El canto del pajarito

27.06.2016 18:40
Caracas, Venezuela. Año 2013. El actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se dirige a una voluntariosa concurrencia que, con expectación, cual si esperasen agua de lluvia tras una larga y agónica sequía, busca algo en lo que creer, pues las encuestas no parecen serles muy favorables. El bueno de Nicolás, utilizando palabras cercanas y tranquilizadoras, campechanas, que se diría en España, les conmina a la calma. No os preocupéis, dijo. Hugo Chávez está con nosotros. Vino a verme en forma de pajarito. A pesar de la extravagancia proferida por el candidato a Presidente, sus parroquianos quedaron extasiados, boquiabiertos, circunspectos ante semejante evangelio, esperando más detalles. Y los tuvieron. Estaba Maduro pensando en la revolución cuando un pajarito apareció y se puso a dar vueltas en torno a su cabeza. Se posó en su hombro y silbó, pi, pi, ri, piiiii. Y él hizo lo propio, silbando también, pi, pi, piiiii, ri, piiii. Y fue entonces cuando cayó en la cuenta. Ese pájaro no era un ave cualquiera, aquello no era una casualidad. Era Hugo Chávez redivivo. Había escapado de la Parca introduciendo su alma comunista en el cuerpo de un hermoso y humilde pájaro. Pi, pi, ri, piiiiii. Y este señor, con su pájaro revolucionario en el hombro, ganó las elecciones.
Madrid, España. Año 2016. Día de elecciones estatales. De las segundas en menos de un año, para más señas. Una variopinta mezcolanza de internautas se encuentra expectante, golpeando la tecla F5 con insistencia y ansiedad, a la espera de noticias sobre los resultados. Y entra en escena un pajarito. Este no pía, ni es bonito, pi, pi, ri, piiiiii, sino que es un simple dibujo hecho a ordenador y canta de 150 en 150 caracteres. Y no se aparea, ni se posa en el hombro del respetable, sino que se propaga a través de una melaza virtual llamada hashtags: una palabra o frase corta precedida por una almohadilla. Y, durante el día 26 de junio, encontramos toda una suerte de tweets y hashtags de lo más variado, pasando de la euforia a la indignación, del cachondeo a la seriedad, del #sorpasso al #sorPPasso, de las tendencias en auge a los asuntos olvidados. Pero, en realidad, da igual quien haya ganado las elecciones. Este pajarito siempre gana. Click, Click.
Las similitudes entre ambos pajaritos saltan a la vista a pesar de sus evidentes diferencias. Y es que, en el fondo, lo importante no es si el pájaro es real o imaginario, si tiene una personalidad concreta o tantas personalidades como usuarios o si esto ocurre aquí o allá, sino su propia finalidad, su objeto: ofrece un mensaje simple que crea opinión y marca tendencia. El canto del pajarito tiene esa virtud, supongo, pues no necesita más. Pi, pi, ri, piiiii. Click, Click.
Sin embargo, la virtud propia del pajarito puede decantar en el defecto general de la gente que percibe su risueño canto. Es cierto, su canto simplifica y hace cercano el mensaje, pero obvia el matiz, olvida el argumento, oculta la reflexión. Polariza. Evidentemente, frente a un pájaro con alma de Hugo Chávez, sólo tienes dos opciones: o te crees ese extraordinario evento o lo tachas de superchería disparatada. No resulta tan evidente, pero frente a una frase lapidaria de 150 caracteres, repetida hasta el más absoluto hartazgo, sólo tienes dos opciones: creértela a pies juntillas o negarla en otros 150 caracteres. No cabe mayor análisis ni contrapartidas argumentales. No caben pruebas. El canto de pajarillo es limitado y, sobre todo, maniqueo.
Por supuesto, la cosa no comenzó con el pajarillo, ya sea azul o tintado con los colores de la bandera de Venezuela. Los lugares comunes, como el propio nombre de la expresión indica, siempre han sido muy comunes. Los clichés, los estereotipos, así como aquellos mensajes de tan simples axiomáticos, han formado parte de nuestra sociedad desde el origen de los tiempos. De hecho, nuestro cerebro reptiliano siempre busca el camino de menor resistencia, por lo que, si podemos llegar a una conclusión rápida, sencilla, poco elaborada y útil a corto plazo, siempre la preferiremos a una conclusión compleja y lenta pero más cercana a la realidad que nos resultaría más útil a medio o largo plazo.
Como se supone que este blog debería ser de música, aunque últimamente hablo más de historia, recuerdos o reflexiones que de otra cosa, y todo ello sólo cuando tengo ocasión, ganas y tiempo para hacerlo, os pondré un ejemplo que todos entenderéis, sobre todo si sois makineros: “Muerte al house”. Estas tres palabras constituyeron lamentable mantra que se repetía hasta la extenuación con el único objeto de contraponerse a los seguidores de otro estilo musical y al propio estilo musical. Los makineros somos malutos, gente ruda y chunga; los houseros son pringaos, gays y mariposones. La makina es cañera, varonil, pero con sentimiento; el house es una mariconada. Un cliché fácil, que tanto te podías poner en una camiseta como vociferar cual grito de guerra en una discoteca. Había hasta canciones que rezaban el lema: This is no house, decía el sampler vocal del Plastic Enemy. Un odio irreflexivo, maniqueo, de nosotros y ellos, que nos hacía formar parte integrante de una familia en contraposición a otra. En definitiva, una gilipollez mayúscula que impidió que yo, que me gusta el house, pudiera disfrutar de ese estilo en aquella época. 
Claro está, estas payasadas de adolescente tenían, o deberían haber tenido, un recorrido muy corto. Un recorrido que finalizaba, abruptamente, al relativizar nuestra ideología. Al aparcar el fanatismo y el perspectivismo. Al madurar, al cabo, tras haber comprendido que el mundo es un lugar complejo, con matices y grises, y haber descubierto que, fíjate tú, el house hasta te gusta. Y los houseros son personas. Quién lo hubiera dicho. Los mantras totales, los axiomas incontestables, las sentencias absolutas duran hasta que se enfrentan a la realidad de los hechos; o hasta que el cacumen de cemento del cateto de turno se acaba quebrando. Esta segunda opción, por desgracia, es la más común. 
Y aquí nos encontramos. Con pajaritos cantando canciones a catetos con cacumen de cemento. Y así seguimos. Con las almohadillas interminables, con esos 150 insuficientes caracteres, con esa falta de criterio que sólo la simpleza absoluta nos ofrece. Y así acabaremos. Sometidos a la oclocracia de la estupidez, sobrevolando los cielos de la indigencia mental, escuchando el son de la necedad. Y mientras todo esto ha sucedido, sucede o sucederá, nunca seremos capaces de empatizar intelectualmente con nadie. Seremos tú y yo, nunca nosotros. 
Dicho esto, y como colofón, debo decir que esta reflexión, o crítica, o exabrupto, no va dirigido a ningún grupo concreto, pues el pajarillo, como el cagar, tanto influye al Rey, como al Papa; al guay, como a la vaca. Todos formamos parte de esta mierda. 
#hashtag #twitter #venezuela #maduro #blog #brexit #sorpasso #España #26J #Catalunya #sunday #domingo #diumenge #domenica #sergio #hardbeat #elvotanteesidiota #CorruPPtos #NoPodemos #PuERCos #muertealjaus #Catexit #Cerdanyolexit #hashtagforlikes #palabras #letras #pajaro #cemento #soyimbecil
 
