Un fin de semana inolvidable

12.04.2019 13:17

Todavía no me lo creo. Veo fotos y vídeos, leo comentarios de la gente, escudriño mis recuerdos. Escucho lo que sonó aquella noche en mi casa, una y otra vez, pensando para mis adentros que no, que no es posible. Todavía no me lo creo, en serio. Hay que estar mal de la cabeza para creerse que en una sala que se llama Salseo un servidor de ustedes haya hecho el indio con el Desperation - Our Reservation delante de la cabina como si fueran los salvajes años 90. Hay que estar como una regadera para imaginar que en pleno 2019 sonase el General Noise - Rotterdam Subway en una sala abierta al público y no en mis cascos mientras camino por la calle. Zumbado perdido, vamos. De atar hay que estar para llegar a imaginarse que se haya acabado una sesión discotequera en Gerona durante este mismo mes de abril con hardcore guitarresco a las seis y media pasadas de la mañana. Pero pasó. Vaya si pasó. Y no sólo durante la residencia de David Pastilles en la Sala del Cel de 1992 a 1994, sino en reciente y ya histórico día 7 de abril de 2019. Y aunque no me lo crea todavía, yo estuve allí.

La cosa se remonta a hacer poco más de un mes. Navegando por internet, sin ton ni son, tratando de encontrar algo con un mínimo de interés en la anodina red social de turno, lo vi: un negro, sencillo y conciso cartel que anunciaba un homenaje de DJ Pastis a la Sala del Cel. “On va començar tot”, rezaba. Saltó una chispa, un resorte, un aviso. Ojo. Danger. Esto no es una fiesta cualquiera, pensé. Aquí no va a sonar el maldito New Limit - Smile ni las típicas y tópicas canciones que me aburren hasta decir basta. Esto es cosa seria de verdad. Tenía que dar la voz de alarma a todo mi núcleo duro de reputados makineros. A mis mejores amigos, a esos irredentos fiesteros de pedra picada que sin duda compartirían mi ansiedad por asistir al evento. No podíamos obviar algo así.

La primera acogida no fue demasiado efusiva. Bueno, podríamos ir, no estaría mal, me dijeron. Ya verás como al final no vamos a ir. No será para tanto, me decían otros. Yo me emperré, por supuesto. A tomar por culo la remember tal, la discoteca cual y el compromiso con no sé quién en no sé dónde, una fiesta así no la hemos visto igual en nuestra puta vida, pues en 1994 todavía íbamos en pantalones cortos y coleccionábamos cromos de Dragon Ball. La cosa quedó allí, en el aire, en el bar Cohi-Bar de Ripollet, mientras seguíamos cerveza arriba, cerveza abajo. Qué bien te va el negocio, Patxi.

Fue a la semana siguiente, creo. En el mismo sitio. Las cervezas siempre son buenas consejeras, quizás, y la idea que planté durante la semana anterior germinó con una virulencia inusitada. De hecho, fue visto y no visto: sacamos el tema, se comentó brevemente y en menos de lo que tardé en darle dos sorbos a la Mahou, ya habíamos alquilado un apartamento en el puro centro de Girona para la noche del día 7 se abril de 2019. Ya estaba hecho. No había vuelta atrás. Las cosas que pasan en la terraza de tu negocio, Patxi.

Y llegó el día. El fin de semana que nunca olvidaremos. Por supuesto, el núcleo, el hueso del aguacate, fue la fiesta en la Sala del Cel, pero el antes y el después acompañaron, maximizaron y enloquecieron un evento que ya de por sí tenía por objeto hacernos perder la poca cordura que tenemos. El viaje de Gerona ya nos dejó una imagen hermosa: un pique con un Mercedes Clase A lleno de hermosas mujeres que acabó con un adelantamiento por la izquierda a más de 150 km/h con las nalgas de un amigo asomando por la ventana derecha trasera. La imagen seguramente fue evocadora para aquellas rubias luxemburguesas que había venido a la Costa Brava a disfrutar del buen tiempo. Un culo les dio la calurosa bienvenida que merecían.

La entrada en la ciudad de Gerona fue menos evocadora. Bueno, miento, sus calles empedradas, sus bares, su gente y sobre todo su vida crepuscular nos llenó de ilusión y buenas sensaciones, pero aparcar los vehículos fue complejo y mucho más circular por el casco antiguo sin saber hacia dónde nos llevaban aquellas calles adoquinadas. Finalmente, encontramos un lugar adecuado en las afueras, aparcamos los coches, cogimos nuestros bártulos y nos dirigimos a buen paso al apartamento sito en una calle del puro centro de Gerona, a unos 150 metros del Ayuntamiento. De camino, obtuve la primera sorpresa de la noche: me encontré a usuarios del foro www.radicalresistance.com que, como yo, no tenían intención alguna de perderse aquella fiesta. De Madrid a Gerona hay pocos kilómetros si se trata de un evento de esta naturaleza. Su presencia auguraba música dañina. Hype en aumento.

