Blog

10.07.2016 12:57
Desde luego, Sergio, cada vez dices más disparates. Puede ser que usar cerveza como gasolina vital te desengrasa demasiado lo engranajes del cerebelo, que el maldito calor de este julio infame te está derritiendo la sesera o que, directamente, como decía Heinrich Heine, te has vuelto completamente loco porque tu sabiduría, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca (sic). En efecto, puede que todo eso sea cierto, no lo niego, pero el título del artículo tiene cierta coherencia interna. 
 
Pero lo entiendo. Para jugar a un videojuego necesitas instrumentos. No de cuerda, ni de percusión, sino como mínimo un monitor, una plataforma de videojuegos, un mando para controlar los movimientos del videojuego y, por supuesto, electricidad para que todo ello funcione. Vamos, que la tecnología es absolutamente necesaria para jugar a un videojuego. Todo ello requiere de artificios creados por el ser humano para materializar sus pensamientos, sus sueños, para plasmar su imaginación en cosas tangibles, reales. Sin embargo, nada de eso sería posible sin nuestra concurrencia. Si una cabeza que piense, sin unos brazos que hagan, sino unos ojos que vean y, en ese caso, sin una boca que cantara.
 
En cierto modo, este artículo podría haberlo dedicado perfectamente a mi legado musical, puesto que todo se remonta, en mi caso, a mi tierna infancia. De nuevo, todo comienza con mis padres. Con mi madre limpiando la casa un domingo mañana y mi padre jugando con un vetusto Intel 80386 a videojuegos que se hallaban grabados en disquetes de 8 pulgadas. Benditos sean aquellos domingos. El caso es que un servidor de Ustedes se encontraría leyendo un cómic, jugando con dinosaurios o tocando los cojones a su padre, borrando sin querer el Panel de Control en aquella reliquia de sistema operativo llamado Windows 3.11. Eran actividades habituales en mí, pero el día de Autos no recuerdo exactamente lo que estaba haciendo cuando escuché una canción. No era la primera vez que la oía, pues mis padres acostumbraban a amenizar los domingos con el recopilatorio Mas Noches de Blanco Satén (1992), pero fue la primera vez que la escuché de verdad. La primera vez que caí en la cuenta de que la canción de Only You de The Flying Pickets tenía algo especial. Algo que no me cuadraba.
 
Yo era un chaval curioso. Un rompepelotas, que dirían los argentinos, que se preguntaba el por qué de absolutamente todo. Parece ser que es normal, es decir, que todos los niños pasan por ese periodo de “¿y eso por qué?” que acaban con el absoluto desquicio de sus progenitores. Pero mis padres tenían mucha paciencia y yo, además de curioso, era ingenuo, así que este periodo de mi vida no provocó demasiados quebraderos de cabeza a ninguna de las partes. “¿Por qué suena tan rara esta canción, mama?”, dije yo; “porque este grupo no usa instrumentos, sino únicamente sus voces”, me contestó mi madre. Volvimos a poner la canción desde el principio. Me quedé alucinado. Desde ese día, no había domingo que, cuando sonaba esta canción, dejara lo que estuviera haciendo para sentarme delante del reproductor de CD’s y quedarme ensimismado escuchando a aquellos locos que no usaban instrumentos. Que no necesitaban más que sus voces para crear una canción maravillosa que, todavía a día de hoy, me eriza el vello.
 
Con el paso de los años, el concepto de acapella que yo tenía en la cabeza, tan rico y espiritual, se fue reduciendo. El concepto pasó de representar la creación de una canción completa utilizando únicamente la voz humana a eliminar de la mezcla de la canción todos los instrumentos menos el vocal. Pasó de ser un todo a una mera parte en solitario. Debo decir, en honor a la verdad, que mis derroteros musicales pasaron de canciones románicas ochentenas a la música electrónica de moda, por lo que tiene cierta lógica este cambio de paradigma. Pero me faltaba algo. Por mucho que me gustara mezclar una y otra vez la acapella del Index feat Carla Shilling - Thinking about you con el Dance Test Dummies - Talk About (Bonus Bects) (la sintonía del Requiem Makinero, nada menos), todavía permanecía en mi cabeza un resquicio del concepto de la acapella total: el Only You de The Flying Pickets.
 
Volviendo de mi tierna infancia y mi radical adolescencia a este caluroso día de julio de 2016, pienso en que todo tiene un principio, un desarrollo y una conclusión. Una introducción, un nudo y un desenlace. Y cuando descubrí, no hace mucho, a Smooth McGroove, cerré ese círculo que había comenzado en 1993. La acapella total había regresado a mi vida. Y de la mano de los videojuegos. Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras (sic).
 
La plataforma YouTube, que como he dicho en infinidad de ocasiones y pongo de manifiesto en mis podcast del Pozo de la Infamia, es capaz de mostrar lo mejor y lo peor del ser humano, fue la responsable de que conociera a este artista. Greñudo y con gato, Smooth McGroove tiene más aspecto de hacer covers de Metallica que de otra cosa, pero sus intereses son mucho más mundanos: crea acapellas totales de bandas sonoras de videojuegos. ¿Ahora entendéis el título del artículo, verdad? Es su voz la que os presento. Los videojuegos no dejan de constituir la argamasa que materializa su espectacular talento musical. 
 
Este norteamericano, oriundo de Oklahoma, nunca hubiera imaginado su éxito cuando empezó a componer acapellas de videojuegos. La música siempre había sido su vida, pues sus derroteros vitales iban encaminados a dar clases privadas de canto, pero los videojuegos iban a otorgarle un valor añadido esencial para su popularidad. Yo lo conocí mientras buscaba una versión decente del Moon Theme de Duck Tales para el siguiente podcast de Let’s Play que estoy cocinando y que no tardará en estar listo para servir; desde entonces, soy su fan más absoluto.
 
Su manera de componer parece sencilla, pero no lo es. Graba cada instrumento con su voz por separado y posteriormente los une, mostrándonos en una composición de ocho ventanas cada una de estas grabaciones y añadiendo, así mismo, imágenes del videojuego cuya banda sonora interpretan en la novena ventana central. Puedes centrarte en una de las ventanas y ver como se encuentra perfectamente sincronizada con el resto. Como no sé si me he expresado con la suficiente claridad y, como se suele, una imagen vale más que mil palabras, os dejo una captura de pantalla de su versión del Moon Theme de Duck Tales.
 
En su curiosa discografía podéis encontrar versiones de Sonic, Mario, Zelda, Pokemon, Megaman, Kirby, Final Fantasy o Street Figther, entre otros. Os recomiendo que hagáis un repaso general en su canal de YouTube o Loudr.fm y, como yo, os dejéis empapar de estos videojuegos sin instrumento. 
Desde luego, Sergio, cada vez dices más disparates. Puede ser que usar cerveza random del supermecado como gasolina vital te desengrasa demasiado lo engranajes del cerebelo, que el maldito calor de este julio infame te está derritiendo la sesera o que, directamente, como decía Heinrich Heine, te has vuelto completamente loco porque tu sabiduría, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca (sic). En efecto, puede que todo eso sea cierto, no lo niego, pero el título del artículo tiene cierta coherencia interna. 
 
Pero entiendo la primera impresión. Para jugar a un videojuego necesitas instrumentos. No de cuerda, ni de percusión, sino tecnológicos; como mínimo necesitas un monitor, una plataforma de videojuegos, un mando para controlar los movimientos del videojuego y, por supuesto, electricidad para que todo ello funcione. Vamos, que la tecnología es absolutamente necesaria para jugar a un videojuego. Todo ello requiere de artificios creados por el ser humano para materializar sus pensamientos, sus sueños, para plasmar su imaginación en cosas tangibles, reales. Sin embargo, nada de eso sería posible sin nuestra concurrencia. Sin una cabeza que piense, sin unos brazos que hagan, sin unos ojos que vean y, en ese caso, sin una boca que cantara.
 
En cierto modo, este artículo podría haberlo dedicado perfectamente a mi legado musical, puesto que todo se remonta, en mi caso, a mi tierna infancia. De nuevo, todo comienza con mis padres. Con mi madre limpiando la casa un domingo cualquiera por la mañana y mi padre jugando con un vetusto Intel 80386 a videojuegos grabados en disquetes de 8 pulgadas. Benditos eran aquellos domingos de mi infancia. El caso es que un servidor de Ustedes se encontraría leyendo un cómic, jugando con dinosaurios o tocando los cojones a su padre, borrando sin querer el Panel de Control en aquella reliquia de sistema operativo llamado Windows 3.11. Eran actividades habituales en mí, pero el día de Autos no recuerdo exactamente lo que estaba haciendo cuando escuché una canción muy peculiar. No era la primera vez que la oía, pues mis padres acostumbraban a amenizar los domingos con el recopilatorio Mas Noches de Blanco Satén (1992), pero fue la primera vez que la escuché de verdad. La primera vez que caí en la cuenta de que la canción de Only You de The Flying Pickets tenía algo especial. Algo que no me cuadraba.
Yo era un chaval curioso. Un rompepelotas, que dirían los argentinos, que se preguntaba el por qué de absolutamente todo. Parece ser que es normal, es decir, que todos los niños pasan por ese periodo de “¿y eso por qué?” que provoca el absoluto desquicio de sus progenitores. Pero mis padres tenían mucha paciencia y yo, además de curioso, era ingenuo, así que este periodo de mi vida no provocó demasiados quebraderos de cabeza a ninguna de las partes. “¿Por qué suena tan rara esta canción, mama?”, dije yo; “porque este grupo no usa instrumentos, sino únicamente sus voces”, me contestó mi madre. Volvimos a poner la canción desde el principio. Me quedé alucinado. Desde ese día, no había domingo que, cuando sonaba esta canción, dejara lo que estuviera haciendo para sentarme delante del reproductor de CD’s y quedarme ensimismado escuchando a aquellos locos que no usaban instrumentos. Que no necesitaban más que sus voces para crear una canción maravillosa que, todavía a día de hoy, me eriza el vello.
 
Con el paso de los años, el concepto de acapella que yo tenía en la cabeza, tan rico y espiritual, se fue reduciendo. El concepto pasó de representar la creación de una canción completa utilizando únicamente la voz humana a eliminar de la mezcla de la canción todos los instrumentos menos el vocal. Pasó de ser un todo a una mera parte en solitario. Debo decir, en honor a la verdad, que mis derroteros musicales pasaron de canciones románicas ochentenas a la música electrónica de moda, por lo que tiene cierta lógica este cambio de paradigma. Pero me faltaba algo. Por mucho que me gustara mezclar una y otra vez la acapella del Index feat Carla Shilling - Thinking about you con el Dance Test Dummies - Talk About (Bonus Bects) (la sintonía del Requiem Makinero, nada menos), todavía permanecía en mi cabeza un resquicio del concepto de la acapella total: el Only You de The Flying Pickets.
Volviendo de mi tierna infancia y mi radical adolescencia a este caluroso día de julio de 2016, pienso en que todo tiene un principio, un desarrollo y una conclusión. Una introducción, un nudo y un desenlace. Y cuando descubrí, no hace mucho, a Smooth McGroove, cerré ese círculo que había comenzado a mediados de 1993. La acapella total había regresado a mi vida. Y de la mano de los videojuegos. Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras (sic).
 
La plataforma YouTube, que como he dicho en infinidad de ocasiones y pongo de manifiesto en mis podcast del Pozo de la Infamia, es capaz de mostrar lo mejor y lo peor del ser humano, fue la responsable de que conociera a este artista. Greñudo y con gato, Smooth McGroove tiene más aspecto de hacer covers de Metallica que de otra cosa, pero sus intereses son mucho más mundanos: crea acapellas totales de bandas sonoras de videojuegos. ¿Ahora entendéis el título del artículo, verdad? Es su voz la que os presento. Los videojuegos no dejan de constituir la argamasa que materializa su espectacular talento musical. 
Este norteamericano, oriundo de Oklahoma, nunca hubiera imaginado su éxito cuando empezó a componer acapellas de videojuegos. La música siempre había sido su vida, pues su rumbo vital iba encaminado a dar clases privadas de canto, pero los videojuegos iban a otorgarle un valor añadido esencial para su popularidad. Yo lo conocí mientras buscaba una versión decente del Moon Theme de Duck Tales para el siguiente podcast de Let’s Play que estoy cocinando y que no tardará en estar listo para servir; desde entonces, soy su fan más absoluto.
 
Su manera de componer parece sencilla, pero no lo es. Graba cada instrumento con su voz por separado (vídeo y audio) y posteriormente los une, mostrándonos en una composición de ocho ventanas cada una de estas grabaciones y añadiendo, así mismo, imágenes del videojuego cuya banda sonora interpretan en la novena ventana central. Puedes centrarte en una de las ventanas y ver como se encuentra perfectamente sincronizada con el resto. Como no sé si me he expresado con la suficiente claridad y, como se suele, una imagen vale más que mil palabras, os dejo una captura de pantalla de su versión del Moon Theme de Duck Tales.
En su curiosa discografía podéis encontrar versiones de Sonic, Mario, Zelda, Pokemon, Megaman, Kirby, Final Fantasy o Street Figther, entre otros. Os recomiendo que hagáis un repaso general en su canal de YouTube o Loudr.fm y, como yo, os dejéis empapar de estos videojuegos sin instrumento. 
 
