Mi legado musical: Queen (I)

27.11.2016 14:26
Cualquiera que me conozca sabe que yo soy lo que se comúnmente se denomina como una criatura de discoteca. Este concepto engloba un amplio espectro de personajes de la noche, lo sé, y pudiera parecer que al referirme a mí mismo como una criatura de discoteca estuviera asumiendo ciertos lugares comunes de este tipo de salas, como es el consumo de drogas, los excesos o incluso algunos comportamientos reprobables, pero el hecho cierto es que yo no cumplo con más requisitos de criatura de discoteca que el mismo hecho de frecuentar este tipo de salas de baile. Desde los 16 años he pasado horas y horas encerrado en salas oscuras, con gente saltando y sudando a mi alrededor, y un discjockey mezclando música electrónica repetitiva. Es mi rollo y siempre lo ha sido. Un rollo que tiene más que ver con la música que con el ambiente, a decir verdad, por lo que, de haberme gustado otro tipo de música, seguramente sería otro tipo de criatura. Como habitúo a posicionarme habitualmente, todo es relativo en esta vida, y nuestra personalidad va creciendo en función de los gustos que tenemos en determinado momento. El perspectivismo.
 
Por ello, aunque sea una criatura de discoteca, podría haber sido perfectamente una criatura de concierto. La cosa variaría menos de lo que parece. Cambiamos sala por escenario; cambiamos tipología de drogas; cambiamos diskjoquey por grupo de música en directo; mantenemos gente sudando y saltando, pues el asunto continúa tratando de eso; y, voilà, nuestro apellido de criatura del leñor pasa de un estadío a otro en un periquete. Evidentemente, ambas situaciones personales no son excluyentes. Doy fe. Y es que esta criatura discotequera, ferviente adorador de la música electrónica, ha traspasado la inexistente pero siempre presente barrera entre estilos musicales y ha gozado cual gorrino en charca en algunos conciertos memorables. Y de estos conciertos, que no han sido pocos, algunos quedaron fijados en mi memoria –y en mi llavero, pues soy víctima habitual del merchandising-: The Cranberries, Depeche Mode y Queen.
¿Queen? ¿Has viajado en el tiempo, Sergio, o tienes 50 años y nos lo has ocultado? Pues ni lo uno, ni lo otro, aunque lo de viajar en el tiempo me gustaría mucho, os lo aseguro. La verdad es que el concierto al que tuve el placer de asistir este mismo año, para mi cumpleaños, gracias al genial regalo de mi mujer, fue interpretado por Queen, en efecto, pero sin Freddie Mercury. En su lugar, los miembros supervivientes de este mítico grupo de música han fichado a un tal Adam Lambert. Y he de reconocer que es un gran tipo. Sin ánimo de compararse con el gran Freddie Mercury, sino más bien postrado a sus pies, y con el objeto de rendirle homenaje en cada interpretación, consiguió que todo el Palau Sant Jordi consiguiera imbuirse de la magia de Queen. Es un personaje fabuloso que nos ofrece la posibilidad, junto con Brian May y Robert Taylor, de vivir en directo un concierto de Queen en pleno año 2016.
Mi primer contacto con este grupo, como no podría ser de otra manera, tiene que ver con alguien que, como Freddie Mercury, tenía un poblado bigote y que también se llamaba Freddie, o mejor dicho, Alfredo. Mi padre era un absoluto fan de este grupo. Recuerdo que, de pequeño, me quedaba bastante alucinado con una canción que sonaba de manera recurrente en mi casa y que empezaba con una especie de coros psicodélicos. Era rara. Mucho, de hecho. Me fascinaba, pero rompía mis esquemas. Es muy extraña esta canción, pensaba yo. "It is the real life", preguntaba la canción. "It’s just a fantasy", continuaba. Aunque lo que más gracia me hacía era cuando decía aquello de "mama, uh, uh, uh, uuuuh". Sin saberlo, desde mi más tierna infancia, conocí una de las canciones más perfectas que se han creado jamás: Bohemian Rapsody. Cada vez que la escucho, no puedo sino trasladarme a la antigua casa de mis padres, en el barrio de la Guinaueta de Barcelona, volver a tener cinco años y volver a disfrutar de su extravagancia musical mientras juego con dinosaurios o coches de juguete. Bendita infancia y maldita edad adulta. Sigo teniendo dinosaurios y sigo escuchando esta canción; pero mi maravillosa infancia se ha esfumado y mi padre ya no puede enseñarme la música de su juventud. La vida adulta no deja de ser un paraje desierto poblado por sueños rotos y recuerdos imborrables. 
Y no sólo se trata de esta espectacular canción, por supuesto. Recuerdo escuchar por primera vez el We are the Champions en unas colonias del colegio tras haber ganado una gincana. La canté como si no hubiera un mañana, aunque no entendía absolutamente nada más allá de la palabra champions. Mi nivel de inglés no es que haya mejorado mucho, pero en fin, al menos entiendo unas cuantas palabras más. Recuerdo, de manera vívida, cómo le gustaban a mi padre las películas de Los Inmortales, protagonizadas por el brutal Christopher Lambert. Y cómo lo flipábamos con la banda sonora compuesta por Queen, el épico Princess of the Universe. Glorioso. Y, bueno, qué puedo decir de la absolutamente míti ca canción dedicada a los Juegos Olímpicos de mi ciudad natal, Barcelona. Cada vez que escucho a Freddie Mercury nombrar a mi ciudad en esa canción, no puedo sino retrotraerme a las fuentes de Montjuic y volver a encontrarme de la mano de mi abuelo Carlos con los ojos abiertos como platos, totalmente extasiado frente a aquel espectáculo de color. Viviendo ese espectacular momento de la historia de mi tierra en mis propias carnes. Queen es mi infancia. Mi padre. Mis abuelos. Mi ciudad. Forma parte de mí como mis ojos, mis piernas o mi cerebro. La voz de Freddie Mercury ha cincelado lo más profundo de mi ser. 
 
Por otro lado, mi conocimiento de otras canciones, como el The show must go on o el Who wants to live forever tiene un origen más prosaico, y es que las descubrí a través de remixes makineros. El perspectivismo, como ya he comentado. Otras canciones las conocía de oídas, pero no sabían que eran obra de Queen, como el Crazy Little Thing Called Love o el Another One Bites the Dust, por lo que no hace tanto que las tengo localizadas. Y así podría seguir un buen rato con otras tantas canciones. A pesar de que se me suele imputar una verborrea prácticamente inacabable, hay sensaciones que no puedo expresar con palabras. Queen supera cualquiera de mis capacidades.
 
