Númenor y Valyria

20.10.2018 21:07

El gran Isaac Newton, que espero que conozcáis pese a la LOGSE y al culto a la ignorancia que predomina en nuestros días, no sólo resulta útil por su manzana. Sí, cayó en su cabeza, cuenta la leyenda, y una fuerza invisible la precipitó de la rama del manzano a uno de los mejores cerebros que ha dado la historia de la humanidad. Pum. Y es que siempre hay un inicio. Para aprender a andar, tienes que ver cómo andan otros, tienes que adquirir experiencia, perder el miedo, atreverte a hacerlo. Y eso no te convierte en mejor que nadie. Al revés. Eres uno más, aunque camines mejor, o más rápido, porque no podrías haber llegado hasta donde has llegado si no te hubieran enseñado a andar. La humildad, por eso, no te la ofrece una manzana. Puedes comértela sin más, puedes pensar que cayó en ese preciso instante porque una entidad superior así lo ha querido o puedes aprovechar la ocasión para pensar en el por qué. Por qué cae la manzana. Por qué camino más rápido que los demás. Por qué los planetas, estrellas errantes en griego, no tienen una trayectoria rectilínea en el cielo. Y toda conclusión tendrá un inicio: ya sea en la naturaleza o en las conclusiones de otras personas.

Cuando Newton dijo aquello de si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes, no hacía más que reconocer que él sólo había dado un paso más, pero no había aprendido a caminar solo. Todo científico, estudioso, intelectual, artista, músico o escritor se debe al bagaje que, durante su camino, ha ido adquiriendo por parte de terceros. Beethoven no habría compuesto la maravillosa 5º sinfonía, que me acompaña mientras redacto estas líneas, sin Haydn y Mozart. Roma no hubiera alcanzado su cénit cultural y filosófico sin su helenización y sin la influencia de Sócrates, Platón y Aristóteles. Y George R.R. Martin no habría creado la mejor obra de ficción del siglo XXI, pese a que diera comienzo en los años 90 del pasado siglo, sin la influencia de John R. R. Tolkien.

Por supuesto, no podemos comparar el valyrio con el quenya, pero sí la creación de lenguas antiguas y eruditas usadas por civilizaciones luminosas, como los valyrios y los elfos. En efecto, la princesa Éowyn no es Brienne de Tarth, ni Arya Stark, pero sí una mujer que, frente a la condición que le asigna la sociedad, es capaz de empuñar una espada. Nada tienen que ver los caballeros de Rohan con los dothrakis, pero sí la construcción de culturas alrededor de la figura de un caballo. Tolkien viste de realidad la fantasía, y Martin viste de fantasía la realidad, por lo que el equilibrio entre estos planteamientos literarios es dispar; pero ambos han creado una mitología propia que tiene más o menos incidencia en la novela, pero que existe y proyecta un trasfondo lejano en sus novelas, pero todavía presente. De hecho, a grandes rasgos, podríamos comparar perfectamente los hechos que acontecen en Canción de Hielo y Fuego con el fin de la Tercera Edad que relata El Señor de los Anillos: el auspicio del hombre frente a la magia, las fuerzas de la naturaleza y los poderes antiguos. En El Señor de Los Anillos es más que evidente, pero en Canción de Hielo y Fuego, creo, porque es una novela todavía inconclusa, que los dragones y los caminantes blancos han reaparecido a modo de réquiem, sólo para desaparecer definitivamente. Hay rasgos, en definitiva, compartidos. Elementos. Paisajes. Personajes. Pero, sobre todo, la existencia de una civilización central cuya importancia llega hasta los días que relatan las novelas, pese a su pretérita extinción.