01.07.2016 22:48

Ya sé que puede sonar a tópico, a manido lugar común, a leyenda de jubilado o incluso a argumento arrogante frente a cualquier comentario, pero hay que haberlo vivido para saber lo que se siente. La palabra, ya sea escrita u oral, cumple su objetivo de plasmar hechos, sentimientos y sensaciones de un modo muy preciso, sirve como puente entre lo que yo sé o siento y lo que quiero que sepas y sientas. Pero no es suficiente. Todos lo sabemos, en el fondo. Por mucho que detalles, con todo lujo de expresiones y palabras exactas, una experiencia vivida, nunca se acercará a haberla vivido en primera persona. Lo siento, pero si alguno de mis amigos me explica que ha echado el polvazo de su vida, no seré capaz de sentir el placer, el sabor, el olor, el tacto y la profunda mirada de su pareja sexual. Sólo él y su pareja lo experimentaron. Me haré una idea, sí. Compararé con mi experiencia. Sé como funciona, vamos. Pene y vagina en comunión. Valiente descripción.

También sé que hay personas más receptivas que otras en este asunto y que entenderán con mayor o menor acierto lo que quiero explicar. Al final, todo se reduce a nuestro propio perspectivismo vital, concepto acuñado por el filósofo Ortega y Gasset que yo siempre he negado intelectualmente pero que con el paso del tiempo he comprobado en mis propias carnes. Un makinero me entenderá mucho más que un fiestero cualquiera, y un fiestero cualquiera me entenderá mucho más que una persona que nunca ha sido de salir de fiesta. El nivel de comprensión va directamente relacionado con haber compartido experiencias. Con la tribu, vamos. Con esos locos que escuchan ruido y lo llaman música, que dicen por ahí.

Pero el hecho cierto es que, seas o no makinero, tienes que haberlo vivido. La verdad es que siento compasión por aquellas personas que no pudieron vivirlo, igual que deben sentir compasión de mí aquellos makineros salvajes de principios de los 90. Y es que imagino que todos tenemos nuestro tótem. Nuestro santuario. Nuestra Santa Casa.

Recuerdo que cuando era un mocoso, cuando me hablaban del Xque?, siempre pensaba que se referían a una sala con parquet. Sí, menuda bobada, soy consciente de ello, pero yo, en 1992, no tenía más que siete años, y a pesar de apuntar maneras melómanas, todavía no había encontrado mi camino. Con el tiempo, a mediados de 1995, descubrí la música makina. Aquella música se convirtió, de inmediato, en mi vida. Siempre ponía la radio buscando escuchar la “canción del silbidito”, que no era otra que el Streamline. De discotecas no conocía demasiado, aunque esa sala del parquet solía pronunciarse muy a menudo. Qué tendrá, pensaba. Qué pasará en esa discoteca. Una penumbra ocultaba esa realidad, una niebla maravillosa que te hacía soñar a tan tiernas edades con bailar, bailar y seguir bailando, como ya hacía en mi cuarto cuando nadie me veía. O sí, porque mi madre me pilló alguna vez, para mi sonrojo.

Pasaron muchos años hasta que conseguí descubrir qué se cocía en el interior del Xque? Hasta tanto, cintas, recopilatorios en cassette, historias de Internet y demás cubrían de manera insuficiente mi necesidad de descubrir por qué la llamaban la Santa Casa. Qué eran capaces de hacer Pastis y Buenri con su parroquia. Y es que bailar en tu habitación con el Xque? Compilation de 1998 está muy bien, pero le falta algo. Escuchar en tu discman, de camino al colegio, el mezclote del DJ Cumpli - Cumbase II con el DJ D-Sfase & Neuroti-k - Reactive vol 2, es una experiencia vivificadora, pero es un coitus interruptus. Llevar una pegata en la carpeta te hacía sentirte un makinero de pro, pero no dejaba de ser un símbolo vacío, hueco. Tenías que entrar, cruzar el umbral. Conocer de verdad.

Y entonces llegó el día. Puse rumbo a Calella de Palafrugell. Y, desde entonces, el alma de la Santa Casa forma parte indisoluble de la mía propia. No sería capaz de relatar en concreto todo lo que viví en su interior. Sólo tengo retazos, momentos, piezas de mi rompecabezas de felicidad. Recuerdos vívidos pero que se difuminan en una especie de episodio épico que, pasados tantos años, seguramente exagero, pero cuyo repaso no puede sino reportarme una sonrisa y, en ocasiones, una lágrima. Caer de rodillas en mitad de la pista durante el subidón del Da Edge – Wizardry; desgañitarme con el Xque? vol 6 – Jump Over The Moon como si mis cuerdas vocales no tuvieran que conocer un mañana; abrazarme con desconocidos al sonar una canción desconocida que producía sensaciones desconocidas; escuchar a DJ Ruboy cantando el Xque? vol 7 - Thank You como si estuviera viviendo el momento más romántico de mi vida; saltar hasta torcerme un tobillo delante de cabina con el Da Edge – I Believe; entrar en estado de éxtasis cuando petaba el segundo subidón del Marco Bailey – Scorpia; gastarme medio sueldo en merchandising y volver a mi casa con dos bolsas llenas de peluches, camisetas, pegatinas para el coche, sin tener coche, y vinilos, sin tener vinilo; fumarme un porro de hierba con Pastis a pachas después de una remember de infarto; salir corriendo, literalmente, del parking, al escuchar los primeros compases de Code 27 – Go to be better, dejando a un amigo moribundo en el coche; el habitual parkineo con una birra en la mano, que te hacían vaciar en el suelo los malditos porteros si te exponías demasiado a su campo de visión; comerse una pasta en la panadería que había en la primera rotonda de Palafrugell con todos los moraos liándola; conocer a Frank Traxx y llevarme un autógrafo en un vaso de cubata mientras sonaba el The Scotlands - On the mountain of highlands; perder la razón con el Xque? vol 4 – Maniacs; pasarme horas hablando con conocidos de Internet como si fueran mis hermanos; creer en que la makina había vuelto definitivamente al escuchar una mezcla sublime con el Rolo vs Kram – Reloaded; y, por supuesto, destrozar mi estómago con aquel aguarrás repugnante que servían en las barras pero que cumplía su objetivo: hacerte volar.

Todos esos recuerdos, y muchos más, no se pagan con dinero. Todas esas sensaciones, por mucho que os las pretendiera narrar, se tienen que vivir. Se tienen que sentir. Seguramente estaréis pensando, serás mamón, con la de veces que has criticado a  discoteca, a sus dj’s residentes y a su tendencia durante los últimos años. Pero queridos amigos, sólo se odia lo que se quiere. Y tanta inquina era consecuencia de tanta decepción, de tantos sueños quebrados, de tanto desconcierto.

Por ello, pese a mis feroces críticas, pese a mis desvelos musicales, sólo me queda agradecer a todo el mundo que hizo posible esa discoteca. Por todo lo expuesto, este julio de 2016, habiendo transcurrido 9 años desde el cierre de la sala, sólo tengo palabras de elogio. Al final, cuando estemos en nuestro lecho de muerte, lo que nos hará sonreír antes de sumergirnos en la laguna Estigia, son aquellos recuerdos que atesoramos en lo más profundo de nuestro corazón. Y allí estará el Xque?

Gracias por todo, David. Gracias por cada sábado por la noche.

Y gracias por todo, David. Gracias por darme las estrellas.

27.06.2016 18:40
Caracas, Venezuela. Año 2013. El actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se dirige a una voluntariosa concurrencia que, con expectación, cual si esperasen agua de lluvia tras una larga y agónica sequía, busca algo en lo que creer, pues las encuestas no parecen serles muy favorables. El bueno de Nicolás, utilizando palabras cercanas y tranquilizadoras, campechanas, que se diría en España, les conmina a la calma. No os preocupéis, dijo. Hugo Chávez está con nosotros. Vino a verme en forma de pajarito. A pesar de la extravagancia proferida por el candidato a Presidente, sus parroquianos quedaron extasiados, boquiabiertos, circunspectos ante semejante evangelio, esperando más detalles. Y los tuvieron. Estaba Maduro pensando en la revolución cuando un pajarito apareció y se puso a dar vueltas en torno a su cabeza. Se posó en su hombro y silbó, pi, pi, ri, piiiii. Y él hizo lo propio, silbando también, pi, pi, piiiii, ri, piiii. Y fue entonces cuando cayó en la cuenta. Ese pájaro no era un ave cualquiera, aquello no era una casualidad. Era Hugo Chávez redivivo. Había escapado de la Parca introduciendo su alma comunista en el cuerpo de un hermoso y humilde pájaro. Pi, pi, ri, piiiiii. Y este señor, con su pájaro revolucionario en el hombro, ganó las elecciones.
Madrid, España. Año 2016. Día de elecciones estatales. De las segundas en menos de un año, para más señas. Una variopinta mezcolanza de internautas se encuentra expectante, golpeando la tecla F5 con insistencia y ansiedad, a la espera de noticias sobre los resultados. Y entra en escena un pajarito. Este no pía, ni es bonito, pi, pi, ri, piiiiii, sino que es un simple dibujo hecho a ordenador y canta de 150 en 150 caracteres. Y no se aparea, ni se posa en el hombro del respetable, sino que se propaga a través de una melaza virtual llamada hashtags: una palabra o frase corta precedida por una almohadilla. Y, durante el día 26 de junio, encontramos toda una suerte de tweets y hashtags de lo más variado, pasando de la euforia a la indignación, del cachondeo a la seriedad, del #sorpasso al #sorPPasso, de las tendencias en auge a los asuntos olvidados. Pero, en realidad, da igual quien haya ganado las elecciones. Este pajarito siempre gana. Click, Click.
Las similitudes entre ambos pajaritos saltan a la vista a pesar de sus evidentes diferencias. Y es que, en el fondo, lo importante no es si el pájaro es real o imaginario, si tiene una personalidad concreta o tantas personalidades como usuarios o si esto ocurre aquí o allá, sino su propia finalidad, su objeto: ofrece un mensaje simple que crea opinión y marca tendencia. El canto del pajarito tiene esa virtud, supongo, pues no necesita más. Pi, pi, ri, piiiii. Click, Click.
Sin embargo, la virtud propia del pajarito puede decantar en el defecto general de la gente que percibe su risueño canto. Es cierto, su canto simplifica y hace cercano el mensaje, pero obvia el matiz, olvida el argumento, oculta la reflexión. Polariza. Evidentemente, frente a un pájaro con alma de Hugo Chávez, sólo tienes dos opciones: o te crees ese extraordinario evento o lo tachas de superchería disparatada. No resulta tan evidente, pero frente a una frase lapidaria de 150 caracteres, repetida hasta el más absoluto hartazgo, sólo tienes dos opciones: creértela a pies juntillas o negarla en otros 150 caracteres. No cabe mayor análisis ni contrapartidas argumentales. No caben pruebas. El canto de pajarillo es limitado y, sobre todo, maniqueo.
Por supuesto, la cosa no comenzó con el pajarillo, ya sea azul o tintado con los colores de la bandera de Venezuela. Los lugares comunes, como el propio nombre de la expresión indica, siempre han sido muy comunes. Los clichés, los estereotipos, así como aquellos mensajes de tan simples axiomáticos, han formado parte de nuestra sociedad desde el origen de los tiempos. De hecho, nuestro cerebro reptiliano siempre busca el camino de menor resistencia, por lo que, si podemos llegar a una conclusión rápida, sencilla, poco elaborada y útil a corto plazo, siempre la preferiremos a una conclusión compleja y lenta pero más cercana a la realidad que nos resultaría más útil a medio o largo plazo.
Como se supone que este blog debería ser de música, aunque últimamente hablo más de historia, recuerdos o reflexiones que de otra cosa, y todo ello sólo cuando tengo ocasión, ganas y tiempo para hacerlo, os pondré un ejemplo que todos entenderéis, sobre todo si sois makineros: “Muerte al house”. Estas tres palabras constituyeron lamentable mantra que se repetía hasta la extenuación con el único objeto de contraponerse a los seguidores de otro estilo musical y al propio estilo musical. Los makineros somos malutos, gente ruda y chunga; los houseros son pringaos, gays y mariposones. La makina es cañera, varonil, pero con sentimiento; el house es una mariconada. Un cliché fácil, que tanto te podías poner en una camiseta como vociferar cual grito de guerra en una discoteca. Había hasta canciones que rezaban el lema: This is no house, decía el sampler vocal del Plastic Enemy. Un odio irreflexivo, maniqueo, de nosotros y ellos, que nos hacía formar parte integrante de una familia en contraposición a otra. En definitiva, una gilipollez mayúscula que impidió que yo, que me gusta el house, pudiera disfrutar de ese estilo en aquella época. 
Claro está, estas payasadas de adolescente tenían, o deberían haber tenido, un recorrido muy corto. Un recorrido que finalizaba, abruptamente, al relativizar nuestra ideología. Al aparcar el fanatismo y el perspectivismo. Al madurar, al cabo, tras haber comprendido que el mundo es un lugar complejo, con matices y grises, y haber descubierto que, fíjate tú, el house hasta te gusta. Y los houseros son personas. Quién lo hubiera dicho. Los mantras totales, los axiomas incontestables, las sentencias absolutas duran hasta que se enfrentan a la realidad de los hechos; o hasta que el cacumen de cemento del cateto de turno se acaba quebrando. Esta segunda opción, por desgracia, es la más común. 
Y aquí nos encontramos. Con pajaritos cantando canciones a catetos con cacumen de cemento. Y así seguimos. Con las almohadillas interminables, con esos 150 insuficientes caracteres, con esa falta de criterio que sólo la simpleza absoluta nos ofrece. Y así acabaremos. Sometidos a la oclocracia de la estupidez, sobrevolando los cielos de la indigencia mental, escuchando el son de la necedad. Y mientras todo esto ha sucedido, sucede o sucederá, nunca seremos capaces de empatizar intelectualmente con nadie. Seremos tú y yo, nunca nosotros. 
Dicho esto, y como colofón, debo decir que esta reflexión, o crítica, o exabrupto, no va dirigido a ningún grupo concreto, pues el pajarillo, como el cagar, tanto influye al Rey, como al Papa; al guay, como a la vaca. Todos formamos parte de esta mierda. 
#hashtag #twitter #venezuela #maduro #blog #brexit #sorpasso #España #26J #Catalunya #sunday #domingo #diumenge #domenica #sergio #hardbeat #elvotanteesidiota #CorruPPtos #NoPodemos #PuERCos #muertealjaus #Catexit #Cerdanyolexit #hashtagforlikes #palabras #letras #pajaro #cemento #soyimbecil
 
