Historias de España: De pandemia a pandemia (1918) (I)

01.04.2020 19:00

Un día más es un día menos, dicen. Un día más en la vida es un día menos hacia la muerte, en efecto, pues el reloj, pese a lo que ocurra fuera de nuestras fronteras epidérmicas, continúa corriendo. Los granos de arena pasan por el cuello de nuestro reloj, cayendo del recipiente opaco de lo que está por venir al recipiente cristalino de lo que ya ha pasado, sin freno, sin que nada pueda paralizarlo. Un día más es un día menos, repiten, pero no creo que se refieran a la muerte, sino más bien a la recuperación de nuestra vida. Y es que, aunque el reloj no se detenga, sí que lo hemos hecho nosotros. Encerrados, confinados, guardados en un cajón con ventanas. Esperando. Tic, toc, tic, toc. Un día más es un día menos. Un día menos para que esta pandemia postmoderna deje de acongojar a todo el mundo. Un día menos para encontrar una vacuna. Un día menos hasta que la curva de infectados deje de crecer de modo desaforado. Un día menos hasta que dejemos de contar muertos como el que cuenta los puntos de su equipo de fútbol en la tabla de clasificación. Un día menos para que hospitales, ambulatorios, morgues y crematorios dejen de estar saturados. Un puto día menos. Pero qué largos se hacen.

No, no es una queja. Yo estoy sano o, al menos, eso creo. No presento síntomas o si los he presentado, no se han manifestado con virulencia, por lo que ni me habré dado cuenta. Puede que esté infectado o que lo haya estado, pero no lo sé y puede que no lo sepa durante mucho tiempo. Soy joven, tengo una salud de hierro, el sistema inmunológico como una roca y llevo más de dos semanas sin estar expuesto a cargas virales de ninguna clase. Ello no es garantía de nada, pues personas sanas han caído en este combate contra el COVID-19, pero es un hecho que hoy puedo constatar. Ningún familiar mío parece haber sido infectado o, si lo ha sido, no ha pasado a mayores. Tengo comida, internet, comodidades, suministros, cuatro paredes en las que pasar este confinamiento. Yo no merezco el más mínimo comentario, ni siquiera una palabra de ánimo, ni por supuesto que nadie me diga qué bien lo estoy llevando o qué entereza muestro. Mi angustia, mis miedos, mi aburrimiento, mi insomnio, son ridículas consecuencias de esta pandemia. No, no es una queja. En absoluto.

Lo que pretendo, en todo caso, con este artículo, es que pongamos un poco de distancia sobre lo que está pasando actualmente poniéndolo en comparación con otras situaciones semejantes a las que nos hemos enfrentado. Y con ello no pretendo quitarle importancia. Yo soy tan nuevo ante esta tesitura como el que está leyendo estas líneas, como el tipo que compra media tonelada de garbanzos en conserva, como el que no deja de ver las noticias, aterrorizado, como el médico o la enfermera que llora amargamente al finalizar su jornada de trabajo sin haber podido hacer nada por salvar a sus pacientes, como el padre de familia que ha tenido que cerrar su restaurante sin saber cuándo podrá volver a generar ingresos; en definitiva, como cualquiera que esté padeciendo cualquier consecuencia, sea leve, grave o letal, de esta pandemia. Me sobrepasa, como a cualquiera. Por eso creo que es importante la reflexión. Pararse a pensar. Darle a todo un par de vueltas.

La primera y fundamental reflexión que debemos hacer es evidente: somos mortales. Parece que lo habíamos olvidado como sociedad, pero este es un hecho irrefutable que en ocasiones se muestra con especial crueldad, como en estos momentos. Por muchas vacunas, medicamentos y medidas de sanidad e higiene que dispongamos en Occidente, seguimos siendo tan frágiles como cualquier ser humano que viva en cualquier parte del Globo. Por muchos medios técnicos y por muchos avances médicos que dispongamos, la naturaleza siempre nos llevará la ventaja. Por mucho que médicos y científicos de todo el mundo lleven milenios de investigación, desarrollo y experiencia, siempre habrá un terreno inexplorado ahí fuera que los superará. No, no estamos a salvo. Nunca lo hemos estado y nunca lo estaremos. Podemos minimizar los riesgos, podemos mejorar las expectativas, pero hemos de ser conscientes de que es una guerra que no vamos a ganar nunca, sino que, en el mejor de los casos, podemos reducir sus consecuencias. Esta lucidez, necesaria, nos permite aceptar una realidad dura, agria, desgarradora si me apuráis, pero que nunca debemos olvidar: somos frágiles y mortales y siempre seremos frágiles y mortales. Y hay que vivir siendo conscientes de esta circunstancia.

