Historias de España - Los latidos de la Luna (1969)

16.07.2017 20:52

Pocas imágenes hay más evocadoras que un lobo solitario aullando con voz profunda en lo más oscuro en la noche con la única compañía de la luna. Es una imagen que puede aterrar, pues nos despierta un miedo atávico: el de los lobos en la noche acechando a su presa desprotegida. En este acomodado siglo XXI, esto parece un cuento de viejas, pues si hay lobos, si alguno queda, están a cientos de kilómetros, tratando de no extinguirse ante la desaparición de los bosques. Pero nuestra mente colectiva recuerda. Todavía se le hiela la sangre ante ese aullido. Teme por su ganado, por su vida, por la de sus hijos. Pero esa imagen va más allá del propio lobo, de sus carnívoras intenciones y del sonido de su profundo aullido; pues la luna, al cabo, es la que ilumina la escena. La misma luna a la que aúlla el lobo. La misma luna que nos permitía ver a esos lobos acercarse, pues era el único atisbo de luz en la oscura noche. La misma luna que nos hacía, hace y hará mirar hacia el cielo. La misma luna que un día pisamos.

Nunca me ha quedado claro si el conocimiento es todavía más maravilloso y sorprendente que las leyendas que creamos ante el desconocimiento. Y es que adorar a la luna como una deidad y vanagloriarse de su luz nocturna tiene algo de mágico, de místico; pero saber que se trata de un satélite natural que se encuentra a 300.000 kilómetros de distancia, que tiene el tamaño del continente europeo, que surgió del impacto de un cuerpo celeste contra la prototierra, que se mantiene en órbita a nuestro alrededor gracias a la invisible fuerza de la gravedad, que controla las mareas y los reflujos electromagnéticos de la Tierra, que mantiene la inclinación de la Tierra,  que permite la existencia de las estaciones y que, en suma, complementa desde su lejana distancia el frágil equilibrio que permite la vida en la Tierra, no puede mostrarnos más que la realidad siempre supera la ficción. Y que la luna es todavía más alucinante de lo que pensamos.

Esta semana se cumplen 48 años desde que Neil Armstrong, junto con su compatriota Buzz Aldrin, pusieran un pie en la superficie de la luna. Hace casi cinco décadas que la experiencia se añadió al conocimiento. Que un hombre pudo ver, tocar, sentir, más allá de imaginar o de hacer cálculos. Que tuvo ocasión de vivir la ciencia. Tras una década de esfuerzo, los Estados Unidos de América hicieron posible la gesta, arrebatándole a la Unión Soviética la escalada de hitos espaciales que habían iniciado con el Sputnik o con Yuri Gagarin. Fueron momentos de euforia en Occidente. Puede que uno de nuestros mejores momentos.

Dicho lo cual, no nos engañemos. La carrera espacial nunca tuvo por objeto el conocimiento, la exploración y la fascinación hacia la luna y el espacio. Todo ello no fue más que un excelso efecto secundario, un efecto colateral necesario, el fruto inesperado de un árbol que sólo pretendía mostrar su poder. Un pulso entre dos grandes potencias. Esta situación se pone de manifiesto a la vista de que el interés hacia el espacio exterior ha venido decreciendo paulatinamente y sin freno desde hace más de cinco décadas, pese a los avances, pese a la tecnología, pese a las posibilidades existentes. El exiguo atisbo de exploración especial actual se desarrolla ante la asfixia financiera, la falta de recursos, el descrédito público y la apatía social. Poco queda de aquellos sueños, a pesar de que, habiéndolos alcanzado, eran todavía más maravillosos de lo que pensábamos.

Pero si hay algo que no nos pueden arrebatar ni los actuales gobiernos y ni estupidez occidental actual que nos llevará a la irrelevancia más absoluta, son los hitos alcanzados. Aquello se hizo, se logró, se alcanzó, y su recuerdo puebla nuestra mente con el objeto de que creamos en lo que el ser humano, cuando se lo propone, es capaz de hacer. Que el pequeño paso de un hombre fuera capaz de mantener a miles de millones de personas en vilo. Que una simple huella fuera el símbolo de una proeza mayúscula, impensable para nuestros ancestros. Y que la clave de todo ello fue la colaboración: Neil Amstrong sólo era un hombre, pero miles de manos lo auparon, millones de personas le apoyaron. Muchos países intervinieron. Incluso la pobre España.