Pi, pi, ri, piiiii. Click, Click.
Caracas, Venezuela. Año 2013. El actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se dirige a una voluntariosa concurrencia que, con expectación, cual si esperasen agua de lluvia tras una larga y agónica sequía, busca algo en lo que creer, pues las encuestas no parecen serles muy favorables. El bueno de Nicolás, utilizando palabras cercanas y tranquilizadoras, campechanas, que se diría en España, les conmina a la calma. No os preocupéis, dijo. Hugo Chávez está con nosotros. Vino a verme en forma de pajarito. A pesar de la extravagancia proferida por el candidato a Presidente, sus parroquianos quedaron extasiados, boquiabiertos, circunspectos ante semejante evangelio, esperando más detalles. Y los tuvieron. Estaba Maduro pensando en la revolución cuando un pajarito apareció y se puso a dar vueltas en torno a su cabeza. Se posó en su hombro y silbó, pi, pi, ri, piiiii. Y él hizo lo propio, silbando también, pi, pi, piiiii, ri, piiii. Y fue entonces cuando cayó en la cuenta. Ese pájaro no era un ave cualquiera, aquello no era una casualidad. Era Hugo Chávez redivivo. Había escapado de la Parca introduciendo su alma comunista en el cuerpo de un hermoso y humilde pájaro. Pi, pi, ri, piiiiii. Y este señor, con su pájaro revolucionario en el hombro, ganó las elecciones.
Madrid, España. Año 2016. Día de elecciones estatales. De las segundas en menos de un año, para más señas. Una variopinta mezcolanza de internautas se encuentra expectante, golpeando la tecla F5 con insistencia y ansiedad, a la espera de noticias sobre los resultados. Y entra en escena un pajarito. Este no pía, ni es bonito, pi, pi, ri, piiiiii, sino que es un simple dibujo hecho a ordenador y canta de 150 en 150 caracteres. Y no se aparea, ni se posa en el hombro del respetable, sino que se propaga a través de una melaza virtual llamada hashtags: una palabra o frase corta precedida por una almohadilla. Y, durante el día 26 de junio, encontramos toda una suerte de tweets y hashtags de lo más variado, pasando de la euforia a la indignación, del cachondeo a la seriedad, del #sorpasso al #sorPPasso, de las tendencias en auge a los asuntos olvidados. Pero, en realidad, da igual quien haya ganado las elecciones. Este pajarito siempre gana. Click, Click.
Las similitudes entre ambos pajaritos saltan a la vista a pesar de sus evidentes diferencias. Y es que, en el fondo, lo importante no es si el pájaro es real o imaginario, si tiene una personalidad concreta o tantas personalidades como usuarios o si esto ocurre aquí o allá, sino su propia finalidad, su objeto: ofrece un mensaje simple que crea opinión y marca tendencia. El canto del pajarito tiene esa virtud, supongo, pues no necesita más. Pi, pi, ri, piiiii. Click, Click.
 
Sin embargo, la virtud propia del pajarito puede decantar en el defecto general de la gente que percibe su risueño canto. Es cierto, su canto simplifica y hace cercano el mensaje, pero obvia el matiz, olvida el argumento, oculta la reflexión. Polariza. Evidentemente, frente a un pájaro con alma de Hugo Chávez, sólo tienes dos opciones: o te crees ese extraordinario evento o lo tachas de superchería disparatada. No resulta tan evidente, pero frente a una frase lapidaria de 150 caracteres, repetida hasta el más absoluto hartazgo, sólo tienes dos opciones: creértela a pies juntillas o negarla en otros 150 caracteres. No cabe mayor análisis ni contrapartidas argumentales. No caben pruebas. El canto de pajarillo es limitado y, sobre todo, maniqueo.
 
Por supuesto, la cosa no comenzó con el pajarillo, ya sea azul o tintado con los colores de la bandera de Venezuela. Los lugares comunes, como el propio nombre de la expresión indica, siempre han sido muy comunes. Los clichés, los estereotipos, así como aquellos mensajes de tan simples axiomáticos, han formado parte de nuestra sociedad desde el origen de los tiempos. De hecho, nuestro cerebro reptiliano siempre busca el camino de menor resistencia, por lo que, si podemos llegar a una conclusión rápida, sencilla, poco elaborada y útil a corto plazo, siempre la preferiremos a una conclusión compleja y lenta pero más cercana a la realidad que nos resultaría más útil a medio o largo plazo.
 
Como se supone que este blog debería ser de música, aunque últimamente hablo más de historia, recuerdos o reflexiones que de otra cosa, y todo ello sólo cuando tengo ocasión, ganas y tiempo para hacerlo, os pondré un ejemplo que todos entenderéis, sobre todo si sois makineros: “Muerte al house”. Estas tres palabras constituyeron lamentable mantra que se repetía hasta la extenuación con el único objeto de contraponerse a los seguidores de otro estilo musical y al propio estilo musical. Los makineros somos malutos, gente ruda y chunga; los houseros son pringaos, gays y mariposones. La makina es cañera, varonil, pero con sentimiento; el house es una mariconada. Un cliché fácil, que tanto te podías poner en una camiseta como vociferar cual grito de guerra en una discoteca. Había hasta canciones que rezaban el lema: This is no house, decía el sampler vocal del Plastic Enemy. Un odio irreflexivo, maniqueo, de nosotros y ellos, que nos hacía formar parte integrante de una familia en contraposición a otra. En definitiva, una gilipollez mayúscula que impidió que yo, que me gusta el house, pudiera disfrutar de ese estilo en aquella época. 
Claro está, estas payasadas de adolescente tenían, o deberían haber tenido, un recorrido muy corto. Un recorrido que finalizaba, abruptamente, al relativizar nuestra ideología. Al aparcar el fanatismo y el perspectivismo. Al madurar, al cabo, tras haber comprendido que el mundo es un lugar complejo, con matices y grises, y haber descubierto que, fíjate tú, el house hasta te gusta. Y los houseros son personas. Quién lo hubiera dicho. Los mantras totales, los axiomas incontestables, las sentencias absolutas duran hasta que se enfrentan a la realidad de los hechos; o hasta que el cacumen de cemento del cateto de turno se acaba quebrando. Esta segunda opción, por desgracia, es la más común. 
 
Y aquí nos encontramos. Con pajaritos cantando canciones a catetos con cacumen de cemento. Y así seguimos. Con las almohadillas interminables, con esos 150 insuficientes caracteres, con esa falta de criterio que sólo la simpleza absoluta nos ofrece. Y así acabaremos. Sometidos a la oclocracia de la estupidez, sobrevolando los cielos de la indigencia mental, escuchando el son de la necedad. Y mientras todo esto ha sucedido, sucede o sucederá, nunca seremos capaces de empatizar intelectualmente con nadie. Seremos tú y yo, nunca nosotros. 
 
Dicho esto, y como colofón, debo decir que esta reflexión, o crítica, o exabrupto, no va dirigido a ningún grupo concreto, pues el pajarillo, como el cagar, tanto influye al Rey, como al Papa; como al buey, como a la vaca. Todos formamos parte de esta mierda. 
 
#hashtag #twitter #venezuela #maduro #blog #brexit #sorpasso #España #26J #Catalunya #sunday #domingo #diumenge #domenica #sergio #hardbeat #elvotanteesidiota #CorruPPtos #NoPodemos #PuERCos #muertealjaus #Catexit #Cerdanyolexit #hashtagforlikes #palabras #letras #pajaro #cemento #soyimbecil
 
Pi, pi, ri, piiiii
 
Click, Click.
 
07.05.2016 10:23
El simbolismo nos envuelve. Miremos donde miremos, tenemos símbolos, amuletos, reliquias, objetos o comportamientos que, realmente, no tienen más valor que el que nosotros le queramos dar. Miro a mi alrededor, sin moverme de la silla del escritorio, y veo un vaso de cubata con la firma de Frank Traxx. Objetivamente, no es más que plástico con forma cilíndrica manchado de tinta, pero subjetivamente es mucho más que eso. Es una de mis reliquias musicales. Un vaso del Xque? que me firmó uno de los mejores productores de este país en una de las mejores fiestas remembers a las que he asistido. Es un símbolo de lo que fui. Igualmente, miro al lado de mi pantalla, y tengo una figura de un velociraptor con la boca abierta, mirándome fijamente como se quisiera devorarme. Poco podría hacerlo, pues se trata de un ser inanimado y no mide más que una lata de cerveza. Pero simboliza mi infancia, mi amor hacia esos lagartos terribles que me hicieron soñar cuando no era más que un crío. Por otro lado, miro mi mano izquierda. Un anillo. Unos pocos gramos de acero con una fina línea de cerámica; pero simboliza mi matrimonio. Simboliza que me he unido a una persona para recorrer juntos este valle de lágrimas que es la vida. Como he dicho, el simbolismo nos envuelve; y en mi caso, de manera literal.
Algo semejante ocurre con los vinilos. Yo nunca he tenido un reproductor de vinilos, o un tocadiscos, que se decía antiguamente. De hecho, mi faceta como deejay nunca ha excedido de los programas informáticos de mezclas y de las controladoras de mp3, por lo que, en mi caso, poseer un vinilo nunca ha tenido una utilidad práctica. A pesar de ello, hubo una temporada en la que me gastaba el poco dinero que percibía trabajando de teleoperador en discos de vinilo. Algo absurdo, lo sé. ¿Para qué quería discos que no podía reproducir? La respuesta ya os la imaginaréis. Simbolismo. Cada noche, cuando vivía con mis padres, me acostaba contemplando el desastrado vinilo del Chasis - Welcome to the future que adquirí por nada menos que 60 € y que tenía postrado en una estantería. Su tacto, su olor, su misma presencia, me recordaba constantemente lo que soy. Ese disco, como el velociraptor, como el vaso, el anillo, la figurita de Darth Vader que tengo a mi espalda, o cualquier otro de los símbolos que poseo, son pedazos de mí. Pequeños retazos de mi existencia. A un hombre se le conoce por su biblioteca, por la música que escucha y por su relicario particular.
 
Esta pequeña introducción viene a colación del evento que os narraré y que constituye el objeto de este artículo del blog dedicado a mi legado musical. Realmente, a nivel cronológico, este evento tuvo lugar un sábado cualquiera, de una semana cualquiera, de un mes cualquiera del año 2006, por lo que la temporalidad del mismo es completamente irrelevante. El caso es que me encontraba yo en mi habitación haciendo el ganso con el ordenador, como siempre, cuando apareció mi padre con una bolsa polvorienta. “¿Qué demonios es eso?”, pensé, mientras la dejaba encima de la cama. Al echar un rápido vistazo, observé que se trataba de una veintena de viejos vinilos. Mi padre, con una sonrisa divertida en los labios, pues sin mediar palabra había despertado mi interés, me explicó sus intenciones: “Como sé que te gusta mucho la música y tienes la habitación llena de vinilos, quiero hacerte entrega de mis antiguos discos. Yo ya no los escucho, ni tu madre, y tu hermano no los sabría apreciar, así que son tuyos. Considéralo una especie de legado en vida.”. Se sentó en la cama conmigo y me los fue enseñando, contándome anécdotas sobre cada vinilo.
 
A pesar de mis 20 años, y de mi irreverente adolescencia, yo sabía que aquél era un momento muy especial que estaba compartiendo con mi padre. Cada vinilo que caía en mis manos era como un pequeño tesoro que pasaba de sus manos a las mías. De hecho, recuerdo perfectamente que cuando me enseñó el Lucy in the sky with diamonds, y me dijo que el disco estaba muy gastado de haberlo escuchado cientos de veces, le pregunté si sabía el verdadero significado de la canción. Negó con la cabeza, así que, igual que él compartía sus discos conmigo, yo compartí esa información con él: en realidad, el disco era una oda a las drogas, pues su título, Lucy in the Sky with Diamons, no era más que un anagrama del LSD. “Hijos de puta”, me dijo, y nos echamos a reír. Sin embargo, hubo un disco que me hizo dar un respingo. Frenar la sucesión de discos. El Santana – Europa.
 
 
Esto es una puta reliquía, joder”, dije, mientras observaba ese pequeño tesoro de siete pulgadas. Casi que olvidé el resto de discos que me había entregado y los que le faltaban por entregar. Lo contemplé con minuciosidad, lo saboreé con las manos, frágil, pero a la vez tan potente; pequeño, pero a la vez tan mayúsculo. Y fue entonces cuando le di las gracias. De corazón. Gracias por entregarme uno de los mejores discos de todos los tiempos.
Han transcurrido más de diez años desde que este evento tuvo lugar. Y no han transcurrido ni seis meses desde que mi padre se fue de manera repentinita y demasiado temprana. Su legado va mucho más allá de estos vinilos, por supuesto. Su herencia es abundante y no precisamente de bienes materiales. Pero hoy, como casi cada día, me he acordado de él y ha venido esta canción a mi cabeza. He recordado ese día, ese momento que compartimos, y el mundo se ha vuelto menos gris. Y con la guitarra de Carlos Santana llenando el silencio de mi despacho, he pensado que la vida, a veces, nos regala momentos que nadie nos puede arrebatar. Ni siquiera la muerte.
10.04.2016 18:17
Yo no leo las noticias. Bueno, de vez en cuando me veo en la obligación de leerlas, o de escucharlas por la radio, pero hace varios años que tomé la sana costumbre de evitar por completo los periódicos, ya sean virtuales o en papel. No necesito más años que los que tengo ni más inteligencia que la que puede tener una persona cualquiera para saber que la información es poder, y su interpretación, su difusión, su omisión o su magnificación son armas a su servicio. No quiero formar parte de ese mecanismo de manipulación masiva. Pero, como ya he dicho, de vez en cuando me veo en la obligación de leer alguna, o esa misma noticia me estalla en los morros, como es el caso.
 