¿Tiene sentido luchar una guerra que siempre vamos a perder? Por supuesto que lo tiene. Y cuando echemos un vistazo a nuestra historia veremos el motivo, aunque creo que es más que evidente. Lo que carece de sentido, en todo caso, es recordar nuestra fragilidad sólo cuando pintan bastos; y ahí aparece mi segunda reflexión: esta pandemia no va a servir de nada. Siento ser pesimista, pero no tiene ningún sentido que me engañe a mí mismo ni que trate de engañaros a vosotros. La sociedad está conteniendo el aliento sólo el tiempo suficiente para volver a inhalar su consumismo, su estilo de vida desenfrenado, su olvido selectivo. En efecto, y por fortuna, no todo el mundo seguirá ese patrón, pero para muestra, un botón: bien que se aplaude a los médicos cada día a las 20:00h, gesto gratuito que nada cuesta, pero ello no es óbice de que haya personas haciendo un acopio innecesario de víveres sin importar que otras personas queden desabastecidas. Las penosas imágenes de personas con cientos de rollos de papel higiénico quedarán grabadas como muestra de la infamia insolidaria e individualista que ha emergido durante esta crisis. No, lo siento, pero no tengo fe en ello. 

Y, al final, todo es lo mismo, concluyendo las reflexiones parciales en una reflexión final: recordar nuestra fragilidad nos genera miedo, que se acrecienta exponencialmente al ver peligrar nuestro distendido modo de vida, por lo que la respuesta que se genera es el pánico. Un pánico irracional, animal, paralizante, que nos hace apartarnos de nuestro mayor logro como especie: el uso de la razón. Sobresaturados de información, entramos en una especie de catarsis de miedo, angustia y pánico, por lo que actuamos como verdaderos chiflados. Por ello, no sólo hay que combatir médicamente la enfermedad, no sólo hay que tomar medidas para disminuir su incidencia, sino tratar de paliar algo mucho más etéreo, pero mucho más lacerante, como es el miedo.

Así que os invito a que dejéis esta locura, aunque sea de manera temporal, y me prestéis un poco de atención. Pongamos perspectiva. Altura. Tiempo. Viajemos al año 1918 para descubrir otra pandemia de similares características que la actual: la que corresponde a la llamada gripe española. Desde luego, de española tenía poco esta gripe, ya que el paciente 0 fue un norteamericano que provocó la expansión del virus a través de Francia desde Kansas, pero la leyenda negra, por un lado, y el impacto mediático que provocó esta pandemia en España, que era neutral en la Primera Guerra Mundial y no aplicó censura en los medios de comunicación, provocaron que esta gripe tuviera apellido español. Malditos anglosajones.

LA GRIPE ESPAÑOLA DE 1918

En fin, con independencia del mal nombre de la enfermedad, cuya nomenclatura médica es A/H1N1 (la misma que la gripe porcina de 2009, pues es el mismo tipo de virus), que es la que usaremos para hablar con propiedad, disponemos de abundante bibliografía que nos puede servir para que podamos hacer esas odiosas comparaciones que hacíamos en febrero con China y que hacemos hoy con Italia. En concreto, yo me he valido de la siguiente documentación, que podéis verificar, si queréis, en caso de que tengáis dudas sobre los datos que ofrezco:

  • Tesis de Maria Isabel Porras Gallo titulada “Una ciudad en crisis: la epidemia de gripe de 1918-19 en Madrid” (1994)
  • Cómo el Ejército Americano contagió al mundo la gripe española” de Santiago Mata (2017)
  • Artículo de investigación elaborado por la Universidad de Sevilla para la revista “Journal of Negative and No Positive Results” (2018).