Una vez personados en la puerta de entrada al apartamento, sentimos cierto pavor. ¿Dónde coño nos hemos metido? Una puerta de manera astillada, vieja y mohosa daba entrada a un lúgubre pasillo que disponía de un grifo a media altura –que, dicho sea de paso, iba a dar mucho juego posteriormente-. Las escaleras eran siniestras, empinadas, y en el segundo piso había un ventanal de vidrio antiguo con más mierda que el palo de un gallinero. Sin embargo, nuestras dudas se esfumaron al cruzar la puerta que daba directamente al apartamento, en la tercera planta: Muebles nuevos, acogedores espacios, un cuadro gigante, un cómodo sofá y una estatua de una negra con los pechos al aire que proyectaban lujuria. Ahora sí. Esto sí. Comencemos.

Paseos nocturnos, hamburguesas sabrosas, preguntas sobre el tamaño de la butifarra a una camarera negra que, en cierto modo, recordaba a la estatua mencionada en el anterior párrafo; goles de Suárez y Messi al Atlético de Madrid, canis tatuados de Gerona con pinta de robaviejas, precio razonable del garito, ganas de chupitos incipientes; ginebra catalana y ron caribeño, sifón por la ventana, bailes absurdos, vociferaciones por doquier, fotografías interminables, mucho tabaco y música, música y más música. El trance que media desde que nos instalamos en el apartamento hasta que llegamos a la puerta de la Sala del Cel fue épico, como no podía ser de otra manera. Un aperitivo en condiciones. Ni que decir tiene que el grifo del siniestro pasillo se abrió a su máxima capacidad antes de salir hacia la sala, con desastrosos y acuosos resultados. Liada parda. Cualquier atisbo de inhibición en el comportamiento se había esfumado. Había llegado el momento.

Y, entonces, casi sin darnos cuenta, click, el portero de la discoteca verificó nuestras entradas a través del código de barras y nos dirigimos al interior de la discoteca que llevábamos un mes deseando pisar. Poca broma: era mi primera vez en la mítica Sala del Cel. Sé que dejé la chaqueta en guardarropía y me di un paseo de reconocimiento por la sala, as usual, pero mi cerebro borró esa inútil información: el primer recuerdo que tengo de la sala, el más claro, el más elevado y el que perdurará en el tiempo, es escuchar y bailar sin freno el Tesox - Go Ahead London delante de cabina. Mi cabeza estalló. Las piernas se me movían solas. Una sonrisa se me dibujó en la cara. Si empezamos así, cómo acabaremos, pensaba. “¿Pero esto qué es?”, chillaba, como si no me lo creyera. Y es que todavía no me lo creo.

Aunque aspiro fútilmente a ser una especie de enciclopedia musical, desconocía más de la mitad de las canciones que sonaron aquella noche, pero no me importaba en absoluto. Al revés. Cada vez que no reconocía una canción era para convencerme a mí mismo de que necesitaba ese tema. Cada canción desconocida era un soplo de aire fresco que venía desde 1994 hasta 2019 y nos daba a entender de manera contundente y sin decirlo que tenemos electrónica de sobra en los 90 para no repetir las mismas canciones de siempre en las remembers. Se decía en los reñideros makineros: “¡Ay, si Pastis sacara su maleta oculta!”; y, al parecer, se debían referir a la que eligió aquella noche. Bendita maleta. Benditas canciones desconocidas.

En cuanto a las canciones conocidas, qué decir. La discoteca se vino abajo con el Velocity - Future, bailó como si no hubiera un mañana con el Casseopaya ‎- Overdose, quemó zapatilla con el Nando Dixkontrol - Megadixk N° 8 y se volvió loca con el himno no oficial de la Sala del Cel de David Pastilles, el espectacular Alien Factory - Beta Music (Hangover Remix). Semanas antes, un amigo y yo hablábamos de una canción que escuchamos una antigua sesión que nos hizo intercambiar miradas de complicidad cuando sonó en la fiesta: Lunatic Asylum - The Meltdown. Y, en mi caso, me faltó poco para echarme a llorar cuando sonó una de las mejores canciones de la música electrónica, según mi criterio: El Cosmic Baby - Fantasía. Me puede esta canción. Sus sonidos, su melodía, las sensaciones que transmite, que cabalgan entre la melancolía y la esperanza, su manera de evolucionar durante sus ocho minutos de duración. Bailarlo en una discoteca con un público entregado, al lado de tus mejores amigos, con nada menos que DJ Pastis en cabina, es un lujo. Un regalo que no podría agradecer suficiente en modo alguno. Elevación espiritual máxima. Estas cosas hay que vivirlas, coño.

