Historias de España: El orgullo de Asturias (722)

13.12.2015 17:59
Esta pasada semana he pasado por uno de los momentos más dolorosos de toda mi vida. Los que me conocéis sabéis que acostumbro a hacer gala de una verborrea en ocasiones excesiva y que suelo tener palabras para cualquier situación. Pero es mentira. Hay momentos en la vida que nos sumen en la más absoluta desolación y cualquier herramienta de comunicación queda totalmente superada por la fuerza de los hechos. Y durante muchos días no me salían las palabras. No sabía cómo expresar el crisol de pensamientos, sensaciones y sentimientos que todavía atraviesan mi cuerpo sin orden ni concierto y que me hacen sentir absolutamente perdido. 
 
Precisamente el domingo 6 de diciembre de este mismo año, estaba preparando un artículo sobre el fenómeno fan. Sobre lo absurdo que resulta esa suerte de obsesión enfermiza que mucha gente muestra hacia artistas, músicos y cantantes que, en el mejor de los casos, no dejan de ser personas como este humilde servidor o cualquier lector de estas líneas. Y comenzaba el artículo hablando de que el ser humano necesita referentes. Personas que suplan con su experiencia la falta de instinto natural de nuestra especie. Mi intención era intentar separar el verdadero referente del falso ídolo en la introducción del artículo. Y señalar a los verdaderos referentes que siempre tendremos y que realmente nos han influenciado en lo más profundo de nuestro ser. Nuestros padres.
 
Y ese mismo día, horas después, mi referente fundamental, la persona más maravillosa y buena que he conocido, la persona que ha hecho de mí todo lo que soy, fallecía en mis propias manos. Mi padre. No soy capaz de describir, como he dicho, la desolación que se siente, el dolor que se padece, la impotencia, la injusticia, las lágrimas que emergen hasta secar los ojos. El vacío. Sólo puedo deciros que no desperdiciéis ni un solo segundo que paséis con vuestros padres. Que los llaméis constantemente. Que riáis con ellos. Que compartáis todo. Que los abracéis cuando podáis. Que esta vida injusta se los puede llevar en cualquier momento y dejaros en la más absoluta de las tristezas. Y entonces os arrepentiréis de todo lo que os hubiera gustado hacer con ellos. Y decirles. Y vivir con ellos. 
Yo no puedo devolverlo a la vida. Nadie puede. Ya no puedo volver a verlo tomarse esta mierda de vida con una sonrisa, ni recibir uno de sus sabios consejos, ni notar su mirada cómplice cuando veíamos juntos la estupidez del mundo que nos rodeaba. Sólo me queda el absoluto placer de haber compartido 30 años de mi vida a su lado; sólo me queda honrarlo en cada acto, en cada palabra, en casa pensamiento. Sólo me queda esperar que, esté donde esté, se sienta orgulloso de mí. Mi referente se ha ido, pero dejando atrás retazos de su experiencia. Habiéndome pasado el testigo. Te toca a ti, Sergio. Y me siento abrumado.
 
Nadie te enseña cómo afrontar algo así. Aunque sea ley de vida -maldita sea la gracia de esta legislación natural-, aunque sólo estemos en este mundo de prestado y la muerte esté estrechamente vinculada a la propia vida, encajar este golpe requiere de una entereza a la que no estamos acostumbrados. No es momento de críticas generales, pero en el fondo, esta podredumbrosa sociedad occidental proyecta la sensación de la juventud eterna, de la vida despreocupada, de que siempre seremos felices y guapos con nuestro flamante deportivo y nuestro teléfono inteligente de nueva generación. Se basa en una mentira. Y por ese motivo nos hace débiles, puras marionetas que se desmoronan cuando se corta una de sus cuerdas. No sabemos qué hacer. No encontramos refugio alguno ante una situación de estas características.
 
Yo tengo mi particular modo de hacerlo, claro. O por lo menos eso creo, pues alcanzas un punto en el que no estás seguro de nada. Escribir lo que siento me reconforta. Expulsar lo que llevo dentro. Compartirlo. Ofrecer mi experiencia. En ningún caso alcanzo la categoría de referente, ni puedo ni pretendo compararme con mi querido padre, pero lo poco que tengo lo doy. Eso es lo que me enseñó. Que las personas están por encima de todo, del dinero, del consumismo, del egoísmo, del odio. Que el recuerdo de las personas que me rodean es todo lo que quedará de mi cuando me haya ido. Eso es lo que me queda de él y es lo que quiero que quede de mí. Nada más es necesario. 
 