Sobre la historia y desarrollo de este grupo poco puedo deciros que no podáis averiguar a un golpe de click. Sin embargo, me apetece hablaros un poco sobre el bueno de Freddie y su inolvidable paso por Queen. Dedicarle este artículo a los tipos con bigote a los que la muerte se llevó demasiado pronto. Al final, de legado trata esta serie de artículos. Y pocos legados son tan inconmensurables como el de Freddie Mercury.
 
No hacía ni dos años que la II Guerra Mundial había acabado. El mundo estaba recuperándose de la guerra más desastrosa y brutal que la Humanidad había visto. La antigua y negligente Sociedad de Naciones creada en 1919 por Woodroh Wilson, 28º Presidente de los Estados Unidos, dejó paso a la creación de un órgano que continúa existiendo en la actualidad y que ha resultado ser mucho más competente en su objetivo: La Organización de las Naciones Unidas. Uno de los objetivos primigenios de la ONU fue la descolonización de las potencias europeas. Acabar con esta suerte de política internacional.
 
No obstante, esto no se produjo de la noche a la mañana. Bomi y Jer Bulsara eran de procedencia india, en concreto de la zona de Gujarat, y se trasladaron a Zanzíbar por cuestiones de trabajo. El Imperio Británico todavía controlaba medio mundo y eran bastante comunes estas olas migratorias entre sus territorios coloniales. Y bajo estas especiales circunstancias, en fecha 5 de septiembre de 1946, nacía el primogénito de  Bomi y Jer Bulsara, un tal Farrock Bulsara.
A la edad de 8 años, dejó su Zanzíbar natal y fue a Bombay a estudiar en compañía de su abuela. No tardó en mostrar sus dotes musicales, por lo que el Decano del internado en el que estudiaba envió una carta a sus padres solicitando que su hijo, al que empezaron a llamar Freedie sus compañeros de colegio, comenzara a dar clases de piano. Con la autorización de sus padres, Freddie comenzó con su aprendizaje musical e incluso participó como pianista en un grupo escolar que se llamaba The Hectics; eso sí, como pianista, no como solista.
 
Alcanzada la mayoría de edad, regresó a Zanzíbar junto con sus padres, pero tuvieron que huir casi de manera inmediata, pues la situación política en la región era extremadamente peligrosa. En aplicación de las directrices de la ONU, el Reino Unido había procedido a desocupar el archipiélago de Zanzíbar en 1963, que se constituyó en estado independiente bajo el gobierno del sultán árabe Jamshid bin Abdullah. La cosa no duró ni un año. Pocos meses después, estalló una revolución que derrocó al sultán y que sumió al joven país en el caos hasta que, por mediación del nuevo gobierno revolucionario, las regiones de Zanzíbar y Tanganica se unieron, constituyéndose en un único país: Tanzania. Como curiosidad, el nombre de Tanzania surge de la unión de la sílaba “Tan”, de Tanganica, y “Zan”, de Zanzíbar. Evidentemente, estas vicisitudes políticas y estas curiosidades morfológicas traían sin cuidado a la familia Bulsara, así que, como he dicho, huyeron de Zanzíbar y se mudaron a Middlesex, en Inglaterra. Se instalaron en la metrópoli de aquel Imperio británico en descomposición.
El caso es que, instalado en Inglaterra, estas cuestiones geopolíticas quedaron en un segundo plano. Durante estos primeros años, se dedicó a estudiar arte en la Escuela Politécnica de Isleworth y a trabajar de camarero en el aeropuerto de Heathrow, que seguramente conoceréis muy bien si habéis viajado a Londres, como yo, de manera económica. Gracias a sus excelentes calificaciones, consiguió ingresar en la Escuela de Arte Earling de Londres, donde se diplomó con honores. En aquella época, comenzó a tener contacto con un tal Brian May, guitarrista, y un tal Roger Taylor, batería, a través de un compañero de academia. Tras varios intentos frustrados con grupos como Ibex o Smile, en el año 1970, Freedie Bulsara, Brian May y Roger Taylor decidieron crear un nuevo grupo. Se barajaron diversos nombres para el grupo, como Grand Dance o The Rich Kids, pero finalmente, a propuesta de Freddie, y pese a las reticencias de Brian May, adoptaron el nombre de Queen.
El mismo Freddie Mercury, en una entrevista, explicó el origen del nombre del grupo: “Yo pensé el nombre Queen. Es sólo un nombre, pero obviamente es muy real y suena espléndido. Es un nombre fuerte, muy universal e inmediato. Visualmente tenía mucho potencial y estaba abierto a toda clase de interpretaciones. Yo era consciente de las connotaciones gay, pero era tan solo una de sus facetas.” De hecho, las connotaciones gay no iban desencaminadas, pues otra entrevista concedida en el año 1974, Freddie reconoció su condición sexual, asegurando que era tan gay como un narciso. Un hecho muy valiente, teniendo en cuenta que ello le granjeó numerosos detractores. Pero él era demasiado grande para que le importara lo que opinaran de él. Él era él y punto. Con quien se acostara o dejara de acostarse era lo de menos.
 
De hecho, a pesar de que él nunca lo reconoció de manera explícita, la espectacular y paradigmática canción de Bohemian Rapsody, según Roger Taylor, estaba basada en el propio Freddie Mercury. En su propia vida y sus propios sentimientos, mucho más complejos de lo que aparentaban. Todo son interpretaciones, en efecto, pero hay quien opina que cuando Freddie, en esta canción, canta “Mama / Just killed a man / Put a gun against his head / Pulled my trigger, now he's dead” se refiere a que él mismo, al reconocer que era homosexual y aceptarse tal y como era, mató al antiguo Freddie Mercury. Sin embargo, en una de las estrofas más repetidas en las seis secciones independientes que configuran esta mítica canción, Freddie reconoce la propia insignificancia de lo que pretende decirnos: “Any way the wind blows / Doesn't really matter to me”. No se creía más ni mejor que nadie. Sólo él mismo.
 
En cualquier caso, Queen ya era un hecho. Tenían nombre, tenían componentes y tenían, en concreto, la atrayente y eléctrica personalidad de Freddie, que por cierto, continuaba apellidándose Bulsara. Era el apellido de sus padres, a los que amaba con toda su alma, pero quería proyectar fuerza en su nuevo proyecto musical, quería crear algo distinto. Algo poderoso. Se dice que su apellido artístico lo adoptó en honor al Dios griego Mercurio, pero él mismo reconoció que lo adoptó en honor a su madre. En cualquier caso, su nombre artístico tenía poder, como quería. Aunque estoy seguro de que, en ese momento, ni imaginaba todo lo que estaba por venir.
 
