Metallica bien vale un atasco

17.05.2019 09:33

No recuerdo el modelo, pero sí las luces en mi cara. No sé si era un Seat o un Mazda; eso es irrelevante. El caso es que me pasé más de una hora mirando esas putas luces. Acelerar y frenar. Avanzar diez metros. Ése era mi mundo. Esas luces. Eran como un millar de luciérnagas iluminado la carrocería trasera de un coche. Y yo las miraba. Era hipnótico. Tampoco podía hacer más: el atasco era de los que no tienen escapatoria posible, no tenía tabaco y la conductora –a mayor abundamiento, mi mujer- no estaba para alegre charla. Sé que por su cabeza pasó un reproche legítimo y justificado: a ver cuándo te sacas el carnet, Sergio, y así al menos podré ir de copiloto; pero en esos momentos, el copiloto era yo y éso es lo que había. Avanzamos tres metros. Otros quince minutos de espera hasta el siguiente avance, que esta vez fue digno de ser reseñado: quince metros. Puta vida.

Quién me manda a mí meterme en estos berenjenales. Debe ser, quizás, que me entusiasman las aglomeraciones. Sí, de verdad, disfruto como gorrino en charca cada vez que me meto en una concentración de personas o coches, cada vez que me uno a interminables colas o me introduzco en tiendas que acumulan gente en espacios ultra reducidos con ánimo de consumir alguna mierda inútil; y si es ropa de mujer o zapatos, mejor todavía. Verbigracias a porrillo. Quiero una copa: oh, qué bien, otras ochenta personas han tenido esta misma idea y el camarero ni se digna a mirarme. Quiero salir de fiesta: oh, maravilloso, gracias por no prever semejante asistencia de público, organizadores del evento; nada me hace generar más endorfinas que una axila peluda y sudada en mi cara o un codazo en el esternón, sin olvidar el pegajoso cubata vertido por mi espalda o el vómito que, como una lluvia jupiterina, ha caído sobre mi cabeza. Quiero ir de concierto: bueno, se me acaban los sarcasmos, porque ahí se dan todas las jodidas situaciones endémicas de cualquier aglomeración de personas. Me cago en mi puta calavera. Toma berenjena.

¿Y todo eso para qué? Tiene que haber algo, un motivo, un por qué, un objetivo, un fin que pueda justificar esas desagradables derivadas de cualquier evento de masas. Y lo hay. Siempre lo hay. En mi caso, cada vez que cojo aire y me zambullo en magmas humanos, lo asumo como peaje: es el precio que pago por disfrutar de la música en directo. Los pensamientos genocidas nunca me abandonan, pero los mantengo a raya, equilibrados, mansos, siempre que haya música que calme la fiera. El melómano gana al misántropo. Tiene que hacerlo, no le queda otra; yo no puedo contratar a José Luis Perales a punta de pistola para que me cante quince veces la misma canción en un cortijo de mi propiedad, como hizo Pablo Escobar. Soy un random middle class y es lo que toca.

Así que mientras observaba las lucecitas del coche de en frente aquel recién estrenado día 6 de mayo de 2019, conseguí mantener a raya al oscuro personaje que se imagina acariciando su cobaya mientras aniquila civilizaciones, como si fuera el antagonista del Inspector Gadget, pensando en lo que acababa de vivir. No era cosa menor, sino cosa mayor, que diría el insigne Mariano Rajoy: un concierto de Metallica.

 

Lo curioso del asunto es que el evento guitarresco empezó como acabó: con las luces de freno de un coche frente a mí. Habíamos salido de Cerdanyola con tiempo suficiente y nuestro Opel Corsa nos plantó en Zona Franca en lo que tardé en beberme la fresca cerveza que me amenizó el trayecto, por lo que el desarrollo de los acontecimientos se avecinaba sin mayores contratiempos. Sin embargo, cuando divisaba en lontananza el peñón de Montjuic, atisbé asimismo la magnitud del concierto al que nos enfrentábamos: vías de color rojo en el GPS, luces de color rojo en los coches que frenaban en frente nuestro y sangre color rojo que se agolpaba en mis sienes. Me cago en la puta. La retahíla de vehículos que, en fila india, en ordenada caravana, se desplegaba delante de mi Corsilla blanco, se dirigían a nuestro mismo destino. Y ni siquiera habíamos iniciado el ascenso a la pequeña montaña barcelonesa que los romanos denominaban Monte de Júpiter. Quién me manda a mí meterme en estos berenjenales.

