Mi legado musical: Mecano - Mujer contra mujer

05.02.2019 19:18

Sería el año 1994. No recuerdo si a principios, mediados o finales. Tampoco tengo especial certeza en la determinación del año, no os vayáis a pensar, pero hay elementos circunstanciales que me permiten aproximarme lo suficiente como para, al menos, dar una cifra. Y el elemento circunstancial de esta parte de mi memoria que os traigo a colación es un coche, puesto que los eventos a los que me referiré coinciden temporalmente con un cambio de vehículo familiar: mi padre ya se había quitado de encima su mítico deportivo color amarillo (Ford Escort IV XR3i) y se había comprado una flamante berlina de color gris oscuro (Volkswagen Passat B3 2.0.). La crisis de los 35, quizás. No me queda tanto para descubrirlo, en realidad. Fuck.

Eran buenos tiempos, aquéllos. Todavía recuerdo el olor de ese nuevo coche cuando mi padre nos recogió a mi hermano, a mi madre y a mí en la Plaza de Otero Pedrayo, que todavía se encuentra en la intersección de la Calle Alcudia y el Paseo Valldaura de Barcelona. Olor a plástico nuevo, a tapicería limpia, a caucho impoluto. A coche recién comprado. Todavía había pelillos en las ruedas. Y cómo brillaba aquél peculiar gris oscuro. Montarse en ese bólido fue equivalente a subirse en una montaña rusa para aquel todavía verde y tierno Sergio, al que todo le parecía grande y majestuoso. Y a fe de que aquél coche lo era.

Del Ford Escort tengo pocos recuerdos, a decir verdad. Era demasiado pequeño y no ponía especial atención en este tipo de cosas. Pero mi relación con el Passat era harina de otro costal. Tengo recuerdos muy vívidos dentro de ese coche. Coño, si hasta tengo la absoluta convicción que de ahí viene mi manía con sentarme siempre a la derecha cuando voy en la parte trasera de cualquier vehículo: en el Passat, yo me sentaba atrás, justo detrás de mi madre, que iba de copiloto. Ése era mi sitio. No quería otro. Cuando me hacían sentarme a la izquierda siempre me sentía incómodo, con el reposabrazos y el cinturón al revés; lo cual era obvio, por una cuestión puramente topográfica, pero era y continúa siendo muy molesto para mí. En aquéllos pretéritos tiempos y en los actuales. El caso es que, desde aquel asiento trasero –derecho-, comencé a observar el mundo correr a mi alrededor, todavía sorprendido y curioso. Empecé a desarrollar mi personalidad, quizás. A pintar mi lienzo en blanco. Y todo aquello tuvo lugar en la suave tapicería de aquél fastuoso coche.

Cabe decir que, a partir de esa edad, no sólo comencé a descubrir el mundo que existía fuera de mis padres, mis abuelos, mi hermano, mis juguetes, mi habitación, en fin, fuera del pequeño mundo de un pequeño, sino también la música, que se convertiría en mi absoluta pasión. Comencé a caer en la cuenta de que la música que ponían mis padres en el coche me gustaba, me animaba, me acompañaba y me hacía tararear; en definitiva, que despertaba un algo en mi interior. El Sergio melómano se abría camino y, en aquél coche nuevo, la música se escuchaba de fenómenos. Recuerdo, cómo no, las cintas de Ana Belén y Víctor Manuel, que no podían faltar nunca en cualquier trayecto que hiciéramos con el Passat. De vez en cuando, sonaba Queen o Supertramp, y en las veces que menos, una vieja cinta del cuarto álbum de Víctor Jara que a mi padre le gustaba mucho. No obstante, entre tantos grupos, había uno que me llamaba poderosamente la atención. Tonto el que no entienda, empezaba aquella misteriosa canción. Cuenta la leyenda…

 

La voz de aquella cantante me hipnotizaba más allá de lo razonable. No sé qué extraños mecanismos internos se iniciaban en mi cabeza cuando Ana Torroja, cantante de Mecano, me explicaba una historia con su aguda pero cálida voz, pero me sumían en una especie de trance onírico muy agradable. Al principio, como he dicho, sólo me interesaban las melodías. Las armonías. Me gustaban, las tarareaba y me aprendía alguna estrofa de la canción, pero mi interés no iba más allá. A veces me inventaba las letras con expresiones que me hacían gracia. En fin, cosas de críos. Pero poco a poco, igual que me pasó con Ana Belén y Víctor Manuel, empecé a escuchar, más que oír, las letras de este extraño grupo de Mecano que tanto me perturbaba. A tratar de entenderlas. Y para qué lo hice, pardiez.

