Habitaciones oscuras y pastillas de colores

10.04.2016 18:17
Yo no leo las noticias. Bueno, de vez en cuando me veo en la obligación de leerlas, o de escucharlas por la radio, pero hace varios años que tomé la sana costumbre de evitar por completo los periódicos, ya sean virtuales o en papel. No necesito más años que los que tengo ni más inteligencia que la que puede tener una persona cualquiera para saber que la información es poder, y su interpretación, su difusión, su omisión o su magnificación son armas a su servicio. No quiero formar parte de ese mecanismo de manipulación masiva. Pero, como ya he dicho, de vez en cuando me veo en la obligación de leer alguna, o esa misma noticia me estalla en los morros, como es el caso.
 
Hoy mismo he hecho una excepción a esta regla general y he leído una noticia al completo que me ha dejado aterrorizado. No por miedo a su contenido, ni por sus consecuencias generales o particulares, sino desde una perspectiva humana. Al cabo, soy un ser humano, con sus virtudes y sus defectos, y sus servidumbres sentimentales. No puedo quedarme impasible ante determinadas circunstancias. Una madre francesa con un hijo que tendría poco más o menos mi edad relataba, en dicha noticia, el proceso de radicalización, huida y muerte de su hijo mayor. Un francés normal. Un chico con aficiones, novia, una familia, amigos, al que le gustaba el fútbol y salir de fiesta. Un chico que en pocos meses pasó de tener una vida a tener una religión. Un chico que cayó en las garras del islamismo radical. Poco a poco, fue dando avisos, cada vez más pronunciados, hasta que un día, alegando un viaje de placer, desapareció, yendo a parar a lo que actualmente se conoce como el Estado Islámico. Rifle en mano pretendía matar y morir por una interpretación radical de una religión. Se las apañó para estar en contacto con su madre a través de un teléfono móvil, contraviniendo las estrictas normas de las alimañas que lo controlaban, por lo que en el fondo no quería cortar ese último hilo que le quedaba con su anterior vida. Un día, dejó de contestar. Y su madre recibió un mensaje, semanas después, de un número anónimo. Su hijo había muerto en combate. Le informaba de ello un reclutador francés y tranquilizaba a la madre hablando de vírgenes, de Mahoma y de Alá. Justificaciones, oraciones y palabras que no hicieron sino desgarrar a una madre que sólo quería lo mejor para su hijo.
 
La noticia me ha dejado de piedra, pero un pequeño detalle me ha hecho reflexionar. Según los expertos, uno de los primeros síntomas de la radicalización islámica es dejar de escuchar música. Abandonar algo tan reconfortante y necesario como la música. En este punto, no he podido evitar imaginarme la situación. Yo sin música. O cualquiera. Qué absurda religión pretende arrancar de nuestros corazones la harmonía de la música, su capacidad de hacernos sentir, vibrar, llorar, reír y llorar. Qué mierda de ideología es aquélla que te impide la evasión, que te prohíbe las sensaciones auditivas, que te desnaturaliza, te destruye por dentro. Me da igual si es la media luna o la cruz. Me da lo mismo blanco o negro. Ojalá paguéis por ello. Hijos de la gran puta.
 
El caso es que, imaginando la situación, he sentido una especie de desesperación que no sabría explicar. Un mundo en blanco y negro, oscuro, sin felicidad. Y eso no tiene que ver con la luz que emane del sol o de una bombilla. Tiene que ver con nuestro interior. Mucha gente parece olvidar que la música es uno de los motores más poderosos de nuestra vida. Y eso no tiene nada que ver con la tecnología o la capacidad de tener música a todas horas. Nada de eso. Desde el origen de la civilización humana se han compuesto canciones, se han usado instrumentos, se ha cultivado el alma con la música. Cada uno tiene su particular modo de disfrutarla, pero nadie debería omitir la música de su vida. Ése es el primer paso hacia la autodestrucción.
 
Dicen, pues no está confirmado, que el Presidente de Nintendo, en el año 1989, dijo que “los videojuegos no afectan a los niños, si así fuera, estaríamos todos saltando en habitaciones oscuras, comiendo pastillas de colores y escuchando música repetitiva”. Desde luego, un visionario, el que dijo esta frase, sea quien fuere; tanto con los videojuegos como con las habitaciones oscuras y la música repetitiva. Yo nunca he consumido drogas, ni pastillas azules ni amarillas, pero sí que he saltado en habitaciones oscuras y, en cualquier caso, es bastante probable que la cultura electrónica le deba mucho a Pac Man. Y no, no me refiero a los fantasmas que acostumbrar a poblar las discotecas.
El chico que murió por Alá y yo teníamos varias cosas en común. Somos europeos, tenemos familia, formamos parte de la civilización occidental y nos gusta la música electrónica. Sé que en su caso debería haber utilizado el pretérito del verbo, pero me niego a conceder a su nueva religión autodestructiva esa satisfacción. Quentin, pues así se llamaba este chico antes de lo convirtieran en un peón de un tablero que nunca pudo comprender, seguirá bailando en una habitación oscura mientras uno de nosotros lo haga. Mientras todos lo continuemos haciendo. Cuando cerremos los ojos ante nuestra canción preferida, cuando elevemos las manos ante un temazo, cuando sonriamos al amigo que tenemos al lado, cuando entremos y salgamos de nuestra habitación oscura, Quentin lo hará con nosotros. Europa, Occidente, Pac Man, música electrónica. Es lo que somos y tenemos que seguir siendo.
 
Hay mucha gente que no entiende mi maldita obsesión con salir de fiesta. Ya tienes 30 años, dicen, ya te toca pasarte los sábados viendo la televisión o tomando cerveza sin alcohol antes de que toquen las doce de la noche. Pero yo no puedo evitarlo. Un club con música electrónica es el significado más puro que puede haber para mí de la palabra evasión. El concepto mismo. Parece que Pac Man corre por mis venas. Y no pienso permitir que ninguna ideología, religión, opinión o gilipollez intente detener su interminable recorrido por interminables pantallas.
 
Así que si algún día nuestra cobarde civilización acaba cayendo en manos de esa religión infame, si algún día somos tan imbéciles para dejar que miles de años de evolución moral, filosófica, política y social se nos deshagan en las manos por no tener los cojones de aceptar algo que ya decían los romanos (si vis pacem, para bellum), seguramente me encuentren en una habitación oscura, con un cubata de colores, bailando música electrónica. Evadiéndome de la estupidez. Bailando por Quentin.
 

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