Historias de España - Las cadenas de Navarra (1212)

11.02.2017 13:14

Si sois seriéfilos –utilizado sea el condicional en su forma retórica, puesto que, a día de hoy, todo el mundo lo es; a pequeña, mediana o gran escala-, seguramente reconoceréis la siguiente frase: “Hola, soy el Dr. Sheldon Cooper. Bienvenidos a Sheldon Cooper presenta: Diversión con Banderas.”. Con esta divertida, nunca mejor dicho, presentación, el fantástico personaje que interpreta Jim Parsons en la serie The Big Bang Theory nos introduce en el curioso mundo de las banderas, en el que podemos encontrar, por ejemplo, la única bandera del mundo que tiene dos vacas insertas en uno de los cuarteles de su escudo: Andorra. Dos vacas, en efecto, y cada una de ellas con su correspondiente badajo. Vacas que, curiosamente, son muy necesarias para diferenciar la bandera andorrana de la bandera rumana, pues son idénticas: tres franjas verticales de misma anchura de color azul, amarillo y rojo, de izquierda a derecha. Y es que las banderas, como las vacas, se parecen mucho unas a otras, y es necesario que incorporen elementos que las identifiquen adecuadamente. Sea una vaca, sea una estrella, sea un escudo, sea un emblema.

A este respecto, cabe indicar que muchos de los elementos identificadores de las banderas tienen mucho de arbitrario. Sin ir más lejos, la actual bandera española, la rojigüalda –expresión, ésta, que huele a naftalina y a brandy, pero muy acertada cromáticamente-, fue adoptaba para evitar confusiones navales con la bandera de Inglaterra; pues, en el siglo XVII, la bandera española imperial consistía en una Cruz de Borgoña de color rojo sobre fondo blanco y la bandera inglesa consistía en una Cruz de San Jorge de color rojo sobre fondo blanco. Había diferencias entre ellas, sí, ya que la cruz española era aspada y anudada, a diferencia de la cruz inglesa, que era vertical y sin nudos, pero tenían mismo semblante en la lejanía. Así que Carlos III, uno de los pocos Borbones españoles que merecen mi respeto -lo cual no es moco de pavo, tratándose de esos gabachos-, tomó la decisión de cambiar la bandera del siguiente modo mediante una Ordenanza Real de fecha 8 de mayo de 1785: “Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa Mi Armada Naval y demás Embarcaciones Españolas, equivocándose a largas distancias ó con vientos calmosos con la de otras Naciones, he resuelto que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las cuales la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio, amarilla, colocándose en ésta el Escudo de mis Reales Armas”. 

A la vista de ambos ejemplos, que nos son muy cercanos, pues nos referimos a países que forman parte de nuestra querida Península Ibérica, pudiera parecer que la determinación de los elementos propios de las banderas está más al servicio del pragmatismo concreto de la época que toque en suerte o de elementos externos aleatorios que a un verdadero simbolismo que tenga un origen histórico. Pero no. No se trata de eso. En efecto, el cambio operado sobre la bandera de España sí que responde a una cuestión puramente pragmática, pero las vacas andorranas no siguen ese mismo criterio. Las vacas forman parte del escudo de Andorra, no de la bandera. De hecho, la bandera de Andorra y Rumanía son idénticas, y ello no supone un problema. Es el escudo el que las diferencia; y por cuestión de simbología propia: las dos vacas que constan en el cuarto cuartel del escudo andorrano representan las armas del extinto Vizcondado de Bearne, con capital en Pau, soberano de Andorra en la Edad Media. Y las vacas no son de una raza cualquiera, sino de raza betizu, autóctona del norte de España. 

En consecuencia, la bandera sólo diferencia; el escudo simboliza, explica, recuerda: es historia viva. Y lo mismo que ocurre con el escudo de Andorra, ocurre con el escudo español, que nada tiene que ver con el pragmatismo de Carlos III de Borbón. 

