Despropósitos de año viejo

31.12.2015 12:51
A partir del 1 de enero de 2016, como cada año, y ya sea de viva voz, a través de las redes sociales, o por escrito, se desencadenará la plaga de los propósitos de año nuevo. Los hay clásicos, como dejar de fumar, ir al gimnasio, dejar de comer pastas industriales de una maldita vez, beber menos o leer más; y los hay modernos, como abandonar la molesta costumbre de estar sometido a un teléfono inteligente las 24 horas del día, evitar mirar el Facebook en horas de trabajo o, por ejemplo, escuchar más los podcast que ofrece Sergio, que son cojonudos y le dan mucho trabajo, al pobre. Todo mentira, claro. Puros deseos, tan expeditivos en su ejecución como rezarle a San Cono para que nos toque la lotería. Una mera ilusión provocada por un cambio de cifra que nos obliga a replantear nuestra vida y a pretender que el 1 de enero de 2016 a las 00.01 ya no tenga nada que ver con el 31 de diciembre de 2015 a las 23.59. A pesar de que sólo hayan transcurrido dos minutos. Los mismos en los que tardas en quebrantar los propósitos que te habías marcado, puesto que te encenderás un puro, te tomarás una copa de cava, te comerás un mantecado y felicitarás a la abuela Concha con un mensaje de WhatsApp. El lunes empiezo. Mañana. Mejor la semana que viene. O el 2017.
 
Los propósitos de año nuevo son, a todos los efectos, una monserga banal absurda que no por extendida está ajena de la tan endémica estupidez de nuestra especie. Yo siempre intento explicar a cualquiera que me venga con este cuento que esos mismos propósitos los podría haber intentado poner en práctica un martes cualquiera de septiembre, pero parece que no. La magia de las uvas. Que esa es otra. Las uvas de mierda, tradición de origen puramente comercial que jamás en mi vida he logrado cumplir. Suerte, dicen. Mis cojones, suerte. Nada puede dar suerte alguna si compartes el momento de la ingesta de las uvas con los engendros que acostumbran a presentar las campanadas en televisión. Ramonchu y su casposa capa presentando las campanadas desde la Puerta del Sol junto con algún retrasado mental que se ha hecho famoso metiéndose el dedo en la nariz o alguna furcia de a veinte el polvo con abrigo de piel e ínfulas de diva, debería ser augurio de mala suerte y de suicidio neuronal. Te comas doce o diecisiete uvas. Así que, en el fondo, esta tradición garbancera de los propósitos de año nuevo se suma a otras, y provoca que si alguna civilización extraterrestre nos visitase por casualidad esta noche, pasara de largo, como si no hubiera visto nada. Están locos, estos humanos.
En realidad, lo único que nos permite el cambio de cifra del año es la posibilidad de establecer un periodo temporal predeterminado, como lo establecen los días o las horas. Periodos con un inicio y un fin. Segmentos de tiempo. Y ello nos puede servir, en cuanto a nuestros propósitos, no para mirar hacia delante, sino hacia atrás. No para pedir deseos, rezar salmos o establecer pautas de comportamiento que no vamos a cumplir, pues no las hemos cumplido con anterioridad y nada hace suponer que vayamos a cambiar nuestra manera de ser por ciencia infusa; no, eso no. Pero sí nos permite que echemos un vistazo atrás, a los últimos doce meses, y veamos lo que efectivamente hemos conseguido. Lo que la vida nos ha dado de verdad. O nos ha quitado.
 
