Gracias y desgracias del Flying Free

26.02.2017 02:24
He llegado a odiarla. Lo juro. Imagino que son gajes del oficio y que nada tiene que ver la calidad intrínseca de la canción, que desde luego tiene gran factura: lleva nada menos que el marchamo de Rubén Moreno, más conocido como DJ Ruboy. Pero da rabia. Mucha. Toca los cojones. Molesta bastante, por no decir que ataca los nervios, las miradas de soslayo que te regalan algunos amigos o compañeros; ese guiño de ojo, como diciendo, esto es lo tuyo, chaval; ese baile ofensivo que se reproduce torpemente tras haberlo atisbado en algún gañán; ese puto compadreo que se podría ahorrar el próximo y la madre que lo parió. Canción que conoce hasta mi abuela y que produce una falsa sensación de modernez en algunos personajes que moran ya en el otoño de sus vidas. Esas cosas, entre otras, son las gracias y desgracias del Flying Free. Volando libre, en cristiano. Cuarto volumen de la discoteca Pont Aeri. 
 
Las sensaciones son encontradas, por supuesto. No puedo sino sentir algo en el estómago cada vez que escucho las primeras notas de su piano. Se me eriza la piel, quiera o no quiera. Es parte de mi vida. Me trae recuerdos de mi adolescencia, imágenes de un servidor con un walkman, en el coche de sus padres, soñando con discotecas supremas. Vívidos pasajes en los que me encuentro, años después, bailando esa canción en aquella maravillosa discoteca, desgañitándome y haciendo las clásicas alas del Pont Aeri con las manos. When the stars beging to shine, etcétera. Dando el todo por el todo. Bailando como si no existiera más en el mundo que aquella parroquia de fiesteros con los hermamos Escudero como sacerdotes y la makina como salvación eterna. Puede sonar sectario, pero joder, sólo puede entenderlo quien lo ha vivido. Quien ha sentido. Quién ha amado tanto esa música. 
 
Conozco mucha gente del mundillo que siempre se ha sentido más representada con otras discotecas, como el Xque? o Chasis, por ejemplo; pero yo siempre he sentido una especial debilidad hacia Pont Aeri. No en vano, una de las primeras canciones makineras que llegó a mis oídos fue, precisamente, el segundo volumen de esta discoteca: The Countdown. La cosa viene de lejos, por tanto. De 1995. Y todavía, a fecha de hoy, llevo el llavero de la discoteca siempre conmigo, escucho sus sesiones de camino al trabajo, me emociono como el primer día con algunas mezclas, conservo las camisetas y el merchandising de la sala como si fueren reliquias y sonrío cada vez que veo, en cualquier parte, las inmortales alas de Pont Aeri. Forma parte de mí.
 
Soy consciente, y entiendo, la leyenda negra que ha acompañado a las salas makineras. Por desgracia, las leyendas tienen parte de razón, y en este caso, más de la que reconoceré en público. La parroquia de Pont Aeri, en efecto, estaba compuesta en gran porcentaje de lo mejor de cada casa: pelaos sin oficio ni beneficio, droga a espuertas, carne de presidio, gitanos, purria de la peor clase y delincuentes en potencia o en esencia. Y sí, las peleas eran constantes. No es algo que vaya a justificar, ni de lo que me haya agradado formar parte en modo alguno, pese a que tenga el curioso don de hacer amigos hasta en el Infierno, pero así es y negarlo no ayuda a comprender el fenómeno. Toda moneda tiene su cruz.
 
Con esos antecedentes, esto es, con mi vínculo sentimental hacia esa discoteca y las oscuras oquedades del mundillo makinero, llamarse como tal siempre ha sido objeto de controversia. Desde curiosidad a rechazo, siempre he tenido que escuchar opiniones de toda clase. A mí siempre me ha importado un rábano lo que opinaran los demás de mí. Pero os lo juro, prefiero mil veces al que me rechaza o me llama pastillero, pese a no haber tomado un servidor más pastillas que ibuprofenos y paracetamoles, a que me vengan con compadreos o guiños de ojo. Y eso es algo que debo, bueno, que debemos todos los que nos encontramos en esta situación, al archiconocido Flying Free.
 
