sobre todo en nuestro país, con una tasa de letalidad que se asemejaba a las propias de enfermedades como el tifus o la meningitis y que multiplicaba por 734 la de la gripe estacional. Por supuesto, la tasa de letalidad variaba de una manera muy pronunciada en función de la edad del contagiado, pasando de un 0,2% en los contagiados cuyas edades se comprendían entre los 20 y los 40 años a un 25% en personas mayores de 90 años; y, además, no se disponía de sistema de rastreo de asintomáticos ni se detectaban todos los contagiados, como ya expuse en su momento. En cualquier caso, las cifras eran, cuanto menos, preocupantes, teniendo en cuenta la facilidad del contagio de la COVID-19.

Transcurridos seis meses desde este hito temporal, es decir, a fecha 1 de octubre de 2020, la perspectiva ha variado muy positivamente, pese al incremento considerable de casos detectados y fallecidos por la enfermedad. La fiabilidad de la tasa de mortalidad en la actualidad continúa sin ser fiable al 100%, por supuesto, ya no sólo por los motivos ya señalados en el párrafo anterior, sino porque que la pandemia continúa activa y parece que le espera un recorrido más largo del que a todos nos gustaría; no obstante, la perspectiva es mucho más halagüeña que en fecha 1 de marzo de 2020. A saber:

 

Por lo pronto, y sin entrar a valorar las causas, nos topamos con que la tasa de mortalidad, en España, se ha reducido a menos de la mitad; y que, a nivel internacional, se ha reducido por debajo del 3% y baja día a día. Y este número, en crudo, es, por sí solo, una muy buena noticia: el virus es menos mortal de lo que parecía hace medio año. Literalmente.

En cualquier caso, sí, hay que entrar a valorar las causas, ya que ello nos permitirá tener mucha más información al respecto y comprender que esta variabilidad no es aleatoria y responde a una lógica que nada tiene que ver con una ciencia infusa numerológica. A continuación, os expongo cuales son las causas que, a mi juicio, han moderado la tasa de mortalidad de la COVID-19, adecuándola a una realidad imposible de determinar a principios del brote pandémico:

a) Detección de asintomáticos: En el primer artículo que dediqué al SARS-CoV-2 en fecha 1 de abril de 2020, ya puse de manifiesto que existía un porcentaje muy elevado de personas infectadas que no presentaban sintomatología (asintomáticos) que, al no ser detectados, no se contabilizaban en los registros, provocando un aumento irreal de la tasa de mortalidad; pues solo quien presentaba síntomas se desplazaba a un centro de salud para hacerse una PCR. A fecha actual, se realizan búsquedas activas para rastrear los rebrotes y evitar la llamada transmisión comunitaria, es decir, el contagio descontrolado. Si bien estas tareas de rastreo son insuficientes, el hecho cierto es que, en España, más de la mitad de los casos que se detectan diariamente son asintomáticos, como podemos comprobar en este g ráfico actualizado correspondiente a la actualización 219 de la COVID-19 que emitió el Ministerio de Sanidad en 1 de octubre de 2020:

b) Más PCR, más casos detectados: Resulta lógico, ¿verdad? Una enfermedad de sintomatología tan variable, que puede confundirse con una gripe, un simple resfriado o una gastroenteritis, requiere necesariamente de un cribado muy importante para conocer cuál es su incidencia real, pues de lo contrario, sólo se detectan los casos graves que acaban en el hospital o que fallecen. Por ello, el hecho de que España haya duplicado los tests PCR que se realizan semanalmente a toda la población, implica necesariamente el conocimiento de casos asintomáticos, muy leves o leves que, anteriormente, no se tenían en consideración; creándose una artificialmente elevada tasa de mortalidad. Para comprobar esta circunstancia, basta con comparar las 777.208 pruebas PCR que se han hecho durante la última semana de septiembre -como verificamos en la actualización 219 del Ministerio de Sanidad a la que nos hemos referido anteriormente- con las que se han hecho desde el inicio de la pandemia:

c) Tratamiento hospitalario suficiente: Todos recordamos, con angustia, los criterios de triaje para el ingreso en las Unidades de Cuidados Intensivos que se aplicaron durante la primera ola de la pandemia, dejando sin asistencia médica a personas con pocas expectativas de supervivencia frente a otras por razón del colapso del sistema sanitario. La falta de recursos y la saturación absoluta de las UCI propiciaron muertes que, seguramente, podrían haberse evitado. Pues bien, este horrible escenario, de momento, no se está produciendo en esta segunda ola, pues las UCI’s no están en absoluto tensionadas: a nivel estatal, todavía se dispone de una capacidad superior al 80% para asumir eventuales incrementos derivados de la COVID-19, pues sólo un 18,13 % de las camas están ocupadas -de acuerdo con los datos que extraemos de la actualización 219 del Ministerio de Sanidad a la que nos hemos referido anteriormente-. En definitiva, se puede atender a todo el mundo adecuadamente.

En consecuencia, el escenario ha variado ostensiblemente y, seamos claros, a mucho mejor. Al efecto de que podáis ver, de una manera muy visual, la diferencia entre la tasa de mortalidad de la primera ola y la correspondiente a lo que llevamos de segunda ola, he elaborado un gráfico en el que he recopilado los datos de contagios y fallecimientos en España por quincenas, estableciendo una tasa de mortalidad parcial para cada uno de estos periodos temporales. De ese modo, disponemos de la perspectiva suficiente para comparar ambas oleadas pandémicas que nos puede ofrecer, el menos, una herramienta para huir del pánico que tanto pretenden medios de comunicación:

Visto el gráfico y los datos que extraemos en base a la base de datos que lo he construido, podemos alcanzar una serie de conclusiones objetivas que fortalecerán, todavía más, esta huida del pánico hacia una calma tensa, pero tranquila, pausada, moderada. Hacia el uso racional de los datos:

- Durante la quincena comprendida entre el 15 y el 30 de septiembre de 2020, se han detectado prácticamente los mismos casos (166.022) que durante todo el mes de abril de 2020 (169.880); siendo la tasa de mortalidad parcial de este último periodo de un 1,08 %, muy inferior a la de abril de 2020 (11,07%) -es decir, 10 veces inferior-.

- Si bien durante la primera ola (comprendida entre el 1 de marzo de 2020 y el 31 de mayo de 2020), la tasa de mortalidad parcial era de un 8,47%, durante lo que llevamos de segunda ola (que comenzó en fecha 15 de julio de 2020), la tasa de mortalidad parcial es de un 0,51%; es decir, 16 veces inferior.

- Durante lo que llevamos de segunda oleada, han fallecido 3.378 personas, equivalente a una tercera parte de las personas que fallecieron en abril de 2020 (10.390); dicho de otro modo, han fallecido de media unas 1.350 personas al mes durante la segunda ola, prácticamente una octava parte que en abril de 2020.

- De acuerdo al Informe Epidemiológico nº 46 emitido por el RNVE en fecha 30 de septiembre de 2020, la tasa de mortalidad desde el 10 de mayo de 2020 en enfermos de la COVID-19 con edades inferiores a los 60 años es de un 0,049%, según comprobamos en este gráfico:

El tratamiento informativo de la mortalidad en España desde una perspectiva histórica

Muertes. Cada día, al levantarme por la mañana y servirme un café mientras con torpes andares camino por la cocina, enciendo la radio y escucho muerte. Así he empezado el artículo y así podría darlo por acabado, pues es la consigna informativa que, a nivel mediático, ha acabado empapándonos como una lluvia fina pero constante. Esto ocurre este año 2020, en efecto, pero el año pasado, por poner un ejemplo prototípico, las muertes que estaban de moda –perdonad la expresión, pero es que es así- eran las que se producían por violencia de género. Durante ese año 2019, los periodistas de la carroña rebuscaban en los Juzgados para buscar mujeres muertas a manos de sus parejas para poder decir: “¡Extra, extra, otra muerte más para contabilizar!”

Y así es como se crea una alarma social: mediante una sobrexposición mediática de algo tan duro como la muerte para generar un impacto emocional. Y si adoleces de perspectiva, la alarma se convierte en pánico. En definitiva, está pasando con la COVID-19, pero no es nuevo de ahora. 

Analicemos un poco más este ejemplo de alarma informativa: De acuerdo a este artículo de La Vanguardia de 2 de enero de 2020, “al menos 55 mujeres han perdido la vida a manos de sus parejas o exparejas en 2019, a falta de dos días para que se cierre el año. Así, en este ejercicio se ha registrado un nuevo repunte y la cifra de víctimas mortales es la más alta desde 2015, de acuerdo a los datos oficiales.”. ¿Repunte? Vaya, me suena ese término. “La presidenta de la Federación Nacional de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas, Ana María Pérez del Campo, también sostiene que el aumento del terrorismo de género se debe a la irrupción de Vox en las instituciones”. ¿Terrorismo de género? ¿Culpabilizar a un partido? Vaya, esto es muy específico, pero pretende generar lo mismo que con la pandemia de SARS-CoV-2: miedo, terror, pánico.

El caso es que, si tenemos en cuenta que, en España, había, a fecha 20 de enero de 2020, 20.562.370 mujeres mayores de 16 años –es decir, en edad de sufrir violencia de género-, se da la circunstancia de que murieron a manos de sus parejas un 0,0002675% de la población femenina mayor de 16 años en 2019. Por supuesto, yo opino que una es demasiado y que nadie debería ser asesinado por razón de su sexo, ni en el seno de una relación de pareja tóxica, ni en ninguna circunstancia, pero, ¿se justifica el pánico en base a una estadística tan minúscula? ¿Es España una sociedad extremadamente machista y víctima de “terrorismo de género” porque 55 malnacidos mataron a sus parejas cuando, según un estudio de la Universidad de Georgetown, es el quinto país del mundo en ratio de igualdad -es decir, sólo por debajo de Islandia, Noruega, Suiza y Eslovenia-? Por supuesto, la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres es absolutamente vital en una sociedad libre, ¿pero el escollo a este objetivo es tan generalizado como para colmar titulares de prensa día sí, día también? Evidentemente, con los números en la mano, no lo es. Es pura política mediática. Es la creación de un estado de opinión para justificar medidas que, en otra circunstancia, nadie aceptaría, como u n desigual criterio penal ante un mismo hecho delictivo en base a tu sexo .

En fin, es un jardín que no quería pisar, pero creo que sirve como paradigma para lo que quiero poner de manifiesto. No por el hecho en sí ni por las medidas que creo que se deberían adoptar, no por el qué, ni el por qué, en los que no voy a entrar, sino por el cómo. Sobre su tratamiento informativo. Y es aquí, en este punto, cuando debemos poner las cifras en perspectiva para conocer su alcance real y poder sacar nuestras propias conclusiones, seguramente alejadas del morbo, de los buitres sentimentales, del amarillismo noticiario, de la justificación de medidas que no tienen un vínculo con la realidad.

Perspectiva. Datos. Esto es lo que pretendía ofreceros desde que decidí preparar este artículo y es exactamente lo que os ofrece el cuadro que he adjuntado ut supra. Realizando una comparativa de los datos que ofrece el Instituto Nacional de Estadística de España en 13 años seleccionados de manera expresa –en concreto, los años que median entre 1915 y 1922, con la pandemia de A/H1N1 de 1918 en el periodo central, y los últimos cuatro años en los que se disponen de datos consolidados-, podemos comprobar cuál es el alcance real de la mortalidad en España. Así, cuando nos digan que tal día han muerto tantas personas, seremos capaces de contextualizar la cifra en lugar de entrar en un injustificado pánico. Veamos:

- Previamente a la llegada de la pandemia de A/H1N1 de 1918, en España moría una media de 1.242 personas diarias, de las cuales, 224 correspondían a muertes derivadas de enfermedades del aparato respiratorio (entre las que se encuentra la gripe, la bronquitis, la pulmonía, etcétera).

- Durante la pandemia de A/H1N1 de 1918, añadiéndole el año siguiente, en España murieron una media de 1.614 personas diarias, de las cuales, 498 correspondieron a muertes derivadas de enfermedades del aparato respiratorio.

- El exceso de mortalidad en 1918 y 1919 con respecto a 1917 fue de 247.066 personas.

- Previamente a la llegada de la pandemia de SARS-CoV-2 de 2020, en España moría una media de 1.140 personas diarias, de las cuales, 136 correspondían a muertes derivadas de enfermedades del aparato respiratorio.

Sí, es así. Cada día, en España, durante los últimos cuatro años, murieron cada día más de 130 personas de gripes, resfriados, bronquitis y pulmonías. ¿Verdad es que eso no lo sabíais? ¿Verdad que durante esos años ni siquiera le habríais dado importancia a esta circunstancia? ¿Verdad que no os imaginabais que, cada año, muere una media de 420.000 personas en España? ¿Verdad que no erais conscientes de que, a principios del siglo XX, morían el doble de personas que ahora, teniendo en cuenta que moría una media de 453.000 personas al año con la mitad de población? Así que, cada vez que escuchéis por la radio que han muerto durante el día de hoy tantas personas por esto o por aquello -sea el COVID-19 o un asesinato-, tened en cuenta que, en el mismo periodo temporal, más de mil personas han expirado por otras cuestiones sin que nadie informe de ello, sin que nadie le dé un tratamiento prioritario. Sin que nadie se entere más allá de sus familiares y allegados.

Por supuesto, todavía tardaremos mucho en saber cuál será el exceso de mortalidad del año 2020 para conocer el alcance real de la mortalidad del SARS-CoV-2 en la sociedad española, pero de momento, tenemos las conclusiones parciales del MoMo (Informes de Monitorización de la Mortalidad diaria), que arrojan, a fecha 1 de octubre de 2020, un exceso de mortalidad de 44.781 personas que se concentraron, en un 95%, en marzo y abril de 2020; pero que, desde mayo de 2020, se mantienen en ratios prácticamente normales:

Estos son los datos. Si bien han sido trabajados, he tratado de ser muy honesto y no jugar con ellos, sino únicamente compartimentarlos y realizar comparativas, porcentajes y sumatorios; extrayendo conclusiones exentas de mi propia subjetividad. Estos son los datos. Crudos, objetivos, puros. Libres de opinión. Libres de sentimientos. Libres de miedo. Sacad, en consecuencia, vuestras propias conclusiones.

28.05.2020 00:03

Artículo anterior de la seriehttps://www.granollersonfire.com/news/historias-de-espana-de-pandemia-a-pandemia-1918-v/

Lunes, 25 de mayo de 2020. Cerdanyola del Vallès. El mundo ha cambiado, pero, afortunadamente, no del modo al que se refiere Galadriel en La Comunidad del Anillo. Al cabo, se trata de un mero formalismo, ya que mucha gente está haciendo literalmente lo que le viene en gana desde hace semanas, pero traspasar la línea que separa la Fase 0 de la Fase 1 del Plan de desescalada del Gobierno de España en plena pandemia de SARS-CoV-2 es, cuanto menos, un avance significativo. El confinamiento se relaja, como no podría ser de otra manera, de manera paulatina, por lo que este pequeño paso nos encamina hacia el principio del fin. Por supuesto, puede haber rebrotes, segundas oleadas, repuntes, llamadlo como queráis; pero, de momento, podemos celebrar una victoria parcial, pese a las víctimas que, por desgracia, han quedado en el camino. A mí me espera una barbacoa con los amigos, una visita a mi madre y a mis suegros, una recuperación del contacto social que nos había sido arrebatado… y una cerveza bien fría en una terraza, que a día de hoy ya ha pasado del futuro al pasado. Así que, tras seis artículos dedicados al maldito COVID-19, la perspectiva sanitaria se vislumbra halagüeña; de hecho, en mi comarca, que contiene muchos más habitantes que la de Frodo Bolsón, llevamos seis días sin un nuevo contagio, según los datos de la Generalitat de Catalunya

Mientras tanto, es decir, mientras se reactiva la sociedad más allá del permiso de poder dar cuatro paseos limitados por absurdas franjas horarias y mientras los epidemiólogos advierten que estamos cerca de arrinconar al SARS-CoV-2, el Gobierno de España parece haber perdido la calculadora y no sólo está omitiendo a la ciudadanía datos de evidente relevancia informativa, sino que está cometiendo errores de cálculo verdaderamente esperpénticos. Si bien es cierto que, según indica una de las caras más destacadas de esta pandemia, el doctor Fernando Simón, se ha modificado, por séptima vez, la estrategia de vigilancia del COVID-19 y por tanto han variado los criterios de notificación de las Comunidades Autónomas, se han producido dos circunstancias de difícil justificación: En primer lugar, el Ministerio de Sanidad ha indicado que, desde el día 17 de mayo de 2020, únicamente ofrecerán los datos de los recuperados de COVID-19 semanalmente y no diariamente, como hasta esa fecha; pero el hecho cierto es que, habiendo transcurrido 13 días desde que realizó ese comunicado, todavía no han facilitado esa información. En segundo lugar, se ha producido un hecho insólito en todos los países del mundo que se hallan inmersos en la pandemia: el día 25 de mayo de 2020 resucitaron 1918 fallecidos por COVID-19, es decir, pasamos de 28.752 fallecidos a 26.834. Si los católicos montaron una religión en base a un único revivido, imaginaos a qué altar debemos elevar al ministro de Sanidad, Salvador Illa.