Valyria y Númenor. Una península y una isla. Hombres elevados, con características mejoradas. Una tecnología superior, ahora perdida. Una maldición. La destrucción absoluta. Espadas de acero valyrio y árboles blancos. La Roma perdida ante el Medievo en las obras de Martin y Tolkien. Las míticas civilizaciones de ambos literatos que impulsan la trama. Y que comparten, además de los pequeños apuntes que he señalado, una infinidad de rasgos comunes. Así que os invito a descubrirlas someramente, Silmarilion y El Mundo de Hielo y Fuego mediante, y a disfrutar comparando escenarios; obviando tanto las películas de Peter Jackson como la serie de Juego de Tronos. Viendo equivalencias. Subiéndonos a los hombros de estos gigantes.

Origen de Númenor

Según se narra en el Akallabêth, tras la Gran Batalla en la que Morgoth fue expulsado de Arda, los valar crearon una isla para recompensar a los hombres que habían luchado junto a ellos: “Se hizo una tierra para que los Edain vivieran en ella, y que no era parte de la Tierra Media ni de Valinor, ni tampoco estaba separada de ellas por el ancho mar; pero estaba más cerca de Valinor. Fue levantada por Ossë de las profundidades del Agua Inmensa, y fue fortalecida por Aulë y enriquecida por Yavanna; y los Eldar llevaron allí flores y fuentes de Tol Eressëa. A esa tierra los Valar llamaron Andor, la Tierra del Don; y la Estrella de Eärendil brilló en el Occidente como señal de que todo estaba pronto, y como guía en el mar; y los Hombres se maravillaron al ver la llama plateada en los caminos del Sol (…) Este fue el principio del pueblo que en la lengua de los Elfos Grises se llama Dúnedain: los Númenóreanos, Reyes entre los Hombres”.

Tras su creación, el primer Rey de Númenor fue Elros, hermano de Elrond. Vamos, el tío de Arwen, a la que seguro que tenéis más presente. ¿Cómo es posible? Me diréis. Elrond y Arwen son elfos; mientras que Elros, si fue el primer Rey de Númenor, es humano. Pues bien, la cuestión radica en que Elrond y Elros no eran ni del todo humanos, ni del todo elfos; formaban parte de una raza intermedia llamada Medio Elfos. E Ilúvatar les concedió el don de poder elegir, en ese momento de su vida, su destino. Elrond eligió permanecer como elfo, mientras que Elros eligió la mortalidad humana. No obstante, por su linaje élfico, sus rasgos eran superiores a los humanos y su vida mucho más prolongada; así se dio origen a la estirpe de los numerionanos que alcanza hasta un personaje muy conocido y querido por todos nosotros: Aragorn.  

Origen de Valyria

Según extraemos de la narración del maestre Yandel en El Mundo de Hielo y Fuego, mientras en Poniente se sucedía la Edad de los Héroes, en Essos nacía una nueva civilización. En una península que se encontraba al oeste del Imperio de Ghis, se encontraban unas montañas volcánicas conocidas como los Catorce Fuegos. Allí anidaban, nacían y crecían dragones, que empezaron a interactuar con un pueblo de pastores que allí se resguardaba de los esclavistas ghiscarios y que aprendieron a controlar a estas bestias aladas a su voluntad. Este pueblo no sólo se diferenciaba del resto por su capacidad de domar dragones, que no se sabe si fue adquirida o se debía alguna condición especial, sino que ostentaban una gran belleza: ojos color púrpura y cabello plateado. Así nació la civilización valyria.

Valyria no tuvo reyes durante su larga existencia, sino que se constituyeron como un Feudo Franco en el que todos los ciudadanos tenían voz. Se elegían arcontes entre los propios ciudadanos por periodos temporales limitados, por lo que el poder nunca lo ostentó una única familia. La civilización no tardó en prosperar e incluso aplastaron al Imperio de Ghis; sin embargo, adoptaron una de las peores costumbres del imperio caído: la esclavitud.

