Goarelatos (I): El alphanauta

05.06.2015 17:29

Yo siempre he tenido alma de novelista. Siempre he tenido una imaginación bastante rica, que de pequeño me hacía fabular constantemente, y que ahora, en la adultez, me mantiene la mente activa en todo momento. He recreado mentalmente cientos, sino miles de situaciones, y en ocasiones no me hace falta más para disfrutar de un momento de soledad. Pero claro, los pensamientos fluyen más rápidos que el dedo en un teclado, y ya sea por oportunidad, tiempo, ganas u otros factores, pocas veces he materializado mis imaginaciones ficticias en un formato físico que pueda compartir con otras personas.

Pero una cosa es una novela, y otra cosa es un relato corto. Lo primero exige mucho tiempo y dedicación, lo primero, un rato libre y una canción de fondo. Y eso es lo que os propongo. Los goarelatos serán breves relatos que escribiré mientras suena una canción de goa trance de fondo, que me habrá servido de inspiración y que os servirá de banda sonora. Una experiencia literaria y sonora. Dos en uno. Espero que os guste.

ALPHANAUT - ABDUCTION (ACID 303 MIX)

EL ALPHANAUTA

“Frío. Palpitaciones. Sudor. Pensamientos demenciales. Abro los ojos de repente, como una exhalación, y miro a mi alrededor, asustado. La oscuridad la estancia no me impide comprobar, a través del rectángulo de luz que se dibuja en la pared izquierda por mediación de la farola que tengo en frente, que estoy en la cama de mi habitación. Un mal sueño, pienso. A pesar de no recordar nada sobre la ensoñación que me ha precipitado a este estado perturbado, mi mente reacciona con rapidez ante la realidad que se muestra ante mí. Me incorporo y me friego los ojos. Sonrío. Dicen que no hay peor enemigo que uno mismo, igual que dicen que el subsconsciente juega malas pasadas, y que por las noches rememoramos lo que hemos vivido durante el día anterior. Lugares comunes, en efecto, pero que explican perfectamente que, tras mi ajetreado día de ayer, haya tenido un mal sueño y haya despertado de esta manera tan abrupta.

Sin embargo, no consigo que estos pensamientos tranquilizadores me psicosomaticen y tranquilicen mi ritmo cardíaco, mi sudoración y mi miedo supino. Mi cuerpo percibe algo que mi mente no alcanza a comprender. Tomo la decisión de ir a la cocina para tomar un vaso de agua helada que consiga despejar este mal trance. Pero al poner el pie derecho sobre el suelo de mi habitación, hecho de cálido parquet, noto mucho frío. No puede ser. Estamos en junio, hace mucho calor, y el suelo de mi piso me permite ir tranquilamente descalzo sin notar frío en la planta de los pies. Saco el otro pie y lo poso en el suelo. La misma sensación. Algo falla. Dubitativo, intentando que mis pensamientos racionales mantengan la calma, doy los dos pasos que me separan de la puerta de la habitación. Intento cruza… ¡Pam!

¿Pero qué coño? Pierdo la visión un instante y siento un agudo dolor en la nariz que me echa para atrás. Me echo la mano a la cara. ¿Qué demonios ha pasado? ¿Quién me ha golpeado? Nervioso, pretendo salir de la habitación en busca del responsable de este severo golpe… pero…. pero… la puerta… Un muro invisible me impide cruzarla. Un muro duro, tan frío como el suelo, que no parece ceder ante mi presión. Frío. Sudor. Palpitaciones. Pensamientos demenciales. Golpeo con insistencia ese muro invisible,  con frenesí, sintiendo el más desagradable de los pavores. Pero éste no cede. Nada de nada. No obstante, mis golpes generan un extraño comportamiento en este muro invisible. Unas pequeñas interferencias. Unas prácticamente imperceptibles variaciones cromáticas. Continúo golpeando.

Poco a poco, estas variaciones cromáticas se van haciendo visibles. Se extienden por el muro como si fuesen eléctricas. Parece, no sé, como una pantalla. Qué locura. Una pantalla ya habría cedido. No puede ser. Pero yo no cejo en mi empeño. Continúo golpeando, cada vez con más rabia, como un ave atrapada que pretende salir de su cautiverio. Y entonces lo escucho.

- No deberías estar despierto.

Una voz de metálica, aguda y de tono neutro retumba en mi cabeza. Dejo de inmediato de golpear el muro invisible y corro hacia un rincón a sentarme en el suelo y taparme la cara. Vano reflejo de supervivencia. No consigo balbucir una palabra. Realmente, tengo la percepción de que el corazón va salir de mi pecho y atravesar el muro invisible como si de un neutrón sujeto a las fuerzas de fisión nuclear se tratase.