Los latidos de la luna

Nervios. No era para menos. Miedo. Atrás quedaba no sólo la zona segura que tanto abunda hoy en día, sino la propia atmósfera terrestre. Valor. Nada se ha conseguido nunca sin riesgo. Orgullo. Toda una nación contenía el aliento, expectante, mirando hacia aquella nave espacial que apuntaba hacia el cielo. Historia. Sí, Historia, en mayúscula. Aquello estaba sucediendo. La cuenta atrás había comenzado. Y llegaron los últimos segundos. “Twelve. Eleven. Ten. Nine. Inginition secuence start. Six. Five. Four. Three. Two. One. Zero. All engines running. Liftoff! We have a liftoff! 32 minutes past the hour, liftoff on Apollo 11. Tower clear.” A una velocidad de impulso de casi 10.000 km/h, el poderoso cohete Saturno V impulsó la nave Apolo 11 hasta los 62 kilómetros de altura antes de desprenderse. Posteriormente, la segunda etapa de combustible entró en juego, manteniendo la velocidad de escape hasta alcanzar la altura de 190 kilómetros, muy por encima de la mesosfera, desprendiéndose igualmente y quedando totalmente desintegrada al impactar contra la atmósfera. En poco más de 10 minutos, la Tierra había quedado atrás. El reloj marcaba las 15:42 del día 16 de julio de 1969.

La monitorización de la misión quedó en todo momento centralizada en el Lyndon B. Johnson Space Center sito en Houston, Texas, E.U.A. Desde dichas instalaciones oficiales de la N.A.S.A., se controlaba hasta el más mínimo detalle de la misión. No obstante, esa monitorización centralizada hubiera resultado totalmente imposible si no hubiera contado con otros receptores y emisores de información adicionales al localizado en la propia Houston, pues la esfericidad de la Tierra y de la propia Luna, así como la rotación de dichos cuerpos celestes, requerían necesarias triangulaciones a fin de no quedar completamente cortada la comunicación durante determinados momentos del trayecto; algunos de ellos muy importantes, como el propio alunizaje. Para ello, era preciso contar con tres localizaciones separadas entre sí 120 grados en relación al centro de la Tierra para que, durante la misión, cada una de estas localizaciones pudiera transmitir y recibir información en un periodo temporal de 8 horas diarias, completando las 24 horas del día con una rotación completa de la Tierra. Sencillo y elegante, realmente. Física pura. La comunicación entre estas tres localizaciones se realizaría por cable submarino, ya que Internet no era mucho más que un proyecto en desarrollo en aquella época (precisamente, en diciembre de ese año, se inauguraba la ARPANET, predecesora de la actual Internet).

A la vista de estas circunstancias, la N.A.S.A estableció una estación espacial en Camberra, Australia, para controlar el tercio de la Tierra que correspondía al este de Asia y la mitad oeste Pacífico, y pensó en España para instalar la tercera estación espacial, a fin de que se controlaran, desde dicha ubicación, el tercio de la Tierra que correspondía a Europa, África y el oeste de Asia. Las relaciones entre ambos países estaban en buena forma, pues España había cedido a Estados Unidos cuatro bases militares en 1953 en el contexto de la Guerra Fría, con buenos resultados, por lo que no sería complicado alcanzar un acuerdo. Y así fue. El Gobierno Federal de Estados Unidos, menos de un año después del asesinato de J.F.K., alcanzó un acuerdo con el Gobierno de España para instalar una instalación espacial en Fresnedillas de la Oliva, Madrid, en fecha 17 de febrero de 1964.

Con poco más de 1.500 habitantes, esta pequeña población madrileña entró en la historia de la Humanidad. Hasta que, en fecha 4 de julio de 1967, se inauguró la Estación Apolo, este pueblo era conocido por los fresnos y por las olivas, que daban nombre al municipio; pero aquel 15 de julio de 1969, las transmisiones de la mayor expedición realizada por la Humanidad dependían de la antena parabólica Cassegrain de 26 metros de diámetro instalada en la humilde instalación espacial sita en Fresnedillas de la Oliva.

Como explica en una entrevista D. Carlos González, director de operaciones de la N.A.S.A en Madrid en aquella época, la participación de Fresnedillas en la misión Apolo XI era capital, puesto que les pertocaría a ellos, precisamente, controlar las transmisiones en el momento más peligroso de la misión: el alunizaje. Hubo problemas, como es sabido, pues no pudieron aterrizar en la zona que tenían prevista, por lo que Neil Armstrong tuvo que improvisar y buscar un emplazamiento sin rocas para hacer descender el módulo lunar. Finalmente, con los nervios a flor de piel y a falta de 17 segundos de quedarse sin batería, tocaron tierra. O, mejor dicho, tocaron Luna.