La caída de Númenor

Tras milenios de esplendor y gloria, la historia de Númenor iba a dar un vuelco que los iba a encaminar a la extinción a manos de un personaje bien conocido: Sauron. En aquella época, todavía conservaba su corporeidad y podía transformarse en un ser humano a placer. Como continuador de la maldad de Morgoth, construyó la Torre de Barad-dûr y fortificó Mordor, sumiendo a la Tierra Media en el caos. Desde Númeror, el Rey Ar-Pharazón decidió poner fin al reinado de Sauron y construyó una flota para desembarcar en el que posteriormente sería el reino de Gondor. Sin embargo, la batalla no se desarrolló según lo esperado: no se derramó ni una gota de sangre. Sauron salió voluntariamente de la Torre de Barad-dûr y se entregó de buen grado. Sospechoso, ¿verdad? Lo era, y más tratándose de Sauron, pero el Rey Ar-Pharazón no lo supo ver y se lo llevó como prisionero a Númenor.

Por supuesto, el objetivo de Sauron era destruir a los hombres desde la capital de su reino más poderoso mediante su lengua venenosa. Y así lo hizo. Ya durante el trayecto a Númenor, pasó de ser un mero prisionero al mejor consejero del Rey. Y aprovechó su debilidad. Los numenorianos, pese a su longevidad, habían germinado en su interior un odio visceral hacia los elfos y los valar por su inmortalidad. No entendían que, siendo los favoritos de los dioses, tuvieran que morir. Sauron utilizó esta coyuntura. Y Tolkien utilizó, en este relato, la propia cosmogonía católica para construir el desencuentro de los humanos con el don de Ilúvatar, que es la muerte. Sauron, no obstante, se diferencia de Lucifer no en el qué, sino en el cómo: si bien el ángel caído fue expulsado del cielo por pretender la inmortalidad del ser humano, Sauron pretendía, realmente, su extinción absoluta, pues su objetivo es el mismo que el de Morgoth: destruir Arda para construir un nuevo mundo según su propio criterio. Pequeños matices.

El caso es que los numenorianos pretendían la inmortalidad y Sauron les susurró un modo de conseguirla: desplazándose a las Tierras Imperecederas, cuyo acceso estaba prohibido a los hombres. De nuevo, la religión católica; y de nuevo, una manzana. Y el Rey Ar-Pharazón, que, pese a tener cientos de años estaba cerca de la muerte, mordió la fruta prohibida. Construyó cientos de barcos, miles, que según los elfos que vivían en la isla de Eressëa, cercana a Númenor, cubrían la luz del sol. Y se encaminaron a Aman.

Si bien el Rey titubeó en los últimos instantes antes del desembarco, finalmente, puso un pie en Amán, reclamando la soberanía sobre esas tierras. Y con ello, firmó la sentencia de muerte de su pueblo: “Entonces Manwë invocó a Ilúvatar, y durante ese tiempo los Valar ya no gobernaron Arda. Pero Ilúvatar mostró su poder, y cambió la forma del mundo; y un enorme abismo se abrió en el mar entre Númenor y las Tierras Inmortales, y las aguas se precipitaron por él, y el ruido y los vapores de las cataratas subieron al cielo, y el mundo se sacudió. Y todas las flotas de los Númenóreanos se hundieron en la sima, y se ahogaron, y fueron tragadas para siempre. Pero Ar-Pharazón el Rey y los guerreros mortales que habían desembarcado en la Tierra de Aman quedaron sepultados bajo un derrumbe de colinas: se dice que allí yacen, en las Cavernas de los Olvidados, y que allí estarán hasta la Última Batalla del Día del Juicio.”

Entonces, un fuego súbito irrumpió desde el Meneltarma, y sopló un viento poderoso, y hubo un tumulto en la tierra, y el cielo giró, y las colinas se deslizaron, y Númenor se hundió en el mar, junto con niños y mujeres y orgullosas señoras; y los jardines y recintos y torres, y las tumbas y los tesoros, y las joyas y telas y cosas pintadas y talladas, y la risa y la alegría y la música, y la sabiduría y la ciencia de Númenor se desvanecieron para siempre.”. La isla desapareció del mapa por completo. Númenor dejó de existir en pocas horas, así como el propio Sauron, que nunca más volvió a tener corporeidad propia y se convirtió en el espectro que Peter Jackson materializó en el ojo llameante de la Torre de Barad-dûr.

