Videojuegos sin instrumento

10.07.2016 12:57
Desde luego, Sergio, cada vez dices más disparates. Puede ser que usar cerveza como gasolina vital te desengrasa demasiado lo engranajes del cerebelo, que el maldito calor de este julio infame te está derritiendo la sesera o que, directamente, como decía Heinrich Heine, te has vuelto completamente loco porque tu sabiduría, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca (sic). En efecto, puede que todo eso sea cierto, no lo niego, pero el título del artículo tiene cierta coherencia interna. 
 
Pero lo entiendo. Para jugar a un videojuego necesitas instrumentos. No de cuerda, ni de percusión, sino como mínimo un monitor, una plataforma de videojuegos, un mando para controlar los movimientos del videojuego y, por supuesto, electricidad para que todo ello funcione. Vamos, que la tecnología es absolutamente necesaria para jugar a un videojuego. Todo ello requiere de artificios creados por el ser humano para materializar sus pensamientos, sus sueños, para plasmar su imaginación en cosas tangibles, reales. Sin embargo, nada de eso sería posible sin nuestra concurrencia. Si una cabeza que piense, sin unos brazos que hagan, sino unos ojos que vean y, en ese caso, sin una boca que cantara.
 
En cierto modo, este artículo podría haberlo dedicado perfectamente a mi legado musical, puesto que todo se remonta, en mi caso, a mi tierna infancia. De nuevo, todo comienza con mis padres. Con mi madre limpiando la casa un domingo mañana y mi padre jugando con un vetusto Intel 80386 a videojuegos que se hallaban grabados en disquetes de 8 pulgadas. Benditos sean aquellos domingos. El caso es que un servidor de Ustedes se encontraría leyendo un cómic, jugando con dinosaurios o tocando los cojones a su padre, borrando sin querer el Panel de Control en aquella reliquia de sistema operativo llamado Windows 3.11. Eran actividades habituales en mí, pero el día de Autos no recuerdo exactamente lo que estaba haciendo cuando escuché una canción. No era la primera vez que la oía, pues mis padres acostumbraban a amenizar los domingos con el recopilatorio Mas Noches de Blanco Satén (1992), pero fue la primera vez que la escuché de verdad. La primera vez que caí en la cuenta de que la canción de Only You de The Flying Pickets tenía algo especial. Algo que no me cuadraba.
 
Yo era un chaval curioso. Un rompepelotas, que dirían los argentinos, que se preguntaba el por qué de absolutamente todo. Parece ser que es normal, es decir, que todos los niños pasan por ese periodo de “¿y eso por qué?” que acaban con el absoluto desquicio de sus progenitores. Pero mis padres tenían mucha paciencia y yo, además de curioso, era ingenuo, así que este periodo de mi vida no provocó demasiados quebraderos de cabeza a ninguna de las partes. “¿Por qué suena tan rara esta canción, mama?”, dije yo; “porque este grupo no usa instrumentos, sino únicamente sus voces”, me contestó mi madre. Volvimos a poner la canción desde el principio. Me quedé alucinado. Desde ese día, no había domingo que, cuando sonaba esta canción, dejara lo que estuviera haciendo para sentarme delante del reproductor de CD’s y quedarme ensimismado escuchando a aquellos locos que no usaban instrumentos. Que no necesitaban más que sus voces para crear una canción maravillosa que, todavía a día de hoy, me eriza el vello.
 
Con el paso de los años, el concepto de acapella que yo tenía en la cabeza, tan rico y espiritual, se fue reduciendo. El concepto pasó de representar la creación de una canción completa utilizando únicamente la voz humana a eliminar de la mezcla de la canción todos los instrumentos menos el vocal. Pasó de ser un todo a una mera parte en solitario. Debo decir, en honor a la verdad, que mis derroteros musicales pasaron de canciones románicas ochentenas a la música electrónica de moda, por lo que tiene cierta lógica este cambio de paradigma. Pero me faltaba algo. Por mucho que me gustara mezclar una y otra vez la acapella del Index feat Carla Shilling - Thinking about you con el Dance Test Dummies - Talk About (Bonus Bects) (la sintonía del Requiem Makinero, nada menos), todavía permanecía en mi cabeza un resquicio del concepto de la acapella total: el Only You de The Flying Pickets.
 
Volviendo de mi tierna infancia y mi radical adolescencia a este caluroso día de julio de 2016, pienso en que todo tiene un principio, un desarrollo y una conclusión. Una introducción, un nudo y un desenlace. Y cuando descubrí, no hace mucho, a Smooth McGroove, cerré ese círculo que había comenzado en 1993. La acapella total había regresado a mi vida. Y de la mano de los videojuegos. Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras (sic).
 
