Cultura a tanto el kilo

24.03.2016 11:12
Con un mareo de tres pares de narices y unas ganas de fumar que se me llevaban los demonios, bajé del catamarán que nos llevaba a mi recién estrenada esposa y a mí de la populosa y pintoresca Nápoles a la minúscula isla de Capri, que se encuentra a escasos kilómetros de la península de Sorrento. Como no podía ser de otra manera, tal y como puse un pie en tierra firme, saqué con rapidez un cigarrillo y lo posé entre mis labios con la ternura que un padre acaricia a su hijo. Encendido el faro del placer, tranquilizados los nervios y recuperado el equilibrio, echamos un vistazo en torno, no sólo para disfrutar de las vistas de Marina Grande, sino con el objeto de localizar a nuestro guía. Sabíamos que se llamaba Pepe, o Pepino, nada más. En cualquier caso, para evitar mentarle una hortaliza al respetable guía, decidimos llamarlo Pepe. Y entonces lo vimos o, mejor dicho, él nos vio a nosotros, pues llevábamos una pegatina identificativa. Sí, sí, como un gomet.
 
El aspecto de Pepe era verdaderamente singular. De hecho, me fascinó totalmente con su gabardina, su gorra y sus gafas de sol de los ochenta. Al atuendo le acompañaba un rostro algo ajado, vieja factura de farras pretéritas, una nariz aguileña y un acento de cariz siciliano. Vamos, un italiano del Sur de los pies a la cabeza. Desde el primer momento nos cayó muy bien. Y mucho mejor cuando, con un talante muy característico, nos refirió que las famosas sirenas que Homero encontró en la isla de Capri eran en realidad voluntariosas prostitutas. La magia que se encuentra entre las piernas de una mujer, etcétera. En cualquier caso, prostitutas aparte, nos enseñó verdaderas maravillas de la pequeña isla de Capri, entre las que se encontraba el castillo de Barbaroja, un monasterio cartujo del siglo XVI que fue construido durante el Imperio Español, las ruinas de Villa Jovis, palacio romano en el que pasó sus últimos años el emperador Tiberio y la peculiar Villa de San Michelle, antigua morada de Alex Munthe. Esta última maravilla de las enumeradas merece mención separada.
A decir verdad, yo no tenía ni la más remota idea de quién era Axel Munthe, ni de cuáles habían sido sus andanzas en aquella isla italiana. Médico y escritor sueco, amante de Doña Victoria de Baden, la reina de Suecia, filántropo y animalista. Pepe nos ofreció este pequeño tentempié, pero no descubrimos su verdadera importancia hasta que cruzamos el umbral de la Villa de San Michelle. Al parecer, o mejor dicho, tal y como podía observarse y disfrutarse in situ, el doctor Munthe se dedicó, durante su larga estancia en la isla de Capri entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, a recompilar toda ruina romana que encontrase en la isla y a fundirla con la estancia, con una elegancia y una exquisitez que pocas veces se alcanza. Nada de cuadros de Goya sobre jacuzzis o reliquias históricas usadas como pisapapeles, como hacen algunos nuevos ricos sin seso cuyo interés por la cultura es parejo al de un insecto, sino recogiendo esculturas abandonadas, reparándolas, cuidándolas e integrándolas con tacto y buenos modos, décadas antes de que ningún órgano internacional las catalogara como patrimonio de la Humanidad o cosa parecida. De sepulturas romanas a rostros de comedia, de columnas a bustos del emperador Tiberio, la casa al completo estaba adornada con motivos de la antigua Roma. Incluso contaba con una esfinge que debió traerse el mismo emperador Tiberio del Egipto de Cleopatra. 
 
Lo mejor de todo no sólo fue este compendio de ruinas romanas, ni los frescos jardines que rodeaban la estancia, sino la absoluta tranquilidad con la que pudimos visitar la Villa de San Michelle. Joder, es que prácticamente éramos los únicos, a excepción de un reducido grupo de alemanes que, en el más absoluto silencio, disfrutaban de la visita junto a nosotros. Sin límite de tiempo, paseamos, nos hicimos fotografías, disfrutamos de las vistas del Vesubio desde la altura en la que se encuentra Anacapri, y pudimos imbuirnos de la magia del lugar. Al salir, Pepe nos esperaba, sabiéndose acertado en el consejo de visitar la antigua residencia del doctor Munthe.
Mientras nos dirigíamos hacia el restaurante en el que repondríamos fuerzas por mediación, como no podría ser de otra manera, de una pizza margarita, Pepe compartió con nosotros dos comentarios que nos hicieron reflexionar: “Habéis venido en buena época, pues en verano, la población de la isla se duplica, pues tenemos 15.000 turistas al día y es imposible pasear por las calles”; “En Italia tenemos el 90% de las ruinas que se conservan en el mundo entero, pero no sabemos, o no queremos, darles el tratamiento que merecen, lo cual no tiene ningún sentido, habida cuenta que la mitad del país vive de ellas”. Todo ello nos lo dijo con cierta amargura, o más bien resignación, encogiéndose de hombros ante lo inevitable. Un c’est la vie a la italiana.
 
Mentiría si dijera que semejantes sentencias me ensimismaron y me sumieron en profundos pensamientos, pues al finalizar la visita a la isla de Capri, aproveché para tomarme una cerveza gigantesca y comerme una pasta que de tanta crema que llevaba no se sabía por dónde cogerla para hincarle el diente. Baste decir que, en el momento en el que las pronunció, asentí con cierto regusto conocido, como si en el fondo pudiera haberme dicho lo mismo ese extranjero que un nacional. Mismo mar nos moja, de hecho. Mismo sol baña nuestras playas. Porco governo.
 