En efecto, el actual escudo de España, resultado de siglos y siglos de evolución, está compuesto por una serie de elementos que, de manera gráfica y sintética, ofrecen a un observador perspicaz mucha información sobre nuestro país, su historia, sus gentes e incluso su situación geográfica. La heráldica, al cabo, y como he comentado anteriormente, no trata solo de una representación gráfica al azar que tiene por objeto la identificación de una familia noble frente a otra, o de una nación frente a otra, sino que dota de un significado concreto al símbolo elegido para que ofrezca información adicional. Si mi familia, Hevia, eligió un caldero y ocho castillos como escudo de armas, no fue porque les tocó en suerte en un reparto de heráldica, sino porque unos valientes y salvajes godos que se habían visto exiliados de sus tierras por la invasión musulmana, se resolvieron a tomar una población ocupada por los moros, que tenía ocho bastiones, en un solo día natural; y tal fue su empeño que los pasaron a todos a cuchillo ese mismo día y, una vez finalizada la refriega, se dieron un convite con los calderos de carne que estos mismos moros tenían preparados para la cena. Y si el blasón de mi familia, humilde donde las haya, pero hidalga, como es de ver, tiene su historia, imaginaos lo que oculta el escudo de España. Imaginaos la de información que podemos extraer. Veamos:

  • La Corona: En la parte superior del escudo (timbre, en terminología heráldica), encontramos una Corona Real, con una cruz dorada en su cúspide. Resulta bastante evidente que con esta simbología se representa la soberanía nacional instituida en la figura de un Rey cuyo poder emana de la religión. Evidentemente, hoy en día esto no es así, sino que la soberanía nacional emana del pueblo español (art. 1.2 CE 1978) y la Monarquía cumple funciones representativas (art. 56 a 65 CE 1978); pero refleja parte de la historia de España y nos define como Monarquía, ya sea absolutista, feudal o parlamentaria.
 
  • La Dinastía: En la parte central del escudo, entre los cuatro cuarteles, encontramos tres flores de lis doradas sobre fondo azur que representan el escudo de armas del duque de Anjou (rama menor de los Borbones franceses). Este símbolo vino a sustituir el águila bicéfala de los Habsburgo que anteriormente al reinado de Felipe V coronaba el escudo de España. Al cabo, nos ofrece información sobre el linaje del monarca que nos ha tocado en suerte: narizón y putero; Borbón certero.
 
  • Los Reinos fundadores: De izquierda a derecha y de arriba a abajo, cuarteados, encontramos los escudos de Castilla, León, Aragón, Navarra y Granada. Podríamos entrar en muchos, muchísimos dimes y diretes sobre quién funda y quién refunda, sobre si Aragón o si Catalunya, sobre León o Asturias, o sobre si en las ventanas del castillo hay una doncella o un bufón, pero el hecho cierto es que estos cinco reinos formaron la actual y moderna España peninsular. Y así se muestra en el propio escudo de España, que reconoce su origen en los reinos que germinaron de la antigua Hispania goda frente al Islam y que reconquistaron el territorio perdido.
 
  • Las columnas de Hércules: A ambos lados del escudo, encontramos dos columnas que emergen del agua y que representan, respectivamente, el peñón de Gibraltar (426 m) y el monte Hacho de Ceuta (204 m). El estrecho de Gibraltar, que separa en tan sólo 14,4 km los continentes de Europa y África, era considerado como el fin del mundo conocido en la Edad Antigua. Fin del mundo hasta el que viajó Hércules para ejecutar su décimo trabajo, consistente en derrotar a Gerión, un ser mitológico que se encontraba en la ciudad más antigua de Europa, Garida (la actual Cádiz). Derrotado éste por Hércules, se dice que, a su regreso, erigió estas dos columnas a modo de monumento. Así que, por lo que vemos, estas dos columnas nos refieren a una indicación geográfica de la situación que ocupa España a través de la mitología griega.
 
  • Las pequeñas coronas sobre las columnas de Hércules: Sobre cada una de las columnas de Hércules encontramos una pequeña corona. Si las observamos con detenimiento, comprobaremos que no son idénticas, sino que la izquierda es una corona heráldica imperial, que se refiere a la época en la que Carlos I de Habsburgo fue emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; y la de la derecha es una corona heráldica real, referida sencillamente al Reino de España. Esta composición recuerda el pasado de España como reino y como imperio.
 