La creatividad de Freddie Mercury en este momento fundacional, así mismo, no se limitó al nombre del grupo y a su propio nombre artístico, sino que incluyó la creación del logo de la banda. Su vertiente artística parecía no conocer límites. Basándose en el escudo de armas de Gran Bretaña, comenzó a dibujar un esbozo, casi garabateado, que más tarde incluiría en el primer álbum de Queen. Dejó volar su imaginación: Dibujó una gran Q en el centro del logo, que representaba la primera letra del nombre del grupo. Dos leones sujetaban la letra Q a ambos lados, encuadrándola, representando a Roger Taylor y John Deacon por mediación de su signo del zodiaco, Leo. Un cangrejo en llamas culminaba la letra Q, representando a Brian May por mediación, igualmente, de su signo del zodiaco, Cáncer. Finalizaba la representación astrológica del grupo con dos hadas que, a ambos lados, bajo los leones rampantes, le simbolizaban a él, Virgo. Evidentemente, llamándose Queen, no podía faltar una corona, que en posicionó en el centro de la Q. Cerraba la escena un ave fénix que recogía, bajo su égida, con las alas abiertas, a toda la composición; quizás representando la inmortalidad que, en efecto, consiguieron con su música.
Su álbum debut, de nombre homónimo al de grupo, y grabado en el estudio de Trident Records, se puso a disposición del gran público en verano de 1973. Su limitado éxito no debe omitir su importancia. Permitió que se posicionaran como grupo revelación, aunque todavía estaban encontrando su sonido. Realizaron algunas giras y, al ver que había gente congregada a su alrededor, al constatar que empezaban a gustar al público británico, se metieron de nuevo en el estudio de grabación. Dispuestos a mejorarse.
 
Como en el primer álbum de Queen, Freddie fue el compositor dominante. De hecho, cinco de las diez canciones del primer álbum fueron suyas, y lo mismo ocurrió con su segundo álbum, llamado Queen II, que salió al mercado a principios de 1974. Recibió muy malas críticas, por lo que he estado leyendo, pero ellos estaban satisfechos de su trabajo. Como dijo el mismo Roger Taylor: “De inmediato tuvimos malas críticas, entonces me fui a la casa a escucharlo de nuevo y pensé: ¿Dios, estarán ellos en lo cierto? Pero después de escucharlo algunas semanas después aún me gustaba. Yo creo que es bueno. Y seguiremos ese estilo.”. Al final, si un grupo no cree en sí mismo, ya pueden elogiarte o criticarte masivamente, que perderás tu esencia rápidamente. Esto no le iba a ocurrir a Queen, pese a sus moderados inicios. Los componentes del grupo confiaban ciegamente en su referente musical, el mismo Freddie Mercury.
 
Y entonces, a finales de 1974, llegó Sheer Heart Attack, su tercer álbum, y comenzó el ascenso a la estratosfera. La canción de Killer Queen, la más conocida de este tercer álbum, ascendió en las listas británicas hasta alcanzar la segunda posición. Queen por fin encontraba su sonido. Y arriesgaba. Freddie Mercury, sobre dicha canción, dijo lo siguiente: “Estamos muy orgullosos de esta canción. Era tan sólo uno de los temas que escribimos para el álbum, no fue compuesto para ser un sencillo. Simplemente, escribí unas cuantas canciones para Sheer Heart Attack y cuando acabé de escribirla y grabarla, descubrimos que era un sencillo muy potente. Realmente lo era. Por entonces, era algo muy impropio de Queen. Fue otro riesgo que asumimos, pero, ¿sabes?, cada riesgo que asumimos hasta entonces nos dio buenos resultados. (…) Bueno, de hecho, escribí 'Killer Queen' en una noche. No es por presumir, pero creo que es la canción que más encaja con el álbum (…). Siento que en cada canción debo dar todo, no ser autoindulgente, pero con 'Killer Queen' sucedió que empecé a escribirla un sábado a la noche y a la mañana siguiente seguí trabajando y ya la tenía. Fue genial. Algunas canciones vienen solas, pero otras hay que irlas a buscar. Como banda, somos bastante particulares. No conocemos las medias tintas, soy muy duro conmigo mismo. Si creo que una canción no es adecuada, entonces la descarto. Soy muy delicado y complicado, como esta canción.”
La leyenda comenzaba a formarse…
La leyenda comenzaba a formarse…Cualquiera que me conozca sabe que yo soy lo que se comúnmente se denomina como una criatura de discoteca. Este concepto engloba un amplio espectro de personajes de la noche, lo sé, y pudiera parecer que al referirme a mí mismo como una criatura de discoteca estuviera asumiendo ciertos lugares comunes de este tipo de salas, como es el consumo de drogas, los excesos o incluso algunos comportamientos reprobables, pero el hecho cierto es que yo no cumplo con más requisitos de criatura de discoteca que el mismo hecho de frecuentar este tipo de salas de baile. Desde los 16 años he pasado horas y horas encerrado en salas oscuras, con gente saltando y sudando a mi alrededor, y un discjockey mezclando música electrónica repetitiva. Es mi rollo y siempre lo ha sido. Un rollo que tiene más que ver con la música que con el ambiente, a decir verdad, por lo que, de haberme gustado otro tipo de música, seguramente sería otro tipo de criatura. Como habitúo a posicionarme habitualmente, todo es relativo en esta vida, y  nuestra personalidad va creciendo en función de los gustos que tenemos en determinado momento. El perspectivismo.
 
Por ello, aunque sea una criatura de discoteca, podría haber sido perfectamente una criatura de concierto. La cosa variaría menos de lo que parece. Cambiamos sala por escenario; cambiamos tipología de drogas; cambiamos diskjoquey por grupo de música en directo; mantenemos gente sudando y saltando, pues el asunto continúa tratando de eso; y, voilà, nuestro apellido de criatura del leñor pasa de un estadío a otro en un periquete. Evidentemente, ambas situaciones personales no son excluyentes. Doy fe. Y es que esta criatura discotequera, ferviente adorador de la música electrónica, ha traspasado la inexistente pero siempre presente barrera entre estilos musicales y ha gozado cual gorrino en charca en algunos conciertos memorables. Y de estos conciertos, que no han sido pocos, algunos quedaron fijados en mi memoria –y en mi llavero, pues soy víctima habitual del merchandising-: The Cranberries, Depeche Mode y Queen.
 