Aunque parezca extraño o incluso impropio de mí, respiré hondo y me tomé el asunto con filosofía. Me estoy haciendo viejo, quizás. Me hice un cigarrillo y me lo fumé con tranquilidad. Una icónica imagen apareció en mi mente: Keep calm and listen Metallica. A la vuelta ya me mosquearé, si procede, por los avatares de la masificación, pero ahora tengo por delante un concierto de los que quitan la respiración y no pienso amargarme. No creo en absoluto en el mindfullness ni en estas payasadas postmodernas, pero el caso es que, poco a poco, coche a coche, semáforo a semáforo, esquivando melenudos metaleros, encontramos un sitio lejano pero perfecto para estacionar el vehículo. Kilómetro y medio después, nos topamos con el recinto que iba a hacer nuestras delicias: el Estadio Olímpico Lluís Companys.

Mientras nos acercábamos a la Puerta 3 para acceder a la Grada 111, donde teníamos reservados los asientos, me fui impregnando del ambiente: venta de camisetas falsas, peña sentada en el suelo fumando petas, litronas por doquier, personajes inauditos, motos haciendo ruido, gente agolpándose en las puertas, pelo largo y chupas de cuero. Sin embargo, pese a la aglomeración que sin duda había, no sentí el habitual agobio. La gente iba muy a su rollo, sin griterío absurdo ni gente ida de la olla. Cómo se nota la relación entre el tipo de música y el tipo de gente que la escucha; no por las pintas, eso es mera chapa y pintura, sino por los modos. Os aseguro que no había fanáticas enajenadas que llevaran una semana acampadas en la puerta para tirarle las bragas a sus semidioses.

Al final, entramos en el Estadio sin hacer cola, ni sufrir ninguna suerte de aglomeración, ni agobio, ni nada que se le parezca. Llegamos a la Puerta 3 y tardamos exactamente 15 segundos en cruzar el perímetro de seguridad tras el oportuno cacheo del portero de turno. Click, verificación de entrada, subimos unas escaleras y nos encontramos en las entrañas del Estadio. En menos de otros cinco minutos, ya tenía una pinta de cerveza en la mano. En los siguientes diez minutos, ya había comprado una camiseta cojonuda de Metallica que me llevé puesta, como mandan los cánones. Mientras tanto, todavía estaban los teloneros dando caña, así que prisa ninguna. A pedir de boca, que se dice.

Pues mira, Sergio, por estas cosas te metes en estos berenjenales. Porque al final no son para tanto. Porque es una exacción adicional al precio de la entrada que finalmente asumes sin tanto problema. Porque, cerveza en mano, tras acomodarse mi mujer y su amiga en los asientos que nos correspondían, pude darme un paseo por las gradas y maravillarme con la imagen de más de 50.000 almas poblando sillas, escaleras y pista, esperando con ansias a que apareciera uno de los grupos más icónicos de música no electrónica. Historia viva. Pude embeberme del ambiente que se respiraba. Del buen rollo, de las miradas cómplices. Observé con aprobación padres con hijas de 20 años que hacían honor a su herencia musical. Grupos de viejos amigos que ya iban beodos hasta las cejas antes del concierto y que recordaban los duros años 90. Largas melenas que, en poco tiempo, iban a moverse con frenesí al ritmo de una guitarra infernal.

Tras mi habitual vuelta de reconocimiento y tras echarme un pitillo ante la escena que os narraba en el párrafo precedente, me senté al lado de Elisenda -mi mujer- y aguardé a que comenzara el concierto. La concurrencia estaba expectante y se hicieron las olas de rigor mientras cervezas andantes ofrecían refrescar el gaznate a precios prohibitivos –para el que no sepa qué demonios es esto de una cerveza andante, indicaros que son vendedores ambulantes que llevan 20 litros de cerveza en una mochila refrigerada y un surtidor para rellenar vasos, fácilmente reconocibles a distancia por llevar una luz o una banderola en lo alto-. Recuerdo con cierta hilaridad cómo una chica malagueña que se sentaba justo detrás de mí se entretenía buscando, en pista, gente que meara con guarrería y en cualquier sitio al no poder acceder a los lavabos portátiles, insuficientes para atender a tanta vejiga llena. Tenía ojo de halcón, la interfecta, pues veía chicas con las bragas bajadas en mitad de la pista donde yo no las veía; y eso que soy rápido cual guepardo en detectar carne de mujer descubierta.