Debo señalar, de manera preliminar, que yo, a diferencia de mucha gente en redes sociales, sólo soy un abogado que en todo caso tiene experiencia en recopilar datos, sintetizarlos, ordenarlos y, en su caso, establecer relaciones de causa y efecto, pero nada más allá de eso. Por ello, nada de lo que diga tiene ninguna validez médica ni pretende plantear soluciones de ninguna clase, sino que sencillamente se trata de un planteamiento comparativo en base a una situación análoga que puede permitirnos coger perspectiva histórica. Quiero que esto quede muy claro.

El virus y sus características

Antes de nada, hemos de tener en cuenta que, si bien el SARS-CoV-2 y el A/H1N1-18 se transmiten del mismo modo, se replican del mismo modo (necesitan el ADN de un huésped) y causan dolencias parecidas, no forman parte de la misma familia ni tienen los mismos componentes genéticos. Son diferentes, desde una perspectiva virológica, pero sus consecuencias nos permiten utilizarlos de modo comparado.

Dicho lo anterior, lo primero que debemos saber del COVID-19 es que ése no es el nombre del virus, sino el nombre de la enfermedad que provoca; motivo por el cual no he utilizado ese término en el párrafo anterior. El virus que está causando estragos este año 2020 es el SARS-CoV-2, que es una agresiva mutación del SARS-CoV que ya causó problemas durante el año 2003 y que, en Europa, vimos como algo lejano y que nada tenía que ver con nosotros. Así que, cuando nos refiramos al virus, no a la enfermedad, no debemos usar COVID-19; pues este acrónimo significa, literalmente, “enfermedad por coronavirus de 2019” (COronavirus VIral Disiase-2019).

En cambio, el término A/H1N1 sí que corresponde al virus, siendo la gripe española de 1918 o la gripe porcina de 2009 (o influenza, en término anglosajón) las expresiones que corresponden a la enfermedad. Por ello, teniendo en cuenta que nos referimos a la gripe de 1918 y al objeto de diferenciarla de la gripe porcina de 2009, nos referiremos a este virus como A/H1N1-18.

En segundo lugar, una vez aclarada la terminología, podemos aseverar que ambos virus tienen análogo modo de transmisión: se transmiten a través del contacto de mucosas con superficies infectadas o pequeñas microgotas de saliva proyectada al hablar o al toser. La diferencia la encontramos en la duración del virus fuera de su hábitat: el SARS-CoV-2 es capaz de sobrevivir mucho más que el A/H1N1-18 debido a su grosor y grasa protectora.

En tercer lugar, en cuanto a la sintomatología que produce la infección del virus, no voy a volver a ahondar en los síntomas del COVID-19, ya que nos han machacado tanto que todo el mundo los conoce (tos, fiebre, falta de oxígeno); sino que me centraré en los síntomas que provocaba el virus A/H1N1-18: fiebre superior a los 39 grados, aceleración del pulso en reposo por encima de las 140 pulsaciones por minuto, encharcamiento de los pulmones, fallecimiento del paciente a los 3 días del inicio de síntomas si la enfermedad se manifestaba en su manera más agresiva. En definitiva, la mal llamada gripe española tenía una sintomatología mucho más letal que la del COVID-19.