  • Plus Ultra: Más allá. Se decía que tras las columnas de Hércules estaba el fin del mundo, que no había nada más allá que agua sin fin. Otros, como Platón, decían que allí se encontraba un continente llamado Atlántida. Pero, según la historiografía oficial, pues a fecha actual se sabe que vikingos o incluso fenicios llegaron a América antes que Cristóbal Colón, fue España la que cruzó ese estrecho y encontró un nuevo Continente. Se atrevió, en definitiva, a ir más allá. Y eso le valió un imperio.

Historia, geografía, composición política, religión, familia dinástica, mitología y forma de gobierno; casi nada, oigan. Pero hay más. Hay mucho más. Y es que si el escudo de España, a nivel general, tiene información a espuertas, imaginaos si profundizamos en cada uno de los escudos de armas de los llamados Reinos fundadores. Porque las cuatro barras de Aragón, o de Catalunya, no son sólo cuatro barras; tienen una historia oculta bajo ese símbolo. Lo mismo puede decirse del castillo de Castilla y de la granada de Granada, aunque en estos casos la explicación parece tan evidente que no sé si necesitan un análisis más profundo. Y, por supuesto, algo encierran esas cadenas navarras. 

Fijándonos por lo menudo en la composición del escudo de Navarra, que se encuentra bajo el escudo de León y a la derecha del escudo de Aragón, comprobamos que consiste en una serie de cadenas que se cierran sobre sí mismas en torno a una esmeralda de color verde. Y si paradigmáticas son las columnas de Hércules en la simbología del escudo de España, tanto más lo es el escudo de Navarra, en tanto en cuanto se refiere a un episodio histórico absolutamente vital para la historia no sólo de España, sino de toda Europa tal y como la conocemos: la batalla de Las Navas de Tolosa que tuvo lugar en 16 de julio de 1212.

Para referirme a este episodio histórico en general y a la simbología del escudo de Navarra en particular recurriré a una dramatización novelada en persona de un caballero navarro que formó parte de las huestes que allí combatieron contra el Islam y que presenció, in situ, este evento capital al efecto de explicar el origen legendario del escudo. Desde que inicié estos artículos referidos a la historia de España tenía en mente explicar algún episodio histórico a través de una recreación en primera persona de los hechos, pero hasta la fecha no había tenido ocasión, o inspiración, para acometer dicha empresa, que no es fácil, por razón de vocabulario y periodo histórico. Sobre dicho episodio histórico podéis hallar numerosa bibliografía e información tanto en la red como en diversas bibliotecas, ya sean generales o especializadas, por lo que, si queréis conocer más sobre esta batalla más allá del escenario en el que presentaré a mi personaje, no dudéis en recurrir a dichas herramientas.

Vamos allá.

El honor del Reyno

De Don Gonzalo Ochoa de Azcona

A Don Luis Ochoa y Elizalde

Torreón de Huarte - Posta militar del Reyno de Navarra

Cuánto has crecido, zagal. Nótase en tu prosa que ya eres ducho en letras y hombre cabal. Lamento no haber contestado con mayor apremio, pero no recibí tu posta de manera inmediata; pues habida cuenta de mi cargo como guardia real del Rey Jaime I de Aragón, que Dios cuide de sus enemigos, se tiene en mucho cuidado la correspondencia, por si se delatan movimientos de tropas u otra información de interés para el moro al que guerreamos de manera incesante. Espero que estés bien, hijo, y que cuides de tu madre, así como de tus hermanas, que por la belleza que les imagino pronto te darán problemas a mansalva. Despacha sin vergüenza a cualquier prójimo que en mala hora las pretenda de modo indecoroso, como te dije.

Espero que los constantes desafueros entre la Navarrería, San Cermín y San Nicolás estén apaciguados, pues reconozco que me preocupa y me impide el descanso tu seguridad, al tener noticia de enfrentamientos entre los burgos. No porque no confíe, a fe mía, en la higaldía de mi vástago, que de sangre le viene, sino por la situación elevada sobre los burgos que dispone el Torreón de Huarte, haciéndolo deseado baluarte para los francos de San Cermín en caso de guerra declarada. Mantén los ojos abiertos y la daga al filo, pues como vascongado no debes dejarte matar como un lechón.  