¿Queen? ¿Has viajado en el tiempo, Sergio, o tienes 50 años y nos lo has ocultado? Pues ni lo uno, ni lo otro, aunque lo de viajar en el tiempo me gustaría mucho, os lo aseguro. La verdad es que el concierto al que tuve el placer de asistir este mismo año, para mi cumpleaños, gracias al genial regalo de mi mujer, fue interpretado por Queen, en efecto, pero sin Freddie Mercury. En su lugar, los miembros supervivientes de este mítico grupo de música han fichado a un tal Adam Lambert. Y he de reconocer que es un gran tipo. Sin ánimo de compararse con el gran Freddie Mercury, sino más bien postrado a sus pies, y con el objeto de rendirle homenaje en cada interpretación, consiguió que todo el Palau Sant Jordi consiguiera imbuirse de la magia de Queen. Es un personaje fabuloso que nos ofrece la posibilidad, junto con Brian May y Robert Taylor, de vivir en directo un concierto de Queen en pleno año 2016.
 
Mi primer contacto con este grupo, como no podría ser de otra manera, tiene que ver con alguien que, como Freddie Mercury, tenía un poblado bigote y que también se llamaba Freddie, o mejor dicho, Alfredo. Mi padre era un absoluto fan de este grupo. Recuerdo que, de pequeño, me quedaba bastante alucinado con una canción que sonaba de manera recurrente en mi casa y que empezaba con una especie de coros psicodélicos. Era rara. Mucho, de hecho. Me fascinaba, pero rompía mis esquemas. Es muy extraña esta canción, pensaba yo. It is the real life, preguntaba la canción. It’s just a fantasy, continuaba. Aunque lo que más gracia me hacía era cuando decía aquello de mama, uh, uh, uh, uuuuh. Sin saberlo, desde mi más tierna infancia, conocí una de las canciones más perfectas que se han creado jamás: Bohemian Rapsody. Cada vez que la escucho, no puedo sino trasladarme a la antigua casa de mis padres, en el barrio de la Guinaueta de Barcelona, volver a tener cinco años y volver a disfrutar de su extravagancia musical  mientras juego con dinosaurios o coches de juguete. Bendita infancia y maldita edad adulta. Sigo teniendo dinosaurios y sigo escuchando esta canción; pero mi maravillosa infancia se ha esfumado y mi padre ya no puede enseñarme la música de su juventud. La vida adulta no deja de ser un paraje desierto poblado por sueños rotos y recuerdos imborrables. 
 
Y no sólo se trata de esta espectacular canción, por supuesto. Recuerdo escuchar por primera vez el We are the Champions en unas colonias del colegio tras haber ganado una gincana. La canté como si no hubiera un mañana, aunque no entendía absolutamente nada más allá de la palabra champions. Mi nivel de inglés no es que haya mejorado mucho, pero en fin, al menos entiendo unas cuantas palabras más. Recuerdo, de manera vívida, cómo le gustaban a mi padre las películas de Los Inmortales, protagonizadas por el brutal Christopher Lambert. Y cómo lo flipábamos con la banda sonora compuesta por Queen, el épico Princess of the Universe. Glorioso. Y, bueno, qué puedo decir de la absolutamente mítica canción dedicada a los Juegos Olímpicos de mi ciudad natal, Barcelona. Cada vez que escucho a Freddie Mercury nombrar a mi ciudad en esa canción, no puedo sino retrotraerme a las fuentes de Montjuic y volver a encontrarme de la mano de mi abuelo Carlos con los ojos abiertos como platos, totalmente extasiado frente a aquel espectáculo de color. Viviendo ese espectacular momento de la historia de mi tierra en mis propias carnes. Queen es mi infancia. Mi padre. Mis abuelos. Mi ciudad. Forma parte de mí como mis ojos, mis piernas o mi cerebro. La voz de Freddie Mercury ha cincelado lo más profundo de mi ser. 
 
Por otro lado, mi conocimiento de otras canciones, como el The show must go on o el Who wants to live forever tiene un origen más prosaico, y es que las descubrí a través de remixes makineros. El perspectivismo, como ya he comentado. Otras canciones las conocía de oídas, pero no sabían que eran obra de Queen, como el Crazy Little Thing Called Love o el Another One Bites the Dust, por lo que no hace tanto que las tengo localizadas. Y así podría seguir un buen rato con otras tantas canciones. A pesar de que se me suele imputar una verborrea prácticamente inacabable, hay sensaciones que no puedo expresar con palabras. Queen supera cualquiera de mis capacidades.
 
Sobre la historia y desarrollo de este grupo poco puedo deciros que no podáis averiguar a un golpe de click. Sin embargo, me apetece hablaros un poco sobre el bueno de Freddie y su inolvidable paso por Queen. Dedicarle este artículo a los tipos con bigote a los que la muerte se llevó demasiado pronto. Al final, de legado trata esta serie de artículos. Y pocos legados son tan inconmensurables como el de Freddie Mercury.
 
No hacía ni dos años que la II Guerra Mundial había acabado. El mundo estaba recuperándose de la guerra más desastrosa y brutal que la Humanidad había visto. La antigua y negligente Sociedad de Naciones creada en 1919 por Woodroh Wilson, 28º Presidente de los Estados Unidos, dejó paso a la creación de un órgano que continúa existiendo en la actualidad y que ha resultado ser mucho más competente en su objetivo: La Organización de las Naciones Unidas. Uno de los objetivos primigenios de la ONU fue la descolonización de las potencias europeas. Acabar con esta suerte de política internacional.
 
No obstante, esto no se produjo de la noche a la mañana. Bomi y Jer Bulsara eran de procedencia india, en concreto de la zona de Gujarat, y se trasladaron a Zanzíbar por cuestiones de trabajo. El Imperio Británico todavía controlaba medio mundo y eran bastante comunes estas olas migratorias entre sus territorios coloniales. Y bajo estas especiales circunstancias, en fecha 5 de septiembre de 1946, nacía el primogénito de  Bomi y Jer Bulsara, un tal Farrock Bulsara.
 
A la edad de 8 años, dejó su Zanzíbar natal y fue a Bombay a estudiar en compañía de su abuela. No tardó en mostrar sus dotes musicales, por lo que el Decano del internado en el que estudiaba envió una carta a sus padres solicitando que su hijo, al que empezaron a llamar Freedie sus compañeros de colegio, comenzara a dar clases de piano. Con la autorización de sus padres, Freddie comenzó con su aprendizaje musical e incluso participó como pianista en un grupo escolar que se llamaba The Hectics; eso sí, como pianista, no como solista.
 
