Historias de España: Nos vemos en el puto Cielo (1312)

11.07.2015 11:26

Nos vemos en la puta calle”. Estoy convencido de que, ya sea en primera persona o por referencias de un tercero, habéis escuchado esta manida y macarra frase. Desde una perspectiva conceptual, esta frase representa la última fase de cualquier sistema de resolución de conflictos: liarse a mamporros. Tras infructuosas negociaciones, superado el límite amistoso, y llegados al punto de la ruptura, muchos conflictos acaban a hostia limpia. Sí, lo sé, darle este empaque teórico a esa frase tan rancia que normalmente suele salir de la boca de algún energúmeno que, en el mejor de los casos, conoce el funcionamiento interno de un sonajero o de la cremallera de su propio pantalón, resulta excesivo. Pero en el fondo, decir “nos vemos en la puta calle” con un cubata en la mano y tirarle un guante a un empolvado francés del siglo XVIII pidiendo una satisfacción por una afrenta de honor, es exactamente lo mismo. Utilizar la palabra puta como adjetivo le añade, en todo caso, ese toque chulesco adicional que es imprescindible para que esta expresión cumpla su objetivo. Amenazar.

Esta gañanería, por tanto, significa que algún acto o comentario ha quebrantado la moral de una persona de manera irreversible y que, en consecuencia, habrá una respuesta violenta. Ya sea sonreírse pícaramente con la novia de un hombre celoso, o incluso minucias como cruzar una mirada, pisar un zapato o dar un severo codazo en el pecho al personaje más peligroso del lugar mientras bailas de manera desenfrenada  una canción suprema (desafortunada vivencia que debo agradecer a un querido amigo), pueden provocar las más terribles represalias. Por tanto, tenemos tres elementos a tener en cuenta: un acto previo, una respuesta irreversible, y una represalia terrible.

En la historia de España existen muchos eventos que han seguido esta dinámica. Sirva de ejemplo uno de los acontecimientos menos conocidos de la historia de este país: el cautiverio de los soldados franceses apresados en la batalla de Bailén (1808). Tras la resistencia encarnizada de los españoles a la ocupación francesa, el ejército que tenía por objeto liberar los barcos napoleónicos que se encontraban varados en Cádiz y retenidos por los ciudadanos sublevados, saqueó sin compasión la ciudad de Córdoba en su camino hacia la ciudad andaluza (acto previo). El despreciable comportamiento gabacho en el saqueo de la ciudad, que supuso incontables atropellos, como violaciones, robos, asesinatos y, lo que era peor para los españoles de entonces, la profanación de lugares sagrados, provocó la más absoluta ira del pueblo andaluz (respuesta irreversible). Este mismo ejército, semanas más tarde, sufrió la primera derrota de un ejército napoleónico desde que el Petit Cabron se coronó Emperador de Francia frente a las tropas del General Castaños en la que posteriormente sería conocida como la Batalla de Bailén. Como represalia, y también por falta de lugares de internamiento para tanto soldado, este ejército francés fue literalmente abandonado a su suerte en la isla de Cabrera, situada al sur de la isla de Mallorca, durante más de seis años (represalia terrible). En el camino hacia su reclusión, la población civil les chillaba desde las ventanas: “¡Córdoba, Córdoba!”.

Situada lo suficiente lejos de Palma de Mallorca para que nadie pudiera llegar a nado sin perder la vida, sin víveres suficientes, sin avituallamiento de ningún tipo, y con una ayuda española muy propia de nuestro pueblo (se les hizo llegar a la isla un sacerdote y varias prostitutas sifilíticas para su consuelo), los soldados franceses acabaron desnudos, cometiendo actos caníbales, y viviendo en unas condiciones insalubres; desde luego, les costó muy caro a estos gabachos del demonio lo acontecido en Córdoba. En 1814, acabada la guerra, depuesto Napoleón, reinstaurada la dinastía borbónica en España, se permitió que un barco francés fuera a recoger a estos desdichados. La mitad de ellos había muerto, y la otra mitad desearía haberlo hecho. “Nos vemos en la puta isla de Cabrera”.