Pi, pi, ri, piiiii. Click, Click.
Caracas, Venezuela. Año 2013. El actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se dirige a una voluntariosa concurrencia que, con expectación, cual si esperasen agua de lluvia tras una larga y agónica sequía, busca algo en lo que creer, pues las encuestas no parecen serles muy favorables. El bueno de Nicolás, utilizando palabras cercanas y tranquilizadoras, campechanas, que se diría en España, les conmina a la calma. No os preocupéis, dijo. Hugo Chávez está con nosotros. Vino a verme en forma de pajarito. A pesar de la extravagancia proferida por el candidato a Presidente, sus parroquianos quedaron extasiados, boquiabiertos, circunspectos ante semejante evangelio, esperando más detalles. Y los tuvieron. Estaba Maduro pensando en la revolución cuando un pajarito apareció y se puso a dar vueltas en torno a su cabeza. Se posó en su hombro y silbó, pi, pi, ri, piiiii. Y él hizo lo propio, silbando también, pi, pi, piiiii, ri, piiii. Y fue entonces cuando cayó en la cuenta. Ese pájaro no era un ave cualquiera, aquello no era una casualidad. Era Hugo Chávez redivivo. Había escapado de la Parca introduciendo su alma comunista en el cuerpo de un hermoso y humilde pájaro. Pi, pi, ri, piiiiii. Y este señor, con su pájaro revolucionario en el hombro, ganó las elecciones.
Madrid, España. Año 2016. Día de elecciones estatales. De las segundas en menos de un año, para más señas. Una variopinta mezcolanza de internautas se encuentra expectante, golpeando la tecla F5 con insistencia y ansiedad, a la espera de noticias sobre los resultados. Y entra en escena un pajarito. Este no pía, ni es bonito, pi, pi, ri, piiiiii, sino que es un simple dibujo hecho a ordenador y canta de 150 en 150 caracteres. Y no se aparea, ni se posa en el hombro del respetable, sino que se propaga a través de una melaza virtual llamada hashtags: una palabra o frase corta precedida por una almohadilla. Y, durante el día 26 de junio, encontramos toda una suerte de tweets y hashtags de lo más variado, pasando de la euforia a la indignación, del cachondeo a la seriedad, del #sorpasso al #sorPPasso, de las tendencias en auge a los asuntos olvidados. Pero, en realidad, da igual quien haya ganado las elecciones. Este pajarito siempre gana. Click, Click.
Las similitudes entre ambos pajaritos saltan a la vista a pesar de sus evidentes diferencias. Y es que, en el fondo, lo importante no es si el pájaro es real o imaginario, si tiene una personalidad concreta o tantas personalidades como usuarios o si esto ocurre aquí o allá, sino su propia finalidad, su objeto: ofrece un mensaje simple que crea opinión y marca tendencia. El canto del pajarito tiene esa virtud, supongo, pues no necesita más. Pi, pi, ri, piiiii. Click, Click.
 