- No deberías estar despierto.

¿Pero… quién es? ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué motivo no debería estar despierto? ¿Dónde está? Me acurruco todavía más sobre mi mismo. Siento mucho más frío. El suelo y las paredes están prácticamente congelados. Intento mirar en todas las direcciones, buscando una salida, buscando una respuesta, buscando…

Se hizo la luz y mi habitación desapareció con ella. Me encontraba en una sala de color blanco que resplandecía por sí misma. No obstante, mis ojos no sentían dolor al mirar fijamente. Era algo que… que no había visto antes. Creo que mi corazón, que estaba revolucionado hasta un extremo peligroso, se paró de golpe. Mi habitación, todo lo que veía, era una especie de holograma. No existía.

- No tienes de qué preocuparte, pero no deberías estar despierto.

Y vuelta a la manida frase. ¿Por qué no debería estar despierto? ¿Qué quiere de mí? ¿Dónde estoy? La cabeza me daba vueltas y creí estar al borde del desmayo, pero saqué fuerzas de lo más profundo de mi ser para musitar dos palabras en voz muy baja.

- ¿Quién eres?

- Soy un alphanauta.

- ¿Qué… cómo?

- Mañana no recordarás nada, no tienes de qué preocuparte.

- ¿Pero dónde estoy? ¿Qué… eres?

- Mi objetivo es estudiar al homo sapiens sapiens. Y de momento, mis pruebas no son nada concluyentes. No deberías estar despierto, tu mente no funciona con claridad.

Venga ya. Ya había oído hablar de esto. Extraterrestres, abducciones, investigación científica para invasiones futuras, análisis del terreno. Historias para niños, cuentos para personas sugestivas, relatos de dementes. Curiosamente, me tranquilicé. Ya sé qué está pasando. Sigo dormido y estoy recreando un capítulo de la novela Area 51, de Robert Doherty, que compré en una librería de viejo de Mataró por 3 euros, y que había acabado hacía escasas fechas. Una pesadilla de manual.

- Tu fantasía literaria está generando un efecto regenerador de tu mente.

- Claro, claro… puedes leer mi mente por que tú eres mi propia mente.  No tengo de qué preocuparme.

- Exactamente. No tienes de qué preocuparte.

- Quiero despertar.

- Tienes que dormir.

- No, no, a ver, tú eres yo, y yo quiero despertar. Ya estoy dormido.

- No deberías estar despierto.

- ¡No estoy despierto! ¡Basta ya, quiero despertarme!

Y, de repente, me despierto. Mi ritmo cardíaco estaba normal, no había ni una gota de sudor impregnada a mi almohada y mi cabeza se encontraba en un estado de lucidez extraño para acabar de salir del abrazo de Morfeo. Todo había sido un sueño. Un sueño dentro de un sueño, pienso, qué disparate. Me levanto y voy a buscar agua a la nevera. Consigo cruzar la puerta sin problemas, aunque, de manera irracional, pongo primero mi brazo derecho para evitar nuevos golpes. Bebo agua fresca, miro a mi alrededor y compruebo que todo estaba en calma. Todo había sido un mal sueño.

Cruzo el pasillo y voy al lavabo a lavarme la cara, ya que el día empezaba a clarear. Me miro en el espejo. Serás idiota. Me miro fijamente a los ojos en el espejo al llamarme idiota a mí mismo, como queriendo convencerme de que tengo que evitar leer según qué cosas. Y, entonces, veo algo.

Una cicatriz. El inicio de una cicatriz aparecía por debajo de mi flequillo. Palidecí. Yo no tengo ninguna cicatriz sobre el ojo derecho. Sí, tengo una cicatriz en la rodilla, ¿pero en mi cara ¿En mi frente? Pese al estado catatónico en el que me quedo, consigo mover un brazo para levantarme el flequillo. Y entonces compruebo que tengo una la cicatriz que cubre toda mi frente, que transcurre sobre mi del ojo derecho hasta el ojo izquierdo, y que poco a poco se va desvaneciendo. Parece como si mi piel estuviera volviendo a su estado original, como si nunca hubiera tenido una cicatriz. En pocos segundos, desapareció del todo. Frío. Palpitaciones. Sudor. Pensamientos demenciales.

Y entonces lo escucho. Como un susurro.

- No tienes de qué preocuparte.”

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