No obstante, no todas las represalias violentas son terrenales. Hay algunas represalias que tienen vocación de eternidad, de trascendencia, y resultan todavía más terribles que recibir un puñetazo en la puerta de la discoteca o dar con tus huesos galos en la isla de Cabrera. Mucho peor, incluso, que las archiconocidas maldiciones gitanas o los males de ojo lanzados con asiduidad por orondas señoras tras despreciarles la entrega de una rama podredumbrosa de laurel; conjuros que sólo asustan a supersticiosos, ignorantes o personas aprensivas. No se trata de eso.

El protagonista de nuestro artículo pagó muy cara su afrenta. Debe decirse, no obstante, que no es el único que ha pasado por este trance, sino que otros personajes históricos han corrido idéntica suerte. Ciertas amenazas trascendentes proferidas ante una muerte inminente no deben ser tomadas a la ligera. Y si no, que se lo digan a Fernando IV de Castilla.

“Nos vemos en el puto cielo”

Corría el año 1312 de nuestra era en la Castilla bajomedieval. Transcurrida una centuria exacta desde la gran batalla de las Navas de Tolosa, la famosa Guerra de los Tres Reyes en la que castellanos, aragoneses y navarros habían corrido a gorrazos al imperio almohade andalusí, la Reconquista española se encontraba en su fase final. El Reino de Castilla se había expandido prácticamente por toda la Península Ibérica, limitado al este con la Corona de Aragón y el Reino de Navarra, al oeste con el Reino de Portugal y al sur con una pléyade de taifas musulmanas que, a pesar de haber reducido considerablemente su territorio, todavía mantenía su control sobre la gran parte de la actual Andalucía, y que en pocos años se unirían para constituirse en el último reino musulmán peninsular: el Reino de Granada.

Fernando IV de Castilla, nieto de Alfonso X, había sino nombrado heredero de Castilla con tan solo nueve años a la muerte de su padre, Sancho IV el Bravo, en 1292. Dejando a un lado los problemas hereditarios que se sucedieron hasta su mayoría de edad, en 1301 fue coronado Rey de Castilla en la ciudad de Burgos. Su reinado estuvo muy marcado por constantes conflictos internos, pues tuvo que sofocar no pocas rebeliones e interceder en disputas sobre la posesión de varios señoríos, como el de Vizcaya, ante la nobleza castellana; asuntos todos ellos que le agriaron el carácter, que ya de por sí no era bonancible. Pero es que además, no sólo le crecían los enanos en su propio reino, sino que tuvo que lidiar con otros tantos conflictos externos, como el reparto de Murcia con el Rey Jaime II de Aragón, diferentes problemas diplomáticos con Portugal por culpa de la Orden del Temple y operaciones de desgaste por parte de Felipe IV de Francia. Castilla era un reino en auge, pero se encontraba rodeado de otros reinos que querían impedir su expansión y, a su vez, contaba con nobleza con demasiado poder y demasiados recelos hacia el monarca.

No obstante, una de las épocas más convulsas del Reino de Castilla también tuvo sus momentos de gloria. La primera Corte que tuvo lugar en la ciudad de Madrid, varios siglos antes de que fuera la capital de España, fue convocada por Fernando IV para solicitar subsidios para la Guerra contra Granada (1309). Esta batalla proporcionó cuantiosos réditos territoriales a la Corona de Castilla, pues finalizó con la toma de Gibraltar y Algeciras, por lo que la Reconquista avanzó un poco más hasta su total culminación en 1492. Pero estas guerras de conquista, que retrospectivamente podemos asegurar que fueron muy beneficiosas para los intereses de España, no contaban con la aquiescencia de toda la nobleza.

Entre los críticos más acérrimos de Fernando IV de Castilla se encontraban dos hermanos que formaban parte de la Orden de Calatrava: Juan Alfonso de Carvajal y Pedro Alfonso de Carvajal. Harto de sus conjuras, y movido por su fuerte carácter, Fernando IV de Castilla encargó a su privado, Juan de Benavides, que pasara por la espada a estos traidores. Raudo y expedito, el privado del Rey se encaminó a cumplir con su cometido, pero cometió un error que resultaría fatal: no fue acompañado. Su altanería acabaría con su vida, pues los hermanos Carvajal, al encontrarse con Juan de Benavides y descubrir sus intenciones, se defendieron con bravura y lo dejaron hecho un colador. Desde luego, bien habría hecho el privado del Rey en no imaginarse el Cid.