Mi año 2015, como ya dije en el podcast que dediqué a la mejor música de este año, ha sido muy agridulce. Muy agrio y muy dulce. Claroscuro, creo que dije. De extremos, tanto para la alegría como para la tristeza. El ejemplo más paradigmático, por virtud y por desgracia, tiene que ver con la vida y con la muerte. Comencé el año añadiendo un nuevo miembro a mi familia, salvando a una perrita dulce, cariñosa, juguetona y fiel de pasar el resto de sus días en una perrera. En enero de 2015, Nymeria entraba en mi vida. Por fin tenía un perro, tras haberlo deseado durante toda mi vida. Pero la fatalidad me aguardaba a la vuelta de la esquina. En diciembre de este año, hace escasas dos semanas, mi padre fallecía en mis propias manos. Un hombre que merecía la más plácida de las jubilaciones, la más absoluta admiración y mi más sincero agradecimiento por lo que ha hecho de mí, una persona irrepetible, nos dejaba a mi familia y a mí solos en este mundo cruel e inhóspito. Vida y muerte. Dar y quitar. Maldito sea el periodo temporal predeterminado. 
En cualquier caso, téngase en cuenta que el periodo de un año es demasiado extenso como para extraer una conclusión sobre su bonanza o desdicha, por lo menos a nivel personal. Nuestra vida está sometida a la incertidumbre del caos y a un piélago de factores externos que no podemos controlar de ninguna manera, quedando nuestras decisiones personales totalmente superadas por la fuerza de los hechos. Yo, este año, he decidido adoptar a un animal, he decidido casarme, he decidido tener más responsabilidades en mi trabajo, pero, realmente, he decidido poco más. El caos, realmente, decide en su arbitrariedad. Da y quita caprichosamente. Y a mayor periodo temporal, mayor incertidumbre. Así que, aunque este 2015 haya sido agridulce en extremo, nunca podremos huir de esta arbitrariedad. Así que mejor olvidamos los análisis personales anuales, pues nada concreto podemos sacar más allá de aceptar que la vida fluye sin atender a nuestra voluntad.
 
No obstante todo lo anterior, hay proyectos en mi vida que sí que pueden estar sujetos a valoraciones anuales, como Granollers On Fire. Este proyecto, pues hace mucho tiempo que dejó de ser un mero podcast, ha ido evolucionando conmigo, y creciendo de manera ubérrima con el paso del tiempo. He visto, por desgracia, muchos proyectos similares caer en la desidia, en la incomprensión y en la apatía, pero eso es algo que no va a ocurrir con Granollers On Fire. Yo no creo en la astrología, pero parece ser que el hecho de ser tauro influye en mi manera de ser. Vamos, que soy un cabezota. Un pesado, quizás. Un tipo que no se rinde jamás, pese a cualquier contingencia. Y aquí estamos, y aquí seguiremos, desde aquel primer y rudimentario podcast que vio la luz en fecha 6 de abril de 2012 y hasta que el cuerpo aguante. Porque yo lo valgo.
 
Hasta la fecha, he compartido con vosotros nada menos que 43 podcast entre Granollers On Fire, Requiem Makinero y Granularius Igni. Casi 47 horas de música, homenajes, repasos y experimentos extraños. He dedicado horas y horas en prepararlos, grabarlos y mejorarlos para poder ofreceros el mejor de los productos. No sé si lo habré logrado. No sé si mis oyentes han visto satisfechas sus expectativas al descargar y escuchar mis programas de radio, puesto que, como imaginaréis, recibo un feedback bastante limitado; pero no será por falta de interés por mi parte. Yo siempre intento dar lo mejor de mí mismo en todo lo que hago, pues nada desprecio más que la negligencia voluntaria o la ligereza con la que algunas personas realizan sus actividades. Yo soy la persona más exigente conmigo mismo que os podáis imaginar, e intento aplicar la profesionalidad y seriedad que me obligo a tener en mi trabajo a absolutamente todas mis actividades vitales. 
 
Y este 2015, mi proyecto de Granollers On Fire ha dado un salto cualitativo y cuantitativo muy importante, que todos conocéis. No me voy a explayar demasiado, pues ya dediqué un artículo a explicar la evolución de este proyecto; sólo cabe decir que este 2015 ha sido más fecundo de lo que cabía esperar. Nada menos que 13 podcast, cifra anual que nunca había alcanzado. Nada menos que 30 artículos, entre los cuales se encuentran estudios profundos que me han llevado muchas horas de trabajo y que han representado un hito en el mundo makinero. Nada menos que, a fecha actual, 18.861 visitas a la página web, desde más de 16 países distintos en 3 continentes. La hostia, vamos.
Por tanto, sí que puedo aseverar, sin ningún género de dudas, que este 2015 ha sido el año de Granollers On Fire. El año en el que, siguiendo sabios consejos, decidí hacer algo más. Así que si realmente tengo algo que celebrar esta noche, más allá de un cambio de cifra que por sí sólo no representa absolutamente nada, es haber alcanzado, y superado con creces, mis propósitos con respecto a Granollers On Fire. 
 
Como corolario del presente artículo, debo decir que no espero nada del 2016. Nada bueno y nada malo. Haga lo que haga, piense lo que piense, me proponga lo que me proponga, la vida se abrirá camino por derroteros impredecibles. Y el caos, como siempre, tirará una moneda al aire. 
 

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