A mediados del año 1999, a pocos meses de cambiar de año, década, siglo y milenio, salía por el Sello Bit Music su vinilo número 364: Pont Aeri vol. 4 - Flying Free. Producido por uno de los mejores productores de música electrónica de este país, Rubén Moreno, y con la voz de una cantante inglesa residente en Barcelona llamada Mariam Dacal, que ya había participado en otras producciones makineras; con un estribillo pegadizo y rompedor, un estilo comercial y el marchamo de Pont Aeri, la canción tenía todas las características para triunfar. Pero dudo mucho que ninguno de los participantes en su producción tuviera la más mínima idea de cómo se iban a desarrollar los acontecimientos. Su fama comenzó a extenderse como la pólvora por toda España, ya no sólo en discotecas de electrónica, sino de cualquier clase, y no tardó en sonar en toda Europa. Se vendieron cientos de miles de discos por todo el planeta. La makina, tras la decadencia de la Ruta, volvía a estar de moda. Si mi permitís la figura retórica, la makina abrió sus alas y voló todo lo que quiso, libre, sin limitaciones ni cortapisas. Flying free…
 
El fenómeno fue curioso. Yo, que como ya he dicho en varias ocasiones, era makinero desde 1995 y me dedicaba a escuchar la radio, comprar discos makineros y soñar con pisar Pont Aeri, era rara avis entre seguidores de las Spice Girls, del chaval de la Peca, o de pachangueo random y pop español; y, de pronto, pasé a verme envuelto de makineros de nuevo cuño. Cojones, pensaba. Esto es la hostia. Siempre he odiado las modas, pero cuando éstas vienen a mí, el odio se relativiza, por puro interés. Todo eran Alphas, tejanos ajustados y sudaderas Lonsdale. Peña que me venía a pedir cd’s, que me empezaba a llamar “el dj”, que me pedía mezclas con tal o cual canción. Hinchado como un palomo, yo me las daba de ducho en la materia, aunque no supiera una puta mierda; pero ya se sabe, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y lo era, joder. Feel the extasy…
 
Comenzaron a salir tres o cuatro discos semanales. Bit Music echaba humo. Cientos de chavales contactaban con su productor favorito para que les hiciera un disco. Anuncios por doquier. Mezclas en directo en televisión con DJ Neil presentando a las parejas de moda: Pastis y Buenri, por un lado, y Metralla y Skudero, por el otro. Hasta videoclips salieron. Todo el mundo parecía embriagado por la makina. Estábamos en la puta cresta de la ola. It’s a place to be, dj’s factory…
 
Pero, como era de esperar, el vuelo de la makina fue gallináceo. Poco a poco, la moda fue virando, mercenaria como es, hacia otros estilos. Casi sin darme cuenta, aquellos makineros de nuevo cuño pasaron a cambiar Alpha por chaqueta pija, tejanos arrapados por tejanos caídos y rotos, sudaderas Londsdale y Fred Perry por polos de Dolce & Gabanna. Y yo volví a convertir, de nuevo, en rara avis: con mis tejanos, mis camisetas y mis bambas. Se acabó lo que se daba. 
 
De la hogaza sólo quedaron migajas, que se repartieron en el mundillo con danza de navajazos por la espalda (retóricos, no jodáis) y mucha desvergüenza. Sólo aquellos que tenían fiel parroquia y ostentaban cierta seriedad en el manejo del negocio aguantaron, hasta que no se pudo más. Y así llegamos hasta hoy en día, quedando todo en pura nostalgia de unos pocos. En fiestas privadas. En festivales puntuales. Y en los putos guiños de ojo que comentábamos al principio.
En el fondo, le debo mucho al Flying Free. Le debemos mucho. Durante unos pocos años, fuimos punta de lanza del mundo de la electrónica. Es cierto que la comercialidad ganó mucho terreno durante ese periodo y que salieron discos verdaderamente infames, vendiendo cantidad por calidad. También es cierto que cuando más se sube, más profunda es la caída y la resaca de la fama fue demasiado dura. Pero que nos quiten lo bailado, literalmente. 
 
Así que, parafraseando nada menos que a Don Fransisco de Quevedo, con su satírico poema de Gracias y desgracias del ojo del culo, que recomiendo encarecidamente, nos encontramos ante una canción que ha traído mucha gloria y mucha infamia. Gloria, en tanto nos elevó a los altares de la electrónica durante casi un lustro; infamia, en tanto tenemos que soportar que un makinero de los que lo fueron por moda, un coetáneo que escucha campanas y no sabe donde, un viejuno que te da un codazo amistoso o una chica que imita a Edu Soto y su nen de Castefa mientras te mira a los ojos como diciendo, mira, soy como tú, nos vengan a tocar los cojones con su condescendencia, compadreo y necedad. Que os den por el culo, rancios.
 