A pesar de que los hermanos Carvajal no habían hecho otra cosa que defenderse, el Rey entró en cólera al enterarse de la muerte de su privado y mandó prenderlos de inmediato. Los corchetes los encontraron en la feria de Medina del Campo, en Valladolid, comprando unos arreos para los caballos. Fueron inmediatamente apresados y conducidos al castillo de Martos, en Jaén.

En la actualidad, este castillo está prácticamente en ruinas, y la vergonzosa desmemoria española ha provocado su total abandono, pese a los constantes requerimientos de conservación por parte los lugareños. Pero en fin, en aquella época, este castillo calatravo coronaba la escarpada Peña de Martos, que con sus cuatrocientos metros de altura se erigía imponente frente a la pequeña villa de Martos. En las entrañas de este casillo, los hermanos Calatrava tuvieron el dudoso placer de conocer su sala de torturas, sufriendo un enorme tomento antes de ser sometidos a juicio sumarísimo por el mismísimo Rey.

Poco pudieron alegar ante un juicio cuya resolución conocían de antemano. Habían actuado en legítima defensa, y así se lo hicieron saber al Rey, pero ningún atenuante fue tenido en cuenta por el colérico monarca. Fueron condenados a muerte. Y no a una muerte cualquiera, no a una decapitación, que debido a su condición de caballeros de la Orden de Calatrava era lo que les debería haber aguardado. El Rey les condenó a ser despeñados desde lo alto de la Peña de Martos metidos en una jaula de hierro con púas afiladas.

Y aquí tenemos nuestro acto previo. El Rey les había condenado a muerte de manera injusta y absolutamente horrible. Y tenemos una consecuencia irreversible, que es la propia muerte de los dos hermanos. No obstante, algo aconteció en el día de la ejecución. Mientras eran dirigidos hacia su siniestro final, uno de los hermanos, con desesperación, gritó lo siguiente:"Emplazo al Rey ante Dios para ser juzgado por las Leyes del Cielo, puesto que las leyes de los hombres han condenado a dos personas de manera injusta". Frente a esta amenaza, Fernando IV soltó una carcajada que resonó en todo el castillo. Su cruel risa no hizo sino azuzar a los hermanos Carvajal, que instantes antes de ser despeñados dijeron: “En el plazo de un mes comparecerás ante Dios, y hasta que llegue ese día vomitarás sangre”. Fueron sus últimas palabras. Ambos cayeron por el precipicio y murieron de manera indescriptible. Era el día 7 de agosto de 1312.

Cuenta la leyenda que, en el momento que el último de los hermanos expiró su último aliento, el Rey comenzó a vomitar sangre, más que en toda su vida. La replesalia terrible que hemos comentado anteriormente había dado comienzo. Fernando IV, que no era hombre susceptible, olvidó rápidamente esta amenaza, pues tenía problemas de salud que ya le habían echo vomitar sangre con anterioridad. Pero el reloj corría. Y su día no tardaría en llegar. Transcurrido un mes exacto desde la ejecución de los hermanos Carvajal, el Rey se retiró a sus aposentos tras una copiosa comida para echarse una siesta. Nunca más despertó. Lo encontraron muerto, ahogado en su propia sangre, con los ojos desorbitados cargados de pavor. Era 7 se septiembre de 1312. Su juicio divino le esperaba.

En el cuadro podemos observar una alegoría de los últimos momentos de Felipe IV, que desde su muerte fue apodado El Emplazado. Podemos observar como los hermanos Carvajal, con los atuendos de la Orden de Calatrava, sostienen un reloj de tierra y señalan hacia el Cielo, hacia el juicio que le espera, ante Dios. Sus ojos parecen decir: “Nos vemos en el puto Cielo”.

Así que, bueno, cuando un energúmeno os profiera la manida frase de “Nos vemos en la puta calle”, pensad en Fernando IV el Emplazado. Pensad si ese macaco es capaz de emplazaros ante el Tribunal de Dios, o si para ello primero tendríais que tirarlo por una peña rocosa en una jaula hecha de hierros punzantes, lo cual, seguramente, no se alejará demasiado de vuestros pensamientos en ese momento. En cualquier caso, si tomamos a Fernando como ejemplo, quizás sí que nos ha dado una buena actitud frente a este tipo de amenazas: soltar una estruendosa carcajada.

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