Laika, la perrita que iba al espacio, palmaba allí arriba. Preparado está ya el cohete para zarpar. Más tarde supe que ningún ruso pensó en que la pobre perra pudiera volver sana y salva. La lanzaron al espacio como el que tira una piedra a un lago, sin esperar su regreso. Desgraciados soviéticos. La canción me encantaba, pero joder, no me matéis a los perros, pensaba el pequeño Sergio y, al parecer, el mismo Nacho Cano: "Yo lo hice porque me gustó la imagen, metieron una perrita en una nave, la mandaron al espacio y fue el primer ser vivo que estuvo en el espacio. A mí se me planteó que nadie le planteó a la perra si quería volar. En el momento en que dijo "¡guau!" ya todo el mundo se olvidó de la perra porque la mandaron sólo para ver si vivía."

No obstante, la mortandad no disminuía con el paso de la cinta de cassette: en la canción de Cruz de Navajas, el pobre Mario presenciaba la infidelidad de su esposa ante el propio portal de su casa instantes antes de que fuese asesinado a navajazos por dos drogadictos. Sangres que tiñen de malva el amanecer. Pero qué escarnio es ése, pensaba –no con esa palabra, obviamente-. Sólo le faltaba al tal Mario que Laika, de seguir viva, se meara en su cadáver apuñalado. La cosa no acababa aquí, claro. Ahora sacaba a pasear una navaja nada menos que un gitano al pensar que a su legítima se la había levantado un payo, cuando en realidad, el motivo de su desazón era un Hijo de la Luna. Excusa nada convincente, al parecer, esa inseminación lunar, puesto que la mujer acabó apuñalada de muerte y, el hijo, abandonado a su suerte en pleno bosque para, a su vez, morir de frío, sed e inanición. Y si el niño llora, menguará la luna para hacerle una cuna. Tenía un toque muy siniestro, oscuro, extraño, misterioso. Pero no podía dejar de escuchar estas canciones.

El inquietante descubrimiento de lo que significaban las letras de estas canciones, que pese a ello eran mis favoritas de este grupo, me dieron una visión más compleja del mundo. Más cruda, en realidad. Los héroes podían morir, como Laika. La vida era injusta, como la de Mario. Las leyendas pueden ser terribles, como la del hijo de la Luna. La música, al final, me hablaba, me explicaba cosas más allá de la armonía que me hacía tararear. En los trayectos largos en el Passat, comencé a descubrir el mundo a través de la música. Lecciones de vida aprendidas en el asiento trasero de un coche al son de música española.

No obstante lo anterior, había una canción de este grupo que, en mi tierna infancia, no acababa de comprender. Nada tienen de especial, dos mujeres que se dan la mano, comenzaba la canción. No comprendía el alcance del problema que, metafóricamente, me presentaba la canción de Mujer contra mujer. Al final comprendí su significado, no sé si por mis propios medios o preguntando a mis padres. Entendí qué me querían decir. Algo muy bonito, en realidad, que construyó junto con otros estímulos mi planteamiento actual acerca de la que considero la más elevada de las virtudes de un ser humano: la libertad. Y lo que opinen los demás está de más.

La libertad sexual, al cabo, es uno de los mejores detectores de la existencia de una verdadera libertad individual. Esto es un hecho. Cuanto más libre es una sociedad, más libre es su sexualidad; o viceversa, pues no hablamos de elementos estancos, sino interconectados. Al cabo, somos animales, y este hecho biológico tiene una importancia capital en cómo nos relacionamos, en cómo nos vestimos, en qué consumimos, en cómo establecemos la arquitectura social y en casi todos los aspectos de nuestra vida –sin que un servidor llegue a ser absolutamente freudiano-. Y una pareja de lesbianas que puede pasear por la calle cogida de la mano es, evidentemente, mucho más libre que esa pareja, quizás ficticia, pero muy real en determinadas épocas, que se cogía la mano por debajo del mantel en la canción de Mecano. Sólo hay que comparar periodos históricos. Y los derechos no sólo de los homosexuales, sino de todos los demás. La moral, al cabo, debe establecer límites de comportamiento, pero nunca reprimir naturalezas endógenas.