Hoy mismo he hecho una excepción a esta regla general y he leído una noticia al completo que me ha dejado aterrorizado. No por miedo a su contenido, ni por sus consecuencias generales o particulares, sino desde una perspectiva humana. Al cabo, soy un ser humano, con sus virtudes y sus defectos, y sus servidumbres sentimentales. No puedo quedarme impasible ante determinadas circunstancias. Una madre francesa con un hijo que tendría poco más o menos mi edad relataba, en dicha noticia, el proceso de radicalización, huida y muerte de su hijo mayor. Un francés normal. Un chico con aficiones, novia, una familia, amigos, al que le gustaba el fútbol y salir de fiesta. Un chico que en pocos meses pasó de tener una vida a tener una religión. Un chico que cayó en las garras del islamismo radical. Poco a poco, fue dando avisos, cada vez más pronunciados, hasta que un día, alegando un viaje de placer, desapareció, yendo a parar a lo que actualmente se conoce como el Estado Islámico. Rifle en mano pretendía matar y morir por una interpretación radical de una religión. Se las apañó para estar en contacto con su madre a través de un teléfono móvil, contraviniendo las estrictas normas de las alimañas que lo controlaban, por lo que en el fondo no quería cortar ese último hilo que le quedaba con su anterior vida. Un día, dejó de contestar. Y su madre recibió un mensaje, semanas después, de un número anónimo. Su hijo había muerto en combate. Le informaba de ello un reclutador francés y tranquilizaba a la madre hablando de vírgenes, de Mahoma y de Alá. Justificaciones, oraciones y palabras que no hicieron sino desgarrar a una madre que sólo quería lo mejor para su hijo.
 
La noticia me ha dejado de piedra, pero un pequeño detalle me ha hecho reflexionar. Según los expertos, uno de los primeros síntomas de la radicalización islámica es dejar de escuchar música. Abandonar algo tan reconfortante y necesario como la música. En este punto, no he podido evitar imaginarme la situación. Yo sin música. O cualquiera. Qué absurda religión pretende arrancar de nuestros corazones la harmonía de la música, su capacidad de hacernos sentir, vibrar, llorar, reír y llorar. Qué mierda de ideología es aquélla que te impide la evasión, que te prohíbe las sensaciones auditivas, que te desnaturaliza, te destruye por dentro. Me da igual si es la media luna o la cruz. Me da lo mismo blanco o negro. Ojalá paguéis por ello. Hijos de la gran puta.
 
El caso es que, imaginando la situación, he sentido una especie de desesperación que no sabría explicar. Un mundo en blanco y negro, oscuro, sin felicidad. Y eso no tiene que ver con la luz que emane del sol o de una bombilla. Tiene que ver con nuestro interior. Mucha gente parece olvidar que la música es uno de los motores más poderosos de nuestra vida. Y eso no tiene nada que ver con la tecnología o la capacidad de tener música a todas horas. Nada de eso. Desde el origen de la civilización humana se han compuesto canciones, se han usado instrumentos, se ha cultivado el alma con la música. Cada uno tiene su particular modo de disfrutarla, pero nadie debería omitir la música de su vida. Ése es el primer paso hacia la autodestrucción.
 
Dicen, pues no está confirmado, que el Presidente de Nintendo, en el año 1989, dijo que “los videojuegos no afectan a los niños, si así fuera, estaríamos todos saltando en habitaciones oscuras, comiendo pastillas de colores y escuchando música repetitiva”. Desde luego, un visionario, el que dijo esta frase, sea quien fuere; tanto con los videojuegos como con las habitaciones oscuras y la música repetitiva. Yo nunca he consumido drogas, ni pastillas azules ni amarillas, pero sí que he saltado en habitaciones oscuras y, en cualquier caso, es bastante probable que la cultura electrónica le deba mucho a Pac Man. Y no, no me refiero a los fantasmas que acostumbrar a poblar las discotecas.
El chico que murió por Alá y yo teníamos varias cosas en común. Somos europeos, tenemos familia, formamos parte de la civilización occidental y nos gusta la música electrónica. Sé que en su caso debería haber utilizado el pretérito del verbo, pero me niego a conceder a su nueva religión autodestructiva esa satisfacción. Quentin, pues así se llamaba este chico antes de lo convirtieran en un peón de un tablero que nunca pudo comprender, seguirá bailando en una habitación oscura mientras uno de nosotros lo haga. Mientras todos lo continuemos haciendo. Cuando cerremos los ojos ante nuestra canción preferida, cuando elevemos las manos ante un temazo, cuando sonriamos al amigo que tenemos al lado, cuando entremos y salgamos de nuestra habitación oscura, Quentin lo hará con nosotros. Europa, Occidente, Pac Man, música electrónica. Es lo que somos y tenemos que seguir siendo.
 
Hay mucha gente que no entiende mi maldita obsesión con salir de fiesta. Ya tienes 30 años, dicen, ya te toca pasarte los sábados viendo la televisión o tomando cerveza sin alcohol antes de que toquen las doce de la noche. Pero yo no puedo evitarlo. Un club con música electrónica es el significado más puro que puede haber para mí de la palabra evasión. El concepto mismo. Parece que Pac Man corre por mis venas. Y no pienso permitir que ninguna ideología, religión, opinión o gilipollez intente detener su interminable recorrido por interminables pantallas.
 
Así que si algún día nuestra cobarde civilización acaba cayendo en manos de esa religión infame, si algún día somos tan imbéciles para dejar que miles de años de evolución moral, filosófica, política y social se nos deshagan en las manos por no tener los cojones de aceptar algo que ya decían los romanos (si vis pacem, para bellum), seguramente me encuentren en una habitación oscura, con un cubata de colores, bailando música electrónica. Evadiéndome de la estupidez. Bailando por Quentin.
 
24.03.2016 11:12
Con un mareo de tres pares de narices y unas ganas de fumar que se me llevaban los demonios, bajé del catamarán que nos llevaba a mi recién estrenada esposa y a mí de la populosa y pintoresca Nápoles a la minúscula isla de Capri, que se encuentra a escasos kilómetros de la península de Sorrento. Como no podía ser de otra manera, tal y como puse un pie en tierra firme, saqué con rapidez un cigarrillo y lo posé entre mis labios con la ternura que un padre acaricia a su hijo. Encendido el faro del placer, tranquilizados los nervios y recuperado el equilibrio, echamos un vistazo en torno, no sólo para disfrutar de las vistas de Marina Grande, sino con el objeto de localizar a nuestro guía. Sabíamos que se llamaba Pepe, o Pepino, nada más. En cualquier caso, para evitar mentarle una hortaliza al respetable guía, decidimos llamarlo Pepe. Y entonces lo vimos o, mejor dicho, él nos vio a nosotros, pues llevábamos una pegatina identificativa. Sí, sí, como un gomet.
 
El aspecto de Pepe era verdaderamente singular. De hecho, me fascinó totalmente con su gabardina, su gorra y sus gafas de sol de los ochenta. Al atuendo le acompañaba un rostro algo ajado, vieja factura de farras pretéritas, una nariz aguileña y un acento de cariz siciliano. Vamos, un italiano del Sur de los pies a la cabeza. Desde el primer momento nos cayó muy bien. Y mucho mejor cuando, con un talante muy característico, nos refirió que las famosas sirenas que Homero encontró en la isla de Capri eran en realidad voluntariosas prostitutas. La magia que se encuentra entre las piernas de una mujer, etcétera. En cualquier caso, prostitutas aparte, nos enseñó verdaderas maravillas de la pequeña isla de Capri, entre las que se encontraba el castillo de Barbaroja, un monasterio cartujo del siglo XVI que fue construido durante el Imperio Español, las ruinas de Villa Jovis, palacio romano en el que pasó sus últimos años el emperador Tiberio y la peculiar Villa de San Michelle, antigua morada de Alex Munthe. Esta última maravilla de las enumeradas merece mención separada.
A decir verdad, yo no tenía ni la más remota idea de quién era Axel Munthe, ni de cuáles habían sido sus andanzas en aquella isla italiana. Médico y escritor sueco, amante de Doña Victoria de Baden, la reina de Suecia, filántropo y animalista. Pepe nos ofreció este pequeño tentempié, pero no descubrimos su verdadera importancia hasta que cruzamos el umbral de la Villa de San Michelle. Al parecer, o mejor dicho, tal y como podía observarse y disfrutarse in situ, el doctor Munthe se dedicó, durante su larga estancia en la isla de Capri entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, a recompilar toda ruina romana que encontrase en la isla y a fundirla con la estancia, con una elegancia y una exquisitez que pocas veces se alcanza. Nada de cuadros de Goya sobre jacuzzis o reliquias históricas usadas como pisapapeles, como hacen algunos nuevos ricos sin seso cuyo interés por la cultura es parejo al de un insecto, sino recogiendo esculturas abandonadas, reparándolas, cuidándolas e integrándolas con tacto y buenos modos, décadas antes de que ningún órgano internacional las catalogara como patrimonio de la Humanidad o cosa parecida. De sepulturas romanas a rostros de comedia, de columnas a bustos del emperador Tiberio, la casa al completo estaba adornada con motivos de la antigua Roma. Incluso contaba con una esfinge que debió traerse el mismo emperador Tiberio del Egipto de Cleopatra. 
 
Lo mejor de todo no sólo fue este compendio de ruinas romanas, ni los frescos jardines que rodeaban la estancia, sino la absoluta tranquilidad con la que pudimos visitar la Villa de San Michelle. Joder, es que prácticamente éramos los únicos, a excepción de un reducido grupo de alemanes que, en el más absoluto silencio, disfrutaban de la visita junto a nosotros. Sin límite de tiempo, paseamos, nos hicimos fotografías, disfrutamos de las vistas del Vesubio desde la altura en la que se encuentra Anacapri, y pudimos imbuirnos de la magia del lugar. Al salir, Pepe nos esperaba, sabiéndose acertado en el consejo de visitar la antigua residencia del doctor Munthe.
Mientras nos dirigíamos hacia el restaurante en el que repondríamos fuerzas por mediación, como no podría ser de otra manera, de una pizza margarita, Pepe compartió con nosotros dos comentarios que nos hicieron reflexionar: “Habéis venido en buena época, pues en verano, la población de la isla se duplica, pues tenemos 15.000 turistas al día y es imposible pasear por las calles”; “En Italia tenemos el 90% de las ruinas que se conservan en el mundo entero, pero no sabemos, o no queremos, darles el tratamiento que merecen, lo cual no tiene ningún sentido, habida cuenta que la mitad del país vive de ellas”. Todo ello nos lo dijo con cierta amargura, o más bien resignación, encogiéndose de hombros ante lo inevitable. Un c’est la vie a la italiana.
 
Mentiría si dijera que semejantes sentencias me ensimismaron y me sumieron en profundos pensamientos, pues al finalizar la visita a la isla de Capri, aproveché para tomarme una cerveza gigantesca y comerme una pasta que de tanta crema que llevaba no se sabía por dónde cogerla para hincarle el diente. Baste decir que, en el momento en el que las pronunció, asentí con cierto regusto conocido, como si en el fondo pudiera haberme dicho lo mismo ese extranjero que un nacional. Mismo mar nos moja, de hecho. Mismo sol baña nuestras playas. Porco governo.
 
El caso es que me quedaron esos dos conceptos grabados. Exceso de turismo e inadecuado tratamiento de las ruinas. Mala combinación. Al mezclarlos, siempre me viene a la cabeza un yankee desgraciado haciendo un grafitti en la pirámide de Chichén Itzá bajo la pasividad de los guardas de seguridad; o peor, bajo su total inexistencia. Y esa imagen es cierta. Ocurrió. Turismo de botellón y ruinas milenarias. Analfabetos y cultura. Turistas contados a peso visitando lugares sagrados, frágiles y únicos. Cultura a tanto el kilo. Póngame onza y media, pescadera. 
 
Esos funestos pensamientos, ahora sí, emergieron durante mi estancia en Roma. En concreto, al visitar el celebérrimo Coliseo. La interminable cola de turistas era de esperar, y en parte se entiende, pues es un monumento mundialmente conocido, pero el paisanaje no se mimetizaba con el paisaje. Mi mujer tuvo que sufrir el acoso constante de cientos de pakistaníes, o marroquíes, o lo que fueran, en cualquier caso, random muslims, que intentaban vendernos esos infernales gadgets llamados paloselfies a cada minuto que pasaba. Uno de ellos nos ofreció la misma mierda hasta cinco veces seguidas. Imaginaos la situación, que incluso mi mujer, que tiene un talante calmado, me dijo, literalmente, que la próxima vez que le ofrecieran ese palo de mierda se lo atravesaba en la garganta al vendedor. A los moscardones vendiendo recuerdos y otra basura, se le añaden franceses maleducados, que se colaban con su habitual altanería y arrogancia, empujones de señoras, pisotones de niños y una falta de organización que no entraba en la cabeza de una persona racional. Entramos, en efecto, pero las pasamos canutas, y yo casi le muerdo el gaznate a algún turista. Bendita seas, Villa de San Michelle. 
La visita al Coliseo está pensada, literalmente, para que por su circular figura transcurra una estampida de ñus. Si bien la organización de la visita era manifestamente mejorable, cabe decir que conocían perfectamente al rebaño, pues el recorrido contaba con ciertas plataformas cerradas para que los turistas se avasallaran unos a otros para sacarse una puta foto. Un lugar pensado para que los ñus se pelearan por la alfalfa antes de seguir camino. Y lo mejor de todo es que las fotos que se hacían en esos recintos se podían sacara, con idéntica perspectiva, en otras zonas menos concurridas; pero el turista, como las ovejas, tiende a hacinarse en un metro cuadrado, si es menester, a ver si con suerte implosionan en una singularidad de necedad. Huimos de esas zonas como si estuvieran pobladas por hambrientos muertos vivientes, pero aún y así no encontramos reducto de tranquilidad. 
 