Con el objeto de poner negro sobre blanco, un servidor ha tenido que recurrir directamente a los datos que ofrecen las Comunidades Autónomas para hacerse una imagen de la incidencia real de la pandemia a fecha actual; es decir, para conocer la cifra de casos activos y casos resueltos de COVID-19 que existen en España a día de hoy. A este respecto, cabe señalar que ha sido mucho más sencillo de lo esperado, pues prácticamente todas las Comunidades Autónomas ofrecen con total transparencia este tipo de datos; por lo que, pese a que el Ministerio de Sanidad no ofrece la cifra actual de recuperados del COVID-19, no me ha costado más de media hora recopilarlos y verificar que, a 28 de mayo de 2020, se han recuperado 173.654 personas de la infección provocada por SARS-CoV-2; es decir, un 73 % de los casos detectados, o lo que es lo mismo, más de 23.000 personas adicionales a las que ha reconocido el Ministerio de Sanidad desde 17 de mayo de 2020 (150.376). En consecuencia, únicamente quedan 37.133 casos activos de los 237.906 detectados hasta esta fecha; esto es, un 15,61 %. A continuación, consigno cifra y fuente por Comunidad Autónoma, para que vosotros mismos podáis realizar esta comprobación si lo estimáis oportuno:

 

Mismo criterio he seguido en aras a extraer información sobre la reducción de casi 2.000 fallecidos por COVID-19 el día 25 de mayo de 2020: buscar información en las Comunidades Autónomas. No he sido capaz de detectar a qué se debe esta grave discrepancia, pero sí que he podido realizar una comparativa que pone de manifiesto en cifras un asunto que he venido repitiendo en los últimos artículos: la Comunidad de Madrid y Cataluña reportan el doble de fallecidos a causa del COVID-19 de los que informa el Ministerio de Sanidad; situación, ésta, que resulta más concordante con los reportes del sistema de vigilancia MoMo (que alerta de las desviaciones de mortalidad en base a las estimaciones del año inmediatamente anterior), que confirman la existencia de 43.034 fallecidos más que el año pasado en el periodo estudiado.

Las cifras de fallecidos por COVID-19 ofrecidas por los Gobiernos regionales de Madrid y Cataluña en comparación con las ofrecidas por el Ministerio de Sanidad, si nos centramos en el día 28 de mayo de 2020, son las siguientes:

Mientras tanto, es decir, mientras millones de españoles intentan recuperar su vida social y económica pese a este incomprensible baile de cifras que no se da en ningún otro país occidental, el Gobierno de España, no contento con ello, trata de minar todavía más la confianza de la población en su gestión con declaraciones disparatadas y actuaciones políticas cuestionables: por un lado, la vicepresidenta primera del Gobierno de España, Carmen Calvo, siguiendo la estela de dar extravagantes explicaciones sobre la desigual expansión del SARS-CoV-2 más propias de una pitonisa que ve el futuro en vísceras de batracio que de una ministra, señaló hace unos días, literalmente, que “Nueva York, Madrid, Teherán y Pekín están casi en línea recta, y son las grandes ciudades donde se ha dado un problemón del demonio”. Como dice la canción: Izquierda, derecha, left, rigth. No merece ni comentario. Por otro lado, el Ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ha destituido al Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid, Diego Pérez de los Cobos, al no revelarle información reservada mientras estaba actuando como policía judicial, lo que representa una grave intromisión a la independencia judicial. Mismo destino ha sufrido el “número tres” de la Guardia Civil, sin que hasta la fecha se conozca el motivo. Peligrosas consecuencias de este Ejecutivo que lleva más de dos meses con poderes absolutos gracias al estado de alarma.

 

Mientras tanto, es decir, mientras podemos reunirnos con nuestros amigos y abrazar a nuestros familiares, no sólo tenemos que soportar los dislates del Gobierno, sino que nos encontramos con una oposición que trata de medrar pandemia mediante. La crítica constructiva a las actuaciones del Gobierno, que como siempre digo es absolutamente indispensable y que yo, personalmente, siempre intento ejercer, sea quien sea el que gobierne, ha dejado paso a una retahíla de demagogia que peca, precisamente, del mismo defecto que se le puede achacar a los partidos que forman el Gobierno de España: el populismo. Las manifestaciones de Núñez de Balboa o del barrio de Salamanca, en Madrid, que tenían un trasfondo más político que jurídico por mucha libertad que se pusieran por montera, han sido fagocitadas por el partido VOX, que las ha utilizado para sus propios intereses partidistas. Me da verdadera vergüenza ver a los dirigentes del partido subidos a un autobús, alegres, vitoreando una manifestación que empacha de banderas de España y hiede a reaccionario, aprovechando el tirón mediático de la pandemia para rascar apoyos populares.

Otros partidos, como BILDU, han tratado de derogar de manera íntegra la reforma laboral de 2012 por la puerta de atrás, aprovechando su apoyo contingente al estado de alarma decretado por la emergencia sanitaria para aplicar sus políticas partidistas; dicho de otro modo, aplicando un chantaje al Gobierno de España que, gracias a la ministra de economía, Nadia Calviño, no llegó a buen puerto, pues el acuerdo fue modificado pocas horas después. Por otro lado, la opinión pública tuvo que saber, por mediación del grupo político Ciudadanos, que el apoyo de ERC a la enésima prórroga al estado de alarma quería estar vinculado a la reactivación de la mesa de negociación del conflicto catalán. Más partidismo. La emergencia sanitaria, al cabo, queda en segundo plano, como una especie de peana que permite auparse para tratar de alcanzar los objetivos más espurios.

Por último, para evitar que se me tache de adhesión por omisión de crítica, debo decir que tampoco me alineo con PP o Ciudadanos, que están más instalados en el tacticismo político que en poner soluciones sobre la mesa. Pablo Casado, destructivo; Inés Arrimadas, mendicante y prestando apoyos a cambio de promesas vacías. Un desastre político.

En definitiva, y como corolario, mientras la ciudadanía trata de despertar de una pesadilla sanitaria, nuestros gobernantes, presentes, pasados o futuribles, nos instalan en otra pesadilla de diferente naturaleza, pero que nos impide dormir por las noches. Ya no es el miedo a la pandemia, que parece estar remitiendo adecuadamente y que, en pocas semanas, si todo va según lo previsto, puede estar más que controlada; sino el miedo a que se aproveche esta situación excepcional para echar madera a los populismos que ya ardían y que ahora iluminan con una intensidad cegadora. Pasar del miedo al odio, de la solidaridad al frentismo, del respeto a la ofensa, me lleva a concluir que la pandemia no va a servir para mejorarnos como sociedad, sino que va a procurar que todavía empeoremos más. Nos hundimos en el cieno de un guerracivilismo fratricida que parecía tan olvidado como la pandemia de 1918 cuando hasta un mensaje de concordia como el que realizó Santiago Segura en Twitter ha provocado respuestas de odio desmedido. Así nos luce el pelo, como a Pablo Iglesias, con sus arrebatos discursivos más propios de un pirómano que de un vicepresidente del Gobierno. 

Que la política española vuelva a su repugnante maniqueísmo entre rojos y fachas, en principio, es una buena señal, pues implica que la pandemia de SARS-CoV-2 está más controlada de lo que nos dicen, toda vez que se está utilizando ya como arma arrojadiza y no como un problema real de consecuencias devastadoras; pero por desgracia reafirma la reflexión con la que inicié esta serie de artículos sobre el COVID-19: la pandemia no va a cambiar nada. Seguiremos igual de egoístas, igual de ajenos a nuestra fragilidad vital, igual de faltos de empatía y sentido de sociedad. El mismo pánico que nos hizo enloquecer frente a la pandemia se utilizará, ahora, para hacernos enloquecer en otras cuestiones, continuando en nuestra particular escalada frenética hacia ninguna parte. O hacia el precipicio, que es lo más probable.

Dicho lo cual, ya no queda pulpa en esta naranja, pues a estas alturas sólo deja en nuestro paladar el agrio sabor de su cáscara. Mi intención, con este sexto artículo de mi serie dedicada al SARS-CoV-2, era plantear cuestiones jurídicas relativas a la necesariedad del estado de alarma a estas alturas de la gestión de la pandemia, pero el disparate es tan mayúsculo que he perdido las ganas de tratar de racionalizar la utilización de este instrumento constitucional. Al final, dará lo mismo, pues hay diferentes criterios igualmente válidos que, al cabo, poco a nada modificará nuestro día a día como ciudadanos. Por ello, más allá de una fotografía de cómo encuentro el panorama actualmente, considero innecesario ir más allá. Y aunque la curva, a nivel global, todavía crece, hay motivos para la esperanza.

En consecuencia, doy por finalizada mi serie de artículos relativos al SARS-CoV-2 y a la pandemia del año 2020, así como la comparativa que, en los primeros artículos, realicé sobre la pandemia del año 1918. Por mi parte, está todo dicho. La crisis económica que se avecina es harina de otro costal, al cabo, y ya nada tiene que ver con confinamientos, desescaladas o nuevas normalidades, policías de balcón, mascarillas o estudios de seroprevalencia, sino con una escasez económica cuya comparativa no encontramos en 1918, sino en otras fechas: 1939 o 2008, por poner ejemplos recientes. De momento, ya se ha comunicado el cierre de la fábrica de Nissan en Barcelona, que implica el despido de casi 3.000 trabajadores directos. Tenemos que agarrarnos los machos.

Hemos vivido y estamos viviendo un momento histórico que sin duda será recordado. En unos años, quizás, todo lo que consigné en estas páginas sólo son disparates u opiniones basadas en la falta de información. En unos años, quizás, echaremos culpas o daremos las gracias; o puede que no hagamos ni una cosa, ni la otra, y todo siga igual. En unos años, quizás, comprenderemos mejor al SARS-CoV-2, conviviremos con él o bien nos habrá afectado otra pandemia. Quién sabe.

Al final, sólo os pido una cosa: que nunca olvidéis estas miradas. Lo demás, dejará de importar pronto.

15.05.2020 09:39

Artículo anterior de la seriehttps://www.granollersonfire.com/news/historias-de-espana-de-pandemia-a-pandemia-1918-iv/

Aquí sigo. Aquí seguimos. Aguantando, todavía, el chaparrón. Lo peor de todo es que, igual que el resto de españoles, he tenido la mala suerte de tener que soportar el chaparrón bajo una plancha metálica que hace un ruido insoportable, atroz, que nos impide pensar con claridad. Y es que al lógico miedo al SARS-CoV-2 debemos añadir unas ruidosas interferencias políticas que nos provocan todavía más ansiedad. Al principio, y dentro de la seguridad del confinamiento total, la consigna era clara; grave, pero clara. Ahora, que hemos entrado en la llamada fase de desescalada, palabra de nuevo cuño que me resulta ya insufrible de tanto oírla, sólo hay caos. Ruido. No sabemos si el estado de alarma es o no necesario. No sabemos si salir o si quedarnos en casa, aunque esté permitido en algunos casos y con restricciones. No entendemos por qué no cambiamos de Fase de desescalada, por qué una provincia sí y otra no, qué criterios se siguen, quién lo decide. No tenemos ni idea de cuándo volveremos a nuestra vida ordinaria ni qué demonios significa eso de la “nueva normalidad” que profiere el Presidente del Gobierno unas dos o tres veces por minuto en cada una de sus soporíferas comparecencias de fin de semana que tanto se asemejan al Aló Presidente venelozano. La plancha metálica nos está volviendo completamente locos. Y no deja de llover. Clank, clank, clank.

Los datos, a fecha de hoy, son objetivamente buenos. Evidentemente, cada persona que fallece a causa del COVID-19 tenía nombres, apellidos, familiares, amigos, una vida que desarrollar, así que reducirla a un simple número resulta escalofriante desde una perspectiva humana, pero no tenemos otro modo de verificar la incidencia social de la enfermedad. El caso es que, desde el día 24 de abril de 2020, y teniendo en cuenta los datos oficiales del Gobierno de España, cuya validez continúo poniendo en entredicho, las personas que han superado la enfermedad han rebasado los casos activos. Ese cruce de magnitudes en el gráfico se esperaba, nunca mejor dicho, como agua de mayo y, desde entonces, los casos activos de COVID-19 no han dejado de descender pese a los nuevos contagios. Como podéis ver en el gráfico, hubo un descontrol bastante pronunciado entre el día 15 y 24 de abril de 2020 que se debió, según indican fuentes gubernamentales, a que se contaban como nuevos casos detectados aquellos que daban positivo en la prueba serológica de anticuerpos, que se sumaban a los casos detectados por PCR (la “polymerase chain reaction”, en inglés, es la prueba diagnóstica más precisa que se dispone actualmente que verifica la presencia de coronavirus activos en un paciente). Este criterio tiene cierta lógica, puesto que, si tienes anticuerpos, no eres un nuevo contagiado, sino una persona que ya ha pasado la enfermedad, por lo que se podría generar una distorsión irreal de la curva de contagios. En consecuencia, es un error bien subsanado. 

Por ello, con independencia del baile de cifras que continúa existiendo con las Comunidades Autónomas, como por ejemplo en Catalunya –asunto en el que no ahondaré, pues ya lo puse de manifiesto en el anterior artículo y todavía no disponemos de datos suficientes para extraer conclusiones válidas- o en Madrid, y de lo lamentable que resulta tener que poner a casi 30.000 fallecidos sobre la mesa, podemos asegurar que lo peor ha pasado; al menos, en lo referente a la pandemia y a su grado de incidencia poblacional, porque si nos centramos en las medidas del Gobierno para gestionar esta nueva situación, lo peor está por llegar.

De nuevo, hago una advertencia que ya he hecho en los anteriores artículos pero que no me cansaré de repetir: soy perfectamente consciente de que, ante esta situación inédita, cualquier decisión que se adopte será criticada. También sé que, cuando no se tienen responsabilidades, todo el mundo se saca de la chistera un conejo mágico que todo lo arregla, cosa muy diferente a la que te encuentras frente a la realidad del problema, que desbordaría al más preparado. Por esa razón, como habréis visto, he sido muy benévolo con mis críticas al Gobierno de España, siendo consciente de la situación excepcional a la que se enfrenta; pero hay asuntos que no he podido pasar por alto y actuaciones que, con independencia de la situación en la que se encuentren, resultan censurables. De un tiempo a esta parte, mi confianza roza mínimos históricos y mi benevolencia se agota, como mi paciencia, así que estoy empezando a ser más contundente porque creo que es lo que tiene que hacer un ciudadano con sus gobernantes. Comprensivo, sí, pero exigente. Crítico. Y cuando nada menos que la vicepresidenta cuarta del Gobierno de España, Teresa Ribera, señala, campanuda, que la pandemia está más controlada en Portugal que en España porque “está más al oeste de China, como si el SARS-CoV-2 se hubiera expandido siguiendo los flujos del aire y cuando en países como Japón, que está a 500 km de China, está la situación mucho más controlada que en España, pues qué queréis que os diga, yo tiro la toalla. O son idiotas o nos toman por idiotas. Y ninguna de las dos opciones me sirve de consuelo.

En fin, llegados a este punto, siguiendo con la serie de artículos que he dedicado a la pandemia de SARS-CoV-2, procederé al análisis de la nueva situación en la que entramos e intentaré poner blanco sobre negro, para ver si entre todos podemos comprender qué podemos y qué no podemos hacer, pues hay más inseguridades que certezas; y no tanto sanitarias, como jurídicas. En este caso, por ausencia de información, no voy a poder realizar comparativa alguna con lo que hizo el Gobierno de España ante la pandemia de A/H1N1 de 1918, puesto que no he podido verificar si existió plan, guía o proceso de retroceso de las medidas adoptadas para frenar la mal llamada gripe española; por lo que nos tendremos que mantener en este 2020 y realizar, en su caso, comparativas actuales con otros países de nuestro entorno.

La atenuación de las medidas de confinamiento durante la primera oleada de SARS-CoV-2

Plan para la transición hacia una nueva normalidad”. Desde luego, con este título, bien podría parecer un libro de autoayuda de discutible calidad o el anuncio de una conferencia de un líder espiritual adicto a los psicotrópicos; pero no, con esta rúbrica nos presenta el Gobierno de España su proyecto de “desescalada”. Sí, otro neologismo más para nuestro diccionario del coronavirus.

¿Y qué es eso de la nueva normalidad? La R.A.E. fija, en su segunda acepción, que la palabra normal se relaciona con lo habitual y ordinario. En su segunda acepción, habla de algo que se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. Por ello, el planteamiento referido a la nueva normalidad tiene problemáticas de carácter nuclear, conceptual: si es nuevo, no es normal, ni habitual, ni ordinario ¿Y qué es eso de la desescalada? Imagino que alguna mente brillante ha recurrido a terminología de esta naturaleza para que todo el mundo entienda de qué demonios estamos hablando: “mire, señor ciudadano, un escalador sube por la montaña, llega a la cima, se hace una foto y luego desescala, es decir, vuelve a bajar, ya que le está esperando un almuerzo de cuchara que no se lo salta un gitano. ¿Entiende?”. Acompañar explicación para memos con palmada en la espalda y mirada condescendiente. Frente a ello, sólo puedo concluir que estos neologismos creados ad hoc por un comité político tienen más de marketing o de control del relato que otro tipo de lógica.

En fin, cuestiones terminológicas aparte, a finales de abril de 2020, habiéndose superado la situación de colapso hospitalario y tras haber dejado atrás el famoso pico de contagios, era preciso que el Gobierno de España adoptara medidas de recuperación de la actividad y atenuación del confinamiento (¿veis? No es tan difícil utilizar términos coherentes con la lógica lingüística). El confinamiento no es una solución en sí misma, sino sencillamente una medida de contención de la pandemia que, una vez controlada, no tiene sentido mantener; por lo que pasamos al siguiente nivel que consiste en ir relajando poco a poco y con prudencia el confinamiento generalizado.

Al objeto de acometer esta atenuación de las medidas de confinamiento, el Gobierno de España ha establecido una serie de criterios que pueden encuadrarse en dos grupos diferenciados pero concurrentes en su aplicación: por un lado, medidas de carácter personal; por el otro, medidas de carácter social.