La maldición de Valyria

El auge de Valyria parecía no tener parangón. Calcinado en fuego de dragón el Imperio de Ghis, expulsados los rhoynar de sus tierras, que capitaneados por la Princesa Nymeria huyeron a Dorne, conquistada la isla de Rocadragón en Poniente y construida la mayor red de carreteras que jamás había visto Essos, la civilización valyria alcanzaba su cénit. Las espadas de acero valyrio se construían a cientos. Los dragones eran dueños del mundo. Nadie les podía hacer frente. Nadie excepto sus Catorce Fuegos.

Y luego, inesperado para todos, la Maldición cayó sobre Valyria. Hasta el día de hoy, nadie sabe con exactitud que causó la Maldición. Muchos dicen que fue un cataclismo natural – una explosión catastrófica causada por la erupción conjunta de los Catorce Fuegos. Algunos septones, menos sabios, afirman que los Valyrios trajeron el desastre sobre ellos debido a sus promiscuas creencias en cientos de dioses, y hurgaron demasiado en su sacrilegio desatando los fuegos de los Siete Infiernos sobre el Feudo.

La única cosa que se puede decir con certeza es que fue un cataclismo como el mundo no había visto nunca antes. El antiguo y poderoso Feudo Franco fue arrasado y destruido en cuestión de horas. Se dice que cada colina en quinientas millas a la redonda se rompió en pedazos llenando el aire con cenizas, humo y fuego tan caliente y voraz que incluso los dragones que los sobrevolaban fueron engullidos y consumidos. Grandes grietas se abrieron en la tierra, tragándose palacios, templos, y pueblos enteros. Los lagos hirvieron y se convirtieron en ácido, las montañas explotaron, fuentes ardientes expulsaron roca fundida a mil pies de altura, y nubes rojas llovieron vidriagón y sangre negra de demonios. Hacia el norte, el suelo se resquebrajó y colapsó sobre sí mismo, y la inundó un mar furioso de agua hirviendo.

La ciudad más orgullosa del mundo desapareció en un instante, el legendario imperio se desvaneció en un día. (…) La época de los dragones en Essos llegaba a su fin.”

En este caso, como ya he dicho antes, la realidad se impone a la fantasía. Y es que la erupción conjunta de catorce volcanes no hay civilización que la soporte. En efecto, la soberbia está presente, como en Númenor, pero la destrucción de la civilización no tuvo nada que ver con una actuación positiva de los Valyrios. O sí, porque las minas que los esclavos habían estado cavando podría haber provocado las erupciones. Pero si se trata de un castigo por la soberbia de un pueblo, no tiene origen divino, sino natural.

La esperanza de Númenor

Pese a la destrucción absoluta de la isla de Númenor, no todo el pueblo se extinguió. Unos cuantos numerionanos, proélficos, hartos de las mentiras de Sauron, huyeron a tiempo de la isla. Elendir e Isildur no acudieron a la llamada de su Rey para partir a Amán. Nueve barcos zarparon a sus órdenes en dirección contraria, dejando atrás la desolación infinita que estaba por llegar. Una vez en la Tierra Media, fundaron los reinos de Elenor y Gondor.

Seguramente, os sonará bastante el tal Isildur. No es para menos. Fue el propio Isildur, empuñando a Narsil en la Batalla de la Última Alianza, el que cortó el dedo en el que Sauron llevaba el Anillo Único, apoderándose de él. Poco le duró esta nueva propiedad, pues fue corrompido por su poder y posteriormente traicionado, pero este evento dio comienzo a la Tercera Edad. Y, por supuesto, hay un personaje que comparte la misma sangre que Isildur: Aragorn, el verdadero heredero de Númenor, pese a ser un montaraz del Norte criado en Rivendel. No en vano, Elrond le entregó Narsil a la pronta edad de 20 años, cuando le reveló que era el trigesimotercer descendiente directo de Isildur. El verdadero Rey de los hombres.