Alcanzada la mayoría de edad, regresó a Zanzíbar junto con sus padres, pero tuvieron que huir casi de manera inmediata, pues la situación política en la región era extremadamente peligrosa. En aplicación de las directrices de la ONU, el Reino Unido había procedido a desocupar el archipiélago de Zanzíbar en 1963, que se constituyó en estado independiente bajo el gobierno del sultán árabe Jamshid bin Abdullah. La cosa no duró ni un año. Pocos meses después, estalló una revolución que derrocó al sultán y que sumió al joven país en el caos hasta que, por mediación del nuevo gobierno revolucionario, las regiones de Zanzíbar y Tanganica se unieron, constituyéndose en un único país: Tanzania. Como curiosidad, el nombre de Tanzania surge de la unión de la sílaba “Tan”, de Tanganica, y “Zan”, de Zanzíbar. Evidentemente, estas vicisitudes políticas y estas curiosidades morfológicas traían sin cuidado a la familia Bulsara, así que, como he dicho, huyeron de Zanzíbar y se mudaron a Middlesex, en Inglaterra. Se instalaron en la metrópoli de aquel Imperio británico en descomposición.
 
El caso es que, instalado en Inglaterra, estas cuestiones geopolíticas quedaron en un segundo plano. Durante estos primeros años, se dedicó a estudiar arte en la Escuela Politécnica de Isleworth y a trabajar de camarero en el aeropuerto de Heathrow, que seguramente conoceréis muy bien si habéis viajado a Londres, como yo, de manera económica. Gracias a sus excelentes calificaciones, consiguió ingresar en la Escuela de Arte Earling de Londres, donde se diplomó con honores. En aquella época, comenzó a tener contacto con un tal Brian May, guitarrista, y un tal Roger Taylor, batería, a través de un compañero de academia. Tras varios intentos frustrados con grupos como Ibex o Smile, en el año 1970, Freedie Bulsara, Brian May y Roger Taylor decidieron crear un nuevo grupo. Se barajaron diversos nombres para el grupo, como Grand Dance o The Rich Kids, pero finalmente, a propuesta de Freddie, y pese a las reticencias de Brian May, adoptaron el nombre de Queen.
 
El mismo Freddie Mercury, en una entrevista, explicó el origen del nombre del grupo: “Yo pensé el nombre Queen. Es sólo un nombre, pero obviamente es muy real y suena espléndido. Es un nombre fuerte, muy universal e inmediato. Visualmente tenía mucho potencial y estaba abierto a toda clase de interpretaciones. Yo era consciente de las connotaciones gay, pero era tan solo una de sus facetas.” De hecho, las connotaciones gay no iban desencaminadas, pues otra entrevista concedida en el año 1974, Freddie reconoció su condición sexual, asegurando que era tan gay como un narciso. Un hecho muy valiente, teniendo en cuenta que ello le granjeó numerosos detractores. Pero él era demasiado grande para que le importara lo que opinaran de él. Él era él y punto. Con quien se acostara o dejara de acostarse era lo de menos.
 
De hecho, a pesar de que él nunca lo reconoció de manera explícita, la espectacular y paradigmática canción de Bohemian Rapsody, según Roger Taylor, estaba basada en el propio Freddie Mercury. En su propia vida y sus propios sentimientos, mucho más complejos de lo que aparentaban. Todo son interpretaciones, en efecto, pero hay quien opina que cuando Freddie, en esta canción, canta “Mama / Just killed a man / Put a gun against his head / Pulled my trigger, now he's dead” se refiere a que él mismo, al reconocer que era homosexual y aceptarse tal y como era, mató al antiguo Freddie Mercury. Sin embargo, en una de las estrofas más repetidas en las seis secciones independientes que configuran esta mítica canción, Freddie reconoce la propia insignificancia de lo que pretende decirnos: “Any way the wind blows / Doesn't really matter to me”. No se creía más ni mejor que nadie. Sólo él mismo.
 
En cualquier caso, Queen ya era un hecho. Tenían nombre, tenían componentes y tenían, en concreto, la atrayente y eléctrica personalidad de Freddie, que por cierto, continuaba apellidándose Bulsara. Era el apellido de sus padres, a los que amaba con toda su alma, pero quería proyectar fuerza en su nuevo proyecto musical, quería crear algo distinto. Algo poderoso. Se dice que su apellido artístico lo adoptó en honor al Dios griego Mercurio, pero él mismo reconoció que lo adoptó en honor a su madre. En cualquier caso, su nombre artístico tenía poder, como quería. Aunque estoy seguro de que, en ese momento, ni imaginaba todo lo que estaba por venir.
 
La creatividad de Freddie Mercury en este momento fundacional, así mismo, no se limitó al nombre del grupo y a su propio nombre artístico, sino que incluyó la creación del logo de la banda. Su vertiente artística parecía no conocer límites. Basándose en el escudo de armas de Gran Bretaña, comenzó a dibujar un esbozo, casi garabateado, que más tarde incluiría en el primer álbum de Queen. Dejó volar su imaginación: Dibujó una gran Q en el centro del logo, que representaba la primera letra del nombre del grupo. Dos leones sujetaban la letra Q a ambos lados, encuadrándola, representando a Roger Taylor y John Deacon por mediación de su signo del zodiaco, Leo. Un cangrejo en llamas culminaba la letra Q, representando a Brian May por mediación, igualmente, de su signo del zodiaco, Cáncer. Finalizaba la representación astrológica del grupo con dos hadas que, a ambos lados, bajo los leones rampantes, le simbolizaban a él, Virgo. Evidentemente, llamándose Queen, no podía faltar una corona, que en posicionó en el centro de la Q. Cerraba la escena un ave fénix que recogía, bajo su égida, con las alas abiertas, a toda la composición; quizás representando la inmortalidad que, en efecto, consiguieron con su música.
 
Su álbum debut, de nombre homónimo al de grupo, y grabado en el estudio de Trident Records, se puso a disposición del gran público en verano de 1973. Su limitado éxito no debe omitir su importancia. Permitió que se posicionaran como grupo revelación, aunque todavía estaban encontrando su sonido. Realizaron algunas giras y, al ver que había gente congregada a su alrededor, al constatar que empezaban a gustar al público británico, se metieron de nuevo en el estudio de grabación. Dispuestos a mejorarse.
 