En primer lugar, analizaremos las medidas de atenuación del confinamiento de carácter personal, es decir, que afectan a los ciudadanos con independencia de factores sociales, territoriales, económicos o sanitarios. Son medidas individuales que están enfocadas directamente a la movilidad personal o, en caso de personas dependientes, a la movilidad familiar. A este respecto, es necesario que igualmente vayamos igualmente por partes.

En fecha 25 de abril de 2020, se emitió la Orden Ministerial SND/370/2020 por parte del Ministro de Sanidad que regulaba medidas de desconfinamiento parcial y regulado para los menores de 14 años, en virtud de la cual, se permitía que un adulto pudiera salir de su domicilio con sus hijos una vez al día en un radio de un kilómetro con respecto al domicilio. El objeto de la medida era permitir que los menores de edad pudieran salir a jugar o a que sencillamente les diera el aire, pero, evidentemente, debían continuar respetándose las medidas habituales de distancia interpersonal e higiene aplicables hasta la fecha.

Pasó lo que tenía que pasar: muchos adultos aprovecharon la medida para salir de casa, utilizando a sus hijos como excusa. No todo el mundo, por supuesto, pero sí una parte reseñable de la población recurrió a nuestra habitual picaresca para saltarse el confinamiento. Antes de que llegara esta medida, los que teníamos perro éramos unos afortunados; ahora, iban a ser los padres, que además disponían de una franja horaria muy amplia para poder salir a la calle sin justificación. En este caso, no puedo sino eludir cualquier responsabilidad del Gobierno, pues la medida era necesaria y muy beneficiosa para los menores de edad. Tampoco existe responsabilidad alguna en los menores, ni que decirlo tiene. El problema, en todo caso, se ha producido por la irresponsabilidad de algunos padres, que mientras charlaban con otros padres, sin respetar distancias ni higiene, permitían que sus hijos se mezclaran con otros niños sin control. Bonita estampa para empezar la famosa desescalada.

En fecha 2 de mayo de 2020, se emitió la Orden Ministerial SND/380/2020 por parte del Ministro de Sanidad que regulaba medidas de desconfinamiento parcial y regulado para los mayores de 14 años, en virtud de la cual, se establecían las siguientes franjas horarias para la realización de las siguientes actividades, en las que deberán respetarse las medidas habituales de distancia interpersonal e higiene aplicables hasta la fecha:

- De 06:00 a 10:00h y de 20:00h a 23:00h: Los ciudadanos con edades comprendidas entre los 14 y los 70 años podrán realizar deporte individual y paseos. Los paseos deberán realizarse a una distancia no superior a un kilómetro con respecto al domicilio. El deporte individual, dentro del propio municipio.

- De 10:00 a 12:00h y de 19:00h a 20:00h: Los ciudadanos con edades superiores a 70 años podrán realizar deporte individual y paseos siguiendo análogos criterios de distancia a los ya indicados.

- De 12:00h a 19:00h: Se aplica Orden SND/370/2020 en relación con los menores de edad.

- De 23:00h a 06:00h: Sólo se permiten salidas debidamente justificadas; esto es, una suerte de toque de queda, pese a que no se indique de manera expresa.

En este caso, de nuevo, ha pasado lo que tenía que pasar y, además, era de prever: muchas personas han aprovechado estas medidas de alivio del confinamiento para reunirse con sus amigos, hacer corrillos en mitad de la vía pública, hacer quedadas de runners y desempolvar aquellos estridentes chándals de los años 80 del armario para simular que realizas una actividad deportiva cuando tu objetivo era beberte unas latas de cerveza con los parroquianos habituales de tu bar de referencia, cambiando la barra y el camarero por un banco y una bolsa de plástico; sin olvidarse de los chavales haciendo botellones, por supuesto. Y aunque reconozco que me provoca hilaridad ver viejos en reunión bebiendo yonkilatas en yonkichándal como si fueran adolescentes fumándose unos leños, estas actuaciones irresponsables podrían provocar un repunte de infecciones por COVID-19. Entiendo la hinchazón de gónadas tras 60 días de arresto domiciliario, pero coño, aguantemos un poco más.

No obstante, hay un hecho que, con independencia del respeto a las normas dictadas por el Gobierno, se produce invariablemente: la movilidad ciudadana se concentra masivamente en determinados horarios y, en consecuencia, se provocan concentraciones ingentes de personas. Os pongo un ejemplo personal: en un paseo de una hora por mis habituales rutas, me he llegado a cruzar con más de 500 personas, es decir, más del triple de las que me encontraba en una situación de normalidad.

En consecuencia, considero que la fijación de franjas horarias es un error mayúsculo, pues al reducir el periodo temporal, aumenta el flujo de personas. Llevada a la práctica esta medida, se producen situaciones incoherentes: si yo salgo a pasear con mi perra a las 2:00h, no me cruzaré con nadie y las posibilidades de contagio se reducen a la nada, pero estaría incumpliendo la normativa. Vamos, que el remedio está resultando peor que la enfermedad y es que el exceso de regulación, en ocasiones, es tan pernicioso como su defecto. Y como una imagen vale más que mil palabras, os dejo una fotografía realizada la semana pasada en el paseo marítimo de Barcelona. Juzgad vosotros mismos.

En segundo lugar, analizaremos las medidas de atenuación de confinamiento de carácter social, es decir, que afectan a la apertura de comercios, al restablecimiento de la actividad laboral y a la reactivación económica, cultural y social del país. Las medidas afectan principalmente a empresas, asociaciones y fundaciones, por lo que se enfoca en las actividades permitidas más que en las personas que las proveen. Y es aquí donde interviene el ya mencionado “Plan para la transición hacia una nueva normalidad”.

En fecha 28 de abril de 2020, se adoptó un acuerdo en el seno del Consejo de Ministros que, de manera previa a su publicitación ciudadana, se tituló sencillamente como plan para la desescalada, en virtud del cual, se establecían cuatro diferentes fases hasta alcanzar la llamada nueva normalidad. Estas fases, que tienen una duración prevista de 15 días, no se superan únicamente con el paso del tiempo, sino que exigen el cumplimiento de una serie de parámetros; por lo que, teniendo en cuenta la diferente incidencia de la pandemia en el territorio español y las diferentes capacidades sanitarias de cada uno de estos territorios, el análisis de la conveniencia de cambio de fase se circunscribe a la provincia, en la Península, o la isla, en Canarias y Baleares. Dicho de otro modo, cada provincia o isla tendrá su propia velocidad de desescalada. Las fases previstas son las siguientes:

- FASE 0: Esta fase, llamada preparatoria, implica la implantación de las medidas de carácter social que hemos relacionado anteriormente, la apertura de bares y restaurantes sólo para pedidos a domicilio y la apertura de otro tipo de establecimientos con cita previa y atención individual. Resulta de aplicación en todo el territorio nacional a partir de 2 de mayo; a excepción de algunas islas, que pasan directamente a la Fase 1.

- FASE 1: En esta fase, se permite la apertura del pequeño comercio, la apertura de bares y restaurantes para poder consumir únicamente en las terrazas y con una ocupación máxima del 30 % de su aforo, la apertura de lugares de culto con aforo limitado y la reactivación de la actividad turística, así como la posibilidad de visitar a familiares y amigos. Para más detalle, leer la Orden SND/399/2020, de 9 de mayo, emitida por el Ministerio de Sanidad.

- FASE 2: En esta fase, se permite la apertura de bares y restaurantes para poder consumir en el interior del local con una ocupación máxima del 50 % de su aforo, la apertura de cines, teatros y actos culturales con un máximo de un 30% de aforo y, si son al aire libre, sin superar los 400 clientes.

- FASE 3: Esta fase, llamada avanzada, implica la flexibilización de la movilidad general, la reanudación total de la actividad comercial con un aforo máximo del 50% y, en lo referido a la restauración, se permite el aforo total, siempre que se mantengan las distancias interpersonales.

Y hasta aquí puedo leer, porque nadie, ni siquiera el Gobierno de España, sabe definir qué será eso que ocurra después que nos encontremos todos en la tercera fase, como en la película. Puede que la nueva normalidad implique el contacto con alienígenas. Chi lo sa. Lo que tampoco sabemos, de momento, es quién decide qué territorio cambia o no de fase, ni qué criterios se están aplicando, pues de momento, han cambiado de fase algunas provincias que no deberían, como Vizcaya, y se han quedado en la fase 0 provincias que deberían, como Granada o todas las provincias de la Comunidad Valenciana. Y con deberían me refiero a los criterios generales que había dado el Gobierno de España a las Comunidades Autónomas, que, al parecer, van cambiando sin informar adecuadamente

 

No sólo encontramos problemáticas en cuanto al cambio de fase, sino con la aplicación práctica de las medidas que contiene cada una de estas fases. Y es que nos encontramos con agravios comparativos entre diferentes actividades económicas y ante la imposibilidad de reapertura de bares y restaurantes con un aforo que impide asumir siquiera los costes de mantener abierto el local. No es rentable abrir un bar que lleva dos meses cerrado para servir seis cervezas y dos cortados. Eso sin contar con los negocios que ya no van a volver a abrir nunca más.

En las últimas horas, el Gobierno de España nos ha sorprendido, además, con incomprensibles fases intermedias (0,5) y con una medida para reactivar el turismo que no merece ni el más mínimo comentario por lo descabellada que resulta: cuarentena obligatoria de 14 días para todos aquellos viajeros procedentes del extranjero. Seguimos para bingo. El caso es que hoy, a día 17 de mayo de 2020, nos encontramos con este panorama: 

Luces y sombras. Por supuesto, la reactivación de la economía exige rapidez, pero la contención de la pandemia exige prudencia; y tener que conjugar estos dos criterios es complejo. Soy consciente de ello. Por ello, repito, luces y sombras. Se han tomado medidas adecuadas, pero en algunos casos son incompletas, contraproducentes y variables, por lo que pueden resultar, a la postre, perniciosas. Así que, si como yo, comprobáis la existencia de errores, no dudéis en ponerlos de manifiesto, pues apoyar ciegamente al Gobierno de España por motivos ideológicos cuando está en juego nuestro futuro es tan nefasto como ponerles palos a las ruedas. La crítica es consustancial a la democracia y tenemos que evitar, siempre, por encima de esperanzas de falsa seguridad incluso en situaciones como ésta, la justificación de medidas autoritarias o que quebranten los derechos humanos, pues ya hay voces que están advirtiendo sobre esta peligrosa tendencia.

Llegados a este punto, y teniendo en cuenta la imposibilidad de comparar esta situación con lo acontecido durante la pandemia de 1918, considero que es un buen modo de finalizar el artículo realizando una comparativa, no histórica, sino actual, con las medidas de desconfinamiento y vuelta a la actividad ordinaria de otros países de nuestro entorno. Vamos a ver.

ALEMANIA: La mayor economía de la Zona Euro nunca llegó a aplicar unas medidas de confinamiento equiparables a las que se han acordado en España: desde el principio, si bien se ha impuesto el teletrabajo y se han impuesto determinadas restricciones, en Alemania se ha podido salir a la calle de manera individual sin horarios, toques de queda ni justificantes de ninguna clase. Al cabo, el Gobierno de Ángela Merkel ha seguido una estrategia que, en mi opinión, es mucho más efectiva que el confinamiento absoluto: tests PCR masivos a toda la población; en concreto, a fecha 6 de mayo, se habían realizado 2.800.000 tests a la población, a razón de 300.000 tests a la semana; es decir, a fecha actual, se habrán rebasado los 3.000.000 de tests. El triple que en España.

La vuelta a la actividad ordinaria en Alemania dio comienzo el 4 de mayo: los alumnos ya pueden volver a la escuela en todo el país, a excepción de Baviera, y pueden abrirse los comercios siempre que se pueda garantizar la distancia social. De hecho, se producirá la apertura de fronteras en menos de una semana, si bien se limitarán los viajes turísticos hasta el día 15 de junio. En cualquier caso, la consigna sigue siendo la misma que al principio: tests, tests y tests, como se deduce de la “Segunda Ley para la protección de la población en una situación de epidemia de importancia nacional” aprobada por el Gobierno federal alemán.

PORTUGAL: Nuestro país vecino y prácticamente hermano ha sido un ejemplo en la gestión de la pandemia por la rapidez y anticipación en la reacción frente al SARS-CoV-2. Se adoptaron medidas equivalentes a las que ha tomado España, pero se hizo antes y se hizo mejor; es decir, el hecho de que la oposición haya apoyado al Gobierno socialista de Antonio Costa desde el principio tiene más que ver con sus aciertos que con el apoyo acrítico y sin condiciones que tanto exige el Gobierno de España.

Las medidas de desconfinamiento que ha previsto el Gobierno portugués (palabra mucho más adecuada que "desescalada") no se dividen en fases variables por provincias, sino que se centran en un calendario ya prefijado para todo el territorio que establece medidas en función de la actividad. Por ejemplo: desde el día 4 de mayo de 2020, se permiten reuniones privadas de hasta 10 personas, apertura de pequeños comercios hasta 200 m2, así como bibliotecas y servicios públicos. A partir del día 18 de mayo de 2020, apertura de restaurantes, museos y monumentos, así como la reactivación de la actividad educativa con restricciones. Se estima que el 1 de junio de 2020, Portugal ya estará totalmente desconfinada, sin perjuicio de mantener las distancias interpersonales y las medidas de higiene.

 

ITALIA: Si otro país europeo ha sufrido una catástrofe sanitaria de gravedad semejante a la española ha sido Italia. Sus datos son tan escalofriantes como los nuestros: a fecha 16 de mayo de 2020, han fallecido más de 30.000 personas por COVID-19, que se concentran en un 50% en la preciosa Lombardía. Las medidas adoptadas para frenar la pandemia, como en Portugal, fueron muy parecidas a las que se tomaron en España, estableciéndose el confinamiento generalizado de la población.

En el país transalpino, según la información que extraemos del Ministero della Salute italiano, ha recurrido a un sistema de fases, pero que tiene su origen en el inicio de la pandemia, no en el inicio de la desescalada. La primera fase hace referencia a las medidas de contención del virus y la segunda fase, que dio comienzo en fecha 4 de mayo de 2020, hace referencia a las medidas de desconfinamiento y vuelta a la normalidad. En concreto, se permite la reapertura de prácticamente todos los pequeños negocios, a excepción de bares y restaurantes, que sólo podrán servir comida a domicilio; se permite la movilidad generalizada, con pequeñas restricciones, dentro de la región (nuestro equivalente serían las Comunidades Autónomas) y se acuerda la apertura de parques y jardines, siempre que se cumplan las distancias interpersonales y las medidas de higiene.

A partir del día 18 de mayo de 2020, en cumplimiento del calendario de la Fase 2, se permite la apertura de todos los comercios, incluidos bares y restaurantes; y, a partir del 2 de junio de 2020, se permite la movilidad sin restricciones por toda Italia. Además, el Gobierno de Italia ofrecerá 500 € a cada núcleo familiar italiano para incentivar el turismo interno; medida, ésta, que contrasta con el disparate propuesto por el Gobierno de España.

Podría seguir analizando otros países, como Francia, el Reino Unido o Suecia, siendo este último país especialmente interesante, pero el artículo ya me ha quedado demasiado largo y no quiero abrumaros con más datos. Sólo debo decirlos que mi modelo sería Alemania, pero ése es mi criterio, así que en todo caso dejo a vuestra elección valorar las medidas adoptadas por nuestro país en comparativa con los tres ejemplos internacionales que he puesto sobre la mesa.

Por último, repito mi consigna: no vendáis vuestros derechos por una falsa sensación de seguridad. No me entusiasman las frases épicas que han pasado de ser un modus vivendi a lucirse en camisetas de Zara, pero quiero reforzar la idea que os pretendo transmitir con una frase maravillosa que, a fecha actual, no se sabe si fue pronunciada originariamente por Emiliano Zapata, La Pasionaria o el Che Guevara: “Prefiero morir de pie que vivir arrodillado”. Pensad sobre ello.

16.04.2020 17:48

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Aprovechando que tengo a mi perra, Nymeria, durmiendo a pierna suelta a mis pies mientras redacto este artículo, voy a contaros un secreto: nunca os fieis de mí si os ofrezco un quesito. Sí, sí, ese queso cremoso que encontramos en cualquier supermercado en porciones triangulares que configuran una rueda de irresistible sabor. Seguramente lo sabe, porque los border collie son más inteligentes que la gran mayoría de los humanos, pero creo que lo acepta, pues concede que el beneficio es muy superior al coste. Cada vez que tengo que darle una pastilla para desparasitar, no tengo que hacer otra cosa que partirla en dos y meter cada mitad dentro de un quesito. Vista y no vista. Desaparece de mis manos de un lametón ansioso. Por supuesto, como pretenda darle la pastilla sin quesito, cierra la boca para que no se la introduzca en su interior y, si lo consigo, la escupe; pero a trozos y dentro de un quesito, ya podría darle una caja entera. Bajo la vista a mis pies y verifico que sigue durmiendo tras compartir con vosotros este truco insidioso. Mi secreto está a salvo.