El Foro Palatino no fue mucho mejor. En este caso, la cola de entrada era absurdamente larga, y tuvimos la mala suerte de compartirla con unos adolescentes españoles que nos amenizaron la espera con unas palmas y unos alaridos flamencos, dando buena cuenta de nuestra mala fama. Rechiné los dientes ante esa escena, como haría Stannis Baratheon, pero la gilipollez supina continuó campando por sus respetos. Una vez en su interior, ni guía, ni mapas, ni nada. Pasee Usted, a ver si encuentra algo. Hostia, un arco, le haré una foto. ¿Y ahora por dónde se va? Bueno, parece que por aquí. Ah, no, camino cerrado. Por allí. ¡Japoneses! Huyamos. Escaleras interminables, seguro que conducen a alguna parte. Un caos que ni en rebajas.
Al acabar el día, me acordé de Pepe. 15.000 turistas al día. Mal tratamiento de ruinas. Al día siguiente, en el Vaticano, me volví a acordar de Pepe. 15.000 turistas al día. Mal tratamiento de monumentos. Cuánta razón tenía, pardiez. El turismo se ha convertido en una especie de mercado de piedras, ruinas, castillos, monumentos y edificaciones singulares. Ir a Roma, hacerse una foto en el Coliseo, y darle un check en la red social de turno. Hecho. A por otra. Nada de cerrar los ojos, como hice yo con mi mujer, e imaginar que éramos dos patricios que íbamos a disfrutar de una recreación de la batalla de Alesia, con Vercingétorix rindiendo la Galia a Julio César, o sentirnos como gladiadores, aterrados, que saludaban al César antes de morir por la espada o entre las fauces de una bestia. Nada de cultura. Nada de historia. Aquello era otra cosa mucho más burda.
 
Y ése es el objeto de este artículo. No alcanzar una conclusión a tanto disparate, pues no la tengo, igual que no tengo soluciones a esta problemática. Siempre he dicho que da igual lo que se lea, mientras se lea. Que da igual que no prestes atención a lo que te rodea, porque algo queda. Pero tengo mis dudas, al cabo. Y al final, se plantea una disyuntiva, ¿qué tipo de turismo queremos?
 
El absoluto contraste entre la Villa de San Michelle y el Coliseo me permitió vivir en primera persona la crítica de Pepe. Entendí que, mientras algunos realmente disfrutamos y nos embriagamos de la historia de nuestra especie, de su arte, de su cultura en suma, y si pudiéramos haríamos como hizo el doctor Munthe, guardando pedacitos con delicadeza, otros compran la cultura como el jamón, el queso, o como unos putos arenques: a tanto el kilo.
05.02.2016 14:29
Con el paso de los años, cada vez soy menos materialista. Con ello no quiero decir que no requiera de ninguna posesión material, o que esté exento de deseos consumistas, que por desgracia son parte consustancial de nuestra sociedad actual. Lo que quiero decir es que cada vez valoro más las experiencias que los bienes. Valoro más una buena conversación que un teléfono de última generación; la risa de un amigo que un puto mueble del IKEA; mirar a mi novia y mi perra jugando en la cama después de un duro de día de trabajo que cualquier finca con piscina. Esos momentos justifican muchos sinsabores, merecen ciertos sacrificios y te ofrecen una perspectiva saludable, un objetivo vital basado en las emociones, y no en la acumulación de riqueza. La familia, la pareja, las mascotas, incluso los compañeros de trabajo y, por supuesto, los amigos, son los pilares de mi vida.
 
La relación que tenemos con nuestros AMIGOS es distinta a la que tenemos con el resto de las personas que nos rodean. Si bien la familia te viene dada, no eliges a tu pareja, ni a tus mascotas, pues en el fondo son ellos los que te eligen a ti, y los compañeros de trabajo te tocan en suerte, a los amigos los eliges tú. Realmente, siempre lo digo, en esta vida podemos elegir muy pocas cosas, y una de ellas son los amigos. Una relación de amistad se basa, fundamentalmente, en la voluntad de ambas partes de compartir vivencias en base a unos intereses comunes, un respeto mutuo y un afecto incondicional. Y esta relación de amistad opera con independencia de que, en el fondo, tus amigos no sean más que unos desaprensivos con los que bebes cerveza hasta el hartazgo, explicas aventuras sexuales de dudosa veracidad y hablas de mujeres como si de ganado se tratase utilizando los términos más soeces posibles. Y esta relación de amistad es cierta aunque, gracias a ellos, o por su culpa, acabes metido en altercados de todo tipo, les tengas que dejar más dinero del que desearías a sabiendas de que nunca será devuelto o te hagan bromas tan pesadas que, de no ser ellos quienes las ejecutan, serían ellos los ejecutados. Así que sí, nuestros amigos pueden ser así. De hecho, los míos los son, pero porque yo los he elegido así. Y qué demonios, tengo afecto incondicional hacia ellos. Los quiero, coño, que diría Mariano Rajoy.
Junto a ellos he vivido muy diversas experiencias. De hecho, muy a mi pesar, y para mi absoluta vergüenza, mis amigos estuvieron presentes en mi primer polvo. No lo vieron en directo, pero fueron los artífices de que me follara a una chica infame encima de un banco cercano al Riu Sec de Cerdanyola del Vallés. La experiencia fue ignominiosa. Y mis amigos estuvieron allí para llenarme de caspa hasta el cogote. Hijos de puta. No sólo tuve que soportar el dolor de pene que me acompañó hasta la semana siguiente, pues esa chica más que himen parecía tener un impenetrable búnker, sino que tuve que ser objeto de ciertas mofas ofensivas. Por otro lado, junto a ellos también he vivido mi primera borrachera, he pisado mi primera discoteca maquinera, y he recibido buenos consejos, apoyo y cariño cuando fue necesario. En cualquier caso, todas estas experiencias, a la vez, maravillosas o abyectas, propias de cabrones desalmados o propias de un hermano, forman una firme estructura de vivencias conjuntas que mantienen unidos. Y uno de los pisos principales de este edificio de experiencias vitales son los viajes.
Si bien, como he comentario anteriormente, cada vez soy una persona menos materialista, sí que es cierto que me encanta VIAJAR. Y para viajar, hace falta dinero, así que, si en algo soy materialista, es en tener capacidad adquisitiva suficiente para poder vivir este tipo de experiencias (y dale con la palabrita, luego haré un recuento de las veces que utilizo esta palabra en este artículo). Por desgracia, no siempre estoy en disposición de hacerlo, pero me encanta viajar por España, pasear por las calles de Madrid, contemplar el cauce del río Arzalón en Burgos, comerme una fabada en Gijón, disfrutar de las ruinas romanas de Tarragona o beberme una cerveza en la playa de Palma de Mallorca; también me encanta viajar por Europa, y perderme por Londres buscando lugares recónditos y monumentos bélicos, o pasar frío en Venecia mientras me llevan en góndola hacia la Plaza San Marcos, o pasarme horas y horas en viaje en coche por el Sur de Francia, encontrando pueblos de ensueño. Pero claro, no es lo mismo viajar con mi pareja, o con mi familia, con el objeto de disfrutar de la belleza de un paraje, conocer a sus gentes y degustar sus manjares, que una delirante escapada con tus amigos. En este caso, la experiencia se eleva a otra categoría.
 
Sí, como os podéis imaginar, esta categoría es la de absoluto disparate. Nada bueno puede salir de una escapada con amigos. De hecho, ese debe ser objetivo. En lugar de descubrir nuevos lugares para admirar su belleza, tu objetivo es desplazarte a un pueblo o ciudad donde nadie te conozca para poder desenfrenar hasta el delirio sin que lleguen las noticias de tus desmanes a oídos indiscretos. En lugar de conocer a sus gentes, tu objetivo es visualizar, con extremo detalle, sus mujeres, y si se tercia, o si se dejan, follarte hasta los desagües. Y, por supuesto, eso de gastar dinero en comida está completamente descartado más allá de lo imprescindible para sobrevivir y soportar las resacas. Vamos, como darle la vuelta a un calcetín, los viajes con amigos no se asemejan en nada a otra tipología de viajes. No obstante, toda esta experiencia disparatada quedaría incompleta sin música. Sin la presencia de una buena banda sonora. 
 
Y es que la BANDA SONORA es absolutamente esencial para musicalizar cualquier experiencia que se precie. Puede que sea la influencia del cine, o del teatro, pero a día de hoy, no podemos imaginar un evento sin música de fondo, ya ocupe primer o segundo plano. Imagino que, en el siglo XIV, cuatro amigos que, tras robar una bolsa de oro, cojan sus caballos y se gasten el botín el vino, mujeres y juego, no tendrían una canción concreta, pero en el siglo XXI la música forma parte consustancial de nuestras vidas. Y todavía más mis amigos y yo, que tenemos una absoluta devoción hacia la música electrónica. No puede haber viaje sin música, ni fiesta sin música, ni conversación sin referencia a la música. 
 
Y claro. Si meto en mi coctelera los tres conceptos, esto es, amigos, viajes y banda sonora, y los remuevo con vehemencia, a fin de conseguir una mezcla homogénea y perfecta, sólo puedo tener un resultado: SAN SEBASTIÁN 2006
A pesar de que haya transcurrido una década desde que tuvo lugar este viaje, todavía se me eriza la piel al recordarlo. Todavía recuerdo los momentos hilarantes, la repugnancia del tugurio donde pasamos la primera noche, la alegría desmedida de encontrar un nuevo hotel, el hecho de no reparar en gasto alguno, pagar verdaderas indecencias en chucherías, comer hasta hincharnos, la discoteca Bataplan, la plaza de toros de San Sebastián a las 7 de la mañana, así como el uso pervertido que hacíamos de la cámara de vídeo. De hecho, lo que no recuerdo es un momento de lucidez, pues ya sea por el alcohol o por ciertos cigarrillos psicotrópicos, pasé el viaje instalado en una nube de hedonismo sin parangón. En cualquier caso, esos cuatro días en San Sebastián, a mediados del año 2006, constituyen el mejor viaje con amigos que he hecho nunca; buena prueba de ello fue la sesión que preparé ad hoc para ese viaje, y que se erigió como la más risueña banda sonora que pueda existir, y el escrito que redacté en su momento para inmortalizar esta experiencia.
 
Así que, a continuación, y tras esta gigantesca introducción, os presento pequeños retazos de este viaje, extraídos del escrito al que me he referido, a fin de que maridéis estos párrafos con mi sesión de italodance que nos acompañó durante todo el viaje y que os adjunto a continuación. Quién pudiera volver a aquella época…
 
1. Danijay feat Roby Rossini – Arcobaleno
2. BD - Comprami
3. Club Connection – Girl of my Dreams
4. Dynamo feat Lexandher - Elettricadanza (Extended mix)
5. Giramondo – Adesso (Radio mix)
6. Molella – Sunshine
7. Tinycat - Want U (Club Extended Mix)
8. Astrada – Just Another Day
9. Danijay - Encanto (Spanglish Extended)
10. Roby Rossini – Rendez-vous
11. Cascada - Ready for Love
12. Groove Coverage – Poison (Club mix)
13. Markus – Electronik
14. Baracuda – Ass up (Extended mix)
15. Magic Box – Sorry Marin (Radio edit)
 
"Abrí los ojos y seguía allí. Aturdido, me incorporé, casi al unísono que J, que también se acababa de despertar. Sería la 1 del mediodía. ¿Y ahora qué? Nos preguntamos. Aquella pensión era lo más infecto que habíamos visto nunca, pero es que la opción de lanzarse a la brava en busca de otro hotel no nos brindaba una perspectivas demasiado halagüeñas. Así que, en ese instante, y por obligación, por supuesto, dimos a PM el beneficio de la duda. Qué remedio, pensé, mientras me encendía un cigarro. Pero J, mientras se lavaba la cara en la pica de la habitación, vislumbró algo extraño en el suelo. Me avisó y miramos detenidamente. No podíamos creerlo… se trataba de un nauseabundo CUCARACHO (...) Al salir con las maletas, vimos como en el habitáculo donde guardaba aquella entrañable mujer los utensilios de limpieza y el papel de baño había un barreño enorme que apestaba a tocino… y que estaba siendo remenado con un palo de madera. Ese era el pútrido manjar que ofrecía a sus inquilinos. Inaudito. Recogimos a toda prisa y desaparecimos de allí a una velocidad cercana a la de la luz, no sin antes pagar el precio convenido."
 
"Al volver a conectar el ordenador a la electricidad, nuestra sorpresa fue mayúscula al darnos cuenta de que seguíamos teniendo acceso a Internet. Ni 9€ ni hostias, teníamos Internet gratis en la habitación. ¡Cojonudo! Parecía que el viento empezaba a correr a nuestro favor. Tras las innumerables penurias vividas en PM, cualquier insignificante detalle nos producía euforia y felicidad. Nos tumbamos un rato en aquellas cómodas camas y nos relajamos fumando la sabrosa hierba de nuestro amigo K, mientras se duchaba aquel que no lo hubiera hecho ya. Al pasar un buen rato, decidimos celebrar como es debido el verdadero inicio de nuestras vacaciones y abrimos una botella de cava que había en el mueble bar. Nos servimos el espumoso en unos pequeños vasitos de cristal helados que habían en la nevera y brindamos por nosotros, mientras sonaba de fondo la canción de "Put your ass up in the air" de Baracuda. Todo ello quedó pertinentemente inmortalizado en la cámara de vídeo de J."
 