Como en el primer álbum de Queen, Freddie fue el compositor dominante. De hecho, cinco de las diez canciones del primer álbum fueron suyas, y lo mismo ocurrió con su segundo álbum, llamado Queen II, que salió al mercado a principios de 1974. Recibió muy malas críticas, por lo que he estado leyendo, pero ellos estaban satisfechos de su trabajo. Como dijo el mismo Roger Taylor: “De inmediato tuvimos malas críticas, entonces me fui a la casa a escucharlo de nuevo y pensé: ¿Dios, estarán ellos en lo cierto? Pero después de escucharlo algunas semanas después aún me gustaba. Yo creo que es bueno. Y seguiremos ese estilo.”. Al final, si un grupo no cree en sí mismo, ya pueden elogiarte o criticarte masivamente, que perderás tu esencia rápidamente. Esto no le iba a ocurrir a Queen, pese a sus moderados inicios. Los componentes del grupo confiaban ciegamente en su referente musical, el mismo Freddie Mercury.
 
Y entonces, a finales de 1974, llegó Sheer Heart Attack, su tercer álbum, y comenzó el ascenso a la estratosfera. La canción de Killer Queen, la más conocida de este tercer álbum, ascendió en las listas británicas hasta alcanzar la segunda posición. Queen por fin encontraba su sonido. Y arriesgaba. Freddie Mercury, sobre dicha canción, dijo lo siguiente: “Estamos muy orgullosos de esta canción. Era tan sólo uno de los temas que escribimos para el álbum, no fue compuesto para ser un sencillo. Simplemente, escribí unas cuantas canciones para Sheer Heart Attack y cuando acabé de escribirla y grabarla, descubrimos que era un sencillo muy potente. Realmente lo era. Por entonces, era algo muy impropio de Queen. Fue otro riesgo que asumimos, pero, ¿sabes?, cada riesgo que asumimos hasta entonces nos dio buenos resultados. (…) Bueno, de hecho, escribí 'Killer Queen' en una noche. No es por presumir, pero creo que es la canción que más encaja con el álbum (…). Siento que en cada canción debo dar todo, no ser autoindulgente, pero con 'Killer Queen' sucedió que empecé a escribirla un sábado a la noche y a la mañana siguiente seguí trabajando y ya la tenía. Fue genial. Algunas canciones vienen solas, pero otras hay que irlas a buscar. Como banda, somos bastante particulares. No conocemos las medias tintas, soy muy duro conmigo mismo. Si creo que una canción no es adecuada, entonces la descarto. Soy muy delicado y complicado, como esta canción.”
 
La leyenda comenzaba a formarse…Cualquiera que me conozca sabe que yo soy lo que se comúnmente se denomina como una criatura de discoteca. Este concepto engloba un amplio espectro de personajes de la noche, lo sé, y pudiera parecer que al referirme a mí mismo como una criatura de discoteca estuviera asumiendo ciertos lugares comunes de este tipo de salas, como es el consumo de drogas, los excesos o incluso algunos comportamientos reprobables, pero el hecho cierto es que yo no cumplo con más requisitos de criatura de discoteca que el mismo hecho de frecuentar este tipo de salas de baile. Desde los 16 años he pasado horas y horas encerrado en salas oscuras, con gente saltando y sudando a mi alrededor, y un discjockey mezclando música electrónica repetitiva. Es mi rollo y siempre lo ha sido. Un rollo que tiene más que ver con la música que con el ambiente, a decir verdad, por lo que, de haberme gustado otro tipo de música, seguramente sería otro tipo de criatura. Como habitúo a posicionarme habitualmente, todo es relativo en esta vida, y  nuestra personalidad va creciendo en función de los gustos que tenemos en determinado momento. El perspectivismo.
 
Por ello, aunque sea una criatura de discoteca, podría haber sido perfectamente una criatura de concierto. La cosa variaría menos de lo que parece. Cambiamos sala por escenario; cambiamos tipología de drogas; cambiamos diskjoquey por grupo de música en directo; mantenemos gente sudando y saltando, pues el asunto continúa tratando de eso; y, voilà, nuestro apellido de criatura del leñor pasa de un estadío a otro en un periquete. Evidentemente, ambas situaciones personales no son excluyentes. Doy fe. Y es que esta criatura discotequera, ferviente adorador de la música electrónica, ha traspasado la inexistente pero siempre presente barrera entre estilos musicales y ha gozado cual gorrino en charca en algunos conciertos memorables. Y de estos conciertos, que no han sido pocos, algunos quedaron fijados en mi memoria –y en mi llavero, pues soy víctima habitual del merchandising-: The Cranberries, Depeche Mode y Queen.
 
¿Queen? ¿Has viajado en el tiempo, Sergio, o tienes 50 años y nos lo has ocultado? Pues ni lo uno, ni lo otro, aunque lo de viajar en el tiempo me gustaría mucho, os lo aseguro. La verdad es que el concierto al que tuve el placer de asistir este mismo año, para mi cumpleaños, gracias al genial regalo de mi mujer, fue interpretado por Queen, en efecto, pero sin Freddie Mercury. En su lugar, los miembros supervivientes de este mítico grupo de música han fichado a un tal Adam Lambert. Y he de reconocer que es un gran tipo. Sin ánimo de compararse con el gran Freddie Mercury, sino más bien postrado a sus pies, y con el objeto de rendirle homenaje en cada interpretación, consiguió que todo el Palau Sant Jordi consiguiera imbuirse de la magia de Queen. Es un personaje fabuloso que nos ofrece la posibilidad, junto con Brian May y Robert Taylor, de vivir en directo un concierto de Queen en pleno año 2016.
 
Mi primer contacto con este grupo, como no podría ser de otra manera, tiene que ver con alguien que, como Freddie Mercury, tenía un poblado bigote y que también se llamaba Freddie, o mejor dicho, Alfredo. Mi padre era un absoluto fan de este grupo. Recuerdo que, de pequeño, me quedaba bastante alucinado con una canción que sonaba de manera recurrente en mi casa y que empezaba con una especie de coros psicodélicos. Era rara. Mucho, de hecho. Me fascinaba, pero rompía mis esquemas. Es muy extraña esta canción, pensaba yo. It is the real life, preguntaba la canción. It’s just a fantasy, continuaba. Aunque lo que más gracia me hacía era cuando decía aquello de mama, uh, uh, uh, uuuuh. Sin saberlo, desde mi más tierna infancia, conocí una de las canciones más perfectas que se han creado jamás: Bohemian Rapsody. Cada vez que la escucho, no puedo sino trasladarme a la antigua casa de mis padres, en el barrio de la Guinaueta de Barcelona, volver a tener cinco años y volver a disfrutar de su extravagancia musical  mientras juego con dinosaurios o coches de juguete. Bendita infancia y maldita edad adulta. Sigo teniendo dinosaurios y sigo escuchando esta canción; pero mi maravillosa infancia se ha esfumado y mi padre ya no puede enseñarme la música de su juventud. La vida adulta no deja de ser un paraje desierto poblado por sueños rotos y recuerdos imborrables. 
 