Finalmente, llegó el momento. Dio comienzo el espectáculo de luz, fuego y música bajo un telón compuesto por varias pantallas led de dimensiones monstruosas que permitían acercar a los integrantes de Metallica al público que, como yo, estaba acomodado donde Cristo perdió la alpargata; sin perjuicio de emitir, además, increíbles imágenes y evocadoras escenas. Apuntaba maneras el concierto, desde luego, pero, cuando sonó el primer acorde guitarresco…

…el sonido era infame hasta decir basta. Imperdonable para una banda como Metallica. No sé qué cojones había estado haciendo el técnico de sonido mientras los teloneros amenizaban el ambiente y preparaban el terreno al plato fuerte de la noche, pero ni verificó la complicada acústica del Estadio, ni pulió y armonizó volúmenes, ecualización y paneado de instrumentos, ni hizo su puñetero trabajo, que es bien sencillo desde una perspectiva teleológica: que el concierto se escuche, simple y llanamente, bien. A toro pasado y tras revisar diversas crónicas en Internet, he sabido que primera canción que sonó –tras interpretar la fabulosa versión de "The Ecstasy Of Gold", de Ennio Morricone- era la que daba nombre a su nuevo álbum de estudio, "Hardwired", pero en aquellos momentos sólo sonaba ruido: no se oía a James Hetfield y sonaba demasiado el bajo de Robert Trujillo. La digna concurrencia, que llevaba horas borracha esperando su dosis de soma musical, se indignó.

Entonces, llegó a mis oídos, de manera difusa, por la infame ecualización, una frase que conocía bien: “Fortune fame, mirror vain, gone insane, but the memory remains”. El ligero enfado que me subía de las entrañas quedó disipado al instante. El melómano volvió a ganar la partida al misántropo. "The Memory Remains" entró en escena y mi cabeza viajó a 1997, volvió a aquél chaval de 12 años que sentía una mezcla de miedo y fascinación por esa oscura canción. Volvió a erizarse mi piel con aquella nana siniestra. “See the nowhere crowd cry the nowhere tears of honor”. En esos momentos, ya me daba lo mismo el sonido, quería más Metallica, quería música, quería recuerdos, quería miedo, odio, rabia. Comencé a cantar, a moverme inquieto, a disfrutar el concierto.

Pero algo erraba. Aquello no era natural, pensé. Te lo estás empezando a pasar muy bien, pero hay algo que falla. No tardé demasiado en caer en la cuenta: A ver, Sergio, tú no puedes estar sentado en una mierda de silla pensaba para aficionados de fútbol que comen pipas en un maldito concierto de metal. Tú no vas a soportar a este loco que tienes a la diestra que se mueve como si estuviera poseído y que tiene el mismo sentido del ritmo que un epiléptico en pleno ataque. No. La pista era demasiado, pero la silla era insuficiente. Le dije a Elisenda que me iba por ahí, no sé a dónde, pero no aquí, sentado, enclaustrado, encerrado, encadenado, aunque estuviera al aire libre. Salí de la fila, respiré y fui a por otra cerveza.

…And beer for all!, rezaba el vaso de plástico que conmemoraba el concierto. Los nueve euros que me costó la pinta me dolieron en cartera y bolsillo, pero no iba a ponerme ahora a reparar en gastos. Bastardos pensamientos, éstos, que se esfumaron cuando observé el ambientazo que había en la escalera de la Grada 111. Con las filas de sillas a cada lado y una anchura de cuatro metros, se estaba cómodo, podías bailar, saltar, respirar aire limpio; incluso podías elegir si querías ver el concierto desde arriba o casi a pie de pista. De puta madre. Y si la cosa era buena, sólo podía mejorar: empezó a sonar “The unforgiven” y el Estadio se vino abajo. Piel de gallina, pulso acelerado y miles de voces coreando. Desde esa perspectiva, desde la escalera, me sentía poderoso. Un poder que se contagió a todos los concurrentes cuando empezó a sonar, con toda su fuerza, el riff de “Sad but true”. No pude sino unirme a unos borrachos que se iban cayendo por las escaleras y empezar a darle al air guitar. Una imagen ridícula, la mía, muy seguramente, pero me importaba un rábano. Esto es lo que yo quería.