La plataforma YouTube, que como he dicho en infinidad de ocasiones y pongo de manifiesto en mis podcast del Pozo de la Infamia, es capaz de mostrar lo mejor y lo peor del ser humano, fue la responsable de que conociera a este artista. Greñudo y con gato, Smooth McGroove tiene más aspecto de hacer covers de Metallica que de otra cosa, pero sus intereses son mucho más mundanos: crea acapellas totales de bandas sonoras de videojuegos. ¿Ahora entendéis el título del artículo, verdad? Es su voz la que os presento. Los videojuegos no dejan de constituir la argamasa que materializa su espectacular talento musical. 
 
Este norteamericano, oriundo de Oklahoma, nunca hubiera imaginado su éxito cuando empezó a componer acapellas de videojuegos. La música siempre había sido su vida, pues sus derroteros vitales iban encaminados a dar clases privadas de canto, pero los videojuegos iban a otorgarle un valor añadido esencial para su popularidad. Yo lo conocí mientras buscaba una versión decente del Moon Theme de Duck Tales para el siguiente podcast de Let’s Play que estoy cocinando y que no tardará en estar listo para servir; desde entonces, soy su fan más absoluto.
 
Su manera de componer parece sencilla, pero no lo es. Graba cada instrumento con su voz por separado y posteriormente los une, mostrándonos en una composición de ocho ventanas cada una de estas grabaciones y añadiendo, así mismo, imágenes del videojuego cuya banda sonora interpretan en la novena ventana central. Puedes centrarte en una de las ventanas y ver como se encuentra perfectamente sincronizada con el resto. Como no sé si me he expresado con la suficiente claridad y, como se suele, una imagen vale más que mil palabras, os dejo una captura de pantalla de su versión del Moon Theme de Duck Tales.
 
En su curiosa discografía podéis encontrar versiones de Sonic, Mario, Zelda, Pokemon, Megaman, Kirby, Final Fantasy o Street Figther, entre otros. Os recomiendo que hagáis un repaso general en su canal de YouTube o Loudr.fm y, como yo, os dejéis empapar de estos videojuegos sin instrumento. 
Desde luego, Sergio, cada vez dices más disparates. Puede ser que usar cerveza random del supermecado como gasolina vital te desengrasa demasiado lo engranajes del cerebelo, que el maldito calor de este julio infame te está derritiendo la sesera o que, directamente, como decía Heinrich Heine, te has vuelto completamente loco porque tu sabiduría, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca (sic). En efecto, puede que todo eso sea cierto, no lo niego, pero el título del artículo tiene cierta coherencia interna. 
 
Pero entiendo la primera impresión. Para jugar a un videojuego necesitas instrumentos. No de cuerda, ni de percusión, sino tecnológicos; como mínimo necesitas un monitor, una plataforma de videojuegos, un mando para controlar los movimientos del videojuego y, por supuesto, electricidad para que todo ello funcione. Vamos, que la tecnología es absolutamente necesaria para jugar a un videojuego. Todo ello requiere de artificios creados por el ser humano para materializar sus pensamientos, sus sueños, para plasmar su imaginación en cosas tangibles, reales. Sin embargo, nada de eso sería posible sin nuestra concurrencia. Sin una cabeza que piense, sin unos brazos que hagan, sin unos ojos que vean y, en ese caso, sin una boca que cantara.
 
