Historias de España: Las cuentas del Gran Capitán (1505)

18.06.2015 20:29

No es ningún secreto que la educación general en materias tan importantes como la historia, las matemáticas, la lengua o la filosofía hace varios años, por no decir varias generaciones, que han caído al infierno de la ignorancia supina. Ya no sé si es culpa de profesores poco cualificados o nada motivados, de los inefables Ministros de Educación y sus infames leyes ideológicas que modifican cada maldita legislatura o sencillamente que el alumnado cada vez se acerca más a nuestro antecesor el australopiteco que al homo sapiens sapiens. En cualquier caso, salir del colegio sabiendo hacer una O con un canuto, sabiendo sumar uno más uno, o sabiendo conjugar sujeto, verbo y predicado, es tarea harto complicada, por evitar caer en la palabra imposible. El hecho cierto es ese. La fija. No sabemos una puta mierda de historia.

Yo tuve la suerte, gracias a mis padres en mi infancia, y a mi prima en la adolescencia, de que se me inculcase la importancia de la lectura para comprender mejor el mundo. De hecho, a mi prima no le debo sólo eso, sino el hecho de ser makinero… así que vamos, su aportación no ha sido nada desdeñable. Como siempre digo, todos debemos mucho a las personas que nos han rodeado en nuestra construcción como personas adultas, y yo el primero. De bien nacido es ser agradecido, y yo soy lo que soy por lo que fui y lo que viví. Y eso no me ha otorgado más inteligencia, ni tener más razón que los demás, sino tener muchas y buenas herramientas para enfrentarme a este valle de lágrimas que es la vida (Camilo Jose Cela dixit).

La historia es fundamental. Ya no sólo como mecanismo de análisis de la realidad actual comparándola con eventos pasados, o como bagaje cultural esencial para comprender nuestra nación, nuestras tradiciones, nuestros antepasados; sino como estímulo para afrontar nuestro futuro. El ser humano ha evolucionado en muchos aspectos, sí, pero sus pasiones, sus miedos, sus sueños y su moral gris y contradictoria continúa tan vigente hoy en día como en la antigua Mesopotamia. Y este país, territorio, nación, patio de colegio, casa de putas o como queráis llamarlo, de nombre España, es un completo desconocido para sus ciudadanos. Más allá de Franco, los Reyes Católicos, Felipe González y la paella, por poner varios ejemplos, no se conoce absolutamente nada, y ni siquiera estos conceptos se conocen bien; sobre todo el último, a la vista de la bazofia que intentan colar como paella en algunos bares de mala muerte.

Por ello, dedicaré una serie de artículos del blog a hablar sobre eventos de la historia de España que, ya sea por curiosos, poco conocidos, importantes o divertidos, nos pueden servir para comprender mejor nuestro presente. Y comenzaremos por algo que, por desgracia, es de radiante actualidad: la contabilidad creativa.

Luis Bárcenas no ha inventado la contabilidad paralela. Bankia, antigua Caja Madrid, tampoco ha sido pionera en la contabilidad creativa, ni Rodrigo Rato ha descubierto un nuevo método para engañar a los pobres inversores. Los administradores societarios que conozco por mediación de mi trabajo como Administrador Concursal tampoco han ingeniado un sistema para eludir a los acreedores mediante malabarismos contables; de hecho, algunos de ellos no deberían estar facultados ni para administrar su propia entrepierna. Las estratagemas económicas con ánimo defraudador son tan antiguas como el comercio y se han utilizado durante milenios para evitar el pago de impuestos, eludir la satisfacción de los o apoderarse de bienes ajenos. Robar, en definitiva, es tan viejo como el propio ser humano.

Los estados, como podéis imaginar, no sólo no son ajenos a estas circunstancias, sino que en ocasiones son capaces de alcanzar cotas de corrupción inimaginables en el sector privado, en el que la competencia juega un papel nivelador de anomalías. El ejemplo paradigmático lo podéis imaginar todos: España, como estado, ha quebrado 13 veces en su historia moderna, ostentando en la actualidad el record absoluto en número de insolvencias. Los motivos han sido muy diversos: desde Reyes manirrotos, como Carlos I, a inflaciones insostenibles por el sistema por una cuestión, curiosamente, de exceso de oro circulante. Parecemos históricamente condenados el desastre económico.

Por supuesto, no siempre está vinculado el subterfugio contable con la insolvencia de un estado. De hecho, en el caso de España, los motivos de sus incontables bancarrotas no eran, o por lo menos no del todo, el alzamiento de bienes públicos por parte de funcionarios; teniendo en cuenta, por supuesto, que los bienes públicos en las monarquías absolutas eran del Rey y sólo del Rey. El problema fundamental que nos encontramos en estas bancarrotas son Reyes que gastan más de lo que deben o que tienen políticas económicas erróneas y asesores que no le frenan a tiempo, pese a conocer las nefasta consecuencias para el estado a medio y largo plazo.