Esta situación, que cualquiera que tenga mascota reconocerá con facilidad, me recuerda sospechosamente a lo que está haciendo con todos nosotros el Gobierno de España y los gobiernos regionales de las diferentes Comunidades Autónomas: ofreciéndonos pequeñas píldoras de la realidad del COVID-19 envueltas en sabroso quesito para que podamos digerirlas y, sobre todo, asumirlas. La duración del confinamiento y las patadas al balón que va dando el Ejecutivo español al estado de alarma, alargándolo cada quince días, es un buen ejemplo de que nos están dosificando la información: si el confinamiento en la provincia de Wuhan, China, ha durado 76 días, ni los estudios más optimistas podrían augurar que en España iba a durar sólo 15 días. Mención aparte merecen las cifras de fallecidos: al dictamen del Tribunal Superior de Justicia de Castilla La Mancha que indicaba que los fallecidos por COVID-19 eran al menos un 41,1 % superiores a los comunicados por el Gobierno de España, ahora se suma la Conselleria de Salud de la Generalitat de Catalunya que, a fecha 20 de abril de 2020, ha declarado que los fallecidos por COVID-19 en esta Comunidad Autónoma alc anzan los 8.441 frente a los 4.904 que, hasta la fecha, comunicaba –ya que ha tenido en cuenta no solo los fallecidos en hospitales, sino los que han fallecido en otras ubicaciones o en sus propios domicilios con cuadros clínicos compatibles con el COVID-19-. Esta modificación de criterio implica, en Catalunya, un aumento del 72,12 % sobre la cifra que se estaba comunicando hasta la fecha por parte de las autoridades regionales.

Este decalaje informativo puede deberse a la improvisación de actuación frente a un problema de nuevo cuño sin antecedentes analíticos, y algo de ello hay, en efecto, pero hay muchas informaciones que pueden llevarnos a pensar que el Gobierno está aplicando una política de control de daños para evitar más que la generación de pánico, una reacción negativa de la población frente a su gestión. Como ya dije, la percepción de la población es contingente, volátil, puede cambiar de hoy para mañana, pero el estado de cosas puede provocar que, de la percepción, que actúa de manera pasiva, se pase a la reacción, que actúa de manera activa. Y es que una cosa es reaccionar de manera positiva a las medidas de confinamiento decretadas por el Gobierno, por cuestión de responsabilidad y sentido de comunidad, y otra muy distinta comprar el empalagoso discurso triunfalista de un Ejecutivo nacional que habla de moral de victoria y de la "España de los balcones".

De hecho, el Gobierno de España está actuando de un modo indigno frente a las reacciones negativas a su gestión. Y ya no hablamos sólo contra su oposición política, sino contra la propia ciudadanía: el Ministro del Interior está monitorizando las redes sociales escudándose en la detección y represión de eventuales delitos de odio contra el Ejecutivo con el objetivo, como dijo el Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, el general José Manuel Santiago, de “minimizar ese clima contrario a la gestión del Gobierno”; o lo que es peor todavía: el socialista José Félix Tezanos ha cocinado una encuesta en abril de 2020, a través del Centro de Investigaciones Sociológicas, para preparar una censura gubernamental previa de la información sobre la pandemia a través de su sexta pregunta

Aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para institucionalizar la voladura del artículo 18.1 (“Se garantiza el derecho (...) a la intimidad personal y familiar”) y del artículo 20.1.a) (“Se reconocen y protegen los derechos (...) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”) de la Constitución española es ruín y miserable, además de muy peligroso para nuestra democracia. Explotar el miedo para silenciar al disidente ha sido la gota que ha colmado mi vaso; así que, antes de analizar la reacción de la población en general, quiero poner de manifiesto cuál está siendo la mía: reaccionar con responsabilidad frente a las medidas de confinamiento, pero reaccionar cada vez peor frente al Gobierno de España, pues deja entrever ciertos tintes totalitarios que van en contra de mis ideales más básicos. Hoy toca mojarse.

En fin, centrémonos y sigamos con la comparativa entre la epidemia de SARS-CoV-2 de 2020 y la pandemia de A/H1N1-18 de 1918 antes de que se me lleven los demonios. En este caso, continuando con la cuestión que he puesto sobre el tapete en la introducción al artículo, analizaremos la reacción de la población frente a ambas crisis sanitarias. En primer lugar, la reacción de la ciudadanía frente a las medidas adoptadas por el Gobierno y su incidencia social. En segundo lugar, la reacción de la ciudadanía frente al propio Gobierno.

La reacción de la población ante las medidas adoptadas por el Gobierno y su incidencia social

En cuanto a la reacción de la sociedad española ante las medidas adoptadas por el Gobierno de España en la pandemia de 2020, es preciso tener en cuenta, desde una perspectiva comunicativa, que jamás, en toda la historia de la Humanidad, ha habido semejante nivel de acceso a la información por parte de toda la población: televisión, radio, redes sociales, prensa e Internet han actuado como difusores totales de las medidas de confinamiento acordadas por el Ejecutivo español, por lo que la práctica totalidad de la sociedad, desde el día 13 de marzo de 2020 –en el que se acordó la declaración del estado de alarma-, sabía cómo reaccionar frente a la pandemia desde una perspectiva social.

Por supuesto, no toda la información era definitiva y hubo mucha confusión al principio –confusión que todavía persiste en relación a cuestiones particulares, como ya hemos venido señalando-, pero la consigna general la captó todo el mundo: confinarse en sus domicilios hasta nueva orden con excepciones relacionadas con la adquisición de alimentos y, en algunos casos, con el desplazamiento al trabajo o la realización de algunas actividades. Y, de manera muy mayoritaria, la población ha actuado con una gran responsabilidad, como se deduce de los datos de disminución de la movilidad realizados por diversos organismos a través del rastreo de los teléfonos móviles:

a) De acuerdo a los datos facilitados por el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, realizando una comparativa de dos días concretos, uno previo a la declaración del estado de alarma (martes, 10/03/2020) y otro posterior (martes, 31/03/2020), extraemos que la movilidad general se ha reducido un 93% entre ambos periodos (pasando de 14.862.630 personas que no realizaron ningún desplazamiento en fecha 10/03/2020 a 28.770.859 personas que no realizaron ningún desplazamiento en fecha 31/03/2020). De hecho, el domingo día 29/03/2020, se quedó confinada en su casa la cifra de 31.893.921 personas, que representa un 65% de la población española.

b) Por otro lado, de acuerdo a las cifras facilitadas por Google en un estudio realizado no sólo en España, sino en prácticamente todos los países del mundo, se deduce que la movilidad en nuestro país durante la aplicación de las medidas de confinamiento se ha reducido una media de un 63% en cuanto a desplazamiento al trabajo, una media del 85% en cuanto al desplazamiento en transporte, tanto público como privado, y una media de 92% en cuanto al desplazamiento a centros comerciales, tiendas y locales de restauración.

En consecuencia, podemos aseverar que la reacción de la ciudadanía frente a las medidas adoptadas por el Gobierno ha sido ejemplar. Por supuesto, no todo el monte es orégano, y muchas personas se han saltado el confinamiento utilizando artificios de lo más inverosímil como ir a comprar yogures a más de 20 kilómetros de tu casa, pasear un perro de peluche, cazar Pokemon o dar de comer a las gallinas al pueblo de al lado. La típica picaresca española no acaba ahí: hay gente vendiendo marihuana a través de la aplicación Glovo o cocaína a través de envíos postales. Teledroga a domicilio. Todo ello ha supuesto que, hasta la fecha, haya más de 600.000 propuestas de sanción por saltarse el confinamiento

Por otro lado, la población, motu propio, sale cada día al balcón, a las 20:00h, para aplaudir a los profesionales de la sanidad que están en primera línea, expuestos y con pocos medios, tratando de salvar vidas. Cabe señalar que es una reacción que ha pasado de ser un reconocimiento a los sanitarios a un huero acto de autocomplacencia, ya que nada cuesta y cubre expediente; todo ello sin contar con los desaprensivos que, bien que aplauden en el balcón, pero no quieren a ningún médico o profesional expuesto en la comunidad de vecinos por ser infecciosos. Lo estéril siempre gusta en esta sociedad estupidizada, así que no debería sorprenderme.

 

Como conclusión, podemos indicar que la población, de manera general, ha estado a la altura de lo que se le exigía por los Poderes Públicos, reaccionando como debía, pero que también ha emergido, ante esta situación tan compleja, los peores instintos de algunas personas; lo cual no exige remisión a noticia o estudio, pues seguramente el lector conocerá casos concretos que hablan por sí solos.

En cuanto a la reacción de la sociedad española ante la pandemia de 1918, cabe señalar, de manera previa, que no existía televisión; que, pese a existir prensa escrita, la gran mayoría de la población era analfabeta; que la información no fluía como hoy en día a través de redes sociales; y que, al cabo, esta situación de desinformación de la ciudadanía no se aplicaba solo a la gestión de la pandemia, sino a todos los escenarios de sus vidas. Por ello, teniendo en cuenta este contexto social y el hecho de que el Gobierno de España de 1918 tomó pocas medidas sociales para frenar la pandemia, podría concluir perfectamente este apartado con la siguiente sentencia: la población no tenía ni la más remota idea de cómo reaccionar frente a la pandemia.

La ausencia de información oficial, no obstante, no implica necesariamente la inexistencia de información de alguna clase; pues siempre se busca llenar este vacío informativo ante un problema de tamaña gravedad. Un ejemplo de cómo se llenaban estos vacíos es la determinación del origen de la pandemia. Y es que cuando la epidemia de A/H1N1-18 se convirtió en objeto de tertulia habitual en los mentideros madrileños, surgieron opiniones de muy diversa naturaleza por parte de los profanos en la materia que se plantearon todo tipo de teorías: desde la hipótesis telúrica (la remoción de tierra en la ciudad de Madrid), la hipótesis “ecológica” (el virus lo causaba el quemado de hidrocarburos en los motores de los pocos vehículos que existían) a la hipótesis de la guerra bacteriológica (toda vez que en Europa estaba teniendo lugar la Gran Guerra, posteriormente conocida como la Primera Guerra Mundial).

A estos rumores y conspiraciones se sumaban algunas empresas que, sin ningún rubor, aprovechaban la circunstancia para recomendar el uso de sus productos para combatir al A/H1N1-18 sin ninguna base científica. Algunos de estos espacios publicitarios que encontramos en algunos medios como el centenario diario ABC o el periódico catalán La Vanguardia son realmente divertidos, vistos en perspectiva: “para huir de los enfriamientos no hay nada tan seguro, tan cómodo ni tan agradable como tomar a diario unas cuantas tazas del aromático, higiénico y exquisito café marca El Cafeto”; “Beba Ron Trinidad contra la Grippe”. Especial mención merece la cuña publicitaria del Jarabe Orive: “para precaver la epidemia reinante es necesario (...) extracto de naranjas amargas (...) y calmantes como la heroína; estos medicamentos, concienzudamente asociados, componen nuestro jarabe. Una dosis diaria evita el contagio.”. La solución según la publicidad, café, heroína y ron en cantidad. Qué bien me ha quedado el pareado, oiga.

De hecho, no os lo perdáis, hasta los fabricantes de bombillas Osram se subieron al carro de la publicidad engañosa que aprovechaba las circunstancias para medrar: “La epidemia de moda se combate y vence con rigurosa dieta, mucho aire y mucha luz. Mucha luz que solamente se obtiene con la lámpara de filamento metálico estirado e irrompible OSRAM”.

En consecuencia, nos encontramos con una población que debe enfrentarse a un problema médico sin unas consignas oficiales claras, que fundamentaba el origen de la pandemia en conspiraciones de toda clase y que era bombardeada constantemente con publicidades engañosas. Todo ello, sumado, provocó que la población reaccionara, a falta de otro remedio mejor, con miedo, aplicando el antiguo método del sálvese quien pueda. Esta situación la planteaba un articulista del diario madrileño El Liberal en un artículo de mediados de 1918: “Si unos le dicen al lector que no coma tales productos de la Naturaleza o de la industria, y otros le aconsejan que no se prive de comestible alguno, ¿en qué situación oscilante queda el lector? Si tales mentores Le recomiendan que no moleste sin motivo al Colegio Médico, y tales otros consejeros le invitan a llamar enseguida a toda la Facultad, ¿qué orientación de este diámetro toma el necesitado lector? (…) el lector crédulo y confiado no sabe si podrá beber sin previa destilación, o respirar sin máscara inmunizadora, o tener correspondencia escrita con sus amigos, o tomar café por las tardes, o besar a su Julieta por las noches. Y de todo ello se sigue una tremenda confusión y algo de otra enfermedad más peligrosa que la grippe, y que se llama por los aledaños de las antiguas puertas de la villa, canguelitis”.

Este miedo generalizado tuvo otra consecuencia: el aislamiento y repulsa social de los infectados de la enfermedad. Como vemos, esta reacción es demasiado habitual y generalmente está impulsada por el miedo; por lo que, si se está dando en 2020, imaginaos hasta qué punto era grave en 1918.

La reacción de la población frente al Gobierno

Lamentablemente, y por el motivo que he señalado unos párrafos atrás, para vislumbrar la reacción de la ciudadanía frente a Gobierno de España durante la pandemia de SARS-CoV-2 de 2020 no me fundamentaré en el informe del CIS de abril de este mismo año, ya que es demasiado evidente que es simple propaganda, como señalan incluso sus medios de comunicación más afines. Por ello, intentaré recurrir a otras fuentes no tan contaminadas por un Ejecutivo que parece ser alérgico a cualquier clase de autocrítica.

Pues bien, a pesar del evidente retraso en la adopción de medidas para combatir al COVID-19 por parte del Gobierno de España, la práctica totalidad de la población, oposición política incluida, apoyó a Pedro Sánchez ante la declaración del estado de alarma. El poso de desconfianza, por supuesto, ya existía, pues el Gobierno de España pasó de animar a que se participara en manifestaciones multitudinarias, como la del Día Internacional de la Mujer, a acordar el confinamiento de la sociedad española en un plazo de menos de una semana. Este acelerón llamó mucho la atención, por decirlo de alguna manera, pero ya habría tiempo para debatir si permitir que tuvieran lugar todos los eventos políticos, sociales, deportivos y culturales durante el fin de semana anterior al confinamiento de la población había sido un error fatal que propició la propagación del SARS-CoV-2. En ese momento tocaba cerrar filas y así se hizo.

No obstante, el alargamiento paulatino del confinamiento, que se ha venido ofreciendo en dosis controladas, sumado a una serie de errores y actuaciones negligentes por parte del Consejo de Ministros, empezó a permear en la población de una manera muy negativa. Como una lluvia fina pero constante, las críticas a la gestión del Gobierno se han venido intensificando con el paso del tiempo y todo hace suponer que continuarán aumentando hasta que la pandemia llegue a su fin. De momento, por razones obvias, tengo una visión parcial, pues todavía nos hallamos inmersos en esta crisis sanitaria.

Para fijar cuál es el estado de opinión general, al menos, a fecha de publicación de este artículo, he intentado buscar barómetros de opinión que me resultaran más verosímiles que el CIS para poder determinar cómo está reaccionando la población ante el Gobierno y he encontrado un estudio que parece cumplir con mis criterios. De hecho, este estudio, realizado por el Instituto Nacional de Estudios Analíticos y al que podéis tener acceso a través de este enlace, ha hecho un muestreo estadístico en más de 350.000 ciudadanos frente a los 3.000 realizados por el CIS, así que tanto las preguntas, sencillas y certeras, como las respuestas, con un muestreo más de mil veces superior al CIS, me resultan mucho más útiles que las facilitadas por José Félix Tezanos. Las principales conclusiones son las siguientes:

  • Un 67,9 % de los encuestados considera que la gestión de la pandemia de SARS-CoV-2 es un desastre.
  • Un 79,6 % de los encuestados considera que el Gobierno desoyó las advertencias de la OMS al mantener eventos deportivos y manifestaciones antes de acordar el confinamiento.
  • La nota media del Presidente del Gobierno se fija en un 3 sobre 10.
 

Lamentablemente, el Gobierno de España, como he indicado en la introducción de este artículo, coquetea con la censura de los medios críticos, lo cual está resultado, como era obvio, totalmente contraproducente, pues hasta sus más acérrimos voceros se le están revelando, como la Cadena Ser o el programa de Risto Mejide en Cuatro, sin olvidarse de Antonio Maestre. Esta tendencia me resulta, como ya he señalado anteriormente, no sólo un error de proporciones mayúsculas del Gobierno de España, sino un peligro frente a la libertad que atenta contra los derechos constitucionales más fundamentales

Y no, no tiene justificación de ninguna clase.

Por otro lado, la reacción de la población frente al Gobierno de España de 1918 y su gestión de la crisis sanitaria fue la esperada ante la situación de absoluto desamparo en la que se encontraban frente a la ausencia de medidas adecuadas y la falta de información: con una crítica feroz a la ineficaz gestión del Gobierno. La prensa, que, pese a introducir las cuñas publicitarias antes señaladas, era dirigida por periodistas y articulistas que actuaban como un verdadero contrapoder, se erigió junto con algunos diputados como representantes de este malestar popular.

El diario El Liberal, al que nos hemos referido anteriormente, reflejó esta indignación de la ciudadanía en un artículo de 12 de octubre de 1918 y, además, se hizo eco de los intentos de censura de la prensa divergente que el Gobierno de España estaba tratando de aplicar: “Todo el país cree que debe ponerse inmediatamente remedio a los estragos de este enemigo que nos ha entrado por las puertas. Sin embargo, el Gobierno -siempre diplomático y parsimonioso- se contenta con poner en movimiento unas estufas de desinfección y unos carritos de laboratorio con líquidos malolientes. Y el bacilo que se quiera asustar, que se asuste... ¡Ah, si este mal pudiera paliarse con la censura previa!... Pero, es más fácil poner mordaza en el comentario de los periódicos que prevenir medidas que inmunicen a un país o que atajen una epidemia al iniciarse su curso”.