Sin embargo, la virtud propia del pajarito puede decantar en el defecto general de la gente que percibe su risueño canto. Es cierto, su canto simplifica y hace cercano el mensaje, pero obvia el matiz, olvida el argumento, oculta la reflexión. Polariza. Evidentemente, frente a un pájaro con alma de Hugo Chávez, sólo tienes dos opciones: o te crees ese extraordinario evento o lo tachas de superchería disparatada. No resulta tan evidente, pero frente a una frase lapidaria de 150 caracteres, repetida hasta el más absoluto hartazgo, sólo tienes dos opciones: creértela a pies juntillas o negarla en otros 150 caracteres. No cabe mayor análisis ni contrapartidas argumentales. No caben pruebas. El canto de pajarillo es limitado y, sobre todo, maniqueo.
 
Por supuesto, la cosa no comenzó con el pajarillo, ya sea azul o tintado con los colores de la bandera de Venezuela. Los lugares comunes, como el propio nombre de la expresión indica, siempre han sido muy comunes. Los clichés, los estereotipos, así como aquellos mensajes de tan simples axiomáticos, han formado parte de nuestra sociedad desde el origen de los tiempos. De hecho, nuestro cerebro reptiliano siempre busca el camino de menor resistencia, por lo que, si podemos llegar a una conclusión rápida, sencilla, poco elaborada y útil a corto plazo, siempre la preferiremos a una conclusión compleja y lenta pero más cercana a la realidad que nos resultaría más útil a medio o largo plazo.
 
Como se supone que este blog debería ser de música, aunque últimamente hablo más de historia, recuerdos o reflexiones que de otra cosa, y todo ello sólo cuando tengo ocasión, ganas y tiempo para hacerlo, os pondré un ejemplo que todos entenderéis, sobre todo si sois makineros: “Muerte al house”. Estas tres palabras constituyeron lamentable mantra que se repetía hasta la extenuación con el único objeto de contraponerse a los seguidores de otro estilo musical y al propio estilo musical. Los makineros somos malutos, gente ruda y chunga; los houseros son pringaos, gays y mariposones. La makina es cañera, varonil, pero con sentimiento; el house es una mariconada. Un cliché fácil, que tanto te podías poner en una camiseta como vociferar cual grito de guerra en una discoteca. Había hasta canciones que rezaban el lema: This is no house, decía el sampler vocal del Plastic Enemy. Un odio irreflexivo, maniqueo, de nosotros y ellos, que nos hacía formar parte integrante de una familia en contraposición a otra. En definitiva, una gilipollez mayúscula que impidió que yo, que me gusta el house, pudiera disfrutar de ese estilo en aquella época. 
Claro está, estas payasadas de adolescente tenían, o deberían haber tenido, un recorrido muy corto. Un recorrido que finalizaba, abruptamente, al relativizar nuestra ideología. Al aparcar el fanatismo y el perspectivismo. Al madurar, al cabo, tras haber comprendido que el mundo es un lugar complejo, con matices y grises, y haber descubierto que, fíjate tú, el house hasta te gusta. Y los houseros son personas. Quién lo hubiera dicho. Los mantras totales, los axiomas incontestables, las sentencias absolutas duran hasta que se enfrentan a la realidad de los hechos; o hasta que el cacumen de cemento del cateto de turno se acaba quebrando. Esta segunda opción, por desgracia, es la más común. 
 
Y aquí nos encontramos. Con pajaritos cantando canciones a catetos con cacumen de cemento. Y así seguimos. Con las almohadillas interminables, con esos 150 insuficientes caracteres, con esa falta de criterio que sólo la simpleza absoluta nos ofrece. Y así acabaremos. Sometidos a la oclocracia de la estupidez, sobrevolando los cielos de la indigencia mental, escuchando el son de la necedad. Y mientras todo esto ha sucedido, sucede o sucederá, nunca seremos capaces de empatizar intelectualmente con nadie. Seremos tú y yo, nunca nosotros. 
 
Dicho esto, y como colofón, debo decir que esta reflexión, o crítica, o exabrupto, no va dirigido a ningún grupo concreto, pues el pajarillo, como el cagar, tanto influye al Rey, como al Papa; como al buey, como a la vaca. Todos formamos parte de esta mierda. 
 
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