El resto de la noche transcurrió sin que en ningún momento bajara el nivel; asunto, éste, que debe ponerse en valor, pues no es fácil en una sesión de más de seis horas. DJ Pastis estaba entregado, se le veía disfrutar, saltar, reír, chillar: era uno más de la fiesta. Y eso, queridos lectores, es una de las claves de su éxito. Quizás no tendrá millones de seguidores, pero los que lo somos, lo somos de verdad. Fieles a su estilo. Agradecidos por su esencia, por su manera de ser. Por ser una persona auténtica hasta las últimas consecuencias. Y allí le acompañamos, hasta el final, hasta que sonó la mítica mezcla del New England - Give It Up con el Maurizio Braccagni - XTC vol 1 (Rotterdam Version) y hasta que nos mató definitivamente a todos con tema guitarresco que no entraba en la cabeza. Apoteósico hasta el final.

El regreso a la realidad de las calles de Gerona tras aquél interminable orgasmo musical no fue, en absoluto, un hecho doloroso o traumático. Ni siquiera se intuía abatimiento o el típico sentimiento de vacío posterior a un momento irrepetible. En absoluto. Recuerdo acabar chupándole el culo a una estatua leonina mientras uno de mis amigos cogía una escoba y se ponía a barrer una plaza hasta que el pobre trabajador que sí que se dedicaba profesionalmente a tal menester apareció en escena con una mezcla de estupor y pavor dibujada en el rostro. Me viene a la cabeza el sol apareciendo mientras recorríamos las calles de Gerona dirección al apartamento, donde devoramos fuet con pan como si lleváramos semanas aquejados de inanición.

La música volvió a sonar en el apartamento mientras algunos compañeros de fatigas trataban de dormir sin ningún éxito. Se encontraron son sopletes hechos con desodorantes, detergente volando y vociferaciones sin sentido que impidieron ningún descanso. Al final, uno de estos bellos durmientes salió al balcón, tocándose de manera indecorosa sus partes pudendas, y llamó fascistas a gritos a unos corredores que aprovechaban aquella hermosa mañana de domingo para hacer una maratón. “¡Feixista, vostè, feixista!”, indicaba mi amigo a un corredor, que se giró sin comprender nada. No eran conscientes de que el hecho de correr con salud mientras otras personas seguían de fiesta era un acto de puro fascismo que debe ser reconocido por la Real Academia Española. Al final, incluso los más irredentos fiesteros tuvieron que deponer su actitud, cayendo sobre cualquier superficie al objeto de fallecer de extenuación.

Lo mejor vino cuando, a las 12:00h en punto, aporreó salvajemente la puerta la propietaria del apartamento para que lo desalojáramos de inmediato. Seguramente habréis visto películas o series de muertos vivientes, así que no es preciso que entremos en detalles. Sólo diré que un amigo, que había caído en un sueño profundo, fue incorporado con cariño pero con firmeza y desplazado de la cama hasta la pared en la que se le aparcó como si de un saco de patatas se tratara. Allí abrió los ojos y comprobó estupefacto la presencia de una mujer. “Però quants sou?”, dijo la propietaria, que descubría una amarga sorpresa tras otra. “No us vaig dir que no es podia fumar?”. Esto, es que, bueno, en realidad fumábamos en el balcón, señalaba el pobre colega que había arrendado el apartamento, mientras trataba de justificar sin éxito la existencia de colillas en la encimera de la cocina. Terrible.

Salimos de allí apresurados bajo las espuelas de una cabreada propietaria, que detectaba más irregularidades normativas cada minuto que pasaba en el apartamento, y nos fuimos a la plaza de la Iglesia a echarnos algo al estómago –no sin antes darle media vuelta al grifo del siniestro pasillo para rematar la trolleada-. Servidor de ustedes, que en ocasiones parece gilipollas, se comió un batido de kiwi y una naranja, elementos poco recomendables ante un estómago ya revuelto. Y ahí acabó el fin de semana, pues el siguiente evento fue ir a buscar los coches y volver a casa más muertos que vivos, pero absolutamente satisfechos.

Normalmente no suelo explicaros mi vida más allá de introducir un tema mediante un elemento personal, pero en este concreto caso me lo pedía el cuerpo. Tampoco es habitual que os muestre mi lado más gamberro y quinceañero, que atesoro aunque supere la edad de Cristo, pues normalmente soy persona algo más sensata de lo que se deduce del relato que hoy os presento; pero hay veces que para huir de la rutina de un adulto responsable cabe regresar a la irresponsabilidad adolescente. En fin, el caso es que el evento discotequero no habría alcanzado semejantes niveles de épica sin un antes y un después a la altura de las circunstancias. Y al cabo, todo relato subjetivo se fundamenta en sensaciones, en vivencias particulares, por lo que es importante contextualizar. Dicho de otro modo, la música fue muy importante, pero vivir esa fiesta con mis mejores amigos fue un elemento igualmente capital en la valoración general del fin de semana. Gracias, cabronazos, por ser como sois.

Al final, fijaos, me lo voy a tener que creer. Pasó.

Un fin de semana inolvidable.

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