La importancia de la canción de Mujer contra Mujer no estriba sólo en el qué, sino en el cuándo. Esa canción salió al mercado en 1988; esto es, hace más de 30 años, siendo una de las primeras canciones de habla hispana que trataba sobre homosexualidad. Por supuesto, esto les reportó numerosas polémicas, censura editorial e incluso amenazas de muerte, pero el grupo se mantuvo firme en defensa de su canción y, sobre todo, de lo que querían transmitir. De hecho, ya tuvieron que luchar para que saliera el mercado, puesto que la canción, escrita por Nacho Cano dos años antes de que finalmente viera la luz, generó rechazo en numerosas discográficas. Es, sin duda, una de las canciones más reivindicativas del colectivo LGTB, puesto que dicho colectivo le debe mucho al esfuerzo que hizo Mecano en la normalización de las relaciones homosexuales en un país como España, que salía de una dictadura. Y aún hoy en día, como demuestra esta foto de 2016 en la que María León, cantante mexicana, y Ana Torroja se besan en un concierto ante un público que celebraba la diversidad sexual.

 

Por eso, cuando una amiga me dijo, hace una semana, que la acompañara a ver un tributo a Mecano interpretado por el grupo maño Descanso Dominical, ni me lo pensé. Y, llegado el día, con una cerveza de precio totalmente abusivo en la mano, canté, bailé, chillé y soñé como aquel niño del asiento trasero del Passat. 

Y me desgañité cantando esta canción; no porque sea mi preferida, que no lo es; ni porque yo sea homosexual, que no lo soy; sino por reivindicar a Mecano como un grupo que, cuando luchar por los derechos de determinados colectivos era peligroso, lo hacía con firmeza, con sus medios, sin esperar nada a cambio. Por la libertad de cantar lo que se quiera, por la libertad de hacer lo que se quiera, de follar con quién te pida el cuerpo; por la libertad en sí misma que, al cabo, con esfuerzo se gana y con facilidad se pierde. En definitiva, para reivindicar a Mecano frente a, precisamente, los mismos que hoy disfrutan de lo que consiguió su generación: los millenials.

Y es que sólo en una sociedad enferma e ignorante como la que dejamos atrás en 2018 y como la que continúa durante el presente 2019 chapoteando, encantada de haberse conocido, en una piara de la infamia absoluta, puede condenar que la banda Mecano es homófoba. O, al menos, algunas de sus letras. Da lo mismo. El hecho en sí es tan disparatado que, a no ser que sufras achaques agudos de disonancia cognitiva o seas un verdadero analfabeto histórico y musical, no se comprende de ninguna de las maneras. Pero, aun y así, ha ocurrido, y fue protagonizado por dos millenialls cantarines que se presentaron a Operación Triunfo en su edición de 2018.

Al parecer, a María, la protagonista femenina del disparate, le parecía “homófobo y de mal gusto” respetar la letra de la canción Quédate en Madrid, de Mecano, que en una de sus estrofas decía lo siguiente: “siempre los cariñitos me han parecido una mariconez, y ahora hablo contigo en diminutivo, con nombres de pastel”. Junto con su compañero Miki, con el que debía cantar a dúo la referida canción, decidieron que no querían cantar la letra de esa canción si no se cambiaba la palabra “mariconez” por “estupidez” o “idiotez”. Los coachers, o profesores, o anormales con ínfulas que dirigen el cotarro, lejos de comprender que lo que realmente era una estupidez era la ocurrencia de estos dos niñatos de la generación snowflake, les dieron pábulo. Imagino que verían la polémica que se generaría y las pupilas se les convertirían en símbolos de palpitantes dólares. Que hablen de ti, aunque sea mal, etcétera.

Pistoletazo de salida. Operación Triunfo, como programa, preguntó a Ana Torroja si podían cambiar la palabra “mariconez” por otro término, requiriéndola con premura para que les contestara, esperando una respuesta políticamente correcta a tan grave asunto. Asunto de Estado. Alarma nacional. Ana Torroja, bastante molesta por el asunto, pero muy conciliadora, les dijo que se dirigieran a Nacho Cano, que es el compositor de la letra. 

La otra opina, que qué se le va a hacer.

