Tears in the rain

24.11.2016 13:31
El tiempo. Tic, tac. Sin prisa, sin pausa, a un ritmo constante, transcurre sin que nada ni nadie pueda detenerlo. Tic, tac, suena el reloj, pero el tiempo no se oye, ni se ve, ni se siente en la piel. Existe. Y podemos comprobar su existencia por el mero hecho de que el momento precedente es diferente al momento posterior. El tiempo, la cuarta dimensión, avanza sin nunca retroceder; y es que, si bien podemos movernos por las otras tres dimensiones en todas direcciones, arriba y abajo, adelante y atrás, izquierda o derecha, el tiempo tiene una única dirección. Tic, tac. Ese instante ya ha pasado y nunca volverá. Y toda ilusión de control del tiempo no deja de ser un puro artificio. El reloj mide, no controla, no permite modificar el flujo temporal. El tiempo se nos escapa, literalmente, entre los dedos.
Un preso condenado a dos años de presidio tendrá la percepción de que le sobra tiempo. Al contrario, un enfermo de cáncer al que le han pronosticado dos años de vida tendrá la percepción de que le falta tiempo. Y es que la percepción subjetiva que tenemos del tiempo no tiene nada que ver con su medición objetiva. Hay segundos que son eternos y días que transcurren sin darnos cuenta. El elemento subjetivo permite al ser humano interpretar el paso del tiempo en función de una pléyade de condicionantes. Tarde, pronto, largo, corto. El tiempo es. Somos nosotros los que le ponemos apellidos.
Decía mi padre que a partir de los 30 años el tiempo transcurre más rápidamente. Sentenciaba de ese modo a sabiendas de que una hora continuaba siendo una hora con independencia de tu edad, en efecto, pero que era tu percepción, tu elemento subjetivo, el que te aceleraba el paso del tiempo. Un día cualquiera te parabas a pensar y te dabas cuenta de que ya habían pasado cinco años. ¿Cinco años desde qué punto?, os preguntaréis. Pero en realidad no importa el punto desde el que contemos los cinco años, ni los propios cinco años, ni incluso si el año es terrestre, marciano o jupiterino. Importa, como ya he comentado, que, para el hombre, el tiempo se le escapa entre los dedos y que éste parece acelerarse al llegar a la edad adulta.
El motivo bien puede ser la rutina. Muchas veces lo he pensado y he caído en la cuenta de que hay días o semanas que no sabría distinguir entre sí. Lo mismo da que da lo mismo martes o jueves que lunes o miércoles, repetimos de manera incansable, monótona, gris y átona, una y otra vez, los mismos actos, las mismas palabras. Ponemos el piloto automático. Te levantas, desayunas, te duchas, sacas al perro, coges el tren, trabajas, etcétera. Cada día lo mismo. Bien puede ser este el motivo a partir del cual, a partir de los 30, parece que el tiempo se acelere sin control. Un niño, o un adolescente, descubre algo nuevo cada día, vive al máximo cada momento; a diferencia de un adulto, que racionaliza, que está de vuelta de todo. Que sencillamente camina porque hay que caminar. Y es que puede que en esos hipotéticos cinco años que hemos señalado antes hayamos hecho exactamente los mismo todos los días. Y lo mismo da, en efecto, que estos años sean dos o cinco, nuestra rutina se ha convertido en nuestro propio agujero negro temporal. La puta monotonía es capaz de jugar hasta con las leyes de la física. Huid de esa zorra gris todo lo que podáis.
“Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.” le decía Rutger Hauer a Harrison Ford en la película Blade Runner. El replicante, al descubrir que su vida es limitada y que el tiempo que se le acaba, siente miedo, se siente esclavo del tiempo. Incluso salva a Rick Deckart de una muerte segura para dedicarle sus últimas palabras mientras se aferra a la vida sosteniendo entre sus manos a una paloma blanca: “Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”. Roy Batty, pese a ser un robot, y en ese momento final de su vida, si se puede utilizar este término en este contexto, nos ofrece, a la desesperada, cuál es la clave de la percepción temporal del ser humano: la mortalidad. Ese elemento tan humano que provocaba la envidia de los dioses griegos. El tiempo no tiene principio ni final, pero sí nuestras vidas; por lo que, para nosotros, el tiempo es finito. Y todo lo que hayamos vivido, visto, disfrutado o soñado se perderá, como dice Roy Batty, como lágrimas en la lluvia. Como gotas en un océano inconmensurable de recuerdos marchitos.
Por tanto, el tiempo no sólo se nos escapa entre los dedos y se acelera por mediación de nuestras monótonas vidas, sino que, a la postre, está limitado a nuestra propia mortalidad. Tic, tac. Es un constante recordatorio de lo insignificantes que somos. De que en realidad no controlamos una mierda. De que somos sus esclavos, puesto que su mero transcurso puede matarnos, puesto que la simple monotonía puede acelerarlo. Y, realmente, sólo cuando aceptemos estas circunstancias podemos vivir sin miedo. 
Sé que no veré Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Sé que no puedo huir de mi rutinaria vida diaria. Sé que algún día voy a morir. Y, quizás, saber esto me permite saber, así mismo, y en sentido contrario, que veré otras maravillas mientras pueda; que buscaré siempre romper con mi rutina, tanto como pueda, para disfrutar de momentos diferentes, únicos, irrepetibles; y que, mientras no muera, viviré. 
Tic, tac. El tiempo se va. Disfrutad. Vivid. Reíd. Llorad. Amad. Follad. Odiad la monotonía. Salid. Corred. Haced lo que os dé la gana. Un día, el tiempo no sólo se ira, sino que se acabará y no volverá para ninguno de nosotros. Un día vamos a morir. Y, ese día, aferrados a nuestra paloma, como Roy Batty, podremos sonreír recordando todo lo que hemos vivido. Podremos asegurar que no hemos dejado ni una gota en el tintero. Podremos sentirnos orgullosos de que hemos sido todo lo libres que podríamos llegar a ser. Y la paloma, desde nuestras manos inertes, emprenderá un nuevo vuelo. 
El tiempo. Tic, tac. Sin prisa, sin pausa, a un ritmo constante, transcurre sin que nada ni nadie pueda detenerlo. Tic, tac, suena el reloj, pero el tiempo no se oye, ni se ve, ni se siente en la piel. Existe. Y podemos comprobar su existencia por el mero hecho de que el momento precedente es diferente al momento posterior. El tiempo, la cuarta dimensión, avanza sin nunca retroceder; y es que, si bien podemos movernos por las otras tres dimensiones en todas direcciones, arriba y abajo, adelante y atrás, izquierda o derecha, el tiempo tiene una única dirección. Tic, tac. Ese instante ya ha pasado y nunca volverá. Y toda ilusión de control del tiempo no deja de ser un puro artificio. El reloj mide, no controla, no permite modificar el flujo temporal. El tiempo se nos escapa, literalmente, entre los dedos.
Un preso condenado a dos años de presidio tendrá la percepción de que le sobra tiempo. Al contrario, un enfermo de cáncer al que le han pronosticado dos años de vida tendrá la percepción de que le falta tiempo. Y es que la percepción subjetiva que tenemos del tiempo no tiene nada que ver con su medición objetiva. Hay segundos que son eternos y días que transcurren sin darnos cuenta. El elemento subjetivo permite al ser humano interpretar el paso del tiempo en función de una pléyade de condicionantes. Tarde, pronto, largo, corto. El tiempo es. Somos nosotros los que le ponemos apellidos.
 
