Mi legado musical: Victor Manuel - Asturias

27.09.2015 02:33

Uno de los más difíciles compromisos que he adquirido conmigo mismo en los últimos meses, y que espero mantener de manera inquebrantable en los días venideros, es evitar hablar de política más allá de lo estrictamente necesario. Por desgracia, vivimos en un país de baja calidad democrática, no sólo por parte de su propia estructura política, que también, sino primordialmente por parte de los propios ciudadanos. El respeto ante la discrepancia política brilla por su ausencia, el sano debate intelectual se convierte rápidamente en una lucha encarnizada absolutamente parcial y maniquea, y la irracionalidad se impone ante la concordia, el enriquecimiento en la diversidad y la construcción argumental. El hombre es un animal político, en efecto, pero esta afirmación no significa que la política deba convertido en un animal, sino todo lo contrario.

A la vista de esta tesitura, que como español me duele profundamente, he tomado la meditada decisión de limitar mis exposiciones políticas a la mínima expresión. No sólo eso, sino que en este blog prácticamente las he reducido a cero, y he preferido dedicar mis energías a algo mucho más elevado, como el arte, por mediación de la música, la historia y la literatura. No obstante, en ocasiones la música está estrechamente vinculada a la política; de hecho, la música ha servido como herramienta tanto del poder como de las revoluciones contra el poder, así como para propiciar la exaltación nacional o sostener la anarquía frente a estados opresores. En definitiva, la política no deja de serla aplicación pública de la propia moral, una extensión del ser humano más allá de su propia individualidad, ya seamos aristotélicos, hobessianos o rousseanianos, y la música es una forma de expresión tan válida y efectiva como la palabra, o la violencia.

Un servidor de Ustedes, como aristotélico convencido, abomina de la doctrina de Thomas Hobbes y Jacques Rosseau, pero es consciente de que va en contra de la doctrina predominante de los tiempos modernos. Una de las manifestaciones más peligrosas de la aplicación del contrato social de Rosseau, en consonancia con otras interpretaciones posteriores derivadas del romanticismo, es el nacionalismo. Como decía George Orwell, autor de la mejor novela que se ha escrito sobre el totalitarismo, “el nacionalismo es el peor enemigo de la paz”, pues constituye una doctrina que se basa en la exaltación, la superioridad, la unidad férrea; se basa primordialmente en el odio y la denostación de lo ajeno y en la autocondescendencia y la glorificación de lo propio. En definitiva, en el sometimiento total del individuo bajo un ente casi etéreo que constituye la nación, que es origen y fin de toda la sociedad.

En efecto, me estoy posicionando políticamente. No entraré en disquisiciones de carácter particular, pero sí diré, con carácter general, que considero el nacionalismo como una ideología absolutamente dañina para la humanidad. En efecto, el cuándo del presente artículo tampoco es aséptico, pero el cuerpo me pide que, en este caso, ante esta situación, frente a esta problemática, tome una posición. No con intención, a fe mía, de intentar convencer a nadie, ni de dar apoyo a éste o aquél movimiento político; esto es, no pretendo hacer una reflexión temporal a beneficio de inventario, sino que trato de explicar mis propios apriorismos e intentar situarme, precisamente, fuera de esta vorágine. Yo tengo mis propios motivos.

Y es que yo, a mi particular modo, me considero un patriota. No un patriota de bandera e himno, ni de mano en el pecho, ni siquiera territorialmente definido a un estado, nación, pueblo o región concreta; sino un patriota que pretende regresar al puro origen de la palabra. La palabra patria proviene del latín y significa, de manera literal, la tierra de nuestros padres. Esta definición, por sí sola, está alejada de cualquier ideología o concepto político, sino que alude, sencillamente, al vínculo que une a padre e hijo frente a un territorio. Es un olor. Es una imagen. Un bosque. Una plaza, quizás. Un vecino. Por ello, el patriotismo no deja de ser una serie de experiencias que te unen con tus progenitores, donde el lugar en el que acontecen no deja de ser el continente que permite el contenido. Es la sangre, en definitiva, la que permite la existencia del patriotismo. Un vínculo humano muy concreto basado en la consanguinidad. El amor de un hijo a un padre, o a su madre, naturalmente, que se deriva de manera secundaria a un territorio. Este vínculo territorial es recuerdo, amor, sentimiento de pertenencia, pero nunca un motivo de superioridad del propio territorio frente a otros. Cualquier atributo añadido modifica el concepto primigenio.

Por todo lo expuesto, considero esencial establecer esta adecuada diferenciación entre nacionalismo y patriotismo. Yo no soy, ni seré, ni quiero ser nacionalista, ni de un bando, ni de otro, ni de ninguno. No. Mi repulsa hacia los nacionalismos no se basa en la contraposición de un nacionalismo frente a otro nacionalismo, sino frente a ambos, y está basado en mi propio concepto de patriotismo; que a la poste, resulta estrictamente cercano a la definición de la palabra. Yo no participio de ningún tipo de maniqueísmo político, ni creo en blancos o negros. No caigamos en esa trampa.

Esta profusa introducción, en el fondo, sólo pretende sentar las bases de mi postura política de manera previa a presentaros, sencillamente, una canción. Es realmente penoso que sean necesarias más de 850 palabras para fijar los términos adecuados de un artículo que se llama mi legado musical, pero las circunstancias lo requieren, puesto que el legado es una institución jurídica del derecho de sucesiones, que regula la herencia, que en definitiva, es lo que nos dejan nuestros familiares cuando ya no están entre nosotros. Y la patria es nuestro legado implícito.

Mi patria es mi abuelo materno cuando, con melancolía, recuerda su juventud en Écija. Cuando explica a sus nietos el singular modo en el que conoció a mi abuela, en un viejo tren de cercanías que se dirigía a la ciudad de Córdoba. Mi patria es mi abuela materna cuando nos prepara los platos que ya cocinaba mi bisabuela en la fonda que tenía en Linares, Jaén. Mi patria era mi difundo abuelo paterno, cuando le cogía la mano y comprobaba como un barreno le destrozó un dedo en la Guerra Civil o como tenía el pecho lleno de metralla por defender a su familia frente al fascismo. Mi patria es mi abuela paterna, cuando se emociona hablando de Asturias, o cuando la veo rejuvenecer décadas al cruzar el puente que separa Unquera de Bustio, esto es, Santander de Asturias.

Y mi patria, por supuesto, es mi padre. Y mi madre, por supuesto. Pero mi padre es con quien más vinculo la palabra patria. Con quien he aprendido el verdadero concepto de patriotismo que anteriormente he desarrollado, pese a que habitúe a decir, medio en broma, medio en serio, que “Asturias es España, y lo demás tierra conquistada”. Y, hoy, ante tanto ruido, yo os traigo música. Un artista que me descubrió mi padre y una canción que habla de su patria. Mi legado musical, en la más estricta conceptualización de la expresión. La Asturias eterna. La España que, de momento, no ha podido ser.

VICTOR MANUEL - ASTURIAS

Y esa es mi patria. Un poema sobre Asturias escrito por un andaluz y cantado por un asturiano. Ésa es mi sangre. Y lo que está escrito con sangre no lo borra la desmemoria.

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