Un último apunte, el propio Isildur, antes de partir de la isla de Númenor, robó un fruto del Árbol Blanco, vástago de Celebron, que posteriormente plantó en la Tierra Media y germinó. La semilla de Númenor todavía vive en el corazón de los hombres en los hechos que narra El Señor de los Anillos, ya no sólo por Aragorn, sino por el árbol blanco que se encuentra en la Ciudadela de Minas Tirith, heredero directo de los dos árboles de Valinor.

Los Targaryen

La maldición de Valyria no pilló a todos por sorpresa. Una familia noble de Valyria, los Targaryen, huyeron años antes de que ocurriera la hecatombe a la isla de Rocadragón, en Poniente. Daenys Targaryen –que no Daenerys-, hija de Aenar Targaryen, había profetizado la maldición años antes de que ocurriera. Por supuesto, el resto de familias nobles los tomaron por locos, pero Aenar hizo caso a su hija y dejaron el Feudo Franco junto con sus dragones para instalarse en un lugar seguro. Fueron los únicos valyrios que sobrevivieron junto con unas pocas familias que les acompañaron, como los Velaryon o los Celtigar. Seis generaciones después, nació en Rocadragón Aegon Targaryen I, llamado el Conquistador, que se convertirían el Rey de los Siete Reinos junto a sus hermanas Rhaenys y Visenya.

Como Aragorn, en Canción de Hielo y Fuego también tenemos un legítimo heredero exiliado y abandonado a su suerte: Daenerys Targaryen. La decadencia de su Casa, como la decadencia de Gondor, debe ser restaurada por la madre de dragones, que ha conseguido que, tras la desaparición de todos los dragones en tiempos de Aegon III, nacieran tres especímenes. A pesar de que no es mi personaje favorito de la novela, ni mucho menos, sus estragos durante su matrimonio con Khal Drogo, su reinado en Mereen, su travesía por el Desierto Rojo y sus constantes devaneos pueden hacer de ella una gran reina frente al débil y mimado Tommen Lannist… Baratheon; igual que Aragorn, tras la Guerra del Anillo, fue un buen rey frente al decadente Denethor II de Gondor.

Valyria, así mismo, sigue estando presente en Poniente. Las pocas espadas de acero valyrio son conservadas como reliquias y parece que van a ser esenciales en la guerra contra los Otros. Los dragones han vuelto para convertirse, de nuevo, en armas de destrucción masiva. Aegon VI Targaryen, sea o no sea un Fuegoscuro, ha desembarcado en Poniente con la Compañía Dorada, fundada por Aegor Ríos, bastardo de Aegon IV. Rocadragón está repleta de vidriagón. Valyria, al cabo, será fundamental en la resolución de los hechos que narra Canción de Hielo y Fuego.

Como podéis ver, salvando las distancias y los equilibrios entre realidad y fantasía entre ambos autores, hay muchos rasgos en común entre las historias de Númenor y Valyria. Y, a su vez, hay muchos rasgos comunes entre la historia de Númenor y la cosmogonía católica. Un gigante tras un gigante tras otro gigante. Y, mientras tanto, los simples mortales, aquí estamos, extasiados, apreciando tan maravillosas obras, que no hubieran sido posibles sin la obra anterior; y así, sucesivamente, se ha ido creando la cultura humana y se seguirá construyendo.

Volvemos a la manzana. A morderla, como hizo Ar-Pharazón, haciendo caso a la serpiente llamada Sauron. A caer, como hizo Bran Stark desde una torre. Y es que las referencias que me ofrece una manzana son infinitas, tanto con Newton, como con Tolkien, Martin o incluso la religión católica. Todo comienza en un manzano y acaba en el hombro de un gigante, al cabo.

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