Para visualizar una bancarrota pública en la que no ha intervenido la contabilidad paralela o la contabilidad creativa, sino un Rey manirroto y un asesor sin escrúpulos, recurriremos a un ejemplo paradigmático de fantasía que, como dice la locución latina, se non è vero, è ben trovato. Este ejemplo nos lo ofrece la famosa saga literaria de Canción de Fuego y Hielo, de George R.R. Martin

En la primera novela de la saga, el Consejero de la Moneda, Petyr Baelish, consigue cantidades ingentes de dinero para que el Rey Robert Baratheon lo gaste en justas, putas, banquetes y batidas de caza. Al Rey, según manifiesta literalmente su hermano Renly Baratheon en la serie de televisión que adapta esta novela de ficción, “no le gusta contar calderilla”, por lo que no le interesa de dónde sale el dinero, ni a qué precio, ni la incidencia que tienen sus decisiones sobre la economía de los Siete Reinos. Si somos seguidores de la serie de televisión o de las novelas, descubriremos que Petyr Baelish no es un mago de las finanzas, ni sufraga los costes de la Corona con impuestos, sino que pide ese dinero prestado. Siempre recordaré la cara que pone Lord Eddard Stark cuando le explica que la Corona le debe 3.000.000 de dragones nada menos que a Tywin Lannister. Su cara, en efecto, es un poema. Los Siete Reinos están en bancarrota y el Rey ni lo sabe ni quiere saberlo.

No todos los Reyes son Robert Baratheon, en efecto. De hecho, nosotros tenemos el placer de haber tenido uno de los mejores Reyes que se conocen en la historia europea: El Rey Católico, Fernando II de Aragón. Si España le debe a alguien su fugaz esplendor en la Edad Moderna es a Isabel y Fernando, y a su avanzado sentido de estado. A este Rey sí que le importaban las finanzas públicas, y tenía un buen contable que le asesoraba, a saber, Juan Bautista Spinelli.

Y aquí es donde encontramos el ejemplo paradigmático donde se unen contabilidad creativa y bancarrota pública. Aquí es donde interviene el protagonista principal de este artículo, nuestro histórico contable creativo que provocó la bancarrota de Nápoles: Don Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como El Gran Capitán.

Cabe decir, en honor a la verdad, que esta efeméride tiene parte de leyenda, pues no se conservan documentos originales, y todo lo que narraré se basa en escritos posteriores narrados por terceras personas. Hay quien dice que es el primer capítulo de la Leyenda Negra española, igual que hay quien dice que muestra la virtud de la raza española. En cualquier caso, forma parte de la cultura histórica española, y es un evento que, cuanto menos, resulta divertido.

Corría el año 1505 de nuestra era y la continuidad de la España moderna, como joven nación que se había liberado del yugo del Islam, pendía de un hilo. Fallecida Isabel I de Castilla, la Reina Católica, la unión entre Castilla y Aragón que se había personalizado en sus reyes consortes podría disolverse si no se adoptaban las medidas oportunas. Además, Felipe el Hermoso acababa de morir, Juana la Loca hacía gala de su mal nombre paseando a su difunto marido embalsamado por toda la península, y el que posteriormente sería el Emperador Carlos no era más que un mocoso de cuatro años de edad. Pintaban bastos para Fernando el Católico.

Pero claro, nos encontramos ante el que Nicolás Maquiavelo describiría como el Príncipe perfecto. Fernando el Católico era hombre cabal, preocupado por el reino, inteligente, ducho en estrategia y celoso de las finanzas públicas. Fallecida su regia esposa, y revisados los gastos del Reino, advirtió que la Guerra de Italia estaba siendo un verdadero dispendio. Un gasto verdaderamente exacerbado que estaba sangrando las arcas públicas hasta el punto de que Nápoles, como ciudad asimilada a la Corona de Aragón, estaría en profunda bancarrota si no fuese por las aportaciones reales. A su vez, llegaron a sus oídos rumores de que el Virrey de Nápoles, Don Gonzalo Fernández de Córdoba, tenía intención de independizarse debido a su gran fama y notoriedad. Ambas cuestiones parecían contradictorias, en efecto, ya que no tendría sentido independizarse si la ciudad estaba en bancarrota, pero podría haber otra explicación plausible: ese dinero no se gastaba, sino que se malversaba.

Fernando el Católico, con la mosca detrás de la oreja, y a pesar de las magníficas victorias militares que le había proporcionado el Gran Capitán, le solicitó una rendición de cuentas para que justificara sus exorbitados gastos. Cuentan que Don Gonzalo Fernández de Córdoba, airado por la petición, y bastante molesto por el hecho de que el contable del Rey fuera un Spinelli, dejó para la historia una rendición de cuentas que, cargada de punzante sarcasmo y mucha guasa, resultó una afrenta sin precedentes al Rey de Aragón:

1.- “Cien millones de ducados (100.000.000) por picos, palas y azadones”

2.- “Doscientos mil y setecientos treinta y seis ducados (200.736) en limosnas frailes y sacerdotes, religiosos, en pobres y monjas, los cuales continuamente estaban en oración rogando a Nuestro Señor Jesucristo, y a todos los santos y santas que le diesen victoria, doscientos mil y setecientos treinta y seis ducados y nueve reales”

3.- “Setecientos mil y cuatrocientos y noventa y cuatro ducados (700.494) en espías, los cuales habían ganado muchas victorias, y finalmente, la libre posesión de tan gran reino”

4.- “Diez mil ducados (10.000) en guantes perfumados”.

5.- “Ciento setenta mil (170.000) por reponer campanas gastadas a fuerza de repicar victorias.”

5.- “Finalmente, por la paciencia al haber escuchado estas pequeñeces del rey, que pide cuentas a quien le ha regalado un reino, cien millones de ducados (100.000.000).”

Con dos cojones. Nadie en su sano juicio hubiera soltado tal sarta de barbaridades al Rey salvo Don Gonzalo Fernández de Córdoba. Esta creativa y muy cachonda contabilidad le costó al Gran Capitán perder el Virreinato de Nápoles y su reclusión en la localidad granadina de Loja hasta su muerte, en 1515. Pero ahí quedó. Ríete tú de los contables creativos actuales.

Esto era una rendición de cuentas con solera, copón.

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