 

Qué poco hemos cambiado, pardiez. Qué razón tenía Friedrich Nietzsche con su teoría del eterno retorno. Ahora se pretende vestir de bulos, desinformación o retórica destructiva de la oposición política a toda crítica a la gestión del Gobierno; antes, se tildaba de traidores a los que actuaban de ese modo; y, en ambos casos, se pretendía ocultar una gestión deficiente frente a una grave crisis sanitaria. Y esto no tiene nada que ver con colores políticos, pues Antonio Maura era conservador durante la crisis sanitaria de 1918 y Pedro Sánchez es progresista durante la crisis sanitaria de 2020. Esto no va de ideologías.

Así que, si tenéis que reaccionar, hacedlo. Exigid. Criticad. Es lo único que nos queda contra el poder, sea del color que sea, sea ante la circunstancia que sea. Y, sobre todo, pensad. Por vosotros mismos. Daos unos minutos para reflexionar, evitando replicar opiniones cocinadas en el despacho de un político o en una tertulia televisiva. Sólo entonces valdrá la pena salvarnos como sociedad.

08.04.2020 14:23

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Al fin, y con los datos oficiales sobre la mesa, parece que hemos alcanzado lo que los epidemiólogos llaman la meseta; es decir, la estabilización entre contagios y casos activos. Un menor incremento de contagios sumado a un mayor incremento de recuperados implica que los casos activos entren en una especie de llano que, a medio plazo, debería comenzar a descender. La ratio de contagios va disminuyendo y la tasa de mortalidad se está estabilizando en lugar de crecer día a día. Después de tres semanas horribles, parecen buenas noticas, y sin duda no son malas noticias, pero el hecho cierto es que todavía estamos lejos de tener controlada la pandemia. Y a esta situación, todavía dura, se suman los vaivenes y errores del Gobierno de España, que no ayudan, en absoluto, a que se tenga esta percepción de control, sino todo lo contrario.

Verbigracia: si bien al inicio de brote no recomendaban el uso de mascarillas para toda la población, se ha cambiado el criterio, y en la actualidad sí que lo recomiendan; coincidiendo, precisamente, con la imposibilidad absoluta de adquisición de estas herramientas para evitar contagios. Otra verbigracia: El Gobierno de España adquirió a una empresa China 660.000 tests de detección de la enfermedad defectuosos. Ofrecían una efectividad del 80%, pero resultó inferior al 30%. Y bueno, ver a la Ministra de Trabajo de risas en una comparecencia pública sobre los ERTE, que implican una pérdida brutal de la capacidad adquisitiva de muchas personas (entre las que me incluyo), ya no es que sea un error o un cambio de criterio, sino que es impresentable. Vamos, miel política sobre hojuelas.

Y ya que hablamos de este típico postre castellano-manchego, hay otro asunto que resulta especialmente sangrante y que socaba todavía más la percepción de confianza en las autoridades centrales: el Tribunal Superior de Justicia de Castilla la Mancha ha indicado, en una circular de fecha 6 de abril de 2020, que el número de licencias de enterramiento expedidas por los Registros Civiles ha aumentado casi un 100% en relación a las que se expidieron en el mismo periodo durante el 2019. En concreto, si bien el Gobierno de España ha informado, en fecha 6 de abril de 2020, del fallecimiento de 1.132 personas por COVID-19 en Castilla la Mancha, los entierros de personas con COVID-19 en dicha Comunidad Autónoma alcanzan la cifra de 1.921; o lo que es lo mismo, se deduce que el Gobierno de España no ha reportado un 41,1 % de muertes por COVID-19 en esa región. Por desgracia, desde una perspectiva metodológica no podemos estimar las muertes reales en base a este porcentaje, ya que la incidencia relativa de la enfermedad varía mucho entre provincias, pero sirva ese dato como toque de atención: los datos oficiales de fallecidos por esta nueva enfermedad distan mucho de acercarse a la realidad.

Si bien los enanos le crecen como setas a Pedro Sánchez, puedo entender que, frente a esta situación, todos los Gobiernos estén desbordados y actúen con los medios que tienen, incurriendo en errores, improvisaciones, cambios de criterio, problemas logísticos y un limitado control de datos; no sólo el de España, sino todos los estados, sin distinción. Esta es una cuestión que no debemos perder de vista, con independencia del color de la camiseta de fútbol, perdón, política que tengamos. El problema es, como he indicado en el primer párrafo, de percepción de confianza. Del feedback que recibe el ciudadano. Porque al final, las medidas adoptadas por el Gobierno pueden ser o no eficaces desde una perspectiva objetiva, pero nada provoca más desconfianza que un cambio de criterio injustificado, proponer disparates distópicos u ofrecer una limitación de la información que puede tener un aroma a censura selectiva. Esta es una reflexión que debería hacer el Gobierno de España si, finalizada la crisis sanitaria, no quiere ser decapitado públicamente, ya que va a ser fiscalizado no sólo por el que, sino por el cómo. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos.

En cualquier caso, el análisis comparado que realizaremos en este tercer artículo sobre el SARS-CoV-2 no tiene nada que ver con la percepción que tengamos sobre la actuación del Gobierno, sino con las medidas que ha adoptado. Las valoraciones, al cabo, son contingentes y no podrán ser definitivas hasta que no finalice esta crisis sanitaria, por lo que es importante que tengamos claro qué está haciendo exactamente el Gobierno de España hasta la fecha de presentación de este artículo. Ya tendremos tiempo para resolver las dudas que he mostrado en mi introducción del articulo y dirimir, si proceden, las responsabilidades pertinentes. Al menos, hoy en día tenemos esta opción que en 1918 sólo podía alcanzarse con sangre.

Las medidas adoptadas por el Gobierno de España ante la crisis sanitaria

Lo primero que debemos tener en cuenta, por una cuestión metodológica, es que las medidas adoptadas por el Gobierno de España durante este año 2020 en relación al SARS-CoV-2 que a continuación voy a desarrollar son las que se enclavan en el periodo comprendido entre el 12 de marzo y el 10 de abril del año corriente. Transcurridos 31 días desde la adopción de la primera medida, podemos tener una idea precisa de las decisiones que se han adoptado con el objeto de contener la epidemia, pero desconocemos, ahora mismo, qué medidas se tomarán con el objeto de gestionar el desescalado y la extinción de la pandemia. Por ello, el análisis de la situación actual es parcial y puede evolucionar en el tiempo, a diferencia de las medidas adoptadas por el Gobierno de España durante la pandemia del A/H1N1-18, que ya son cosa histórica.

Al efecto de realizar el análisis comparado entre las medidas adoptadas por el Gobierno de España en 2020 para afrontar la pandemia del SARS-CoV-2 y las medidas adoptadas por el Gobierno de España en 1918 y 1919 para afrontar la pandemia del A/H1N1-18, he fijado cuatro categorías que nos permitirán una comparativa más precisa que una simple relación de medidas ordenadas temporalmente. Nos centraremos, en concreto, en las siguientes categorías:

  • Medidas generales.
  • Medidas de carácter sanitario.
  • Medidas de carácter económico.
  • Medidas de evitación del pánico.

Pues bien, comenzando, en primer lugar, con la crisis sanitaria de 2020, debemos señalar que, con carácter general, el Gobierno de España no ha hecho dejación de sus funciones. Se le podrán discutir muchas decisiones, por supuesto –yo mismo lo he hecho en la introducción de este artículo-, o incluso la incidencia que ha tenido en la pandemia el retraso en la implementación de las medidas que se han acordado, pero, si hacemos el sano ejercicio de guardar en un cajón la ideología, hay que reconocer que el Gobierno ha desplegado los medios necesarios para tratar de contener la pandemia; al menos, hasta la fecha.

Veamos, a continuación, cuáles son las medidas más importantes que se han tomado por parte del Gobierno de España para combatir el SARS-CoV-2, distribuyéndolas en las cuatro categorías que he indicado anteriormente:

1.- Medidas generales

Las primeras decisiones gubernamentales de calado que se adoptaron frente a la pronunciada curva de contagios que empezaba a vislumbrarse durante la segunda semana de marzo de 2020 no las tomó el Ejecutivo central, sino que se adoptaron en el seno de algunas Comunidades Autónomas bajo recomendación del Gobierno de España: el cierre de colegios y otros centros lectivos a partir del día 12 de marzo de 2020. Esta decisión hay que encuadrarla en el reparto competencial existente en la actualidad entre el Estado y las Comunidades Autónomas en materia de Educación.

Al día siguiente, esto es, el día 13 de marzo de 2020, el Presidente del Gobierno declaró el estado de alarma previsto en el artículo 116.2 de la Constitución Española y regulado en la L ey Orgánica 4/1981, de 1 de junio, de los estados de alarma, excepción y sitio . De acuerdo al artículo 4.b) de la referida Ley Orgánica, procederá la declaración de este estado de alarma ante “crisis sanitarias, tales como epidemias y situaciones de contaminación graves”, por lo que la medida, desde una perspectiva jurídica, es la adecuada a la situación.

Jurídicamente, el estado de alarma se vehiculó a través del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, en el que se adoptaron las siguientes medidas generales por un plazo de quince días, prorrogables, que implicaban el confinamiento parcial de la población:

a) Se limita la circulación de personas por vías y espacios públicos, que sólo estará permitida a nivel individual para el ejercicio de algunas actividades, principalmente la adquisición de alimentos y productos farmacéuticos, el desplazamiento a centros sanitarios y el traslado al lugar de trabajo (artículo 7 RDL 463/2020)

b) El Gobierno podrá acordar la requisa temporal de todo tipo de bienes necesarios (artículo 8 RDL 463/2020)

c) Se acuerda el cierre de bares, restaurantes, discotecas, museos, bibliotecas, espectáculos deportivos, verbenas, desfiles y fiestas populares (artículo 10 RDL 463/2020)

d) Se adoptan medidas de aseguramiento del abastecimiento alimentario (artículo 15) y se garantiza la prestación de los suministros esenciales (artículo 17 RDL 463/2020).

Hasta la fecha, se han acordado dos prórrogas del estado de alarma. La primera de ellas fue publicada en el Boletín Oficial del Estado en fecha 28 de marzo de 2020 y la segunda prórroga, a pesar de que fue aprobada ayer día 9 de abril de 2020, todavía no ha sido publicada en el Boletín Oficial del Estado. De momento, es un hecho cierto que el estado de alarma va a tener una extensión mínima de 45 días.

Cabe señalar que el Gobierno de España, al objeto de minimizar todavía más la propagación del COVID-19 en la población española, acordó en fecha 29 de marzo de 2020 el confinamiento total de la población por plazo de 15 días, suspendiendo toda actividad no esencial hasta el día 13 de abril de 2020.

2.- Medidas de carácter sanitario

El Gobierno de España, a partir de la declaración del estado de alarma, adoptó un primer paquete de medidas de orden sanitario que tenía por objeto reforzar el Sistema Público de Salud. En concreto, se ha destinado una partida presupuestaria de 3.800.000.000 € que será gestionada tanto por Ministerio de Sanidad como por las Consejerías de Salud de las diferentes Comunidades Autónomas para hacer frente a las necesidades inmediatas que se derivaran de la pandemia del SARS-CoV-2; limitando, a su vez, el precio de los medicamentos, al objeto de evitar una exponencial subida de precios en situación de escasez.

Asimismo, se han creado hospitales de campaña para poder derivar a los enfermos y descongestionar los centros de salud, que en pocos días quedaron absolutamente saturados por el aumento descontrolado de casos de COVID-19. Un ejemplo paradigmático del uso de espacios públicos para albergar enfermos de COVID-19 es el hospital de campaña instalado en el IFEMA, en Madrid, que puede albergar hasta 5.500 enfermos y que dispone de 60 camas con toma de oxígeno y 17 Unidades de Cuidados Intensivos.

Adicionalmente, se ha adquirido material sanitario necesario para afrontar la pandemia, como equipos de protección, mascarillas, guantes y test para identificar a los contagiados, tanto por parte del Gobierno central como por parte de las Comunidades Autónomas; pueso que el material existente era absolutamente insuficiente. Para que nos hagamos una idea de la cantidad de material médico que se ha adquirido, el Estado ha entregado a la Generalitat de Catalunya el siguiente material sanitario desde el inicio de la pandemia:

  • 704 respiradores
  • 7.334.699 mascarillas
  • 31.221 gafas de protección.
  • 4.216.782 guantes de nitrilo.

Y es que ése ha sido uno de los principales problemas con los que se han encontrado los profesionales sanitarios ante el COVID-19: la falta de medios para resguardarse de la infección mientras trabajan con cargas virales monstruosas han procurado que haya más de 20.000 médicos y enfermeras infectados en España a día de hoy, que se sepa. De hecho, os propongo el juego de las siete diferencias con la imagen que os pongo a continuación que corresponde a diferentes momentos en el Hospital de la Vall D’Hebrón de Barcelona (en el que nací, por cierto). Venga, os lo pongo fácil: hay una bolsa de basura y un gorro de ducha en una de las fotos:

3.- Medidas de carácter económico

A poco más de una década de la gran crisis económica de 2008 y en plena recuperación, la crisis sanitaria de 2020 ha afectado gravemente a la economía española. Para que os hagáis una idea aproximada del drama, cabe señalar que se han perdido casi 900.000 puestos de trabajo en poco menos de dos semanas, ERTE’s aparte. El desastre no ha hecho más que empezar y los datos son poco halagüeños; si bien cabe señalar que esta crisis económica derivada de la crisis sanitaria tendrá forma de V: será muy pronunciada, pero menos prolongada en el tiempo.

Frente a ello, el Gobierno de España ha aprobado varios paquetes de medidas que pretenden amortiguar el duro golpe que va a suponer esta crisis sanitaria para trabajadores y empresarios. Ni que decir tiene que todo ello se traducirá en endeudamiento, pero no tomar ninguna medida podría suponer el colapso del sistema. Las medidas más relevantes son las siguientes:

a) En materia de vivienda, se ha acordado la suspensión de desahucios, la moratoria obligatoria de las cuotas hipotecarias, una prórroga de los contratos de alquiler, entre otras medidas de carácter puramente económico (artículos 1 a 27 del Real Decreto-ley 11/2020, de 31 de marzo)

b) En materia de ayudas económicas a población vulnerable, se ha acordado la ampliación del Fondo de Contingencia en la cifra de 300.000.000 € (artículo 3 del Real Decreto-ley 8/2020, de 17 de marzo)

c) En materia de respaldo financiero a empresas mercantiles, se ha creado una línea del ICO que ofrece avales por importe de hasta 100.000.000.000 € (artículo 29 del Real Decreto-ley 8/2020, de 17 de marzo)

Existiendo muchas más medidas de carácter económico que las relacionadas anteriormente diseminadas en diferentes Reales Decretos y órdenes gubernativas, éstas son las principales -añadiéndose, por supuesto, la ya señalada anteriormente en materia sanitaria-. Las especiales circunstancias de estas ayudas, que no consisten en meras transferencias de fondos, en principio evitan que se diluyan en redes de corrupción política; pero en este país nada es imposible.

4.- Medidas de evitación del pánico

Desde la declaración del estado de alarma, en fecha 14 de marzo de 2020, el Gobierno de España ha estado realizando una rueda de prensa diaria, ya sea con los responsables técnicos y sanitarios del Gobierno, ya sea con Ministros, ya sea con el propio Presidente del Gobierno; emitiéndose de manera paralela en televisiones, radios o la plataforma YouTube. Esta medida, en efecto, tranquiliza a la población, pues, aunque muchas veces tengan poco contenido estas ruedas de prensa o alocuciones del Presidente del Gobierno, se da una sensación de transparencia. Transparencia, cabe decir, que al principio no era tal: las preguntas de la prensa pasaban un filtro. No obstante, el Gobierno supo reaccionar y a fecha actual permite la realización de preguntas libres a la prensa a través de medios telemáticos.

Estas ruedas de prensa vienen acompañadas de documentación a la que se tiene acceso a través de la página web del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar y que se actualiza diariamente a las 12:00h. Esta documentación aporta cifras actualizadas de número de contagios, recuperados y fallecidos, así como numerosa estadística que te permite estar informado de los datos que maneja el Gobierno desde una perspectiva oficial.

Algunas noticias, como la que he indicado al principio del artículo relativa a recuento de fallecidos por COVID-19, socavan la credibilidad del Gobierno de España; pero de momento, la situación parece bastante controlada, pese a que ya han sonado algunos tambores de pánico.

En lo relativo a las medidas adoptadas por el Gobierno de España en la crisis sanitaria de 1918, recurriré, de nuevo, a la espectacular tesis efectuada por la Doctora Maria Isabel Porras Gallo. He de reconocer que este documento es el que más me está ayudando en la elaboración de estos artículos y no puedo sino estar agradecido del trabajo efectuado por esta profesional de la medicina. Veamos qué decisiones gubernativas se tomaron hace más de un siglo para una problemática similar a la actual:

1.- Medidas generales

Durante el primer brote de la epidemia del A/H1N1-18 en España, y concretamente en la ciudad de Madrid, no se tomaron más medidas que recomendar que los ciudadanos aplicaran criterios de higiene básicos, como lavarse las manos y la ropa, y acordar la desinfección de algunos recintos con mucha afluencia de personas. En definitiva, no se acordó ninguna medida de limitación de la circulación o confinamiento, ya sea parcial o total.

Esta absoluta falta de medidas durante la primera oleada de la epidemia contrasta con las decisiones gubernativas adoptadas durante la segunda oleada, pues el brote de gripe se recrudeció de manera palpable y se puso de manifiesto la necesidad de tomar decisiones más contundentes que recomendar a la ciudadanía que se “lavara las manos”:

  • Cierre de fronteras para extranjeros enfermos.
  • Controlar a los viajeros dentro del territorio y hospitalizar inmediatamente al que presentara síntomas.
  • Aplazamiento y suspensión de ferias y festejos.
  • Cierre de colegios públicos.