El caso es que me quedaron esos dos conceptos grabados. Exceso de turismo e inadecuado tratamiento de las ruinas. Mala combinación. Al mezclarlos, siempre me viene a la cabeza un yankee desgraciado haciendo un grafitti en la pirámide de Chichén Itzá bajo la pasividad de los guardas de seguridad; o peor, bajo su total inexistencia. Y esa imagen es cierta. Ocurrió. Turismo de botellón y ruinas milenarias. Analfabetos y cultura. Turistas contados a peso visitando lugares sagrados, frágiles y únicos. Cultura a tanto el kilo. Póngame onza y media, pescadera. 
 
Esos funestos pensamientos, ahora sí, emergieron durante mi estancia en Roma. En concreto, al visitar el celebérrimo Coliseo. La interminable cola de turistas era de esperar, y en parte se entiende, pues es un monumento mundialmente conocido, pero el paisanaje no se mimetizaba con el paisaje. Mi mujer tuvo que sufrir el acoso constante de cientos de pakistaníes, o marroquíes, o lo que fueran, en cualquier caso, random muslims, que intentaban vendernos esos infernales gadgets llamados paloselfies a cada minuto que pasaba. Uno de ellos nos ofreció la misma mierda hasta cinco veces seguidas. Imaginaos la situación, que incluso mi mujer, que tiene un talante calmado, me dijo, literalmente, que la próxima vez que le ofrecieran ese palo de mierda se lo atravesaba en la garganta al vendedor. A los moscardones vendiendo recuerdos y otra basura, se le añaden franceses maleducados, que se colaban con su habitual altanería y arrogancia, empujones de señoras, pisotones de niños y una falta de organización que no entraba en la cabeza de una persona racional. Entramos, en efecto, pero las pasamos canutas, y yo casi le muerdo el gaznate a algún turista. Bendita seas, Villa de San Michelle. 
La visita al Coliseo está pensada, literalmente, para que por su circular figura transcurra una estampida de ñus. Si bien la organización de la visita era manifestamente mejorable, cabe decir que conocían perfectamente al rebaño, pues el recorrido contaba con ciertas plataformas cerradas para que los turistas se avasallaran unos a otros para sacarse una puta foto. Un lugar pensado para que los ñus se pelearan por la alfalfa antes de seguir camino. Y lo mejor de todo es que las fotos que se hacían en esos recintos se podían sacara, con idéntica perspectiva, en otras zonas menos concurridas; pero el turista, como las ovejas, tiende a hacinarse en un metro cuadrado, si es menester, a ver si con suerte implosionan en una singularidad de necedad. Huimos de esas zonas como si estuvieran pobladas por hambrientos muertos vivientes, pero aún y así no encontramos reducto de tranquilidad. 
 
El Foro Palatino no fue mucho mejor. En este caso, la cola de entrada era absurdamente larga, y tuvimos la mala suerte de compartirla con unos adolescentes españoles que nos amenizaron la espera con unas palmas y unos alaridos flamencos, dando buena cuenta de nuestra mala fama. Rechiné los dientes ante esa escena, como haría Stannis Baratheon, pero la gilipollez supina continuó campando por sus respetos. Una vez en su interior, ni guía, ni mapas, ni nada. Pasee Usted, a ver si encuentra algo. Hostia, un arco, le haré una foto. ¿Y ahora por dónde se va? Bueno, parece que por aquí. Ah, no, camino cerrado. Por allí. ¡Japoneses! Huyamos. Escaleras interminables, seguro que conducen a alguna parte. Un caos que ni en rebajas.
Al acabar el día, me acordé de Pepe. 15.000 turistas al día. Mal tratamiento de ruinas. Al día siguiente, en el Vaticano, me volví a acordar de Pepe. 15.000 turistas al día. Mal tratamiento de monumentos. Cuánta razón tenía, pardiez. El turismo se ha convertido en una especie de mercado de piedras, ruinas, castillos, monumentos y edificaciones singulares. Ir a Roma, hacerse una foto en el Coliseo, y darle un check en la red social de turno. Hecho. A por otra. Nada de cerrar los ojos, como hice yo con mi mujer, e imaginar que éramos dos patricios que íbamos a disfrutar de una recreación de la batalla de Alesia, con Vercingétorix rindiendo la Galia a Julio César, o sentirnos como gladiadores, aterrados, que saludaban al César antes de morir por la espada o entre las fauces de una bestia. Nada de cultura. Nada de historia. Aquello era otra cosa mucho más burda.
 
Y ése es el objeto de este artículo. No alcanzar una conclusión a tanto disparate, pues no la tengo, igual que no tengo soluciones a esta problemática. Siempre he dicho que da igual lo que se lea, mientras se lea. Que da igual que no prestes atención a lo que te rodea, porque algo queda. Pero tengo mis dudas, al cabo. Y al final, se plantea una disyuntiva, ¿qué tipo de turismo queremos?
 
El absoluto contraste entre la Villa de San Michelle y el Coliseo me permitió vivir en primera persona la crítica de Pepe. Entendí que, mientras algunos realmente disfrutamos y nos embriagamos de la historia de nuestra especie, de su arte, de su cultura en suma, y si pudiéramos haríamos como hizo el doctor Munthe, guardando pedacitos con delicadeza, otros compran la cultura como el jamón, el queso, o como unos putos arenques: a tanto el kilo.

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