"Al llegar al nuevo paradero, nos los encontramos repanchingados en el césped del Palacio de Miramar. Las vistas desde aquel idílico enclave eran realmente fascinantes, ya que se encuentra sobre un pequeño monte al borde del paseo marítimo. A los pies del palacio había un jardín enorme y muy colorido que parecía sacado de un cuento de hadas y, además, estaba plagado de gente joven. Sin lugar a dudas, habían escogido un muy buen lugar. Al llegar a la posición en la que estaban tumbados, escuchamos a D diciendo: "¡Oh, Dios!, J, estoy en el cielo ahora mismo". No os dejéis engañar por el carácter católico y religioso que profesa esa afirmación, en realidad la soltó mientras filmaba descaradamente y con zoom el sabroso trasero de una jovenzuela de estilizada figura."
 
"Un punzante dolor de cabeza provocó mi vuelta a la vigilia. La palabra que mejor definiría mi situación en aquellos momentos era malestar galopante. El espeso y amargo sabor de mi boca, el dolor en todo mi cuerpo y el mareo que sentí al incorporarme eran claros síntomas de las consecuencias que me había acarreado la ingesta desmedida de alcohol. Al echar un sucinto vistazo a mi alrededor, pude comprobar que Jesús no tenía nada de envidiarme… yacía tendido en el frío suelo batallando por sobrevivir. Desde mi perspectiva, únicamente veía dos piernas moribundas que salían de la puerta del lavabo. Me levanté y pude comprobar que mi resaca no tenía nada que envidiar a la de J. Su destrucción estomacal era tal que llevaba horas expulsando con violencia todo su contenido. Hasta cinco veces había visitado al Sr. Roca. Nuestro estado era lamentable… y al ir a comprobar el estado del resto de nuestros compañeros, nos dimos cuenta de que se encontraban en análogas circunstancias. Sus demacradas facciones hablaban por sí solas. La ajetreada noche anterior hacia estragos en nuestros organismos."
 
"No había acabado la primera frase cuando ambas chicas se autopresentaron. No alcanzo a recordar sus nombres, pero sí que estaba en la cierto en mi primera impresión: tenían 29 y 31 años, respectivamente. Casi nada, pensé. Nos sacaban casi 10 años. No obstante, tanto daba, con la borrachera que llevábamos no nos iba a frenar la diferencia de edad, así que entablamos conversación con aquellas muchachas durante un buen rato. Ni que decir tiene que les dijimos que teníamos 25 años, aunque en mi caso era evidente que ni de coña, pero vamos, teníamos que simular una edad más cercana a la suya para no ser tachados de tiernos adolescentes (o de yogurines, más bien). Total, les dijimos que veníamos de Barcelona, que estábamos de vacaciones y que no teníamos ganas de irnos a dormir ahora, a las seis de la mañana. Las chicas nos comentaron que esto no era Cataluña y que las discotecas solían cerrar sus puertas pasadas las 8 de la mañana pero… queríamos más fiesta. Ni cortos ni perezosos, les preguntamos si conocían algún after o alguna discoteca que cerrara mucho más tarde. La respuesta no sólo fue afirmativa, sino que se ofrecieron a ir con nosotros y a llevarnos en coche. ¡No me jodas! En aquellos momentos vimos la luz. Sin pensárnoslo dos veces, fuimos a comentárselo a D y J, pero la idea no fue de su agrado… así que decidimos ir los dos solos. Desde luego, era una verdadera locura. Irnos con dos borrachas desconocidas en coche a un after inmundo que estaba a las afueras de la ciudad a las ocho de la mañana del mismo día en el que teníamos que irnos era una maldita, atroz, absurda y enferma LOCURA. Por supuesto, nos lanzamos a ella sin pensarlo."
 
"En breves instantes, me dejaron en la avenida Ondarreta, cerca del hotel. Yo, con un tremendo sentimiento de desasosiego, agradecí el gesto a nuestros compañeros de locura, me despedí de ellos y salí del taxi. Delante de la puerta esperaba el taxi de V. Fui corriendo, pagué el taxi y éste partió. No nos lo podíamos creer… ¡habíamos llegado vivos al hotel! Aquella locura había llegado a su fin. Eufóricos, nos abrazamos, en un momento de felicidad extrema. Rápidamente, entramos en el hotel y nos plantamos e la puerta de nuestra habitación en un santiamén. Aporreamos la puerta con mucha fuerza, vociferando los nombres de nuestros colegas (que dormían plácidamente, los muy cabrones) hasta que J nos abrió."
 
"J me dejó en la puerta de mi casa. Me despedí de mis amigos y, suspirando, entré por la puerta de mi casa, donde me aguardaban mis padres. Todo seguía como siempre. Nuestro sueño de Semana Santa había alcanzado su triste final. Había sido un viaje inolvidable, y este relato es testigo de ello, pero habíamos vuelto a la realidad. Y es que, como se suele decir, los sueños… sueños son."
 
PD: He usado la palabra experiencia 10 veces. Pensaba que serían más, la verdad. Decepcionante experiencia. Hostia, ya van 11. Eso ya me gusta más.
31.12.2015 12:51
A partir del 1 de enero de 2016, como cada año, y ya sea de viva voz, a través de las redes sociales, o por escrito, se desencadenará la plaga de los propósitos de año nuevo. Los hay clásicos, como dejar de fumar, ir al gimnasio, dejar de comer pastas industriales de una maldita vez, beber menos o leer más; y los hay modernos, como abandonar la molesta costumbre de estar sometido a un teléfono inteligente las 24 horas del día, evitar mirar el Facebook en horas de trabajo o, por ejemplo, escuchar más los podcast que ofrece Sergio, que son cojonudos y le dan mucho trabajo, al pobre. Todo mentira, claro. Puros deseos, tan expeditivos en su ejecución como rezarle a San Cono para que nos toque la lotería. Una mera ilusión provocada por un cambio de cifra que nos obliga a replantear nuestra vida y a pretender que el 1 de enero de 2016 a las 00.01 ya no tenga nada que ver con el 31 de diciembre de 2015 a las 23.59. A pesar de que sólo hayan transcurrido dos minutos. Los mismos en los que tardas en quebrantar los propósitos que te habías marcado, puesto que te encenderás un puro, te tomarás una copa de cava, te comerás un mantecado y felicitarás a la abuela Concha con un mensaje de WhatsApp. El lunes empiezo. Mañana. Mejor la semana que viene. O el 2017.
 
Los propósitos de año nuevo son, a todos los efectos, una monserga banal absurda que no por extendida está ajena de la tan endémica estupidez de nuestra especie. Yo siempre intento explicar a cualquiera que me venga con este cuento que esos mismos propósitos los podría haber intentado poner en práctica un martes cualquiera de septiembre, pero parece que no. La magia de las uvas. Que esa es otra. Las uvas de mierda, tradición de origen puramente comercial que jamás en mi vida he logrado cumplir. Suerte, dicen. Mis cojones, suerte. Nada puede dar suerte alguna si compartes el momento de la ingesta de las uvas con los engendros que acostumbran a presentar las campanadas en televisión. Ramonchu y su casposa capa presentando las campanadas desde la Puerta del Sol junto con algún retrasado mental que se ha hecho famoso metiéndose el dedo en la nariz o alguna furcia de a veinte el polvo con abrigo de piel e ínfulas de diva, debería ser augurio de mala suerte y de suicidio neuronal. Te comas doce o diecisiete uvas. Así que, en el fondo, esta tradición garbancera de los propósitos de año nuevo se suma a otras, y provoca que si alguna civilización extraterrestre nos visitase por casualidad esta noche, pasara de largo, como si no hubiera visto nada. Están locos, estos humanos.
En realidad, lo único que nos permite el cambio de cifra del año es la posibilidad de establecer un periodo temporal predeterminado, como lo establecen los días o las horas. Periodos con un inicio y un fin. Segmentos de tiempo. Y ello nos puede servir, en cuanto a nuestros propósitos, no para mirar hacia delante, sino hacia atrás. No para pedir deseos, rezar salmos o establecer pautas de comportamiento que no vamos a cumplir, pues no las hemos cumplido con anterioridad y nada hace suponer que vayamos a cambiar nuestra manera de ser por ciencia infusa; no, eso no. Pero sí nos permite que echemos un vistazo atrás, a los últimos doce meses, y veamos lo que efectivamente hemos conseguido. Lo que la vida nos ha dado de verdad. O nos ha quitado.
 
Mi año 2015, como ya dije en el podcast que dediqué a la mejor música de este año, ha sido muy agridulce. Muy agrio y muy dulce. Claroscuro, creo que dije. De extremos, tanto para la alegría como para la tristeza. El ejemplo más paradigmático, por virtud y por desgracia, tiene que ver con la vida y con la muerte. Comencé el año añadiendo un nuevo miembro a mi familia, salvando a una perrita dulce, cariñosa, juguetona y fiel de pasar el resto de sus días en una perrera. En enero de 2015, Nymeria entraba en mi vida. Por fin tenía un perro, tras haberlo deseado durante toda mi vida. Pero la fatalidad me aguardaba a la vuelta de la esquina. En diciembre de este año, hace escasas dos semanas, mi padre fallecía en mis propias manos. Un hombre que merecía la más plácida de las jubilaciones, la más absoluta admiración y mi más sincero agradecimiento por lo que ha hecho de mí, una persona irrepetible, nos dejaba a mi familia y a mí solos en este mundo cruel e inhóspito. Vida y muerte. Dar y quitar. Maldito sea el periodo temporal predeterminado. 
En cualquier caso, téngase en cuenta que el periodo de un año es demasiado extenso como para extraer una conclusión sobre su bonanza o desdicha, por lo menos a nivel personal. Nuestra vida está sometida a la incertidumbre del caos y a un piélago de factores externos que no podemos controlar de ninguna manera, quedando nuestras decisiones personales totalmente superadas por la fuerza de los hechos. Yo, este año, he decidido adoptar a un animal, he decidido casarme, he decidido tener más responsabilidades en mi trabajo, pero, realmente, he decidido poco más. El caos, realmente, decide en su arbitrariedad. Da y quita caprichosamente. Y a mayor periodo temporal, mayor incertidumbre. Así que, aunque este 2015 haya sido agridulce en extremo, nunca podremos huir de esta arbitrariedad. Así que mejor olvidamos los análisis personales anuales, pues nada concreto podemos sacar más allá de aceptar que la vida fluye sin atender a nuestra voluntad.
 
No obstante todo lo anterior, hay proyectos en mi vida que sí que pueden estar sujetos a valoraciones anuales, como Granollers On Fire. Este proyecto, pues hace mucho tiempo que dejó de ser un mero podcast, ha ido evolucionando conmigo, y creciendo de manera ubérrima con el paso del tiempo. He visto, por desgracia, muchos proyectos similares caer en la desidia, en la incomprensión y en la apatía, pero eso es algo que no va a ocurrir con Granollers On Fire. Yo no creo en la astrología, pero parece ser que el hecho de ser tauro influye en mi manera de ser. Vamos, que soy un cabezota. Un pesado, quizás. Un tipo que no se rinde jamás, pese a cualquier contingencia. Y aquí estamos, y aquí seguiremos, desde aquel primer y rudimentario podcast que vio la luz en fecha 6 de abril de 2012 y hasta que el cuerpo aguante. Porque yo lo valgo.
 
Hasta la fecha, he compartido con vosotros nada menos que 43 podcast entre Granollers On Fire, Requiem Makinero y Granularius Igni. Casi 47 horas de música, homenajes, repasos y experimentos extraños. He dedicado horas y horas en prepararlos, grabarlos y mejorarlos para poder ofreceros el mejor de los productos. No sé si lo habré logrado. No sé si mis oyentes han visto satisfechas sus expectativas al descargar y escuchar mis programas de radio, puesto que, como imaginaréis, recibo un feedback bastante limitado; pero no será por falta de interés por mi parte. Yo siempre intento dar lo mejor de mí mismo en todo lo que hago, pues nada desprecio más que la negligencia voluntaria o la ligereza con la que algunas personas realizan sus actividades. Yo soy la persona más exigente conmigo mismo que os podáis imaginar, e intento aplicar la profesionalidad y seriedad que me obligo a tener en mi trabajo a absolutamente todas mis actividades vitales. 
 
Y este 2015, mi proyecto de Granollers On Fire ha dado un salto cualitativo y cuantitativo muy importante, que todos conocéis. No me voy a explayar demasiado, pues ya dediqué un artículo a explicar la evolución de este proyecto; sólo cabe decir que este 2015 ha sido más fecundo de lo que cabía esperar. Nada menos que 13 podcast, cifra anual que nunca había alcanzado. Nada menos que 30 artículos, entre los cuales se encuentran estudios profundos que me han llevado muchas horas de trabajo y que han representado un hito en el mundo makinero. Nada menos que, a fecha actual, 18.861 visitas a la página web, desde más de 16 países distintos en 3 continentes. La hostia, vamos.
Por tanto, sí que puedo aseverar, sin ningún género de dudas, que este 2015 ha sido el año de Granollers On Fire. El año en el que, siguiendo sabios consejos, decidí hacer algo más. Así que si realmente tengo algo que celebrar esta noche, más allá de un cambio de cifra que por sí sólo no representa absolutamente nada, es haber alcanzado, y superado con creces, mis propósitos con respecto a Granollers On Fire. 
 