Y no sólo se trata de esta espectacular canción, por supuesto. Recuerdo escuchar por primera vez el We are the Champions en unas colonias del colegio tras haber ganado una gincana. La canté como si no hubiera un mañana, aunque no entendía absolutamente nada más allá de la palabra champions. Mi nivel de inglés no es que haya mejorado mucho, pero en fin, al menos entiendo unas cuantas palabras más. Recuerdo, de manera vívida, cómo le gustaban a mi padre las películas de Los Inmortales, protagonizadas por el brutal Christopher Lambert. Y cómo lo flipábamos con la banda sonora compuesta por Queen, el épico Princess of the Universe. Glorioso. Y, bueno, qué puedo decir de la absolutamente mítica canción dedicada a los Juegos Olímpicos de mi ciudad natal, Barcelona. Cada vez que escucho a Freddie Mercury nombrar a mi ciudad en esa canción, no puedo sino retrotraerme a las fuentes de Montjuic y volver a encontrarme de la mano de mi abuelo Carlos con los ojos abiertos como platos, totalmente extasiado frente a aquel espectáculo de color. Viviendo ese espectacular momento de la historia de mi tierra en mis propias carnes. Queen es mi infancia. Mi padre. Mis abuelos. Mi ciudad. Forma parte de mí como mis ojos, mis piernas o mi cerebro. La voz de Freddie Mercury ha cincelado lo más profundo de mi ser. 
 
Por otro lado, mi conocimiento de otras canciones, como el The show must go on o el Who wants to live forever tiene un origen más prosaico, y es que las descubrí a través de remixes makineros. El perspectivismo, como ya he comentado. Otras canciones las conocía de oídas, pero no sabían que eran obra de Queen, como el Crazy Little Thing Called Love o el Another One Bites the Dust, por lo que no hace tanto que las tengo localizadas. Y así podría seguir un buen rato con otras tantas canciones. A pesar de que se me suele imputar una verborrea prácticamente inacabable, hay sensaciones que no puedo expresar con palabras. Queen supera cualquiera de mis capacidades.
 
Sobre la historia y desarrollo de este grupo poco puedo deciros que no podáis averiguar a un golpe de click. Sin embargo, me apetece hablaros un poco sobre el bueno de Freddie y su inolvidable paso por Queen. Dedicarle este artículo a los tipos con bigote a los que la muerte se llevó demasiado pronto. Al final, de legado trata esta serie de artículos. Y pocos legados son tan inconmensurables como el de Freddie Mercury.
 
No hacía ni dos años que la II Guerra Mundial había acabado. El mundo estaba recuperándose de la guerra más desastrosa y brutal que la Humanidad había visto. La antigua y negligente Sociedad de Naciones creada en 1919 por Woodroh Wilson, 28º Presidente de los Estados Unidos, dejó paso a la creación de un órgano que continúa existiendo en la actualidad y que ha resultado ser mucho más competente en su objetivo: La Organización de las Naciones Unidas. Uno de los objetivos primigenios de la ONU fue la descolonización de las potencias europeas. Acabar con esta suerte de política internacional.
 
No obstante, esto no se produjo de la noche a la mañana. Bomi y Jer Bulsara eran de procedencia india, en concreto de la zona de Gujarat, y se trasladaron a Zanzíbar por cuestiones de trabajo. El Imperio Británico todavía controlaba medio mundo y eran bastante comunes estas olas migratorias entre sus territorios coloniales. Y bajo estas especiales circunstancias, en fecha 5 de septiembre de 1946, nacía el primogénito de  Bomi y Jer Bulsara, un tal Farrock Bulsara.
 
A la edad de 8 años, dejó su Zanzíbar natal y fue a Bombay a estudiar en compañía de su abuela. No tardó en mostrar sus dotes musicales, por lo que el Decano del internado en el que estudiaba envió una carta a sus padres solicitando que su hijo, al que empezaron a llamar Freedie sus compañeros de colegio, comenzara a dar clases de piano. Con la autorización de sus padres, Freddie comenzó con su aprendizaje musical e incluso participó como pianista en un grupo escolar que se llamaba The Hectics; eso sí, como pianista, no como solista.
 
Alcanzada la mayoría de edad, regresó a Zanzíbar junto con sus padres, pero tuvieron que huir casi de manera inmediata, pues la situación política en la región era extremadamente peligrosa. En aplicación de las directrices de la ONU, el Reino Unido había procedido a desocupar el archipiélago de Zanzíbar en 1963, que se constituyó en estado independiente bajo el gobierno del sultán árabe Jamshid bin Abdullah. La cosa no duró ni un año. Pocos meses después, estalló una revolución que derrocó al sultán y que sumió al joven país en el caos hasta que, por mediación del nuevo gobierno revolucionario, las regiones de Zanzíbar y Tanganica se unieron, constituyéndose en un único país: Tanzania. Como curiosidad, el nombre de Tanzania surge de la unión de la sílaba “Tan”, de Tanganica, y “Zan”, de Zanzíbar. Evidentemente, estas vicisitudes políticas y estas curiosidades morfológicas traían sin cuidado a la familia Bulsara, así que, como he dicho, huyeron de Zanzíbar y se mudaron a Middlesex, en Inglaterra. Se instalaron en la metrópoli de aquel Imperio británico en descomposición.
 
El caso es que, instalado en Inglaterra, estas cuestiones geopolíticas quedaron en un segundo plano. Durante estos primeros años, se dedicó a estudiar arte en la Escuela Politécnica de Isleworth y a trabajar de camarero en el aeropuerto de Heathrow, que seguramente conoceréis muy bien si habéis viajado a Londres, como yo, de manera económica. Gracias a sus excelentes calificaciones, consiguió ingresar en la Escuela de Arte Earling de Londres, donde se diplomó con honores. En aquella época, comenzó a tener contacto con un tal Brian May, guitarrista, y un tal Roger Taylor, batería, a través de un compañero de academia. Tras varios intentos frustrados con grupos como Ibex o Smile, en el año 1970, Freedie Bulsara, Brian May y Roger Taylor decidieron crear un nuevo grupo. Se barajaron diversos nombres para el grupo, como Grand Dance o The Rich Kids, pero finalmente, a propuesta de Freddie, y pese a las reticencias de Brian May, adoptaron el nombre de Queen.
 