En cierto modo, este artículo podría haberlo dedicado perfectamente a mi legado musical, puesto que todo se remonta, en mi caso, a mi tierna infancia. De nuevo, todo comienza con mis padres. Con mi madre limpiando la casa un domingo cualquiera por la mañana y mi padre jugando con un vetusto Intel 80386 a videojuegos grabados en disquetes de 8 pulgadas. Benditos eran aquellos domingos de mi infancia. El caso es que un servidor de Ustedes se encontraría leyendo un cómic, jugando con dinosaurios o tocando los cojones a su padre, borrando sin querer el Panel de Control en aquella reliquia de sistema operativo llamado Windows 3.11. Eran actividades habituales en mí, pero el día de Autos no recuerdo exactamente lo que estaba haciendo cuando escuché una canción muy peculiar. No era la primera vez que la oía, pues mis padres acostumbraban a amenizar los domingos con el recopilatorio Mas Noches de Blanco Satén (1992), pero fue la primera vez que la escuché de verdad. La primera vez que caí en la cuenta de que la canción de Only You de The Flying Pickets tenía algo especial. Algo que no me cuadraba.
Yo era un chaval curioso. Un rompepelotas, que dirían los argentinos, que se preguntaba el por qué de absolutamente todo. Parece ser que es normal, es decir, que todos los niños pasan por ese periodo de “¿y eso por qué?” que provoca el absoluto desquicio de sus progenitores. Pero mis padres tenían mucha paciencia y yo, además de curioso, era ingenuo, así que este periodo de mi vida no provocó demasiados quebraderos de cabeza a ninguna de las partes. “¿Por qué suena tan rara esta canción, mama?”, dije yo; “porque este grupo no usa instrumentos, sino únicamente sus voces”, me contestó mi madre. Volvimos a poner la canción desde el principio. Me quedé alucinado. Desde ese día, no había domingo que, cuando sonaba esta canción, dejara lo que estuviera haciendo para sentarme delante del reproductor de CD’s y quedarme ensimismado escuchando a aquellos locos que no usaban instrumentos. Que no necesitaban más que sus voces para crear una canción maravillosa que, todavía a día de hoy, me eriza el vello.
 
Con el paso de los años, el concepto de acapella que yo tenía en la cabeza, tan rico y espiritual, se fue reduciendo. El concepto pasó de representar la creación de una canción completa utilizando únicamente la voz humana a eliminar de la mezcla de la canción todos los instrumentos menos el vocal. Pasó de ser un todo a una mera parte en solitario. Debo decir, en honor a la verdad, que mis derroteros musicales pasaron de canciones románicas ochentenas a la música electrónica de moda, por lo que tiene cierta lógica este cambio de paradigma. Pero me faltaba algo. Por mucho que me gustara mezclar una y otra vez la acapella del Index feat Carla Shilling - Thinking about you con el Dance Test Dummies - Talk About (Bonus Bects) (la sintonía del Requiem Makinero, nada menos), todavía permanecía en mi cabeza un resquicio del concepto de la acapella total: el Only You de The Flying Pickets.
Volviendo de mi tierna infancia y mi radical adolescencia a este caluroso día de julio de 2016, pienso en que todo tiene un principio, un desarrollo y una conclusión. Una introducción, un nudo y un desenlace. Y cuando descubrí, no hace mucho, a Smooth McGroove, cerré ese círculo que había comenzado a mediados de 1993. La acapella total había regresado a mi vida. Y de la mano de los videojuegos. Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras (sic).
 
La plataforma YouTube, que como he dicho en infinidad de ocasiones y pongo de manifiesto en mis podcast del Pozo de la Infamia, es capaz de mostrar lo mejor y lo peor del ser humano, fue la responsable de que conociera a este artista. Greñudo y con gato, Smooth McGroove tiene más aspecto de hacer covers de Metallica que de otra cosa, pero sus intereses son mucho más mundanos: crea acapellas totales de bandas sonoras de videojuegos. ¿Ahora entendéis el título del artículo, verdad? Es su voz la que os presento. Los videojuegos no dejan de constituir la argamasa que materializa su espectacular talento musical. 
Este norteamericano, oriundo de Oklahoma, nunca hubiera imaginado su éxito cuando empezó a componer acapellas de videojuegos. La música siempre había sido su vida, pues su rumbo vital iba encaminado a dar clases privadas de canto, pero los videojuegos iban a otorgarle un valor añadido esencial para su popularidad. Yo lo conocí mientras buscaba una versión decente del Moon Theme de Duck Tales para el siguiente podcast de Let’s Play que estoy cocinando y que no tardará en estar listo para servir; desde entonces, soy su fan más absoluto.
 
Su manera de componer parece sencilla, pero no lo es. Graba cada instrumento con su voz por separado (vídeo y audio) y posteriormente los une, mostrándonos en una composición de ocho ventanas cada una de estas grabaciones y añadiendo, así mismo, imágenes del videojuego cuya banda sonora interpretan en la novena ventana central. Puedes centrarte en una de las ventanas y ver como se encuentra perfectamente sincronizada con el resto. Como no sé si me he expresado con la suficiente claridad y, como se suele, una imagen vale más que mil palabras, os dejo una captura de pantalla de su versión del Moon Theme de Duck Tales.
En su curiosa discografía podéis encontrar versiones de Sonic, Mario, Zelda, Pokemon, Megaman, Kirby, Final Fantasy o Street Figther, entre otros. Os recomiendo que hagáis un repaso general en su canal de YouTube o Loudr.fm y, como yo, os dejéis empapar de estos videojuegos sin instrumento. 
 

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