En fin, malditas modas. La mochila de la comercialidad. Pero no es óbice para que, since 1992, hayamos hecho historia.
He llegado a odiarla. Lo juro. Imagino que son gajes del oficio y que nada tiene que ver la calidad intrínseca de la canción, que desde luego tiene gran factura: lleva nada menos que el marchamo de Rubén Moreno, más conocido como DJ Ruboy. Pero da rabia. Mucha. Toca los cojones. Molesta bastante, por no decir que ataca los nervios, las miradas de soslayo que te regalan algunos amigos o compañeros; ese guiño de ojo, como diciendo, esto es lo tuyo, chaval; ese baile ofensivo que se reproduce torpemente tras haberlo atisbado en algún gañán; ese puto compadreo que se podría ahorrar el próximo y la madre que lo parió. Canción que conoce hasta mi abuela y que produce una falsa sensación de modernez en algunos personajes que moran ya en el otoño de sus vidas. Y que suena hasta en una comunión. Esas cosas, entre otras, son las gracias y desgracias del Flying Free. Volando libre, en cristiano. Cuarto volumen de la discoteca Pont Aeri
 
Las sensaciones son encontradas, por supuesto. No puedo sino sentir algo en el estómago cada vez que escucho las primeras notas de su piano. Se me eriza la piel, quiera o no quiera. Es parte de mi vida. Me trae recuerdos de mi adolescencia, imágenes de un servidor con un walkman, en el coche de sus padres, soñando con discotecas supremas. Vívidos pasajes en los que me encuentro, años después, bailando esa canción en aquella maravillosa discoteca, desgañitándome y haciendo las clásicas alas del Pont Aeri con las manos. When the stars beging to shine, etcétera. Dando el todo por el todo. Bailando como si no existiera más en el mundo que aquella parroquia de fiesteros con los hermanos Escudero como sacerdotes y la makina como salvación eterna. Puede sonar sectario, pero joder, sólo puede entenderlo quien lo ha vivido. Quien lo ha sentido. Quién ha amado tanto esa música. 
 
Conozco mucha gente del mundillo que siempre se ha sentido más representada con otras discotecas, como el Xque? o Chasis, por ejemplo; pero yo siempre he sentido una especial debilidad hacia Pont Aeri. No en vano, una de las primeras canciones makineras que llegó a mis oídos fue, precisamente, el segundo volumen de esta discoteca: The Countdown. La cosa viene de lejos, por tanto. De 1995. Y todavía, a fecha de hoy, llevo el llavero de la discoteca siempre conmigo, escucho sus sesiones de camino al trabajo, me emociono como el primer día con algunas mezclas, conservo las camisetas y el merchandising de la sala como si fueren reliquias y sonrío cada vez que veo, en cualquier parte, las inmortales alas de Pont Aeri. Forman parte de mí.
Soy consciente, y entiendo, la leyenda negra que ha acompañado a las salas makineras. Por desgracia, las leyendas tienen parte de razón, y en este caso, más de la que reconoceré en público. La parroquia de Pont Aeri, en efecto, estaba compuesta en gran porcentaje de lo mejor de cada casa: pelaos sin oficio ni beneficio, droga a espuertas, carne de presidio, gitanos, purria de la peor clase y delincuentes en potencia o en esencia. Y sí, las peleas eran constantes. No es algo que vaya a justificar, ni de lo que me haya agradado formar parte en modo alguno, pese a que tenga el curioso don de hacer amigos hasta en el Infierno, pero así es y negarlo no ayuda a comprender el fenómeno. Toda moneda tiene su cruz.
 
Con esos antecedentes, esto es, con mi vínculo sentimental hacia esa discoteca y las oscuras oquedades del mundillo makinero, llamarse como tal siempre ha sido objeto de controversia. Desde curiosidad a rechazo, siempre he tenido que escuchar opiniones de toda clase. A mí siempre me ha importado un rábano lo que opinaran los demás de mí. Pero os lo juro, prefiero mil veces al que me rechaza o me llama pastillero, pese a no haber tomado un servidor más pastillas que ibuprofenos y paracetamoles, a que me vengan con compadreos o guiños de ojo. Y eso es algo que debo, bueno, que debemos todos los que nos encontramos en esta situación, al archiconocido Flying Free.
 