Según narra el propio D. Carlos González, desde Houston enviaron una transmisión a los astronautas pidiéndoles que se echaran una siesta, pues querían retransmitir en directo desde E.U.A. el momento mágico de un hombre pisando la superficie de la Luna y para ello debían esperar unas horas. Evidentemente, los astronautas les dijeron que si estaban locos, que cómo iban a dormir en una situación semejante. Se pusieron los trajes y esperaron pacientemente hasta que llegó el momento. Yo, en esta coyuntura, ya me habría mordido las uñas hasta el codo, pero ellos aguantaron estoicamente. Les dieron la orden. Y entonces… “That’s one small step for man, one giant leap for mankind”.

D. Santiago Vázquez, periodista de Televisión Española encargado de la retransmisión del evento, se encontraba en la Estación Espacial de Fresnedillas en el momento en el que Neil Armstrong y Buzz Aldrin culminaron la gesta. Entre las numerosas pantallas y dispositivos que monitorizaban la misión y que estaban conectadas tanto con Houston como con el Apolo XI, se fijó en una de ellas: la que controlaba las pulsaciones de los tres astronautas. Raudo, conocedor de la importancia del momento, llamó al Director de Informativos de RTVE, apremiante, a fin de que le diera conexión inmediatamente para dar una noticia histórica. Toda España, y posteriormente todo el mundo, escuchó estas palabras desde Fresnedillas de la Oliva, Madrid: “Señoras y señores, desde la Estación Espacial de Fresnedillas, de nuevo con ustedes, pues tenemos una noticia de alcance mundial en relación con el Apolo XI. En estos momentos, en sus televisores, y en los monitores de la Estación de Fresnedillas, podemos ver el latido cardiográfico y el trazado electrocardiográfico de los tres astronautas. El corazón del hombre en la luna por primera vez en la historia. ¡Es un momento único, que sólo transmite la Estación española de Fresnedillas para todo el mundo! Y ahí tenemos los latidos del corazón del comandante de la nave, Neil Armstrong, el más nervioso de todos, 150 pulsaciones por minuto. Y antes de posarse tenía 110 latidos. Y Aldrin, qué podemos decir de Aldrin. Pues como pueden ver, es el más sereno de todos, únicamente tiene 70 pulsaciones por minuto. ¡Increíble para la trascendencia de esta hazaña! Y en cuanto a Collins, arriba en el Columbia, que lleva este nombre en honor a Cristóbal Colón, 120 latidos por minuto. Collins está solo pero sabe aguantar su corazón. ¡Es la primera vez que el corazón del hombre late, y lo estamos viendo en estos instantes, en la Luna! (…) ¡Un día, se lo podremos contar a nuestros hijos, y a nuestros nietos! ¡Es el triunfo del hombre sobre la máquina! ¡Es el triunfo de toda la Humanidad! (…)”.

La epicidad del momento era insólita, sublime, y todo el mundo era partícipe. Pero en el punto más álgido de la montaña rusa, sólo queda el descenso. La exploración lunar se mantuvo unos años, pero acabó por dejarse de lado. Los fondos empezaron a escasear. Y el día 1 de marzo de 1985, se clausuró de manera definitiva la histórica Estación Espacial de Fresnedillas. España, como el resto de Occidente, ha desechado la exploración espacial de sus prioridades nacionales. Si bien es cierto que las misiones no tripuladas continúan, tanto a la Luna como a Marte y otros planetas, y que la Estación Espacial Internacional todavía sobrevuela por encima de la Tierra, ya poco queda de aquella magia, de aquella voluntad, de aquel ánimo de superación. No obstante, nadie nos podrá quitar ese momento. Ni Fresnedillas olvidará nunca el día en el que, junto con Armstrong y Aldrin, tuvo ocasión de pisar la luna.

Pero claro, como esto es España, y no podía faltar la anécdota bizarra para acabar este artículo, es preciso referirse a un episodio verdaderamente singular que tuvo lugar tras la popularidad que ganó la Estación Espacial de Fresnedillas una vez finalizada la misión Apolo XI. Según explica el director de la Estación Espacial de Fresnedillas, D. Luis Ruiz de Gopegui, el alcalde del pueblo vecino de Navalagamella se le presentó un día en su despacho, algo atribulado, a fin de peticionarle que, a partir de ahora, la Estación se llamara de Fresnedillas-Navalagamella, pues de lo contrario los vecinos del pueblo lo iban a correr a gorrazos, ya que, como la Estación ocupaba un poco de terreno de Navalagamella, ellos también querían compartir la gloria de Fresnedillas. El Sr. Ruiz de Gopegui les dijo que a él le daba igual, que hablaran con la N.A.S.A. Al final todo quedó en nada, pero no hay información sobre si el alcalde acabó en un pozo tras este episodio.

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