Como corolario del presente artículo, debo decir que no espero nada del 2016. Nada bueno y nada malo. Haga lo que haga, piense lo que piense, me proponga lo que me proponga, la vida se abrirá camino por derroteros impredecibles. Y el caos, como siempre, tirará una moneda al aire. 
 
13.12.2015 17:59
Esta pasada semana he pasado por uno de los momentos más dolorosos de toda mi vida. Los que me conocéis sabéis que acostumbro a hacer gala de una verborrea en ocasiones excesiva y que suelo tener palabras para cualquier situación. Pero es mentira. Hay momentos en la vida que nos sumen en la más absoluta desolación y cualquier herramienta de comunicación queda totalmente superada por la fuerza de los hechos. Y durante muchos días no me salían las palabras. No sabía cómo expresar el crisol de pensamientos, sensaciones y sentimientos que todavía atraviesan mi cuerpo sin orden ni concierto y que me hacen sentir absolutamente perdido. 
 
Precisamente el domingo 6 de diciembre de este mismo año, estaba preparando un artículo sobre el fenómeno fan. Sobre lo absurdo que resulta esa suerte de obsesión enfermiza que mucha gente muestra hacia artistas, músicos y cantantes que, en el mejor de los casos, no dejan de ser personas como este humilde servidor o cualquier lector de estas líneas. Y comenzaba el artículo hablando de que el ser humano necesita referentes. Personas que suplan con su experiencia la falta de instinto natural de nuestra especie. Mi intención era intentar separar el verdadero referente del falso ídolo en la introducción del artículo. Y señalar a los verdaderos referentes que siempre tendremos y que realmente nos han influenciado en lo más profundo de nuestro ser. Nuestros padres.
 
Y ese mismo día, horas después, mi referente fundamental, la persona más maravillosa y buena que he conocido, la persona que ha hecho de mí todo lo que soy, fallecía en mis propias manos. Mi padre. No soy capaz de describir, como he dicho, la desolación que se siente, el dolor que se padece, la impotencia, la injusticia, las lágrimas que emergen hasta secar los ojos. El vacío. Sólo puedo deciros que no desperdiciéis ni un solo segundo que paséis con vuestros padres. Que los llaméis constantemente. Que riáis con ellos. Que compartáis todo. Que los abracéis cuando podáis. Que esta vida injusta se los puede llevar en cualquier momento y dejaros en la más absoluta de las tristezas. Y entonces os arrepentiréis de todo lo que os hubiera gustado hacer con ellos. Y decirles. Y vivir con ellos. 
Yo no puedo devolverlo a la vida. Nadie puede. Ya no puedo volver a verlo tomarse esta mierda de vida con una sonrisa, ni recibir uno de sus sabios consejos, ni notar su mirada cómplice cuando veíamos juntos la estupidez del mundo que nos rodeaba. Sólo me queda el absoluto placer de haber compartido 30 años de mi vida a su lado; sólo me queda honrarlo en cada acto, en cada palabra, en casa pensamiento. Sólo me queda esperar que, esté donde esté, se sienta orgulloso de mí. Mi referente se ha ido, pero dejando atrás retazos de su experiencia. Habiéndome pasado el testigo. Te toca a ti, Sergio. Y me siento abrumado.
 
Nadie te enseña cómo afrontar algo así. Aunque sea ley de vida -maldita sea la gracia de esta legislación natural-, aunque sólo estemos en este mundo de prestado y la muerte esté estrechamente vinculada a la propia vida, encajar este golpe requiere de una entereza a la que no estamos acostumbrados. No es momento de críticas generales, pero en el fondo, esta podredumbrosa sociedad occidental proyecta la sensación de la juventud eterna, de la vida despreocupada, de que siempre seremos felices y guapos con nuestro flamante deportivo y nuestro teléfono inteligente de nueva generación. Se basa en una mentira. Y por ese motivo nos hace débiles, puras marionetas que se desmoronan cuando se corta una de sus cuerdas. No sabemos qué hacer. No encontramos refugio alguno ante una situación de estas características.
 
Yo tengo mi particular modo de hacerlo, claro. O por lo menos eso creo, pues alcanzas un punto en el que no estás seguro de nada. Escribir lo que siento me reconforta. Expulsar lo que llevo dentro. Compartirlo. Ofrecer mi experiencia. En ningún caso alcanzo la categoría de referente, ni puedo ni pretendo compararme con mi querido padre, pero lo poco que tengo lo doy. Eso es lo que me enseñó. Que las personas están por encima de todo, del dinero, del consumismo, del egoísmo, del odio. Que el recuerdo de las personas que me rodean es todo lo que quedará de mi cuando me haya ido. Eso es lo que me queda de él y es lo que quiero que quede de mí. Nada más es necesario. 
 
Y es que yo, quizás de manera inocente, creo que las personas sólo morimos cuando nadie nos recuerda. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas pensando en él, aunque su cuerpo no esté aquí, él está vivo. Está vivo en mi mente. Esta vivo en mí mismo, pues yo soy tan suyo como de mi madre. Y hasta el día en el que yo mismo abandone este mundo, él seguirá vivo. Y si alguien se acuerda de mí, lo hará de él, y así para siempre. Nuestro cuerpo no es eterno. Pero nosotros sí. Nuestro recuerdo supera los años y las décadas. Permanece. No se olvida. Y este artículo no es más que una gota de este océano de recuerdo. 
 
Mi padre era asturiano. Bueno, en realidad, era más catalán que asturiano, pues cuando tenía tan sólo cinco años de edad mis abuelos huyeron de la pobreza buscando un lugar donde sobrevivir. Y Barcelona se lo ofreció. Lo pasaron mal, muy mal. Pero salieron adelante. Y el hijo de mi padre, el nieto de mi abuelo, que fueron pobres como las ratas y trabajadores hasta decir basta, es hoy en día una persona con un trabajo fijo, con una educación superior y con una capacidad económica que ya hubieran soñado ellos en su momento. Me lo dieron todo. Y fue aquí, en Barcelona, pero sin nunca olvidar de dónde venían. Sus raíces. Su tierra.
Mi padre acostumbraba a decir, con tono socarrón, que Asturias era España, y lo demás, tierra conquistada. Yo nunca le llevé la contraria, por supuesto. Ni siquiera cuando decía en broma que mi madre, cordobesa, era más mora que española. Yo ahí disentía, pero bueno, en el fondo no era más que parte de su naturaleza risueña. En realidad, con estas expresiones lo que venía a manifestar era el orgullo que sentía de sus raíces. Y eso era algo que expresaba con palabras, pero que podías observar en sus ojos cuando cruzábamos el puente que separa Bustio de Unquera, o cuando nos metíamos entre pecho y espalda una fabada y remojábamos nuestros gaznates con sidra fresca en Colombres, en Llanes, en Gijón y Oviedo, o en cualquier pueblo o ciudad de la maravillosa Asturias. Como ya dije en un artículo anterior, para mí eso era el patriotismo. Ese orgullo. Ese amor hacia una tierra. 
Uno de sus ídolos, como imaginaréis, era Don Pelayo. El referente de Asturias. Resistió al invasor musulmán en Covadonga y constituyó punta de lanza de la reconstrucción de la Hispania goda a través de los reinos medievales cristianos que, poco a poco, fueron creciendo hasta alcanzar la actual España. Y hoy voy a hablaros de él. De su gesta. De Asturias. De mi padre, en definitiva.
 
“El orgullo de Asturias”
 
Previamente a conocer a Don Pelayo, y su gran gesta en Covadonga, por la cual se le recuerda, pongámonos en antecedentes. Corría el año 710 de nuestra era cuando, tras la muerte del Rey godo Witiza con tan sólo 30 años y sin descendencia, el Reino de Hispania entró en una sangrienta guerra civil. Vaya, qué casualidad, diréis. Los españoles dándonos de tortas por el poder. En este caso, sin embargo, no eran rojos y nacionales, sino partidarios de Agila II, familiar de tercer grado de Witiza, y partidarios de Rodrigo, duque de la Bética. El potencial militar de Rodrigo aplastó sin compasiones a Agila II y sus partidarios, que fueron condenados a un humillante ostracismo. No obstante, esta victoria, que contó con el apoyo de gran parte de la aristocracia, no fue pacífica. Los partidarios de Agila II fueron derrotados, sí, pero no aceptaron el reinado de Rodrigo. No se lo iban a poner nada fácil.
La conspiración para acabar con el reinado de Rodrigo, que como veremos fue muy breve, fue promovida por los hermanos de Witiza, que mediante una alianza internacional pretendían hacer decantar la balanza a su favor. En su ingenuidad, tuvieron la brillante idea de pedir ayuda al emergente imperio musulmán, que había conquistado todo el norte de África y tenía una capacidad militar envidiable. Error estrepitoso que pagarían muy caro. En cualquier caso, a mediados del año 710 comenzaron pequeñas incursiones árabes en la Península, que tenían por objeto tratar de debilitar a Rodrigo. La más importante, no por su envergadura, sino por su trascendencia histórica, fue la comandada por Tariq Benzema ibn Ziyad al-Layti, que tras desembarcar en la ciudad de Tarifa, asoló Cádiz con ayuda de 500 efectivos. La conquista musulmana de Hispania había dado comienzo.
 
No obstante, estas incursiones eran rápidamente repelidas y, más allá del evidente desgaste, no suponían un mayor problema para Rodrigo. Era necesario un golpe mucho mayor. Y es en este momento cuando un asunto personal del Rey de Hispania precipitó el torrente de acontecimientos.
 
Cuentan las crónicas que Rodrigo, en la ciudad de Toledo, conoció a una joven de extraordinaria belleza llamada Florinda, de la que se enamoró perdidamente. La sutileza de los godos en las técnicas amatorias no era precisamente una de sus virtudes, y parece ser que, al no verse correspondido, la forzó a mantener relaciones sexuales. Vamos, que la violó. Habida cuenta de las barbaridades que se cometían en aquella época, este evento hubiera pasado inadvertido, pero da la casualidad de que Florinda era la hija de Don Julián, el gobernador de Ceuta. Y cuando ésta, en un despacho de correspondencia, informó a su padre de que había sido deshonrada, Don Julían entró en cólera. Exigió la devolución de su hija a Ceuta, deseo que le fue concedido, pero juró venganza contra el Rey. Venganza que se cobraría un alto precio para Hispania.
 
La traición de Don Julián tuvo lugar en abril del año 711. Cedió varias naves a Tariq Benzema ibn Ziyad al-Layti para que transportara desde Ceuta hasta la Península nada menos que 6.000 contingentes musulmanes. En este caso, la incursión no pudo ser repelida, y las tropelías musulmanas comenzaron a tener lugar por toda Andalucía. No sólo eso, sino que 6.000 contingentes más cruzaron el Estrecho para unirse al saqueo de Hispania. Cuando Rodrigo tuvo conocimiento de este hecho, nada menos de un ejército de 12.000 musulmanes se encontraban en su territorio.
 
Para no variar, Don Rodrigo, al enterarse de estos hechos, estaba sofocando la enésima revuelta vascona, por lo que tuvo que reagruparse de manera apresurada para plantarle cara a Tariq. A pesar de todo, parece ser que consiguió formar un ejército compuesto por 40.000 hombres, y todo apuntaba a que serían más que suficientes para acabar con la invasión musulmana. En fecha 19 de julio de 711 tuvo lugar una batalla decisiva para la historia de Europa: la batalla de Gualalete. 
 
Don Rodrigo, pese a la superioridad numérica, y conocer el terreno, cometió un error que sería fatal. Entre sus huestes había partidarios de Agila II. Y, en un momento decisivo de la batalla, estos contingentes, que se encontraban en los flancos del ejército, se pasaron al enemigo. De repente, todo estaba perdido. El ejército se desmoronó como un castillo de naipes. El tesoro godo cayó en manos del invasor, el ejército de Don Rodrigo fue disuelto y el Rey huyó a Lusitania sin posibilidad alguna de recuperar su trono. Hispania quedaba a merced del Islam.
Los seguidores de Agila II, pobres incautos, pensaban que ellos habían ganado la guerra y que recuperarían el trono de Toledo. Nada más lejos de la realidad. Cuando vieron lo que estaba pasando, fue demasiado tarde. Muchos se rindieron, otros huyeron, los que más fueron asesinados. En apenas dos años, la práctica totalidad de Hispania había caído.
 
Y es en este momento cuando un personaje que hasta el momento había permanecido en el anonimato esculpió su nombre en la historia de España y Europa. Uno de los primos del Rey Rodrigo, que formaba parte de su guardia personal y que había participado en la batalla de Guadalete, consiguió escapar junto unos cuantos nobles hacia Asturias. Este personaje había nacido en Cosgaya, que actualmente forma parte de Cantabria, y tenía una inmensa vitalidad. Así comienza la historia de Don Pelayo.
 
A pesar de que habían tenido tiempo para tratar de reagruparse y buscar refuerzos, Don Pelayo y sus leales no fueron capaces de plantar batalla contra el ejército musulmán. Tuvieron que rendirse. Pasaron de ser señores a vasallos. Pero el poso del Reino de Hispania todavía brillaba en sus corazones, y la rebelión se encontraba ahí, agazapada, pendiente, a la espera de un detonante.
 
Y de nuevo entramos en el terreno personal. Resulta curioso que tanto la invasión de Hispania como la Reconquista tuvieran como detonante a una mujer. Y es que gobernador musulmán de Gijón se interesó con malas artes por la hija de Don Pelayo y éste, ofendido, decidió dejar de pagar tributos y comenzar una revolución. Reunió a un pequeño contingente militar compuesto por asturianos, gallegos, cántabros y vascones  y se refugiaron en las montañas de Asturias.
 