El mismo Freddie Mercury, en una entrevista, explicó el origen del nombre del grupo: “Yo pensé el nombre Queen. Es sólo un nombre, pero obviamente es muy real y suena espléndido. Es un nombre fuerte, muy universal e inmediato. Visualmente tenía mucho potencial y estaba abierto a toda clase de interpretaciones. Yo era consciente de las connotaciones gay, pero era tan solo una de sus facetas.” De hecho, las connotaciones gay no iban desencaminadas, pues otra entrevista concedida en el año 1974, Freddie reconoció su condición sexual, asegurando que era tan gay como un narciso. Un hecho muy valiente, teniendo en cuenta que ello le granjeó numerosos detractores. Pero él era demasiado grande para que le importara lo que opinaran de él. Él era él y punto. Con quien se acostara o dejara de acostarse era lo de menos.
 
De hecho, a pesar de que él nunca lo reconoció de manera explícita, la espectacular y paradigmática canción de Bohemian Rapsody, según Roger Taylor, estaba basada en el propio Freddie Mercury. En su propia vida y sus propios sentimientos, mucho más complejos de lo que aparentaban. Todo son interpretaciones, en efecto, pero hay quien opina que cuando Freddie, en esta canción, canta “Mama / Just killed a man / Put a gun against his head / Pulled my trigger, now he's dead” se refiere a que él mismo, al reconocer que era homosexual y aceptarse tal y como era, mató al antiguo Freddie Mercury. Sin embargo, en una de las estrofas más repetidas en las seis secciones independientes que configuran esta mítica canción, Freddie reconoce la propia insignificancia de lo que pretende decirnos: “Any way the wind blows / Doesn't really matter to me”. No se creía más ni mejor que nadie. Sólo él mismo.
 
En cualquier caso, Queen ya era un hecho. Tenían nombre, tenían componentes y tenían, en concreto, la atrayente y eléctrica personalidad de Freddie, que por cierto, continuaba apellidándose Bulsara. Era el apellido de sus padres, a los que amaba con toda su alma, pero quería proyectar fuerza en su nuevo proyecto musical, quería crear algo distinto. Algo poderoso. Se dice que su apellido artístico lo adoptó en honor al Dios griego Mercurio, pero él mismo reconoció que lo adoptó en honor a su madre. En cualquier caso, su nombre artístico tenía poder, como quería. Aunque estoy seguro de que, en ese momento, ni imaginaba todo lo que estaba por venir.
 
La creatividad de Freddie Mercury en este momento fundacional, así mismo, no se limitó al nombre del grupo y a su propio nombre artístico, sino que incluyó la creación del logo de la banda. Su vertiente artística parecía no conocer límites. Basándose en el escudo de armas de Gran Bretaña, comenzó a dibujar un esbozo, casi garabateado, que más tarde incluiría en el primer álbum de Queen. Dejó volar su imaginación: Dibujó una gran Q en el centro del logo, que representaba la primera letra del nombre del grupo. Dos leones sujetaban la letra Q a ambos lados, encuadrándola, representando a Roger Taylor y John Deacon por mediación de su signo del zodiaco, Leo. Un cangrejo en llamas culminaba la letra Q, representando a Brian May por mediación, igualmente, de su signo del zodiaco, Cáncer. Finalizaba la representación astrológica del grupo con dos hadas que, a ambos lados, bajo los leones rampantes, le simbolizaban a él, Virgo. Evidentemente, llamándose Queen, no podía faltar una corona, que en posicionó en el centro de la Q. Cerraba la escena un ave fénix que recogía, bajo su égida, con las alas abiertas, a toda la composición; quizás representando la inmortalidad que, en efecto, consiguieron con su música.
 
Su álbum debut, de nombre homónimo al de grupo, y grabado en el estudio de Trident Records, se puso a disposición del gran público en verano de 1973. Su limitado éxito no debe omitir su importancia. Permitió que se posicionaran como grupo revelación, aunque todavía estaban encontrando su sonido. Realizaron algunas giras y, al ver que había gente congregada a su alrededor, al constatar que empezaban a gustar al público británico, se metieron de nuevo en el estudio de grabación. Dispuestos a mejorarse.
 
Como en el primer álbum de Queen, Freddie fue el compositor dominante. De hecho, cinco de las diez canciones del primer álbum fueron suyas, y lo mismo ocurrió con su segundo álbum, llamado Queen II, que salió al mercado a principios de 1974. Recibió muy malas críticas, por lo que he estado leyendo, pero ellos estaban satisfechos de su trabajo. Como dijo el mismo Roger Taylor: “De inmediato tuvimos malas críticas, entonces me fui a la casa a escucharlo de nuevo y pensé: ¿Dios, estarán ellos en lo cierto? Pero después de escucharlo algunas semanas después aún me gustaba. Yo creo que es bueno. Y seguiremos ese estilo.”. Al final, si un grupo no cree en sí mismo, ya pueden elogiarte o criticarte masivamente, que perderás tu esencia rápidamente. Esto no le iba a ocurrir a Queen, pese a sus moderados inicios. Los componentes del grupo confiaban ciegamente en su referente musical, el mismo Freddie Mercury.
 
Y entonces, a finales de 1974, llegó Sheer Heart Attack, su tercer álbum, y comenzó el ascenso a la estratosfera. La canción de Killer Queen, la más conocida de este tercer álbum, ascendió en las listas británicas hasta alcanzar la segunda posición. Queen por fin encontraba su sonido. Y arriesgaba. Freddie Mercury, sobre dicha canción, dijo lo siguiente: “Estamos muy orgullosos de esta canción. Era tan sólo uno de los temas que escribimos para el álbum, no fue compuesto para ser un sencillo. Simplemente, escribí unas cuantas canciones para Sheer Heart Attack y cuando acabé de escribirla y grabarla, descubrimos que era un sencillo muy potente. Realmente lo era. Por entonces, era algo muy impropio de Queen. Fue otro riesgo que asumimos, pero, ¿sabes?, cada riesgo que asumimos hasta entonces nos dio buenos resultados. (…) Bueno, de hecho, escribí 'Killer Queen' en una noche. No es por presumir, pero creo que es la canción que más encaja con el álbum (…). Siento que en cada canción debo dar todo, no ser autoindulgente, pero con 'Killer Queen' sucedió que empecé a escribirla un sábado a la noche y a la mañana siguiente seguí trabajando y ya la tenía. Fue genial. Algunas canciones vienen solas, pero otras hay que irlas a buscar. Como banda, somos bastante particulares. No conocemos las medias tintas, soy muy duro conmigo mismo. Si creo que una canción no es adecuada, entonces la descarto. Soy muy delicado y complicado, como esta canción.”
 
La leyenda comenzaba a formarse…

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