Si mi posición en la Corte de Aragón se mantiene, voto a Cristo que arrendaré carro y caballos para traeros a la antigua Barcino, pues pese a sus constantes trifulcas comerciales entre sus gentes, que gustan más de los dineros que de cualquier otro gozo terrenal, resulta ciudad pujante y fascinante. Podrás desempeñar tu oficio de soldado en muy mejor empresa, dígotelo y no digo más, al no poder referirme a ello por lo menudo.

De salud me encuentro bien, habiendo pasado unas calenturas que me dejaron postrado durante varios días que quedaron sin consecuencias. En respuesta a tu chanza sobre si mi ajado cuerpo ha añadido alguna cicatriz no conocida o si habíame visto envuelto en algún lance pendenciero, he de decir que el buen acero que armo ha ahorrado a Cristo un alma en no pocas ocasiones. Pues si peligroso es mi oficio, mucho más lo son las calles de la barriada del Raval cuando ni un ánima se vislumbra y rufianes, jaques y bravos de todo pelaje hacen su vendimia nocturna. Pero nunca me ha salido mal naipe.

Me huelga conocer que te han referido mi participación en la Cruzada contra An-Nasir, califa de los almohades, de mal nombre Miramamolín, que púdrese en los Infiernos por infiel, según tengo entendido, junto a su puerco profeta. Y voto a Dios que aquélla no fue chica empresa, sino gloriosa hazaña de la Cristiandad en defensa en la Verdadera Religión. Al menos, semejantes voces profirieron los gentilhombres de campo con el objeto de envalentonar a la pobre infantería que iba a regar con su sangre el campo andalusí; pues los infieles nos superaban en número. Pero el hecho cierto es que allí se personaron no sólo los tres Reyes cristianos que han emergido de la antigua Hispania junto con sus fieles huestes, derramando todo el azumbre de vino godo sobre los alarbes que años ha arrebataron nuestros campos, ciudades y villas; sino que también echaron naipe las sacras órdenes cristianas, desde templarios hasta calatravos, amen de francos de la antigua Septimania. La Europa entera en jaque y la Fe de Cristo puesta en entredicho no era cuestión a tomar por menudencia, por lo que echose el todo por el todo. Y allí nos arrojamos como leones aquel triunfal 13 de julio del año 1212 de nuestro Señor.

El hijo de mi padre hallábase en la vanguardia del haz derecha de nuestro ejército, cercano al glorioso Sancho VII, al que apellidaban el Fuerte, pues se trataba de monarca gallardo, valiente, de los que no hubieran visto los tiempos hasta entonces. Dios lo tenga en su gloria, sentado a su derecha. Vive Dios que yo era bravo caballero, muy respetado en la Corte, y que tuve ocasión de reñir codo con codo junto al Rey. Piensa en tu padre, ya ajado por los años, joven y lozano, erguido sobre su montura, con más acero encima que en casa de herrero, en compañía de tan ilustre persona. Lo recordaré hasta mi postrero día, pardiez.

Diose voz de zafarrancho en primera línea y allá fueron los vizcaínos, bajo la égida de su Señor, Don Diego López II de Haro. Por toda la Cristiandad es conocido el recio vigor de nuestra estirpe vascongada, por que ardió Troya, Roma y hasta Numancia llegaron las flamas tras su poderosa carga. Pero aquello fue treta almohade, pues tras simular retirada, entrado el haz vizcaíno en zona mora, cargaron éstos bravo con caballería y arqueros, y Don Diego López II de Haro, muy ofendido de muertes propias, tuvo que retroceder y fijar plaza sin internarse ni ceder. Aquellos hideputas aprovecharon la ocasión para tratar de envolver nuestro ejército con harta caballería por ambos flancos y a punto estuvimos de darnos por bendecidos.