Y es que yo, quizás de manera inocente, creo que las personas sólo morimos cuando nadie nos recuerda. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas pensando en él, aunque su cuerpo no esté aquí, él está vivo. Está vivo en mi mente. Esta vivo en mí mismo, pues yo soy tan suyo como de mi madre. Y hasta el día en el que yo mismo abandone este mundo, él seguirá vivo. Y si alguien se acuerda de mí, lo hará de él, y así para siempre. Nuestro cuerpo no es eterno. Pero nosotros sí. Nuestro recuerdo supera los años y las décadas. Permanece. No se olvida. Y este artículo no es más que una gota de este océano de recuerdo. 
 
Mi padre era asturiano. Bueno, en realidad, era más catalán que asturiano, pues cuando tenía tan sólo cinco años de edad mis abuelos huyeron de la pobreza buscando un lugar donde sobrevivir. Y Barcelona se lo ofreció. Lo pasaron mal, muy mal. Pero salieron adelante. Y el hijo de mi padre, el nieto de mi abuelo, que fueron pobres como las ratas y trabajadores hasta decir basta, es hoy en día una persona con un trabajo fijo, con una educación superior y con una capacidad económica que ya hubieran soñado ellos en su momento. Me lo dieron todo. Y fue aquí, en Barcelona, pero sin nunca olvidar de dónde venían. Sus raíces. Su tierra.
Mi padre acostumbraba a decir, con tono socarrón, que Asturias era España, y lo demás, tierra conquistada. Yo nunca le llevé la contraria, por supuesto. Ni siquiera cuando decía en broma que mi madre, cordobesa, era más mora que española. Yo ahí disentía, pero bueno, en el fondo no era más que parte de su naturaleza risueña. En realidad, con estas expresiones lo que venía a manifestar era el orgullo que sentía de sus raíces. Y eso era algo que expresaba con palabras, pero que podías observar en sus ojos cuando cruzábamos el puente que separa Bustio de Unquera, o cuando nos metíamos entre pecho y espalda una fabada y remojábamos nuestros gaznates con sidra fresca en Colombres, en Llanes, en Gijón y Oviedo, o en cualquier pueblo o ciudad de la maravillosa Asturias. Como ya dije en un artículo anterior, para mí eso era el patriotismo. Ese orgullo. Ese amor hacia una tierra. 
Uno de sus ídolos, como imaginaréis, era Don Pelayo. El referente de Asturias. Resistió al invasor musulmán en Covadonga y constituyó punta de lanza de la reconstrucción de la Hispania goda a través de los reinos medievales cristianos que, poco a poco, fueron creciendo hasta alcanzar la actual España. Y hoy voy a hablaros de él. De su gesta. De Asturias. De mi padre, en definitiva.
 
“El orgullo de Asturias”
 
Previamente a conocer a Don Pelayo, y su gran gesta en Covadonga, por la cual se le recuerda, pongámonos en antecedentes. Corría el año 710 de nuestra era cuando, tras la muerte del Rey godo Witiza con tan sólo 30 años y sin descendencia, el Reino de Hispania entró en una sangrienta guerra civil. Vaya, qué casualidad, diréis. Los españoles dándonos de tortas por el poder. En este caso, sin embargo, no eran rojos y nacionales, sino partidarios de Agila II, familiar de tercer grado de Witiza, y partidarios de Rodrigo, duque de la Bética. El potencial militar de Rodrigo aplastó sin compasiones a Agila II y sus partidarios, que fueron condenados a un humillante ostracismo. No obstante, esta victoria, que contó con el apoyo de gran parte de la aristocracia, no fue pacífica. Los partidarios de Agila II fueron derrotados, sí, pero no aceptaron el reinado de Rodrigo. No se lo iban a poner nada fácil.
La conspiración para acabar con el reinado de Rodrigo, que como veremos fue muy breve, fue promovida por los hermanos de Witiza, que mediante una alianza internacional pretendían hacer decantar la balanza a su favor. En su ingenuidad, tuvieron la brillante idea de pedir ayuda al emergente imperio musulmán, que había conquistado todo el norte de África y tenía una capacidad militar envidiable. Error estrepitoso que pagarían muy caro. En cualquier caso, a mediados del año 710 comenzaron pequeñas incursiones árabes en la Península, que tenían por objeto tratar de debilitar a Rodrigo. La más importante, no por su envergadura, sino por su trascendencia histórica, fue la comandada por Tariq Benzema ibn Ziyad al-Layti, que tras desembarcar en la ciudad de Tarifa, asoló Cádiz con ayuda de 500 efectivos. La conquista musulmana de Hispania había dado comienzo.
 