Y Nacho Cano, a su vez, dijo que la letra se quedaba como estaba y punto en boca. Con la misma firmeza que defendió, en su momento, su canción de Mujer contra Mujer, ahora se mantenía firme contra otro tipo de censura. Y le cayeron palos, os lo aseguro. Hasta del Gobierno.

Una opina, que aquéllo no está bien.

Ni que decir tiene que toda esta payasada fue retransmitida, con sus bulos, sus medias verdades y sus opiniones morales, por medios de comunicación, redes sociales y ofendidos profesionales; que, al parecer, 30 años después de que esta canción saliera al mercado, cayeron en la cuenta de que era absolutamente homófoba, peyorativa y contraria al buen rollito.

Y lo que digan los demás está de más.

Ana Torroja, que había tratado de no estallar contra tanta gilipollez, estupidez, idiotez y, precisamente, mariconez, al final tuvo que hacer unas declaraciones que de tan obvias no hubieran sido necesarios en un mundo con dos dedos de frente: “Mecano, tanto como grupo como cada uno por separado, siempre ha defendido la diversidad, el amor libre, la libertad de expresión y un largo etcétera; además, tiene uno de los himnos más bellos escritos nunca defendiendo el amor homosexual: Mujer contra mujer. No confundamos insulto homófono con expresión coloquial. Cuando la canción dice ‘siempre los cariñitos me han parecido una mariconez’, quiere decir que siempre los cariñitos le habían parecido una tontería, una bobada, estupidez y hasta cursilería, y en la frase siguiente dice: ‘y ahora hablo contigo en diminutivo con hombres de pastel’, es decir, que ahora esa persa se da cuenta de que está enamorada hasta las trancas y que utiliza esas expresiones que antes le parecían una bobada. Si alguien no se siente cómodo cantando esa canción, no debería cantarla, que escoja otra, Mecano tiene muchas canciones maravillosas y la música es libre. Pido respeto en redes. Pido libertad, no censura. Y viva la diversidad.”.

Al final, los dos gilipollas que habían iniciado esta inane polémica cantaron la canción original sin modificación alguna; aunque, posteriormente, se reiteraron en su ofensa burguesa frente a la propia Ana Torroja, que, pese a que dijo unas amables palabras como respuesta, pagaba con su cara y expresión.

 

A mí se me llevaban los demonios. Un grupo que defendió a finales de los 80 y durante toda su existencia a los colectivos LGTB era considerado homófobo por dos niñatos heterosexuales que en su vida han sufrido cualquier tipo de acoso por su sexualidad. Era incoherente, absurdo, un claro ejemplo de la disonancia cognitiva que existe en los tiempos de postureo millenial. Pero lo mejor vino después. Y mis demonios se convirtieron en hienas: pasé del odio a la risa histérica.

Y es que a la tal María la visitó su novio en una de las galas de esta excrecencia televisiva. Apareció ante las cámaras un paleto de extrarradio con cara de sifilítico, al que seguramente le faltó tiempo de cocción en su seno materno, que lo primero que hizo fue nalgear a su piba y comerle la boca. Instantes después, dijo que "está buenísima" y que “al salir de allí, lo primero que iba a hacer es follar” tras afirmar que “echaba de menos su culo”. Eh, Sergio, espera: no puede ser que el novio de la chica que dijo que Mecano era homófobo diga esas cosas tan machistas. No puede ser. Algo así no se comprende de ninguna de las maneras. Pero, aun y así, ha ocurrido, y fue protagonizado por dos millenialls cantarines que se presentaron a Operación Triunfo en su edición de 2018. Parece que me repito, pero no. Hay cosas que hay que leerlas dos veces para creerlas.

El otro necio, llamado Miki, no sólo ganó Operación Triunfo 2018, sino que va a representar a España en Eurovisión. Repóker de Ases. Más madera, que se apaga la lumbre. Vamos a seguir follándole la mente a Sergio y a cualquiera que todavía conserve algo de cordura. Que sigan llevándoselo las hienas, que al menos no le provocan subidas de tensión, como los demonios.

En fin. No pude cantar en directo Quédate en Madrid, imagino que por el buen criterio del grupo Descanso Dominical, que no querría entrar en polémicas. Pero da igual. Me quedo con Mecano. Con los que, frente a la estupidez, de unos y otros, se mantienen firmes y luchan por sus ideas. Por la libertad.  

Tonto el que no entienda…

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