Al principio, desde Córdoba se menospreciaba esta pequeña rebelión. De hecho, incluso los llamaron “asnos salvajes”. No obstante, conforme fue creciendo el foco de resistencia, estableciéndose en Cangas de Onís, estos “asnos salvajes” comenzaron a ser un verdadero problema. Así que desde la capital del Al-Andalus se enviaron nada menos que 20.000 efectivos para aplastar a estos rebeldes.
 
Comienza la leyenda. Don Pelayo, al conocer la noticia, se refugió en una cueva a meditar y a pedir fuerzas para defender la cruz frente a la media luna. Eran demasiados. Era una locura. Pero entonces, según cuenta la leyenda, el pendón del extinto Reino de Toledo se apareció en el cielo. Y junto a él, la Virgen María, que le insufló la fuerza suficiente para plantar cara a esos 20.000 hombres. Ella estaría con él. La Santina, la Virgen de Covadonga, ayudaría a los pocos valientes que se rebelaban contra el Islam. 
De nada sirvió que el obispo Donopas intentara negociar. De nada sirvieron amenazas, agasajos o intentos de chantaje. A los 300 asturianos que se habían refugiado en la Cova Dominica y que tenían intención de plantar batalla no les tembló el pulso para negarse en redondo a cualquier ofrecimiento recibido. Se pertrecharon, se miraron los unos a los otros, miraron al cielo buscando la Santina y emprendieron una batalla casi suicida. Podrían morir, pero lo habría libres. Era el día 28 de mayo de 722.
 
El conocimiento del terreno, como era de esperar, resultó ser una ventaja considerable. Como el Rey Leónidas en las Termópilas, Don Pelayo y sus valientes se valieron de montañas, pasadizos, estrechos parajes y caminos de piedras para luchar contra un enemigo muy superior. Cual si fueran conejos, corrían por los escarpados montes asturianos soltando flechas, lanzas, cuchillos o piedras contra el ejército musulmán, que no sabía de dónde le venían los golpes. Cuando localizaban a un asturiano, éste desaparecía a los pocos segundos por vericuetos que sólo él conocía. Cuando los musulmanes se movían por terreno desconocido, las piedras caían, los pasillos de roca se venían abajo, y cientos de ellos se precipitaban al vacío con terror. Poco a poco retrocedían, pero no era suficiente. 
 
Don Pelayo, a la vista de ello, lanzó un ataque desesperado. Saltaron como locos contra los musulmanes, con la espada en alto, sin más esperanza que la muerte y redención cristiana. El ejército musulmán no pudo soportar semejante empuje, ni las piedras que, según cuenta la leyenda, comenzaron a caerles de las montañas. Hispana vivía. Hispania se conservaba en aquellos 300 hombres que, sin miedo, tuvieron los arrestos para darlo todo contra el enemigo.
 
Esta refriega no pudo acabar con este ejército de 20.000 hombres. Sería absurdo, incluso para una leyenda, sostener algo semejante. Pero esta victoria pírrica, esta retirada del ejército musulmán, aunque fuera momentánea, encendió una chispa. A pesar de que de estos 300 combatientes no quedaron más de 30, su espíritu se mantuvo. Forjaron, con su valentía, el alma de la Reconquista. 
Cabe decir, en honor a la verdad, que Carlomagno, con la creación de la Marca Hispánica, obligó a que numerosos efectivos fueran desplazados hacia la actual Catalunya, por lo que la resistencia pudo mantenerse e irse haciendo cada vez más fuerte. El mismo Pelayo conquistó León, constituyendo esta conquista el germen del Reino de Asturias. El resto, como se suele decir, es historia.
 
Hoy te dedico este artículo a ti, Alfredo. A tu amor por Asturias. A tu fuerza. A tu lucha constante por tu familia. A tu corazón y a tu recuerdo. A todo lo que me has enseñado. A todo lo que quisiste. A todo lo que eras. Y a tu tierra. Aquella con la que soñabas cuando estabas lejos. Aquella que te hacía suspirar. Aquella que hoy llora tu ausencia. Aquel paraíso verde en el que seguro que estás junto con mi abuelo, tomando un culín de sidra.
 
Te quiero, papa. Y siempre te querré.
20.11.2015 08:30
No sabría determinar si se trata de puras casualidades, de serendipias, o de la influencia de algún efluvio del destino. No conozco el motivo. Sin embargo, hay fechas que parecen estar señaladas en la historia de un pueblo. A día de hoy, en nuestro flamante año 2015, seguramente recordaremos el día de hoy como la onomástica del fallecimiento del General Franco. 40 años han pasado, diréis. 40 años sin ese gallego del demonio que parecía hablar con un silbato en el gaznate. 40 años de democracia, o de un mal intento de ello. 40 años de libertad. Desde esta perspectiva moderna, en efecto, parece ser que el 20 de noviembre parece un felicísimo día. Mucho más si encima, este año, cae en viernes. Bendito sea.
 
No obstante, el deceso de Paquito no es el único evento que ha tenido lugar un 20 de noviembre. Sí, ya sabéis a lo que me refiero. O deberíais, pues fue el año pasado. Y es que tras haber recorrido Egipto junto a Moisés, haber compartido pan con Jesucristo, haberle comprado unos terrenos al Moro Muza, haber formado parte del Gobierno de Felipe II y haber conseguido detectar el frío del suelo con los pezones, nuestra amada María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, más conocida como la duquesa de Alba, encontró el descanso eterno el día 20 de noviembre de 2014. Puede que mi hipérbole sea excesiva, y quizás lo de Egipto no sea más que un embuste, un rumor desafortunado, pero yo pensé que esta momia era eterna. Pero no. El ufano 20 de noviembre no entiende de clases. Y tanto se lleva a un dictador como a un vejestorio de sangre azul.
La guerra civil española tampoco se libra del influjo del 20 de noviembre. Tal día como hoy, en el año 1936, fallecía Buenaventura Durruti, héroe anarquista español, y era fusilado Jose Antonio Primo de Rivera, Jefe Nacional de la Falange Española y personaje mitológico del franquismo. Vamos, que en este caso, nuestro curioso día 20 de noviembre repartió alegrías a ambos bandos de la guerra. O pena, según se mire. En cualquier caso, resulta sorprendente que todos estos eventos tuvieron lugar, precisamente, tal día como hoy, pero en años diferentes.
 
Hay algunos eventos un tanto desgraciados que también ocurrieron en 20 de noviembre, pero vamos, no hemos de tenerlos demasiado en cuenta. Que el 20 de noviembre de 1978 naciera Fran Perea o que el 20 de noviembre de 2011 ganara las elecciones Mariano Rajoy no son más que insignificantes defectos de una fecha fetén. Pequeñeces sin importancia. Corramos un estúpido velo.
 
Y vamos, no vayamos a pensar que la historia del 20 de noviembre en España se limita a los siglos XX y XXI. En absoluto. Su legendaria influencia ha traspasado los años, las décadas y los siglos, y ha recorrido no sólo nuestro territorio peninsular. Incluso ha llegado a cruzar el charco.
 
En este país tenemos el dudoso placer de pensar que nuestra historia es más sangrienta, más oscura, más salvaje y, en definitiva, más infame que las de otras naciones. Es propio de ciudadano español pensar que su modus vivendi, historia e idiosincrasia es notablemente inferior en comparación con los avanzados, listos, guapos y racionales países del resto de Europa. Esto puede tener una lógica explicación en la vergonzante tarea de apropiación de los símbolos nacionales que realizó el casposo franquismo y el natural recelo que la actual España siente hacia aquello. Todo ello también puede encontrar explicación en la depresión nacional derivada de los hechos de 1898, momento en el que España descubrió que había pasado de ser una potencia temible a una península pobre, rota y ajena a los avances del siglo XIX. Y en parte, es cierto. Todavía nos dura esta influencia. Igual que tenemos interiorizada la maldita leyenda negra propagada por los perros ingleses, que consiguieron minar nuestra moral a costa de falacias, exageraciones y mala prensa. Explicación histórica tenemos, desde luego. 
No obstante, estos tres motivos de pesimismo endémico español no nos conducen a ninguna parte. Igual que la fecha que conmemoro en el presente artículo, España tiene eventos desgraciados, pero ello no debe hacernos olvidar acontecimientos felices, momentos en los que ser español no representó una carga, sino un orgullo. Yo no soy nacionalista, no me cansaré nunca de repetirlo, pero si bien considero que el nacionalismo es una lacra por su exceso de exaltación de lo propio, el pesimismo nacional es una lacra por su defecto. Yo siempre abogo por el patriotismo. Por amar las cosas en su justa medida. Por dar a cada cual lo que se merece. Lo justo.
 
El descubrimiento de América es uno de esos eventos que, en función del prisma que utilicemos, veremos como un evento deplorable. Prueba de ello son las numerosas apelaciones que realizan algunos sectores de la sociedad en referencia al colonialismo español, a la esclavitud de los pueblos indígenas y al sometimiento de otras culturas. Y, en parte, estas críticas, que en ocasiones rozan el disparate por lo enardecido de sus planteamientos, en el fondo entrañan cierta dosis de realidad. Hubo colonialismo. Hubo esclavitud. Y hubo sometimiento. Si bien es una necedad juzgar eventos pasados con nuestros actuales parámetros morales y políticos, hay hechos que no se pueden negar.
No obstante, estas críticas, aunque recojan parte de la verdad, no recogen toda la verdad. Normalmente suelen ser críticas interesadas, por lo que únicamente utilizan aquellos hechos o eventos que favorecen su discurso, omitiendo otros datos que, cuanto menos, les harían rebajar su tono. Y es que, si bien no existieron unos Derechos Humanos Universales hasta el año 1948, que en ocasiones más parecen una declaración de intenciones que unos verdaderos derechos oponibles frente al poder, y no se abolió la esclavitud en Estados Unidos de América hasta el año 1865, Carlos I de España y V de Alemania creó el primer instrumento legal que abolía la esclavitud en los territorios de España y garantizaba la indemnidad de los indios. 
 
Este hecho, cuyo conocimiento se encuentra al alcance de cualquiera que disponga de un ordenador con conexión a Internet, es voluntaria o involuntariamente omitido cuando se habla de la pérfida conquista de América por parte de España. Ello no justifica las atrocidades que se hicieron, ni pretende limpiar de sangre nuestras históricas botas, pero ofrece una visión menos parcial y más cercana a lo que realmente hizo España en el continente americano. Y nada mejor para mostraros la bondad de estas disposiciones legales leer un extracto del estas Leyes Nuevas de España, promulgadas por el creciente imperio español el día 20 de noviembre de 1542:
 
En la gran ciudad de Temistitán México de la Nueva España, veinte días del mes de Noviembre, año del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo de mill e quinientos e cuarenta e cuatro años (…) Don Carlos, por la divina clemencia, Emperador semper augusto, Rey de Alemaña, Doña Juana su madre, y el mismo Don Carlos, por la gracia de Dios, Reyes de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Secilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, (…) habiendo sido informado de la necesidad que había de proveer y ordenar algunas cosas que convenían a la buena gobernación de las nuestras Indias, y buen tratamiento de los naturales dellas, y administración de nuestra justicia, con mucha deliberación y acuerdo mandar hacer sobre ello ciertas ordenanzas:
 
  • Nuestro principal intento y voluntad siempre ha sido y es de la conservación y abmento de los indios, y que sean instruidos y enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica, y bien tratados, como personas libres y vasallos nuestros, como lo son; encargamos y mandamos a los del dicho nuestro Consejo tengan siempre muy gran atención y especial cuidado, sobre todo de la conservación y buen gobierno y tratamiento de los dichos indios, y de saber como se cumple y ejecuta lo que por Nos está ordenado y se ordenare para la buena gobernación de las nuestras Indias, y administración de la justicia en ellas, y de hacer que se guarde, y cumpla y ejecute, sin que en ello haya remisión, falta ni descuido alguno (…).
 
  • Porque una de las cosas más principales en que las abdiencias han de servirnos es en tener muy especial cuidado del buen tratamiento de los indios y conservación dellos, mandarnos que se informen siempre de los excesos y malos tratamientos que les son o fueren hechos por los gobernadores o personas particulares, y cómo han guardado las ordenanzas e instrucciones que les han sido dadas y para el buen tratamiento dellos están hechas; y en lo que se oviere excedido o excediere de aquí adelante, tengan cuidado de lo remediar, castigando a los culpados por todo rigor conforme a justicia (…)
 
  • Ordenamos y mandamos que de aquí adelante, por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate ni otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno, y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la corona de Castilla, pues lo son (…)
 
Así son leídas, pregonadas e publicadas esta provisión e ordenanzas de S. M., todas a la letra, sin faltar ninguna dellas, por voz de Hernando de Armijo, pregonero público en altas e inteligibles voces: testigos Gonzalo Cereso e Juan de Sámano, alguaciles mayores de corte e ciudad, e D. Luis de Castilla, e Juan de Cuevas, e Juan Sánchez, alguacil, e Hernando de Herrera, relator, e Miguel López, escribano del cabildo, e otras muchas personas. En fe de lo cual lo firmé de mi nombre.”
Si bien es cierto que esta abolición de la esclavitud no era absoluta, y que las condiciones de los indios no eran precisamente las mejores, fueron unas leyes fundamentales en la historia de España por su humanidad y, sobre todo, por su modernidad. Sorprende que en épocas tan tempranas, fueran reconocidos estos derechos a personas sujetas al derecho de conquista. Que se lo digan a esos perros anglosajones.
 
El 20 de noviembre. Un gran día.
Elementos: 71 - 80 de 107
<< 6 | 7 | 8 | 9 | 10 >>

Contacto

Granollers On Fire granollersonfireweb@gmail.com