No obstante, estas incursiones eran rápidamente repelidas y, más allá del evidente desgaste, no suponían un mayor problema para Rodrigo. Era necesario un golpe mucho mayor. Y es en este momento cuando un asunto personal del Rey de Hispania precipitó el torrente de acontecimientos.
 
Cuentan las crónicas que Rodrigo, en la ciudad de Toledo, conoció a una joven de extraordinaria belleza llamada Florinda, de la que se enamoró perdidamente. La sutileza de los godos en las técnicas amatorias no era precisamente una de sus virtudes, y parece ser que, al no verse correspondido, la forzó a mantener relaciones sexuales. Vamos, que la violó. Habida cuenta de las barbaridades que se cometían en aquella época, este evento hubiera pasado inadvertido, pero da la casualidad de que Florinda era la hija de Don Julián, el gobernador de Ceuta. Y cuando ésta, en un despacho de correspondencia, informó a su padre de que había sido deshonrada, Don Julían entró en cólera. Exigió la devolución de su hija a Ceuta, deseo que le fue concedido, pero juró venganza contra el Rey. Venganza que se cobraría un alto precio para Hispania.
 
La traición de Don Julián tuvo lugar en abril del año 711. Cedió varias naves a Tariq Benzema ibn Ziyad al-Layti para que transportara desde Ceuta hasta la Península nada menos que 6.000 contingentes musulmanes. En este caso, la incursión no pudo ser repelida, y las tropelías musulmanas comenzaron a tener lugar por toda Andalucía. No sólo eso, sino que 6.000 contingentes más cruzaron el Estrecho para unirse al saqueo de Hispania. Cuando Rodrigo tuvo conocimiento de este hecho, nada menos de un ejército de 12.000 musulmanes se encontraban en su territorio.
 
Para no variar, Don Rodrigo, al enterarse de estos hechos, estaba sofocando la enésima revuelta vascona, por lo que tuvo que reagruparse de manera apresurada para plantarle cara a Tariq. A pesar de todo, parece ser que consiguió formar un ejército compuesto por 40.000 hombres, y todo apuntaba a que serían más que suficientes para acabar con la invasión musulmana. En fecha 19 de julio de 711 tuvo lugar una batalla decisiva para la historia de Europa: la batalla de Gualalete. 
 
Don Rodrigo, pese a la superioridad numérica, y conocer el terreno, cometió un error que sería fatal. Entre sus huestes había partidarios de Agila II. Y, en un momento decisivo de la batalla, estos contingentes, que se encontraban en los flancos del ejército, se pasaron al enemigo. De repente, todo estaba perdido. El ejército se desmoronó como un castillo de naipes. El tesoro godo cayó en manos del invasor, el ejército de Don Rodrigo fue disuelto y el Rey huyó a Lusitania sin posibilidad alguna de recuperar su trono. Hispania quedaba a merced del Islam.
Los seguidores de Agila II, pobres incautos, pensaban que ellos habían ganado la guerra y que recuperarían el trono de Toledo. Nada más lejos de la realidad. Cuando vieron lo que estaba pasando, fue demasiado tarde. Muchos se rindieron, otros huyeron, los que más fueron asesinados. En apenas dos años, la práctica totalidad de Hispania había caído.
 
Y es en este momento cuando un personaje que hasta el momento había permanecido en el anonimato esculpió su nombre en la historia de España y Europa. Uno de los primos del Rey Rodrigo, que formaba parte de su guardia personal y que había participado en la batalla de Guadalete, consiguió escapar junto unos cuantos nobles hacia Asturias. Este personaje había nacido en Cosgaya, que actualmente forma parte de Cantabria, y tenía una inmensa vitalidad. Así comienza la historia de Don Pelayo.
 
A pesar de que habían tenido tiempo para tratar de reagruparse y buscar refuerzos, Don Pelayo y sus leales no fueron capaces de plantar batalla contra el ejército musulmán. Tuvieron que rendirse. Pasaron de ser señores a vasallos. Pero el poso del Reino de Hispania todavía brillaba en sus corazones, y la rebelión se encontraba ahí, agazapada, pendiente, a la espera de un detonante.
 