Todo comenzó en 1999. A mediados del año de referencia, a pocos meses de cambiar de año, década, siglo y milenio, salía por el Sello Bit Music su vinilo número 364: Pont Aeri vol. 4 - Flying Free. Producido por uno de los mejores productores de música electrónica de este país, Rubén Moreno, y con la voz de una cantante inglesa residente en Barcelona llamada Mariam Dacal, que ya había participado en otras producciones makineras; con un estribillo pegadizo y rompedor, un estilo muy comercial y el marchamo de Pont Aeri, la canción tenía todas las características para triunfar. Pero dudo mucho que ninguno de los participantes en su producción tuviera la más mínima idea de cómo se iban a desarrollar los acontecimientos. Su fama comenzó a extenderse como la pólvora por toda España, ya no sólo en discotecas de electrónica, sino de cualquier clase, y no tardó en sonar en toda Europa. Se vendieron cientos de miles de discos por todo el planeta. La makina, tras la decadencia de la Ruta, volvía a estar de moda. Si mi permitís la figura retórica, la makina abrió sus alas y voló todo lo que quiso, libre, sin limitaciones ni cortapisas. Flying free…
El fenómeno fue curioso. Yo, que como ya he dicho en varias ocasiones, era makinero desde 1995 y me dedicaba a escuchar la radio, comprar discos makineros y soñar con pisar Pont Aeri, era rara avis entre seguidores de las Spice Girls, del chaval de la Peca, o de pachangueo random y pop español; y, de pronto, pasé a verme envuelto de makineros de nuevo cuño. Cojones, pensaba. Esto es la hostia. Siempre he odiado las modas, pero cuando éstas vienen a mí, el odio se relativiza, por puro interés. Todo eran Alphas, tejanos ajustados y sudaderas Lonsdale. Peña que me venía a pedir cd’s, que me empezaba a llamar “el dj”, que me pedía mezclas con tal o cual canción. Hinchado como un palomo, yo me las daba de ducho en la materia, aunque no supiera una puta mierda; pero ya se sabe, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y lo era, joder. Feel the extasy…
 
Comenzaron a salir tres o cuatro discos semanales. Bit Music echaba humo. Cientos de chavales contactaban con su productor favorito para que les hiciera un disco. Anuncios por doquier. Mezclas en directo en televisión con DJ Neil presentando a las parejas de moda: Pastis y Buenri, por un lado, y Metralla y Skudero, por el otro. Hasta videoclips salieron. Todo el mundo parecía embriagado por la makina. Estábamos en la puta cresta de la ola. It’s a place to be, dj’s factory…
Pero, como era de esperar, el vuelo de la makina fue gallináceo. Poco a poco, la moda fue virando, mercenaria como es, hacia otros estilos. Casi sin darme cuenta, aquellos makineros de nuevo cuño pasaron a cambiar Alpha por chaqueta pija, tejanos arrapados por tejanos caídos y rotos, sudaderas Londsdale y Fred Perry por polos de Dolce & Gabanna. Y yo me volví a convertir, de nuevo, en rara avis: con mis tejanos, mis camisetas y mis bambas. Se acabó lo que se daba. 
 
De la hogaza sólo quedaron migajas, que se repartieron en el mundillo con danza de navajazos por la espalda (retóricos, no jodáis) y mucha desvergüenza. Sólo aquellos que tenían fiel parroquia y ostentaban cierta seriedad en el manejo del negocio aguantaron, hasta que no se pudo más. Y así llegamos hasta hoy en día, quedando todo en pura nostalgia de unos pocos. En fiestas privadas. En festivales puntuales. Y en los putos guiños de ojo que comentábamos al principio.
 
En el fondo, le debo mucho al Flying Free. Le debemos mucho. Durante unos pocos años, fuimos punta de lanza del mundo de la electrónica. Es cierto que la comercialidad ganó mucho terreno durante ese periodo y que salieron discos verdaderamente infames, vendiendo cantidad por calidad. También es cierto que cuando más se sube, más profunda es la caída; y que la resaca de la fama fue demasiado dura. Pero que nos quiten lo bailado, literalmente. 
 
Así que, parafraseando nada menos que a Don Fransisco de Quevedo, con su satírico poema de Gracias y desgracias del ojo del culo, que recomiendo encarecidamente, nos encontramos ante una canción que ha traído mucha gloria y mucha infamia. Gloria, en tanto nos elevó a los altares de la electrónica durante casi un lustro; infamia, en tanto tenemos que soportar que un makinero de los que lo fueron por moda, un coetáneo que escucha campanas y no sabe donde, un viejuno que te da un codazo amistoso o una chica que imita a Edu Soto y su nen de Castefa mientras te mira a los ojos como diciendo, mira, soy como tú, nos vengan a tocar los cojones con su condescendencia, compadreo y necedad. Que os den por el culo, rancios.
 
En fin, malditas modas. La mochila de la comercialidad. Pero no es óbice para que, since 1992, hayamos hecho historia.

 

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