Tasa de mortalidad

Por desgracia, a fecha actual, con la pandemia de SARS-CoV-2 en pleno auge en todo el mundo, no podemos saber a ciencia cierta cuál es su tasa de mortalidad, pues los datos estadísticos son insuficientes. Según los datos que disponemos a fecha de publicación de este artículo, extraídos de una de las herramientas más utilizadas y actualizadas para el seguimiento de la pandemia, como es la base de datos elaborada por el CSSE de la Universidad norteamericana Johns Hopkins, los datos que se barajan son los siguientes:

  • China: Tasa de mortalidad del 4,03 %.
  • Corea del Sur: Tasa de mortalidad del 1,67 %.
  • Italia: Tasa de mortalidad del 11,75 %.
  • España: Tasa de mortalidad del 8,86 %.
  • Alemania: Tasa de mortalidad del 1,10 %.
  • Francia: Tasa de mortalidad del 6,68 %.
  • TASA DE MORTALIDAD GLOBAL: 4,99 %
Sobre estas cifras es necesario hacer unas apreciaciones necesarias:
 
  • Tanto en China como en Corea del Sur la pandemia ha finalizado su primera oleada, por lo que los datos son mucho más concluyentes que los que se disponen en otras latitudes.
  • En Europa, la pandemia está aún pendiente de alcanzar la máxima cifra de infectados, por lo que estamos en el peor momento de la primera oleada, por lo que los datos están sobredimensionados y se basan en datos parciales.

De hecho, hemos de tener en cuenta que otro de los problemas que nos encontramos con la determinación de la tasa de mortalidad son las personas asintomáticas, las personas que tienen síntomas leves y no van a un centro de salud y todos aquellos casos que se escapan de las autoridades sanitarias por varios motivos (entre ellos, la falta de tests para detectar el COVID-19). Por ello, es muy probable que la tasa de mortalidad sea artificialmente alta.

En comparativa, los datos históricos que arrojan la tasa de mortalidad del A/H1N1-18 son bastante peores. En este caso, hubo hasta tres oleadas: primavera de 1918, otoño de 1918 y primavera de 1919. Teniendo en cuenta las cifras de estas tres oleadas en todo el mundo, se infectaron de la enfermedad aproximadamente 750.000.000 de personas y fallecieron aproximadamente 50.000.000 de personas (un 3 % de la población mundial), por lo que la tasa de mortalidad se situaría en torno al 6,66%.

 

En España, los datos son los siguientes: de una población de 20.910.000 personas (menos de la mitad que ahora), murieron unas 168.349 personas por causa del A/H1N1, siendo la cifra total de infectados de 8.000.000; por lo que estaríamos hablando de una tasa de mortalidad del 2,10%.

Si tenemos en cuenta estos datos sin más análisis adicional, pudiera parecer que la actual pandemia tiene una tasa de mortalidad ligeramente superior a nivel global y muy inferior a nivel español en comparación con el A/H1N1-18, pero si tenemos en cuenta que el COVID-19 presenta un elevadísimo porcentaje de casos asintomáticos que no están siendo detectados, la tasa de mortalidad real será 10 veces inferior a la que arrojan los números oficiales que se disponen. En España sólo se hacen test a los que presentan síntomas graves y se desplazan al centro de salud, a diferencia de otros países que están haciendo tests masivos, como Corea del Sur, por lo que la tasa de mortalidad real se acercará más al 1% que al 5%.

Así que sí, ya hemos pasado por esto. Y os aseguro que en 1918 no existían ni UCI’s, ni respiradores, ni paracetamol para cualquiera que lo necesitara, ni por supuesto profesionales y centros tan preparados como los que encontramos hoy en día. Y a pesar de todo, hubo un 1919, y un 1920, y un 1921. Y nacieron nuestros abuelos, y nuestros padres, y nosotros. Y la vida se continuó abriendo camino.

En el siguiente artículo, hablaremos de otras cuestiones que también pueden ser de interés y que nos permitirán poner en perspectiva no sólo el qué, no sólo el virus, sino el cómo de la pandemia de 1918, que nos permitirá igualmente ponerla en comparación con la situación reada por la pandemia de 2020: la respuesta del Gobierno, la reacción de la población, la incidencia en la vida social, entre otros. Veréis, con mayor profundidad, que nada de lo que ocurre es tan nuevo como pensamos. Descubriréis que vuestro pánico es contingente y comprobaréis que Nietzsche, con su famosa teoría del eterno retorno, no iba desencaminado.

Y nunca olvidéis lo que le dijo Syrio Forel a Arya Stark en Juego de Tronos: “El miedo hiere más que las espadas”. Y que los virus.

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