Utilizo la palabra contundente por no utilizar la palabra ridícula, ya que estas decisiones distan mucho de ser drásticas: se adoptaron medidas incompletas, ineficaces, parciales, que parecían fruto de una improvisación a salto de mata. El ejemplo del cierre de colegios era especialmente sangrante: bares, restaurantes, Iglesias y teatros se mantenían en activo, por lo que el virus seguía transmitiéndose con total libertad, pese a las torpes desinfecciones de estos recintos. Sirva de ejemplo este folleto de una función de teatro celebrada el 12 de octubre de 1918 a la que asistió, junto a cientos de personas, el Rey Alfonso XIII (que cayó enfermo de la gripe provocada por el virus A/H1N1-18, dicho sea de paso)

2.- Medidas de carácter sanitario

El Gobierno de España, a partir del día 30 de mayo de 1918, acordó que se utilizarían todos los hospitales y médicos de la ciudad de Madrid para paliar la epidemia, asumiendo el Estado todos los costes derivados. Asimismo, se acordó la creación de “barracas Docker (hospitales militares desmontables de madera) para apoyar a los hospitales, que rápidamente se verían saturados. El problema, es que la creación de estos barracones se demoró hasta mediados de junio, cuando el pico de la epidemia ya se había rebasado.

Por ello, aunque llegaron tarde, se tomaron medidas para que todo el mundo tuviera acceso a hospitales o barracones medicalizados. Ello no implicaba una atención adecuada, pues la escasez de medios era endémica, pero al menos no dejaron morirse a la gente en la calle.

Además de lo expuesto, el Gobierno de España hizo una provisión de medicamentos y respiradores a los hospitales y desplazó a numerosos médicos a los territorios más afectados, que cobraban una dieta de 30 pesetas diarias (equivalente, a fecha actual, teniendo en cuenta un incremento del 450% del IPC en más de un siglo, a unos 100 €). No obstante, seguía habiendo escasez de medios y el uso masivo de determinados medicamentos provocó un incremento de precio absolutamente inasumible. El Gobierno solicitó un inventario de todos estos medicamentos a los principales fabricantes y proveedores al objeto de requisarlos para su utilización, pero esta medida resultó insuficiente.

3.- Medidas de carácter económico

El Consejo de Ministros aprobó, a petición del Ministro de Gobernación, una partida de 250.000 pesetas (equivalente, a fecha actual, siguiendo el criterio señalado anteriormente, a unos 800.000 €) para la “defensa de enfermedades evitables”, alegándose para justificar esta ayuda no la gripe derivada del A/H1N1-18, sino una suerte de tifus que estaba propagándose en Portugal. Se utilizó esta artimaña para evitar que cundiera el pánico en la población… pero de nada sirvió esta partida presupuestaria, pues se aprobó a finales de junio de 1918, cuando la epidemia estaba remitiendo.

Con la segunda oleada de la pandemia pasó algo parecido: se aprobó una ayuda de 3.750.000 pesetas (equivalente, a fecha actual, siguiendo el criterio señalado anteriormente, a unos 12.000.000 €), pero llegaron tarde, por lo que tuvo más repercusión en la recuperación de la economía que en sufragar los costes de la epidemia.

¿Adónde fueron estos socorros, como se llamaban en la época? No os lo imaginaréis: a engrosar los bolsillos de unos cuantos políticos corruptos. De hecho, algunos gobernantes utilizaron esas ayudas para adoquinar las calles de sus municipios a y obtener prebendas en lugar de socorrer a enfermos y comerciantes. No todas las ayudas tuvieron ese destino, pero más de las que hubieran sido deseables acabaron diluidas en la corrupción política. Eso tampoco es nuevo, como podéis comprobar.

4.- Medidas de evitación del pánico

A fecha 1 de junio de 1918, el Ministro de Gobernación emitió una nota de prensa, tras haberse reunido con los médicos más importantes de Madrid, con el objeto de informar a la población de la situación de la pandemia, una vez se hubo hecho pública en la capital durante el día anterior. Esta nota de prensa hacía hincapié en la escasa incidencia de la epidemia en la población, pues todavía no se habían detectado muchos casos de especial gravedad. Tenía un objetivo más político que técnico: evitar el pánico. La realidad les pasó por encima, por supuesto, así que el objetivo no se cumplió en absoluto.

Por desgracia, en la segunda oleada del A/H1N1-18, que tuvo lugar en el mes de octubre del mismo año, las medidas adoptadas para tranquilizar a la población resultaron totalmente contraproducentes: se trató de ocultar el alcance real de la epidemia. No obstante, gracias a la prensa, tanto la general como la médica, el escándalo salió a la luz, socavando la autoridad del Gobierno y la confianza de la población. El Gobierno trató de reaccionar contando con la colaboración del prestigioso doctor Gregorio Marañón, que ofreció a la ciudadanía consejos de profilaxis para evitar contagios, pero era demasiado tarde: la ciudadanía no confiaba en sus gobernantes y exigía resultados que nunca llegaron.

En definitiva, toda medida adoptada para evitar el pánico por el Gobierno de España ante la crisis sanitaria de 1918 fue inútil, cuando no contraproducente. Se las podrían haber ahorrado directamente y, al menos, la población no habría tenido la sensación de estar en manos de inútiles.

No diré mucho más, ya que después de 3.500 palabras, lo último que quiero es taladraros más la cabeza, así que me limitaré a agradeceros la atención si habéis llegado hasta aquí. En el siguiente artículo, continuaremos con nuestro análisis comparativo.

03.04.2020 01:31

Artículo anterior de la seriehttps://www.granollersonfire.com/news/historias-de-espana-de-pandemia-a-pandemia-1918-i/

Parece que llega, pero no. El famoso pico al que tanto se refería la cara visible del Gobierno en esta crisis sanitaria, Fernando Simón, no llega, o no se hace notar. Superada Italia, seguimos conteniendo la respiración. Un día más es un día menos, nos repiten. Nos repetimos. La tensión y el pánico, necesariamente, aumentan, al ver que las medidas adoptadas por las autoridades no tienen resultados instantáneos. Sabemos que hay que pagar el precio, lo tenemos muy claro, pero éste no cesa de crecer, añadiéndose nuevos conceptos a la factura, día a día. Tras 21 días de confinamiento, todavía no vemos la luz al final del túnel, todavía no tenemos un motivo de celebración. Sí, yo también tengo esos pensamientos. También tengo esa angustia. Pero, con independencia de todo ello, y continuando con lo indicado en el anterior artículo dedicado a este asunto, debemos conservar la calma. Continuar poniendo perspectiva, espacio, tierra de por medio, como un abogado que analiza mucho mejor un caso siendo un tercero imparcial que el cliente al que le afecta personalmente. Os lo digo por experiencia profesional.

En el anterior artículo, pudimos comprobar que nada de esto es nuevo y que de peores baches hemos salido. De hecho, este virus es menos letal que la mal llamada gripe española de 1918 y hoy en día tenemos recursos que no existían en ese momento; además de no estar inmersos en una cruda guerra de trincheras en toda Europa, ni que decirlo tiene. Y esperad a conocer todavía más datos comparativos, pues, al final, esta situación actual os parecerá un pequeño guijarro en el camino y no una montaña infranqueable.

Sigamos.

Situación del Gobierno de España y de la sociedad española

Antes de analizar las reacción del Gobierno de España, las medidas adoptadas, su incidencia social, la reacción de la población y, por último, las consecuencias de la pandemia, vamos a situar la coyuntura política y social española que se ha encontrado el SARS-CoV-2 en el año 2020 y que se encontró el A/H1N1-18 en el año 1918. Este telón de fondo es muy importante para encuadrar la fotografía del momento y entender mucho mejor las decisiones, tanto políticas como sociales, que se han adoptado en cada circunstancia.

La España de 2020 está configurada por una sociedad plural, abierta, cosmopolita, medianamente culta, económicamente estable, pese al trasiego de 2009, y que con sus más y sus menos puede equipararse a cualquier otra nación occidental. Por supuesto, no todo es oro, ni reluce como tal, pero en comparación con la desastrosa historia que ha vivido nuestro país en las últimas tres centurias, los más de 40 años de democracia posteriores a la dictadura franquista nos han situado en una posición que, a mi parecer, nos permite ser una sociedad acomodada. Tenemos una de los mejores sistemas sanitarios del mundo, pese a los recortes, disponemos de profesionales de gran prestigio, pese a la fuga de cerebros, tenemos acceso a alimentación, servicios y comodidades de toda clase, disponiendo asimismo de una de las mayores esperanzas de vida del mundo: 83 años. No todos tenemos un BMW ni un piso en la playa, pero no tenemos que compararnos con Beverly Hills, sino con cómo vive el 80% de la Humanidad: en la más absoluta de las pobrezas. Ello no implica que no haya muchos puntos de mejora y que no tengamos que quejarnos más y mejor a nuestros gobernantes, pero seamos claros: no estamos tan mal.

El Gobierno, a fecha actual, lo ocupa el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en coalición con Unidas Podemos, por lo que, en principio, en España gobierna la izquierda tradicional con la "izquierda postmoderna", por ponerle un título al partido de Pablo Iglesias. Por supuesto, aquí entraríamos en muchos dimes y diretes sobre qué es la izquierda y si estos partidos realmente la representan, pero no es el momento ni el lugar de entrar en estas disquisiciones. La formación de este Gobierno fue equivalente a un mal parto por cesárea, con varias elecciones, con negociaciones a puerta cerrada con la calculadora en la mano y con la necesaria abstención de partidos regionalistas de dudosa o nula lealtad. Dicho de otro modo, el Gobierno no es estable, no tiene apoyos suficientes, depende de terceros y no lleva ni seis meses organizándose. Las papeletas para el desastre están sobre la mesa. Y ello sin entrar a valorar las puñaladas por la espalda que los Gobiernos autonómicos le van descerrajando al Ejecutivo español a la que pueden. No me gustaría nada estar en la piel de Pedro Sánchez.

En definitiva, la situación actual se puede resumir del siguiente modo: buen buque, pero malos marineros en manos de capitanes dubitativos. No hace falta que os explique cómo acabó el Santísima Trinidad, ¿verdad? En fin, esperemos que las comparaciones y los símiles no alcancen al desastre de Trafalgar.

En comparación, la España la 1918 estaba configurada por una gran masa de proletariado urbano e industrial que malvivía de exiguos salarios. El índice de analfabetismo rondada el 50% y la esperanza de vida rondaba los 40 años, teniendo en cuenta la falta de higiene, las duras e insalubres jornadas de trabajo de 65 horas semanales y la total ausencia de sistemas públicos de salud. Por supuesto, había un pequeño grupo de privilegiados que se hicieron literalmente de oro durante esta década gracias a la neutralidad de España en la Primera Guerra Mundial, pero la distancia entre clases se intensificó más en lugar de retroceder. Había hambre. A todo ello le añadimos, por supuesto, una Iglesia intransigente, un sistema político ineficaz, las tensiones regionalistas, numerosos atentados terroristas, el ruido de sables derivado de las Juntas de Defensa, las constantes huelgas o las ideas de revolución bolchevique exportadas de la revolución rusa y nuestra habitual mala leche. Un inestable polvorín, vamos, que acabó con la dictadura de Primo de Rivera en 1923 antes de que estallase en pedazos. Cabe decir que el ciudadano medio europeo no estaba mucho mejor que el español, pero la falta de encaje de la España anclada al conservadurismo con la España que trataba de avanzar nos añadían problemas adicionales y muy propios. Os suena, ¿verdad?

En cuanto al Gobierno, en fin, sólo diré que en el periodo comprendido entre 1918 y 1919 hubo nada menos que siete cambios de Presidente del Consejo de Ministros (equivalente al actual Presidente del Gobierno). Durante la pandemia del A/H1N1-18, este cargo lo ostentaron Antonio Maura y Montaner, conservador balear, y Manuel García-Prieto, liberal leonés. En los dos casos, y hasta que en 1923 se acabó instaurando una dictadura, tuvieron que conglomerar a varios partidos en gobiernos de concentración nacional. Los puñales bailaban como en la época de los godos. Las medidas sociales que adoptaron los diferentes gobiernos para tratar de colmar las esperanzas de la población tras el estallido de la revolución rusa fueron absolutamente insuficientes y las revueltas eran muy habituales. La convulsa sociedad española tuvo que ser reprimida por el Ejército en no pocas ocasiones, propiciando la creación de un estado semipolicial que en muchas ocasiones operaba por orden del Rey Alfonso XIII (bisabuelo del actual Rey) más que por orden del Consejo de Ministros, cada vez más endeble desde la crisis de 1917. El sistema que se había implando con la Restauración estaba al borde del colapso.

En definitiva, en 1918, España no sólo no tenía un buen buque, sino que su pequeño esquife hacía aguas al mando al son de los azotes del cómitre y con un capitán nuevo a cada milla recorrida. Desde luego, si no habéis respirado con desahogo tras leer estos dos párrafos, comparándolos con la actualidad, es que no los habéis leído del todo bien. Hacedlo de nuevo. Podemos darnos con un canto en los dientes por habernos tocado vivir una pandemia en 2020, pese a los peros y los aunques que me planteéis.

Reacción del Gobierno

Sobre el lienzo que hemos extendido, vamos a empezar a pintar el cuadro con un elemento que es capital en la lucha contra cualquier pandemia: cómo y sobre todo cuándo reacciona el Gobierno, que al cabo es el que tiene que tomar las medidas que procurarán la mitigación, contención y, en último término, la reducción de la pandemia. Por eso es tan importante conocer cuál es la situación concreta del Gobierno en el momento que ocurre este desastre médico, porque tanto su capacidad de reacción como la efectividad y coherencia de sus medidas tiene mucho que ver con quién toma estas decisiones y en qué postura se encuentra.

Centrándonos, primeramente, en el SARS-CoV-2, debemos señalar que el inicio de la pandemia tiene su origen en diciembre de 2019 en la región de Hubei, China. Al principio, no se sabía exactamente qué ocasionaba la enfermedad detectada (COVID-19), pero a mediados de enero se descubrió que la causaba el virus que desgraciadamente todos conocemos hoy en día. Transcurrido el mes de enero de 2020, la OMS declaró la alerta sanitaria internacional, al haberse confirmado más de 7.700 casos en China y otros 83 casos en 18 países extranjeros (entre ellos, España, con un infectado en La Gomera). Durante el mes de febrero de 2020, el virus creció de manera exponencial no sólo en su foco principal, China, que alcanzó los 80.000 casos, sino en el resto del mundo; en concreto, Italia ya registraba, a final de mes, más de 1.000 casos; Irán casi 600 casos y España, 45 casos (estas cifras las podéis comprobar en este enlace). Frente al avance imparable del SARS-CoV-2, la OMS declaró en fecha 11 de marzo de 2020 la alerta de pandemia internacional, aumentando su nivel de alerta. La oleada de casos que iba a solar toda Europa empezó ese mismo fin de semana. El resto ya lo conocéis sobradamente.

 

Debe señalarse, asimismo, que según los estudios efectuados por expertos virólogos en el país que mejores medidas ha adoptado, a saber, Corea del Sur, aproximadamente un 20% de los infectados son asintomáticos. A ello debemos añadir que una parte muy importante de los infectados (el 80%, incluyendo los asintomáticos) sólo presentan síntomas leves, prácticamente indiferenciables de un catarro o gripe común, aunque más persistente. Por ello, si se han detectado 100 casos, debemos presumir que hay al menos 500 infectados, sino más; y mucho más teniendo en cuenta que pocos países tienen test suficientes para poder identificar los casos leves que, en la mayoría de los casos, no se reportan.

El Gobierno de España no tomó medidas de confinamiento selectivo hasta el 14 de marzo de 2020 (5.753 casos detectados y 136 muertos) y no tomó la decisión de aplicar medidas de confinamiento total hasta el 31 de marzo de 2020 (94.417 casos detectados y 8.189 fallecidos). El fin de semana anterior a la declaración del estado de alarma permitió que se celebraran manifestaciones multitudinarias y que la población continuara con su gregario estilo de vida pese a rozar los 1.000 casos detectados y tener más de 10 muertos. Los números oficiales son esos y los criterios que he señalado en el párrafo anterior son los que son; por lo que puedo aseverar, sin ánimo a equivocarme, que se ha actuado tarde y de manera parcial. Al menos, interpreto que el Gobierno ha tenido en cuenta otros criterios ajenos a los exclusivamente médicos para adoptar sus decisiones. Y éste no es sólo un criterio personal, sino que hasta en el Ney York Times se han hecho eco de las consecuencias que ha tenido esta tardanza.

¿Qué han hecho otros países? El más efectivo en el control de la pandemia fue la propia Chinaconfinamiento total a toda la población de Wuhan el día 23 de enero de 2020, con 800 casos detectados; o Corea del Sur, confinamiento parcial a toda la población el día 21 de febrero de 2020, tests masivos y férreas medidas de control, con 150 casos detectados. Las medidas resultaron muy eficaces y se controló la pandemia en poco menos de un mes. No obstante, no os preocupéis, que hay otros países que han actuado todavía más tarde que España, como el Reino Unido: confinamiento parcial de la población el día 24 de marzo de 2020, con 8.200 casos detectados.