Decía mi padre que a partir de los 30 años el tiempo transcurre más rápidamente. Sentenciaba de ese modo a sabiendas de que una hora continuaba siendo una hora con independencia de tu edad, en efecto, pero que era tu percepción, tu elemento subjetivo, el que te aceleraba el paso del tiempo. Un día cualquiera te parabas a pensar y te dabas cuenta de que ya habían pasado cinco años. ¿Cinco años desde qué punto?, os preguntaréis. Pero en realidad no importa el punto desde el que contemos los cinco años, ni los propios cinco años, ni incluso si el año es terrestre, marciano o jupiterino. Importa, como ya he comentado, que, para el hombre, el tiempo se le escapa entre los dedos y que éste parece acelerarse al llegar a la edad adulta.
 
El motivo bien puede ser la rutina. Muchas veces lo he pensado y he caído en la cuenta de que hay días o semanas que no sabría distinguir entre sí. Lo mismo da que da lo mismo martes o jueves que lunes o miércoles, repetimos de manera incansable, monótona, gris y átona, una y otra vez, los mismos actos, las mismas palabras. Ponemos el piloto automático. Te levantas, desayunas, te duchas, sacas al perro, coges el tren, trabajas, etcétera. Cada día lo mismo. Bien puede ser este el motivo a partir del cual, a partir de los 30, parece que el tiempo se acelere sin control. Un niño, o un adolescente, descubre algo nuevo cada día, vive al máximo cada momento; a diferencia de un adulto, que racionaliza, que está de vuelta de todo. Que sencillamente camina porque hay que caminar. Y es que puede que en esos hipotéticos cinco años que hemos señalado antes hayamos hecho exactamente los mismo todos los días. Y lo mismo da, en efecto, que estos años sean dos o cinco, nuestra rutina se ha convertido en nuestro propio agujero negro temporal. La puta monotonía es capaz de jugar hasta con las leyes de la física. Huid de esa zorra gris todo lo que podáis.
 
Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.” le decía Rutger Hauer a Harrison Ford en la película Blade Runner. El replicante, al descubrir que su vida es limitada y que el tiempo que se le acaba, siente miedo, se siente esclavo del tiempo. Incluso salva a Rick Deckart de una muerte segura para dedicarle sus últimas palabras mientras se aferra a la vida sosteniendo entre sus manos a una paloma blanca: “Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”. Roy Batty, pese a ser un robot, y en ese momento final de su vida, si se puede utilizar este término en este contexto, nos ofrece, a la desesperada, cuál es la clave de la percepción temporal del ser humano: la mortalidad. Ese elemento tan humano que provocaba la envidia de los dioses griegos. El tiempo no tiene principio ni final, pero sí nuestras vidas; por lo que, para nosotros, el tiempo es finito. Y todo lo que hayamos vivido, visto, disfrutado o soñado se perderá, como dice Roy Batty, como lágrimas en la lluvia. Como gotas en un océano inconmensurable de recuerdos marchitos.
Por tanto, el tiempo no sólo se nos escapa entre los dedos y se acelera por mediación de nuestras monótonas vidas, sino que, a la postre, está limitado a nuestra propia mortalidad. Tic, tac. Es un constante recordatorio de lo insignificantes que somos. De que en realidad no controlamos una mierda. De que somos sus esclavos, puesto que su mero transcurso puede matarnos, puesto que la simple monotonía puede acelerarlo. Y, realmente, sólo cuando aceptemos estas circunstancias podemos vivir sin miedo. 
 
Sé que no veré Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Sé que no puedo huir de mi rutinaria vida diaria. Sé que algún día voy a morir. Y, quizás, saber esto me permite saber, así mismo, y en sentido contrario, que veré otras maravillas mientras pueda; que buscaré siempre romper con mi rutina, tanto como pueda, para disfrutar de momentos diferentes, únicos, irrepetibles; y que, mientras no muera, viviré. 
 
Tic, tac. El tiempo se va. Disfrutad. Vivid. Reíd. Llorad. Amad. Follad. Odiad la monotonía. Salid. Corred. Haced lo que os dé la gana. Un día, el tiempo no sólo se ira, sino que se acabará y no volverá para ninguno de nosotros. Un día vamos a morir. Y, ese día, aferrados a nuestra paloma, como Roy Batty, podremos sonreír recordando todo lo que hemos vivido. Podremos asegurar que no hemos dejado ni una gota en el tintero. Podremos sentirnos orgullosos de que hemos sido todo lo libres que podríamos llegar a ser. Y la paloma, desde nuestras manos inertes, emprenderá un nuevo vuelo. 

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