Shakespeare in love

31.10.2015 13:06

Existen determinados eventos vitales que presumen el salto definitivo de la adolescencia a la adultez. Un empleo estable, la primera cana, una eyaculación con consecuencias, tener tu propio hogar, lavarte tus propios calzoncillos o pagar tu primera factura de la luz, entre otras circunstancias, resultan elocuentes modos de informarte de que tus desfases alcohólicos, tus despreocupaciones absolutas y tu época dorada alcanza su fin. Me diréis, no seas negativo, es ley de vida, y cada etapa de la vida tiene sus virtudes. Pero no. Como ya he dicho en alguna ocasión, hacerse mayor es una mierda, y quien diga lo contrario, miente. Otra cosa es que lo aceptemos con no poca resignación e intentemos mantener nuestra esencia. Que intentemos no dejar de ser nosotros mismos aunque cientos de servidumbres recorten nuestra libertad.

No obstante, no todos estos eventos vitales constituyen una carga. Algunos eventos los genera nuestra propia voluntad. Los elegimos. Los queremos. Y hay decisiones que hubieras querido tomar toda la vida, aunque aún no lo supieras. Una de de esas decisiones es casarte con la persona a la que amas con todo tu corazón. Y es que yo, aunque no lo parezca, aunque haga gala de una misantropía galopante, siento devoción por algunas personas concretas. Personas que merecen que le pida algo de tiempo a ese asteroide que deseo que nos mande a todos a tomar por el culo. Personas que me hacen mantener un exiguo pero brillante poso de esperanza en esta amalgama informe de individuos que constituye la Humanidad. Personas, en definitiva, que merecen la pena.

Hace seis años conocí a la persona más importante de mi vida. A mi mejor amiga, a mi compañera de piso, a mi pareja de buenos y malos momentos. A esa persona que taladro con insistencia con mis podcast y que aguanta, con estoicismo, cuando le pido que me regule los volúmenes de las canciones en los programas de radio. A esa persona que tolera mis locuras, que no son pocas, y que es capaz incluso de disfrutarlas. A esa persona que acumula todos esos pequeños detalles diarios que iluminan este valle de lágrimas al que llamamos vida. A Elisenda, en definitiva.

Y este es mi particular y un poco siniestro modo de deciros que sí, que me caso, y que estoy muy ilusionado con ello, motivo por el cual el blog no ha tenido las actualizaciones habituales. Montar un bodorrio no es fácil. Y mucho menos si quieres pasarte los protocolos habituales, los curas, el arroz tirado a los novios, las horteradas endémicas de estos eventos, los platos maricones y el jodido ramo por la bisectriz de la entrepierna. De hecho, quiero montar una boda medieval, comprarme una espada, comer embutido y hincharme a cerveza con EBM, goa trance, makina y música enferma de fondo. Ni vestido blanco, ni camareros bailando. Ni ligeros, ni damas de honor, ni despedidas de soltero con stripers o pollas de goma en la cabeza. A mi modo.

Por supuesto, en la línea de lo expuesto, mi intención no es hacer una ceremonia de enlace habitual con la clásica canción de boda. He de pensar si quiero que suene Metallica, Hocico, Etnica o Las lluvias de Castamire… No obstante, quiero aprovechar el presente artículo para explicaros de dónde viene la clásica Marcha Nupcial. Un poco de historia musical no viene mal y así aprovecho mi anuncio con la divulgación cultural.

Marcha Nupcial de Mendelssohn

Como todos sabréis, o deberíais saber, la comedia de El sueño de una noche de verano fue escrita por William Shakespeare en 1595 y está considerada como una de las mayores obras teatrales de la historia. Se ambienta en la Grecia Clásica y narra la boda de Teseo e Hipólita. Ni que decir tiene que la recomiendo encarecidamente a cualquiera que tenga un mínimo interés cultural, pues se trata de un verdadero clásico universal. Junto con Don Juan Tenorio, una de mis obras teatrales preferidas, y Enrique VIII, también de Shakespeare, es un verdadero imprescindible en cuanto a teatro se refiere.

Sin embargo, la musicalización de esta obra de teatro no alcanzó su cénit hasta que, a mediados del siglo XIX, fue reconvertida en ópera. Felix Mendelssohn, compositor alemán contemporáneo de Beethoven, fue el encargado componer algunas de las piezas de esta ópera dedicada a El sueño de una noche de verano. Y, el día 20 de febrero de 1827, en la ciudad de Szczecin, actualmente radicada en Polonia pero perteneciente a Prusia en aquella época, sonó por primera vez la Marcha Nupcial de Mendelssohn, que a día de hoy preside la práctica totalidad de las bodas occidentales.

Así que de viejo viene esta conocida canción. Nada menos que de Shakespeare en cuanto a inspiración, de Mendelssohn en cuando a su creación y de Wagner, posteriormente, en cuando a su interpretación. Sé que a fecha actual resulta incluso cansina, pues yo mismo la pienso omitir en mi enlace matrimonial, pero llama la atención conocer sus orígenes en el luminoso siglo XIX europeo.

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