Las catedrales del recuerdo

10.11.2018 14:57

El sábado pasado recibí un fogonazo. Un flash, que se dice en guiri. Si bien es cierto que, en el pódium de una discoteca, recibir un flash, un haz en luz en toda la cara o directamente un láser en el ojo, no es algo anecdótico, sino más bien un hecho recurrente. Pero no me refiero a algo físico, lumínico. No me refiero a un flash en mi retina, sino a algo más profundo. Algo mental. La piel se me erizó, la tensión me subió, el corazón aumentó su ritmo y el baile salió como algo natural, atávico, reptiliano. La música, me diréis, causa estos fenómenos en nosotros, sobre todo para contumaces melómanos como un servidor. Pero es algo más. Es nostalgia. Es recuerdo. Es pasión. Es algo muy difícil de narrar, os lo aseguro. Al cabo, la capacidad de procesar emociones y transcribirlas no es asunto baladí, pero en mi caso fue algo que tenía cierta tangibilidad. Que estaba en mi cerebro.

Recordé vívidamente algo tan simple, tan ordinario, tan poco anecdótico y prosaico como el trayecto que mediaba de mi casa a mi primer empleo oficial, a mediados del año 2000. Recuerdo mi walkman con pilas, que todavía conservo, que, en aquella época, ya pretérita, era una suerte de asidero al que aferrarme ante el cruel mundo que ante mí se desplegaba. Recuerdo subir el volumen al máximo, hasta que el mecanismo de rueda que controlaba este elemento encontraba el tope, el fin, el techo que no quería encontrar. Recuerdo subirme al autobús a temprana hora para reponer mierda en un supermercado de Sant Cugat del Vallès a la estratosférica cifra de 400 pesetas la hora (unos 2,5 €). Las latas de Coca Cola debían colocarse de tal modo que el cliente pudiera leer la marca en todas y cada una de ellas. Sí, es cierto, el efecto de cientos de latas colocadas de un determinado modo daba un aspecto impresionante, aunque lo que te vendan sea azúcar concentrado que es capaz de deshacer metal tras un día de sumersión. Pero para mí era tedioso. Un trabajo de puta mierda. Y recuerdo las sensaciones maravillosas que me provocaba salir de aquel infierno, firmar en un papel mi hora de salida, que rara vez coincidía con la hora real, pues el hecho que fuera manuscrito y que no tuviera supervisión permitía el fraude, y volver al autobús. Cascos, walkman, volumen. Play. Y tras el sonido analógico de presionado del botón correspondiente, clack, sin pantallas táctiles ni sutilezas, sonaba la música. La segunda sesión de la segunda cinta del recopilatorio Las Catedrales Del Techno volumen 1. Sonaba la sesión de DJ Frank, DJ Ricardo y Javi Aznar. Sonaba Zaragoza en mis oídos. Coliseum

Y no se trataba sólo de una sesión, claro. Se trataba del primer recopilatorio que me compré ese mismo verano del año 2000 con mi propio dinero. Podría haberme gastado mi primer sueldo en un videojuego de la Play Station, en la camiseta de Alessandro Del Piero de la Juventus o en unas bambas Nike con cámara de aire, bienes todos ellos codiciados para mi persona en aquella época, pero decidí gastármelo en mi mayor pasión. Me lo gasté en música. Me lo gasté en cuatro cintas de cassete que ahora no tengo modo de reproducir. Me lo gasté en aquella música electrónica que se me había grabado a fuego desde el año 1995.

La verdad es que fue todo un avance musical, aquél. Anteriormente, no tenía más opción que rogar que me compraran cintas vírgenes, o tapar el agujero en la parte inferior de las cintas de mis padres que ya no usaban para grabar música de la radio. Estar esperando como un idiota con el dedo sobre el botón de REC, esperando a que se callara el puto locutor de turno, para grabar el máximo tiempo de una canción. Y cómo las pisaban, los hijos de puta. Pero eso se había acabado. Tenía cuatro sesiones de una hora completas, con el tracklist, sin locutores, sin que el regrabado de la cinta hiciera perder calidad de sonido. Tenía cuatro discotecas míticas en mi mano, oídos e imaginación, que todavía se antojaban lejanas a mis 15 años de edad. Y todavía recuerdo la cuña de radio: ¡Las Catedrales del Techno! ¡Bachatta! ¡Central! ¡Coliseum! ¡Xque! ¡El evangelio del sonido!

Por eso, cuando el pasado sábado pinchó Javi Aznar en la fiesta que organizaron en la increíble discoteca Millennium de Sils llamada Spirit of the 90’s, no podía parar de bailar. No podía bajarme del pódium. No podía parar de sonreír, de saltar, de chillar, de decir en voz demasiado baja para que le llegara al deejay pero suficientemente alta para desgañitarme la garganta, que ¡Viva Zaragoza! Por eso se me entelaron los ojos cuando caí en la cuenta de que estaba sonando el Mu-V Express, de Jaccot. Y tuve ese flash. Por eso perdí la razón absolutamente cuando sonó el Killer Sampler. Y recordé. Por cosas como éstas, no sé si por el recuerdo, por su calidad musical, por su fiesta, por el alcohol, por la melancolía, porque me hago mayor y no me gusta una mierda o porque la electrónica es mi vida, fui feliz como hacía tiempo que no lo era.

Ver a Sensity World en directo estuvo muy bien también, ojo. O la sesión de Xavi Metralla. Y qué decir de la sesión de Javi Tracker y Al-Fredo. No me duelen los pies, los gemelos y la espalda de estar sentado en una esquina de la sala, os lo aseguro. Pero lo que recordaré siempre será aquel momento, subido al pódium junto con dos amigos, con esa melodía increíble rodando en el plato del deejay y creando una atmósfera épica, sublime, onírica. Haciéndome recordar y entender por qué la música es tan importante en mi vida. Haciéndome sentirme orgulloso de ser lo que soy, makinero, bakala, lo que coño queráis llamarme. Esa música me define y nunca hay que renunciar a ser uno mismo.

Así que hoy, una semana después de ese gran momento, comparto con vosotros esta reflexión y esas míticas sesiones que me hicieron volar, ya sea en el año 2000, con las hormonas desbocadas; ya sea en el año 2018, con canas en la barba.

Sessión Xque?

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Sesión Central

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