Continuamos con el “Fade To Black”, seguimos con la curiosa versión de Muerto Vivo de Peret -que al parecer no era la primera vez que interpretaban- y nos dieron un puñetazo en la cara con la maravillosa canción “One”, amenizada con unas imágenes de soldados cadavéricos desfilando entre fuego y destrucción. Yo estaba que no cabía en mí, disfrutando como nunca, saltando, chillando, alucinando con las crudas imágenes de las pantallas led, rememorando 20 años de pasión por este grupo. No obstante, y como en ocasiones lo bueno no dura, “em van aixafar la guitarra”, que se dice en mi tierra, cuando apareció sorpresivamente en la escalera un miembro del staff que nos conminó amablemente a que nos fuéramos cada uno a nuestro asiento y desalojáramos la escalera. Los borrachos a los que me he referido anteriormente se rieron en su puta cara, pero llegaron aguafiestas de refuerzo sin un ápice de la amabilidad del primero y todos tuvimos que ceder. La perspectiva de ser expulsado del evento era demasiado grave como para no deponer esta actitud desafiante.

Yo bajé las escaleras dispuesto a cumplir las órdenes de estos desgraciados –están haciendo su trabajo, lo sé, y tiene sentido desalojar las escaleras por si es preciso evacuar, pero en esos momentos los odiaba con toda mi alma-, pero justo a la altura de mi fila de asientos, justo cuando le dije a la primera persona de la fila que me dejara pasar, empezó a sonar “Master of Puppets”. Este momento no me lo arrebatáis, miembros del staff. No soy capaz de describir las sensaciones que me inundaron frente al espectáculo visual y sonoro que ofrecieron. ¡Master! ¡Master! La escalera volvió a llenarse y yo me planté en el puro centro. Caso omiso a los esos cortarollos. Qué les den por culo. “Master of puppets I'm pulling your strings. Twisting your mind and smashing your fucking dreams”.

Sin embargo, me tenían fichado. Me dieron el privilegio de vivir esa canción en las escaleras, he de reconocerles, pero cuando finalizó “Master of Puppets”, uno de los miembros del staff se dirigió directamente a mí. Personalmente. El muy cabrón se quedó a mi lado hasta que, efectivamente, crucé la fila y me senté en el asiento que me había tocado en suerte. Mi mujer me miró extrañada. Ni ella ni su amiga contaban con volver a verme hasta que acabara el concierto o hasta que les llamara desde la calle por haber sido expulsado. Son casi 10 años de relación, me conoce lo suficiente como para prever mis movimientos. Antes de contestarle, no obstante, miré hacia las escaleras: el hijo de puta del staff que me había cazado me seguía mirando. Mierda. Wasted, que salía en la pantalla del Gran Theft Auto cuando te detenía la pasma. Me encogí de hombros, impotente, y continué disfrutando del concierto sentado.

Gozar de “Creeping Death” y “Seek and Destroy” sentado en la silla me mosqueó un poco, pero dentro de mis posibilidades, que eran escasas por el limitado espacio, seguí dándolo todo, aunque el concierto ya llegaba a su fin. De hecho, finalizadas esas canciones, hicieron la clásica falsa despedida para volver a los pocos minutos y regalarnos una despedida a la altura de las circunstancias: “Enter Sandman y, por supuesto, la melancólica “Nothing Else Matters”. Buen remate. Buen concierto. Ha valido la pena, pensé, cualquier agobio derivado de la masificación. Ha valido la pena, concluí, aunque no hayan tocado mi canción favorita del grupo, a saber, el “All Nigthmare Long”; sobre el que ya hice un artículo, por cierto, por procurar el mejor videoclip de la historia.

Elisenda pisó el freno. No recuerdo el modelo, pero sí las luces en mi cara. Volvíamos a casa –o, mejor dicho, tratábamos de llegar a casa-, pero aquél coche que teníamos en frente no avanzaba. Ni el de delante. Ni el subsiguiente. Y mientras intentaba amenizar el trance con música de YouTube y nos planteábamos si pararnos en el McDonalds de la Ronda Litoral a llenar nuestros vacíos estómagos, mientras miraba las luces traseras del coche de en frente, leds rojos e hipnóticos, mientras le daba vueltas a la palabra berenjenal, un lúcido pensamiento equilibró mi homeostasis mental: ha merecido la pena, Sergio. Toma mi dinero, cobrador de peajes de masas humanas. Y quédate el cambio.

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