Centrándonos, en segundo lugar, en el A/H1N1-18, cabe señalar que, como ya podemos analizarla en pasado, disponemos de información completa y no parcial sobre la incidencia, el desarrollo y mitigación de la enfermedad. Evidentemente, las limitaciones de la época nos impiden aplicar el nivel de precisión que a mí me gustaría, pero todavía no puedo viajar al pasado, así que me tengo que conformar con los escasos datos que hay. El caso es que la “gripe española” de 1918 se desarrolló en tres oleadas:

  • Primera oleada: De marzo de 1918 a junio de 1918. Surgió en Estados Unidos y se desplegó por toda Europa en mayo de 1918 tras el despliegue de tropas americanas en la ciudad de Brest, Francia. Se declaró el estado de pandemia mundial en junio de 1918. Esta primera oleada fue más benigna, pero con una capacidad mayor de contagios

  • Segunda oleada: De agosto de 1918 a noviembre de 1918. Surgió de nuevo en los principales focos de infección; principalmente, Estados Unidos y Francia. En septiembre de 1918, toda Europa volvía a estar Infectada y, por mediación de Lisboa, se extendió el virus por Sudamérica. Esta segunda oleada fue mucho más agresiva, generándose cuadros clínicos más complicados, pero su capacidad de contagio se redujo considerablemente.

  • Tercera oleada: De enero de 1919 a abril 1919. Surgió con levedad en los núcleos poblacionales que quedaron más afectados por las anteriores oleadas. La incidencia fue mucho más limitada en cuanto a mortalidad y contagios que en las anteriores.

En España, el primer brote conocido debemos situarlo en la ciudad de Madrid durante la segunda quincena del mes de mayo de 1918. Durante esta segunda quincena de mayo de 1918, se expandió a Cuenca, Toledo, Salamanca y Cádiz, principalmente por la movilización de tropas del ejército regular, pues España no estaba en guerra. En junio de 1918 se detectaron casos en todo el país, con menor incidencia en los archipiélagos. El segundo brote dio comienzo en septiembre de 1918 y alcanzó su cénit en octubre de ese mismo año, teniendo más incidencia en Levante que en las zonas interiores. El tercer brote, que se confundió con una ampliación de la segunda oleada de contagios, tuvo un avance muy limitado, aunque el último enfermo en sanar se sitúa a finales de junio de 1919.

Por desgracia, no disponemos de evolución de casos diarios, ni cifras de recuperados, muertos y demás información necesaria para poder determinar si la reacción del Gobierno fue pronta o tardía, si fue correcta o incorrecta teniendo en cuenta los medios de la época. En todo caso, sí que se sabe que, durante el mes de mayo de 1918, las autoridades públicas tenían información suficiente para determinar que, al menos en Madrid, había una grave epidemia de gripe.

Según la información que puedo extraer de la tesis de la Doctora Maria Isabel Porras Gallo, el Gobierno local de la ciudad de Madrid, población que tuvo el dudoso honor de erigirse como el primer foco de la pandemia en España, no reconoció de manera oficial la gravedad de la situación hasta el 31 de mayo de 1918, cuando la situación ya estaba descontrolada. ¿Los motivos? De lo más pueriles: querían que no se vinculara la existencia de esta enfermedad con la contaminación de las aguas de Madrid que se podría haber causado por la remoción de tierras para la adecuación del alcantarillado público. Con ése objeto y para no causar, asimismo, una situación de pánico, actuaron tarde; puesto que el virus ya se había extendido a otras cuatro provincias españolas. El Gobierno de España actuó como un perro secándose: el Ministro de Gobernación, en sesión del mismo 31 de mayo de 1918, reconoció la existencia de una epidemia, pero derivó toda la responsabilidad de contenerla a la gobernación local de Madrid y a la “ciencia médica. Posteriormente, se tomaron medidas por parte del Gobierno de la nación, principalmente por la insistencia de algunos diputados como el conservador D. José Álvarez Arranz, pero las medidas, que fueron absolutamente insuficientes, llegaron cuando la epidemia estaba en su máximo apogeo y ya había sido declarada pandemia internacional.

¿Qué hicieron otros países? Todos los que estaban enzarzados en la Primera Guerra Mundial, aplicaron una fuerte censura, sobre todo en el frente, para evitar la generación de pánico; aunque ello no significaba que, algunos países, como Estados Unidos, que era nación contendiente en suelo extranjero, sí tomara medidas en su suelo propio: aplicó medidas de confinamiento acordadas por las instituciones locales, por lo que se dieron diferentes situaciones en función de la rapidez y la contundencia con la que actuaron dichas instituciones. Uno de los ejemplos más paradigmáticos es la comparación de las medidas adoptadas y la fecha de adopción de estas medidas entre las ciudades de San Luís y Filadelfia. El siguiente gráfico es muy revelador:

Así que, si estáis angustiados desde vuestro confinamiento domiciliario con todas las comodidades del mundo y os parece insuficiente y tardía la respuesta del Gobierno, poneos, aunque sea un minuto, en la piel de un francés de 25 años que combatía en una trinchera del Somme en 1918 con dos enemigos: uno delante, que lo ametrallaba, gaseaba y bombardeaba; otro detrás, invisible, que lo podía matar en una semana sencillamente por compartir barracón con un infectado. Y todo ello teniendo en cuenta que, desde París, se miraba para otro lado.

En el próximo artículo, veremos qué medidas se aplicaron en 1918 y qué medidas se están aplicando en 2020 para combatir sendas pandemias. La reflexión será la misma, os lo aseguro: agradeceréis estar viviendo en el siglo XXI.

01.04.2020 19:00

Un día más es un día menos, dicen. Un día más en la vida es un día menos hacia la muerte, en efecto, pues el reloj, pese a lo que ocurra fuera de nuestras fronteras epidérmicas, continúa corriendo. Los granos de arena pasan por el cuello de nuestro reloj, cayendo del recipiente opaco de lo que está por venir al recipiente cristalino de lo que ya ha pasado, sin freno, sin que nada pueda paralizarlo. Un día más es un día menos, repiten, pero no creo que se refieran a la muerte, sino más bien a la recuperación de nuestra vida. Y es que, aunque el reloj no se detenga, sí que lo hemos hecho nosotros. Encerrados, confinados, guardados en un cajón con ventanas. Esperando. Tic, toc, tic, toc. Un día más es un día menos. Un día menos para que esta pandemia postmoderna deje de acongojar a todo el mundo. Un día menos para encontrar una vacuna. Un día menos hasta que la curva de infectados deje de crecer de modo desaforado. Un día menos hasta que dejemos de contar muertos como el que cuenta los puntos de su equipo de fútbol en la tabla de clasificación. Un día menos para que hospitales, ambulatorios, morgues y crematorios dejen de estar saturados. Un puto día menos. Pero qué largos se hacen.

No, no es una queja. Yo estoy sano o, al menos, eso creo. No presento síntomas o si los he presentado, no se han manifestado con virulencia, por lo que ni me habré dado cuenta. Puede que esté infectado o que lo haya estado, pero no lo sé y puede que no lo sepa durante mucho tiempo. Soy joven, tengo una salud de hierro, el sistema inmunológico como una roca y llevo más de dos semanas sin estar expuesto a cargas virales de ninguna clase. Ello no es garantía de nada, pues personas sanas han caído en este combate contra el COVID-19, pero es un hecho que hoy puedo constatar. Ningún familiar mío parece haber sido infectado o, si lo ha sido, no ha pasado a mayores. Tengo comida, internet, comodidades, suministros, cuatro paredes en las que pasar este confinamiento. Yo no merezco el más mínimo comentario, ni siquiera una palabra de ánimo, ni por supuesto que nadie me diga qué bien lo estoy llevando o qué entereza muestro. Mi angustia, mis miedos, mi aburrimiento, mi insomnio, son ridículas consecuencias de esta pandemia. No, no es una queja. En absoluto.

Lo que pretendo, en todo caso, con este artículo, es que pongamos un poco de distancia sobre lo que está pasando actualmente poniéndolo en comparación con otras situaciones semejantes a las que nos hemos enfrentado. Y con ello no pretendo quitarle importancia. Yo soy tan nuevo ante esta tesitura como el que está leyendo estas líneas, como el tipo que compra media tonelada de garbanzos en conserva, como el que no deja de ver las noticias, aterrorizado, como el médico o la enfermera que llora amargamente al finalizar su jornada de trabajo sin haber podido hacer nada por salvar a sus pacientes, como el padre de familia que ha tenido que cerrar su restaurante sin saber cuándo podrá volver a generar ingresos; en definitiva, como cualquiera que esté padeciendo cualquier consecuencia, sea leve, grave o letal, de esta pandemia. Me sobrepasa, como a cualquiera. Por eso creo que es importante la reflexión. Pararse a pensar. Darle a todo un par de vueltas.

La primera y fundamental reflexión que debemos hacer es evidente: somos mortales. Parece que lo habíamos olvidado como sociedad, pero este es un hecho irrefutable que en ocasiones se muestra con especial crueldad, como en estos momentos. Por muchas vacunas, medicamentos y medidas de sanidad e higiene que dispongamos en Occidente, seguimos siendo tan frágiles como cualquier ser humano que viva en cualquier parte del Globo. Por muchos medios técnicos y por muchos avances médicos que dispongamos, la naturaleza siempre nos llevará la ventaja. Por mucho que médicos y científicos de todo el mundo lleven milenios de investigación, desarrollo y experiencia, siempre habrá un terreno inexplorado ahí fuera que los superará. No, no estamos a salvo. Nunca lo hemos estado y nunca lo estaremos. Podemos minimizar los riesgos, podemos mejorar las expectativas, pero hemos de ser conscientes de que es una guerra que no vamos a ganar nunca, sino que, en el mejor de los casos, podemos reducir sus consecuencias. Esta lucidez, necesaria, nos permite aceptar una realidad dura, agria, desgarradora si me apuráis, pero que nunca debemos olvidar: somos frágiles y mortales y siempre seremos frágiles y mortales. Y hay que vivir siendo conscientes de esta circunstancia.

¿Tiene sentido luchar una guerra que siempre vamos a perder? Por supuesto que lo tiene. Y cuando echemos un vistazo a nuestra historia veremos el motivo, aunque creo que es más que evidente. Lo que carece de sentido, en todo caso, es recordar nuestra fragilidad sólo cuando pintan bastos; y ahí aparece mi segunda reflexión: esta pandemia no va a servir de nada. Siento ser pesimista, pero no tiene ningún sentido que me engañe a mí mismo ni que trate de engañaros a vosotros. La sociedad está conteniendo el aliento sólo el tiempo suficiente para volver a inhalar su consumismo, su estilo de vida desenfrenado, su olvido selectivo. En efecto, y por fortuna, no todo el mundo seguirá ese patrón, pero para muestra, un botón: bien que se aplaude a los médicos cada día a las 20:00h, gesto gratuito que nada cuesta, pero ello no es óbice de que haya personas haciendo un acopio innecesario de víveres sin importar que otras personas queden desabastecidas. Las penosas imágenes de personas con cientos de rollos de papel higiénico quedarán grabadas como muestra de la infamia insolidaria e individualista que ha emergido durante esta crisis. No, lo siento, pero no tengo fe en ello. 

Y, al final, todo es lo mismo, concluyendo las reflexiones parciales en una reflexión final: recordar nuestra fragilidad nos genera miedo, que se acrecienta exponencialmente al ver peligrar nuestro distendido modo de vida, por lo que la respuesta que se genera es el pánico. Un pánico irracional, animal, paralizante, que nos hace apartarnos de nuestro mayor logro como especie: el uso de la razón. Sobresaturados de información, entramos en una especie de catarsis de miedo, angustia y pánico, por lo que actuamos como verdaderos chiflados. Por ello, no sólo hay que combatir médicamente la enfermedad, no sólo hay que tomar medidas para disminuir su incidencia, sino tratar de paliar algo mucho más etéreo, pero mucho más lacerante, como es el miedo.

Así que os invito a que dejéis esta locura, aunque sea de manera temporal, y me prestéis un poco de atención. Pongamos perspectiva. Altura. Tiempo. Viajemos al año 1918 para descubrir otra pandemia de similares características que la actual: la que corresponde a la llamada gripe española. Desde luego, de española tenía poco esta gripe, ya que el paciente 0 fue un norteamericano que provocó la expansión del virus a través de Francia desde Kansas, pero la leyenda negra, por un lado, y el impacto mediático que provocó esta pandemia en España, que era neutral en la Primera Guerra Mundial y no aplicó censura en los medios de comunicación, provocaron que esta gripe tuviera apellido español. Malditos anglosajones.

LA GRIPE ESPAÑOLA DE 1918

En fin, con independencia del mal nombre de la enfermedad, cuya nomenclatura médica es A/H1N1 (la misma que la gripe porcina de 2009, pues es el mismo tipo de virus), que es la que usaremos para hablar con propiedad, disponemos de abundante bibliografía que nos puede servir para que podamos hacer esas odiosas comparaciones que hacíamos en febrero con China y que hacemos hoy con Italia. En concreto, yo me he valido de la siguiente documentación, que podéis verificar, si queréis, en caso de que tengáis dudas sobre los datos que ofrezco:

  • Tesis de Maria Isabel Porras Gallo titulada “Una ciudad en crisis: la epidemia de gripe de 1918-19 en Madrid” (1994)
  • Cómo el Ejército Americano contagió al mundo la gripe española” de Santiago Mata (2017)
  • Artículo de investigación elaborado por la Universidad de Sevilla para la revista “Journal of Negative and No Positive Results” (2018).

Debo señalar, de manera preliminar, que yo, a diferencia de mucha gente en redes sociales, sólo soy un abogado que en todo caso tiene experiencia en recopilar datos, sintetizarlos, ordenarlos y, en su caso, establecer relaciones de causa y efecto, pero nada más allá de eso. Por ello, nada de lo que diga tiene ninguna validez médica ni pretende plantear soluciones de ninguna clase, sino que sencillamente se trata de un planteamiento comparativo en base a una situación análoga que puede permitirnos coger perspectiva histórica. Quiero que esto quede muy claro.

El virus y sus características

Antes de nada, hemos de tener en cuenta que, si bien el SARS-CoV-2 y el A/H1N1-18 se transmiten del mismo modo, se replican del mismo modo (necesitan el ADN de un huésped) y causan dolencias parecidas, no forman parte de la misma familia ni tienen los mismos componentes genéticos. Son diferentes, desde una perspectiva virológica, pero sus consecuencias nos permiten utilizarlos de modo comparado.

Dicho lo anterior, lo primero que debemos saber del COVID-19 es que ése no es el nombre del virus, sino el nombre de la enfermedad que provoca; motivo por el cual no he utilizado ese término en el párrafo anterior. El virus que está causando estragos este año 2020 es el SARS-CoV-2, que es una agresiva mutación del SARS-CoV que ya causó problemas durante el año 2003 y que, en Europa, vimos como algo lejano y que nada tenía que ver con nosotros. Así que, cuando nos refiramos al virus, no a la enfermedad, no debemos usar COVID-19; pues este acrónimo significa, literalmente, “enfermedad por coronavirus de 2019” (COronavirus VIral Disiase-2019).

En cambio, el término A/H1N1 sí que corresponde al virus, siendo la gripe española de 1918 o la gripe porcina de 2009 (o influenza, en término anglosajón) las expresiones que corresponden a la enfermedad. Por ello, teniendo en cuenta que nos referimos a la gripe de 1918 y al objeto de diferenciarla de la gripe porcina de 2009, nos referiremos a este virus como A/H1N1-18.

En segundo lugar, una vez aclarada la terminología, podemos aseverar que ambos virus tienen análogo modo de transmisión: se transmiten a través del contacto de mucosas con superficies infectadas o pequeñas microgotas de saliva proyectada al hablar o al toser. La diferencia la encontramos en la duración del virus fuera de su hábitat: el SARS-CoV-2 es capaz de sobrevivir mucho más que el A/H1N1-18 debido a su grosor y grasa protectora.

En tercer lugar, en cuanto a la sintomatología que produce la infección del virus, no voy a volver a ahondar en los síntomas del COVID-19, ya que nos han machacado tanto que todo el mundo los conoce (tos, fiebre, falta de oxígeno); sino que me centraré en los síntomas que provocaba el virus A/H1N1-18: fiebre superior a los 39 grados, aceleración del pulso en reposo por encima de las 140 pulsaciones por minuto, encharcamiento de los pulmones, fallecimiento del paciente a los 3 días del inicio de síntomas si la enfermedad se manifestaba en su manera más agresiva. En definitiva, la mal llamada gripe española tenía una sintomatología mucho más letal que la del COVID-19.

Tasa de mortalidad

Por desgracia, a fecha actual, con la pandemia de SARS-CoV-2 en pleno auge en todo el mundo, no podemos saber a ciencia cierta cuál es su tasa de mortalidad, pues los datos estadísticos son insuficientes. Según los datos que disponemos a fecha de publicación de este artículo, extraídos de una de las herramientas más utilizadas y actualizadas para el seguimiento de la pandemia, como es la base de datos elaborada por el CSSE de la Universidad norteamericana Johns Hopkins, los datos que se barajan son los siguientes:

  • China: Tasa de mortalidad del 4,03 %.
  • Corea del Sur: Tasa de mortalidad del 1,67 %.
  • Italia: Tasa de mortalidad del 11,75 %.
  • España: Tasa de mortalidad del 8,86 %.
  • Alemania: Tasa de mortalidad del 1,10 %.
  • Francia: Tasa de mortalidad del 6,68 %.
  • TASA DE MORTALIDAD GLOBAL: 4,99 %
Sobre estas cifras es necesario hacer unas apreciaciones necesarias:
 
  • Tanto en China como en Corea del Sur la pandemia ha finalizado su primera oleada, por lo que los datos son mucho más concluyentes que los que se disponen en otras latitudes.
  • En Europa, la pandemia está aún pendiente de alcanzar la máxima cifra de infectados, por lo que estamos en el peor momento de la primera oleada, por lo que los datos están sobredimensionados y se basan en datos parciales.