Y de nuevo entramos en el terreno personal. Resulta curioso que tanto la invasión de Hispania como la Reconquista tuvieran como detonante a una mujer. Y es que gobernador musulmán de Gijón se interesó con malas artes por la hija de Don Pelayo y éste, ofendido, decidió dejar de pagar tributos y comenzar una revolución. Reunió a un pequeño contingente militar compuesto por asturianos, gallegos, cántabros y vascones  y se refugiaron en las montañas de Asturias.
 
Al principio, desde Córdoba se menospreciaba esta pequeña rebelión. De hecho, incluso los llamaron “asnos salvajes”. No obstante, conforme fue creciendo el foco de resistencia, estableciéndose en Cangas de Onís, estos “asnos salvajes” comenzaron a ser un verdadero problema. Así que desde la capital del Al-Andalus se enviaron nada menos que 20.000 efectivos para aplastar a estos rebeldes.
 
Comienza la leyenda. Don Pelayo, al conocer la noticia, se refugió en una cueva a meditar y a pedir fuerzas para defender la cruz frente a la media luna. Eran demasiados. Era una locura. Pero entonces, según cuenta la leyenda, el pendón del extinto Reino de Toledo se apareció en el cielo. Y junto a él, la Virgen María, que le insufló la fuerza suficiente para plantar cara a esos 20.000 hombres. Ella estaría con él. La Santina, la Virgen de Covadonga, ayudaría a los pocos valientes que se rebelaban contra el Islam. 
De nada sirvió que el obispo Donopas intentara negociar. De nada sirvieron amenazas, agasajos o intentos de chantaje. A los 300 asturianos que se habían refugiado en la Cova Dominica y que tenían intención de plantar batalla no les tembló el pulso para negarse en redondo a cualquier ofrecimiento recibido. Se pertrecharon, se miraron los unos a los otros, miraron al cielo buscando la Santina y emprendieron una batalla casi suicida. Podrían morir, pero lo habría libres. Era el día 28 de mayo de 722.
 
El conocimiento del terreno, como era de esperar, resultó ser una ventaja considerable. Como el Rey Leónidas en las Termópilas, Don Pelayo y sus valientes se valieron de montañas, pasadizos, estrechos parajes y caminos de piedras para luchar contra un enemigo muy superior. Cual si fueran conejos, corrían por los escarpados montes asturianos soltando flechas, lanzas, cuchillos o piedras contra el ejército musulmán, que no sabía de dónde le venían los golpes. Cuando localizaban a un asturiano, éste desaparecía a los pocos segundos por vericuetos que sólo él conocía. Cuando los musulmanes se movían por terreno desconocido, las piedras caían, los pasillos de roca se venían abajo, y cientos de ellos se precipitaban al vacío con terror. Poco a poco retrocedían, pero no era suficiente. 
 
Don Pelayo, a la vista de ello, lanzó un ataque desesperado. Saltaron como locos contra los musulmanes, con la espada en alto, sin más esperanza que la muerte y redención cristiana. El ejército musulmán no pudo soportar semejante empuje, ni las piedras que, según cuenta la leyenda, comenzaron a caerles de las montañas. Hispana vivía. Hispania se conservaba en aquellos 300 hombres que, sin miedo, tuvieron los arrestos para darlo todo contra el enemigo.
 
Esta refriega no pudo acabar con este ejército de 20.000 hombres. Sería absurdo, incluso para una leyenda, sostener algo semejante. Pero esta victoria pírrica, esta retirada del ejército musulmán, aunque fuera momentánea, encendió una chispa. A pesar de que de estos 300 combatientes no quedaron más de 30, su espíritu se mantuvo. Forjaron, con su valentía, el alma de la Reconquista. 
Cabe decir, en honor a la verdad, que Carlomagno, con la creación de la Marca Hispánica, obligó a que numerosos efectivos fueran desplazados hacia la actual Catalunya, por lo que la resistencia pudo mantenerse e irse haciendo cada vez más fuerte. El mismo Pelayo conquistó León, constituyendo esta conquista el germen del Reino de Asturias. El resto, como se suele decir, es historia.
 
Hoy te dedico este artículo a ti, Alfredo. A tu amor por Asturias. A tu fuerza. A tu lucha constante por tu familia. A tu corazón y a tu recuerdo. A todo lo que me has enseñado. A todo lo que quisiste. A todo lo que eras. Y a tu tierra. Aquella con la que soñabas cuando estabas lejos. Aquella que te hacía suspirar. Aquella que hoy llora tu ausencia. Aquel paraíso verde en el que seguro que estás junto con mi abuelo, tomando un culín de sidra.
 
Te quiero, papa. Y siempre te querré.

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