Vime al filo de la espada, rechazando alarbes en el haz derecha, del mismo modo que se empeñaban los caballeros aragoneses en el haz izquierda, pero éramos gente platica en nuestro oficio de armas, y tras varias horas que parecieron eras, rechazamos a la caballería almohade. Dio entonces Alfonso III de Castilla, que capitaneaba el ejército, orden de ataque frontal tanto de vanguardia como de retaguardia. Y allí fuimos, con la Fe por bandera, la espada en ristre, la montura al galope y la respiración contenida.

Semejante golpe al manzano procuró que el fruto cayera maduro. Y nuestro amado Sancho VII, que hallábase al galope a nuestro lado, haciendo linda carnicería con la infantería musulmana, tuvo un evangelio. Atisbó el Pabellón de Miramamolín, rodeado por su guardia personal negra, atados los hombres entre sí con cadenas para evitar posibilidad de huida. Y allí se condujo, fiero, reclamando nuestra presencia para la Historia. No hubo cadena ni guardia que impidiera nuestro avance. Como es natural, nuestra caballería no rompió cadena, sino quebró cuerpo de guardia real, pues resulta hecho lógico que carne y hueso soporta menos el acero que cadena bien templada. Y así, despachando guardias reales, haciendo inútil su estructura y las cadenas que los unían, nos vimos dentro del pabellón alarbe en lo que se tarda en santiguarse; mas no encontramos al Insigne, pese a nuestra voluntad de rapar sus barbas mahometanas cual barbero. Nos dejó, no obstante, como regalo, una regia esmeralda verde, grande como un puño, que colgose nuestro Rey al cuello en signo de victoria. La Cruz se impuso a la Media Luna.

Más de dos décadas me separan de aquella azarosa y honorable batalla. Muchos de aquellos hombres ya pueblan los Cielos; otros cayeron en desgracia y otros, como tu padre, alcanzaron honores suficientes como para formar parte de la guardia real del hijo de Pedro II de Aragón, que con gallardía sangró junto a Sancho VII. Espero haberte referido suficiente para que puedas confirmar que tu padre, ahora cano, luchó junto a aquellos valientes en las Navas de Tolosa, que ya es conocida en toda Europa como batalla decisiva de la Religión. Y que si de casta le viene al galgo, conozcas tú honores semejantes.

Me huelgo de que estés bien, hijo mío, y esperaré con denuedo tu siguiente carta. Me despido de ti hasta la próxima posta y te bendigo por enésima vez. Dile a tu madre que no olvido su compañía. Que la amo como el primer día. Y a ti, hijo.

En Barcelona, a 11 de febrero de 1232

Cuánto de verdad, cuánto de exageración, cuánto de invención y cuánto de fantasioso tiene esta leyenda es asunto que ha sido profundamente debatido por muchos académicos especializados en heráldica. Lo que se conoce, en todo caso, y está lejos de toda duda, es que Sancho VII de Navarra no modificó su escudo por los hechos acontecidos en las Navas de Tolosa, sino que mantuvo su águila negra heráldica hasta su muerte. También se conoce, pues se dispone de un documento acreditativo, que la referencia a que fue el mismo Rey el que rompió las cadenas con su maza proviene de un poema occitano, escrito en 1276 por Guilhuem Anelier, que decía lo siguiente: “Veríais al rey con su maza agitar de tal forma que el que hería no había forma de curarlo”. Así que es cosa que dejo a vuestra propia investigación y, sobre todo, a vuestro interés sobre cuánto de verdad tiene la leyenda.

En cuanto a la esmeralda verde de Miramamolín, se conserva en un museo de Roncesvalles, por lo que si fue Sancho quien la recogió o fue otro Rey, caballero o infante es lo de menos: es prueba suficiente de que dicha esmeralda existió y de que cayó en manos del ejército cristiano. Y esa esmeralda no solo la encontramos en el dicho museo de Roncesvalles, sino que podéis verla con un simple vistazo a vuestro Documento Nacional de Identidad. Como las cadenas, el león, el castillo de Castilla y las cuatro barras de Aragón. Historia viva en cada escudo de España. Nuestra historia en la cartera, literalmente.

 

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