De hecho, hemos de tener en cuenta que otro de los problemas que nos encontramos con la determinación de la tasa de mortalidad son las personas asintomáticas, las personas que tienen síntomas leves y no van a un centro de salud y todos aquellos casos que se escapan de las autoridades sanitarias por varios motivos (entre ellos, la falta de tests para detectar el COVID-19). Por ello, es muy probable que la tasa de mortalidad sea artificialmente alta.

En comparativa, los datos históricos que arrojan la tasa de mortalidad del A/H1N1-18 son bastante peores. En este caso, hubo hasta tres oleadas: primavera de 1918, otoño de 1918 y primavera de 1919. Teniendo en cuenta las cifras de estas tres oleadas en todo el mundo, se infectaron de la enfermedad aproximadamente 750.000.000 de personas y fallecieron aproximadamente 50.000.000 de personas (un 3 % de la población mundial), por lo que la tasa de mortalidad se situaría en torno al 6,66%.

 

En España, los datos son los siguientes: de una población de 20.910.000 personas (menos de la mitad que ahora), murieron unas 168.349 personas por causa del A/H1N1, siendo la cifra total de infectados de 8.000.000; por lo que estaríamos hablando de una tasa de mortalidad del 2,10%.

Si tenemos en cuenta estos datos sin más análisis adicional, pudiera parecer que la actual pandemia tiene una tasa de mortalidad ligeramente superior a nivel global y muy inferior a nivel español en comparación con el A/H1N1-18, pero si tenemos en cuenta que el COVID-19 presenta un elevadísimo porcentaje de casos asintomáticos que no están siendo detectados, la tasa de mortalidad real será 10 veces inferior a la que arrojan los números oficiales que se disponen. En España sólo se hacen test a los que presentan síntomas graves y se desplazan al centro de salud, a diferencia de otros países que están haciendo tests masivos, como Corea del Sur, por lo que la tasa de mortalidad real se acercará más al 1% que al 5%.

Así que sí, ya hemos pasado por esto. Y os aseguro que en 1918 no existían ni UCI’s, ni respiradores, ni paracetamol para cualquiera que lo necesitara, ni por supuesto profesionales y centros tan preparados como los que encontramos hoy en día. Y a pesar de todo, hubo un 1919, y un 1920, y un 1921. Y nacieron nuestros abuelos, y nuestros padres, y nosotros. Y la vida se continuó abriendo camino.

En el siguiente artículo, hablaremos de otras cuestiones que también pueden ser de interés y que nos permitirán poner en perspectiva no sólo el qué, no sólo el virus, sino el cómo de la pandemia de 1918, que nos permitirá igualmente ponerla en comparación con la situación reada por la pandemia de 2020: la respuesta del Gobierno, la reacción de la población, la incidencia en la vida social, entre otros. Veréis, con mayor profundidad, que nada de lo que ocurre es tan nuevo como pensamos. Descubriréis que vuestro pánico es contingente y comprobaréis que Nietzsche, con su famosa teoría del eterno retorno, no iba desencaminado.

Y nunca olvidéis lo que le dijo Syrio Forel a Arya Stark en Juego de Tronos: “El miedo hiere más que las espadas”. Y que los virus.

29.10.2019 11:54

Gris. La propia palabra ya produce cierta pesadumbre, cierto halo opresor, un extraño tipo de melancolía en el corazón. El gris, al cabo, nos recuerda a la penumbra. A un día anodino cubierto por un manto de nubes de ese color que no dejan pasar la luz sol. Nos proyectan el rostro de una persona apática, ni fría ni caliente, que olvidas en cuanto dejas de verla. El gris, junto con el ocre, son colores del otoño, mientras que a la gente le gusta el invierto, con su blanca nieve; la primavera, con sus coloridas flores; y el verano, con el azul del mar y el brillante amarillo del sol. Gris. Nadie lo anhela. Nadie lo busca. Nadie lo quiere.

No obstante, todo es gris. Y no me refiero al color como tal, sino que utilizo este símil cromático por lo absolutamente gráfico que resulta para lo que pretendo deciros. No me refiero al punto medio aristotélico entre dos puntos equidistantes, siendo el gris color virtuoso frente a los extremos blancos y negros. No hablo de virtud teologal, sino de mesura. De la moderación como hecho empírico, no como balanza moral. De que nadie es tan bueno. De que nadie es tan malo. De que todos tenemos luces y sombras, blancos y negros, que mezclados en su medida nos proporciona una amplia gama de grises. Así que sí, tú, lector, yo, redactor, y todo aquel que ni siquiera se siente interpelado por mí, es gris en su interior. Gris oscuro, gris claro; qué más da. Gris de todos modos.

Por supuesto, como he señalado en el primer párrafo del artículo, nadie quiere ser gris; o, al menos, nadie quiere que se sepa que lo es. Y es que no inventaron las alfombras para que pudiéramos caminar descalzos por ellas, para que la suavidad y la limpieza que no existe en el frío suelo exterior nos acaricie los pies; sino para ocultar, debajo, como si fuera polvo o ceniza, nuestros cadáveres morales. Todos tenemos. Uno, dos, varias docenas, cientos. Cadáveres pequeños, grandes o monstruosos. Cadáveres que espero que se mantengan en la metáfora, pero que, en algunos casos, seguro que la exceden. Así que tú, azul; tú, verde; tú, el que se cree más blanco que nadie; sois grises, como acreditaría lo que cubre vuestra particular alfombra.

Que nadie está libre de culpa es un hecho que yo, subjetivamente, doy por sentado. De hecho, desconfío, y mucho, de aquellos que se erigen en adalides morales, en caballeros blancos, en ángeles celestiales; pues, generalmente, son los que más mierda tienen bajo su alfombra. Sé que soy pesado con este grupo de música, pero Los Punsetes, en su nuevo disco, dedicaron una canción precisamente a esto: “No eres de fiar si no haces algo mal, no eres de los míos si no la puedes cagar” dice la canción, aseverando que, de lo contrario, eres una persona sospechosa. Y es que, al final, ése es el problema: negar la evidencia. Pretender ser algo que ni eres, ni puedes llegar a ser, pues eres humano, te equivocas, a veces a propósito, a veces sin quererlo; infringes la Ley, porque es injusta, porque te viene bien, porque te da la gana. Porque ni eres perfecto ni puedes pretender serlo, por mucho que te maquilles de blanco.

Poco me gusta la Iglesia Católica, ya lo sabéis, pero contrasta lo poco que me gusta la estructura política de esta religión con lo mucho que aprecio las enseñanzas del Nuevo Testamento. Yo no soy católico, pero no puedo sino reconocer el buen juicio de muchas sentencias de Jesús de Nazaret. Y, a colación de lo expuesto, como un broche de autoridad a lo que pretendo indicaros, recurro al Evangelio según San Juan, capítulo 8, versículos 1 a 7:

Jesús se fue al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo. Toda la gente se le acercó, y él se sentó a enseñarles. Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio del grupo, le dijeron a Jesús:

—Maestro, a esta mujer se le ha sorprendido en el acto mismo de adulterio. En la ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?

Con esta pregunta le estaban tendiendo una trampa, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo. Y, como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo:

—Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.”

Nadie apedreó a esa mujer. Nadie estaba libre de pecado. Todos se sabían tan grises como las piedras que querían arrojar contra aquella mujer. Lo sabían en el fondo de su corazón, pese a que se erigieran como defensores de la Ley de Moisés. No hubo primera, ni segunda piedra. Más fácil es hoy en día lapidar a alguien por Internet que lapidar a una persona con piedras, a riesgo de que te salpique la sangre o un profeta te ponga frente a un espejo, pero la enseñanza, lo que pretendía poner de manifiesto Jesucristo, tan válido era entonces como lo es hoy.

La aceptación de la gris naturaleza humana puede resultar, para muchas personas, equivalente a caerse de repente a un lago helado tras el abrupto crepitar de hielo quebrado. Podría recurrir a otras metáforas, siendo recurso lingüístico que me gusta mucho: un rodillazo en el estómago, una pedrada a un cristal o, tratando de ser más metafísico, cruzar la caverna de Platón en dirección al sol. El resultado es el mismo: se adquiere una lucidez nada agradable. Un trago amargo, pero necesario para comprender el porqué de mucho de lo que ocurre a tu alrededor. Y, acabando de una vez con las malditas metáforas, mejor es quitar una tirita de un rápido gesto que dejarla ahí, adherida a la piel, evitando que la herida respire una bocanada de necesario aire para su curación.

Gris. Sí, lo soy. No es algo que quiera o de lo que me sienta orgulloso. Sencillamente es así. El resultado de serlo, saberlo y aceptarlo me ha agriado el carácter y me ha revestido de una cota de malla articulada de cinismo, humor negro y poca expectativa, proporcionándome cierta distancia frente al maniqueo mundo que se está construyendo a mi alrededor, tan lleno de presumibles blancos y negros que, en realidad, son tan grises como yo. La compleja naturaleza humana se comprende mucho mejor de este modo, pero ello no implica mayor placer. En absoluto. Era mucho más feliz creyéndome blanco e inmaculado, creedme. Pero el hecho cierto es que no lo soy, como no lo es nadie.

Porque sí, el gris envidia al presunto rojo, al presunto azul, al presunto blanco e incluso al presunto negro. Al gris le gustaría creerse rojo y vivir enfrentado al azul, o viceversa, sin que los fantasmas poblaran sus sueños y sin que pesaran cada uno de los cadáveres morales que se encuentran bajo su alfombra, puesto que tendrían su pertinente justificación. Al gris no le gusta ser gris, sino que sencillamente lo es porque no puede ser otra cosa; de hecho, sentir envidia no hace sino reforzar su propio gris. No podría ser rojo, azul, amarillo o verde aunque se lo propusiere, pues una vez roto el cristal, no pueden volver a encajarse las piezas. La inocencia sólo se pierde una vez.

En definitiva, y como corolario de todo lo expuesto, creo firmemente que la naturaleza humana es la que es y creo que el color que mejor la define es el gris. Cambiarla implicaría necesariamente forzarla de un modo u otro, por lo que, a corto o largo plazo, de manera pacífica o violenta, volverá a su forma original. Se puede, en todo caso, crear tendencia hacia un gris más claro, pero nunca alcanzar el blanco. Por supuesto, este criterio se incardina en mi simple y llana opinión fundamentada en mi experiencia y en mi propia creencia, pero hace muchos años que perdí toda esperanza y no aspiro más que tratar que la sociedad sea menos infame, no más virtuosa.

Gris. La propia palabra ya produce cierta pesadumbre, cierto halo opresor, un extraño tipo de melancolía en el corazón. Pero no somos más que nosotros mismos mirándonos a un espejo.

10.10.2019 10:20

De repente, te invade una emoción incontrolable, un arrebato pasional, una imperiosa necesidad de hacerlo. Con rictus iracundo, tecleas. El teclado se resiente, pero es sólo un banal instrumento que da forma al contenido de tus recientes desvelos. Clic, clic, clic. La cosa puede ir de pocas palabras a varios párrafos, pero tiene que quedar bien clara. Alguien tenía que decirlo y lo va a decir. Si eres persona con cierta formación, revisas el escrito tras haberlo redactado, buscando incoherencias, fallos sintácticos o faltas de ortografía. Pese a las ganas que tienes que publicarlo, te refrenas y lo vuelves a leer. Perfecto. Es mi opinión. Y es cojonuda. Llegado a este punto, sólo queda apretar el gatillo: la publicas. La muestras al mundo. Da lo mismo si el objeto de la publicación, sea en esta o aquella red social, son las condiciones laborales de los sexadores de papagayos o la reciente sentencia judicial que condena a tal o cual político. Lo importante no es el qué, sino el quién. Yo, yo y yo. Nadie más.

Frente a ello, la buena de Ariadna Paniagua supo dar, ella sí, con la tecla apropiada. Supo ver desde fuera de este absoluto disparate que representan, en pleno 2019, todas las redes sociales –incluyendo a periódicos online, algunos blogs y, por supuesto, casi todas las radios y televisiones, que se han rebajado al nivel del subsuelo para ponerse a la altura de estas plataformas-. Y frente a nuestros tecleos de ordenador, clic, clic, clic, frente a nuestra indignación momentánea y perecedera, frente a nuestras absurdas discusiones y peleas de gallos, Ariadna canta, con su habitual gesto impasible, con su voz queda, inexpresiva: “Que no pase un día sin que des tu opinión de mierda”. Y todos reímos al escucharla. Cuánta razón tienen Los Punsetes con su canción. Aplausos.

El problema es que Ariadna no se refiere a ellos, o a él, sino a nosotros, o a ti. Se refiere a todos. Y es que los espejos no sólo reflejan a los demás, sino a cualquiera que se ponga frente a ellos. Es entonces cuando la canción, que puede resultar graciosa o simpática, cuando no políticamente incorrecta –“ha dicho la palabra mierda”, señalarán los ofendidos profesionales mientras se santiguan rezando al nuevo Dios secular del buenismo-, pasa a ser incómoda o incluso dolorosa. No se referirá a mí, ¿verdad? Dudamos. Miramos nuestras opiniones aquí y allí, comprobando si son una mierda y si, en efecto, no ha habido día en el que nos las hayamos ahorrado. Mierda, nos decimos, sin saber si ese epíteto es una simple exclamación por la verificación de un hecho o la más perfecta valoración de nuestras opiniones. Mierda.

Ego. Quizás, mejor que mierda, la palabra que mejor define nuestras opiniones en la red es ego. Vamos, que algunas, sino todas nuestras opiniones, son dejan de ser una manifestación de nuestro yo que pretende imponerse frente al de los demás. Pero es que, joder, yo tengo la razón. Eso no es ego, es una realidad. Y punto. Mirad, mirad lo que he dicho, mirad mis argumentos. Son intachables. Y es que mi bando, sea el que sea, nunca se equivoca, nunca hace nada en balde, nunca da puntada sin hilo, siendo yo uno de los más acérrimos defensores de las causas justas que enaltecen. ¿Por qué no me aplaudís? Hacedlo, joder. ¿A qué esperáis? “Todo lo que piensas es importante. Mejor que lo sueltes cuanto antes.”, sigue cantando Ariadna, sin haber movido ni una ceja frente a tu ego desbordado. Impasible el ademán frente al yo, yo y yo.

Pero, si lo pensamos bien, al final, en el fondo, en realidad, la opinión busca un refuerzo. Un apoyo. Un aplauso. Un like. Al cabo, cuando desnudamos al Rey, vemos que sólo es un hombre. Cuando desnudamos una opinión en la red, vemos que su objetivo, más allá del contenido, es la búsqueda de la aquiescencia pública, de que sabios e ignorantes asientan con la cabeza, de que tal o cual persona nos ponga su espada a nuestros pies. El ego se alimenta de otros egos. Sin embargo, es normal que eso ocurra, pues la gente no es tonta y sabe que tengo la razón. Yo no los busco a ellos, sino que ellos me buscan a mí, anhelando mi sabiduría y mi buen juicio. Mi criterio eléctrico que actúa como imán de voluntades. ¿Por qué no me dais like? Hacedlo. En el fondo deseáis pareceros a mí. Ariadna, mientras tanto, sigue: “España necesita conocer tu opinión de mierda”. Like, like y dislike. ¿Quién se ha atrevido a esto último? Me las pagará. 

¿Y qué pasa contigo, Sergio? Pues lo mismo. La diferencia que quizás puede haber entre otras personas y yo no es que algunas de mis opiniones no estén fundamentadas en el ego ni que yo no busque un refuerzo en mis opiniones, sino en que yo soy perfectamente consciente de que, cuando canta Ariadna, también se refiere a mí. Porque sí, muchas de mis opiniones son de mierda. Nadie me las ha pedido, y a pesar de ello las doy. Nadie las necesita, pero yo las vierto sin tener eso en cuenta. Muchas veces tienen más que ver con mi ego que con el objeto de la opinión. Es cierto. Lo reconozco. E incluso este blog puede ser considerado, sin problema alguno, un blog de mierda. Y es que yo, Sergio, en ocasiones peco de arrogante. “Formas parte de ese noventa por ciento, de gente que se cree mejor que el resto.” me canta directamente Ariadna, mirándome a los ojos, sabiendo que le esquivaré la mirada.

El Rey desnudo paseándose frente a toda la Corte. Nadie dice nada, pero todo el mundo lo ve. Eso es lo que nos pasa en Internet. Pero lo peor no es eso, sino que, cuando un niño inocente le dice a ese Rey que se le ve la merienda, todos nos escandalizamos, lapidando al que tiene la osadía de decir las cosas como realmente son. Sin embargo, yo, aunque sea de los que han callado frente al Rey desnudo, no pienso dilapidar a Los Punsetes por señalar lo evidente, aunque me señalen a mí, no sólo a los demás. Al revés, entono el mea culpa, señalo al rey desnudo e intento hacer propósito de enmienda. Y este artículo de mierda quizás sirva para tal fin.

Dijo Julio Anguita, en una entrevista de hace muchos años, cuatro palabras que se me quedaron grabadas: “Programa, programa y programa”. ¿Qué quería decir con ello? Que no importa quién, sino qué. Da lo mismo si tal político o tal partido es ése o aquél; lo importante es si comparten un programa común. Dicho de otro modo, importan los argumentos, no quién los diga. Por ello, nuestras opiniones seguirán siendo una mierda mientras sean marionetas de nuestros egos y tengan bastardas intenciones. Sólo podrán ser opiniones a tener en cuenta si sus argumentos, sus razones, sus palabras, convencen racionalmente. Si convencemos y no sencillamente vencemos, que diría Miguel de Unamuno. Si la empatía se impone al ego.

Sólo entonces, y sólo quizás, Arianda podrá cambiar de canción.

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